No basta con escuchar
El evangelio es la buena noticia de que Dios reina y ha elegido salvar al hombre por medio de la obra de Cristo. Pero no basta con escucharlo: hay que recibirlo, perseverar en él y retener la palabra.
El evangelio es la buena noticia de que Dios reina y ha elegido salvar al hombre por medio de la obra de Cristo. Pero no basta con escucharlo: hay que recibirlo, perseverar en él y retener la palabra.
El centro de este relato no es el milagro sobre la hija, sino lo sorprendente que resulta que personas como nosotros lleguemos a ser objetos de la gracia de Dios.
Si Marcos se detuvo a detallar la búsqueda de un burro, no fue solo para confirmar la profecía de Zacarías 9:9, sino para mostrarnos que el Señor toma nuestros recursos ordinarios para fines gloriosos. La misión requiere que desatemos lo que tenemos — y eso es un privilegio.
La gracia de Dios no es solo una disposición pasiva, sino un tutor activo que nos educa para vivir entre dos manifestaciones: la epifanía personal de la salvación y la manifestación gloriosa de la segunda venida de Cristo.
La gracia que se ha manifestado en el creyente puede conducirle en dos direcciones opuestas: hacia una gratitud humilde o hacia una altanería pecaminosa. Pablo le pide a Tito que les recuerde a los cretenses que se sujeten y muestren mansedumbre, porque ellos mismos en otro tiempo no eran distintos.
El libro de Proverbios no es simplemente un manual de buena conducta: es una fuente para conocer al Dios verdadero. Cuatro palabras — confía, reconoce, teme y honra — describen lo que significa llevar una vida centrada en Dios y no en nuestra propia prudencia.
Humildad no es negar lo que eres o lo que tienes. Humildad cristiana es reconocer plenamente tu dignidad, tus bienes y tus capacidades, y aun así estar dispuesto a renunciar — como hizo Cristo, que siendo Dios no se aferró a su gloria, sino que se despojó a sí mismo.
El nacimiento de Cristo no fue solamente para los piadosos de Israel. Los magos de Oriente nos enseñan que la salvación es del Señor, que Cristo también es para aquellos que se encuentran más lejos, y que lo prioritario es adorarle.
Dios se revela a su pueblo con un profundo sentido histórico y ha provisto sabiduría para los días venideros. Justo antes de entrar a la tierra prometida, Moisés exhorta al pueblo a tres tareas esenciales: no olvidarse de Jehová, no repetir los pecados de siempre, y contar la historia correctamente.
La tarea básica de la criatura es llevar gloria al nombre del creador, pero en el estado actual del ser humano esto no puede dejarse a la espontaneidad. David hace un esfuerzo activo por involucrarse él mismo en la adoración y luego por involucrar a su pueblo y a toda la creación.
La primera parte del viaje de Israel culmina en el monte Sinaí. Antes de entregarles la ley, Dios los rodeó de bienes mostrando su cuidado tierno; y en el mismo momento de darla, desplegó su poder y su gloria para que la recibieran con la actitud correcta.
Después de 40 años en el desierto, Moisés enfrenta la misma murmuración del pueblo. Pero esta vez, dominado por el cansancio y la ira, golpea la roca en vez de hablarle, perdiendo el privilegio de entrar a la tierra prometida.