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El impredecible avance del evangelio

Filipenses 1:12-18

El evangelio es una fuerza incontenible que, aunque avanza por nuestra iniciativa obediente, al cumplir la gran comisión, frecuentemente lo hace de maneras impredecibles, tal como crece una ciudad. Compras un terreno esperando que hoy estaría urbanizado, mientras que en lugares donde jamás habrías pensado, ya han vivido y progresado dos generaciones. Así es el evangelio. No siempre sigue nuestros planos, sino que se expande por senderos que no trazamos nosotros. Hoy veremos, con la experiencia de Pablo en una cárcel, (1) cómo el evangelio emerge de forma inesperada en nuestras circunstancias, (2) el efecto que nuestro testimonio produce al despertar el valor de otros creyentes y, finalmente, (3) el gran gozo de quien entiende que la prioridad absoluta es el avance del reino de Dios.

Transcripción automática

Lectura: Filipenses 1:12-18

La carta de Pablo a los filipenses es una de las cartas escritas desde la prisión. El apóstol estaba preso. Prisión domiciliaria. Tenía relativa libertad, pero estaba siempre encadenado a un soldado de la guardia pretoriana. Y desde allí entonces se escribe una carta que exuda gozo. Lo característico de esta carta es que es una carta muy alegre. De hecho, si usted se siente un poco desanimado, lea una carta como esta y probablemente a usted se le contagie este ánimo. Es una carta donde la palabra gozo se repite vez tras vez. Y aquí se repite en el contexto del avance del evangelio y veremos al apóstol Pablo gozoso porque el evangelio está avanzando. Dice así la Sagrada Escritura, la palabra del Señor, Filipenses 1, del 12 en adelante: el impredecible avance del evangelio.

Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido han redundado más bien para el progreso del evangelio. De tal manera que mis prisiones se han hecho patentes en Cristo en todo el pretorio y a todos los demás. Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor. Algunos, a la verdad, predican a Cristo por envidia y contienda, pero otros de buena voluntad. Los unos anuncian a Cristo por contención, no sinceramente, pensando añadir aflicción a mis prisiones. Pero los otros, por amor, sabiendo que estoy puesto para la defensa del evangelio. ¿Qué pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado. Y en esto me gozo, y me gozaré aún.

— Filipenses 1:12-18

Cuando predico la Escritura, lo hago esperando que el Señor responda el deseo de mi corazón. Y es que toda mi iglesia, toda esta congregación, pueda vivir a la luz del versículo 14, donde dice: «Y la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar de la palabra sin temor». Pretendo predicar hoy la palabra para que mis hermanos se atrevan mucho más a hablar la palabra sin temor. Pueden sentarse.

El evangelio: fuerza incontenible e impredecible

Miren, el evangelio es una fuerza incontenible. Del lado nuestro no tenemos que hacer un esfuerzo extraordinario para que el evangelio prospere. El evangelio prosperará. De hecho, nuestro deseo es que prospere a través de nosotros, pero el evangelio está prosperando. Lo único que ha tenido un rendimiento creciente a través de la historia es la predicación del evangelio. Una fuerza incontenible. He predicado muchas veces acerca de que es incontenible, no ha podido ser detenida, pero hoy quisiera poner el énfasis en que, por cierto, es impredecible. La manera en que las personas serán alcanzadas por el Señor no cabe en una tabla de Excel, esto no está a nuestro alcance.

La Gran Comisión avanza frecuentemente por nuestra iniciativa obediente, pero también puede hacerlo de manera impredecible, tal cual crece una ciudad. A mí me impresiona el crecimiento de Santo Domingo y a veces trato de pronosticar por dónde va a crecer la ciudad. Y la manera en que la ciudad crece no es la manera en que yo había previsto que la ciudad crecería. Y la manera en que el evangelio avanza, no hay ningún ser humano que haya podido preverlo. Por ejemplo, en otro momento la cuna del cristianismo fue Europa. En este momento Europa está desértica. Y el sur global, Asia, Latinoamérica, entonces es una iglesia avivada. Uno dice: ¿qué ocurrió? Que el Señor quiso que en esta temporada la antorcha esté del lado de nosotros. Y anteriormente era Inglaterra que nos enviaba misioneros. Es algo que no está a nuestro alcance, tampoco estaba al alcance de Pablo.

Pablo, preso, y el avance del evangelio

Pablo salió a predicar el evangelio y su deseo era predicar el evangelio en Jerusalén, pero llegando a Jerusalén fue hecho preso, embarcado rumbo a Roma con una guardia que le cuidara, y cuando llegó a Roma fue puesto en prisión domiciliaria. Y lo que parecería que era el deseo de su corazón fue frustrado. Veremos en esta porción de la Escritura al apóstol Pablo desde esa prisión escribiendo, para persuadirnos de cómo el evangelio emerge en forma que nosotros no trazamos, sino que sube. Y si realmente nosotros tenemos a Cristo, Cristo creará la circunstancia de forma tal que nosotros demos testimonio de Cristo.

Veremos cómo el testimonio de un solo creyente podría producir ánimo y entusiasmo en toda la iglesia del Señor y que basta con que un creyente se incorpore, se ponga de pie y tenga una resolución valiente de hablar del Señor para que otros creyentes también quieran hacerlo. Y también veremos el sincero gozo que produce en el creyente que entiende el avance del evangelio en todas partes.

El evangelio emerge en medio de nuestras circunstancias

Comienzo llamando la atención de la iglesia al versículo 12 donde dice el apóstol Pablo: «Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido han redundado más bien para el progreso del evangelio». El evangelio emerge en medio de nuestras circunstancias. Lo que aquí ha estado ocurriendo es que el Señor ha colocado a Pablo en la situación de poder dar testimonio. Lo que aquí se está describiendo es que lo que parecería que era una derrota del evangelio se ha convertido en un triunfo estratégico del avance de la causa de Cristo. El apóstol Pablo está preso en Roma, la guardia pretoriana le está custodiando, pero desde allí el apóstol Pablo sigue dando testimonio. Y yo veo aquí que Dios nos coloca en la situación de poder dar testimonio a través de nuestras circunstancias.

Durante mucho tiempo yo he tratado de que cesen mis circunstancias para estar disponible de dar testimonio al Señor. Ahora estoy persuadido que el Señor va a utilizar mis propias circunstancias para que yo pueda dar testimonio. Y que la oración no debe de ser: «Ay, Señor, permite que se detenga el sufrimiento para que podamos hacer avanzar tu causa». Señor, permite que tu causa avance a través de nuestro sufrimiento. No va a haber un momento donde nosotros estemos disponibles. Siempre habrá aflicción, siempre habrá incertidumbre, siempre habrá razones para no hacerlo. Pero al mismo tiempo, siempre el Señor está abriendo camino y te está acercando a la situación donde tú puedes representarle.

No hace falta estar cómodo para testificar de Cristo

No hace falta estar cómodo para testificar de Cristo. Preso, cansado, frustrado, sumamente limitado. El apóstol Pablo estaba predicando que no habrá un momento en el que nuestra iglesia local tenga mejores condiciones para testificar sobre Cristo. El momento es ahora. Yo miro alrededor y digo que hay enfermedades, hay situaciones, hay circunstancias, hay limitaciones, pero aquí está Cristo. Es dejar de esperar que la situación cambie para hacer lo que el Señor nos ha mandado a hacer. En medio de la situación, el Señor está haciendo que su nombre avance.

Dirán algunos: «Si tan solo tuviera un poco más de tiempo». Otros dirán: «Yo tengo que priorizar mi salud, mi reposo, mi descanso». Vivimos en la era de la buena mayordomía del cuerpo. Todo el mundo quiere administrarse con sabiduría. No van a haber dos momentos para predicar a Cristo. El momento es ahora. Estamos caminando hacia un futuro glorioso donde ya no habrá oportunidad de predicar a Cristo. El momento es ahora. Yo sé que hay temporadas, yo sé que hay circunstancias, pero cuando tenemos la presencia del Señor ya no hay aflicción. El momento para dar testimonio de Cristo en medio de la aflicción es ahora.

Yo creo que la gran decepción que tendremos muchos de nosotros cuando lleguemos a la presencia del Señor es que vamos a querer volver atrás para hacer lo que ya no hay necesidad de hacer. Estamos caminando a un futuro glorioso donde ya no hay enfermedad, a un futuro glorioso donde no hay limitaciones, a un futuro glorioso donde ya no hay oraciones no contestadas. Y en este momento es que el evangelio está avanzando. No hay dos momentos para predicar a Cristo.

El ejemplo de Spurgeon

Se lo mencioné el año pasado, pero me sobrecogió el testimonio del tramo final de la vida de Carlos Spurgeon. El hombre estaba enfermo, muy debilitado. Y lo que decían sus detractores es que no se había sanado, no se había recuperado, porque no menguó de hacer la obra del Señor. Coordinaba un orfanato, coordinaba la construcción de un templo, diferentes iniciativas sociales, un ministerio de predicación, un ministerio de transcripción de sus sermones que se enviaban a lo que hoy es Estados Unidos. Y sus detractores decían: Carlos Spurgeon lo que debe hacer es sentarse. Y él seguía predicando el evangelio. Y cuando su salud no mejoró, entonces ya definitivamente no pudo recuperarse y estaba postrado en cama. Y lo que decían es que no se sanó porque no descansó.

No tengo ahora la memoria clara de qué era lo que él decía, pero él apelaba a todos los apóstoles de Jesucristo. Y él decía: Pablo, preso, no estaba descansando. Apedreado a las afueras de la ciudad, tampoco tenía descanso. A Juan el Bautista —le pongo yo, no sé si él lo dijo— cuando le llevaron la cabeza, no estaba en reposo. No era saludable que alguien perdiera la cabeza por la causa de Cristo. Y la causa de Cristo en este momento es que a nosotros nos requiere. Y del otro lado está la eternidad y una vida gloriosa donde ya no hará falta dar testimonio. El momento es hoy.

Pablo y los soldados del pretorio

«Yo lo tengo en plan para este año», dirá una persona. No, no es este año; es ahora. En el caso de los soldados, lo que el Señor hizo con el apóstol Pablo es que lo instaló en Roma, en una prisión domiciliaria, y le amarraban un soldado. Yo estuve investigando cómo funcionaba este modelo, y era un modelo como semilibre. Tú no podías salir de la casa, pero había un soldado que siempre tenía que estar amarrado a ti, y se lo cambiaban cada seis horas.

O sea que Pablo quería predicar el evangelio y el Señor providencialmente le instaló un soldado al lado, que se lo cambiaban cada seis horas para que le predicara a Cristo. No hay que ser un genio para predicar el evangelio. Lo que hay que ser es una persona que está despierta. Lo que hay que ser es una persona que está buscando ocasión, buscando oportunidad. Y probablemente ya el Señor te puso al lado de la persona que quiere que tú le des testimonio.

Tampoco Pablo tenía que dar un discurso cada seis horas. Bastaba con que él viviera el evangelio. El soldado le vería orando, el soldado le vería recibiendo a los hermanos, le vería escribiendo cartas, leyendo los rollos. Yo me reía en mi casa mientras reflexionaba en estas cosas y pensaba: quizá ya los soldados sabían por dónde iba Pablo. «Pablo, te paso el rollo». «¿En qué capítulo?» «El hermano fulano hace mucho como que no viene». Hermano querido, lo que te estoy mostrando es que no hay que ser muy estratégico para predicar el evangelio. Lo que hace falta es estar abierto a que el Señor puede colocarte en las circunstancias necesarias para que tú hables de Cristo.

El evangelio avanza a través de la aflicción

El dolor, la aflicción y la tribulación casi siempre se presentan como una manera de santificarnos. «Ay, hermano, estás sufriendo, pero eso va a repercutir en bienestar para tu alma». No solamente en bienestar para tu alma, también puede repercutir en salvación de muchos. Testifiqué el año pasado —recuerden, no sé ya, creo que ya pasó, más de un año, año y medio— tuve una quemadura importante en una mano. Y me vi visitando, primero era cada dos días, después cada cierto tiempo, y tenía que ir a la unidad de quemados.

Y cuando yo entraba a la unidad de quemados, no podía evitar sentir ese sobrecogimiento de ver la condición humana en su peor expresión. Personas que se habían quemado parte de su rostro, otra parte de su torso, todo el mundo compartía su historia. Yo entendía que mi gran problema era que tenía una quemadura en una mano. Pero a mí me daba como hasta vergüenza de decir que no, yo solamente tengo una mano. Y cuando miraba ahí, yo no sabía cómo canalizar ese desasosiego. Y el pensamiento que venía a mi mente es: ¿por qué aquí?, ¿por qué ahora? ¿Qué el Señor estará haciendo a través de estas circunstancias?

No llegaba muy temprano porque van atendiendo por turno. Y uno veía a las personas, o alguien le traía en silla de ruedas, había otros que venían completamente vendados, y alguien le atendía, le reservaba un turno, y uno trataba de llegar muy temprano para que le atendieran de primero, pero era para tratar de estar el menor tiempo posible en la unidad de quemados. Y un día llegué temprano y me di cuenta que muy temprano se hace un culto, y alguien dijo: «¿Hay algún cristiano que pueda orar?» Ay, hermano, yo vi mi oportunidad. Yo me sentía como la reina Ester: «Para este momento he llegado, para este tiempo nací». Porque yo soy un creyente y tengo mucho rato viendo aflicción y todavía no tenía la manera de canalizar la aflicción. Y yo me puse en pie, me incorporé y levanté así mi mano quemada y la otra: «Yo quiero orar». Y oré porque estas personas llegaran a ver a Cristo, oré para que vean al Señor en su circunstancia, oré al mismo tiempo para que tengan esperanza, oré para que se puedan recuperar. Y yo sentí que el Señor me había llevado para allá.

Y alguien me dirá: «Ese fue el propósito por el cual te quemaste la mano». Yo no sé si fue el propósito por el cual me quemé la mano. Pero yo sé que la satisfacción de poder orar por las personas cuando estaban en esa profunda necesidad hizo que mi sufrimiento tuviese sentido. Y el apóstol Pablo pudo decir: «Yo estoy preso, no estoy libre, pero yo me gozo y me gozaré, porque el evangelio de Cristo está siendo predicado».

No hay que tener un programa de evangelismo

Hermano, lo que te estoy mostrando es que no hay que tener un plan de evangelismo. No están malos los planes de evangelismo. No hay que tener un programa de evangelismo. Lo que hay que tener es una actitud de caminar por este mundo con los ojos abiertos. Entender que el Señor puede atarte, siendo tú un testigo, como ató a Pablo a un soldado, para que alguien tenga el privilegio de escuchar el evangelio.

Soy un poco pique con las cifras y estuve proyectando que si el apóstol Pablo estuvo preso dos años y le cambiaban la guardia cada seis horas, probablemente tuvo el privilegio de darle testimonio por lo menos a 900 soldados de élite. Y si no fuéramos pesimistas, sino optimistas, quizás a casi 3.000. Y yo me reía pensando en estos soldados. Después que estaban seis horas, conociendo yo un poco a Pablo, yo me imagino que salían de ahí: «¿Y a ti cómo te fue?» «Me tenía loco. Relévame». «Qué hombre que habla de Cristo ese. Él solamente transpira el evangelio y él no deja de mandar cartas y la gente no deja de venir. Y está gozoso». Ay, hermano querido, Pablo preso, atado a un soldado, dándole testimonio. Somos nosotros atados a nuestras circunstancias. Quizás tu caso no es prisión domiciliaria, sino atado a un trabajo que tú no quisieras tener. Entonces, ¿qué yo busco aquí? ¿Para qué estoy en este trabajo? Para que Cristo sea conocido. Alguien me dirá: «No, mira, es que tú no sabes la situación matrimonial que yo estoy viviendo». Todos los matrimonios son difíciles. Pero ese cónyuge inconverso necesita el evangelio. Y probablemente a través de ti es que esa persona va a llegar a ver a Cristo. Alguien me dirá: «Pastor, es que el caso mío es más complicado porque mi cónyuge no es un incrédulo […]». El soldado que el Señor te puso para que viva con él, duerma con él, coma con él y que juntos vayan viendo a Cristo.

Lo que te estoy transmitiendo con esta idea es que no hay que estar libre para predicar el evangelio, que lo que hay que tener son los ojos abiertos. Que probablemente tu enfermedad, probablemente tu circunstancia, probablemente el lugar donde tú vives y no querías vivir, es el lugar donde el Señor te llevó porque ahí también esas personas necesitan a Cristo.

No se trata de comodidad, se trata de urgencia

Que no se trata de nuestra comodidad, se trata de la urgencia de que todos los hombres sean testificados al respecto del poder del evangelio. Esto debe emerger. Y para que esto emerja, reflexiona en esto: tú no puedes tenerlo como guardado, esto debería estar en ti. Es algo que debería sentirse en tu día a día, es algo que se debería sentir en tu vocabulario. No se trata de tener un programa evangelístico, se trata de vivir de manera evangelística. Se trata de entender la prioridad del evangelio, se trata de ser distintivamente cristiano.

Hace falta ser un poco más sensible. Pablo pudo haber diseñado un plan para evangelizar el pretorio. «Plan estratégico para la evangelización del pretorio». Pero ¿quién podía darle a Pablo la estrategia para que fuera preso con prisión domiciliaria? ¿Quién podía haberle dado a Pablo la estrategia para que le cambiaran la guardia cada seis horas? Él no lo sabía, el Señor le colocó en las circunstancias. De hecho, cuando el Señor le estaba llamando y le dijo a un creyente que fuera a orar por él, le dijo: «Instrumento escogido me es este para dar testimonio delante de tales personas». Pero yo no sabía que era así. Y es porque el evangelio avanza de maneras que son impredecibles.

Vivir de manera evangelística

Hermano, cambia la perspectiva y en vez de estar esperando un programa evangelístico, trata de vivir de una manera que el evangelio pueda ser predicado a través de ti. De hecho, deberías hablar al Señor antes de salir: «Señor, permíteme que hoy alguien pueda ver a Cristo en mí. Dame la ocasión de traer una palabra de sabiduría. Dame la ocasión de predicar a alguien, de dar testimonio». Yo le estoy adorando al Señor en muchas direcciones. Y le oro al Señor porque me dio oportunidad de testificar y también le oro al Señor para que me dé provisión. Porque ya hay que cambiar de vehículo de nuevo y los precios van subiendo. Y me llamó un cliente y me dijo: «Mira, te recomiendo con una persona. Trabajo de consultoría». «¿Él te va a llamar o le llamas tú?» «Toma su número». La persona me llamó a los siete minutos. Y me dijo: «¿No podemos ver mañana?» Pero claro que sí, porque yo estoy necesitado.

Bueno, pues yo llegué a ese lugar y estoy en una consultoría, me están describiendo lo que están haciendo. Pero yo pude ver la necesidad en el rostro de esa persona. Y no es un asunto de que se viera depresivo, no es un asunto que se viera inmoral, nada parecido. Es que a veces el Señor te permite prever que ahí hay una necesidad de predicar a Cristo. Yo sentía que el cliente se iba a perder, pero yo tenía que hablarle del Señor. Y después vino otra persona que trabajaba con él y me hace unas cuantas preguntas técnicas. Las preguntas técnicas terminan de manera providencial hablando al respecto del significado del trabajo. Hablando al respecto de que si estas cosas tienen sentido, que uno se puede pasar diez años mirando código y que si eso vale la pena.

Yo pude decirle a la persona que el todo del hombre no es el ego ni es el dinero. Que esas cosas no dan satisfacción. Que tú puedes llegar a ser el mejor programador y de todos modos tú sentirías que tu vida está vacía y que no tiene sentido. Y que podrías llegar a hacerte rico a través de eso y tampoco lo vas a lograr. Yo conté las horas por la botellita de agua. Ya llevaba dos botellitas de agua. Yo digo: «Se está extendiendo». Y alguien me dirá: «¿Y levantaron la mano así y dijeron que iban a aceptar a Jesucristo como Salvador?» No, hermano, nadie levantó la mano para aceptar a Cristo como Salvador.

Pero durante un día su jornada laboral fue interrumpida por un creyente que no solamente fue a dar una consultoría, sino que también fue a decirle que en el cielo hay un Dios que le está mirando y que hay mejores maneras de vivir. A mí me entusiasma que en todo el trayecto del apóstol Pablo de Jerusalén a Roma solamente se menciona explícitamente una conversión, que fue Onésimo, que él dijo que le engendró en sus prisiones.

Porque Pablo no vivía contando de que si cinco levantaron la mano, si bautizaron cuatro. En algún momento dijo: «Gracias al Señor que no bauticé a ninguno de ustedes, solamente a fulano y a fulano». Pablo no vivía contando, Pablo vivía testificando. Y la meta de nosotros no es que todo el mundo levante la mano y responda a la oración del pecador y gloria al Señor.

Cuando eso sucede, es maravilloso. La meta de nosotros es que todos los hombres tengan una presentación relevante de Jesucristo. Nosotros estamos en esta tierra y la razón por la cual no hemos sido llevados al cielo todavía es porque Cristo ha de ser proclamado. Y ha elegido hacerlo a través de nosotros. No es una espectacularidad, no es un programa, no es algo muy particular. Es una sensibilidad espiritual que te hace buscar a Cristo en tu circunstancia. Muévete con los ojos abiertos. Estamos mostrando que esto debe emerger. Tú no le vas a predicar a Cristo a quien tú quieres predicarle; tú le vas a predicar a Cristo a quien Cristo te ponga por delante. Qué bonito sería así como iglesia, nos propusiéramos: «Señor, permíteme dar testimonio por lo menos a una persona esta semana. Señor, muéstrame a quién. Señor, dame la sensibilidad de ver a una persona que tenga necesidad de ti. Permíteme ver a alguien. Señor, interrúmpeme».

De forma tal que tú dices: «Mira, tuve un pequeño choque». Y tú dices: un accidente de tránsito. Tú no sabes si la persona está chocando con Cristo, o si Cristo te colocó en medio para que la persona se encuentre contigo. Una situación laboral complicada. Ahí está un cliente, un proveedor, un vecino. Señor, yo estoy puesto aquí para presentarte.

El efecto dominó: un testigo valiente levanta al otro

En el versículo 14 se muestra el efecto que produce el testimonio. Dice Pablo: «Y la mayoría de los hermanos…» Ay, escuchen esto, hermano. Pareciera que el problema que había en el siglo I era el mismo problema que hay en el siglo XXI: que la mayoría de los creyentes no dan testimonio. Estuve buscando y no pude encontrarlo, pero en alguna parte vi el dato de que una gran cantidad de creyentes —la parte mayoritaria— durante un año completo no le dan testimonio a nadie de manera explícita. O sea que pasa un año completo de tu vida y no hay nadie a quien tú puedas decir: «Mira, tuve una conversación evangelística, tuve una actitud donde Cristo fue evidente. Yo le dije a alguien que realmente hay un lugar donde hay esperanza». Decía el número que era grotesco: que la mayoría de las personas no dan testimonio del Señor.

Y cuando yo lo vi, yo como que me escandalicé, pero después evalué mi propia vida. ¿Cuántos son los días donde yo vivo con los ojos medio cerrados? Y yo no quiero que la gente me interrumpa. Días pasados tuve que tomar un Uber en un lugar y volví a repetir la misma actitud: es que como que «ojalá que no me ponga conversación» […] Quizás tú entras al lugar donde tú vives y tú entras: «Por ahí voy, no me detengan». Bueno, una persona que quiere dar a conocer a Cristo camina por este mundo de pecado, de injusticia y de maldad con los ojos abiertos. Y en vez de evitar, lo provoca.

Recuerda, hermano, que estoy hablando más de mí que de ti, pero probablemente tú estás caminando con los ojos cerrados y también con el corazón. Y las personas que el Señor te está trayendo, tú lo que te has vuelto loco es porque este soldado no hable mucho. Que no me interrumpa. «Quiero que el Señor me ponga las guardias más largas. O que el otro llegue tarde al turno, para ver si tengo un respiro». Vivir en este mundo de una manera distintivamente cristiana es un compromiso de vivir con los ojos abiertos y de exponernos. No es algo que sea mi personalidad; es mi resolución. Yo veo aquí que un testigo valiente levanta al otro. Dice él que la mayoría de los hermanos, cobrando ánimo en el Señor con mis prisiones, se atreven mucho más a hablar la palabra sin temor.

Esa es la palabra, esa es la expresión: «Se atreven mucho más». Un atrevimiento es una persona que supera el miedo para hacer lo que tiene que hacer. ¿Y por qué no nos atrevemos? Porque tenemos miedo. Miedo a ser tomado como una caricatura, miedo a que se burlen de nosotros. Es el miedo a perder una amistad, miedo a incumplir una política. Ahora hay cantidad de empresas que tienen políticas donde no se puede hablar de religión.

De religión. «Hey, ¿qué tú hiciste el viernes?» «No, el viernes yo amanecí, tuve un trago, una cosa, amanecí». «¿Y tú qué tú hiciste?» «No, yo estuve en mi iglesia adorando al Señor, un gozo que tuve por dentro». ¿Eso es religión? Mira, ve usted si cumplí la política o no. Pero yo digo, como los apóstoles: «No podemos dejar de hablar, de decir aquellas cosas que hemos visto».

Este es mi experiencia. Es ser explícito al respecto de esto. Pues sabemos que este efecto se produce principalmente entre nuestros hermanos. Al final el Señor salvará a quien determine salvar, pero nosotros queremos ser parte de esta historia, de esta salvación. De hecho, en este mundo lo extraño y novedoso no es que los hombres estén perdidos; lo extraño y novedoso es que el evangelio todavía se está predicando.

La señora de los planes funerarios

Estaba recordando que en esta semana tengo que volver al banco. No me gusta ir presencialmente al banco. Trato de hacerlo por internet banking o hacer una llamada. Pero me pidieron que actualice unos datos y tengo que ir presencialmente. Entonces yo evito ir. Entonces dije: «Mira, voy a Carrefour, dejo el vehículo lavando afuera, entro al banco BHD que ahí está» y había una fila en el banco. Y me tocó en los últimos lugares, la fila del banco. Y ahí viene una señora venezolana de mediana edad vendiendo planes funerarios.

Y esa señora tenía una gracia de hablar claramente pero sin alzar la voz. Y yo le digo: «Wow, pero qué bien, es como una voz moduladita». Y ella iba en la fila y se le colocaba al lado de una persona y le decía —y era una cosa que tú podías entenderlo, pero sin llamar la atención—. Y le daba un folletito, le buscaba tal cosa y miraba alrededor, y yo me di cuenta que ella no se detenía con todo el mundo, sino que ella como que seleccionaba a la persona a la cual ella le iba a vender su plan funerario.

Tenía un buen rato ella en la fila y no se movía, y la señora se iba moviendo así. Ya yo había escuchado el discurso por lo menos con diez. Y hablaba al respecto de no dejar el problema a los familiares, les decía a la persona la importancia de esto, que los cementerios, que los planes, que tener todas las cosas previstas, que la tranquilidad. Ya yo conocía el discurso porque lo escuchaba. Cometí el error de que hicimos contacto visual, así. Y cuando ella me vio, me hizo como que… como que dice: «Te tengo pendiente». Yo estoy pensando: «Que la señora no me aborde». Y ella lo que me está diciendo es como que: «Dame un momento». Yo pienso a mis adentros: «Ven, que te estoy esperando». Y yo estoy viviendo mi película en mi mente de que la señora viene hacia mí y yo sé lo que me va a vender. Pero yo estoy listo para dar la respuesta porque yo estoy resuelto que voy a predicar a Cristo.

Y yo digo: «Cuando ella me quiera decir que me va a dar un plan funerario, yo le voy a decir que dice la Escritura en el Evangelio de Juan que “de cierto, de cierto os digo, que el que guarda mi palabra nunca verá muerte”». Yo le voy a decir: «Yo no me voy a morir. No soy la audiencia. Vente para acá que yo no me voy a morir». Yo pensando en mi película. Ella todavía tiene dos clientes más para atender. Después yo pienso: «Cuando venga ella me va a decir que… me va a decir que por qué». Entonces yo le voy a responder: «Porque tengo por cierto que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni potestades, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo».

Y estoy yo viviendo mi película y no aguanté más y comencé a reírme. Y tuve que irme. Yo estaba llamando la atención en la fila. Y hasta la señora ya me estaba viendo raro. Me fui a buscar el carro. Después volví al centro, compré un café y encontré ya la señora que estaba sentada en un banquito, afuera, con un señor que lo tenía ahí cautivo. Ya estaba firmándole algo.

Yo me sentía reprendido. Me sentía vergüenza de que esta señora tuviera tanta valentía para decirle a la gente que estén preparados para la muerte. Nosotros tenemos el evangelio de Jesucristo que da vida y no tenemos el interés, la valentía de decirle ni siquiera a uno solo que yo soy un cristiano y que tengo esperanza. El ardor con que nosotros nos aproximamos a cualquier otra cosa está hablando muy mal de la urgencia que tenemos de presentar a Cristo, porque para eso es que estamos.

La iglesia en Roma se envalentona

«Y la mayoría de los hermanos», dice aquí. Yo me imagino la iglesia en Roma, que era una iglesia que probablemente estuviera medio apagada. «Estamos en el lugar donde están las autoridades, no podemos movernos mucho. A Pablo hubo que traerlo desde Jerusalén, pero nosotros estamos aquí mismo, o sea, nosotros no hay que mandarnos a buscar, aquí nos agarran».

Y probablemente la iglesia en Roma era una iglesia silenciosa, era una iglesia que se sentía apabullada, era una iglesia que por donde quiera que iba eran pertrechos militares por aquí, gobernadores por allá. Y quizá decían: «Los romanos no son accesibles, estas personas no quieren escuchar de Cristo». Pero dice que cuando Pablo comenzó a predicar, le amarraron un soldado y a cada persona le predicaba.

Y cuando una persona le predicaba, al ver su denuedo, al ver la valentía de Pablo, ellos mismos se sintieron envalentonados. Y a veces lo que hace falta es que otro creyente te diga: «Hey, yo esta semana a uno le di testimonio. Fue una persona que fue a mi casa, me hizo una pregunta, yo aproveché para testificar de Cristo». Cuando tú sientes la vehemencia de alguien que lo está haciendo, tú mismo te sientes como contagiado. Y a veces tú no sientes que tengas la valentía todavía, pero por lo menos tienes el entusiasmo.

Una muchacha en el teleférico

Ya estrené el metro, hermano. Recuerden, me pusieron un metro frente a la casa. Ya lo estrené. Estrené la extensión de la línea 1-2. Me monté en la línea anterior, que ya la conocía, el teleférico y toda la cosa. Me fui con los muchachos y con Karo. Lo único que me faltó fue subir los muchachos un motor, para que tengan la experiencia completa. Por ahí en el teleférico, venimos en un vagón, y hay unos muchachos, estos muchachos como medio inmorales y demás, con malas palabras, retosando entre ellos. Decía uno que se iba a bajar los pantalones y demás. Y Tayulia mirándome, mira a los muchachos y me mira a mí. Y en una de esas paradas entró una muchacha, y ella en 30 segundos predicó a Cristo. Y era un asunto que ella entró como mecánicamente, no recuerdo las palabras, pero predicó con tal vehemencia y con tal claridad. Y yo no encontré otra cosa que hacer. Y cada vez que ella hablaba, yo decía por dentro: «¡Amén!» Pero yo veía su interés y su vehemencia. Yo digo: «Yo tengo aquí tratando de cuidar a mi muchacha de la inmoralidad y toda la cosa. Y alguien viene y trajo a Cristo».

Ejemplos como esos son los que nos dicen a nosotros que si alguien está predicando a Cristo con valor, con denuedo, si alguien probablemente toma el transporte público para tener la ocasión para darle testimonio a alguien, tú que tienes tu carrito privado, probablemente tienes mucha más facilidad que ellos. Tú que puedes tomar un taxi o un Uber, tú también deberías hacerlo. Y un creyente lo mínimo que debe hacer es estar dispuesto para presentar el evangelio. Quizás esas son las personas que el Señor te está trayendo.

El hecho de que Pablo en la prisión no cesara de predicar, sino que lo hiciera con tanta vehemencia y que el Señor le haya dado los medios de predicarle a la guardia romana, produjo que toda la iglesia de Roma también quisiera hacerlo. Y ahora Pablo les dice a los filipenses: «Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han sucedido han redundado más bien en el progreso del evangelio».

¿Qué es lo que aprendemos aquí, hermano? Que no predicamos solamente para que las personas se salven. También predicamos para que otros creyentes puedan ver nuestro estímulo. De hecho, uno predica y frecuentemente no hay ninguna respuesta, pero hay algo que nos estamos diciendo a nosotros mismos: estamos haciendo lo que el Señor nos mandó a hacer. Y cada vez que un creyente da testimonio, otro creyente dice: «Yo también quisiera intentarlo».

Repartiendo tratados en la cancha

Yo recuerdo la primera vez que yo prediqué. Un amigo me decía que él iba a un centro médico que estaba cerca de Lucerna, el Centro Médico Ravelo, y que él en el centro médico repartía tratados y que había personas que venían y que él les hablaba. Y yo dije: «¿Dónde es que se consiguen los tratados?» Y le dije: «Mira, la oficina de la iglesia tiene tratados, tú puedes venir y te damos los tratados».

Yo dije: «No, pues ya tú tienes a Ravelo, yo voy para la cancha de Lucerna». Y yo iba con mi paquete de tratados para la cancha de Lucerna y duré ahí, hermano, como 30 minutos viendo el juego. Y no entregué ninguno porque un par de amigos míos estaban jugando. Entonces tú dices: «¿Y qué van a decir? ¿Cómo paro el juego? Y les digo que tomen un tratado». Oye, hermano, yo no sabía qué iba a hacer porque yo tenía el paquete de tratados, eran trataditos. Ya yo no sabía qué hacer, pero estaba en la cancha. Y sucedió un asunto ahí como entre el primer cuarto y el segundo, que a mí me sucedió algo y yo fui y dejé a la gente desconcertada. Porque yo agarré los tratados y a cada quien le di uno, como «resuelve tú el asunto», y me fui.

Y yo llegué a mi casa y me sentí un héroe de la fe. Porque quizás nadie toma una decisión por Cristo, pero algo se rompió en mi corazón. Por primera vez tomé la iniciativa de tomar el testimonio de Cristo, aunque sea en un tratadito, y de decirle… Yo se lo ponía así, como contra el pecho, así: «Pa, pa, pa, pa, pa…» Lo volanteé a toditos y me fui. Y llegué a mi casa y como que respiré. Ay, hermano, lo que te estoy pidiendo es que esta semana, a tu jefe, si tú encuentras la oportunidad, dile que tú eres un creyente. Yo quiero que el Señor me dé la oportunidad de presentar a Cristo. Es tener los ojos abiertos, entender que el testimonio de uno solo puede producir entusiasmo en muchos. Bueno, qué hermoso sería si parte de nuestra conversación fuera: «¿Y tú esta semana le hablaste a alguien del Señor? ¿Y tú esta semana diste algún testimonio? ¿Y tú rompiste el hielo?» Ya las personas saben. Es tan sencillo como que tú vivas de manera distintivamente cristiana.

Algunos predican por envidia y contienda

Hablo ahora del gozo que esto produjo en Pablo. Del versículo 15 al 18 aparece una controversia. Pero Pablo, hombre sabio, no se deja amedrentar por la controversia. Del 15 al 18 aparece que como Pablo está preso, hay cantidad de gente que quiso comenzar a predicar. Oigan el pensamiento de una cantidad de creyentes inmaduros. Ellos están pensando: «Pablo era un hombre muy reconocido. Y tenía una plataforma. Y Pablo está preso. Esa plataforma, entonces, soy yo». Y comenzaron a predicar por envidia y por contienda. Pero Pablo dice: «Ellos piensan que como yo estoy preso, entonces el espacio —como él no puede— vamos nosotros», buscando protagonismo, buscando influencia, buscando notoriedad. Pero Pablo desde la prisión piensa: «Eso a mí no me afecta». «¿Y qué dice él?» De todos modos, Cristo está siendo predicado. Ya sea por contienda o ya sea por un interés genuino, el evangelio está siendo difundido. Y sobre todo, aquí mismo yo también estoy predicando. No es un pragmatismo, es un asunto de prioridad, y ver el impredecible avance del evangelio.

El hecho de que Pablo fuera apresado permitió que Pablo siguiera predicando, provocó que los detractores de Pablo quisieran predicar para aprovechar el espacio, y provocó que la iglesia en Roma también quisiera predicar. Y después digo yo: y provocó que los filipenses también quisieran predicar. Y provocó que nosotros el día de hoy, mirando ejemplos como estos, también quisiéramos predicar. Es un asunto de predicar no solamente por la salvación de los hombres, también predicar para estimular a la iglesia a que hagamos lo que nunca hemos debido haber dejado de hacer. Y estos dos grupos de personas que aparecen aquí siempre han estado presentes. Escúchenlo aquí, dice él: «Algunos —estoy en el 15— a la verdad predican a Cristo por envidia y contienda, pero otros de buena voluntad». Clarifico aquí: hay creyentes verdaderos que predican el verdadero evangelio y lo hacen con la actitud incorrecta. Hay creyentes verdaderos que predican verdaderamente a Cristo y lo hacen mal movidos en su corazón.

Yo era uno de esos

No es que quiero como llamar la atención solamente, pero yo era uno. Cuando yo comencé a predicar a Cristo, yo no predicaba a Cristo porque yo amara a los muchachos que estaban jugando básquetbol. Yo quería vivir la experiencia. Yo quería poder llegar a mi iglesia con un testimonio. El culto de testimonio. «Yo repartí un fajo de tratados».

Usted me puede decir: «¿Realmente a mí me movía la juventud perdida, me movía el estado de las almas de esas personas?» No, a mí me movía que yo quería realmente notoriedad. Yo quería mostrarme como alguien que pudiera. Yo, cuando comencé a escribir literatura cristiana, realmente yo no escribía buscando la edificación de nadie. Yo quería que la gente supiera que yo sabía. Y que yo podía escribir algo que tuviera cierta densidad.

Hay cantidad de gente que predica el evangelio por contienda, hay cantidad de gente que predica el evangelio por envidia. En nuestros días lo que más hay es gente en YouTube que cuando se prende el bombillito rojo que dice que está grabando, ellos predican de nuevo maravilloso. El asunto está en hacerlo cuando no hay una plataforma, cuando nadie te está mirando, hacerlo por un corazón genuino. Pablo dice: «Hay cantidad de gente que ahora que yo no estoy afuera entienden que este es un momento y salieron a predicar». Dice él: «Gloria a Dios. Más temprano. Más temprano debiste haber salido a predicar». Líbreme el Señor de animarte a que prediques el evangelio por contienda. Pero yo era un contencioso. Después que rompí el hielo de dar los tratados, entonces yo comencé a pelear en temas religiosos.

Y recordaba ahorita con un hermano que me presentó una Biblia muy bonita que tiene. Oye, yo tenía una Biblia Thompson y una MacArthur, esperando que llegaran los testigos de Jehová. Yo sacaba la mesita. Cuando llegaban, hermano, sacaba una Biblia grande así, la ponía así: «¡Pah!» Y si faltaba cualquier cosa, un Scofield de este lado que también la sacaba. Y un fajo de revistas Atalaya, subrayadas, con datos inconsistentes y cosas parecidas, para pelear.

Y usted me decía: «¿Realmente yo quería salvar a un testigo de Jehová?» No, hermano. Yo lo que quería era humillarlos. Yo lo que quería era dejarlos sin argumento. Y la satisfacción que me daba a mí cuando me buscaban un superior. Porque cuando no podían, como que veían que había alguien muy inquieto, entonces les decían: «No te preocupes, que yo te voy a llamar a alguien para que te explique». «Tráemelo».

Tiempo después recordé ya en mis primeros trabajos un compañero que me decía que él jugaba ajedrez, pero que a él no le gustaba el ajedrez. Él decía: «Yo juego ajedrez, pero realmente lo que me interesa es humillar la inteligencia del contrario». Escucha, él no tenía un deleite en el ajedrez. Su primer deleite era humillar tu inteligencia, que tú vieras que tú no estás a su nivel. Yo predicaba, es verdad. Yo daba argumentos, los argumentos que yo daba eran reales, yo citaba las Escrituras, pero yo citaba las Escrituras para ganar una conversación. De hecho, el resultado no me importaba mucho; me importaba mucho el argumento.

Te estoy mostrando que hay gente que predica a Cristo correctamente con la actitud incorrecta. Que hay gente que está predicando realmente a Cristo, pero está siendo mal movida. Movida por envidia: «Yo quiero tener una plataforma, yo quiero ser influyente, yo quiero tener seguidores. Yo quiero ser notado, yo quiero ser invitado, yo quiero ser tenido en cuenta. Yo quiero que la gente vea que picho duro». Eso no es un motivo correcto.

Pero Pablo está diciendo: el hecho de que yo haya sido preso ha provocado un avance impredecible. Ha provocado que si no miles, por lo menos cientos de soldados sean evangelizados. Ha provocado que la iglesia en Roma haya tenido un denuedo impresionante. Ha provocado que los detractores de Pablo salieran a predicar a Cristo. Y ha provocado que yo pueda escribirles a ustedes esta carta como a los filipenses para que también lo hagan. Te estoy mostrando, hermano, que el evangelio avanza en maneras que nosotros no podemos pronosticar. Clarifico: no significa que está bien la envidia, no significa que está bien la contienda. Lo que significa es que la urgencia por predicar el evangelio es tan alta que el Señor podría utilizar hasta la envidia y la contienda para que alguien vea a Cristo.

Cuídate tú de que cuando llegues a la presencia del Señor le digas: «Señor, yo llené esta tierra del evangelio, prediqué a cantidad de personas, aquí está la tabla de Excel, muévete allá a la tabla número 5, al tab 4, a la columna 6, celda tanto. Mira todo lo que yo me gané para ti». Y el Señor te diga: «Apartaos de mí, hacedores de maldad, nunca os conocí». Que el Señor te utilice a ti para salvar a alguien no significa que el Señor te esté endosando.

«Los unos anuncian a Cristo por contención, no sinceramente, pensando en añadir aflicción a mis prisiones». El nivel de carnalidad de esta gente era tan alto que cuando ellos estaban predicando a Cristo, lo que estaban diciendo era: «Ojalá que Pablo vea lo que yo estoy haciendo». ¿Cómo que a Pablo eso es lo que le debe mover? Es como que ellos se sentían que estaban compitiendo con Pablo. «Pablo, tú estás preso y yo estoy suelto, y ahora yo puedo predicar a Cristo y tú no». Ay, hermano, que el Señor te cuide. Que tú seas movido a predicar a Cristo no por notoriedad, no por contienda, no por envidia, no por vanagloria, no por plataformas, no por seguidores, no por muchos likes. Que tú prediques a Cristo porque Cristo te mandó a predicar el evangelio, porque esas personas también necesitan esperanza.

De todos modos, Cristo está siendo predicado

Pero dice él: «De todos modos, Cristo está siendo predicado». Doy unas cuantas ideas, hermanos. Pablo se gozaba. Eso está claro, Pablo se gozaba. El preso dice: «Me gozo». Y como termina el texto que hemos leído, en el versículo 18, dice él: «Que pues, que no obstante, de todas maneras…» Pablo está entregado, hermano. Le dice: yo tengo un entusiasmo aquí. Aquí preso, yo tengo un entusiasmo que yo siento que estoy suelto. Pablo está diciendo como: ¿y qué? «Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o por verdad, Cristo es anunciado, y en esto me gozo, y me gozaré aún». Pongo en tu mente el pensamiento de que un verdadero creyente cultiva en su corazón una disposición a gozarse por el avance del evangelio. Y hace que ahí esté su entusiasmo. Alguien me va a decir: «Mi vida ha valido la pena, yo no sé si he tenido grandes realizaciones, yo no sé si seré recordado». Pregúntate: ¿tú has testificado de Cristo? La noticia más importante en la tierra en este momento es el avance del evangelio, y cuando lleguemos a la presencia del Señor de lo que se hablará es de que nosotros estuvimos testificando de Cristo. «Mi vida valió la pena». Yo te preguntaré: ¿a cuántas personas tú les has hablado de Cristo? ¿Cuántas personas te han visto a ti vivir de una manera distintivamente cristiana? ¿Cuántos de tus amigos tú le dijiste directamente —no «que se asuma» directamente— que tú eres un cristiano?

Recuerdo la primera vez que rompí ese hielo en mi trabajo. Yo era conocido como un muchacho que estaba ahí. Tampoco era un gran trabajador ni nada parecido. Algunas personas sabían que yo era un creyente porque sabían. Pero yo tuve como la necesidad de que mis compañeros de trabajo supieran que yo era un cristiano. Eso me inquietaba.

Y yo buscaba iniciativas. A veces compraba unas paletitas, le ponía un versículo. Y yo, viendo a la persona, le daba una paletita y le decía: «Mira, eso es un versículo bíblico para que lo leas. Lo puedes pegar ahí en tu pantalla o algo». Pero yo lo que estaba buscando es que la gente supiera que yo era un cristiano. ¿Cuántos son los creyentes anónimos? Que si ellos dijeran que son creyentes, probablemente las personas no creerían que son creyentes. O hasta se lamentarían. Es vivir de manera distintivamente cristiana y hacer que el testimonio de Cristo encarnado en tu vida sea la fuente de tu gozo.

¿Cuándo fue la última vez?

Hay preguntas. ¿Cuándo fue la última vez que tú tuviste un sincero deleite por el avance del evangelio en alguna parte, que eso te produjo gozo? Quizás tú tienes los ojos tan cerrados que no te importan las noticias. Que alguien sea salvo, probablemente tú dices: «Bueno, yo también soy salvo, mucha gente es salva». Ay no, hermano, no, no, no. Ahí va la sangre de Cristo a favor de esa persona. Eso se atesora.

Quizás algún conocido tuyo que abrió los ojos a la realidad del evangelio y pudo ver la luz de Cristo. Que uno solo de los nuestros se haya salvado debería producir en nosotros gozo para por lo menos un mes. Un tío, un primo, un vecino, una persona que anteriormente estaba muerta en delitos y pecados y revivió, conocido por ti. «Porque Cristo está siendo predicado». «Pablo, pero no eres tú que lo estás predicando». Es que el gozo tuyo no está en que tú lo estás predicando. Es que Cristo está siendo predicado.

Un creyente que ha interiorizado la verdad del evangelio y comienza a vivir en consecuencia. Y tú ves el cambio. Y tú dices: «Él no podía. Esas no son sus fuerzas». Ahí está la obra del Señor abriéndose espacio en ese corazón y llevando a esa persona a vivir de una manera consistente con la verdad de Dios. Gloria al Señor por cosas como esa. Eso produce gozo. Alguna exposición de las Escrituras donde la centralidad de Cristo fue tan evidente que tú te sentiste sobrecogido. La semana pasada iba yo escuchando un sermón de Sujel Michelén de los años 90. Y en los años 90 Sujel Michelén ya estaba predicando a Cristo a 95 millas por hora y yo no pude quedarme tranquilo. Yo tuve que hacer una pausa y decir: «¡Wow! ¡Gloria al Señor!»

Yo imaginaba a esos creyentes en los años 90 recibiendo esa exposición tan clara del evangelio, y donde Cristo tenía tal centralidad, que yo me sentí sobrecogido. Y yo digo: «Wow, pero por allá por los 90 ya mi hermano estaba predicando a Cristo con unos niveles de claridad que era un privilegio estar en esa congregación». Y yo a la distancia me gocé. ¿Cuándo fue la última vez que tú escuchaste una exposición de la Escritura donde Cristo era tan notorio, tan central, estaba tan marcado, Cristo era tan repetido, que te sentiste sobrecogido? Ver a alguien con denuedo dando testimonio del Señor. Un creyente soportando la aflicción con el gozo puesto por delante. Ver a alguien que conoció al Señor en tiempo antiguo y todavía está en Cristo.

La hermana del cumpleaños

Tuve un cumpleaños meses atrás de una niña. Me encontré con la tía de una hermana que estaba visitando y pude inferir en la conversación que era una creyente. Y yo le pregunto: «¿Y cuándo usted conoció al Señor?» Me dijo la fecha, finales de los 80. Y me dijo: «Todavía estoy en Cristo». Y me estuvo dando testimonio, hermano, en ese cumpleaños, que a mí me estaba dando ya hasta vergüenza, porque el cumpleaños estaba en lo suyo por un lado, y de este lado, así calladito, ya me estaba diciendo cómo vino a Cristo, y los avatares que ha tenido, y toda la cosa. ¡Wow! Yo estaba sabroso. Yo sentía, hermano, que no había que partir el bizcocho. Estaba así.

Y el «chuchu guá» por aquí. Y esta hermana, de hecho una hermana pentecostal, la mitad de lo que me dijo me lo dijo fue en lenguas. Y yo quizá no lo comparto, no lo entiendo, pero yo no niego que el Señor estaba ahí. Lo que ella me estaba diciendo era verdad. Y ella me decía la mitad de las cosas en lenguas y la mitad me lo decía en español.

Pero lo que ella me decía es que ella había venido a Cristo en ese tiempo y que el Señor la había guardado, y que había perdido un hijo en un tiempo, y que eso le afectó mucho, pero que el Señor le ayudó. Y decía: «Y todavía estoy en el Señor». Y decía: «¡El Mando!» Y decía: «¡Gloria al Señor!» Y el «chuchu guá» por aquí. Hermano, por aquí está Cristo. ¿Cuándo fue la última vez que tú tuviste una conversación que dices: «Wow, hablamos de Cristo, hablamos del evangelio, hablamos del Señor»? Pablo está diciendo aquí: «Por lo cual me gozo». Él está preso y dice: «Yo me gozo y me voy a seguir gozando». Porque el evangelio es una fuerza incontenible, al mismo tiempo es una fuerza impredecible y quizás tú te lo estás perdiendo.

Es el gozo de tener los ojos abiertos, es el gozo de ser útil para el Señor, es el gozo de escuchar una exposición del evangelio y decir: «Ahí está mi Señor, esa es la verdad que me salvó». Es el gozo de poder decir amén cuando alguien está predicando. Es lo que me surgió a mí en ese vagón del metro que le dije a esa señora: «Amén». Yo quizá no tengo el denuedo tuyo, pero yo espero que el Señor me lo dé. ¿Cuál es mi deseo, hermano? ¿Cuál es mi oración? Que esta semana tú, por lo menos a uno —no es que le des un discurso— que le digas: «Hey, yo soy un creyente, déjame orar por ti». Es que tú le digas a la persona: «Hay esperanza en el Señor». Es que un versículo emerja en tu conversación.

Es que quizá tú no has roto el hielo todavía, pero acompáñame a mi iglesia. Pero por lo menos tú puedes decirle: «Yo estoy a tu disposición, estaré orando por ti, yo soy un creyente, el Señor a mí me salvó. Tú no entiendes el todo del todo, pero el Señor lo hace». Que el Señor tenga misericordia. Oro por la iglesia.