Mensaje

Nosotros también, en otro tiempo

Tito 3:1-8

Introducción

Doy un chance para que puedan buscar la Sagrada Escritura, libro de Tito en el capítulo 3.

Recuérdales que se sujeten a los gobernantes y autoridades, que obedezcan, que estén dispuestos a toda buena obra, que a nadie difamen, que no sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres. Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles y aborreciéndonos unos a otros.

Pero cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo nuestro Salvador, para que, justificados por su gracia, viniésemos a ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna.

Palabra fiel es esta, y en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles a los hombres.

— Tito 3:1-8

Mis hermanos. Quisiera poner su atención por un momento en cómo nos veíamos nosotros en otro tiempo. Hay dos caminos a los cuales te podría conducir el amor y la gracia del Señor. El primer camino al cual te puede conducir el amor y la gracia del Señor es el camino a la humildad, el camino a la gratitud. Pero hay otro camino que me gustaría evitar y es el camino de la altivez y el llegar a sentirte superior.

Dos caminos opuestos

Estos hermanos, los cretenses, eran creyentes que vivían en medio de una ciudad, como son las ciudades, ciudades perversas y tenían ahora la tentación después de haber vivido la epifanía del Señor, la manifestación del Señor, llegar a sentirse que ellos eran cretenses de calidad superior, de una categoría más alta. Y considerar a los gobernantes, a sus conciudadanos y sus responsabilidades civiles como unos asuntos menores. La tentación era pensar, «Yo soy salvo y tú no.» Y dado que yo soy salvo, entonces soy mejor que tú. El apóstol Pablo contrarresta este pensamiento y les dice, «Ey, recuérdense que ustedes también no son mejores que el cretense común y corriente. Ustedes son cretenses salvos, pero no son salvos por sus méritos.»

Y si acaso alguien debería ponerse en el pedestal, ese pedestal es para Cristo. La gracia que se ha manifestado en nosotros podría conducir en estas dos direcciones opuestas. Por un lado, un camino de gratitud humilde y por otro lado, un camino de altanería pecaminosa que haga mirar al resto de los hombres con desdén. Quisiera hoy sacarte o evitarte una actitud y es esta actitud de ver a los demás como por encima del hombro y pensar que si no han nacido de nuevo, entonces no son dignos. Es la actitud de considerar que tú eres realmente superior.

Por eso estoy persuadido que esa actitud es un lastre para el avance del evangelio. Una iglesia que no entiende que tiene en común con todos los hombres la misma naturaleza. Una iglesia que no entiende que si acaso nosotros tenemos esperanza, no la tenemos por nuestros méritos, sino por los méritos de Cristo, no puede ser una iglesia útil para representar a Cristo. El Señor nos ha colocado en la ciudad de Santo Domingo. La ciudad de Santo Domingo anhela ver la manifestación de los hijos del Señor. Pero para que esto suceda, nosotros deberíamos entender que de hombre a hombre, de naturaleza a naturaleza, nosotros no somos muy distintos. Nosotros también en otro tiempo éramos como ellos. Que nuestro testimonio del Señor no es el testimonio de la superioridad moral, sino que es el testimonio humilde de que la única diferencia por lo cual yo hoy tengo esperanza y tú no es porque el Señor me sorprendió con salvación. No ha sido mi esfuerzo, no ha sido mi mérito, no ha sido mi carácter, no ha sido mi historia, es la historia de la salvación.

Recuerda que aún estás en este mundo

Quisiera recordarle a la iglesia tres cosas y en cada una de esas le dejaré una palabra. La primera de ellas es, recuerda que aún estás en este mundo. Hermano, el Señor te salvó, pero el Señor no te ha sacado físicamente de esta creación. Recuerdo la oración del Señor al final de su ministerio que decía, «Señor, no te pido que los saques del mundo, sino que los cuides, que los protejas.» Eh, la oración del Señor no es para que nosotros vivamos en una nube aislados de la creación, sino que la oración del Señor es para que vivamos en medio de la creación siendo sal y siendo luz.

Estos cretenses salvados tenían la inclinación a olvidarse que tenían gobernantes, que tenían autoridades, que tenían vecinos. Probablemente estaban tan entusiasmados con esta nueva comunidad que se llama la iglesia, que se le olvidó que tenían deberes ciudadanos. Y yo quisiera hoy recordarle a mi iglesia que todavía estamos en este mundo y el hecho de que seamos salvados no significa que podamos ser negligentes o rebeldes con relación a nuestras responsabilidades civiles y responsabilidades sociales. Es verdad que tú eres un ciudadano del cielo, pero mientras tanto estás en esta tierra. Y mientras estemos en esta tierra, este texto comienza hablando de buenas obras y termina hablando de buenas obras.

La manera en que podemos representar a Cristo es viviendo de manera diferente, pero viviendo. Me entristece el hecho de que algunos hermanos míos se le ha olvidado vivir. Ellos entienden que lo único que deberíamos hacer es esperar que Cristo venga y que podamos aislarnos del mundo a un punto tal que se vuelvan ineficientes para representar a Cristo. Comenzaré recordándote que todavía estás en este mundo.

Responsabilidades civiles

Dice él, «Recuérdales que se sujeten a los gobernantes.» Es como la persona que se le olvidó. Ah, pero yo tengo un gobernante. Oh, existen autoridades civiles. Sí, existen gobernantes, autoridades civiles. Existen conciudadanos, existen familiares no creyentes con los cuales tú deberías compartir. Hermano, no te hablo de estas cosas como si uno lo viviera. Mientras más uno camina en los caminos del Señor, menos inclinación uno tiene en participar de la ciudad y menos entusiasmo nos genera el gobernante y la autoridad. Pero es la voluntad del Señor recordarnos que todavía tenemos responsabilidades civiles. Un creyente no puede incumplir.

Es impresionante lo mucho que se habla en la Biblia de política y vida pública. Siete reinos, cantidad de gobernantes, Egipto, Asia, Babilonia, Persia, Grecia y Roma. Y en medio de la historia de los grandes gobiernos del mundo también avanza la historia de la redención. Nosotros no podemos vivir en un solo canal. Vivimos en dos canales al mismo tiempo. La historia de la humanidad se va desarrollando al mismo tiempo con la historia de la redención y mientras tanto nosotros vamos viviendo, entonces el Señor va cumpliendo sus propósitos. Quisiera presentar la vida cristiana, no como un paréntesis. Un creyente debería vivir de manera expansiva. Un creyente debería vivir de manera responsable. Nosotros no podríamos cerrar los ojos y entender que fuimos salvados y estamos esperando la segunda venida de Cristo de manera pasiva. Le está diciendo el apóstol Pablo, «Ey, recuérdales, recuérdale que todavía tienen gobernantes, recuérdale que todavía tienen autoridades y que todavía tienen vecinos.» La vida pública también es el espacio para un creyente.

Eran buenos los gobernantes, eran malos. No estamos hablando en este momento de su capacidad. Estamos hablando de que existen. Es que ellos no tienen mis valores. Yo lo sé. ¿Usted cree que en Persia tenían los valores de Ester o que en Egipto tenían los valores de José? O que en Babilonia tenían los valores de Daniel o que a Roma le importaba los valores de Cristo. No, la vida cristiana camina, la obra del Señor camina, la historia de la redención camina en medio de esas realidades. Y en medio de esas realidades nosotros vamos a tener que aprender a convivir. Espero que no sea tu caso, hermano, pero cantidad de creyentes cuando vienen a Cristo como que se apagan y pareciera que el vecino ya no existe y pareciera que el empleador no existe y pareciera que el gobierno no existe.

Hermano querido, todavía estamos en este mundo, lo que quiero recordarte. Y mientras estemos en este mundo, tenemos que ocuparnos en buenas obras, como dice la escritura. Ese término deja claro lo que Pablo tenía en mente. Dice que se sujeten. Oh, nos recuerda aquellas relaciones domésticas familiares donde él decía también que todos deberíamos estar en sujeción. Te está diciendo que la vida cristiana no anula la vida pública y que tus responsabilidades delante de los gobernantes hay que cumplirlas. En algún momento le pidieron al Señor que pague los impuestos y el Señor pagó. Ey, vinieron donde el Señor le dijeron, «Ey, pero tú ni tus discípulos pagan los impuestos.» Y él le dijo, «Pedro, oye, nos están pidiendo que paguemos los impuestos. Ve y pesca y encontrarás con qué pagar los impuestos.» Hermano querido, un creyente no puede vivir en anarquía, no puede vivir en rebeldía. De hecho, un creyente debería ser el mejor ciudadano que un magistrado pueda tener. Un creyente debería ser el mejor empleado que una empresa pueda tener y debería ser el mejor vecino que una comunidad podría tener siempre y cuando entienda que todavía está en el mundo y que tiene responsabilidades civiles.

Recuérdale que se sujeten. Hay algo interesante en el término porque la sujeción es algo voluntario, no es recuérdale que obedezcan como que no piensen. Sujetarte es la respuesta a tu reflexión. Tú piensas y decides.

Escucha el término, no es oblíguense, no, no es obedezcan, sino sujétense. De forma tal que la reflexión debes hacerla tú y cuando tú reflexiones al respecto, entonces sujetarte de forma tal que no nos vivamos de manera atraída a las responsabilidades civiles. De esos dos términos, gobernantes y autoridades, se cubren todas las instituciones humanas y dondequiera que alguna forma de gobierno es mejor que la anarquía. Recuerdo haber hablado en pandemia, yo veía los ánimos caldeados y todo el mundo como rebelándose contra su gobierno. Y la actitud es como que el gobernante siempre es malo y siempre entonces deberíamos vivir como en una anarquía, ¿no? Hermano querido, la voluntad del Señor es orden y es mejor un mal gobernante que la ausencia de gobierno. Es mejor un orden imperfecto que el desorden. De hecho, el creyente debería estar del lado de la institucionalidad, debería estar del lado de la vida civil y participar en nuestras responsabilidades siempre y cuando no deshonremos a Cristo es un asunto valioso. Nosotros sabemos que Jesús es el Señor, pero al mismo tiempo sabemos que hay autoridades y que hay gobernantes y vivimos en esta tensión. Es verdad, es como que tenemos una doble ciudadanía.

El apóstol Pablo era ciudadano, ciudadano romano, pero también era ciudadano del cielo. Y él cumplía con sus responsabilidades y usaba ambas cosas para la gloria del Señor. Donde quiera que el Señor te haya puesto, representa ahí a Cristo. Rodéate de buenas obras. No vivas de manera aislada, no vivas de manera apagada.

Asume la vida pública con dignidad. Entiende que tienes una responsabilidad cívica y al mismo tiempo tienes una responsabilidad comunitaria. Usted escucha la predicación de una iglesia y casi siempre se habla de la vida cristiana y de la vida doméstica, pero no nos habla mucho de la vida pública. Es como que la vida cristiana ocurre en la iglesia, la vida cristiana ocurre en la familia, pero también ocurre en las calles, también ocurre en el barrio, también ocurre en el negocio, también ocurre en el trabajo. De hecho, el plus ultra de muchos hermanos míos es dedicarte al ministerio a tiempo completo y está bien, yo puedo entender que usted tiene su lugar, pero la vida pública también existe, las empresas también existen, tu emprendimiento también tiene un lugar y tiene un lugar porque son buenas obras que anuncian que en tu corazón ya ha ocurrido algo diferente. La gente puede verte.

El apóstol Pablo no se sentaba en los templos a esperar que la gente venga. Él iba tejiendo casas de campaña y cuando tejía casas de campaña encontraba con otros que también eran artesanos que también tejían casas de campaña y la obra iba sucediendo. Hermano querido, la misión de la iglesia sucede mientras tú cierras un estado de cuenta, mientras tú mandas cinco muebles, mientras el otro hace cinco llamadas en un call center o el otro va a la escuela y estudia. La vida cristiana sucede al mismo tiempo que va sucediendo la vida pública. Es que no vivas en un canal, que vivas en los dos y que no lo hagas porque te conviene. Hazlo porque el Señor te dice, «Recuérdate, recuérdate que hay gobiernos y recuérdate que hay vecinos.»

Responsabilidades comunitarias

He hablado un poco al respecto de recordar nuestras responsabilidades civiles, pero también tenemos responsabilidades comunitarias. ¿Qué son estas responsabilidades comunitarias? Que tú no puedes vivir solamente para ti. No es que yo no vivo solamente para mí, también yo vivo para mi iglesia. Yo sé, hermano, vive para ti, vive para tu iglesia, pero vive también para la sociedad. Hay pares con los cuales tú estás conviviendo. Los seres humanos somos seres gregarios, comunitarios. Fuimos hechos para la vida pública, para la vida civil. Fuimos hechos para las relaciones. El Señor me pone a mí a predicar, hermano, los textos que yo lucho con esto. Si fuera por mi fuero interno, por mi hombre natural, yo sería el perfecto desconectado.

No tenía esta vocación de vivir mirando lo que sucede alrededor. Que no me toquen mucho la puerta, que no miren. De mi casa a la iglesia, de la iglesia al trabajo, del trabajo a mi casa. Hay una avería de agua y se está secando la cisterna. ¿Y qué vamos a hacer? No, que resuelvan ustedes, hermano querido. Tú eres parte de un entorno. En ese residencial vive gente. Y cuando tú te aseguras que esa cisterna tenga agua, tú no solamente lo estás haciendo para ti, también lo estás haciendo para ellos. Y en primer lugar lo estás haciendo para el Señor.

Cuando te dice aquí que te ocupes de buenas obras, no están hablando de nuestros ministerios eclesiásticos, están hablando de que quizás hay que buscar un camión de agua para llenar la cisterna. Esas son las buenas obras. El texto comienza y termina hablando de buenas obras en la esfera pública. Ey, en tu ciudad, en tu entorno, en tu barrio, hay realidades. Si en esas realidades tú podrías participar en ellas, bueno, no, porque es que yo soy cristiano, tú sabes, evangélico. Claro, a causa de eso deberías participar. La vida civil, la vida pública, no puede separarse de la vida cristiana. Ocúpate en buenas obras. Desde saludar, estar presente, dejarte ver.

Un logro para mí, primera vez en nuestra vida que sucede el 31 de diciembre, hermano. Terminamos con un sancocho en mi casa, invitamos a los vecinos y tú me dices, «No, invita a los hermanos de la iglesia.» Ey, pero es que los vecinos también a mí me deben de doler. No salió de mí, salió de Caro principalmente, hermano, pero somos una carne. Pero cuando sucedió, yo llegué a tener un deleite en ver a mi vecino compartiendo un sancocho en mi casa. Y digo yo, en otros años, yo preferiría que estén aquí mis hermanos de la iglesia, mi familia natural, ey, los vecinos también importan. Ocúpense en buenas obras, sean sal y sean luz. Y cuando eso sucede, nosotros estamos representando a Cristo. Qué triste es un creyente que en su comunidad nadie le conoce. Qué triste es un creyente que no le duelen las realidades sociales. Qué triste es un creyente que no mira la vida pública.

Te está diciendo, recuérdate que hay responsabilidades civiles y también hay responsabilidades comunitarias. ¿Cuáles son esas responsabilidades? Dice aquí

No difames, no seas pendenciero

que estén dispuestos a toda buena obra, que a nadie difamen, que no sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres. Ese tipo de generalización a ti te debería dar un poco de estrés porque no te está hablando de los tipo de hombres que a ti te conviene, sino los cretenses, malas bestias, mentirosos, glotones, ociosos. Recuérdate que no te están diciendo que los cretenses son un amor, esa gente son un poema. No, te estamos diciendo los cretenses siempre mentirosos, malas bestias, glotones, ociosos y en medio de los cretenses ocúpate de buenas obras. Pastor, que usted no conoce a mi vecino, los compañeros de trabajo mío, esa gente no. Probablemente todavía no alcanzan el nivel de olor cretense, pero tú deberías alcanzar la expectativa de Dios en tu corazón. No es el entorno que cambia, quien cambia es uno.

Te estoy recordando que tienes responsabilidades civiles y te estoy recordando que tienes responsabilidades comunitarias. Y entre esas responsabilidades comunitarias, él menciona la primera. Es una resolución a no difamar, a no dañar la reputación de alguien. Y qué difícil es eso, porque tú puedes difamar con los ojos, como tuerces la boca, con tu actitud, con tu expresión de sospecha y de fulano que tú crees. Bueno, estás difamando, hermano. Difamar es el deporte. Para que un podcast tenga audiencia deben difamar a alguien. Para que estos nuevos medios brillen deben estar difamándose los unos a los otros. Es este deporte donde todo el mundo vive difamándose, yo echo lodo sobre tu nombre y tú echas lodo sobre el mío. Yo vuelvo y echo lodo sobre tu nombre y tú vuelves sobre el mío. La gente difama en la oficina, la gente difama en el barrio, la gente difama en la iglesia. Difamar es un deporte y te dicen aquí que a nadie difamen, o sea, una resolución a guardar silencio. Y cuando todo el mundo está practicando el deporte, entonces tú te mantienes así y no va. ¿Y tú qué piensas?

Yo no pienso nada. Dejar de difamar en estos días es difícil. Una resolución a evitar el ánimo contencioso. Dice que no sean pendencieros. Yo siempre había, no sé qué pasó, hermano, pero yo entendía que el término pendenciero era una persona como que estaba atento a chisme, pero en el original lo que significa es alguien que tiene una propensión a la contienda, propenso a riñas, un tipo enredado. Y en la cultura popular, así es que se ven los evangélicos. Ah, el evangélico. Entonces, si es evangélico, enredado, contencioso, picapleito. Ay, hermano querido, te dice aquí que no sea la actitud que a nosotros nos adorne, que nos alejemos de esa actitud. Ya yo no lo recuerdo del todo, pero en algún momento cuando los anuncios se buscaban por los clasificados, yo vi un clasificado que decía que se busca personas para tal posición y ponía abajo que no sea evangélico.

No es que quiero, hermano, venir ahora difamarnos nosotros mismos. Lo que quiero es tener la sensibilidad de que reconozcamos que hay una actitud que nos está describiendo. Y la actitud que nos está describiendo que si una persona dice que es cristiano, se entendería que esa persona hay que tener cuidado con ellos porque son enredados. No ser pendenciero, no tener una propensión a la riña, es ser el tipo de persona que evita eso.

Gente que tiene un sentido de la justicia que está exagerado, ese no soportar, no dejarse pisar, no se quedan callados. Caracteriza eso el pueblo del Señor en otros días. Lamentablemente un grupo de personas el que no soporta ningún tipo de vejación grande o pequeña casi siempre es cristiano. A mí no en la actitud. Como la persona que siempre tiene la los puños, como apretándolo y está dispuesto a devolver. La gente que tiene menudo.

Ay, hermano, te están diciendo que no tenga menudo, que no tenga actitud de contienda. Los cristianos sumamente argumentativos, no pierden un pleito, no saben conceder un punto al contrario. Me dijo esto y yo le dije, no hay como hasta un gesto que ya es evangélico. De hecho, lo que se ha vuelto popular en las redes sociales, eso es un tipo de evangélico que siempre está peleando, siempre andan como en actitud de alerta y buscando a quién es y difamar a alguien o agredir a alguien y uno lo ve y como que se ríe. Señores, eso es lo que la gente está pensando que es el pueblo de Dios.

Ya no toleró el chiste. Antes uno lo veía y decía, «Yo pensaba primero que estaban jugando, después vi que van en serio.» O sea, realmente son contenciosos, son personas que andan buscando riñas, difamándose entre ellos. Siempre hay un pastor en contra de otro pastor. Siempre hay alguien diciendo algo.» Es la actitud, hermano, completamente contraria a Tito capítulo 3. Por favor, no te rías, no participes de eso, no lo difundas. Y cuando la gente te pregunta, «¿Y qué tú crees de fulano tal?» Tú dices, «Mira, yo realmente creo que eso no se parece a como se presenta un cristiano en el Nuevo Testamento. Un cristiano no es pendenciero, un cristiano no es contencioso, un cristiano no anda propenso a la riña, un creyente no tiene esta actitud siempre argumentativa.» De hecho, cuando se le invitan a las personas a los programas es cuando los programas están perdiendo el rating. Entonces, los invitan para cargar un pleito y la gente se ríe de eso. Lo contrario a Tito capítulo 3.

La amabilidad como dulce sensatez

Después nos dice ser amable, hermano. ¿Qué término? Que a nadie difamen, que no sean pendencieros, sino amables, mostrando toda mansedumbre para con todos los hombres. Recuerda que tienes responsabilidades civiles y también tienes responsabilidades comunitarias. Ese ser amable no es tener una sonrisa como media falsa. Uno de los términos, hermano, no soy un experto en eso, pero tengo curiosidad. Y en español no hay un equivalente al término amable, como se usa en el original. El término es un término en griego que no hay una traducción directa. Algunos lo traducen como sensatez, otros lo traducen como amabilidad, pero no hay un término en español que describa lo que el apóstol Pablo le estaba diciendo a Tito. Es más bien describirlo como para qué se usaba.

¿Para qué se usaba? En el mundo antiguo, por ejemplo, el mundo romano, habían muchas reglas, muchas leyes. Y si un magistrado, un gobernante quería ponerle la vida difícil a alguien con relación a las leyes, se la podía poner porque podía buscar la letra chiquita. Y tú dices, «Yo estoy cumpliendo.» Sí, pero te falta esto. Pero eso a mí nadie me lo dijo, pero está en la ley. Entonces, amabilidad, sensatez, dulce sensatez, lo tradujo un autor. Lo que está describiendo es la actitud de un magistrado que ante un súbdito no anda buscando la letra chiquita, sino que le dice, «Tú estás cumpliendo y no voy a hacer pique con relación a ti. No voy a buscar la ofensa pequeña, porque si saliera a buscarla la encuentra.» El que quiera hacerle la vida imposible a otro lo alcanza, le dice, «No, es que él es medio cuadrado.» Qué interesante que en español no hay un término para traducir directamente lo que significa ese término en griego, pero en República Dominicana tenemos uno, le llamamos son cuadrados. ¿Quién es que es un tipo cuadrado? Todavía falta, pero mire, ya cumplí, ¿no? No amabilidad en el sentido solamente como de una sonrisita, sino un tipo de persona.

Es una actitud que en Filipenses 4:5 lo traducen como sensatez en la NBI y es la persona que elige ver el lado bueno de un asunto y disculpa la falta. Escucha la expresión, es quien elige ver el lado bueno de un asunto y disculpa la falta. ¿Ha visto la persona que nada soporta? Un ruidito en el residencial. Le dice la junta, aquí en el capítulo 5, espérate, primero pregunta, primero pregunta, ¿qué está ocurriendo?

O sea, escucha, el no ser cuadrado, o sea, este tipo de personas que no soporta las cosas chiquitas y tampoco soporta las cosas grandes. Estos magistrados que eran tiránicos, entonces le hacían a las comunidades la vida imposible utilizando la letra pequeña y lo opuesto a eso era una dulce sensatez. Es una persona que no es laxo con la ley, pero tampoco es extremadamente riguroso, sino que le puede decir, «Es verdad.» Veía un video de un juez en Estados Unidos. Ese juez está ya retirado. Era Frank Caprio. Ah, murió. Una persona fue a su estrado. Era un anciano de 97 años que fue a su estrado porque había incumplido la ley de tránsito y le pregunta al magistrado y le dice, «Pero, ¿por qué usted iba a esa velocidad, señor de 90 y pico de años?» Y él le dice al juez, «Señor juez, yo realmente casi no conduzco. A mí no me gusta conducir y yo no conduzco normalmente tampoco. Yo no conduzco, tampoco lo hago a alta velocidad.» Y el juez le dice, «¿Por qué entonces usted comete una infracción de forma tal que tenga que verse conmigo?» Y él le dice, «Ay, mire juez, lo que pasa es que yo tengo un hijo que estaba enfermo y tenía una emergencia y yo fui a llevarle.» Y el juez escucha y le dice, «Pero si tiene 96 años, ¿qué edad tiene su hijo?» Él dijo, «Mi hijo tiene 69.» Y el juez le pregunta, «¿Y usted con 96 todavía está cuidando a su hijo de 69?» Y le dice él, «Sí, yo cuido de mi hijo.» Y el juez le dice, «Mire, ese joven que está allá es el hijo mío. Y yo esperaría que cuando mi hijo tenga 69 años, si tiene una emergencia médica, yo también estaría dispuesto a infringir la ley de velocidad, aunque me pongan la multa.» Y lo que hizo fue que le exoneró.

Eso es lo que es amabilidad a la luz de la escritura. Hay una persona que ve una realidad y no responde mecánicamente, no agrede de manera inmediata, sino que puede empatizar con la realidad del otro y en vez de ponerle una multa de tránsito a un señor de 96 años que está cuidando de su hijo que tiene 69, le dice, «Yo lo entiendo.» Le dijo, «Usted representa lo mejor del pueblo norteamericano.» Eso es lo que es amabilidad. Es la persona que no anda buscando la letra chiquita para ponértela difícil. Sorpréndase que una de las cualificaciones que pone en Primera Timoteo capítulo 3, para los ancianos, los pastores de una iglesia, es que tengan esa misma actitud. Pues un pastor no está llamado a vivir buscando la minucia, a vivir poniéndole la vida difícil a la gente, que si vino, que si no vino, que dónde está, como si fueran tuyos, sino tener amabilidad, poder empatizar con la realidad del otro de forma tal que tú no busques la letra chiquita, sino que elijas celebrar las buenas cosas. Qué hermoso sería si los creyentes fuéramos caracterizados en esta sociedad por tener ese tipo de amabilidad, una resolución amable. Elegir ver el lado bueno de un asunto es la disposición de alguien que tiene un derecho sobre ti y elige no exigírtelo.

El policía de tránsito que puede por lo menos escucharte y en vez de decir, «Deme su licencia.» Qué feo se ve eso, pero pregúntale. Ey, tú no sabes si la persona tiene una emergencia, tú no sabes si está en alguna situación, pregúntale. Amigo, usted iba a exceso de velocidad, ¿qué fue lo que lo causó? Su licencia.

Eso es lo que es amabilidad en la escritura. La persona que no es cuadrada, la gente que anda buscando el lado bueno del asunto, un tipo de persona que puede empatizar con la humanidad. Es la señora mayor que se coló en la fila. Y tú llegaste primero. Yo llegué primero. Yo sé, pero una señora mayor. Tú le das el turno. ¿Entiende lo que es? O sea, no, esto es en orden de llegada. Yo sé que es en orden de llegada, pero esa señora puede ser tu mamá. Le toca.

Es el adulto que ve los niños jugando y entiende que los niños se mueven y hacen ruido. Y los papás de esos niños no están. Ey, espérate, papá, tampoco es para que agarremos eso ahora para entregar nuestro muchacho al desorden. Eso no es. Es entender que no podemos vivir siempre buscando la letra chiquita, siempre buscando hacerle la vida más difícil al otro, sino entender y hasta disfrutar. O sea, tú ves un muchacho que está jugando, celebra que el muchacho está jugando. Qué triste una sociedad donde los niños no juegan.

Uno de los mejores libros que leí el año pasado, creo ya fue el año antepasado, fue Vida y muerte en las grandes ciudades de América de Jane Jacobs. No es ni siquiera un libro cristiano, es un libro de la vida pública, la vida cívica. Ella te explica la necesidad de que en los lugares haya aceras, la necesidad de que los vecinos se vean, la necesidad de que la gente se conozca, la necesidad de que en los lugares haya colmado, que haya pequeños negocios. Y ella te dice que cuando en una comunidad hay colmados, pequeños negocios, hay un delivery, esa sociedad es una sociedad segura porque las personas se cuidan entre sí y que la muerte de las grandes ciudades es donde todos vivimos aislados y nadie ve la calle. A veces en un barrio donde hay cinco deliveries y cuatro colmadones se vive más seguro que en un lugar muy cerrado donde nadie se conoce.

¿Qué es lo que es amabilidad? Es eso, es una disposición favorable ante los otros, que en vez de elegir la parte mala, tú eliges la parte buena. ¿Qué tú haces si un vecino toma tu parqueo? Quizás lo primero que debes decirle es, «Vecina, ¿tiene alguna emergencia?» Entiende la diferencia. ¿Qué es lo que es amabilidad? Es la persona que ante una falta no responde con agresividad al mismo momento, sino que le pregunta, «Vecino, ¿tuvo alguna emergencia? Porque usted usó mi parqueo.»

¿Qué ha pasado en frente de mi casa? Un alboroto. En mi casa por ahí casi no pasan carros, pero hay unas personas que se han mudado y toman la calle y salió un vecino a las 6:30 de la mañana a vocear improperios, malas palabras. Yo me preocupé muchísimo. Escuchen mi preocupación. Mi preocupación era que quien estuviera voceando sea un vecino que yo conozco y descansé un mundo al saber que no era de mi residencial, sino algo que había ocurrido al frente. Pero qué triste es ver gente que uno conoce, verlo de manera desproporcionada, gente que uno conoce diciendo malas palabras, gritos, improperios a las 6:30 de la mañana. Mi preocupación principal era, «Señor, que no sea el doctor que vive arriba; Señor, que no sea mi vecino que vive cerca, que es un creyente; Señor, que no sean de los nuestros.» Y cuando supe que no eran ellos, por lo menos descansé.

Hermano, no estoy diciendo que vivamos ahora como para abusar del derecho de los otros, para dañar, no es eso. Es que ante una afrenta, la primera reacción que hay en nosotros no sea desquitarnos, no sea elegir un derecho, no sea buscar la letra pequeña: «Ese es mi parqueo.» Yo sé que ese es su parqueo, pero mire, esa persona vino aquí, tenía una emergencia, entró y se parqueó. Ayúdele. Quizás me he quedado, hermano, en el mismo punto, pero desde una ambulancia que está pasando hasta una persona que necesita cruzar la calle, amabilidad es tú entender. Vivimos una cultura donde ahora todo el mundo se vive cuidando.

A los ancianos se les cuida, a los niños se les cuida, a la viuda, al huérfano, al extranjero se le tiene una atención especial y toda esa actitud, esa dulce condescendencia se llama amabilidad, que es difícil de explicar en español, pero lo contrario a eso es un agente cuadrado que no tolera ninguna ofensa, sino que siempre está buscando la letra pequeña. Dulce sensatez, lo traduce así un erudito, Matthew Arnold. Dulce sensatez, dice él que es la persona que cede, que no insiste en la letra muerta de sus derechos. Es lo opuesto a ser rígido, intransigente, que no se planta. Eso es una buena traducción para eso.

Te he estado hablando, hermano, primero que te recuerdes que todavía tú estás aquí, que tú eres del Señor, que tú estás salvo, pero que todavía tú tienes un trabajo de 8 a 5, que todavía tú vives en un barrio, que tú todavía tienes un vecino, que tú todavía tienes gente y que por lo menos saludar al vecino son cosas bonitas. Qué feo se siente cuando alguien vive tan cerca de ti y no tiene ni siquiera la cortesía de hacer así. Es un saludito. Eso que el Señor nos ayude.

Recuerda tu vida anterior

En el versículo 3 te están recordando tu vida anterior. Si lo primero era recuerda que aún estás en este mundo, lo segundo es recuerda tu vida anterior. Lo anterior se resuelve con mansedumbre. Esa palabra mansedumbre es un caballo domado que tiene toda su fuerza, pero ya no se deja dominar por ella. Hablemos ahora de tu vida anterior.

Dice el versículo 3, porque nosotros también, ese «nosotros también», hermano. O sea, yo no estoy en mi Olimpo de santidad, en mi Olimpo de piedad, en mi Olimpo de moralidad, de cumplimiento. Yo no soy el distinto. No miro a los demás por encima del hombro, sino que yo digo, ey, yo sé dónde tú estás. Pues yo también estaba ahí. Qué bonito un creyente que tiene empatía. Y no estoy hablando solamente empatía hacia tus hermanos, sino empatía con el género humano.

Dice él, «Porque nosotros también éramos…» O sea, que no le estoy hablando a un grupo de personas como diciendo, no, yo soy impoluto. No, hermano, recuerda de dónde tú saliste, no te olvides. Qué feo se ve una persona que sale de una realidad y se le olvida su realidad y quiere vivir como rehaciendo su historia, como pensando que eso no existió. Qué pobre manera de vivir es eso. Una persona que no tiene interés en decir, «Ey, yo estoy aquí hoy, pero yo no siempre estuve aquí. Antes yo estuve allí y también estuve allá.» ¿Y dónde estás tú? De ahí mismo vengo yo. Qué bonito un creyente que habla así.

No te lo van a decir, pero los no creyentes, ellos piensan que los evangélicos tenemos una actitud de sospecha siempre ante los otros. Yo sé que eso la gente exagera porque los seres humanos vivimos en eso, es parte de nuestro pecado. Pero en mi ingenuidad y demás, mi compañero de trabajo en el correo interno, trabajamos uno de mis primeros empleos, yo le mandé un correíto a todos. Mire, yo sé que ustedes, muchos de ustedes fueron cristianos, otros no son. Yo quisiera escuchar por qué razón ustedes se apartaron. Yo después preferí no escuchar. Hay cosas que no se pueden recoger, pero las respuestas que yo escuché casi siempre eran la descortesía de los creyentes. Yo, mi papá son creyentes, mi abuelita me llevaba, yo era evangélico, tal cosa. Yo sé que muchos de sus comentarios estaban desproporcionados, pero en toda desproporción hay elementos de realidad. Y el elemento de la realidad en el asunto es que nosotros de pecador a pecador podemos ser muy poco empáticos y cantidad de hermanos míos que salieron de cantidad de pecado, cuando ven ese mismo pecado no entienden que de eso se sale y que de ahí uno viene, y reaccionan al pecado de los otros como si estuviéramos en el cielo. Estamos todavía aquí.

Recuerda tu vida anterior. Los cretenses tenían un pasado, nosotros también en otro tiempo. Yo volví a escuchar la predicación de la semana pasada y creo que enfaticé demasiado la expresión de cretense siempre mentiroso, mala bestia, glotones, ociosos. Eso no eran ellos, eso eran los cretenses.

Como ellos eran realmente no era así. Ellos no eran cretenses, mala bestia, mentirosos, ociosos, glotones. No, como ellos eran realmente era insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencia, de deleite diverso, vivían en malicia, envidia, aborrecible y aborreciéndose. Así es que eran los cretenses.

Mis hermanos, se le olvida su pasado. Dice, «No, yo siempre he estado aquí. Yo siempre he sido salvo. El Señor siempre cuidó de mí.» Ay, no, hermano, de ahí venimos nosotros. De ahí venimos nosotros.

A los corintios les estaba pasando lo mismo, que eran

¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios. Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús.

— 1 Corintios 6:9-11

Interesante que los corintios eran afeminados, homosexuales, alcohólicos. Ey, ¿cómo reaccionas tú cuando ves un alcohólico? Tú tienes que tener la empatía de que si tú no estás en su condición, si el alcohólico no eres tú, ha sido por la gracia. Amén. ¿Cómo reaccionas tú a tus familiares que están en esa condición? No, porque yo no. Ay, hermano, es que el pecado no es un asunto moral, no un asunto de carácter. Al final todos nosotros sin Cristo terminamos ahí. Y la única razón por la cual tu vida tomó un curso diferente ha sido por gracia, de forma tal que en esto no hay mérito sobre mí, sino que hay gloria para el nombre del Señor. Hermano querido, empatía con el género humano.

No seas tú el nuevo rico que se le olvidó el barrio. Sí, el Señor me ha enriquecido. Yo sé, pero tú tienes que saber de dónde tú saliste. En ese listado de pecado todos nosotros deberíamos, creo que era Terencio que decía eso mismo, decía «nada humano me es ajeno.» Es la capacidad de tú ver cualquier pecado que se practica en esta tierra y decir, «La única razón por la cual no soy yo el que está ahí es Cristo.» Es ver tu familiar que está practicando cosas que tú no compartes y tú vas a decir, «Mira, realmente me duele su pecado, me está afectando, no es que lo justifico, pero al mismo tiempo lo entiendo.» Escucha la expresión. Tú puedes entender la línea de pensamiento, el derrotero que le llevó hasta allá.

Es como que no tengamos empatía con Adán. La gente ve a Adán y dice, «Ay, Adán, ¿y por qué se lo comió?» Tú estuvieras ahí y te hubieras comido el árbol completo. No digo yo el fruto. Exacto. No, que Adán no debió. Ah, pero tú no sabes lo que es el pecado. Porque qué bonito es juzgar el pecado del otro, hermano. Es gracia. Al final lo que está diciendo es la empatía necesaria de recordar cuál es tu pasado. Estos pecados que están aquí primero hablan de la corrupción de la mente.

La corrupción de la mente

Insensatos, rebeldes, extraviados. De ahí fue que el Señor nos sacó. Un insensato, una persona que no sensa, que ya su conciencia no da señal, los sensores no le prenden. Vi un meme de una persona que el tablero del carro le estaba prendiendo bombillitos y tomó un marcador y lo tapó. Es un insensato, una persona que ya no ve la luz, ya no hay alarma, ya no escucha, ya no ve, ya no siente y de la insensatez quizás el Señor te sacó a ti. Y cuando tú le das 20 años para atrás, 15 años para atrás, 10 años para atrás, tú podrías decir, «Yo realmente era un insensato, una persona que no sensaba. Yo no veía las luces, el Señor me podía hablar y si el Señor no me regeneraba, yo no iba a verlo. Yo no entendía señales. Claramente el Señor me hablaba y yo probablemente no lo hubiera atendido porque era un insensato.»

Si ese no es el tuyo, hermano, no es que estoy jugando bingo, pero si la insensatez no era el tuyo, rebeldía. ¿Quién es un rebelde? Las personas piensan que un rebelde es una persona que físicamente es rebelde, no. La rebeldía comienza en la mente. Un rebelde es un hombre que es imposible de persuadir. Tú le puedes dar 10 argumentos o 30, él no entiende porque no quiere entender. La gente cree que la rebeldía es solamente falta de conocimiento, falta de contenido. No, la rebeldía es una condición espiritual. Es que llega un momento que te podemos dar todos los argumentos, te podemos dar todas las razones, te podemos dar toda la evidencia y tú vas a seguir caminando por donde tú dijiste que ibas a caminar.

Y de la rebeldía quizás el Señor te sacó a ti. Extraviados. Eso fue lo que yo sentí más fuerte, decir a alguien, «Tú eres un extraviado.» Pero probablemente tú y yo éramos un grupo de extraviados, alguien que perdió el camino, ya no puede volver a la casa. Se perdió. El extraviado, el que perdió el rumbo. Hay gente que a su familia se le extravió, hay gente que a la sociedad se le extravió y de Cristo todos nosotros nos extraviamos y de ahí nos sacó. Estoy trayendo empatía de pecador a pecador para que cuando tú veas que en este mundo se practica un pecado, tú no digas, «Pero yo no lo hago», sino que tú digas, «Ay, sí, qué pena. Eso está ofendiendo el nombre del Señor. Y yo puedo entender cómo llegaron ahí.»

La esclavitud de la voluntad

Este grupo de pecados que he estado describiendo describen la corrupción de la mente, pero también está la esclavitud de la voluntad. Dice, «Esclavos de concupiscencias.» La concupiscencia son instintos descontrolados. Así es que terminamos siendo malas bestias. Instinto descontrolado, una actitud casi animal donde la persona ya no tiene control alguno de sus propios instintos. Y después dice diversos deleites, esa variedad de pecado. Después va más profundo y habla de pecado en las relaciones.

Dice, «Viviendo en malicia.» Es una persona que ya no peca, sino que se instaló. Es alguien que la malicia ya no le visita, sino que estuvo ahí tanto practicando el pecado que llegó un momento que hizo el bulto y se quedó ahí. Hay gente que ya no solamente participa en un pecado, sino que radica en el pecado, vive en el pecado, hizo ahí su casa.

La gente viendo la noticia, de pecador a pecadores. Ve la noticia y todo el mundo es malo, es un perverso y ese debe ir preso. Pero ese que está viendo la noticia es un fornicario, es un adúltero, es un mentiroso, es disoluto, pero él está mirándolo por la pantalla. En la pantalla él está juzgando lo que está mirando desde su cúspide de moralidad. Ese era David cuando el profeta le visitó y le describió su pecado. «Ese hombre tiene que morir.» Y después le dijo, «Tú eres ese hombre.» Hermano, cada vez que tú te quejas de los pecados de la humanidad, tú estás hablando también de tu propia realidad. Y dice la escritura que con la vara que nosotros medimos seremos medidos. Lo que Pablo le está diciendo a los cretenses: ey, recuérdense que de ahí vienen ustedes. Ustedes todavía están en tránsito, no hace mucho que salieron de allá.

Ese pecado en las relaciones habla de vivir en malicia primero, después envidia, aborrecimiento mutuo. Los antiguos hacían listados de pecado y cuando hablaban de la envidia decían que la envidia es el único pecado que no favorece en nada a la persona que lo practica. Es un profundo desánimo, malestar por el bienestar de los otros, pero que no te favorece a ti. Ey, cualquier otro pecado que se practica, al pecador le da algún tipo de satisfacción. La envidia no. La envidia es el único pecado que no renta. Y de ahí el Señor te sacó.

Te digo, hermano, que la forma en que tú reaccionas al pecado de los otros, aun en el mundo, evidencia tu propia condición. ¿Cómo tú reaccionas al pecado de los otros? Algunos reaccionan con absoluta sorpresa. ¿Qué? ¿Y lo hizo? Y tú también. Y si no lo estás haciendo es por la misericordia del Señor, de forma tal que no te des a ti el crédito, dáselo a Cristo. Quizás tú puedes decirle, «Mira, yo realmente no deseo practicar tu pecado. Yo lucho con los pecados míos, pero yo puedo entender cómo tú llegaste ahí.»

Días pasados hablaba con un hombre que vive en promiscuidad y yo le decía, «Oye, tu vida debe ser muy estresante. Eso de estar cambiando pareja y viviendo en esa película que parece estimulante, eso de verdad es un estrés tremendo y es sumamente caro y peligroso.» Yo no deseo practicar su pecado, pero yo también puedo entender cómo él llegó allá. Llega un momento que las personas no se satisfacen y quieren siempre más. Y la única razón por la cual la actitud del mundo nos parece a nosotros repulsiva es que el Señor nos ha santificado. Yo lucho con eso. Yo veo mis hermanos desesperados a veces con un cónyuge inconverso, con un hijo rebelde y demás. Yo quisiera como que todo el mundo camine en Cristo. La única razón por la cual la actitud de tu familia te molesta tanto es porque el Señor a ti te santificó. Porque en lo que ellos se deleitan anteriormente también tú te deleitabas y el que hizo diferenciarte no fuiste tú. Y espero decir esto también con empatía, pero a ti te tocó la mejor parte. Quienes merecíamos estar muertos en nuestros delitos y pecado éramos nosotros. Y si tenemos los ojos abiertos a un punto tal que nos molesta el pecado de nuestro entorno, es porque el Señor de nosotros tuvo misericordia.

Te lo cambiamos. O sea, vamos a darte a ti el pecado y a darle a ellos la gracia para que sean ellos que estén escandalizados y que tú ni siquiera lo sientas. Si nosotros podemos sentir el desespero por el pecado de los otros es porque el Señor ha obrado de forma tal que llegamos a ver el asunto de manera diferente, pero no te ha tocado la mejor parte. De forma tal que en vez de desesperarnos por el pecador deberíamos nosotros tener empatía y compasión, decirle, «A mí me molesta su actitud a causa de que Cristo produjo en mí otra cosa, pero yo merecía estar ahí. Ese era yo.» Tú puedes verlo y tú dices, «Mira, ese era yo. Ese era yo hace escaso tiempo. Si no fuera por el Señor, ahí estaría.»

Recuerda que eres deudor

He estado hablando primero de que te recuerdes que todavía estamos aquí y después que te recuerdes de dónde tú viniste. Permíteme recordarte ahora que tú eres deudor. Lo que se describe del 4 al 7 es un asunto donde a ti te están sacando la cuenta y yo quisiera que tú lo sientas así, que te están sacando la cuenta. Es un tipo de persona que está patrocinado y él quiere mostrar como que es de él. Yo lucho con eso. Tengo unos clientes que tienen unos familiares que quieren gestionar los negocios que no son de ellos como si fueran de ellos y hasta dan galleta en nombre del dueño. Yo le digo, «Pero fulano, no es tuyo.» ¿Has visto el que quiere ostentar un vehículo prestado? ¿Ha visto el que lo trajeron, aunque está patrocinado, y él quiere entender que la gira es suya? Hermano, no te creas la película, que la salvación es del Señor, no tuya. Y si tú has sido salvo, no has sido por mérito.

Lo que está ahí desde el versículo 4 al 7 es que te están sacando la cuenta a ver si tú vas a poder pagarla. Y toda la gloria va sobre Cristo de forma tal que te van a decir, «Ah, pues no eres tú.» No, no soy yo. Yo no dejé de ser como ellos. Yo no dejé mi anterior condición por mis propios medios. Dice del 4 al 7. Este es el expediente.

Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador. Ay, ay, ay. Espérate, ya comenzó el asunto. La gente habla de la salvación como si fuera un término poético. La salvación no es un término bonito. Alguien que fue salvado es una persona que quedó en una condición tan precaria que él no podía hacer nada por él mismo. Todo el mundo habla de que, «No, yo soy salvo», como qué bonito. Los predicadores hablamos tanto, hermano, que terminamos normalizando ahora los diagnósticos psicológicos. La gente ha hecho eso un deporte y hasta se parece como algo bueno, como decir que tienes una condición, ¿no? Que tengo tal condición, eso no es agradable. Yo sé que estamos lidiando con eso.

Lo mismo pasa, hermano, cuando dices que fuiste salvado. Cuando tú dices, «Yo fui salvado», tú lo que estás diciendo es «yo realmente estaba perdido.» Sacas el término solamente positivo porque fuimos salvados. Pero como una persona que dice, «Yo quebré tres veces», ¿no? Ahora van a los podcast y se vuelven hasta famosos porque están quebrando empresas y viviendo eso de manera desordenada. Ser salvado lo que te están diciendo es tú no podías y como tú no podías tuvo que venir alguien más fuerte que tú que sí podía y sacarte.

Fue Lot. ¿Recuerdan a Lot cuando se lo llevaron? Que salió Abraham y armó su gente y salió a rescatar a Lot y se lo quitó de la mano, así como de la boca. E imagínate que vuelva para su tierra diciendo que no, mira, yo le di, después le hice tal cosa. Tú no le diste nada. Abraham fue y te salvó. Una persona que los acreedores estaban ya agarrándolo por el cuello y vino alguien, intercedió y le dio su solvencia y ahora quiere dar consejo financiero. Eso es lo que es la salvación. Salvación no es decirle a esta ciudad, salvación no es decirle al mundo, «Aquí estamos los mejores, aquí estamos los más refinados, la crema y nata de la sociedad.» No. Aquí estamos los que estábamos perdidos en nuestros delitos y pecado. Amén.

Pero cuando se manifestó la bondad de Dios, nuestro Salvador y su amor para con todos los hombres, el amor que tú y yo no estamos teniendo con todos los hombres lo tuvo Cristo por ti. Lo que te estoy diciendo. Y te están sacando la cuenta para que no saque pecho, sino que incline rostro.

Y hay que estarlo diciendo. Sí. Hay que recordar de dónde te sacaron y hay que recordar que te sacaron. Salvación no es un término positivo si no fuera por porque fuimos salvados. Tú estabas ya preso, no había para ti esperanza y cuando tú no esperas, la bondad de Dios se manifestó y su amor hacia todos los hombres te salvó.

Recuerda que eres deudor. Estoy pensando en la parábola de este siervo insensato que le perdonan la deuda cuando no podía pagar y él dice, «Ay, gracias.» Pero después viene un personaje, le debe un poquito y lo hostiga. Ey, deja de estar hostigando a los pecadores porque a ti te perdonaron más que a ellos. A ti fue que te perdonaron. De hecho, a ti fue que te perdonaron. Deja de hostigar al pecador como que el pecador te debiera algo a ti, porque la verdad es que a ti fue que te perdonaron. Dice,

La manifestación de la bondad

«Cuando se manifestó…» ¿Recuerdan que el domingo expliqué algo extendido sobre la palabra epifanía? Que la epifanía tú no la eliges, sino que es una luz que te llega desde arriba y de repente, cuando sobre ti se manifestó la bondad de Dios, fue una epifanía. O sea, que no fue que Dios vio en ti que, «No, mira, él es bueno, él no es tan malo, vamos a salvarlo a él», ¿no? Una epifanía, una luz que te llegó de repente y tú has sido por el Señor salvado y no fue que fuiste salvado por tu mérito, sino por la bondad de Dios. Lo que se manifestó no fue tu credibilidad, no fue tu honorabilidad, no fue tu capacidad. Lo que se manifestó fue la bondad de Dios.

Hermano, que cuando nosotros interactuemos con los otros, vean la manifestación de la bondad de Dios sobre nosotros y no la manifestación de nuestras libras de moralidad. Recuerda, fue manifestación, no un cambio personal, eso no es como perder 20 libras. Un día pasado en una reunión la persona me dijo, «Pero qué, en esa foto, esa foto parece un hermano tuyo.» Yo bajé unas cuantas libritas. Entonces dejé mi foto ahí y yo fue que caí en cuenta, que la gente cuando veía la foto, como estaba mejor en vivo que en la foto, entonces me convenía dejarla, pero ya alcancé la foto. Pero de que tú pierdes unas cuantas libritas se te mete como una autoestima, como que te sientes como lo más disciplinado del mundo y quieres dar clases, coaching y todas las cosas.

Ey, ya no, hermano, no nos toca, ¿entiendes? No te toca a ti el like, no te toca a ti el mérito, la gloria para el Señor. Digo todo con prudencia, hermano. Hay gente que no hay que felicitarlos a ellos, sino a los doctores. No fue tu disciplina que permitió que la ropa te calce, fue la ciencia. Y hay creyentes que hay que recordarles que fue la bondad de Dios lo que se manifestó, no su capacidad. De forma tal que no se sientan superiores, sino que digan, «Mira, yo estaba tan perdido que quizás a mí el Señor me salvó antes porque lo necesitaba más que tú.» Hay que decirle a la gente, «Mira, yo llegué primero a Cristo quizás porque estaba tan desesperado, a mí me dejaban un poco más y ya. Entonces quizás yo fui salvado por eso. Yo espero que tú también seas salvado.» Lo que tú tienes que decirle de pecador a pecador es empatía.

Recuerdo Rebelión en la granja, la novela de George Orwell, donde todos los animales decían que eran iguales, pero los cerdos comenzaron caminando en dos patas. Entonces, los cerdos se volvieron altivos, déspotas, tiránicos. Y los animales después se quejaban. Decían, «Pero decíamos que todos los animales eran iguales.» Y los cerdos le dijeron, «Todos los animales somos iguales, pero algunos somos más iguales que otros.»

Hermano, que tú no seas como creyente el cerdo que camina en dos patas. Que tú no seas la persona que entiende que eres superior a tu vecino, superior a tus padres, superior a tus hermanos, que tú puedas entender que si acaso tú fuiste salvado es porque el Señor manifestó su bondad y no tú.

Tres grandes obras de gracia

¿Y cómo el Señor hizo esto, hermano? Mira, tres grandes obras de gracia. Y aquí tú puedes encontrar a tres personas en la Trinidad. Tú estabas tan perdido, tú estabas en una situación tan deplorable que hubo que montar un aparataje para salvarte. Más fuerte que Maduro, hermano, para sacarlo. La gente la salvan, ellos después te quieren dar historia. «No, yo llamé allá a Washington, le dije que me vengan a buscar, mandaron un grupo, me sacaron.» No, no, no. Tú no podías ni llamar. Esa es la verdad.

Por eso es que yo entiendo cuando las personas dicen que uno no debería exagerar tanto la decisión. «No, yo decidí entregar mi vida a Cristo.» ¿Qué vida tenías tú? ¿Qué tú podías entregar? El bagazo. «No, yo entregué mi vida a Cristo» como si fuera el gran mérito, como que yo el más prudencito de todo el pedazo, el más organizadito, yo tenía esto valioso y le entregué mi vida a Cristo, como que tu vida valía algo. Si tu vida vale algo, es la vida de Cristo en ti. Eso es lo que tú tienes. Tú lo que tienes que decir es «el Señor me salvó» y a mí me sacaron de mis delitos y pecado como acaban de sacarle un presidente a Venezuela. Así mismo fue. Y aparecía allá en Washington. «Aquí estoy, todas las cosas bien.» Una extracción es lo que es nuestra salvación. Tú fuiste extraído del pecado y las tres personas de la Trinidad participaron en esa operación de élite.

Dice así, escuchen la operación, dice, «Nos salvó.» Okay, de nuevo me lo están repitiendo.

Me van a tener que decir siempre, yo soy deudor. Sí, es que tú eras deudor. Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho. O sea, te están diciendo, tranquilo, ahí controla el ego, sino por su misericordia. O sea, que yo no fui salvo porque yo era, digamos, más o menos tranquilito, ¿no? Por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación del Espíritu Santo. Y había que hacerme tantas cosas.

La gente habla de la salvación como que eso fuera solamente un asunto legal. La justificación es una parte de la salvación. Pero para que tú llegaras a ser salvo, hubo que manifestar misericordia, bondad, lavamiento, regeneración, renovación por el Espíritu Santo. Y cuántos pasos hay que dar, cuántos son los procedimientos. Tú estás como intubado en lo espiritual, miles de sensores. Vamos a darle vida, vamos a darle vida. Eso es lo que es un pecador que se está levantando. Y tan mal yo estaba.

Le están haciendo los estudios. Dice el versículo 6, «El cual derramó en nosotros abundantemente por Jesucristo.» O sea, que no puedes decir, «No, yo con un chin del Espíritu está bien.» No, no, no, no. El Espíritu Santo a un pecador hay que derramarlo abundantemente. O sea, es un asunto que te están diciendo, tú estabas tan mal que esto no fue de una pasada, que no, vamos a darle. No, el Espíritu Santo fue derramado abundantemente y así de necesitados nosotros estábamos de gracia, así de necesitados estábamos de salvación. Un creyente no es una persona que el Señor le dio un retoque, sino un tipo de persona que estaba tan dañado que hubo que derramar el Espíritu Santo abundantemente.

No me pongo muy en pique con los términos, hermano. Yo creo que lo han sentido, pero menciona los dos términos. Dice que hubo en nosotros regeneración y que hubo en nosotros también renovación. Pero, ¿y cuántas cosas son? Eso es la salvación. Y si tú no entiendes eso, siempre vas a vivir en altivez mirando a los otros por encima del hombro, como que tú naciste así, ¿no? «Yo siempre fui así.» No, no, no. La regeneración es darle vida donde no había, de nuevo. Así como en el Génesis nos dieron aliento de vida, el Señor te dio, dijo, «Sea» y se levantó. Y después que te dio vida, él no te dio vida para dejarte como tú estabas, sino que él te regeneró también para renovarte.

El pecador pecó, pecó, pecó, se degeneró, se degeneró, se degeneró, murió. Y cuando estaba muerto no vale solamente con darle vida, hay que darle vida y también darle para atrás de forma tal que él vuelva a su diseño original. Y eso es lo que el Señor ha hecho con nosotros. Nos levantó dentro de los muertos, pero no solamente para dejarnos como vive el común de los hombres, sino para renovarnos. Eso hizo el Señor.

No estoy hablando de tu salvación como si no fuera una razón para gozarse. Amén. Gloria a Dios. Esto no fue solamente un procedimiento administrativo, un tiquetito. Fui a la Cámara de Comercio un día pasado, pagué un impuesto, me dieron un tiquetito así. Digo, «Pero fue más viaje que el ticket, una cosita así.» Un sellito. Un sellito de la Cámara de Comercio. Un sellito me dieron. Digo yo, «Pero fue más difícil conseguir un parqueo para venir aquí a buscar este sellito que el sellito que me dieron.» Deme un asunto 8 por 11. Un papel 11 por 17, un sellito. «Mire, esto sí es el impuesto. Mire ahí.» Ay hermano, a ti no te dieron un sellito, a ti te sellaron.

Aleluya. A ti no solamente te soplaron, a ti te regeneraron. Y después que te regeneraron también te renovaron. De forma tal que el Señor no te dio vida para que tú sigas viviendo como tú estabas, sino para que tú vives en novedad de vida. Las dos cosas la hizo el Señor.

Y todos esos términos importan porque es mi salvación. Después derrama el Espíritu Santo abundantemente. La gente dice que quisiera el Espíritu Santo. Ese versículo, hermano, lo aprendí yo cuando tenía cerca de 13 años. Yo vivía con mala conciencia porque yo decía que yo no tengo el Espíritu Santo, yo quiero el Espíritu Santo, yo vivía buscando el Espíritu Santo. Hermano, el Señor me dirigió a Tito capítulo 3, versículo 6. Y eso a mí me pastoreó mi adolescencia. Yo llegué a entender que cuando uno viene a Cristo, la única razón por la cual uno es de Cristo es porque nosotros somos sellados con el Espíritu Santo. Amén. Porque yo estaba esperando siempre la manifestación extraordinaria, estridencia y demás. Yo llegué a persuadirme en mi corazón que realmente yo no solamente tenía el Espíritu Santo, sino que yo estaba lleno del Espíritu Santo porque había sido derramado abundantemente el día de mi salvación.

Y eso es lo que el Señor hace. Tú no eres un estuche, tú no eres solamente un recipiente, tú estás lleno del Espíritu de Dios y es lo que produce la novedad de vida en ti. La realidad por la cual en nosotros pueden haber buenas obras que glorifican al Señor es porque el Espíritu Santo fue derramado abundantemente. ¿Y ya, verdad? No, hay que resolver un problema legal todavía. O sea, que después que ya me pasaron de muerte a vida, después que me pasaron de degeneración a vivificación, todavía no, que todavía está pendiente la cuenta. Bueno, escucha lo complicado que es el pecado y escucha lo grande que es la salvación.

O sea, que después que el Señor a ti te regenera, después que el Señor te vivifica, después que derrama el Espíritu sobre ti, todavía el Señor también tiene que justificarte. La justificación, el procedimiento legal. Pero ya, mira, ya está sano. Espérate que ahora hay que pagar la cuenta también de todo este tipo de cosas, de forma tal que no haya culpa alguna sobre él. Justificar es un término legal que es declarar justo. Es una persona que tenía una deuda y dice, «¿Dónde está la deuda?» Cristo la saldó. O sea, tú no solamente estás vivo, tú no solamente estás vivificado, sino que también a ti te han sacado. Ya el Data Crédito no existe, eran clientes, entonces a ellos no les gustaba que se llame Data Crédito, pero por Data Crédito lo conocemos, ahora se llama TransUnion, pero a ti te sacaron de ahí.

No solamente el Señor ha borrado tus actos, sino que la evidencia legal de tus actos la limpió. ¿Y tú vas a sacar pecho de verdad y decir que fuiste tú? No te toca. El Padre dispuso nuestra salvación. El Espíritu nos lavó, nos regeneró y nos renovó. Y Cristo operó nuestra salvación, nos justificó con gracia y nos hizo herederos. O sea, que después de todas estas cosas, cuando él perdonó mi deuda, no me dejó diciendo, «Ahora trabaja y llénate de mérito y mira a ver si no haces lo mismo.» No, no, no. En el mismo momento también fuimos enriquecidos con herencia. A ti no te dejaron pobre. O sea, después que tú estabas muerto, después que te levantan, después que te dan vida, después que pagan tu deuda anterior, no te dan un menudito. Ahí está lo del pasaje, lo que te han dado.

Después de pagar tu deuda, dice aquí, «Para que justificados por su gracia viniésemos a ser herederos.» Ay, hasta herederos. Herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. Hermano, así, «Palabra fiel es esta. Y en estas cosas quiero que insistáis con firmeza.» ¿En qué vamos a insistir con firmeza? En que no se trata de ti. ¿En qué te vamos a insistir con firmeza? En que el protagonista en la película no somos nosotros. ¿En qué te vamos a insistir con firmeza? En que la salvación debería hacerte humilde y no altivo. En eso hay que insistir con firmeza. ¿Y para qué?

Cómo se ve aquí el evangelio

Para que procuren ocuparse en buenas obras. Estas cosas son buenas y útiles para todos los hombres. ¿Cómo se ve aquí el evangelio? Miren, el evangelio quita el protagonismo del pecador y lo pone en Cristo. ¿Qué es lo que hace el evangelio? El evangelio te dice que no eras tú, sino que fue él. El evangelio te quita a ti del medio y pone a Cristo. Es la buena noticia de que no somos salvos por mérito, sino por gracia, de tal forma que podemos ver el resto de la humanidad con empatía en vez de verles con altivez. Y en lugar de volvernos impacientes por el pecado ajeno, el evangelio nos mueve a procurar la salvación de todos los hombres. Cuando alguien realmente se sabe salvado, reconoce que estuvo perdido, impotente, sucio, muerto y desfigurado, que Cristo obró nuestra salvación, entonces Cristo se ha puesto en el pedestal.

Oro por la iglesia para que tengamos una actitud humilde y veamos con empatía a todos los pecadores, que ellos tengan la misma esperanza que tenemos nosotros.