El Señor les bendiga, mis hermanos. Pónganse ahí un momento sobre sus pies para que leamos la Sagrada Escritura. Es Filipenses en el capítulo 1, y continuamos esta lectura donde la dejamos el domingo pasado. Doy un momento para que puedan buscar la Escritura en la carta de Pablo a los filipenses, en el primer capítulo. Estaremos leyendo desde el versículo 19 y hasta el 26, para ver en esta porción de la Escritura vida y muerte a la luz del evangelio. Quisiera mostrar una perspectiva triunfante sobre la muerte y también una perspectiva triunfante sobre la vida.
Recuerden que el apóstol Pablo estaba en este momento preso por la causa de Cristo en Roma, atado a un soldado romano. Esta carta se conoce como una de las cartas escritas desde la prisión. Desde aquí el apóstol Pablo envía diferentes cartas, entre ellas una a esta iglesia. En este texto, el apóstol, que es el que está limitado, angustiado, transmite mucho gozo y también consuelo para esta iglesia. Dice así la Sagrada Escritura, Filipenses 1, del 19 en adelante:
Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación, conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien, con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte. Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros. Y confiado en esto, sé que quedaré, que aún permaneceré con todos vosotros, para vuestro provecho y gozo de la fe, para que abunde vuestra gloria de mí en Cristo Jesús por mi presencia otra vez entre vosotros.
— Filipenses 1:19-26
Pueden sentarse, mis hermanos.
Un error de enfoque sobre la muerte
Es vida y muerte a la luz del evangelio. Son muchos los creyentes que se encuentran atrapados en un error de enfoque: o le temen a la muerte por falta de fe, o desean morir simplemente para escapar de sus problemas.
Yo sé que por momentos, por meses, por años, la vida se torna difícil, y un creyente aspirará a estar ya en la presencia del Señor. Quisiera hoy persuadirte de que no es sabio estar pensando en la muerte, que eso de estarse entregando no glorifica al Señor. De hecho, yo quisiera persuadirles de que es más difícil vivir que morir para un creyente. Si usted tiene a Jesucristo como su Señor y su Salvador, con relación a la muerte ya no hay nada que buscar: usted está seguro. Su desperdicio podría estar de este lado de la existencia.
Si realmente una persona recibió el evangelio, su vida está segura hasta la eternidad en Cristo. Lo que está en riesgo es la existencia temporal. Por eso quiero hablar de la vida y la muerte a la luz del evangelio.
Pablo está preso en Roma y nos ofrece desde aquí una perspectiva radicalmente distinta. Este es un texto introspectivo: el apóstol Pablo está reflexionando, está pensando en realidades que realmente nos sobrecogen, como pensar en la muerte. Pero no está amargado, no tiene un tono lastimero; se le puede sentir como un triunfante. Le dice a la iglesia que está listo para partir con Cristo y que lo desea, pero al mismo tiempo está listo para permanecer en esta tierra y seguir glorificando al Señor.
Yo quisiera persuadir a mis hermanos de que no se trata solamente de buscar en Cristo seguridad para la vida eterna; se trata también de buscar en Cristo una vida relevante en este momento. Y ahora es que hay que echar el pleito. Usted no tendrá dos momentos para glorificar a Cristo en el estado presente de las cosas. Cuando usted esté en el estado eterno, ya no se va a predicar el evangelio, ya no hay que hacer un esfuerzo para vivir para la gloria de Dios, ya no hay que esforzarse para glorificar a Cristo: todo eso ya será su realidad. El momento es ahora.
No temo de ti si tienes a Cristo, de aquí hasta la eternidad. Temo de ti ahora mismo, en este año, en el estado actual de las cosas, pues tus limitaciones, tus circunstancias, tus aflicciones pueden hacer que pongas tu vida en pausa y, sobre todo, que comiences a desear estar ya en la presencia del Señor.
El apóstol aquí nos enseña que, aunque morir es ganancia, el creyente sabio entiende que permanecer en esta tierra, aún en la más estrecha circunstancia, es una gran oportunidad. Él no hace de su dolor la película; él utiliza su aflicción como una plataforma para predicar a Cristo. A veces uno quiere hacer demasiadas cosas en la predicación al mismo tiempo. Yo quisiera ayudar a que mis hermanos no dejen que sus circunstancias les ahoguen, de forma tal que pongan su vida en pausa.
«Ay, porque tú no sabes la aflicción que yo tengo, tú no sabes mis limitaciones, tú no sabes mis problemas, no sabes mis circunstancias». Yo no sé las tuyas, pero sé las de Pablo, y yo sé que Pablo no estaba cómodo. Pero Pablo, sin estar cómodo, no se había entregado a la amargura.
Una gran manera de vivir: no entregarse
Parece muy piadoso el creyente que sube los brazos al cielo y se entrega: «Señor, llévame ahora mismo». Ay, no, no, no; ahí no hay sabiduría. De hecho, yo quiero comenzar persuadiéndote de una gran manera de vivir, y esta gran manera de vivir incluye aceptar la vida y sus circunstancias como la asignación de Dios para ti. Y en vez de claudicar, reclamar.
Dice Pablo: «Esto resultará en mi liberación». Él no se ha entregado. Está el hermano mío que parece muy piadoso porque siempre está esperando como que le van a llevar la cabeza: «Mátenme». No, no me maten; tengo gente a la cual predicar el evangelio, hay iglesias a las cuales yo quiero edificar, hay cosas importantes que puedo hacer todavía en mi existencia. Este tiempo, este corto paréntesis con relación a la eternidad que es la vida, ha de ser aprovechado.
Cuando estemos en la presencia del Señor vamos a querer volver atrás para aprovechar nuestra existencia en cosas que tuvieran más valor, y ya no habrá tiempo. El momento es ahora. Pablo no le está diciendo al soldado romano: «Oye, tú me tienes aquí amarrado; cualquiera de ustedes que quiera atravesarme la espada, aquí estoy yo». No, no, no. Dice el apóstol Pablo: «Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación». Oren por mí, hermano, oren.
Escucha: el apóstol Pablo no es un pragmático, no es una persona depresiva, no es un hombre que anda rodando por los contenes diciendo «yo estoy listo ya para morirme». Oren por mí, y yo sé que por la suministración del Espíritu de Jesucristo esto puede repercutir en mi liberación. Un reclamo de vida.
Yo no creo que sea piadoso estarse como entregando. Hay otros que siempre están esperando la venida de Cristo. ¿Quién es usted para estar diciéndole a Cristo que venga? Tú lo esperas, pero tú no puedes estar reclamando, exigiendo que venga el Señor ahora mismo. Si Él no ha venido todavía, es que tenemos cosas que hacer en esta tierra. El Señor conoce cuál es su día, pero yo no puedo utilizar el día del Señor para ocultar mi día, para excusar mi día. El día del Señor vendrá, pero nuestro día es ahora. Decía el Señor que mientras hay luz, mientras aún hay claridad, tengo que hacer las obras de mi Padre.
Un creyente que vive a esta manera alta de vivir es un creyente que no se entrega, es un creyente que no deja que las circunstancias lo distraigan, sino que ve cómo las circunstancias podrían estar conspirando a favor de la causa de Cristo.
La suministración del Espíritu de Jesucristo
De hecho, yo estoy persuadido de que esto es lo que es ser pro vida. Un creyente pro vida es un creyente que está a favor de la vida desde el nacimiento y hasta que el Señor reclame esa vida. Y mientras tanto esa vida está en medio de nosotros, todavía esa vida está cumpliendo propósitos de este lado de la eternidad. Alguien me dirá: «Es que ya yo estoy entrado en años, soy un anciano». Tu vida todavía tiene propósito para los planes de Dios.
No hay limitación alguna que el creyente pueda disculpar. Pablo está preso, no puede moverse de esa casa, un soldado lo tiene atado; pero la palabra no está presa, decía él. Todavía podemos hacer cosas creativas, sobre todo que el Señor vea nuestro estímulo. Esto no es un asunto de rendimiento, es un asunto de fidelidad. El Señor quiere ver que todavía queremos tirar, quiere ver que todavía queremos hacer cosas productivas con nuestra vida; Él quiere ver que tú no estás entregado. Qué triste se ve un creyente que está con los brazos para abajo. ¿En qué estás? ¿Esperando que venga Cristo? ¿Esperando la muerte? Ay, no, no, no.
Yo sé, dice él, que por sus oraciones y la suministración del Espíritu Santo esto repercutirá en mi liberación. Es interesante la palabra que utiliza el apóstol Pablo: la suministración del Espíritu Santo. En el mundo antiguo, en la Grecia antigua, aparecían hombres, mecenas, que financiaban coros completos, orquestas completas. Era gente que le gustaba la música y, como le gustaba la música, buscaban un director, un productor, y financiaban todo un coro para la ciudad. Ellos suministraban los recursos, y el término que utiliza el apóstol Pablo es ese mismo.
Él está mirando al Espíritu de Jesucristo como el gran mecenas que tiene todos los recursos, y dice: yo estoy aquí representando a Cristo, y yo sé que todo lo que yo necesite, todo lo que haga falta, me será suministrado por el Espíritu de Jesucristo. Es el creyente que en este momento está limitado, pero dice: yo estoy limitado, pero el Señor me está patrocinando. Lo que haga falta. ¿Cuántos son los violines? ¿Cuántos son los vientos? ¿Cuántas son las trompetas?
Percusión, todo lo que haga falta para exaltar el nombre del Señor, a un creyente se le suministrará. De forma tal que tú puedes decir: mi aflicción es real, pero yo estoy esperando mi suministro. Es ese general que está en la guerra y está esperando que del cuartel general le manden los suministros. Pablo está preso y él dice: yo estoy esperando la suministración del Espíritu Santo. Hermano, son dos alternativas: o tú te entregas, o tú esperas tu suministración. Todo lo que el creyente necesite para dar el testimonio de Cristo lo recibirá en cualquier escenario posible. En enfermedad, en pobreza, en frustración, el Señor te puede suministrar una oportunidad para glorificarle. La pregunta no es si tú estás o no estás cómodo.
No quiero volverme muy técnico, hermano, pero de ahí vienen los argumentos de la eutanasia. Las personas que quieren atentar contra la vida dicen: «Si ya usted pasó de 60 años, si ya se fueron sus fuerzas, si ya usted no puede tener deleite en diferentes áreas de la vida, su vida no tiene sentido; entonces lo mejor es que lo apaguemos». Un creyente es pro vida. Dice: mi vida no importa porque yo dé mi mejor esfuerzo; mi vida importa porque todavía el Señor no me la ha pedido. Y hasta que el Señor no me la pida estaremos tirando, estaremos viviendo para su gloria, estaremos buscando oportunidades. Lo menos que puede hacer un creyente es orar en medio de la aflicción. Él no se ha entregado.
Sobre todo, Pablo esperaba ser ayudado para magnificar a Cristo y no avergonzar a Cristo. Recuerda esto, hermano: lo que se está debatiendo en medio de tu aflicción y tu limitación no es si tú vas a estar cómodo, más o menos cómodo, muy cómodo. Lo que se está debatiendo es si tú vas o no vas a avergonzar a Cristo, si vas o no vas a magnificar a Cristo. Yo mismo me encuentro frecuentemente en medio de mis diatribas, en mis dilemas, en mi soliloquio, pensando que esto se trata de que yo esté bien. No se trata de que yo esté bien; se trata de que yo no avergüence a Cristo. Hermano, esto no se trata principalmente de que tú estés cómodo; se trata de que en medio de tu limitación encuentres vías de magnificar a Cristo, para que sirva el dolor, para que sirva la aflicción, para que sirvan los conflictos. Sirven para que evitemos avergonzar a Cristo y para que logremos magnificar a Cristo. No se trata de estar cómodo.
¿Cuál es tu temor principal?
En tu tribulación, ¿cuál es tu temor principal? Grande o pequeña, en un año te van a visitar muchas tribulaciones. ¿Cuál es tu aprehensión? ¿Qué te preocupa? Piensa en la tuya. ¿Qué te aflige? Quizás te aflige llegar a fin de mes, quizás te aflige un diagnóstico médico, quizás te aflige una situación familiar. Y en medio de tu aflicción responde la pregunta: en esa tribulación, ¿cuál es tu temor principal?
Quizás tu temor sea el temor a lo que dirá la gente sobre ti, o a que la gente cambie su percepción sobre ti. Entonces a ti te importa tu imagen personal y no te importa la magnificación de Cristo ni evitar avergonzar su nombre. Lo que hace que tú pierdas el sueño es que fulano podría pensar sobre ti lo que tú no quieres que piense. ¡Qué bajo es tu criterio! Tú estás representando a Cristo.
Temor a descender en tu calidad de vida, temor a la precariedad, o hasta el orgullo material de volver a tu punto de inicio: «Es que yo llegué hasta aquí, y si eso no se da, entonces voy a tener que dar para atrás y la gente se va a dar cuenta de que yo volví a donde comencé». El temor de Pablo no era ese.
Pablo le tenía temor a dos cosas: a no lograr en sus prisiones honrar a Cristo, y a perder la oportunidad de hacer que Cristo se viera más grande ante los ojos de sus detractores. Él decía: tengo temor de avergonzar a Cristo.
¿Cuál es tu temor? «Mira, tengo temor a caer en una cama muy larga y que alguien tenga que cuidar de mí, no poder valerme por mis propios medios». La cantidad de gente después de los 40 haciendo ejercicio para que los 60 y los 70 no la encuentren en una cama. Tú le tienes mucho más temor a perder tu dignidad ante los hombres que a perder la oportunidad de vivir tu vida para la gloria del Señor. Y quizás tus temores secundarios te están impidiendo atender las cosas principales. «No, es que yo tengo dignidad, yo lo sé». Temor a que te quiten un derecho, a que te contradigan, a que te marginen. Temor a que te humillen en lo intelectual, temor al menosprecio, a que no me reconozcan. Orgullo.
En su tribulación, ¿cuál era el temor de Pablo? Me gusta cómo lo traduce la NTV:
Tengo la plena seguridad y la esperanza de que jamás seré avergonzado, sino que seguiré actuando con valor por Cristo.
— Filipenses 1:20 (NTV)
A Pablo no le importaba mucho lo que la gente pensara sobre él; le importaba mucho actuar con valor por Cristo. ¿Qué otra cosa le preocupaba? Que su vida diera honor a Cristo.
«Ay, que mira, los números no están dando». No están dando los números; los números nunca han dado. «Esto va a ser un año difícil, yo estoy mirando, yo no aguanto dos trimestres más». Pablo no estaba pensando en eso. A Pablo le afligía en este momento pensar que en medio de sus prisiones él pudiera avergonzar a Cristo; pensar que en medio de sus prisiones él perdiera alguna oportunidad para magnificar a Cristo. Eso cambia completamente los conflictos, completamente los dolores, completamente las aflicciones.
Lo que se está debatiendo en este momento es la gloria de Dios, no tu comodidad. Los conflictos domésticos, los problemas familiares, las situaciones en el matrimonio: ¿qué es lo que se está debatiendo? No es tu derecho, no es tu comodidad, no es si te tratan bien o te tratan mal. Lo que se está debatiendo es si tú encontrarás vías para evitar avergonzar a Cristo y vías para hacer que Cristo se vea más grande que tú.
Recuerda, hermano, este recurso que yo utilizo de decirte que tomes un momentito ahí para que respires y reflexiones, porque uno manda muchas ideas juntas y como que sigue de largo. Pablo está encadenado a un soldado romano. Para el mundo romano, la cosa más importante era la percepción que los demás tenían sobre ti. ¿Qué le importaba a un soldado romano? Su rango, cumplir con el deber, ser reconocido por una autoridad. Y Pablo, al lado de un soldado romano vestido con su pectoral, su casco, su espada, ese hombre a quien le importa mucho su imagen y su lugar, le está diciendo: a mí no me importa mucho mi lugar; a mí me importa no avergonzar a Cristo y me importa que Cristo sea magnificado.
Qué significa magnificar a Cristo
¿Qué es lo que es magnificar a Cristo? Miren, tú no vas a lograr que Cristo sea más grande de lo que Cristo es; Él es inconmensurablemente grande. Ahora, a través de tus circunstancias tú podrías lograr que alguien vea a Cristo como Cristo realmente es. Y Él es más grande que tus circunstancias.
¿Qué es traer honor a Cristo? Él ya es honorable, ya Él es grande. Pero a través de nuestras situaciones locales, particulares, personales, privadas, la gente podría ver a Cristo como Cristo realmente es. Y probablemente ese soldado romano diga: en ese hombre hay algo diferente; ese Cristo que él menciona es un Cristo que realmente es grande para él.
No estamos argumentando si tú vas a ganar o no vas a ganar; eso no está en la discusión. Es que tu contrario vea a Cristo, y Cristo es más grande que ustedes dos. «Yo soy sobreviviente, soy un guerrero, un vencedor, vencí la enfermedad». No estamos hablando de si tú venciste la enfermedad; estamos hablando de si el personal médico llegó a ver a Cristo más grande que yo mismo. Que el Señor nos libre, hermano; por ahí no lo vamos a encontrar todo.
Qué feo se ve un creyente que en medio del dolor, de la aflicción, de los cambios, de la circunstancia, pierde su distintivo. Como que se desbarata, se va acá. ¿Pero y qué fue? ¿Tú no eras de aquellos que servían a Cristo? ¿Tú no eras el que decía que tenía esperanza de vida eterna? ¿Tú no eres el que está diciendo que realmente el Señor para ti lo es todo? Y en este momento estás como desbaratado, desestructurado, como que se le fue el alma. ¿Y por dónde se le fueron a ese hombre sus convicciones? ¿Y qué pasó con el evangelio? Como que el evangelio no se le ve. Hermano, es en nuestra circunstancia más limitante donde Cristo se ve aún más grande.
La clave en todas estas cosas es un tema de negocio. Pablo está hablando de ganancia. Y no fue el traductor el que puso la palabra: realmente, en el original, la palabra que utiliza Pablo viene del vocabulario financiero. Y me gusta, porque este es un texto afortunado, donde el autor no solamente te permite que infieras cosas, sino que te está dando la respuesta. ¿Cómo Pablo logró vivir de esa manera alta? ¿Cómo se aferró a esa verdad con tanto ahínco? Él te dice el porqué.
El vivir es Cristo, el morir es ganancia
Porque para él el vivir era Cristo, y el morir, ganancia. Y el término «ganancia» lo sacó Pablo del mundo de las inversiones. Pablo está pensando en un comerciante que sacrificó cosas ahora mismo para lograr más cosas del otro lado, y está diciendo: es que yo puedo hacer esto, yo puedo realmente entrar y puedo salir, y yo estoy listo para irme. ¿Por qué? Porque tengo ganancia. Yo no estoy aferrado a los medios.
Ya ese negocio se lo podemos mandar a pérdida. Es un comerciante que puso una fábrica y ya depreció la maquinaria; los equipos ya los explotó, hizo el producto, sacó diez veces más de lo que había invertido, y le dicen en este momento: «No, que los equipos están dañados y vamos a tener que buscar equipos». Y él dice: bótenlo. A eso ya le sacamos diez veces lo que valía.
Pablo, con relación a su existencia, está diciendo: para mí el vivir es Cristo, el morir es ganancia. Lo que él está diciendo es: yo estoy listo para partir, ¿saben por qué? Es que ya le hemos sacado tanto a esto que, cuando me lo pidan, llévenselo. Llévense la fábrica completa, que ya mi capital está en otra parte. Ese es el estado de la gente que invirtió bien: probablemente esa inversión ya no rinda como rendía, pero dice: ya la ganancia está en otra parte. Pablo tenía su ganancia en el cielo.
El papá de Juansi se perdió. Quizás usted conoce la historia, porque eso a mí me marcó, y en los primeros años de la iglesia siempre he mencionado al papá de Juansi. Juansi era uno de esos muchachones de Lucena cuyo papá vivía en Estados Unidos. Se fue ilegal, prosperó, puso colmados, una cantidad de colmados en Estados Unidos, hizo mucho dinero, pero estaba ilegal. Su mamá, la mamá del papá de Juansi, aquí en el país se enfermó; su papá tomó un vuelo, vino, y no pudo regresar. Dejó a un compadre atendiendo los colmados. Y él llamaba al compadre: «Compadre, ¿cuánto vendimos? Compadre, ¿cómo nos fue?». El compadre respondía con entusiasmo. Al segundo mes ya no le respondía a los dos timbrazos, sino que el compadre le devolvía la llamada: «Dígame, compadre». «No, para saber cómo están los negocios». «No, está todo bien por aquí, descanse».
Y después el compadre dejó de recibir la llamada. El papá de Juansi estaba ansioso: estaba ilegal allá, ya no podía tomar otro vuelo, y ya había enterrado a su mamá. Lo que se sabe es que se fue en yola de nuevo para tratar de llegar a Estados Unidos, y se perdió, no apareció. Y a mí me impresiona que su hijo me decía: «No se sabe qué pasó con mi papá; solamente sabemos que él se fue, pero no sabemos si llegó».
¿Sabe qué pasaba con ese hombre? Que su ganancia estaba en otra parte. Y como su ganancia estaba en otra parte, podía tomar resoluciones valientes, como volverse a ir de manera ilegal a los Estados Unidos para tratar de recuperar su ganancia. Pablo lo que está diciendo es: yo estoy preso, estoy amarrado, pero yo sé que los intereses, los rendimientos, la utilidad, están en otra parte, y eso está en la presencia del Señor. De forma tal que para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.
¿Sabe por qué la gente le teme tanto a la vida como a la muerte? Porque no invirtió bien, porque gastó sus días. Si tú realmente supieras dónde está tu tesoro, podrías estar mucho menos aferrado a todas estas cosas que hay de este lado de la existencia. Porque de este lado de la existencia todas las cosas están en veremos: la salud está en veremos, la paz está en veremos, las relaciones están en veremos, los negocios están en veremos; los empleos, ni se diga. Pero lo que ya llegó, eso te lo aseguro. «Para mí el vivir es Cristo —dice él— y el morir es ganancia». Mi dinero está en otra parte, es lo que él está diciendo.
Dice él ahora que tiene un gran dilema, una lucha. Es el versículo 22:
Mas si el vivir en la carne resulta para mí en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros.
— Filipenses 1:22-24
«Beneficio de la obra»: otro término económico. Él está hablando como un inversionista. Pablo está diciendo: yo tengo inversión en el reino, yo tengo inversión en la obra del Señor. Yo estoy listo, yo invertí ahí, invertí allá; si me llaman ahora mismo, estoy listo, porque yo tengo de qué vivir. Sin embargo, dice él, si el vivir en la carne resulta en beneficio de la obra, no sé entonces qué escoger. Yo estaba ya recogiendo, pero ahora me dicen que podemos seguir invirtiendo.
El dilema y la lógica del inversionista
Vivir para beneficio de la obra, o partir y estar con Cristo, que es muchísimo mejor. Ay, hermano, qué bueno es tener opciones. ¿Has visto a las personas que dicen: «¿Y qué pasa? Yo tengo opciones»?
Recuerdo ese momento. Yo trabajaba para una empresa que entendía que era muy sólida, pero mi unidad de negocio la estaban cerrando y todo el mundo se estaba jalando los moños. Era un movedero, porque cada semana había despidos, y tú siempre llevabas la cabeza como para que te la corten. Tú no sabes dónde estás parado, y tú tienes sueños, tú tienes planes, y esa empresa la están cerrando.
Pero había un gerente que se reía; parecía sádico. A uno le daban sus prestaciones y todas las cosas, pero él tenía un plan en otra parte: mientras tanto hacía su trabajo, y estaba desarrollando una empresa constructora. Él estaba esperando que le dieran sus prestaciones para capitalizarse. Y cuando a todo el mundo le daban sus prestaciones y estaban pensando si llegan a fin de mes, o si les alcanzaba para tres meses, él ya tenía su futuro en otra parte.
Eso es lo que es un creyente que tiene opciones, porque ha vivido su vida bien para la gloria del Señor. Él dice: yo sé para dónde voy, yo trabajé para Cristo y Cristo me está esperando. Yo no voy a llegar al cielo y decir: «A ver, ¿qué pasó?». Yo sé que lo hice para la gloria del Señor, mi existencia temporal la usé bien.
De forma tal que ahora estoy bien estrecho, dice el apóstol Pablo. Estoy deseoso de encontrarme con el Señor. El término que utiliza es «partir», ni siquiera «morir». Nos vemos, se pueden cuidar, nos vemos del otro lado de la existencia. Como el término del viajante: se fue.
Pero también dice: vivir para beneficio de la obra. Mira, la clave en esto está en encontrar un sentido de utilidad en la obra de Dios. Vincular tu vida a un sentido de utilidad. No hay que ser muy dramático, no es que tú tienes que ser un misionero, un pastor; es que en tu vida, en tu vida, tú sepas que de manera objetiva estás repercutiendo en bendición para el pueblo de Dios.
Porque la cosa más importante que está sucediendo en la tierra en este momento es el avance del evangelio en la iglesia de Cristo. De forma tal que cuando un creyente encuentra utilidad en la obra del Señor, él dice: si el Señor me da a mí dos o tres años más, yo todavía podría hacer un poco más para la obra de Cristo. Porque yo no voy a poder hacer nada para la obra de Cristo cuando yo esté en su presencia. Y si el Señor me da diez años, esos diez años son para eso.
Son decisiones financieras. Yo creo que todo creyente en algún momento va a tener que tomar una decisión como esa: una persona que sacrifica algo de valor ahora para obtener mañana un beneficio mayor. La lógica del inversionista. Es una persona que podría quizás sacrificar sus opciones materiales para maximizar sus opciones eternas.
Estamos rodeados de podcasts, hermano; no nos cabe un podcast más. Cuántos podcasts hay. Y ahora todo el mundo es experto en finanzas, y ustedes escuchan. No es que no los escuchen; lo que les digo es que son muchos, y no hay tanto tiempo. Pero el consejo básico en finanzas es que, si usted tiene un ahorro, tiene que convertir el ahorro en inversión, porque el dinero se va desbaratando. Y la gente dice: «Bueno, sí, yo tengo unos pesitos ahí, ¿y qué puedo hacer? ¿Cuáles son mis opciones?». En lo espiritual yo te estoy diciendo que trates de ver cuáles son tus opciones en este momento.
Tú dices: yo tengo un chin de tiempo todavía. La expectativa de vida está aumentando; bajó radicalmente en un momento, pero parece que va aumentando de nuevo, y la gente ya puede vivir más años que antes. A los 50 y 60 la gente ya estaba retirada; al día de hoy, todavía a los 70 la gente anda buscando mover sus inversiones. Entonces, hermano, yo te estoy animando en lo espiritual: piensa como un inversionista. Si el Señor te va a dar un año, te va a dar diez, te va a dar veinte más, no te entregues, no te retires. Piensa: ¿cómo yo puedo utilizar este tiempo de manera que repercuta en el mayor beneficio eterno?
¿Cuál es la mejor decisión espiritual que puedo tomar en este momento? Una persona que piensa como un inversionista le dice que no a un asunto actual para poder decirle que sí a un asunto futuro. Qué hermoso es un creyente que administra sus opciones.
Este es el dilema: vivir ahora para la obra del Señor, o partir y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor. Cuando un creyente vive así, se vuelve un cristiano peligroso.
Las personas que viven como pobres en esta tierra son los inversionistas. ¿Has visto a la gente que no explota su dinero en cosas baladíes? Come donde tú no comerías, viste como tú no vestirías, y se transporta en lo que tú no te transportarías. ¿Y por qué? Porque él es un inversionista. Él no está pensando en llenar los ojos tuyos; lo que está pensando es que en el futuro él está desarrollando un patrimonio. Hay que hacer un patrimonio espiritual, hay que hacer un cúmulo en la presencia del Señor, para que cuando uno llegue allá realmente uno diga: parto para irme con Él.
Permanecer para el provecho y gozo de la iglesia
Del 25 al 26 son dos versículos hermosos. Pablo estaba hablando del tierno deseo que tenía de edificar a la iglesia de los filipenses. Y yo quisiera hacer un giro aquí, hermano, sin ánimo de cambiar el énfasis del texto, para pastorear a mi iglesia respecto de esto.
Escuchen la ternura con la cual habla el apóstol Pablo. Dice él, versículo 25: «Y confiando en esto, sé que quedaré». Wow. Yo estaba ya por irme, ya yo me estaba por retirar, dice él. Está ahí esa persona que se fue a otro país, prosperó, lo hizo bien y guardó alguito, y dice: ya, ya yo me voy de retirada. Pablo está diciendo: ya yo estaba listo para irme. Pero dice ahora: «Y confiando en esto…». Oye, yo estaba en la casita, ya me estaba esperando una vida más tranquila; pero Pablo está pensando ahora: wow, vamos a darle de nuevo, vamos a pegar los botones en la factoría, vamos a paliar un poco más de nieve, vamos a darle un chin más. ¿Qué más? Yo pensé que esto lo íbamos a cerrar, pero vamos.
Escúchalo, dice Pablo:
Y confiando en esto, sé que quedaré, que aún permaneceré con todos vosotros, para vuestro provecho y gozo de la fe, para que abunde vuestra gloria de mí en Cristo Jesús por mi presencia otra vez entre vosotros.
— Filipenses 1:25-26
Oye, qué ternura la del apóstol Pablo. Yo te quiero poner ahora en perspectiva: la rebeldía está en el corazón del hombre, la ingratitud, la maledicencia. Y un hombre tierno como Pablo tenía sus detractores, cantidad de gente que se oponía a su ministerio. Y tú ves a un hombre que está preso y todavía está pensando en el bienestar de los filipenses, y había gente que no recibía el ministerio de Pablo.
Pablo quería estar vivo para seguir ayudando a los filipenses: dice «para vuestro provecho». Pablo atesoraba el gozo de los filipenses: dice «y gozo de la fe». Hermano, es que yo sé que si el Señor me permite dos años más, yo podría hacer que la iglesia entre ustedes tenga un poquito más de gozo. Pablo quería que ellos se gloriaran en Cristo por el ministerio suyo: dice «para que abunde vuestra gloria de mí en Cristo». ¿Qué más? Si el Señor me da a mí cinco años más, dice él, yo quiero que ustedes se sigan sintiendo orgullosos.
Y yo lo quiero traer a nuestros días. El tener una iglesia que se goce sinceramente en tu servicio es una razón para persistir. Oye, hermano, mira: yo podría maximizar mi asociación económica, pero yo voy a decir que no, porque yo creo que todavía puedo encontrar mi gozo en que mi servicio a mis hermanos contribuya con la gloria del Señor, en poder poner un granito de arena ahí, en que la iglesia entre nosotros esté mejor.
Hay un sofisma que hace mucho daño, y ese sofisma asume que toda gloria es inapropiada: «No, tú no deberías sentir satisfacción por eso». Pablo tenía una profunda satisfacción de que los filipenses estuvieran contentos del ministerio que el Señor le había concedido que hiciera. Y yo creo que hay una alegría en todo lo que servimos en la iglesia del Señor, de que nuestros dones repercutan en alegría a nuestros hermanos, en utilidad a nuestros hermanos, de forma tal que decimos: parte de mi alegría en la semana es poder llegar a mi iglesia y servir. «¿Y qué es lo que tú haces en la iglesia?». «No, yo cuelo el café». Pero cuando yo cuelo el café lo estoy haciendo para Cristo y también para mis hermanos, y ellos se lo beben.
Valora los recursos que el Señor da a una iglesia
«¿Cómo te fue la semana?». «Me fue bien: yo fui a la iglesia del Señor, adoré al Señor con mis hermanos y animé a dos o tres». «¿Y eso es lo que para ti es bien?». Sí, eso es bien, porque esa gente fue comprada a precio de sangre.
Pablo está diciendo: yo tengo una satisfacción en que el Señor me conceda un poco más, para seguir sirviéndoles a ustedes un poco más. Lo que quiero aquí animarte, hermano, es también a que valores los recursos que tú tienes. El apóstol Pablo no era tan valorado como lo valoramos nosotros. Y probablemente, a los hermanos que te sirven en tu iglesia, tú asumes que te lo deben dar siempre así.
Líbreme el Señor de exaltar a personas en específico; todos ustedes son muy, muy, muy valiosos. Pero yo veía ayer la reunión de miembros, y les digo: acérquense al hermano fulano antes de irse y denle las gracias. El año entero cuidando los números de la iglesia, el año entero pagando servicios, gestionando proveedores, previendo cosas. «Eso es lo que él debe hacer, porque ese es su trabajo». No, no, no. Él lo está haciendo para Cristo y para tu beneficio, de forma tal que lo mínimo que nosotros deberíamos decir es gracias. Ay, qué triste es una iglesia donde no hay obreros, donde no hay hermanos que sirvan.
Líbreme el Señor también de llamar la atención hacia mí, pero yo creo que todo pastor debe tener en su iglesia cierta satisfacción y deleite. Todos los años hay cantidad de ministros del evangelio que buscan su futuro en otra parte porque una iglesia no celebró lo que el Señor le había dado.
Mire, yo tengo dos pastores que los he asumido en mi corazón. Son amigos, compañeros del ministerio. Yo estoy resuelto a que ninguno de los dos se me vaya del país. Los tengo amenazados. Ustedes saben quiénes son los dos: los tengo amenazados. Les digo: solamente de vacaciones. «Ah, no, que me voy a estudiar a Estados Unidos, una maestría, una cosa». Estudia desde aquí, ya tenemos internet, se hace virtual. Y al mismo tiempo, cada vez que puedo animar a su iglesia, les digo: valoren a su pastor. Los dos son hombres dedicados a su iglesia. Yo sé que sus iglesias les aman, pero les digo: valoren a ese hombre; son pastores jóvenes que están empujando. Es muy triste quedarse sin obrero.
La gente a la cual Pablo está escribiendo: entre ellos había detractores que no valoraban. Y yo les digo: no, valórenle. Y por los dos, hermano, yo voy a hacer todo lo que el Señor me conceda para poder terminar mi ministerio junto con esos hermanos. Yo quiero que los dos terminen pastoreando sus iglesias locales. Si el Señor me diera los medios, hermano, yo voy a poner en eso todo mi ánimo, todo mi empeño, todo mi confort, para que estos hermanos puedan hacer su ministerio.
Y se lo digo: están amenazados los dos. Cero estudiadera, cero de que hay una iglesia en Estados Unidos que está esperando un pastor, que me mandó a buscar. No, hermano, le hago el efecto, ¿verdad? El Señor tiene control de la historia; si se lo quiere llevar, que lo lleve. Pablo estaba listo.
Lo que les quiero decir es que uno debería atesorar los recursos que el Señor le da a una iglesia, desde el hermano que te cuela el café hasta aquel que te predica la palabra. Y que cuando tú encuentras gente que con ternura te da esto, tú deberías alegrarte con ellos. Oro por la iglesia del Señor.