Lectura bíblica
Le invito a que se pongan ahí sobre sus pies y me acompañen en la escritura. Estén conmigo en el evangelio de Mateo y en el capítulo 2 para ver desde esta porción de la escritura la visita de los magos de oriente y poner énfasis en la iglesia en que Cristo es también para aquellos que se encuentran más lejos. Es Mateo capítulo 2, la visita de los magos. Es Cristo para los que están más lejos.
Cuando Jesús nació en Belén de Judea, en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente y venimos a adorarle.» Oyendo esto, el rey Herodes se turbó y toda Jerusalén con él. Y convocados todos los principales sacerdotes y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por el profeta: Y tú, Belén de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá, porque de ti saldrá un guiador que apacentará a mi pueblo de Israel.» Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella. Y enviándolos a Belén, dijo: «Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño, y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore.» Ellos, habiendo oído al rey, se fueron. Y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos hasta que llegando se detuvo sobre donde estaba el niño. Y al ver la estrella se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María y postrándose le adoraron y abriendo sus tesoros le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
— Mateo 2:1-12
Dice así la Sagrada Escritura, la palabra del Señor, Evangelio de Mateo, en el capítulo 2, la visita de los magos. Cuando Jesús nació en Belén de Judea, en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo, «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente y venimos a adorarle.»
Oyendo esto, el rey Herodes se turbó y toda Jerusalén con él. Y convocados todos los principales sacerdotes y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron, «En Belén de Judea, porque así está escrito por el profeta. Y tú, Belén de la tierra de Judá, no eres la más pequeña entre los príncipes de Judá, porque de ti saldrá un guiador que apacentará a mi pueblo de Israel.»
Cristo es para todos los hombres
Entonces Herodes, llamando en secreto a los magos, indagó de ellos diligentemente el tiempo de la aparición de la estrella. Y enviándolos a Belén, dijo, «Id allá y averiguad con diligencia acerca del niño, y cuando le halléis, hacédmelo saber, para que yo también vaya y le adore.» Ellos, habiendo oído al rey, se fueron. Y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos hasta que llegando se detuvo sobre donde estaba el niño. Y al ver la estrella se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María y postrándose le adoraron y abriendo sus tesoros le ofrecieron presentes oro, incienso y mirra. Pero siendo avisados por revelación en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
Pueden sentarse, mis hermanos. Es Cristo para los que están más lejos. Comienzo diciéndole a la iglesia que Cristo no solamente se encarnó para los creyentes. Cristo no nació solamente para un grupo muy específico de hombres. La idea general es que Cristo nació para los cristianos. Lo que muestra el testimonio de la escritura es que con el nacimiento de Cristo fue dado testimonio, aviso, notificación a gente muy piadosa de la nación de Israel como Ana y Simeón, pero al mismo tiempo gente indiferente y hasta hostil. El nacimiento de Cristo es el acontecimiento y este acontecimiento ha de ser notado por todos los hombres. Cristo nació para aquellos que estaban cerca, pero también nació para aquellos que se encontraban mucho más lejos. Su venida no pasó desapercibida. Cuando cosas importantes ocurren, esas cosas importantes se hacen saber. Y nuestro Padre Celestial se ocupó de hacer saber la encarnación de su hijo a todas las audiencias posibles. Estos hombres magos de Oriente no iban a llegar por sus propios medios. Tampoco iban a llegar porque los judíos le salieran a buscar. El Padre usó los medios que hizo falta para que desde más lejos y desde más cerca los hombres notaran el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo.
Cuando uno lee este texto se hacen evidentes dos intenciones muy marcadas del evangelista Mateo. Hay primero una intención de mostrar de qué lejos vienen estos hombres, reiteradamente desde oriente. Desde oriente. Y la otra intención es marcar: ¿A qué vinieron estos hombres? Vinieron a adorarle.
La idea que quisiera dejar en sus mentes este domingo es que el nacimiento de Cristo ha de ser notado, sino celebrado por todos los hombres y que los hombres cuando ven a Cristo tendrán que adorarle. La visita de estos magos ha despertado siempre gran curiosidad y con frecuencia se intenta justificar o precisar quiénes eran estos magos. Hay gente que se resiste a la idea de que magos de oriente vinieran a ver a Jesús. Ah, caramba. Mateo no tiene problema alguno en mostrarlo. Él quería que sepamos que quienes vinieron no eran judíos piadosos, no eran temerosos de Dios, sino que eran magos. Yo recuerdo siendo un adolescente en la iglesia y buscando diccionario bíblico para que me explicaran cómo era que un mago había venido a ver a Jesús. No intente buscar explicación. Ellos son lo que eran. Nosotros no sabemos qué tipo de magos eran; sabios de oriente. Quizás eran gente que crecieron en la religión de Zoroastro. Quizás eran caldeos. Judíos no eran y cristianos tampoco.
Pero Cristo nació para todo el mundo y Cristo no es para los cristianos. Cristo no es para los judíos. Cristo es para todos los hombres. Y aquellos de entre los hombres que se consideran más irreligiosos y lejos de Dios, probablemente van a ser entre los primeros que lleguen a ver a Cristo.
Me consuela y estimula saber que Cristo no nació solamente para gente que se parece a nosotros. Yo quisiera que tú pienses en este momento en algún conocido tuyo que en tu matemática espiritual sea poco probable que venga a Cristo. Quizás gente que es burladora de la fe, personas que nos ven a nosotros y dicen, «Yo no soy definitivamente como ellos. Yo no hablo como ellos. Yo no deseo las cosas que desean ellos. Yo no conozco lo que conocen ellos.» Cristo también es para ti. Yo no quiero presentar a Cristo solamente para gente que se parece a mí. Yo quisiera presentar a Cristo como que Cristo es la verdad de Dios para todos los hombres. Y aquellos que nosotros luchamos con figurarnos que pueden llegar a postrarse y adorar a Cristo, probablemente sean aquellos que Cristo esté trayendo. La gente viene a la iglesia y nos ve y cuando nos ve dice, «Es que yo no soy así.» Quizás tú seas un mago de oriente.
No, tú no sabes cómo yo soy. Quizás tú eres como estos. Yo no necesito saber cómo tú eres. Yo necesito que tú sepas cómo es Cristo. Y Cristo es la respuesta de Dios también para ti. La gente anda buscando empatía, identificación, decir, «No, es que yo no me cuadro así, yo no hablo así.» Yo jamás podría ser cristiano. Estas personas jamás podrían adorar al rey de los judíos y adoraron. Es que la matemática del cielo nada tiene que ver con la matemática de la tierra. Dios obra por caminos que son misteriosos y ya yo no quiero justificar a los magos y tampoco quiero justificar a Dios porque es que él es soberano y la salvación es del Señor. Y yo me gozo en eso porque si la salvación estuviera al alcance de mis ojos, probablemente gente como tú no sería salvado y tampoco gente como yo. Yo me gozo de que la salvación sea del Señor y no de nosotros, porque si la salvación es del Señor, entonces también es para ti. Aquí hay mucho aliento. Hay gente que en este momento está en el canal inverso. Es muy marcado
El propósito de Mateo
que Mateo está mostrando el milagro de que hombres como ellos vinieron. Recuerda, Mateo era un judío y está escribiendo para una audiencia judía. Y este judío escribiendo para una audiencia judía, en el capítulo 2 del evangelio, él inaugura su relato diciendo que magos de Oriente vinieron, adoraron al rey de los judíos. Yo me imagino que si yo fuera su editor, le digo, «Mateo, perdiste el 70% de la audiencia. Ya los judíos no van a querer leerte. Tú vas a comenzar así el evangelio. Deja eso para el final.» Así tan pronto. Yo creo que Mateo está buscando crear el efecto. Le está diciendo a la multitud de judíos que iban a leer el evangelio de Mateo, «Ey, ustedes todavía no han recibido a Jesús como su Señor y Salvador, pero ya los magos de Oriente hace rato que están adorando.» Y le están diciendo al pueblo de Dios, si ustedes no hablan, las piedras hablarán. Y el hecho de que ustedes no le hayan recibido no significa que gente no recibió a Cristo. Y si los magos de Oriente vieron a Cristo, ustedes que tenían las profecías, más agravioso es el caso sobre ustedes que no han recibido a Cristo como Cristo realmente es. Estos hombres sin ser formados en el monoteísmo judío están haciendo lo que hay que hacer cuando el rey de los judíos nace.
Yo veo a Mateo y yo veo que él tiene propósito en esto. Ey, los judíos no se juntarían con los magos de oriente. Ellos eran estrictos al respecto de esto. No se sentarían al lado de un mago de oriente. No comerían con un mago de oriente. Y en el templo, en el templo judío, estos magos de oriente no podían entrar. Había un rótulo en el templo de los judíos que decía que si un gentil se atreve a poner un pie en el lugar santo, a ese gentil en el lugar sagrado habría que apedrearlo. Ah, caramba. Ellos no podían entrar al templo de los judíos, pero pudieron estar a metro de distancia del rey de los judíos. Hay gente que se siente como marginada por los evangélicos, que ustedes siempre están hablando de santidad, siempre están hablando, creen que son los mejores. Yo te estoy diciendo que el hecho de que yo te caiga mal, quizá es la razón para decirte que a través de mi rechazo, probablemente el Señor te está llamando.
Todo el mundo dice, «Yo tengo un familiar cristiano, yo no le soporto.» Es verdad. Qué bueno que tu salvación no depende de tu familiar cristiano. Amén. Porque si la salvación es del Señor, aún los magos de oriente terminarán adorando.
Jerusalén y Oriente
En su origen hay un contraste. Dice el versículo 1, «Vinieron del oriente a Jerusalén.» ¿Qué era Jerusalén y qué era el oriente? Jerusalén era el centro de la vida religiosa. Era una ciudad muy pequeña, pero estaba allí concentrado lo más granado, la crema innata del judaísmo recalcitrante. De hecho, Jesucristo tuvo un ministerio más o menos llevadero hasta que quiso predicar en Jerusalén. Quédate en el campo, sigue predicándolas afuera, pero aquí no. Aquí está el templo, aquí está el sanedrín, aquí están los sacerdotes, aquí te apedreamos.
¿Y qué era oriente? Oriente no solamente para los cristianos, para todo el mundo antiguo, era gente rara. Los orientales siempre han sido particulares. Oriente en el mundo antiguo era sinónimo de superstición y de culto raro. De oriente salió la astrología caldea, el culto a Isis. De Persia salió la adoración a Zoroastro. Yo imagino un judío mirando estos hombres viniendo de oriente. ¿Para dónde vienen ustedes? Y ustedes creen que van para el templo. No, no fue para el templo que vinimos, fue para donde el rey. No quisieron visitar el templo.
Qué interesante que nosotros entendemos que la salvación está como a nuestro alcance y que va a ser a la manera de nosotros. La salvación no es a la manera de nosotros, es a la manera de Dios. Si un mago de oriente le preguntaba a un judío, «¿Qué yo tengo que hacer para ser salvo?» Circuncídese, guarde la ley, venga y ofrezca. Ay, qué bueno, hermano, que la salvación no está a nuestro alcance, sino que la salvación es del Señor. Hermano, no es que venga a denostar la ley, a denostar el culto. Lo que te quiero mostrar es que no es nuestro cariño, nuestro afecto, lo que va a hacer que los magos de oriente lleguen a Cristo. Y que aunque tú y yo seamos un obstáculo, cuando Dios quiere que los hombres le conozcan, Dios se revela a los hombres. Queremos que lo haga a través de nosotros, pero si ha de hacerlo a pesar de nosotros, también el Señor lo hará, pues la salvación es del Señor. Estos hombres estaban muy claros en lo que estaban buscando.
¿Dónde está el rey de los judíos?
Dice el versículo 2, ¿Dónde está el rey de los judíos? Oye, no andan con rodeo. Eso pasa con los que no son muy religiosos, que son como medio destemplaos y preguntan cosas. Ellos no andan aquí con que debemos guardar el sábado, ¿qué creen ustedes de la norma alimenticia?, deberíamos circuncidarnos, no podemos entrar al templo. Ellos no vinieron buscando los secundarios, ellos van al centro. ¿Dónde está el rey de los judíos? Ellos sabían claramente a quién estaban buscando y como sabían de manera tan concreta a quién estaban buscando, no fueron fácilmente distraídos.
Herodes dice, «Aquí estoy. Mírenme a mí.» Es que tú no eres un niño, no es a ti que te estamos buscando. Los sacerdotes, maestros de la ley, yo me imagino cuando llegaron con sus ropajes y con los rollos largos. Ey, eso impresiona. Han visto al abogado cuando va con muchos papeles y tú dices, bueno, mucho borde. Yo imagino que ya llegaron los sacerdotes con su vestidura y tú los ves: no fue a ti que te vine a buscar. Y Herodes, a ti tampoco. Y la gente que está cargándole mucho rollo tampoco. ¿Dónde está el rey de los judíos?
Yo creo que la gente debe saber qué es lo que está buscando. Ey, si tú no eres cristiano, tú no necesitas un sacerdote, tú no necesitas un rey romano y tú no necesitas principalmente un escriba de la ley, tú necesitas a Cristo. Lo que tú necesitas no es un sacramento. Lo que tú necesitas no es necesariamente — espero, hermano, que no confundí mucha gente con esto — pero no es necesariamente un estudio bíblico que te lo puede dar un escriba. Lo que tú necesitas es un salvador y ese salvador te lo puede dar Dios el Padre. Y cuando Dios el Padre quiera salvarte, te salvará a pesar del escriba, a pesar del sacerdote y a pesar del rey. Y yo creo que mucha gente no
Busca a Cristo
encuentra a Cristo porque está buscando en la iglesia las cosas secundarias. Todos los años hay cantidad de gente que está siendo confundida, desencantada. La iglesia me decepcionó. Herodes siempre te va a decepcionar. El escriba siempre te va a decepcionar y el sacerdote también. El que no decepciona es Jesucristo.
Jesucristo es satisfactorio, 100% satisfactorio. Y todo aquel que ha buscado a Cristo, ha encontrado a Cristo y no ha sido decepcionado. Ahora, si viniste a buscar un templo, si viniste a buscar un culto, si viniste a buscar una iglesia, probablemente todos nosotros te decepcionaremos. Cristo no decepciona. Herodes te decepcionará. El escriba te decepcionará y el sacerdote también. Probablemente te digan cosas que tú no puedes entender. Ahora, cuando ellos vieron a Cristo, ellos entendieron ante quién estaban y lo que tenían que hacer.
La gente necesita buscar a Cristo. Si tú no eres un cristiano, deja de estar buscando un culto, deja de estar buscando música, deja de estar buscando comunidad. Deja de estar buscando una iglesia que sea cercana y cariñosa. Mi cariño no te salva, Cristo salva. Deja de estar buscando líderes influyentes. La influencia de un líder no salva. Jesucristo salva. Estos sabios de Oriente realmente eran hombres sabios porque sabían qué era lo que había que buscar y sabían lo que había que hacer. Eso es sabiduría. A mí me impresiona que los menos religiosos a veces saben buscar de manera más concreta. Quítate, quítate, no es a ti.
Y cuando las personas vengan aquí, ¿qué es lo que les vamos a mostrar? ¿La infraestructura, sillas, climatización, decorados? La gente necesita ver a Cristo y mientras más rápido vean a Cristo, mejor, porque todo lo que no sea Cristo te dejará decepcionado. Ellos sabían a quién estaban buscando. Esa determinación en la búsqueda es lo que necesitan los hombres de nuestros días. Busca a Cristo, aunque no sepas claramente quién es él. Él se llama Cristo y es el Salvador de los hombres. Y en él está tu deleite. Lo que tú no sabes describir con palabras, esa necesidad que tú todavía no puedes verbalizar, esa necesidad encuentra satisfacción en Cristo. Tú quizás no sabes pedirlo con palabras, llámalo por su nombre. Él es Jesucristo y Jesucristo salva. Jesucristo satisface, Jesucristo responde preguntas.
«Ah, yo quisiera reunirme con un pastor que me dedique un tiempo para que me responda la pregunta.» No tenemos nada que darte que no sea Cristo.
Dicen los historiadores que cuando Alejandro Magno iba en sus gestas por el Mediterráneo, llegó a Jerusalén. Y cuando él llegó a Jerusalén, el sacerdote salió a su encuentro. Y cuando el sacerdote salió a su encuentro, él dice que dio su búsqueda por satisfecha y que él llegó a respetar la religión de los judíos. Yo veo a Alejandro Magno y digo, «Qué tonto.» Estos vinieron, le sacaron el sacerdote, a los escribas, los cascabeles, todas las cosas juntas. Dijeron, «Es que eso no es lo que estamos buscando. Yo no ando buscando el caparazón, yo ando buscando el centro. Yo no ando buscando la pompa, yo ando buscando la satisfacción. Y yo vengo de muy lejos a buscar al rey de los judíos que ha nacido.»
En esta deliberación yo me imagino que estaban hasta un poco desesperados. ¿Dónde es que está? Pero mira, vamos a buscar dónde es que está. Si la gente supiera a quién realmente está buscando, yo creo que las iglesias serían menos confusas y habría menos problemas. Porque desde que vengan aquí uno le dice, «Busca a Cristo.» Y qué hermoso sería que una persona cuando viene a la iglesia la primera vez le digamos, «Ey, te va a decepcionar pronto.» Alguien viene y me dice, «Wow, pero qué cercanos son ustedes. Cuánto cariño.» Y cuando me lo van diciendo, hermano, yo me voy como preocupando por dentro. Se va a dar duro.
Yo te voy a ofender, él te va a ofender, ella también te va a ofender. Todos nosotros te vamos a dar 500 razones para que tú no vengas a Cristo. Pero si quien te llamó te va a llevar a Cristo, busca a Cristo, que en Cristo está tu deleite, en Cristo está tu respuesta, en Cristo está tu sosiego y tu satisfacción.
Decía Pablo cuando le escribió a los corintios: «Yo no tengo mucho que darle a ustedes,» les decía él. «Me propuse no saber entre vosotros cosa alguna, sino a Jesucristo y a este crucificado.» Yo no creo que nosotros deberíamos tratar de que la iglesia sea más atractiva para los hombres. Deberíamos tratar de que los hombres vean a Cristo de manera más clara, de que cuando vengan le desencantemos pronto. Mira, todas estas cosas, esto secundario, estos brillitos se van, mañana no están, esto sí, a veces sí, a veces no, pero Cristo permanece. Él es constante, él es estable. Le he mostrado el hecho de que vinieran y dentro del hecho de que vinieran, vinieron a buscar algo muy específico y vinieron a hacer algo muy específico. Lo dice ahí.
Vinieron a adorarle
Venimos a adorarle. La gente cree que necesita más conocimiento. Ese no es el problema principal del ser humano. Tu problema no es de información. Tu problema no es de conocimiento. Tu problema es una actitud que hay en el corazón del hombre antes de haber conocido a Cristo. Y en tu corazón hay altivez, hay ego, hay un sentido de superioridad que solamente se resuelve cuando tú te doblas delante de Cristo. Ellos vinieron a adorarle.
Esto responde la pregunta de la idoneidad, de la preparación, de la posibilidad misma. Tú no eres idóneo, tú no tienes el conocimiento que hace falta, tú no tienes el carácter que hace falta, tú no tienes la santidad que hace falta y todo eso, ¿verdad? Hay gente que dice, «Yo voy a ir a la iglesia cuando yo resuelva este problema, cuando yo renuncie a este pecado, cuando mi vida esté bien en todas las áreas.» Interesante que a estos magos de Oriente no les preocupaba mucho eso. Ellos vinieron a hacer una cosa y la cosa que vinieron a hacer fue adorarle. He visto esa persona que anda buscando como refinar su vida para venir a Cristo. «Cuando yo esté bien, entonces yo lo hago.» La cosa más básica que necesita el ser humano no es más conocimiento o más santificación ahora mismo. Tú lo que necesitas es adorarle. Es un reconocimiento de que él es superior, un reconocimiento de que él es digno, de que él es grande. Y cuando en tu corazón haces ese reconocimiento, tú vas a buscar la santidad, tú vas a buscar el conocimiento, tú buscas la fidelidad a Dios y todo lo demás. Pero si tu corazón todavía no se ha inclinado para adorarle, por mucho que tú intentes buscar una vida piadosa, eso se llama religiosidad y no satisface a Dios. Tú puedes tener tu corazón lejos de él y haber abandonado en lo secundario tus delitos y pecados.
Lo primero que tú necesitas abandonar es el trono de tu corazón. Un judío le hubiera dicho, «Ustedes no están listos todavía para venir a la presencia. ¿Por qué? Porque no se han santificado, deberían participar en unos baños rituales, deberían hacer tal cosa.» Ellos tenían la cosa que hacía falta. La cosa que hacía falta era una resolución en el corazón de que cuando ellos lo vieran, ellos no iban a darle una charla, sino que venían a adorarle.
La gente me dice, «Yo estoy listo o no estoy listo.» Yo te pregunto, ¿tú estás dispuesto a adorarle o no estás dispuesto a adorarle? En lo que vas abandonando tu pecado, ve inclinando tu corazón, ve doblándote delante de él, ve reconociendo que él es digno, que él es santo. En ese reconocimiento de la dignidad de Dios se responden muchas preguntas. La gente me dice, «Pastor, pero ¿qué dice la escritura? Que es necesario adorarle en espíritu y en verdad.» Hermano, todas esas cosas son verdad. ¿Estamos de acuerdo?
Pero nos podemos volver tan piqui al respecto de quién es que debe adorar al Señor, que cuando los hombres quieren inclinarse, entonces no te inclino todavía. Espérate. Ey, inclínate, dóblate. ¿Sabes por qué? Porque no estamos buscando tu dignidad, sino un reconocimiento de la dignidad suya. Lo reconoce el pecador cuando se dobla, no es que él es digno, sino que se está inclinando ante aquel que es muy digno, aquel que es superior a él, aquel que tiene todos los méritos.
Si tu corazón tú sabes que todavía no es perfecto, por lo menos reconoce que el carácter de él sí es perfecto. Y cuando tú reconozcas la perfección, el carácter de Cristo y tú te inclines delante de él en adoración, tú vas a estar haciendo lo mismo que hicieron los magos de Oriente, que probablemente todavía necesitaban cambiar toda su teología, pero esto estaban correctos. ¿En qué estaban correctos? En que el que está ahí es digno. Usted viene a la iglesia, ¿a qué tú viniste? Hay algo que tú puedes venir aquí a reconocer que Cristo es digno, a exaltarle, a doblarte, a ofrendar a él.
Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos y en la tierra y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.
— Filipenses 2:10-11
Eso es lo principal que hay que hacer. «Pastor, entonces, ¿no vamos a dar los estudios bíblicos?» Los daremos. Pero a quien tenga el corazón correcto, ¿usted entiende? Quien todavía no ha reconocido la dignidad de aquel, la letra le sobra. El consejo le sobra.
La cosa más básica es el trono de tu corazón. ¿Quién es que está ahí? Cuando tú en el trono de tu corazón pones a la persona correcta, entonces a ti te aprovecha la palabra, te aprovecha la comunión de los santos y todos los medios de gracia. La adoración es primaria.
Adoración predispuesta
Interesante que ellos salieron desde oriente con la disposición de adorarle. Ellos no llegaron a Jerusalén a decir, «¿Quién nos puede dar aquí un curso de adoración? Adoración correcta 101.» No, yo vengo desde muy lejos con una idea rectora, un fin en mente. Yo vine a adorarle. Hermano, cuando usted venga a la casa del Señor, venga con un fin en mente.
Claro que hay más. Gloria al nombre del Señor en el culto cristiano. Porque la gente viene para acá para que tratemos nosotros de persuadirlo de que debe adorar. Salga de su casa con su adoración predispuesta, que si un ángel le interrumpe y le pregunta, «¿Para dónde usted va?» Usted dice, «Yo voy para la casa del Señor.» ¿Y a qué tú vas? A adorarle. Hay muchas razones por las cuales tú puedes congregarte, pero esta es una razón importante y uno debería tener su adoración predispuesta.
Estos hombres salieron de oriente ya con la disposición de que vinieron a adorarle. No es que yo vine a ver, yo tengo curiosidad, yo tengo preguntas. Yo tengo una necesidad de reconocer delante de él que él es más grande que yo, que él tiene autoridad, que él es digno, que yo reconozco que él puede regir sobre todos los pueblos. Eso es lo que hay que reconocer. Y eso usted puede salir de su casa con esa actitud. Bonito un hermano que no está buscando distraerse, sino que él viene: «Yo vengo con un fin en mente, yo vengo a adorar al Señor, yo no quiero ser distraído, yo traigo algo que vengo a entregarlo. Espérame, déjame entregar lo que yo vine a entregar y después hablamos.»
«Ven, déjame mostrarte las colinas y los valles de la tierra.» Ay, yo no vine a hacer turismo interno. Suéltenme, yo vine a adorarle. Me interrumpes. Es bonita una persona que aparta al otro: «Mira, te quiero muchísimo, pero espérate que yo tengo una necesidad de que mi corazón venga y se incline delante de él. Después que yo haga esto, hablo contigo.»
¿Qué harías tú si tú te encuentras con el niño? Cuando ellos se encontraron, rápido supieron lo que hay que hacer. Es él. Aquí se cumplen las profecías, aquí me detuvo la estrella y aquí es que me han traído. A esto yo vine. Y desde que llegaron, hermano, adoración. Yo preguntaba, ¿qué haría yo si tuviera la situación de ellos? ¿Qué harías tú? Probablemente te pones a limpiar la casa, a organizar la gente, atender al que llega. Espero que no sea irreverente. Alguno trataría de sacarle los gasecitos para que María duerma un poco.
Cuando usted esté delante del rey, adore. Ese era el dilema entre Marta y María. Marta, Marta, afanada haces muchas cosas. Le decía, «Pero mi hermana no está aquí atendiendo. Mira qué injusto.» Ella tomó la mejor parte, hermano. Cuando usted venga a la casa del Señor a adorar, tome usted la mejor parte. Deje que otros parqueen los camellos. Deje que otros arreglen las cosas y usted adore.
Y vuelvo a hacer eso, hermano, un poco claro: adora, adora y después lo otro. Quisiera tener esa resolución, hermano, de no llegar a la casa del Señor a resolver temas. Distrae, distrae, distrae. Adora primero, adora primero. Cuando ellos llegaron, antes de «no, que hay que buscarle comida a los camellos, que hay que buscar dónde parquearlos, que estamos muy cansados, que vamos a descansar, mañana hacemos el culto para que lo podamos hacer descansados.» Adore, que usted viene desde muy lejos a eso.
Adore. Y si usted vino a la casa del Señor y no adoró, perdió todo el rumbo. Cuando usted venga aquí, por muchas cosas que usted haya movido, y alguien me dirá, «Pastor, pero los actos de servicio también son una forma de adoración.» Manténgase en el centro y después en la periferia. Primero Cristo y después la infraestructura. Primero Cristo y después el compañerismo. Primero Cristo y después cariño. Y si usted no ha visto a Cristo, entienda que hay cosas que son prioritarias. Primero usted adora al Señor y después las demás cosas. Como que me quedé ahí, hermano, como que uno se queda sembrado dando la vuelta en la misma idea.
Yo no quisiera que tú pierdas el tiempo. Tú vienes desde muy lejos. Tú estabas muerto en tu delito de pecado. Y en este momento tú estás viendo a Cristo. ¿Tú crees que este es el momento para ponernos a hablar de la pintura? Adora a Cristo. Ya es otro día. Lo prioritario, prioritario. Le hablo en este momento a hermanos míos que son muy diligentes en hacer cosas en la casa del Señor. Trata de que ninguna cosa que usted haga en la casa del Señor rivalice con la cosa principal que venimos a hacer a la casa del Señor, que es adorarle. Y no se quede insatisfecho. «No, mira, yo di 500 abrazos, 40 besitos, hicimos todas las cosas.» ¿Adoró?
Tú te imaginas que yo regresé a Oriente. «¿Ustedes qué hicieron?» «No, le dimos un abrazo a Herodes, a un escriba ahí medio pintoresco, lo cargamos, comimos en casa de fulano.» ¿Y al niño lo vieron? Ay, no. Ay, hermano, qué pérdida. No dio tiempo. He estado mostrando el hecho impresionante
La conmoción en Jerusalén
de que estos hombres vinieron. Hablaré un poquito de lo extraño de su visita. Dice el versículo 3, cuando vinieron, oyendo esto, el rey Herodes se turbó y toda Jerusalén con él. Una gran conmoción y esto es esperable cuando ocurren grandes acontecimientos. Hago aquí una nota. Es cierto que el nacimiento de Cristo fue humilde, nació en un pesebre, pero en forma alguna fue discreto. Una cosa es que sea humilde, otra cosa es que sea discreto. Eso no fue un secreto. Nació, ¿no? Eso fue que dieron la noticia así en la mesa de la creación: nació. «No, que yo no entendí.» No entendiste, está bien, pero nació.
Cristo partió la historia en dos. Y cuando Cristo nació, una multitud de ángeles, el gobierno romano representado por Herodes, los sacerdotes, los escribas, los pastores, gente piadosa y expectante como Simeón, Ana, Zacarías, Elizabeth, Jerusalén, Belén y por donde quiera que pasaron esos camellos supieron que algo importante estaba sucediendo. Esos sabios que vinieron de oriente, esos magos, imagino que andaban con su equipaje, su comida, un séquito de gente atendiendo. ¿Y qué es lo que está pasando? Que nació el rey de los judíos. La gente me dice, «No, eso hay que hacer un grupo de estudio para debatir.» El que nació fue el que nació. En lo que hacemos los grupos de estudio, la historia se partió en dos. Roma lo supo, los sabios de oriente lo supieron, los pastores y los magos lo supieron y tú y yo también lo sabemos. Resuelvan ustedes el problema, pero de que se hizo el ruido, se hizo el ruido y lo seguimos haciendo.
Desde «felices fiestas» hasta «feliz Navidad», el mundo en este momento está sabiendo que nació, de forma tal que cuando un hombre se vea de frente en el tribunal de Dios, no va a poder decir «es que yo no sabía.» ¿Y qué fue lo que le dieron? ¿No le tiraron un asunto, un agasajo, un navideño, un aguinaldo? «No, yo no vi nada.» Pues usted tiene los ojos muy cerrados.
Tú no viste los camellos. Tú no viste una gente rara que vinieron de oriente. Tú no supiste a qué fue que ellos vinieron. Tú no viste que Jerusalén se turbó. Se turbó Herodes y toda Jerusalén con él. Cristo ha creado una conmoción en la historia y esa conmoción en la historia está testificando a favor de Cristo.
Él es disruptivo. El tema político principal es Cristo. Eso no es conservadores, liberales. ¿Qué crees tú que creo yo? Yo creo en Cristo. Y vamos a quedarnos ahí porque ahí usted deja caer ese asunto. Yo creo en Cristo.
Herodes se turbó y toda Jerusalén con él. Estas eran palabras mayores. Vinieron a adorar a un rey. Ya yo he predicado de esto en otros años. Le he dicho que probablemente Herodes sintió su reino amenazado, pero Jerusalén tampoco quería problemas. Llega un momento que la ciudad está cansada. Los judíos en tiempo de Jesús ya no querían un salvador. Lo que querían era paz. Ya habían vivido la revuelta de los Macabeos, ya se habían levantado cantidad de mesías. Cada vez que se levantaba uno venía revuelta, sangre, destrucción y estaban en una situación cada vez peor. Se levantó un grupo religioso, entre ellos los llamaban los saduceos, que le dijeron al pueblo, «Dejen de inventar con mesías y vamos aliándonos a Roma.»
De hecho, los sacerdotes en tiempo de Jesús eran del partido de los saduceos. Los saduceos le decían a los judíos, «Ese mesianismo de los Macabeos lo que nos ha dado a nosotros es una macana cada vez más gruesa. Suelten eso y vamos a tratar de agenciarnos con Roma y vivir la fiesta en paz.» Y cuando le dijeron que nació el rey de los judíos, yo me imagino los saduceos diciendo: «Otro más, esto es guerra, destrucción. Nosotros no queremos ya un mesías, lo que queremos es paz.» Y así viven los hombres en nuestros días. Los hombres ya no andan buscando a Cristo. Lo que andan buscando es reflexión, meditación trascendental, respiración, ejercicios de respiración. «Yo quiero estar medio menos ansioso, comer saludable, tener una buena forma física, ayuno intermitente y todas las cosas.» Tú le dices, «Aquí está Cristo.» «No, yo estoy haciendo una dieta.»
Tú no necesitas mejorar tu calidad de vida. Tú necesitas un salvador. Y si tú realmente necesitas un salvador, el pleito tú lo vas a quitar de la ciudad y lo vas a meter en tu corazón y tú te vas a turbar conmigo. Porque desde que yo estoy tratando de entronar a Cristo en mi corazón, hermano, yo vivo turbado. Yo entiendo que se turbara Herodes y Jerusalén con él, porque yo vivo turbado. Usted sabe lo difícil que es hacer la voluntad de Cristo y vivir para su gloria y nadar contra corriente.
Ser cristiano no es fácil, hay que turbarse con nosotros. Yo veo la gente decir, «Ven a Cristo y tú vas a ver paz.» Es verdad, hermano. Paz con Dios a través de Jesucristo en el sentido jurídico. Pero los tiros se están tirando por dentro. Esto es un corazón dividido.
Cristo trastorna todo
Miren, Cristo trastorna el sistema familiar, no deja cuerpo con cabeza. Toda la fidelidad hay que renegociarla. Alguien llega a su casa y dice, «Yo entregué hoy mi vida a Cristo.» Y los familiares dicen, «Ahora sí, ahora sí es verdad.» Y en Navidad, y entonces el esposo, la esposa dicen, «¿Y entonces? ¿Y ahora yo voy a tener que conocerte de nuevo?» «Sí, yo nací de nuevo, esta es mi fidelidad diferente.» «¿Y qué tú vas a hacer conmigo?» Mire, es duro ser un cristiano. Un cristiano tiene una lucha constante, una guerra.
Eso está encendido. El ego personal. Cristo amenaza mi narrativa. Todos nosotros vivimos nuestro storytelling de que yo soy el héroe en mi historia. «Fulano, ¿y cómo tú llegas hasta aquí? Tú no sabes de dónde yo vengo.» El evangelio le echa agua a nuestra historia personal. ¿Y sabes lo que te dice el evangelio? Que sin importar si tú vienes de cerca o vienes de lejos, tú estabas muerto en tu delito de pecado. Y en Cristo es que está tu historia. Y no a nosotros, oh Dios, no a nosotros, sino a tu nombre sea dada la gloria. Y esta historia personal donde la gente quiere vivir, de que «tú no sabes quién soy yo, de dónde yo vengo y lo que yo he logrado», tú dices: cualquier cosa que para mí era ganancia, la he considerado ahora por pérdida. No todo el mundo está dispuesto a renunciar a esa satisfacción que nos da dejar caer nuestro ego personal.
Yo soy un hombre que me dice a mí mismo, «Mira lo que he logrado. Tú no sabes de dónde vengo, tú no sabes, no me conocías. Si tú me hubieras conocido…» Ya tú no necesitas saber de dónde yo vengo. Tú necesitas saber que igual que tú, yo estaba muerto en mi delito de pecado y que Cristo ha venido a romper lo que anteriormente me separaba de Dios. Esta libertad en la que viven los hombres: «Yo soy libre, ¿entiendes? Yo soy libre.» Esa libertad que según la escritura es esclavitud. Pero cuando tú vienes a Cristo, tú sacrificas esa libertad aparente para conseguir la verdadera libertad. Y tú sientes que estás como en canales diferentes y tus amigos ya no te conocen y tu familia no te conoce, hasta tus hermanos de la fe comienzan a desconocerte. Cambió la historia. Se turbó Herodes y toda Jerusalén se turbó con él.
Este concierto de gente que estaba aquí estaban todos turbados, pero en medio de la turbación aquellos que Dios estaba llamando pudieron llegar. Yo me imagino ese estudio bíblico que estaba dándose en la casa de Herodes. Primero Herodes, después los sacerdotes, después los escribas y los magos de oriente. Diferentes fuentes de autoridad. «¿Qué versión tú estás utilizando? ¿Y qué traducción tú utilizas?» «No, que yo utilizo Reina Valera del 60.» «No, yo estoy utilizando la NTV.» «Yo la Biblia de las Américas, hermano.» Estos son unos dilemas que uno no sabe. Ahora, lo que yo sé es que el mismo Señor que les llamó desde tan lejos, es el mismo Señor que les va a llevar a donde Dios quiere que lleguen.
Pudieron encontrar a Cristo
Pudieron encontrar a Cristo a pesar de los obstáculos. Dice así el versículo 11. Lo leo desde el nueve. Ellos, habiendo oído al rey, se fueron y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos. Las cosas uno a veces no sabe cómo va la historia, cómo fue que pasó, porque lo que tenemos es una descripción limitada, pero ellos en un momento como que dejaron de ver la estrella y luego la vieron de nuevo. Dios les estaba guiando, eso te puedo decir.
Yo mismo trato de recordar la historia de mi salvación y yo no puedo unir los puntos de manera muy precisa. Yo puedo decir que tuve un interés. Yo puedo decir que el Señor me habló, puedo decir que mi madre me dio testimonio, que yo fui a una iglesia de niño, pero la manera puntual en que el Señor armó la historia de la redención, nosotros no vamos a saberla. Lo que yo sé es que llegué. Pero la gente me dice, «¿Y cómo fue?» Yo le pregunto a la gente normalmente, «¿Y cómo tú viniste a Cristo?» Y la gente no sabe siempre decir. Algunos me hablan de una estrella, otros me hablan de escribas, otros de un sacerdote. Quizás alguien me menciona a Herodes. Yo lo que sé es que lo encontré. Y cuando tú lo encuentres, tú vas a ver que llegaste. Ellos lo encontraron.
Dice el 10, «Y al ver la estrella se regocijaron con muy grande gozo.» De nuevo, Dios les está dirigiendo. Y al entrar en la casa vieron al niño con su madre María. Aquí no hay mucho saludo, muchas introducciones. Y postrándose lo adoraron y abriendo sus tesoros le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra. Eso es lo que se hace.
Le adoraron completamente
Le adoraron en la forma más completa posible. Una actitud que reconoce su dignidad. Dice que se postraron. Ey, muchos de ustedes antes de que vinieran a Cristo jamás se habían postrado ante nadie, ni ante autoridad alguna, ni ante un maestro de escuela, ni ante tu mamá, ni ante tu papá. Pero Cristo es digno y esa dureza de tu corazón, cuando tú estás delante de él, tú puedes reconocer su dignidad y tú dices, «Delante de ese yo me inclino, ahí me postro.»
Esa actitud de postrarse es una actitud que reconoce la dignidad del rey. Y nuestro siglo, nuestro tiempo, que es sumamente práctico, ha perdido los gestos y tenemos que recuperarlos. Los gestos importan. Tú que no le besabas ni siquiera la mano a tu mamá, cuando tú vienes a Cristo, tú le llamas Señor. Los gestos importan.
Ellos se postraron. Quizás los judíos decían, «No, eso no hay que postrarse así, está demasiado. Es 45 grados, es 38.» Se postraron. Esa es una actitud de reconocimiento de la dignidad del otro, postrarse. Él es digno.
Hay actitudes que se manifiestan. Gente dice, «¿Por qué cierran los ojos?» No, no los cierre. Pero cuando uno está orando, cierra los ojos, inclina el rostro. Son símbolos de reverencia. Alguien me preguntó, «Búscame un versículo que diga que hay que cerrar los ojos.» Yo los voy a seguir cerrando mientras tanto.
¿Usted entiende el asunto? Como que «muéstrame un versículo que diga que eso hay que hacerlo.» Cada vez que tú oras, ¿tienes que postrarte? No, pero si tú vas… yo a veces oro conduciendo. Un momento se me dio, hermano, que como que oraba más cómodo en lo elevado.
Lo que quiero decir, hermano, es que no es que hay que hacer ahora como una religión de postrarse: «Tiene que postrarse.» Ahora, yo te quiero mostrar que los gestos importan. Sobre todo si se hacen con intención: desde cerrar los ojos, inclinar el rostro, doblarse, arrodillarse, tirarse al suelo, postrarse. «¿Y hay que doblar la rodilla?» Bueno, Cristo oraba así. «¿Y hay que doblar la rodilla siempre?» Eso está en el corazón tuyo.
Pero es que estoy hablando de que el lenguaje corporal anuncia la dignidad de la persona ante quien tú estás. Ahora te voy a desarmar. Cuando tú estás delante de una persona que reconoces superior a ti, te veo como más risueño y muestras los dientes y se te mete como una risita así. Le digo que te veo muy risueño. ¿Y qué es lo que pasa? «No, que estoy delante de fulanito de tal que me puede abrir una puerta.» El jefe, el gobernante, un entusiasmo se le mete a la gente por dentro, un lenguaje corporal, parecen llaverito. Y duros en la presencia del Señor, como que él no es digno. Él es digno. Y si él es digno, tú inclinas tu rostro, cierra tus ojos, levanta tus manos, bate tu palma y como tu lenguaje corporal lo permita, pero hay que postrarse delante de él reconociendo su dignidad.
Después dice así, le adoraron. Alguien me va a preguntar, ¿cuántas canciones cantaron? Yo no sé. ¿Fueron coritos? ¿Fueron himnos, fueron poemas? Yo no sé, pero le adoraron con palabras quizás.
Después dice, «Abrieron sus tesoros.» Estoy seguro que esos tesoros venían preparados desde antes. ¿Y por qué no los abrieron delante de Herodes? Porque Herodes no es digno. Ese es tu problema: que tú vives abriendo tus tesoros delante de cualquiera. Y el que no conoce a Dios, a cualquier santo le reza. Aparece Herodes: tesoro, postración, sonrisa y todas las cosas. Hermano, cuando usted está delante de la presencia del Señor, la sonrisita esa nerviosa que tenía delante del gerente va a testificar en tu contra. Tú no estabas tan entusiasmado delante de la presencia de tu Dios como lo estuviste delante de la presencia de aquel que te iba a abrir una puerta en los negocios. Y mientras más tú entiendes la dignidad de Cristo, más tú entiendes que ningún hombre que se lo van a comer los gusanos merece el primer lugar de tu lealtad.
Desprendimiento, hermano, que es simbólico pero significativo. Oro, incienso, mirra. ¿Y para qué sirve eso? Eso era lo mismo que hablaba de la dignidad de ellos. En el mundo antiguo, quien vivía bien perfumado y tenía oro tenía dignidad. Y ellos dijeron, «Él tiene más dignidad que yo, entonces yo le transfiero aquello que para mí era importante.» ¿De qué me debo desprender? De aquello que tú entiendas que para ti es importante.
La historia, hermano, termina como trunca. Alguien me va a decir, «¿Y se fueron en los camellos a recorrer Palestina con Jesús?» No. La historia termina donde dice, «Y siendo avisados por revelación en sueños que no volvieran a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.» Y alguien me va a decir, «Pero, ¿ellos realmente se convirtieron o no? ¿Se fueron a predicar a Cristo o no?» Yo no sé. Desde nuestra perspectiva, esta historia queda inconclusa, pero es que solamente Dios conoce de manera milimétrica la historia de la salvación.
Y yo no necesito saber los pequeños hilos con los cuales Dios mueve la historia para yo saber que Dios mueve la historia. Yo podría especular que predicaron en oriente. Quizás pasó como el gadareno. ¿Recuerdan el endemoniado gadareno que cuando el Señor le salvó de su enajenamiento lo encontraron sentado, vestido y en su juicio cabal? Y le dijo, «Señor, permíteme ir contigo.» Y el Señor le dijo, «No, ve a tu casa, a los tuyos y cuéntales cuán grandes cosas el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido misericordia de ti.» Y se fue y comenzó a publicar en Decápolis cuán grandes cosas había hecho Jesús con él y todos se maravillaban. Quizás estos magos de oriente lo que hicieron en Oriente fue decir, «Nosotros realmente estuvimos en la presencia del rey de los judíos.» Y quizás el testimonio de ellos plantó el camino que eventualmente recorrió el evangelio cuando fue allá predicado. Pero yo no lo sé, como tampoco sé de manera puntual qué hizo el Señor con la semilla del evangelio que le predicamos a una persona. Yo no lo sé, pero no necesito saberlo. La salvación es del Señor y conoce el Señor los que son suyos.
El evangelio para los que están lejos
¿Cómo se ve aquí el evangelio? Miren, el evangelio es la buena noticia de que Dios en Cristo no solamente recibe a las personas que nosotros esperamos que él reciba, sino regularmente a quienes nosotros mismos por nuestro ánimo y emoción no recibiríamos. El evangelio es la buena noticia de que tú no necesitas ser afín a mí para ser salvado. La salvación es del Señor, no de nosotros. El evangelio es la buena noticia de que gente que estaba lejos como nosotros puede ser providencialmente acercada en Cristo. Dice Efesios 2 del 13 al 14.
Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación.
— Efesios 2:13-14
Si tú crees que no puedes ser un cristiano, probablemente Dios el Padre cree que sí. Si tú no crees que tengas la capacidad de hacer en tu vida la voluntad de Dios, probablemente el Señor sí lo crea. Si tú crees que yo no te recibo, gózate de que yo no soy el que tengo que recibirte. Y cuando tú le ves a él, entonces adórale. Oro por la iglesia para que predisponga su adoración delante del Señor y oro por aquellos que no han creído para que se quite todo obstáculo y que puedan seguir su camino hacia un encuentro con Jesucristo.