Los niños acompañan a Nelly en su clase y ahora nos disponemos para escuchar la palabra del Señor. Hoy tengo un tema especial. Estamos hablando de amor en muchas áreas. Hablábamos de amar al prójimo el domingo antepasado, hablábamos de amar al Señor el domingo pasado evitando la idolatría, y el tema de hoy es un tema espinoso, porque vengo a hablarles a ustedes de cómo un cristiano aprende a amarse correctamente. Digo que esto es espinoso porque esto tiene que ver con una línea frágil y sencilla entre lo que es la vanidad, el egocentrismo tan presente en el mundo actual, y cómo el cristiano puede ubicar al Señor siendo cuidadoso en esto y, a la vez, celebrando aquellas cosas que el Señor ha puesto en su vida.
Le pido que cierren ahí sus ojitos un momentito y que, como siempre hacemos, le pidamos al Señor que sea Él quien hable a nuestro corazón, que Él tome su palabra y que permita que la palabra se haga vida para nosotros, que sea aprovechada, que sea entendida y que sea puesta por obra. Nos presentamos como iglesia ahora, Padre, delante de ti. Con humildad de corazón te pedimos que nos permitas entender tu palabra y también disfrutarla, aplicarla, vivirla. Mira este tema, Señor, que ha sido tan maltratado por el mundo contemporáneo, el tema del amor propio. Mira la vanidad tan reinante, Señor, en este tiempo, mira la superficialidad que tanto se celebra, mira el egocentrismo, Señor, mira la cultura del ego, la cultura del yo.
Permítenos discernir dónde está tu consejo en esta parte tan importante de nuestra existencia. Te pedimos, Señor, que tú te glorifiques ahora en la vida de la iglesia y que podamos entender cuál es tu consejo para la consideración propia que tenemos que tener. Mira a nuestros hermanos y te pido, Señor, que la gente no se quede donde está. Permítenos entender tu palabra, tu revelación, y cuando la entendamos, Señor, que pongamos nuestro concepto propio a un lado. Permite, Señor, que tomemos tu palabra y que cuando entendamos tu revelación pongamos nuestro propio entendimiento de lado y aceptemos la voluntad tuya. Permite, Señor, que cuando nuestro concepto mundano sea contrastado, tu revelación divina siempre gane, Señor, y pierda nuestro concepto. Permítenos considerarnos adecuadamente.
En el nombre de Jesús, Señor, por tu amor, por tu misericordia te pedimos esto y te damos muchas gracias de antemano. Amén, amén. Le pido que me acompañe en sus Biblias, que leamos en el libro de Romanos, precisamente en el capítulo 12 y en el versículo 3. Es un solo versículo de la Escritura, tal como hemos hecho en los últimos domingos, un versículo a la vez, pero que entendamos lo que el Señor quiere enseñarnos a través de esto para cambiar el conocimiento que tenemos sobre el amor propio y reemplazarlo por esta revelación del Señor.
Lectura de Romanos 12:3 y primera explicación
Capítulo 12 del libro de Romanos y en el versículo 3, un versículo solamente, tal como hemos hecho los domingos anteriores, y meditemos un momentito. Capítulo 12 del libro de Romanos y versículo 3. Pueden compartir su Biblia si ven una persona que no tenga ejemplar de las Escrituras. Es Pablo que está hablando aquí a la iglesia que estaba en Roma, aconsejándole, ¿verdad?, y es un consejo que podemos nosotros tomar y depender de aquí preciosos principios del Señor. Un chancecito para que puedan todos buscarlo.
Dice así la palabra del Señor, capítulo 12 del libro de Romanos y versículo 3:
Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.
— Romanos 12:3
Podemos leer de nuevo, Pablo hablándole a la iglesia:
Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.
— Romanos 12:3
Aquí Pablo está estableciendo dos cosas. Lo primero que establece es que tú tienes que tener un concepto de ti mismo. Él dice que no tengamos un concepto más alto, o sea, lo primero que establece Pablo es que tenemos que tener un concepto de sí mismo. Y lo segundo, que ese concepto debe estar ajustado a la realidad. Lo que Pablo enseña no es que te olvides de tener de ti cualquier concepto, no. Dice Pablo: tengan un concepto de sí mismos, pero cuídense de que el concepto que tienen sobre sí mismos esté ajustado a la realidad. Piensen de sí mismos con cordura, dice él, es como: no se desproporcionen, que no se les vaya de la mano el concepto que tienen.
Yo he traído un objeto, y está un poco misterioso para ustedes, a ver si está aquí mismo. Es un objeto que yo he traído para mostrárselo y que cada uno de ustedes pueda verlo. Es un objeto que cuando cada cual lo aprecia tiene una percepción, tiene una valoración, tiene una opinión sobre ese objeto y le voy a dar el chance a algunos de ustedes para que, cuando vean el objeto, en dos expresiones sencillas me digan qué les parece. Es un objeto misterioso que a mí me han enseñado y que yo he querido compartirlo con ustedes.
El experimento del espejo: nuestra reacción al vernos
Les voy a invitar a que vengan pasando por aquí algunos hermanos, que vean este objeto que tengo aquí guardado. Por favor, no me compartan con nadie lo que han visto, sino lo que ustedes perciben de lo que aquí está. Es más, vamos a darle un poquito de misterio, creo que aquí pueden ver. Así es, voy a depositar el objeto aquí y le voy a pedir a algunos de ustedes que vengan y que contemplen ese objeto durante un tiempecito y que me digan, en sus palabras, qué les parece lo que hay ahí.
Y después entonces ustedes se sientan y se detienen ahí un momento y esperan que sus hermanos vengan por aquí a contemplar el objeto. También usted va a ver el objeto, usted me va a decir lo que ve, lo va a contemplar en silencio durante un momentito y cuando ustedes contemplen, después entonces vamos a decir qué les parece lo que han visto. ¿Qué les parece el objeto? Hermano Virgilio, venga por aquí, que venga el hermano Virgilio aquí de primero, ¿verdad?, a contemplar este precioso… Venga por aquí, hermano Virgilio, venga ahí, en silencio, contemple el objeto un momentito.
Venga por aquí, en silencio, contemple ahí eso un momentito, contemple ahí, en silencio un momentito. ¿Está contemplado el hermano Virgilio el objeto? Dígame así rapidito, ¿qué le parece?, ¿qué le parece? Venga, venga, ¿qué le parece lo que ha visto, rapidito ahí? ¿Qué le parece? —Fantástico—. Le gustó, le gustó. Al hermano Virgilio le pareció fantástico lo que ha visto. Ismenia, ¿quiere ver el objeto? Que venga Ismenia, que venga, que venga, que venga. Entonces que me huela el objeto aquí, que venga por aquí Ismenia un momentito, ahí en silencio, ahí en silencio Ismenia, que lo vea, adorando un momentito ahí, que vea Ismenia el objeto ahí, que lo vea.
Vamos a ver, ¿qué le parece, Ismenia, lo que ha visto? —Fantástico, muy muy bonito, muy necesario—. Muy bonito, muy necesario, fantástico, eso puede ser. Ese es mi objeto ajustado, tengo gente que quiere, tengo a Jessica, tengo a Jessica, venga Jessica a ver aquí ese precioso objeto que a algunos hermanos les ha parecido fantástico. Ven por aquí, Jessica, por aquí, y que en silencio ahí Jessica contemple el objeto durante un momento. Ahí, que lo contemple Jessica, el objeto ahí. Ajá, “wow”, dice ella, “wow”. ¿Qué le parece a Jessica lo que ha visto? —Maravilloso—, maravilloso. Óigame, parece que di un palo, cada vez se levantan más manos, parece que di un palo.
Tenía a Nicolás de primero, que venga Nicolás, que venga, que venga. Ahora voy para allá, hermano Virgilio, ahora voy para allá. Vamos ahí, Nicolás, en silencio, tranquilito, que contemple este objeto que yo he traído ahí, un momentito, que lo contemple. ¿Ya, Nicolás? ¿Ya, ya, Nicolás? ¿Qué te parece, Nicolás, esto que has visto? —Que es tremendo—. Tremendo, “wow”, tremendo, eso es. Se pueden sentar. ¿Alguien más? Tengo dos oportunidades más para gente que va… si no, nos vamos a pasar el culto, ¿verdad? Ustedes saben que es lo que hacíamos. Que venga Edwin, que venga, que venga y me dé su opinión sobre lo que está aquí.
En silencio ahí, hermano mío, un momentito, contemple este precioso objeto y dígame qué le parece. Desde ahí, su tiempecito, puede contemplarlo un momentito más. Ajá, vamos a taparlo aquí, ya. ¿Qué le parece, hermano, lo que ha visto? —Un objeto bastante útil—. Sí, útil. ¿Qué le parece? —Maravilloso—, maravilloso, dice. Óigame. Ya tengo a Rull de primero y a Yuli después. Que venga Rull, que venga Rull aquí, aquí. Rull, en silencio ahí, vamos a contemplar el objeto. ¿Qué le parece a Rull?, vamos a ver.
Descubriendo el espejo y la cultura de la autoestima
Como que le ha gustado, se sonrojó Rull, dijo “wow”, se sonrojó Rull, hijo de Lolo. Vamos a ver, Rull, en cortas palabras, ¿qué le ha parecido lo que ha visto? —Wow… muy bonito, wow, muy bonito—. Muy bien, muy bien, muy bien. Pues aquí tengo una última oportunidad para Yuli. Si a Rull como se le gustó, me imagino que a todo el mundo. Tenemos a Yuli aquí. Yuli va a contemplar un momentito el objeto, esto es como un museo, que uno lo ve en silencio; en los museos uno ve las cosas en silencio. Aquí, un momentito, para que Yuli contemple. ¿Qué le ha parecido a Yuli lo que ha visto? —Muy útil, muy necesario—. ¿Y lo que ha visto, qué le ha parecido lo que vio? —Muy bien, muy bonito—. Muy bien, muy bonito.
Diferentes hermanos, ¿verdad? Yo les admito: lo que yo tengo aquí… no les ha parecido precioso. Y las veces que yo he mostrado este objeto, ¿verdad?, yo lo he mostrado de vez en cuando, y las veces que lo he mostrado todo el mundo como que me da la misma opinión. Algunos lo consideran maravilloso, algunos consideran que eso es bonito, algunos me dicen que lo que han visto es lo mejor que cosa alguna se puede ver. Y lo que tengo aquí es un espejo, ¿verdad?, y los hermanos han estado contemplando su propio rostro y a casi todos les ha parecido que esto es algo bello, algo que es precioso.
Es la propia consideración. Es muy difícil que una persona se observe a sí misma y lo que vea no le parezca bello. Eso es porque, en años de reforzar diferentes cosas en uno mismo, cuando uno ya se ve en el espejo trata de no correr, de que no le dé vómito, y encuentra razones para encontrarse como tal. Y uno se pasa la vida reforzándose en las cosas de “yo soy bueno, soy bonito” y características; eso, como que dicen, que se debe elevar la autoestima. Ese es el tema de este siglo. La gente celebra la autoestima, celebra el ego, celebra el yo y todo el mundo, el que no es bonito, busca la manera de parecerlo.
Nos han enseñado que tenemos que ser así, nos han enseñado que tenemos que cultivar estas cosas, y el espejo quizá es el instrumento más común en nuestras casas porque todo el mundo quiere verse más de una vez. Una vez me pregunté, le pregunté a las mujeres, ¿por qué tanto van al baño y siempre quieren ir al baño?, y me dijeron: “No, no es que solamente vamos al baño, es que también vamos a vernos”. Pero no crean que son solamente las mujeres, también los hombres nos vemos, y todo el que se ve en el espejo trata de verse, acomoda algunas cosas, ¿verdad?, su apariencia y demás, y eso que ve, de algún modo, coloca algún sentimiento en su corazón.
Algunas personas abusan de esto, y quizás por lo mismo este consejo de Pablo, que nos dice que no tengamos un mayor concepto de nosotros que el que deberíamos tener. Quiero hablar de la autoestima, quiero hablar del amor propio, quiero hablar de un tema que, les digo, me parece espinoso. Y lo primero que quiero decirles de esto es que es como contemplar un cuadro.
La ilustración del cuadro dañado y el pecado
Yo tuve la bendición de comenzar a trabajar muy temprano y uno de mis primeros trabajos fue Ferretería Hache. Me lo consiguió Xiomara, casi digo “mami” porque Xiomara también es como mi mamá, es alguien que me atendía de niño. Xiomara me consiguió este trabajo en Hache. Y mi labor en Hache era muy sencilla: yo era auxiliar de ferretería y tenía que estar al fondo de la caja esperando que vengan los clientes, empacar sus cosas en caja y funda, ponerle un carrito y acompañarlos hasta el carro. Era una labor sencilla y que a uno le parece rutinaria, pero aprendí muchas cosas allá.
La primera oportunidad que tenía era la oportunidad de conocer diferentes partes de la Ferretería Hache. Conocí la sección de muebles, conocí la sección de herramientas y había una sección que a mí me interesaba especialmente, no sé todavía por qué, y era la sección de enmarcado de cuadros. En la sección de enmarcado de cuadros yo llegaba en la mañana, y a veces me instalaba allí dos horas, no trabajando, aquí estoy confesando, y me instalaba allí dos horas en la sección de cuadros. Y yo veía el proceso en el cual una obra llegaba, le ponían un marco y le daban los últimos toques.
Algo que aprendí allí es que cuando una obra de arte se daña, para que mantenga su valor es necesario que sea reparada por la misma mano del autor que la pintó. Vamos a suponer que usted tiene un cuadro de Cándido Bidó y el cuadro por alguna razón se rasga en el centro. Pierde su hermosura porque el cuadro está rasgado. Si usted quiere que ese cuadro mantenga el mismo valor que el cuadro tenía anteriormente, y en algunos casos que después de la reparación el cuadro adquiera un mayor valor, usted tendría que buscar al mismo pintor para que vuelva a remendar el cuadro y a pintar encima.
Si usted busca una persona que no sabe de pintura, si busca una persona y daña más el cuadro, debió haber buscado al autor. Es lo mismo que sucede con el ser humano. El ser humano es una obra preciosa del Señor, pero que ha sufrido una rayadura, ha sufrido un desprendimiento, ha sufrido algo que ha desmeritado la obra preciosa que Dios había hecho con sus manos. Eso sucedió en el ser humano, se llama pecado, y el pecado ha permitido que una obra preciosa, hecha por las manos del Señor, que se llama el hombre, se llama la humanidad, se habla del ser creado, muestre un deterioro, muestre un proceso de descomposición, que solamente cuando el Señor le pone la mano a esa obra entonces esa obra podría decirse que nuevamente llegó a ser preciosa.
Sucede con esto que nos han enseñado que un cuadro que tiene un hoyo en medio, entonces el cuadro es bueno. Y cuando tú te sientes deprimido porque te observas el interior, tú dices: “Yo no me siento bien, me siento miserable, me siento sucio, me siento desproporcionado”. Entonces te dicen: lo que tienes que hacer es mirarte a ti mismo, lo que tienes que hacer es convencerte a ti mismo de que tú eres precioso, de que tú eres importante. Y entonces tú te miras y descubres que el cuadro está rasgado.
Y desde niño entonces refuerzan en nosotros esto de que tenemos que ver a nosotros mismos, elevar nuestra estima considerando que somos buenos, que somos perfectos. Pero la verdad que dice la Escritura es que no. La Escritura te dice que el hombre fue creado en perfección, pero que por medio del pecado esa obra llegó a rasgarse y que la única manera en que esa obra puede ser considerada preciosa nuevamente es que sea llevada al mismo autor que la creó, y que ese autor entonces la corrija. Y cuando esa obra llega a ser corregida, entonces se pone en un marco, se muestra, y la obra llega entonces a ser preciosa.
Autoestima bíblica vs. autosugestión del mundo
Tú te preguntas por qué hay tanta gente deprimida, por qué hay tanta gente triste, por qué hay tanta gente que no se siente bien consigo misma. Lo que pasa es que esa gente tiene su vida rasgada, el pecado ha deteriorado la obra, y solamente una persona remendada por Dios podría volver a mostrar el mismo brillo que una vez mostró. Ese es el concepto: autoestima a la luz de la Biblia. La autoestima a la luz de la Biblia no es una persona que, por medio de una autosugestión, ha llegado a considerarse bella, no. La autoestima a la luz de la Biblia no es una persona que se ve al espejo y comienza a decirse: “Tú eres bello, tú eres precioso, tú eres perfecto”, no.
La autoestima a la luz de la Biblia es una persona que ha reconocido que el pecado destruyó esa obra preciosa que el Señor había hecho, fue en humildad delante del mismo autor que había pintado aquella obra y, después de haber sido remendado por el Señor, entonces se considera valioso. Eso es autoestima. La autoestima para el cristiano no es simple autosugestión, la autoestima para el cristiano es un convencimiento profundo de que su alma ha sido remendada por el Señor. Y como fue el mismo autor que la pintó primero, volvió a pintar sobre ella; ya no solamente tiene el valor de la primera obra, sino que tiene el valor de que el mismo autor dos veces puso su pincel y puso sus manos sobre ese cuadro.
Eso es autoestima, no es que soy valioso por mis propios medios, sino que soy valioso por lo que el Señor ha hecho en mí. Quiero compartir algunas cosas al respecto. Lo primero que le quiero decir es que un cristiano tiene que aprender a percibirse correctamente. Y percibirse correctamente es apearse del cerebro todo este acondicionamiento mental que desde niño nos han dicho sobre autoestima, sobre el valor, sobre que eres importante, sobre que vas a llegar lejos, y comenzar a cambiar estas ideas viejas por las que están reveladas en las Escrituras.
Lo que quiero decirle al respecto es que lo primero que tiene la gente son imágenes incorrectas que necesitan eliminar. Desde niño, quizá tu padre, quizá un ser querido que es una persona que tú consideras valiosa, te ha afirmado algunas cosas que no necesariamente son verdad. Está como filosófico el asunto, ¿verdad? O sea, te han estado afirmando cosas que no necesariamente son verdad. Quizás han afirmado partes de tu vida que se considera que deben ser afirmadas en todos los niños. Hay personas que no tienen ciertos atributos, pero que para su padre, por ejemplo, todos los niños son bellos. Entonces el padre comienza a decirle: “Tú eres bello, tú eres precioso, tú eres tal cosa”, y regularmente lo que afirman de nuestra autoestima es la parte que se ve por fuera.
Y la gente ha aprendido a tener una valoración personal que no depende necesariamente de lo que está por dentro, sino de las cosas que se ven por fuera. Primer problema en esto: estamos acostumbrados a construir autoestima en base a una imagen superficial, y la gente se considera valiosa siempre y cuando por fuera se vea así.
Peligros de una autoestima superficial y la falsa humildad
Tiene un problema esto. La gente podría ser feliz como hasta los 35 años, pero después de los 35 todo el mundo comienza a deprimirse. Hermano, si tú has construido tu autoestima en base a algo que se ve por fuera y que está en deterioro, eso es el cuerpo, cuando esos elementos que anteriormente te mantenían contento, esas cosas que te mantenían sintiéndote valioso, comienzan a desaparecer, entonces tú comienzas a ver crisis. Bueno, para eso sí está ahora el botox, para eso existen diferentes cirugías, y por eso mantienen que la gente, aquellas cosas que afirmaban anteriormente su estima, esas cosas se mantengan ahí, porque si acaso la piel se cae entonces dejaría de ser valioso.
Un cristiano aprende a edificar autoestima en cosas que son mucho más estables. ¿Cuál es la imagen personal que tenemos que ir cambiando? Hay personas que tienen exageración, por ejemplo. Hay cosas que tú no eres, pero te dijeron que si te las repites mucho vas a terminar siéndolo. Hay cosas que no son rasgos tuyos, pero te han dicho que cuando tú te lo repites tanto tú terminas creyéndote que es así. Había un hombre que se llamaba Jacob, y Jacob tenía un problema: él mismo se consideraba bueno. Él podría decir: “Yo soy un hombre bueno”. Pero cuando uno mira su trayectoria se da cuenta de que Jacob no era bueno nada, sino que era un engañador, pero para él estaba fresco: él decía “no, yo soy un hombre bueno”.
Una vez Jacob se encontró con el Señor. ¿Y saben qué fue lo primero que el Señor le enseñó a Jacob? Le enseñó a Jacob a verse como Jacob realmente era. Y cuando Jacob reconoció lo que realmente era, entonces el Señor comenzó a hacer de él un nuevo Jacob y lo convirtió en Israel. Hermanos, hay personas que, por ejemplo, tienen vidas muy desorganizadas en diferentes áreas, pero comienzan a crearse una imagen de ellos mismos: “Yo soy un hombre ordenado”. He buscado algunas características, por ejemplo, que la gente comienza a hacerse en su autosugestión y comienza a creerse cosas que no son.
Hay personas que se consideran que son generosas y comienzan a decirse… Mire, lo que estamos cerca, la distancia corta que hay entre la boca y el oído permite que uno se repita tanto las cosas que eso anda dando vuelticas ahí, y uno termina creyéndose lo que va diciendo. Por ejemplo, alguien va pasando por ahí y dice: “No, yo soy generoso, yo soy generoso, yo soy una persona… No sé por qué dicen de mí tal cosa, pero soy generoso”.
Si tú quieres saber lo que realmente tú eres, deja de estar preguntándole a tu cerebro qué es lo que tú eres y mira hacia atrás. Y cuando tú miras hacia atrás, tú vas a encontrar que tú no eres generoso, sino que tú eres mezquino. Hay personas que tienden, por ejemplo, a crearse un criterio de ellos mismos, se llenan la boca en la iglesia y comienzan a decirse: “Yo soy santo”. Entonces repítete eso tantas veces: “Yo soy santo, yo soy santo, yo soy santo”. Y llegan a creerse que son santos, pero cuando miran lo que la Escritura enseña como santidad y miran hacia atrás su vida, dicen: “No, yo no soy un santo, yo soy un pecador como cualquier otro y soy malo, perverso entre los tales”.
Pero se repitieron tantas veces estas cosas: “Soy santo, soy santo, soy santo”, y en casi todas las áreas de tu vida nosotros tenemos cosas que vamos repitiéndonos a nosotros mismos, y vamos construyendo una autoestima que no está basada en lo que Dios piensa de ti, sino que está basada en lo que tú tantas veces te has repetido; y al final terminas entendiendo que no es así.
¿Qué cosas hemos usado para construir nuestra autoestima? Hay personas que están imitando, hay personas que están exagerando y personas que están disminuyendo. Durante un tiempo se consideró que un cristiano, una persona que tenía un espíritu apagado, era una persona que tenía una baja autoestima. Lo que enseña la Escritura no es así.
Humildad verdadera según Filipenses 2
Es más, nos enseñaron que un cristiano es una persona que como que siempre anda mirándose los pies y anda como apagado. No, un cristiano no es eso. Un cristiano es una persona que considera sobre sí mismo aquellas cosas que Dios ha dicho y que se olvidó de los cuentos que se haya creído y comenzó a preguntarle al Señor: “Señor, ¿qué cosas tú dices de mí?”. Y cuando entendió lo que el Señor decía de sí mismo, entonces construyó su autoestima, no en base a cosas superficiales, sino a cosas que son mucho más importantes. Ya no depende tanto de lo que nosotros creíamos que éramos, sino de lo que el Señor dice de nosotros.
Les digo lo siguiente, hermanos: si acaso un cristiano considera que no vale nada, entonces está negando lo que el Señor ha hecho en él. Hay una falsa humildad que nos venden, que una persona humilde es una persona que se considera poca cosa. “Si tú eres humilde, tú como que nunca te consideras nada”. No, hermano, eso no es humildad. La mejor definición de humildad está en el libro de Filipenses, en el capítulo 2. Nos dice el libro de Filipenses, en el capítulo 2, que Cristo sí fue humilde. ¿Y saben por qué nos dice el libro de Filipenses, capítulo 2, que Cristo sí fue humilde? Nos dice que Cristo…
Permítame leerles el libro de Filipenses, capítulo 2. Mire cuál es el parámetro de humildad, es el que enseñó Jesús. Capítulo 2 y versículo 5, dice así la palabra del Señor:
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
— Filipenses 2:5–8
Lo que nos dice el libro de Filipenses, capítulo 2, es que Cristo sí fue humilde, no porque Cristo se consideró poca cosa, sino porque Él sabía realmente quién era, y sabiendo lo que era no se aferró. Un cristiano humilde no es un cristiano que se considera poco, no. Es un cristiano que celebra lo que Dios ha hecho en su vida, pero que dice: “Mira, yo me considero sumamente digno, pero si acaso tengo que agacharme, me agacho”.
¿Me puedes marcar esa diferencia a la luz de la Escritura? A menos que primero consideres valiosa tu vida, según lo que Dios ha dicho de ti, sería imposible que seas humilde. Una persona humilde no es una persona que se considera poca cosa, es una persona que considera valioso lo que el Señor ha hecho en su vida y aún así no se aferra. Es triste, pero hay cristianos que están aferrados a posiciones. Por ejemplo, yo siempre recuerdo que un profesor de teología en el seminario donde estudié exigía que se le llamara “Reverendo”. Y uno le decía: “Eh, maestro, ¿cómo está?”. —No maestro, no, Reverendo—. Era una persona que se iba a hacer llamar por su posición.
Pablo no era así. ¿Saben cómo se presentaba Pablo? “Apóstol”, decía Pablo, que él era, y Pablo presentaba: “Yo, el primero” entre los pecadores. Pero cuando había que coger la pedrada por el Señor, él no levantaba la mano para decir: “Yo soy muy digno”, no. Si Pablo tenía que ser humillado, se humillaba, pero Pablo se consideraba valioso, él sabía lo que era.
¿Usted me entiende esto? Antes de ser humilde tienes que valorar aquellas cosas que el Señor ha puesto en ti, y a menos que valores las cosas que el Señor ha puesto en ti, no se podría llamar que estás siendo humilde, porque la humildad es un proceso intencional donde una persona que se considera correctamente valiosa no se aferra a lo que es, sino que tiene la capacidad de agacharse cuando hay que agacharse.
Razones bíblicas para sentirse valioso
Una autoestima correcta es una persona que comienza a afirmarse, no en aquellas cosas que dice el mundo, sino en aquellas cosas que dice el Señor. Les digo algunas cosas por las cuales un cristiano puede estar correctamente orgulloso. Mire, la primera razón de orgullo que tiene un cristiano es la salvación de su alma. Esa cosa debería hacerte sentir el ser más especial que exista. Tú deberías sentirte una persona sumamente valiosa. Esa realidad debería producir en ti una satisfacción que salga desde adentro. Tú deberías sentirte tan sencillo de decir: “A mí el Señor me escogió para salvación”. Es una afirmación que te hace a ti una persona especial. Si el Señor te ha hecho valioso, siéntete valioso por esas cosas.
Una característica de un cristiano que puede sentirse valioso es porque el Señor lo ha puesto en el ministerio, decía el mismo Pablo: “Doy gracias al Señor que me tuvo por digno al ponerme en el ministerio”. O sea, que Pablo entendía que la oportunidad que el Señor le había dado de servirle en el ministerio había elevado su dignidad. Son razones por las cuales un cristiano puede sentirse justamente valioso: “Señor, gracias por mi salvación y Señor, gracias por permitirme servirte”. Son cosas como razones importantes.
¿Por qué cosa un cristiano se debe sentir valioso, hermano? Por la obra que el Señor ha hecho en ti. Si tú reconoces que el Señor ha cambiado algún rasgo de tu carácter, si tú entiendes que el Señor ha reformado algo en ti, si tú entiendes que en esa área el Señor puso ahí su mano, eso es como que tú tengas en tu casa alguna obra de arte que algún escultor famoso haya ido a tallar ahí especialmente para ti. El Señor hizo eso en ti, y es una razón valiosa por la cual un cristiano se debe sentir contento.
¿Qué cosa debe hacer que un cristiano se sienta emocionado por el Señor? Debe sentirse emocionado por el Señor por la esperanza que tiene en el cielo y por su herencia en el Señor. Son cosas que a un cristiano le deben dar satisfacción eterna. Y díganme ustedes, ¿eso es valioso o no lo es? A menos que un cristiano considere su valía en su justa proporción, será imposible que pueda llamarse humilde. A menos que un cristiano considere valiosa, en su justa dimensión, su vida, sería imposible que glorifique al Señor con su estima.
Autoestima no es repetirte a ti muchas cosas. Autoestima no es cómo tú te ves, sino que autoestima es aquello que se construye basado en lo que el Señor está haciendo en ti. Eso debe hacer que un cristiano se sienta como emocionado, valioso y que se evalúe en su justa dimensión.
Fotos, redes y una generación centrada en la imagen
Algo que a mí me ha hecho sentirme muy triste últimamente es que he visto mucha gente que yo valoro mucho, personas que para mí son importantes, y he visto como una fiebre desmedida que hay por el autorretrato. No sé si usted ha notado esto, pero la cantidad de fotos que las personas se toman a sí mismas últimamente debería ser como un asunto de preocupación. Es más, hay un tipo de foto que es esta foto que se toma como de arriba hacia abajo, con el cristal y la luz, como que hay cierta obsesión con cómo yo me estoy mirando, porque según yo me estoy mirando, entonces me voy a sentir más valioso, ¿no?
No sé si así es, pero yo quisiera como elaborar algún tipo —esto es broma— de algoritmo que determinara que una persona se siente completa en proporción a cuántas fotos sola tiene en Facebook. O sea, entra al perfil de una persona en Facebook y tú vas a encontrar que la cantidad de fotos que esa persona tiene así, así, así, así es proporcional a lo quizás desamueblado que está por dentro, porque mientras más cosas tú necesitas ponerte por fuera, significa que menos cosas llevas por dentro.
Hermano, te quiero animar a que elabores la percepción que tienes de ti mismo no en base a lo que dice la foto, no en base a lo que dice “me taguearon en Facebook, salí hermosa”, sino en base a lo que el Señor está haciendo en tu vida por dentro. Una persona hermosa no es una persona que necesariamente tiene que afirmarse las características que tiene por fuera, sino una persona que se afirma desde adentro. El Señor va amueblando tu vida, el Señor va poniendo en ti cosas preciosas, y esas cosas deben crear en ti un sentido de valía personal a punto tal que, si acaso en la foto estás haciendo mueca, que si acaso en la foto sales con los ojos cerrados —que eso es un trauma, ¿verdad que sí?—, eso no te destruya.
Hay gente, miren, estas cámaras digitales han hecho algo. Antes la gente esperaba que se tomen… Antes se tomaban 10 fotos de un rollo, tú no veías la foto. Se tiraban primero 12 fotos, tú no veías la foto. Después se tiraban otras fotos más, tú no veías la foto. Después los rollos llegaban a 32 y tú no veías la foto. Lo primero es que, si te quedaban 5 fotos más, le tiraban a la mata, le tiraban al perrito para poder revelar todas las fotos. Después todas esas fotos se revelaban juntas y la gente podía ver cómo salió.
¿Cómo se usa ahora? Ahora se toma la foto: “Pero espérate, toma la foto”, y si acaso se sube una foto a Facebook y me taguean donde estoy en una posición que podría ser que mi autoestima se me vaya por el suelo, porque han construido su autoestima no basado en lo que el Señor ha construido en ellos, sino que han construido su autoestima en base a algo que es muy superficial. Señores, qué triste, pero hay gente que su autoestima está construida en base a las marcas que usan.
Y si acaso… Hay una anécdota de una vicepresidenta aquí que le revisaron el vestido en unos premios, le buscaron a ver cuál era la marca que utilizaba. Pero hay personas que, si acaso la marca de la ropa que están utilizando no es tal, o no tiene el tiquecito, para ellos sería como sentirse disminuidos. No sé si sea tu caso, pero todavía más triste, ¿verdad?, es cuando una persona encuentra su valor personal no ni siquiera en lo que es por fuera, sino en la marca de los accesorios que tiene puestos.
Lo que he encontrado es que mientras más valor las personas encuentran en las cosas que el Señor ha hecho en su vida, menos necesitan estar rodeadas de todas estas cosas para sentirse importantes.
Testimonio personal y construcción de la verdadera autoestima
Les cuento un caso personal. De niño, la verdad es que yo era un poco triste, y yo recuerdo que caminé durante mucho tiempo mirándome los pies. O sea, la característica mía es que yo llegaba al colegio mirándome los pies, yo caminaba así. Y los brazos siempre los tenía como caídos, como han visto esa actitud de una persona así, y yo caminaba de esa manera. Me sentía muy triste por dentro, la verdad es que yo sentía cosas que hasta me da un poco de vergüenza mencionar, pero yo no me sentía valioso. Yo me veía en un espejo, y lo que el espejo me decía sobre mí mismo eran cosas que no me hacían sentir bien.
Y durante mucho tiempo yo caminé arrastrando el cuerpo, caminé como que no iba para ningún lado y como que siempre fui esa persona de una estima apagada. O sea, yo andaba como arrastrando los pies. Lo que hizo que yo me sintiera valioso no fue que me considerara más bonito, porque yo me voy al espejo y sigo siendo la misma cosa. Ahora, sucedió algo en mi vida, y es que yo entendí temprano —y esto se lo agradezco a la iglesia— lo primero que yo comencé a entender es que yo era valioso para Dios, y lo segundo, que podía serle útil.
Hermano, que tú entiendas que tú, siendo hombre, puedes ser útil para Dios, eso debe crear en ti una emoción tan importante que tú puedes ser la persona a quien el espejo le dé la peor retroalimentación, pero que cuando tú consideras en ti mismo lo valiosa que es tu vida a los ojos del Señor, eso debe salirte como de adentro. Tristemente hay personas que están esperando tener la nariz más perfilada, la ropa más cara, tener quizás gente que les afirme algunas cosas para subir su autoestima.
Dice la Escritura que nosotros debemos tener una estima personal. Ahora, esta estima personal se debe construir, no por las cosas que se llevan por fuera, sino por las cosas que salen de adentro. Razones para sentirnos orgullosos: miren, eso se estilaba en las iglesias y se ha perdido. Un cristiano siempre decía: “Doy gracias al Señor por la salvación de mi alma”. Razones para sentirnos valiosos: debes sentirte valioso porque el Señor ha dedicado tiempo y lo ha invertido en ti. Razones para sentirte valioso: tienes que sentirte valioso porque para el Señor tú eres útil. Razones para sentirte valioso: tienes que sentirte valioso porque tienes una herencia en el Señor.
Razones para sentirte valioso: tienes que sentirte valioso y sentir un gran valor propio, ¿verdad?, una gran apreciación por aquellas cosas que el Señor te ha permitido concretar. Razones para ser humilde: puedes ser humilde siempre que consideres todo esto que el Señor te ha dado, todo esto que el Señor ha hecho, y cuando te encuentres con una persona que quizás no te da a ti el lugar que tú esperas, puedas como disminuir, puedas ir intencionalmente diciendo: “Yo sé lo que soy ante el Señor, pero no me aferro a eso, sino que eso me permite disminuir”.
Les pregunto yo a ustedes: ¿alguna vez ustedes vieron a Jesús dudando de que Él era Dios? Cuando se lo preguntaban a Él: “¿Quién tú eres?”, Él decía claramente: “Mi Padre y yo…”. Jesús, hablando de sí mismo, se veía algo altivo, porque Él era contundente en ese asunto. O sea, Cristo nunca negó que Él fuera igual a Dios; Él se ponía al lado, y los judíos se asustaban y decían: “¿Quién es este hombre que habla de esa manera?”.
¿Alguna vez vieron ustedes a Pablo dudando de su condición de apóstol? ¿Lo vieron a Pablo en eso? Díganme. No, no. Pablo decía: “Yo soy apóstol de Jesucristo por su gracia”. Él decía claramente lo que él era. Ahora, cuando Pablo iba a un lugar, Pablo no hacía pompa. Pablo no andaba en eso, pero Pablo decía: “Yo estoy seguro de lo que yo soy, y como estoy seguro de lo que yo soy, entonces yo puedo humillarme”. Eso es la humildad.
Es mi oración, hermano, que en Pez Mundial podamos crear un concepto de nosotros mismos que no esté construido en base a lo que dice el mundo. Digo que esto me causa tristeza, porque mucha gente para mí son importantes. A veces me pregunto: “¿A él le importa más lo que dice la cámara que él es, o realmente él tiene por dentro tantas cosas que le van a permitir tener una valía personal saludable, a pesar de que la cámara no lo diga?”.
Una cosa que yo he descubierto es que las cámaras ayudan, y hay determinadas fotos que hacen que uno se sienta muy bien. O sea, hay fotos que te ayudan. Hay unas técnicas, hermano, hay una cosa, unos filtros, que hacen que la gente se vea muy bien por fuera. Pero yo me pregunto lo siguiente: dice la Escritura que la belleza física es un asunto pasajero, y hay gente que la pierde tarde o temprano.
La belleza que se acaba y la belleza que permanece
¿Qué pasará con tu vida cuando estos adornos que se llevan por fuera comiencen a desaparecer? ¿Acaso todavía te encontrarás tú tan validado por tu lugar en el Señor, tan validado por lo útil que eres al Señor, tan validado por tu trayectoria en el Señor, tan validado por tu herencia en el Señor, a un punto tal que si eso desaparece aún se podría decir que eres feliz? ¿O siempre necesitarás el retoque, siempre necesitarás el piropo, siempre necesitarás aquellas cosas para tú sentir aprecio correctamente?
Según el mundo, lo primero, hermanos, es esto: una percepción nuestra que no esté contaminada por las cosas que nos dice el mundo. Y lo segundo: no tener en nosotros una falsa humildad. Me gustaría ver a mis hermanos sintiéndose contentos por lo que el Señor ha hecho por ellos, teniendo un concepto de sí mismos que esté ajustado a la revelación del Señor, tal como Pablo decía aquí: que no tengan un concepto de sí mismos que sea desproporcionado, pero que tengan alguno. Y que cuando la gente te pregunte: “¿Por qué razón tú consideras que tú eres valioso?”, tú con autoridad puedas decirle: “Yo me siento valioso porque el Señor ha salvado mi alma”. “Yo me siento valioso porque el Señor me ha tomado a mí por digno al ponerme en el ministerio”. “Yo me siento valioso por la herencia que tengo en el Señor, yo me siento valioso por el servicio que yo puedo ofrecerle a mi iglesia”. O sea, que sean cosas que salgan de adentro y no cosas que vengan por fuera.
Quiero, por último, hermano, decir lo siguiente: hay cosas que uno no puede remendar. Mire, la belleza según los cánones humanos, eso es un arquetipo clásico que está por ahí medido con la distancia que hay entre los pómulos, una distancia que hay entre los ojos, una elevación que hay en el mentón, una distancia que hay entre donde comienza la nariz y donde comienza el cabello, y hay cosas de esas con las cuales simplemente no se nace.
No sé si usted me pueda seguir en este asunto. La belleza según los cánones clásicos son unas medidas de proporcionalidad. Y cuando tú hablas con un cirujano plástico, él vuelve a medir la distancia que hay entre tus órganos y te va a decir si con cirugía eso se puede, si se puede acercar un chín más, o si se puede alejar un chín más, o si se puede levantar un chín más, o si se puede recoger un chín más. Pero la belleza clásica, esos son unos parámetros geométricos que se llevan entre el rostro, la proporción del cuerpo, y hay gente que no tiene eso.
Es más, lo que nos han enseñado a nosotros como la belleza clásica, si se buscara la proporción de personas que atienden eso, quizá no llegara ni siquiera al 5% de la población de gente que se podría considerar físicamente bella según los cánones clásicos. La verdad es que eso está reservado para un grupo muy reducido de personas, y eso se alcanza durante un tiempo y después así mismo se va. Me están diciendo no en este asunto, ¿verdad?
Si tú vas a buscar tu autoestima en base a lo que te está diciendo el espejo, entonces vamos a ver, vamos a medir la distancia que hay desde el dedo gordo de tu pie hasta donde comienza la cintura, de ahí hasta el torso, después la distancia de los brazos, después la proporción torso y demás. Y eso es como un asunto que está por ahí medido.
Y si nosotros estamos esperando conseguir valor personal en base a eso, lo más probable es que ninguno de los que estamos aquí nunca nos sintamos valiosos. Y esa es la verdad. El mundo ha celebrado unos cánones de belleza física que ese asunto no se alcanza sino juntando, estirando una cosa y enderezando la otra y metiendo la otra. Eso es mucho pedir.
Lo que la Escritura enseña como belleza no es eso, sino que es otra cosa. Una persona bella a los ojos del Señor no es una persona que físicamente tiene la distancia de tantos centímetros entre el ojo izquierdo y el ojo derecho. Una persona bella ante los ojos del Señor no es una persona cuya nariz se eleva un tanto y que no se extiende tanto. No. Eso no es una persona bella ante el Señor. Una persona bella ante el Señor tiene que ver más con los rasgos de su carácter que con los rasgos de su cuerpo.
¿Me siguen en esto? O sea, una persona bella para el Señor tiene que ver más con los rasgos que adornan su carácter por dentro, que con las cosas que se llevan por fuera. Y en mi experiencia, una persona que quizá no tiene las proporciones geométricas que se celebran, cuando por dentro ha sido bien adornada por el Señor, no solamente se ve bella, sino que es una persona preciosa para Él.
Hay personas que se han pasado la vida haciendo crisis porque las piernas y la proporción del torso no fue tan larga y no tienen tantas pulgadas de cuerpo. Hay personas que se van a tener que morir, usted nunca va a ser esbelto, o sea, hay cosas que… hagamos las paces con esto. Habemos algunos que nos vamos a quedar calvos. Un día de estos yo me vi en el espejo y dije: “Uy, pero Rafael Pérez, tú como que vas a quedarte calvo”. Y cuando miré para atrás, mi papá, como que no hay mucho cabello que buscar, o sea, lo más probable es que de pronto nos quedemos calvos.
Lo más probable, hermanos, es que quizá nunca la proporción de tu cuerpo llegue a encontrar y a reflejar esos parámetros de belleza que tal cosa. Eso es con relación a la belleza física. Hay otros que se olvidan de lo físico y dicen: “Bueno, yo no soy bonito, pero tengo posesiones”. Lo más probable, hermano, es que eso que se busca, que alguien diga: “Mira, yo de bonito no soy, pero tengo unos pesos”, lo más probable es que muchos de ustedes mueran y no tengan mucha fortuna.
Pero la manera en que nosotros podemos tener un alto sentido del valor personal no necesariamente tiene que ser consiguiendo aquellas cosas, sino siendo preciosos a los ojos del Señor. Una persona preciosa a los ojos del Señor es una persona que tiene autoestima no creada en base a cosas externas, sino en base a cosas profundas, a cosas que no desaparecen en el tiempo, sino cosas que aumentan con el tiempo.
Es una persona que muere con sentido de realización y de valor personal, no en base a lo que tuvo, sino en base a lo que, por la misericordia del Señor, pudo hacer. Es una persona que se sienta contenta con su posición ante Dios y no necesariamente por lo que la gente le dice. Qué triste es que estamos levantando una generación de cristianos que es una generación de cristianos hedonistas, una generación de cristianos vanidosos, una generación de cristianos validados por asuntos superficiales.
Y no gente que encuentre valiosa su vida a los ojos del Señor. El amor personal no tiene que ver con cómo te ves por fuera ni con lo que la gente dice de ti; el valor personal, el amor propio, tiene que ver con aquellas cosas preciosas que el Señor ha puesto en tu vida y aquellas cosas que el Señor te ha permitido sentir a través de Él. El amor propio no es la autoestima del mundo, sino que es un valor personal que no surge de uno sentirse proporcionado, ¿verdad?, no en base a medidas, sino en base a que se vaya construyendo en uno aquello que el Señor ha hecho.
Yo entiendo que esta es una belleza que permite ser humilde.
Oración: pidiendo una autoestima centrada en Dios
Deja de llamarte humilde cuando tú no has tenido que entender tu valor. Cuando tú entiendes tu valor y a pesar de eso no te aferras, entonces ese es el mayor sentido de humildad. Lean de nuevo Filipenses, hermanos, en el capítulo 2, para que oremos al Señor para que seamos realmente humildes ante sus ojos y que tengamos un valor proporcional y una percepción correcta de nosotros mismos. Y dice así, versículo 7:
Sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
— Filipenses 2:7–8
Yo no sé cómo están tus numeritos en cuanto a tu valía personal, pero yo quiero estimularte a que construyas una autoestima centrada en lo que Dios dice de ti y no centrada en lo que el espejo dice de ti. No sé cómo están tus numeritos en cuanto a valía personal, pero quiero estimularte a que crees una autoestima no basada en lo que la gente dice de ti, sino basada en lo que el Señor afirma de ti. Yo no sé cómo están tus numeritos, pero me gustaría que construyeras una valía personal, no tanto en cuanto a tus posesiones terrenales, sino en aquello que has podido hacer para la gloria del Señor. Y me gustaría, sobre todo, que no construyas tu autoestima basada en la familia de la cual provienes, si acaso tienes un apellido que termina en “ni”, si acaso tienes una familia honorable en los sentidos humanos, sino que comiences a construir una autoestima basada en que ahora eres hecho parte de la familia de Dios.
Estos son atributos de la autoestima que no perecen a lo largo del tiempo, sino que cada vez van como creciendo. Cierra tus ojitos ahí un momento y permíteme orarle al Señor por la estima que tú tienes personal. Quizás te parezca que aquí hay gente que se ríe mucho, pero quizás por dentro no se sienten valiosos.
Cierra tus ojitos un momento y permítenos orarle al Señor por la percepción que tienes de ti mismo, por el valor que tienes de ti. Nadie tenga un mayor concepto de sí que el que debería tener, decía Pablo, que nos consideremos con cordura. Mentiría, Padre, si yo digo que mis hermanos no son valiosos, porque el simple hecho de que tú hayas dado tu vida por ellos ya hace que tengan un valor precioso a tus manos. Mentiría, Señor, si le dijera a mis hermanos que ellos no son importantes para ti, porque indudablemente cualquier persona en la cual tú hayas puesto tu mano, Señor, ha sido importantizada.
Mira, mis hermanos, que todavía tienen una autoestima basada en cómo se ven por fuera. Mira aquellos, Señor, cuyo valor personal disminuye según lo que les diga el peso. Mira aquellos, Señor, que no reciben muchos piropos por cómo se les ve el cabello. Mira la gente de Pez Mundial que quizá tú no les has dotado de curvas. Mira, Señor, aquellas personas que no llenan los cánones tradicionales de belleza y hermosura. Mira aquellos cuyos ojos están más distanciados. Mira aquellos cuyas narices, Señor, no son proporcionales. Mira a nosotros, Señor, que estamos acomplejados por alguna área de nuestro físico. Mira la gente muy flaca de Pez Mundial, Señor, que se sienten poco valiosos porque tienen muchos huesos. Mira la gente llenita, Señor, que se sienten poco valiosos porque el peso les dice números que no esperaban.
Mira la gente que ha hecho ejercicios de retoques para hacer que sus fotos se vean mejor, pero que no se han preocupado tanto porque su carácter brille ante tus ojos. Mira la gente que necesita tener muchos accesorios por fuera, Padre, para sentirse valiosa. Mira aquellos que hacen crisis de vez en cuando porque su cuerpo no tiene el tamaño que ellos esperaban. Permite, Padre, que el sentido de dignidad que da saber que tú nos has puesto en el ministerio, permite, Señor, que el sentido de realización que da saber que nuestra vida está segura en ti, permite, Señor, que el sentido de importancia que da saber que tenemos comunión contigo, permite, Señor, que el sentido de valor que da que nuestra herencia esté en el cielo sean las cosas que hagan que nuestra estima siempre esté en alto.
Mira aquellos, Señor, que necesitan que constantemente les estén diciendo: “Qué bien saliste”, para sentirse bien. Oh Señor, mira aquellos de nuestros hermanos que están engañados a sí mismos con autosugestión, diciéndose a sí mismos que son ordenados cuando no lo son, diciéndose a sí mismos, Señor, que son serios cuando no lo son, diciéndose a sí mismos, Señor, que son santos cuando no lo son. Permite que su percepción esté ajustada a la realidad.
Te doy un chancecito ahí, hermano, para que luches con los complejos que tú tienes y sometas esos pensamientos a la revelación del Señor. Mira, Señor, los complejos familiares que hay en nuestra gente. Mira aquellos que se sienten tristes porque su familia no es familia de renombre. Permite, Señor, que su lugar que tienen en ti, Padre, los haga sentirse satisfechos. Mira aquellos, Padre, que se sienten quizá disminuidos porque no tienen títulos universitarios y se sienten que son menos valiosos para ti porque no tienen una licenciatura. Enséñales, Señor, que si acaso lo tienen podrían darte a ti la gloria por eso, pero que si no, así como están, Señor, tú los has considerado valiosos.
Mira aquellas familias que compiten con otras familias tratando, Señor, de ser lo que no son. Enséñales que su dinámica familiar es la dinámica familiar que tú has permitido que tengan. Oh Padre, permítenos encontrar nuestro valor en aquellas cosas que tú has hecho por nosotros.
Llamado al no creyente: dejar que el Autor repinte el cuadro
Mantenga sus ojos ahí cerraditos y permítame orarle al Señor por algo todavía mucho más urgente. Mira, Señor, la gente que se está engañando diciéndose a sí misma que un cuadro que tiene un hoyo en el medio es precioso, y la señal es que no, Padre. Mira aquellos que se ven en un espejo y se consideran a sí mismos valiosos cuando saben ellos mismos que el pecado les ha destruido. Mira aquellos cuadros preciosos que tú pintaste, Señor, creación perfecta de tus manos, que ha sido destruida por medio de la corrosión del pecado. Enséñales, Señor, que la única manera en que un cuadro precioso puede ser exhibido en un museo en su justa dimensión es que pueda ser retocado por aquella mano que inicialmente le pintó.
Mira aquí, Señor, los lienzos rasgados que hay por el pecado, que todavía no han sido reparados por ti. Señor, gracias porque tú me hiciste, aleluya, bello en tus manos y después me reparaste cuando el pecado me dañó. Mira la gente que está aquí, Señor, con el cuadro podrido, el cuadro rasgado, con la pintura decolorida, y ellos mismos han intentado pintarse por fuera, por sus propios medios, y no encuentran la realización.
Amigo que estás aquí presente hoy, si todavía no tienes la certeza de que el Señor ha perdonado tus pecados y que está recomponiendo tu vida, que el Señor te está repintando de nuevo, es imposible que tengas un alto sentido del valor personal. Amigo que estás aquí presente, si el Señor no ha recompuesto tu vida, por mucho que te pintes por fuera, ante tus ojos ya no eres tan precioso como eras, sino que eres un cuadro destruido, un cuadro adulterado.
El Señor ha recompuesto muchas obras dañadas y también puede hacerlo por ti. Él ha dicho: “Vengan a mí los que están trabajados y cargados, y yo les haré descansar”. Él ha dicho que aunque tus pecados sean rojos, vendrán a ser blancos como la lana. Él ha dicho que si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos y limpiarnos de toda maldad. Y si aquí hay personas que tienen 30 años tratando de recomponerse por fuera y no se dan cuenta de que lo que necesitan es que el Señor que les creó vuelva a pintar en ellos, y si aquí hay personas que no tienen la seguridad de que el Señor no solamente es su Creador, sino que el Señor es su Salvador, la persona que salvó esa obra, la persona que salvó ese precioso cuadro, el Señor está dispuesto a trabajar contigo de nuevo.
Solamente hace falta que tengas la humildad necesaria para permitir que Él recomponga tu vida. Yo te invito a que en oración tú veas al Señor y le pidas que recomponga eso precioso que Él puso en ti. Señor, mira la gente aquí que su vida ya no brilla como debiera brillar. Señor, mira la gente aquí que su vida ya no es tan pareja como debería de ser. Señor, mira las personas que están aquí presentes, que su vida ya no está proporcionada a como tú la diseñaste. Mira la gente, Señor, que el pecado ha destruido.
Amigo, si tú quieres que el Señor te recomponga es tan sencillo como que confieses tu pecado delante de Él, en una oración que yo no puedo hacer por ti. Toda obra recompuesta por el Señor en algún momento tuvo la humildad de dejar que Él trabajara en ella nuevamente. Puedes decirle con tus palabras: “Señor, yo te pido que perdones mis pecados”. Puedes decir con tus palabras: “Señor, yo reconozco que mi vida va en continuo deterioro”. Puedes decirle: “Señor, yo reconozco que una vez comenzaste a trabajar en mí, la gente se emocionaba al ver los colores que volvían a brillar, pero salí de tu taller y mi vida volvió, Señor, a ser lo que era”.
Puedes decirle al Señor: “Señor, yo reconozco que en vez de ser humilde y venir a ser recompuesto por ti que me creaste, he sido altivo y he estado llenándome de cosas superficiales que no podrán nunca competir con aquello que podrías hacer tú por mí”. Señor, perdona mis pecados. Con humildad, esa es la oración que hay que hacer. “Señor, vuelve a trabajar conmigo”. Con humildad, esa es la oración que hay que hacer. “Señor, reconozco que mi vida ha sido destruida por el pecado”. Esa es la oración que hay que hacer. “Señor, reconozco que mi autoestima es plástica, no es real, que mi autoestima, Señor, es superficial”. Esa es la oración que hay que hacer. “Señor, reconozco que determinada marca he estado intentando llenar en mí aquello que solamente tú podrías llenar”. Esa es la oración que hay que hacer.
Señor, haz que la gente se sienta valiosa por las cosas que tú has hecho en ella y no por lo que llevan por fuera. Te doy ahí un chancecito más, porque esta es una oración que no se aprende, es una oración que nadie puede poner en tus labios. Es una oración de arrepentimiento, es la oración de un pecador que con humildad busca que el Señor recomponga su vida. Tu vida podría brillar nuevamente, tu vida podría tener equilibrio nuevamente, tu vida podría ser admirable nuevamente, tu vida podría ser celebrada nuevamente para la gloria del Señor.
Te doy un chancecito ahí, porque sé que hay gente que necesita con humildad ir al Señor para que el Señor le recomponga. Qué bonito es ver a un cristiano en quien los frutos del Espíritu se van manifestando, la pintura comienza a brillar. Qué bonito es ver a un cristiano cuya vida comienza a ser recompuesta y aquello donde él mentía ya no tiene que mentir. Qué bonito es ver a un cristiano que su vida va tomando orden y aquello que era vergüenza ahora es orgullo del bueno para el Señor.
Cierre en oración y llamado a la iglesia a una autoestima sana
Qué bonito es ver a un cristiano que anteriormente mentía sobre lo que era y ahora con libertad él puede decir: “Por la gracia del Señor, soy lo que soy”. “Señor, perdona mis pecados. Señor, recompón mi vida. Señor, pinta en mí nuevamente. Señor, quita todos los accesorios que le he puesto a este cuadro porque le están sobrando. Quita toda la parafernalia, Señor, quita todo el autoengaño y recompónme desde adentro. Eleva mi estima, Señor”.
Si tú has hecho esta oración, puedes tener la seguridad de que el Señor va a recomponer tu vida, lo está haciendo. Tienes que comenzar a caminar con el Señor y ajustar tu vida a su voluntad. Tienes que bautizarte, públicamente decir: “Yo he reconocido mis pecados, el Señor me ha perdonado. Ahora estoy nuevamente en el taller del Maestro para ser pintado”.
Permítanme orar ahora por los miembros de la comunidad cristiana Pez Mundial que todavía buscan su valoración en las cosas accesorias. Ay, Señor, mira la gente de Pez Mundial que se siente orgullosa de sus méritos profesionales, que tu salvación y tu obra en sus manos sea más valiosa. Señor, mira la gente de Pez Mundial que todavía se siente muy vana, muy orgullosa por sus títulos profesionales. Enséñales que la maestría, los posgrados y la licenciatura son buenas, Señor, pero que la salvación y la dignidad de ser recompuestos por ti es todavía mejor.
Señor, mira los padres de Pez Mundial cuyo orgullo son sus hijos. Enséñales, Señor, que eso es importante, pero que la salvación de su alma todavía es cosa más preciosa. Ay, Padre, mira la juventud de Pez Mundial, que en Facebook se parece a la juventud de este mundo: “Estuve en tal lugar”, la foto en el lugar de moda, el estilo correcto. Guau, Padre, que comencemos a subir fotos: “Estuve sirviendo al Señor en tal lugar, estuve en misiones en tal sitio”. Ay, Padre, que en nuestra celebración no estén las cosas que llevamos por fuera, sino las cosas que llevamos por dentro.
Eleva la estima, Señor, de la gente de Pez Mundial de una manera correcta, de una manera que te lleves tú la gloria. Date un momentito ahí, hermano, para darle las gracias al Señor por las cosas que Él ha puesto en tu vida. Date un chancecito ahí, hermano, para decirle al Señor, con tus palabras: “Señor, gracias por esto que considero valioso, que ninguna marca de este mundo pudo haberme puesto”. Puedes darle las gracias al Señor por tener una comunidad cristiana, por tener una iglesia.
Qué bonitas son las fotos cuando aparece nuestra iglesia, qué bonitas son las fotos cuando aparecen las cosas que estamos haciendo para el Señor, qué bonitas son las fotos cuando no nos celebramos a nosotros mismos, sino que celebramos la obra de Dios en nosotros. Qué bonito es hablar de lo que el Señor ha hecho en uno, y no de lo que uno mismo ha hecho.
Date un chancecito ahí, date un chancecito, hermano, para expresarle al Señor si consideras valiosa la salvación de tu alma, si te consideras un privilegiado por hoy ocupar un lugar en su casa, para decirle lo satisfecho que estás de tener cada vez más luz en tu vida y conocer más su voluntad. Guau, Padre, qué bonito es, qué bonito será cuando nuestra gente quizá no tenga hoy la blusa que le gusta, pero que te tenga a ti; quizá no tenga, Señor, el maquillaje que entienden que hace que su físico se vea mejor, pero que tengan tu carácter haciendo que la luz salga desde adentro.
Y quizá no tenemos los zapatos que nos gustan, Señor, los tenis que nos gustan, las camisetas que nos gustan, pero que esto que sale de adentro de nosotros, Señor, sea lo que el mundo valore. Padre, que nuestra gente sea detenida y la gente le pregunte: “Guau, tú sí te ves bien, ¿qué es lo que pasa?”, y que podamos enseñar la obra tuya en nosotros.
Estás ahí, hermano, no seas mezquino, dale las gracias al Señor por las cosas que, para su gloria, tú tienes, cosas que son valiosas, cosas que no se pierden con el tiempo, sino que se van aumentando. Gracias, Señor, por la oportunidad de servirte. Gracias, Señor, aleluya, por tenerme por digno. Gracias, Señor, porque a pesar de que yo sé lo que soy, tú me permites… Aleluya.
Mas no cambies tu autoestima, conéctala con lo que el Señor ha hecho en ti. No mientas, hermano, no digas que no vales, vales porque el Señor ha hecho cosas en ti. No digas “no soy nada”, eres mucho, aleluya, eres mucho para el Señor. Eleva, Señor, de manera correcta la autoestima de nuestra gente, que no sea el físico, que no sea la posesión, que no sea el renombre, que sea la obra tuya en nosotros.
“Nadie tenga un mayor concepto de sí mismo que el que debería tener”, decía Pablo. Un segundo más ahí, hermano, busca algo más por lo cual haya que darle al Señor gracias. Gracias por eso, Señor, gracias por eso. Señor, permítenos brillar desde adentro. Señor, permítenos brillar desde adentro. Señor, permite que nuestra estima personal esté conectada a lo que tú has hecho en nosotros.
Gracias, Señor, porque el cuadro brilla de nuevo. Gracias, Señor, porque ahora tiene un doble valor: el valor de que tú nos pintaste una vez y el valor, Señor, de que nos remendaste de nuevo. Gracias, Señor, por los colores que brillan en nosotros. Gracias por tu presencia en mí, Señor. Hermano, da gracias por eso. “Gracias, Señor, por tu presencia en mí”. Eleva, Señor, nuestra estima de manera correcta. Permítenos, Señor, amarte a ti totalmente, amarnos a nosotros correctamente por las cosas que has hecho en nosotros y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos.
En el nombre de Jesús, Señor, te pedimos esto y te damos a ti muchas gracias, te damos a ti toda la gloria, celebramos, Señor, tu presencia en nosotros.
Reto práctico: celebrar la familia de Dios más que la propia imagen
Celebramos, Señor, tu presencia en nosotros. En el nombre de Jesús. Amén, amén. Hermanos, ¿aceptan un ratito así, para la semana, aceptan un pequeño reto? ¿Aceptan así un pequeño reto, un pequeño reto, un pequeño reto? ¿Quién no tiene Facebook en Pez Mundial? ¿Quién no tiene Facebook? Se han agregado. Por un momento, ¿nosotros podríamos celebrar que somos parte del pueblo del Señor un momento y no celebrarnos a nosotros? ¿Podemos celebrar eso?
Yo les digo, porque en Facebook la gente siempre está como: “A ver cómo salió mi foto, a ver cómo todo…”. Y a ver, los hermanos que tienen Facebook en Pez Mundial, ¿podrían celebrar ser parte del pueblo de Cristo durante una semana? ¿Podemos celebrar eso un momentito? ¿Podemos celebrar tener fotos con nuestros hermanos? Podemos hacer un “lo legal” hasta el regreso, así que al final del servicio de hoy busca un hermano que tú consideres valioso en Pez Mundial y dale las gracias al Señor porque tú tienes un hermano como ese.
Esos son motivos de buen orgullo, es un motivo de valor, de hecho, el uno tener familia en el Señor, el hecho de uno tener amigos en el Señor, eso es valioso. Vamos a cambiar un momentito, porque Facebook no va a desaparecer porque ya la foto es “Rafael Pérez note”, sino una foto con Nicolás. A mí me gustaría tener, por ejemplo, en la semana, me gustaría tener una foto con Patria. ¿Y con quién le gustaría a usted una foto? No comparta ninguna ahora. ¿Con quién usted quisiera tener una foto así bien? —Con Jonathan—. Vamos, ¿les parece ese ejercicio?
Rull ya está descargando mi cámara. Rull diría: “Toma, ¿tiene batería?”. Hermano, un motivo de buena satisfacción para un cristiano es sentirse parte de la familia de Dios, y eso no se va a acabar pronto. En el cielo, en el cielo, en el cielo, todavía en el cielo Lilian y July van a estar ahí como parte de la familia del Señor.
Miren, todavía en el cielo Ismenia y Talía van a ser parte de la familia del Señor. Un motivo de celebración de un cristiano y de verdadera estima es eso: sentir que tiene verdaderamente familia en el Señor. Eso es un motivo de fuerte estima. Tomen el paso ahora con los Patria al final del culto, tomen, preparen su cámara para que algunos hermanos de Pez Mundial le digan al mundo: “Yo me siento valioso porque soy parte de la familia de Dios”. Que sea un motivo de buena satisfacción personal.