Mensaje

Una vida centrada en Dios

Proverbios 3:5-10

No siempre tengo el privilegio de predicarle a toda la congregación reunida, aunque a toda la congregación de nuestra iglesia se le predica siempre la Sagrada Escritura, desde los más pequeñitos hasta los más grandecitos. Aprovecho hoy que tenemos a todas las congregaciones reunidas para recordarle a todo este pueblo que el propósito que tenemos en el ministerio de la enseñanza no es que usted sea solamente ducho en dominar la escritura, sino que usted desde la escritura llegue a conocer al Dios que nos dio este libro. El propósito que tenemos, desde su pastor hasta su maestro de escuela bíblica, es que usted desde la escritura llegue a ver a Dios como un Dios que es confiable, un Dios que está presente, un Dios que es también temible y que es digno de honra.

No perdamos el foco. Nosotros no somos bibliotecarios, somos creyentes en un Dios que es real y grande. Y el propósito que tiene un creyente cuando lee la escritura es llegar a ver a Dios como un Dios que es confiable, un Dios que está presente, un Dios que es temible y al mismo tiempo digno de honra. Cuando uno vive así, uno llega a tener una vida que no está centrada en un libro, sino en el Dios que nos dio el libro.

Fíate de Jehová de todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia. Reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus veredas. No seas sabio en tu propia opinión. Teme a Jehová y apártate del mal, porque será medicina a tu cuerpo y refrigerio para tus huesos. Honra a Jehová con tus bienes y con las primicias de todos tus frutos, y serán llenos tus graneros con abundancia y tus lagares rebosarán de mosto.

— Proverbios 3:5-10

Cuatro palabras para el año entrante

Este libro, el libro de Proverbios, es uno de los libros más atesorados por las personas que aún no son creyentes. La gente ve este libro y dice: «Este es un libro fácil de entender, un libro donde encuentro consejos que son como shots rápidos de ideas que puedo tener en mi mente y vivir de acuerdo a ellas.» Sin embargo, para un cristiano, el libro de Proverbios es más que un corolario de expresiones de sabiduría: es una fuente para conocer al único y verdadero Dios. Y el propósito de este libro, junto con todo el propósito de las Sagradas Escrituras, no es que usted se vuelva necesariamente más prudente, sino que usted llegue a confiar verdaderamente en Dios.

Estaré mostrando hoy cuatro cosas solamente. Cómo llegar a tener una vida centrada en Dios: confiando en Dios, reconociendo a Dios, temiendo a Jehová y al mismo tiempo honrando a Jehová. Son cuatro palabras: confía, reconoce, teme y honra a Jehová. Eso es una vida centrada en Dios. Casi siempre, a fin de año, los creyentes toman resoluciones y entre ellas tener un calendario de lecturas bíblicas: «Yo quisiera el año próximo leer la Biblia completa.» Quiero persuadirte de tener un mejor deseo para el año próximo, un mejor propósito. Proponte que tu vida esté más centrada en Dios. Proponte caminar más cerca. Proponte confiar un poco más en Dios.

Le propongo a los más pequeños que Dios se vuelva aún más temible, de forma tal que en tu corazón haya más reverencia. Y le propongo a los más grandes que ayuden a los más pequeños a temer a Jehová, de forma tal que cuando estemos en su presencia entendamos que esto no es poca cosa ni cualquier cosa, que estamos delante de un Dios que es temible. ¿Qué tal si nos proponemos que en nuestra familia el temor a Dios sea cultivado especialmente en el año entrante, de forma tal que se sienta que en esta casa Dios está presente, y cuando digamos «vamos a orar» podamos orar no solamente con entendimiento, sino también con reverencia? Proponte para el año entrante llegar a honrar a Dios de forma tal que se sienta que él es tu Señor y que tú eres su siervo.

Si cumplimos esas cuatro cosas que nos recomienda el libro de Proverbios en el capítulo 3, tendremos una vida más centrada en Dios. Lo que yo quiero para tu vida no es principalmente que tú seas ducho en el conocimiento de las Escrituras — yo quisiera que tú seas ducho en el conocimiento del Dios que te dio las Escrituras, y que el provecho que puedas tener sea un provecho de caminar más cerca de Dios para el año entrante.

Confía en Jehová

Comienza el texto en el versículo 5 diciendo: «Fíate de Jehová de todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia.» Aquí hay dos fuentes de apoyo diferentes. La primera fuente de apoyo es fíate en Jehová; la segunda fuente de apoyo posible es tu propia prudencia. Todos nosotros estamos confiando en alguien para algo. ¿En qué tú confías para el año entrante?

¿Qué es confiar en nuestra propia prudencia? Creer que nosotros mismos podemos cuidar de nosotros y que nuestra sabiduría, nuestro buen juicio, nuestros códigos morales nos van a llevar hacia el lugar donde nosotros entendemos que debemos estar. Mi recomendación para ti en el año entrante no es que leas cinco o seis libros. Mi recomendación para ti es que llegues profundamente, de todo tu corazón, a confiar en que Jehová te está cuidando. No está mal leer los libros, sobre todo leer las escrituras, pero lee las escrituras con el propósito de llegar a confiar aún más en el Dios que te ha salvado.

Si tú me preguntas en este momento, yo creo que me irá bien porque Dios está en control y no yo. ¿Ven la diferencia? Cuando te estás apoyando en tu propia prudencia, tú vas a decir: «Yo creo que me irá mejor el año próximo porque ya hice mi presupuesto.» Yo te diré: haz tu presupuesto y confía en Jehová. Puedes decir: «Creo que me irá bien porque me esforzaré más que el año anterior.» Esfuérzate más que el año anterior y confía en Jehová. Mientras más confías en Jehová, menos vas a confiar en ti mismo. No está mal la prudencia, no está mal el buen juicio, pero la prudencia y el buen juicio pueden ser los factores que te alejen de llegar a confiar en Jehová.

Providencia sobre prudencia

No hay aquí una oda a la negligencia, al desorden, a la imprudencia. Lo que hay aquí es una exhortación a que lleguemos a confiar en Jehová de todo nuestro corazón. Si tú eres como yo, tu tranquilidad mental depende en gran medida de en qué está tu confianza: si el pronóstico es bueno, te sientes descansado; si el pronóstico es negativo, te sientes inquieto. Si tú confías en Jehová sin importar el pronóstico, entonces tu corazón se encontrará tranquilo.

En este mundo que vivimos, que es un mundo de pecado, de injusticia y de maldad, la providencia es más confiable que la prudencia. Usted puede hacer todo lo que hay que hacer y no le va a ir ni bien ni mal — le va a ir como Dios quiere que le vaya. Tú puedes ser el hombre más cauto del mundo y de todos modos no te va a ir bien. Puedes hacer todo lo que hay que hacer y te vas a frustrar, pues después de haber hecho todo lo que entendías que se debía de hacer, te darás cuenta de que las cosas no han sucedido como esperabas. Confía en Jehová de todo tu corazón y no te apoyes en tu propia prudencia.

Yo les conozco a muchos de ustedes y sé que son gente precavida, cauta, gente de tener sus ahorritos por ahí guardados, cosas palabreadas por si no se da uno que se dé lo otro. Confía en Jehová y no en tu propia prudencia, no en tu diligencia, no en el pluriempleo, no en tu capacidad, no en tu esfuerzo. ¿Qué es la providencia? La providencia es la profunda convicción de que Dios está en control, tiene nuestro cabello contado y que las cosas no ocurren solamente porque ocurren, sino que Dios las ha dispuesto. De forma tal que tú deberías confiar un poco más en la providencia de Dios que en tu presupuesto, un poco más en la providencia de Dios que en la estabilidad de tu empleo, un poco más en la providencia de Dios que en tu propia prudencia.

Más sabios que dependientes

Tengo aquí la aprensión de que hay una gran cantidad de creyentes que son más sabios que dependientes. «Yo leo la escritura todos los días, yo tengo un buen juicio, yo conozco la voluntad de Dios.» Hermano, nosotros no conocemos perfectamente la voluntad de Dios. Podemos aproximarnos a ella, pero sus planes son perfectos. Sus caminos son más altos que mi camino, su pensamiento también. De forma tal que nosotros podemos aproximarnos a lo que Dios quiere que se haga, pero no tenemos a Dios agarrado por la mano. Tenemos que tener la capacidad de humillarnos frecuentemente y decir: «Señor, lo que yo pensaba que había visto no es, y lo que yo entendía que tenía que hacer ahora me doy cuenta que no.» Pues frecuentemente un creyente bien intencionado se encuentra haciendo cosas que después descubre que no eran las cosas que Dios quería que se hicieran.

Si confías más en tus planes que en la providencia de Dios, entonces siempre estás luchando con Dios para que prevalezcan tus ideas, porque tú hiciste tu tarea. Dios cambia las cosas todos los días, hace cosas nuevas y nos sorprende. Que te sorprenda tu Dios cuidando de ti de forma tal que llegues a confiar plenamente en que el Señor te está cuidando. Aun la Biblia — lo digo con cuidado — aun la Biblia: usted lee su Biblia y ora a su Dios. Usted no quiere leer la Biblia como la persona que va a poder hacer los juicios terminados con la capacidad de verlo todo. Usted lee la Biblia con una actitud humilde y dice: «Aquí está la voluntad de Dios revelada para mí.» Pero Dios es más alto que su voluntad revelada. Y servimos a un Dios que está presente, que es real, que es personal.

Mi aprensión está en las personas que piensan que mientras más sabios se vuelvan leyendo la escritura, les va a ir mejor. Para lo que mejor te puede servir la escritura es para que confíes en el Dios que te dio la palabra. Si llegas a confiar en tu buen juicio a la luz de la palabra y no en el Dios que te dio la palabra, ya has sacado a Dios de la ecuación. No es un asunto mágico-religioso, tampoco es un asunto filosófico. Yo conozco bien la escritura y creo que Dios me está guiando a través de ella, pero creo que Dios me va a guiar aun cuando yo no pueda ver lo que tengo que ver, porque él es bueno y está por encima de mí. Esa es la resolución.

Esta semana le invertí tiempo a una decisión importante. Hice una matriz de seis criterios ponderados por punto para ver cuál era la mejor decisión. Cuando llené mi matriz y le puse todos los puntos a cada cosa, me sentí descansado y confiado en el plan de decisión. Le mandé la matriz a una persona que me ayudara en eso, le mostré que todo el mundo está de acuerdo en que el criterio y la ponderación son los correctos. Y después me sentí avergonzado, porque hice una matriz de seis criterios bien ponderados, entendí la decisión correcta y no oré ni siquiera una vez al respecto.

Mientras más nos encontramos discerniendo cosas, haciendo juicios, planes y proyectos sin depender de Dios, más estamos confiando en nuestra propia prudencia y menos estamos confiando en Jehová. Y ahí es que el Señor nos humilla. Te estoy animando a que hagas planes, proyectos, tomes decisiones con matrices ponderadas, busques multitud de consejeros, pero sobre todo busques confiar en Jehová de forma tal que cuando Jehová te interrumpa, tú seas humilde y le digas: «Señor, yo soy siervo tuyo antes que buen decisor.»

Los hombres grandes en el Antiguo Testamento llegaron a ser grandes porque confiaron en Dios. Dice el Salmo 121: «Alzaré mis ojos a los montes, ¿de dónde vendrá mi socorro? Mi socorro viene de Jehová, que hizo los cielos y la tierra. Jehová es tu guardador, Jehová es tu sombra a tu mano derecha.» Eso es confianza — no el folder debajo del brazo con todos los criterios de decisión justificados. No es el plan estratégico y operativo; es una humilde confianza en que Dios cuida de ti. Y el que tiene eso, ganó. Hay cantidad de gente que no tiene la capacidad de elaborar criterios muy terminados, pero puede decir humildemente: «Mi Dios, cuida de mí.»

Mi deseo para ti al año próximo es que puedas vivir a la luz de esa verdad de que Jehová es tu guardador, que cuando tú no puedas cuidar de ti mismo, ya tú sepas que él va adelante y va detrás, está arriba y está abajo. Estamos rodeados de su presencia de forma tal que nuestra vida está en la mano del Señor. Cuando te veas a principio de año distribuyendo tus presupuestos, tu calendario, administrando tu energía — cuando te veas haciendo tus esfuerzos, repítete a ti mismo: «Confía en Jehová.» La prudencia es buena, el buen juicio también, pero mucho mejor es confiar tiernamente en que Dios cuida de ti. Y te das cuenta de que tu vida está centrada en Dios porque confías menos en tus propios juicios y más en Dios.

Reconoce a Jehová

Se mueve el salmista y dice ahora en el versículo 6: «Reconócelo en todos tus caminos y él enderezará tus veredas.» Qué resolución más bonita para el año entrante: vivir de manera menos independiente, menos suelto. Tú decir: «Mira, yo quisiera el año entrante vivir más sujeto al Señor.» Esta palabra «reconocerlo» aquí no tiene que ver con honrarlo como se menciona en el versículo 9, sino que reconocerlo es darte cuenta de que él está ahí.

Yo creo que todos nos hemos sentido en un grupo donde las personas no notan que estamos ahí: «No me ven, no me dan parte, no me involucran.» De hecho, hay gente que dice: «Yo aquí me siento marginado, como que no existo.» Frecuentemente se puede sentir así Dios en su relación con nosotros. Él dice que él es mío y yo sé que soy suyo, pero él no me toma en cuenta, no me reconoce en ninguno de sus caminos. Lo que dice aquí es: «Reconócelo en todos tus caminos, no en algunos.» Reconocer a Dios en todos tus caminos es más que venir el domingo a adorar al Señor con unas cuantas canciones y ponerte a la palabra — es vivir de manera milimétrica la presencia de Dios, de forma tal que reconoces que Dios tiene un interés activo en ti y que tú tienes un interés activo en Dios.

Es que ya no haya un departamento de tu existencia donde Dios no esté presente, que él sea para ti un tema de conversación, que él sea para ti una conciencia real de que está ahí. Es no vivir confiando en que «nos vemos con el Señor el domingo; yo oraré al final de la noche cuando lea la palabra», sino vivir con la conciencia de que Dios está presente. Pueden pasar días y hasta semanas sin reconocer a Dios. Qué triste es eso, pero sucede. Hay relaciones que se enfrían y hay personas que nominalmente son importantes en tu vida, pero en la realidad no participan en ella. Nuestra relación con Dios, ¿cómo está? Quizás Dios va al norte y tú vas al sur. El Señor va caminando hacia el este y tú vas hacia el oeste. Reconocer a Dios en nuestro camino es que no se nos vaya de vista, que le estamos siguiendo a él, que estamos viviendo para él.

Una conciencia de su presencia

Me avergüenza tener siempre que recordar que una cosa es predicarlo y otra cosa es vivirlo, pero hago un ejercicio de sinceridad: yo lucho con eso. A veces vengo a recordarme al final del día que Dios estaba presente y digo: «Señor, yo por fe sé que en esa reunión tú me cuidaste, yo por fe sé que en esa conversación tú estuviste presente. Pero permíteme reconocerte en la conversación misma y en la reunión misma. Saber que tú estás aquí, reconocerte en todo mi camino.» Oramos por algo, salimos a ejecutar por la libre, sin entender que el Señor está al lado de nosotros, está por encima de nosotros, que él está siempre presente. Es conciencia de su presencia.

Esa expresión «en todos tus caminos» apunta a lo cotidiano. Te animo a que el año entrante tengas una relación con Dios en lo cotidiano. Hay gente que tiene tanta especialidad en su relación con Dios que se vuelve tan formal que se vuelve distante. Es lo cotidiano. En mi camino es cuando estoy almorzando, cuando estoy en el colegio, cuando voy de camino a la escuela, cuando estoy conduciendo, cuando estoy hablando, cuando estoy viviendo. Es que Dios no sea una liturgia, un departamento en tu vida, sino una realidad presente. Reconocer a Jehová en todo tu camino es entender que él no es un departamento, que él no es un calendario. Dios 24/7: una conciencia de su presencia en tus conversaciones, en tus pensamientos, en tus decisiones, en tus transacciones, en tus entradas, en tu salida, en tu trabajo, en tu estudio, en tus hobbies, en tu reflexión — que Dios esté siempre presente. Reconocerlo no en algunos de tus caminos, no en los tramos más importantes, sino en todos tus caminos.

Llegar a ver a Dios no solamente en las cosas más grandes, sino en las cosas más pequeñas — ahí está la delicadeza de la relación con Dios. Porque hasta los incrédulos confían en Dios para las cosas más grandes. Tú te das cuenta de que eres piadoso cuando llegas a confiar en Dios para las cosas que parecen nimias, y hasta de eso hay que involucrar a Dios. «Yo le reconozco en todo mi camino. Yo no salgo sin contar que él va conmigo y no entro sin entender que conmigo va.»

Él enderezará tus veredas

La meta no es esperar que nosotros sepamos el qué, el cómo y el cuándo, sino que Dios enderezará la vereda. El que confía en su propia prudencia dice: «Yo sé que por ahí se llega, pues ya calculé y veo después de la curva.» El que reconoce a Jehová en todos sus caminos, ¿sabe lo que dice? «Quizás se llega o quizás no se llega, pero si por ahí no se llega, yo creo que el Señor puede abrir sendas. Yo creo que el Señor puede enderezar la vereda.» Esta convicción de que el Señor nos está cuidando de manera activa y que aun en nuestro despropósito el Señor puede actuar.

No es imprudencia. Pero a veces tienes que tomar decisiones y dices: «Sea pato o gallareta, por ahí es que vamos y que el Señor nos ayude.» Alguien te va a decir: «¿Tú crees que es la mejor decisión?» «Mira, yo me siento completamente confundido, pero yo creo que Dios va por delante.» «¿En qué tú estás confiando?» «Tengo pocas cosas de las cuales agarrarme en este momento, pero me he agarrado de esta convicción de que sirvo a un Dios que es real y que va por delante.»

Yo no creo que un creyente deba operar siempre en sabiduría. Nosotros también operamos en lo sobrenatural y extraordinario. Hay cosas que nosotros no sabemos, pero que él sabe. Gran parte de lo que funciona, funciona porque Dios lo arregló aun sin nuestras oraciones. Dice la escritura: «Pedir como conviene no lo sabemos, pero el Espíritu intercede por nosotros con gemidos indecibles.» Si nosotros no sabemos ni siquiera cómo orar, ¿sabemos cómo pensar o cómo decidir? Una vida exitosa, una vida de veredas enderezadas, es una vida donde tú saliste y el Señor enderezó, donde no decidiste bien y el Señor te cuidó y dices: «Señor, gracias, porque cuando yo no podía cuidar de mí, tú estabas cuidando de mí.»

Si estás reconociendo a Jehová en todos tus caminos, entonces él — y no tú — es quien está en control. La pregunta clave para saber si estás viviendo una vida de sujeción es cuánto luchas para devolverte. La gente dice: «A mí no me gusta devolverme. Cuando yo dije que por ahí voy, por ahí es que voy.» Orgullo. A todos nos da un poco de aprensión decir que decidimos mal, pero la vida está llena de entuertos, de veredas, de caminos que no salen — pero el Señor nos saca. Y hermoso es cuando dices: «Yo iba caminando por ahí, definitivamente por ahí no había futuro, pero el Señor hizo futuro para mí.» ¿Qué tiempo te toma renunciar cuando eres interrumpido por Dios? ¿Estás realmente dispuesto a abandonar un plan, o estás aferrado a tus caminos?

Teme a Jehová

Primera cosa, confía. Segunda cosa, reconoce. Y aquí quería llegar: la palabra «teme». Le pido al Señor que el año entrante podamos crecer en este aspecto. No solamente ser una iglesia sabia, sino ser una iglesia reverente, desde lo chiquito hasta lo grande. Que el temor a Jehová informe nuestras decisiones, que el temor a Jehová informe la manera en que adoramos al Señor.

Arranco por el término. Casi siempre que se expone el temor a Jehová se lava tanto el término que ya no significa nada. La gente comienza a decir: «Temor no es miedo, es reverencia.» ¿Y qué tal si decimos que es un miedo reverente? Hay un miedito en la adoración al Señor que es necesario. Un miedito a lo desconocido, a lo que es más grande que tú. Tú te sientes pequeño.

Les cuento una cosa. Tengo un interés reciente en los camiones — Andrés, mi hijo, le gustan los camiones, y si a él le gustan, yo estoy camionando. En el entorno donde vivo ahora, que es un entorno muy industrial, hay muchos camiones, cabezotes enormes. Y cuando veo un camión impresionante, le tomo una foto y después le digo: «Mira, mira un camión.» Iba caminando en la mañana, encontré un camión grande, estoy tomándole foto y no me di cuenta de que el chófer estaba dentro, y para espantarme lo prendió. Cuando vibra un motor de esos, tú sientes algo. Si un camión impresiona, ¿qué será el Dios que hizo el cielo y la tierra con el poder de su palabra? Si el motor y la vibración de un camión cuando lo prenden te hace sentir algo, ¿qué será cuando ruge la voz de Dios?

Lo numinoso

Yo creo que desde los niños hasta los mayores de nuestra iglesia necesitan encontrarse con un Dios que es temible, un Dios que cuando las personas estaban en su presencia caían como muertos o entendían que iban a morir. Un Dios que no es temible no está siendo adorado de la manera correcta. Yo creo que este ánimo de cercanía con Dios ha sacado la reverencia y ha dañado la adoración de forma tal que la gente entrega cualquier cosa, porque se le olvida que Dios es demasiado grande.

Hubo alguien de la antigüedad, Rudolf Otto, que acuñó un término para describir eso: lo «numinoso». Él decía que lo numinoso es un misterio tremendo y fascinante. La presencia de Dios es algo numinoso: algo tremendo, peligroso, impresionante, majestuoso. Por «misterio» se refería a que Dios es totalmente otro a nosotros y ante él experimentamos un asombro absoluto, estupor. ¿Cuándo fue la última vez que en medio del culto cristiano te sentiste sobrecogido y dijiste: «Si realmente Dios está aquí, yo soy muy poco para estar en su presencia»? Como cuando los discípulos en el monte de la transfiguración se sintieron maravillados pero al mismo tiempo atemorizados.

Por «tremendo» decía que Dios produce pavor, sobrecogimiento, un impulso a escondernos, como hicieron Adán y Eva cuando el Señor se manifestó en el huerto. Y al mismo tiempo es «fascinante», pues a pesar de todo nos atrae. Los hombres fuimos creados para vivir en comunión con este Dios que es santo, perfecto, grande y maravilloso, pero por nuestro propio medio no podemos. Todos los seres humanos se sienten atraídos por Dios, pero no se atreven a encontrarse con él.

Y los cristianos parecemos temerarios. Piensa en los compañeros de trabajo, en tu compañero del colegio que le dices «acompáñame a la iglesia» y te responde: «No, yo no estoy listo, yo tengo que dejar tal cosa.» Esa persona está en lo correcto. Cuando alguien no se siente digno de estar en la presencia de un Dios que es santo y temible, esa persona está en lo correcto. Muéstrale a Cristo rápido, porque la única razón por la cual nosotros podemos estar en su presencia y no ser destruidos es Cristo. Él nos mira a nosotros a través de Cristo.

Es como las personas que trabajan en alta tensión: tú ves con el respeto que se aproximan a un cuarto de máquina, porque entienden que están entrando en zona de peligro. Alguien que trabaja con eso me dijo: «La electricidad se respeta.» Eso es electricidad, un fenómeno físico. ¿Qué no vamos a respetar nosotros a un Dios que es temible? Una iglesia que teme a Dios, eso se siente en la liturgia: la gente camina de manera diferente, mira de manera diferente, adora de manera diferente. Hay una adoración que es demasiado congregacional y hay una adoración que es sobrecogedora, que anuncia que Dios es temible.

Apártate del mal

Después dice: «Teme a Jehová y apártate del mal.» Interesante que un creyente se aparta del mal no por razones prácticas, sino por razones de reverencia. Si yo voy a tener comunión con un Dios que es muy grande, en mí debe encontrar lugar. Eso cambió mi perspectiva. Yo entiendo que el pecado tiene consecuencias, pero un creyente no se aparta del pecado principalmente por las consecuencias adversas que le produce — se aparta del pecado principalmente porque teme a Dios y respeta su santidad.

Esto cambia la perspectiva. Ya uno se abstiene, ya uno se limita, ya uno se aparta, porque estamos pasando tiempo con un Dios que es demasiado santo y ese pecado ya no tiene lugar en nosotros. Hay cosas que no te corresponden. Tú tienes que estar listo para vivir en comunión con un Dios que es así. «Teme a Dios y apártate del mal» — no solamente porque te va a castigar, sino porque entiendes que Dios es perfecto, que es santo, que es bueno. «Pastor, yo no puedo apartarme.» Yo te entiendo — el pecado produce una prisión en el ser humano. Pero me gusta lo que dice aquí: «Teme a Jehová y apártate del mal, y será medicina a tu cuerpo y refrigerio para tus huesos.» En la batalla del creyente contra la maldad hay un principio rector: lo hacemos porque tememos a Dios. Y al mismo tiempo confiamos en que cuando hacemos la voluntad de Dios, él será para nosotros medicina y refrigerio. Uno teme a Dios más que al pecado.

Honra a Jehová

Dice el versículo 9: «Honra a Jehová con tus bienes y con las primicias de todos tus frutos, y serán llenos tus graneros con abundancia y tus lagares rebosarán de mosto.» Primera cosa, confía. Segunda, reconoce. Tercera, teme. Y ahora, honra a Jehová. Quien vive así, vive una vida centrada en Dios.

Honrar, como se usa aquí el término, no es con palabras, sino con hechos que anuncian la dignidad de la persona de Dios. Cuando tú honras a alguien, lo que estás haciendo es reconocer de manera práctica la distinción que tiene esa persona. Es natural que querramos corresponder a alguien que entendemos que tiene importancia, quizás un visitante distinguido, una persona que nos supera en dignidad. Cuando tú vas a recibir a esa persona, te ocupas de honrarle y la persona se siente satisfecha. Clarifico aquí que la honra no siempre alcanza el nivel de la dignidad de la persona, pero anuncia tu reconocimiento de ella. Tú quizás no tengas los medios para recibir a Dios en tu casa, pero con los medios que Dios te ha dado, tú podrías manifestar que estás honrando a Dios cuando Dios está en tu casa.

Reflexión y desprendimiento

Esto es más que desprendimiento. Es desprendimiento y reflexión — los dos elementos al mismo tiempo. Y cuando le quitas uno de los elementos, lo que es bonito se vuelve grotesco. Cuando la persona te supera y tú le quitas el elemento de reflexión y le dejas solamente la parte transaccional, la parte material, le ofendes. La persona siente que tu corazón no está ahí: «Yo vi que tú me diste la mejor habitación de tu casa, el mejor lugar en la mesa, pero que tú no me estabas honrando con tu actitud.»

Honrar es más que desprendimiento: es un desprendimiento reflexivo que reconoce ante quién tú estás. De forma tal que un creyente que dice «voy a ofrendar, voy a diezmar» — eso solo no es honra. Dar, ofrendar, diezmar, desprenderte, es una reflexión del lugar que Dios ocupa en tu vida, de forma tal que se manifiesta según tus medios. Pero es más que dar — requiere el elemento de reflexión. Cuando hay desprendimiento pero no hay reflexión, esa honra se puede considerar soborno, y pierde todo el sentido.

Lo que no es honra

¿Qué no es honra? Honra no es transaccionalidad. Qué feo es un creyente que entra con Dios en relaciones de transaccionalidad donde no le importa la dignidad de Dios, no le importa el temor a Dios, no le importa la persona de Dios, sino que lo que le importa es: «Yo tengo aquí dinero y él allá tiene bienes, y yo le doy mis bienes para que él me dé aún más bienes.» Eso es vergonzoso.

Honra tampoco es dar el descarte, el rechazo, una generosidad de rabizas. Yo hago todo lo que voy a hacer, satisfago todas mis necesidades y si queda algo en el campo, eso le doy al Señor. Hay cosas que son rabizas — eso se come pero no se vende. Honrar a Dios no es darle la rabiza de tu tiempo. «No, yo tengo que priorizar.» La familia tiene el primer corte, después se prioriza el presupuesto, esto y aquello. Entonces, ¿qué quedó para honrar a Dios? La rabiza. Que el Señor tenga el año entrante el primer lugar de tus prioridades, y que tú no honres a Dios con rabiza, sino con la primicia de todos tus frutos. Y sobre todo que lo hagas reconociendo la dignidad que Dios tiene, para que lo reciba no como una ofensa, sino como adoración.

Honra tampoco es dar lo que tú mismo no valoras. Hay gente que materialmente puede ser desprendida, pero no hay honra, porque no es una persona que atesora lo que tiene, sino que es un botarate. Piensen que hay personas que van a un bar y en una noche explotan con facilidad treinta, cuarenta, sesenta y cien mil pesos, y ese mismo tipo de persona dice: «Aquí vengo yo con generosidad delante de Dios.» Si tú mismo no valoras lo que tienes, no se lo presentes al Señor — eso no es honra. Tú no eres generoso, lo que eres es un botarate. La ofrenda agradable para el Señor no es la ofrenda del que no le duele, sino la ofrenda de la viuda: la persona que no tiene resueltas las cosas más mínimas y aun dice: «Es tan grande la persona que estoy recibiendo que requiere que yo me desprenda a un nivel radical, dada la dignidad que tiene.» Eso es reflexión.

Tampoco es igual el desprendimiento que tiene el ocioso. «No, yo no hago nada con mi vida, pero si hay que servir al Señor, yo voy. Vamos, que no hago nada en las tardes.» Así no. Ofrenda agradable es la de aquel que trabaja de ocho a cinco, está criando unos hijos y de su pobreza de tiempo dice: «Señor, tú tienes el primer lugar en mi vida. Si no fuera por tu dignidad, esto parecería una imprudencia.»

Honra con el corazón

Honra a Jehová con tus bienes. Tus bienes son tu tiempo, tu energía, tu dinero, tus medios, tu conocimiento. Pero no honres al Señor con lo que queda. Guarda esa porción especial de tu corazón como la guardó Abel: de lo mejor, lo más graneado. Y recuerda que para que honra sea honra hace falta reflexión. No es un asunto mecánico. «Puse una transacción automática que envía un poquito de mi tesoro; ya no tengo ni que pensarlo.» Eso no es honra — eso es mecánico. Esto no es Netflix. Cuando hay honra, tú deberías sentirlo.

Los hombres que servían a un gobernador importante, cuando el gobernador venía a su casa, no permitían que un segundo lo atendiera, sino que asumían ellos mismos la responsabilidad de ser el anfitrión, porque querían que se sintiera que estaban presentes. Que en este año que viene, en tu servicio al Señor, se manifieste más que desprendimiento: honra. Más que cantidad: honra. Para que haya honra hace falta reflexión y sacrificio, de forma tal que tu Rey, cuando reciba eso, diga: «Yo sé lo costoso que esto es para ti. Yo sé que tú valoras mucho eso, y me agradas y me honras.»

Qué hermoso es que el Señor diga: «Realmente me siento honrado por ti. En tu servicio hacia mí, yo me sentí honrado. En tu desprendimiento hacia mí, me sentí honrado. En el corazón que yo vi que pusiste en eso, yo me sentí honrado.» Y no es recompensa — claro que hay recompensa, pero no es la recompensa de la manipulación, del soborno, de la lisonja. Es la recompensa de un Dios que se siente realmente honrado por su pueblo. ¿Y qué sucede cuando Dios se siente honrado por su pueblo? Dice el versículo 10: «Y serán llenos tus graneros con abundancia, y tus lagares rebosarán de mosto.» Recuerda: esto no es una fórmula donde dices «si me desprendo, entonces granero lleno». No. Si realmente reflexiono, me sacrifico en consecuencia y lo hago manifestando la dignidad que tiene Dios, entonces el Señor lo ve.

Eso es lo que hace que tu vida esté centrada en Dios. Una vida centrada en Dios: confía en Dios, reconoce a Jehová en tu camino, teme a Jehová y hónrale con todos tus bienes y la primicia de tus frutos. Oro por ustedes para que el año entrante su vida pueda caminar aún más en el centro.