Dice así la Sagrada Escritura el texto que estaré exponiendo:
Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.
— 2 Corintios 3:18
Y ahora leo un poco más. Leo desde el 13 y vuelvo y termino con el 18. Dice el 13 en adelante:
Y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de aquello que había de ser abolido. Pero el entendimiento de ellos se embotó; porque hasta el día de hoy, cuando leen el antiguo pacto, les queda el mismo velo no descubierto, el cual por Cristo es quitado. Y aun hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos. Pero cuando se conviertan al Señor, el velo se quitará. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.
— 2 Corintios 3:13-18
Pueden sentarse, mis hermanos. Llegué hoy a la iglesia y ya no estaba la decoración de Navidad. Y al dejar de ver la decoración sentí que se terminó la temporada. Se terminó la temporada, pero Cristo sigue siendo el tema de la iglesia del Señor.
Y con la Navidad a mí me pasa lo mismo que me pasa con la playa y con los lugares turísticos: lo disfruto siempre, pero disfruto mucho más la Navidad y también la playa cuando ya han pasado los días festivos. Cuando el turista se está yendo, entonces yo voy llegando. Lo mismo me pasa a mí con la Navidad: cuando el mundo está buscando cajas para guardar la decoración, yo tengo la convicción de que los cristianos deberíamos mantener el enfoque. Que nuestro trabajo principal no es hacer que la gente piense en Cristo durante la Navidad, sino dedicarnos nosotros mismos permanentemente a contemplar a Cristo. Esto para nosotros no es la labor de un mes, no es la labor de un festivo, no es ni siquiera la labor del año: es la labor de una vida.
Como creyentes estamos llamados a contemplar a Cristo, y nosotros no contemplamos a Cristo solamente en Navidad. Cuando el mundo recoja los bombillitos, cuando el mundo vuelva a su temporada regular y a su transmisión de siempre, entonces la iglesia vuelve y muestra a Cristo clavado en una cruz. Le pido al Señor que me dé los recursos para mantenerme predicándole a Él durante todo el año. A veces yo he tenido el deseo de predicar acerca de la cruz en Navidad y del nacimiento en Semana Santa. Yo creo que hoy, en esta temporada del mes y del año, el hombre necesita más que nunca escuchar hablar acerca de nuestro Señor Jesucristo.
Se lo he hablado en otras ocasiones, pero se ha identificado a nivel mundial que el día 16 de enero es el día más triste del año. Es el día donde los índices de ansiedad y de depresión se disparan. Lo que demuestra que la Navidad cultural no es suficiente para satisfacer las necesidades profundas en el corazón del hombre; que los seres humanos necesitamos ver a Cristo, y los cristianos aún más. Anotaba yo en mis notas de esta semana y escribía: yo necesito ver a Cristo, no puedo dejar de ver a Cristo. En el caso de un creyente es un caso aún peor que el caso del incrédulo. Un creyente ya no puede vivir sin ver a Cristo, pues está habituado a vivir al lado de Cristo.
Un creyente no puede vivir sin contemplar a su Señor
No nos podemos dar el lujo de quitarle los ojos al Señor. Yo le tengo un poco de miedo a los ricos que se vuelven pobres, porque la pasan mal. Están demasiado habituados a vivir en sus comodidades, y cuando tienen que aterrizar a vivir como el común de los hombres, para ellos eso es un asunto peligrosísimo. Lo primero que se volverán es amargados, y después muy depravados. Es el mismo caso de un creyente habituado a contemplar las glorias de Dios que deja de ver a su Señor. Cuando tú dejes de ver a tu Señor, la familia se te volverá un hastío; en tu día a día no podrás dar un paso adicional, sentirás que el gozo de tu vida como que se esfumó.
Es que después de haber visto las glorias del Señor, tú no puedes vivir sin contemplar a Cristo. Por eso es la tarea de una vida: imitar a Cristo, verle detenidamente, llegar a parecernos a Él más y más. Hoy veremos qué necesitamos para mirar a Cristo, qué ocurre cuando miramos a Cristo y cómo esto se hace posible. Los antiguos le llamaban a esto la imitación, y yo estoy persuadido de que imitación es mucho más que obediencia. Quiero retar a mi iglesia a que durante este año se dedique a ver a Cristo detenidamente, a ver a Cristo minuciosamente. No solamente a estudiar a Cristo, sino a replicar a Cristo, a hacer esfuerzos ingentes para que aquello que hay en Él esté también en nosotros.
Las posibilidades que teníamos los seres humanos de mirar a Cristo con el rostro descubierto eran mínimas. Aquí Pablo está apelando a una historia del Antiguo Testamento. Es el libro de Éxodo, en el capítulo 34, cuando Moisés fue a recibir la ley de Dios. Él no lo notó, pero durante cuarenta días estuvo en la presencia del Señor, y sin que fuera para él dramáticamente evidente, su rostro se fue transformando. Y cuando él descendió, dice que su rostro resplandecía de forma tal que era un poco molesto para el pueblo, y que él tuvo que cubrir su rostro con un velo. Entonces aquí el apóstol pone un pero.
Nosotros todos, mirando a cara descubierta
¿Cuál es el pero? «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta». Nosotros no estamos en la situación en que estaba el pueblo anteriormente; nosotros estamos en una mejor situación, pues nosotros sí podemos observar a Cristo. En esta historia del Antiguo Testamento, Moisés contempló la gloria de Dios en forma solitaria; nosotros todos juntos podemos contemplar la gloria de Cristo. La transformación en el rostro de Moisés fue una transformación temporal: tarde o temprano él volvió a mostrar su rostro natural. La transformación del creyente se esperaría que sea un asunto permanente, que no se desvanezca, sino que mientras más veamos a Cristo, más nos parezcamos a Cristo. Ese «nosotros todos» a mí me anima y me entusiasma.
Muestra la transformación que ocurre al mirar a Cristo como algo que es realmente posible para todo verdadero creyente. Y yo digo por convicción que todos los hombres necesitan un cambio real y permanente, pero solo el creyente tiene verdadera esperanza de ver que este cambio sea real. Nosotros realmente podemos parecernos a Cristo, y no hay para Él un proyecto imposible. La iglesia en Corinto era una iglesia que había tenido muchos accidentes en muchos sentidos, había tenido quizás un año malo o accidentado. En la primera carta el apóstol corrigió, reprendió, habló muy duro. En esta segunda carta entonces manda a la iglesia a que vea a Cristo. Es como el tratamiento: después que Pablo les escribe, les reprende, les confronta y les manda a hacer la voluntad del Señor, entonces ahora les escribe y les dice: vean a Cristo.
Hermano, yo no creo que haya otra manera posible en que nosotros podamos vivir en santidad que no sea viendo a Cristo. Yo no creo que haya otra manera posible en que nosotros podamos crecer en unidad que no sea mirando todos a Cristo. La iglesia del Señor no se une con actividades especiales. La iglesia del Señor se une cuando todos nosotros nos ponemos a una para ver en el mismo sentido. Y cuando miramos juntos en la misma dirección, y la dirección es Cristo, entonces la iglesia se unifica.
El viernes hubo un buen chocolate en mi casa. Los hermanos de la cantata quisieron cerrar y tuvieron un pan con chocolate —literalmente pan con chocolate, hermano, un chocolate con jengibre que estaba bueno—, y fue un momento muy agradable. Yo decía en mi corazón: wow, necesitamos más de esto en la iglesia. La iglesia de Corinto es una iglesia que contempla a Cristo tan detenidamente que llega un momento en que tú y yo no percibimos nuestras diferencias.
No necesariamente porque tú te pareces más a mí o yo me parezco más a ti, sino porque los dos nos parecemos un poco más a Cristo. La iglesia en Corinto no sería unificada a nivel doctrinal; sería unificada primero porque la iglesia iba a ver a Cristo con el rostro descubierto. Yo quisiera invitar a mi iglesia a que veamos a Cristo, y mientras más veamos a Cristo vamos a ser más manejables, vamos a ser más pastoreables, vamos a tener más armonía. Las diferencias en la iglesia no desaparecen teniendo reuniones. Otra cosa sería si las reuniones son para ver a Cristo. Mientras mejor tú veas al Señor y le vea yo, yo creo que más cercanos tú y yo vamos a estar.
La continuidad del tratamiento para la iglesia en Corinto no fue mandar otra reprensión, sino decirle a la iglesia: el Señor ha tenido misericordia de ustedes, nos gozamos; ahora dedíquense a ver a Cristo. Y mientras mejor vean a Cristo, entonces más cercanos ustedes van a estar. Presento ver a Cristo como un privilegio: verle a rostro descubierto, dice la Palabra. Si podemos ver a Cristo a rostro descubierto, significa que Dios se ha acercado, o Él mismo nos ha acercado a Él de forma tal que nuestros pecados, que nos separaban, han sido borrados. Ese velo que se puso Moisés representaba simbólicamente que el pueblo todavía no estaba preparado para percibir las glorias de Cristo. Es como decir: esto que se nos ha dado es glorioso, pero ustedes todavía no pueden verlo.
Hermano, que nosotros podamos ver a Cristo es un privilegio, y lo menos que podemos hacer es tratar de ejercer el privilegio que hemos obtenido de Dios. Que el mundo en su condición no pueda verle como tú lo ves, yo creo que es una razón para tú verle más detenidamente. Me preguntará alguien: ¿y hasta dónde el mundo puede ver a Cristo? Ellos pueden ver un hombre. Pero detrás de ese velo hay más que un hombre; allá hay una gloria que no es percibida por el mundo. En Navidad la gente ha visto a Jesús, ellos han visto a un niño en un pesebre. Pero la gloria que tiene la encarnación de Cristo solamente brilla ante los ojos de aquel a quien el velo le ha sido quitado.
Lo que ocurre al mirar: somos transformados
Si tú puedes entender el significado del nacimiento, si tú puedes entender la hermosura de la cruz, eso significa que tus ojos no están cubiertos, que en ti ha sucedido un fenómeno sobrenatural. El velo ha sido quitado de forma tal que esto tiene sentido para ti. Yo tengo años sorprendiéndome en el hecho de que la doctrina cristiana para mí tenga sentido. Y cuando encuentro que para mí tiene sentido, entonces celebro el hecho de que algo ha sido quitado de mis ojos, porque ya no estoy en locura, ya no estoy en mi ignorancia, sino que el Señor me ha dispuesto, me ha preparado de forma tal que pueda verlo. Ese velo sobre el rostro significaba la insuficiencia del pueblo para acercarse directamente a Dios.
Ay, hermano, tú puedes ver a Cristo, y tú puedes verle con el rostro descubierto. Y ver a Cristo con el rostro descubierto tendrá un efecto sobre tu alma, tendrá un efecto sobre tu carácter. ¿Qué ocurre? Dice así la segunda parte del versículo: «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen». ¿Qué es lo que sucede? Que cuando miramos a Cristo somos transformados.
La transformación no ocurre por consejo. Yo no creo, hermano —y yo que doy muchos consejos—, yo no creo que la gente cambie por consejos. El corazón del hombre, sus opiniones, son muy duras; los consejos rebotan en un alma que no está dispuesta. Tú da el consejo, pero del consejo dices: mira, trata de ver a Cristo. Porque la única manera en que el consejo de Dios haga sentido para ti es porque tú has visto a Cristo con el rostro descubierto. Y si tú no tienes el rostro descubierto y no estás mirando a Cristo, el consejo de Cristo en tu mente siempre va a rebotar. Yo creo que el mejor consejo que te puedo dar es que mires a Cristo; y mientras más tú mires a Cristo, todo esto tendrá sentido para ti y vas a ir siendo transformado de gloria en gloria.
Y más que mirar, es mirar detenidamente, como en un espejo. Me gusta cómo lo traduce otra traducción: contemplar a Cristo. No es un asunto de mirarle como algo que va por ahí, un celaje; es mirarle con detenimiento. De hecho, en el texto no se nos da una palabra, sino que se nos da una acción: mirarle como en un espejo.
Verle como en un espejo: admiración e imitación
En el mundo antiguo los espejos no eran tan abundantes como lo son al día de hoy. De hecho, en la casa todo el mundo tiene varios espejos; hay espejos en el carro, hay espejos dondequiera. Pero en el mundo antiguo tener un espejo era una herramienta muy exclusiva, y quien tenía un espejo realmente lo usaba, y veía como un privilegio poderse considerar a él mismo sobre un espejo. ¿Qué requiere esto? Dedicación, corrección, atención en pequeños detalles. Estos espejos del mundo antiguo no eran espejos perfectos, pero sí eran muy útiles, y quien tenía un espejo podía tener cierta ventaja ante los demás: yo sí puedo observarme y puedo ver cómo yo soy. Cuando una persona mira a Cristo detenidamente, yo creo que llega a tener unos niveles de autoconciencia que están por encima de la media.
Porque Cristo es el varón perfecto, y cuando tú ves a Cristo te ves a ti, y tú te vas a dar cuenta de lo que a ti te falta y lo que a Él le sobra; o lo que a ti te sobra y a Él le falta. Y este contraste es lo que produce la madurez espiritual. No se nos da una palabra, se nos da una acción representativa: verle como en un espejo. Verle con detenimiento, verle con detalle, con la curiosidad con que los antiguos se veían sobre un espejo, porque era un asunto poco común y llegar a percibirte era un asunto impresionante. Llegar a ver a Cristo con ese nivel de contemplación, con ese nivel de detalle, con ese nivel de dedicación.
Yo lo escribí así mismo, hermano: más que un asunto de obediencia o memorización, el proceso del discipulado es un asunto de admiración e imitación. Vemos a Cristo y tratamos de ser como Él es. Inicialmente su rol nos queda muy grande, pero poco a poco nosotros vamos entrando, por así decirlo, en personaje, y vamos asumiendo a Cristo y Cristo nos va asumiendo a nosotros. En el papel, hasta nosotros mismos nos vemos y parecemos creíbles, primero para nosotros mismos. Llegar a ser cristiano no es fácil, porque hay que dejar tu identidad. La gente piensa que llegar a ser cristiano es ser salvado; no es así. Llegar a ser cristiano es llegar a vivir la experiencia de tener a Cristo en ti.
Menos de ti y más de Él. Y en ese proceso nosotros nos vamos, por así decirlo, desapareciendo, nos vamos empequeñeciendo, vamos perdiendo nuestras características distintivas, vamos perdiendo nuestra identidad anterior y vamos asumiendo una nueva identidad. Se llama la imitación de Cristo. «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria». Tú le vas mirando y te va transformando.
Imitar a Cristo: ¿qué leía Cristo en la Palabra? ¿Cómo Él habla? ¿Cómo actúa? ¿Cómo ora? ¿Qué haría Él en determinadas circunstancias? ¿Cuáles son sus frases? ¿Qué admiras en Cristo? ¿Cuáles de sus actitudes te quedan grandes ahora mismo? Lee la Biblia. No, no es leer la Biblia solamente; déjale leer la Biblia a la generalidad de los hombres. Tú no solamente leas la Biblia: mira la historia de Cristo en la Biblia como si fuera un espejo para ti. Trata de replicarle, trata de que su gloria y sus atributos comunicables lleguen a estar en ti. Esto es más que leer la Biblia; es leer la Biblia con un nivel de atención al detalle mucho más amplio.
Yo sé que a veces uno se siente como un farsante en algún sentido, pero más o menos así se va caminando. Tú tienes que coger el cuadre, y el cuadre a veces es difícil de agarrar. Cristo se comporta de una manera diferente, y tú tienes que tomar el comportamiento de Cristo. Y cuando tú comienzas a imitar a Cristo, tú vas a sentir que eres como una caricatura de Cristo. Es natural que sea así inicialmente. Tú no te vas a sentir en tu elemento; tú dices: pero es que yo como que no sé hablar como Él habla, pensar como Él piensa, sentir como Él siente. Yo sé que tú no sabes, pero tienes que entrar en el asunto. Es la imitación de Cristo: contemplarle tan detenidamente, de forma tal que Él sea imitable para ti.
Yo creo que no es solamente un asunto de aquí está el mandamiento y aquí está tu obediencia. Aquí está Cristo: trata de parecerte a Él más y más. Alguien dirá: ay, es que yo no hago las cosas que yo no siento. Si yo hiciera solamente lo que yo siento, no hiciera nada.
Hay que habituarse: todo cambio requiere imitación
«No, a mí eso como que no me sale». Yo sé que no te sale. Si te saliera, tú no necesitarías a Cristo. Esas son las superficialidades que hacen que uno tenga poco de Cristo: decir «es que yo como que no lo siento». Hay que habituarse. En cada área del saber, las personas llegan a tener el comportamiento a través de la imitación. ¿Qué hace ese vendedor? Se compra su chaquetica. Tú lo ves que va cogiendo como el componte, como el cuadre; se lee unos cuantos libros.
Bueno, yo no sabía nada del mundo del negocio, yo no vengo de una familia de comerciantes, pero cuando yo quise incursionar en el mundo de la empresa, yo buscaba un diccionario y anotaba definiciones. Yo quería saber lo que era un cuadro, quería saber lo que era una cuenta, un estado. Y busqué un librito, «Interpretación de estado de resultados», que eso yo no lo entendía, pero yo dije: yo quiero vivir de esto, déjame entenderlo.
Cuando usted lea su Biblia y vea a Cristo, no lo vea solamente como una curiosidad; vea que esa va a ser su realidad. Usted quiere que Cristo se conforme en usted. Inicialmente le va a quedar como bailando la ropa, y la gente hasta se va a burlar un poco: «mira este ahora». Eso le pasa a todo el que está incursionando en algo; la gente primero se burla: «ahora él es cristiano, vamos a ver si es cristiano». Es una manera de hablar, es una manera de sentir.
La vida cristiana es también una cultura. No es todo cultura, es realidad, pero también el cristianismo tiene su cultura, tiene sus asuntos característicos, y una de las cosas más difíciles de transmitir es esa. Todo cambio requiere imitación. Eventualmente tú te desconoces a ti mismo, y después tú llegas a asumirlo. «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria».
Hermano, usted quiere que eso sea más que poesía. Yo veo eso y yo digo: eso me queda grande, que yo sea transformado de gloria en gloria según la imagen de Cristo. El apóstol Pablo no dijo que eso es para los apóstoles; eso no es para los elegidos dentro del grupo, esto no es para los privilegiados. «Por tanto, nosotros todos». Y parece una expresión redundante, pero yo creo que el apóstol estaba destacando, está diciendo, que llegar a parecerse a Cristo es algo que está y debe estar al alcance del común de los creyentes. No solamente «nosotros»: «nosotros todos», dice él. Esto es para toda la iglesia.
¿Cómo se hace? Los evangelios, la iglesia local, tu propio avance
¿Cómo se hace? Uno tiene tanto tiempo imitando a Cristo que hasta se le olvida cómo se imita a Cristo. Y alguien te dice: mira, es que yo quiero de eso, ¿cómo eso se hace? Lee los evangelios con una mirada diferente. A veces tú lees y lees más de lo mismo. Usted no solamente quiere leer, usted quiere imitar; hay que cambiar el ángulo. Léalo con hambre, léalo con entusiasmo, léalo tomando notas. Yo quiero hacer un estudio en este año, hermano, de los momentos de oración de mi Señor en los evangelios. Si leo a Pedro en los evangelios y leo a Pedro en las cartas, encuentro diferencias, y en estas diferencias yo me quiero encontrar a mí mismo; yo quiero decir: yo era el hombre que era así y ahora soy asá.
Contempla a Cristo en la vida de la iglesia local. No venga a la iglesia a buscar solamente gente; aquí hay más que gente, aquí está la obra de Dios. Ser parte de una iglesia local es el hermoso privilegio de ver cómo la vida de un conjunto de creyentes está siendo paulatinamente transformada por Dios en la imagen de Cristo. Lo más hermoso de una iglesia es comparar lo que antes éramos y lo que hoy somos en Cristo. Y en aquel que tú has conocido durante años, tú deberías tener el gusto de catar los pequeños rasgos del carácter de Cristo que ahora conviven y son parte de la vida de tus hermanos.
Yo le conocí antes y le conozco ahora, y yo veo las diferencias, y yo veo a Cristo. Y mientras más pasan los años, más veo a Cristo en ellos, y lo veo en mí mismo, y me gozo en eso. Es la hermosura de la iglesia del Señor. Una iglesia no es hermosa porque sea muy grande; una iglesia es hermosa porque allí está ocurriendo una transformación singular, sin igual, que en otras partes del mundo no ocurre. Aquí la gente está siendo transformada de gloria en gloria en la imagen de Cristo. ¿Por qué amamos la iglesia? Porque es un taller, hermano. ¿Qué hay aquí que tú no puedes explicar por medios naturales? Responde eso. Alguien debería responder: ¿qué hay en tu iglesia local que tú, por medios naturales, no puedas explicar?
Piensa en el año pasado y responde esa pregunta. ¿Cómo yo podría identificar que Dios está en medio de nosotros? Explica el amor que ha sido derramado entre nosotros, ¿cómo se hace manifiesto? Bueno, ver diferentes generaciones conviviendo de manera armónica, eso es un milagro. Ver personas con altruismo quitar de la parte más importante, que es su tiempo, para servir a Cristo, eso es destacable. Ver la capacidad que tenemos de limar nuestras asperezas y ponernos de acuerdo, eso es un asunto glorioso. Acostúmbrate a identificar los rasgos de Cristo en medio de tu iglesia y verás que la iglesia es más que una reunión. Sé sensible a la presencia de Cristo, a su providencia, a su dirección.
Contempla el avance de Cristo en ti. Esto es gradual, pero también extraordinario. Dice: «somos transformados de gloria en gloria». No es un antes y un después de un día al otro; no. Somos transformados. No es muy técnico el asunto, pero el término, como está, anuncia una acción que es continua y progresiva: transformación, transformación, transformación. Los cambios son sutiles, pero a través del tiempo tú te vas a mirar a ti mismo y te vas a desconocer. Y cuando tú veas que eso ocurre, entonces gózate, porque 2 Corintios 3:18 está siendo una realidad en ti mismo.
De gloria en gloria: una transformación que no se explica
Esas cualidades, queridos, son extraordinarias. Parece grandilocuente el fraseo aplicado a un creyente: que nosotros podamos ser transformados de gloria en gloria. Estas son cualidades superlativas; eso parece casi hasta irreverente, que un creyente pueda vivir ese tipo de transformación. Interesante que no dice que somos transformados de idea en idea o de pensamiento en pensamiento, como ocurre en las transformaciones intelectuales; somos transformados de gloria en gloria. La gente piensa que el cristiano se transforma solamente por la transformación del pensamiento. No: el pensamiento es la consecuencia de que todos nosotros estamos siendo transformados. Es la obra en el corazón, en la parte más profunda del ser humano. No es de centímetro en centímetro, como la transformación física.
Hay cosas que llaman la atención, hermano. A una gente tú le ves que físicamente está distinta y tú lo celebras. Pero lo gradual de la obra de Dios en nosotros no hace que sea menos importante; todas estas cosas han de ser destacadas. No es de conducta en conducta, como una intervención psicológica. Querido, no estás ocupado en cambiar tu conducta solamente: Él te está transformando de gloria en gloria. Eso es algo que llama la atención a los hombres y exalta a Dios. Esa transformación profunda de un creyente, que va de gloria en gloria, es algo que debería producir admiración en la gente, que digan: wow, ¿qué es lo que ahí está pasando?
Él está siendo transformado de gloria en gloria. Es algo que glorifica a Dios y admira a los hombres, de forma tal que la gente no va a poder explicarlo por los medios naturales. Ah, hermanos, si el Señor nos diera unos cuantos especímenes de aquello que Él transforma de gloria en gloria, y los hombres no pudieran justificar su cambio de manera natural, eso sería impresionante. Que la gente diga: mira, yo le conozco, yo le conocí. Y ahí está ocurriendo algo que no se puede explicar solamente a nivel psicológico, a nivel intelectual; es una transformación muy profunda, de gloria en gloria. Y es así para que llame la atención. Bueno, si por adquirir algunos gramos de materiales preciosos la gente mueve kilos de tierra, yo creo que hacer el esfuerzo mínimo de contemplar a Cristo, para obtener un poco más de esto que va de gloria en gloria, justifica todo el esfuerzo.
Hablemos con franqueza y estimulémonos unos a otros
Hay que celebrar lo que Cristo está haciendo en medio de nosotros, destacarlo. La comunidad cristiana ha perdido ese ánimo de celebración, de hablar abiertamente de que estamos siendo transformados. Es raro que un creyente le diga a otro: wow, mira, yo celebro que ya hay menos de ti y más de Cristo. Como que nadie dice eso. Pero en todas las comunidades donde hay progreso, la gente celebra eso y se viven aupando los unos a los otros. Los gimnasios, hermano, no se inscriben ahora mismo porque están llenos; y en los gimnasios la gente se vive midiendo y tomando fotos: mira, ya tengo tanto. Y se comparan. El apóstol Pablo destacó y dijo que tenemos esperanza respecto de esto, que se puede mencionar. Dice él en el versículo 12:
Así que, teniendo tal esperanza, usamos de mucha franqueza.
— 2 Corintios 3:12
Él está diciendo: nosotros podemos hablar de esto abiertamente, porque tenemos la esperanza de que va a suceder. Ahora, si vamos a ser avergonzados, si esto es mito, si esto es solamente un autoengaño, entonces no hablemos con tanta franqueza. Pero si tenemos esperanza de que realmente podemos ser transformados de gloria en gloria, hablemos con franqueza. No es para exaltarnos a nosotros, hermano, es para exaltar a Cristo; pero tú deberías decir abiertamente: tú me conoces hoy, pero en muchos sentidos yo soy distinto. Yo llevo registro de los cambios en mí, y estos cambios se han estado ocurriendo. Yo no los noté, igual que Moisés cuando estuvo cuarenta días en la presencia del Señor. Y lo que yo he hecho es ver a Cristo, contemplarle más y más; y mientras más le vi, más de Él.
Destaca las conversaciones en las que tú sentiste madurez en tus hermanos, sensibilidad, profundidad. Dile, hermano: tú te alejas un chin y, wow, te siento más profundo, ¿qué pasa? Hay veces que tú tienes conversaciones con gente en las que tú puedes sentir la presencia del Señor allí. ¿Tú has visto ese trasunto que hay en un muchacho, cuando tú puedes ver al padre en el niño? Y tú dices: oh, pero mira, yo veo al niño, yo veo a la niña, y yo como que veo a sus padres. Llega un momento en que el creyente te da como ese trasunto, que tú puedes ver a Cristo en ellos mismos. Y tú dices: mira, es que cuando yo estuve contigo fue tan agradable, yo pude sentir a mi Maestro. Hay algo ahí, se está manifestando el Señor, se está haciendo más en ti y tú mucho menos.
Reconoce a aquellos que te inspiran y te estimulan a imitar mejor a Cristo. Uno tiene que tener cuidado con lo que ilustra, hermano, porque parece que uno siempre está defendiendo algo. Pero yo me dediqué a estudiar un poquito la comunidad de trading, manejo de divisas y demás. Hermano, y esa gente tiene una comunidad muy estimulante. A todo el que quiere aprender le enseñan; siempre hay alguien que te enseña. Entonces, mira, yo quiero aprender trading: ah, ven, que yo te enseño. Y yo le preguntaba a uno: ¿y tú cómo aprendiste? Mira, un amigo mío estaba en eso y él me llevó a su casa y me mostró cómo se hacía.
Y yo digo: oh. Se proyectan, se enseñan, se estimulan, comparten sus experiencias, se impulsan a ser rentables. Y viven hablando: ¿ya tú eres rentable? No, todavía no lo soy. Sigue trabajando. Hermano, no le estoy diciendo que salgan ahora a hacer trading, porque ese es el asunto que uno no puede ilustrar; es el tema del momento. Lo que les quiero mostrar es que ellos han desarrollado una comunidad que es aún más estimulante que la comunidad que se percibe entre los creyentes. Mira, ya se parece a Cristo. Sí, este está avanzando. Y fulano, ¿está logrando? No es solamente dar clases bíblicas, hermano; es transmitir el carácter de Cristo de corazón a corazón, de persona a persona.
Que el Señor nos ayude en ese asunto, porque lo que más nos desespera a todos nosotros es que nos parecemos poco a Cristo. Si tus hermanos se parecieran a Cristo, para ti serían contagiosos, estimulantes; tú quisieras estar con ellos. Hablemos del asunto con franqueza, como dice el apóstol Pablo. «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen». Eso es, hermano, tan alto, que lo menos que debe despertar es curiosidad: yo quiero saber si eso es verdad, yo quiero probarlo. Pruébelo, a ver si es verdad.
Como por el Espíritu del Señor
Se ve que el apóstol Pablo no quería que ellos entendieran que esto era un ejercicio, que era una disciplina, que esto era un estándar, un código. Y él pone ahora cómo todo esto se hace posible. Dice él: «como por el Espíritu del Señor». Usted contempla, pero usted no puede transformarse a usted mismo. Tú no puedes transformarme a mí, yo no puedo transformarte a ti; el Espíritu del Señor lo va haciendo en todos nosotros. Esto es dependencia. Solo clarifico que dependencia no es pasividad. Que sea el Espíritu Santo quien lo haga no significa que yo no deba desearlo; yo lo deseo profundamente. Yo me coloco, hermano, en el trayecto de los medios de la gracia: si por ahí es que viene, por ahí es que está dando, aquí es que yo quiero estar. Colóquese en el camino de los medios de la gracia del Señor, por donde el Señor está obrando, colóquese ahí.
«Ah, no, porque si Él quiere hacerlo en mí, Él me saldrá a buscar». Hermano, salga usted a mirar a Cristo con el rostro descubierto. Y cuando Él lo haga, no es usted quien lo va a hacer, es Él quien lo va a hacer en usted; pero usted quiere que Él lo haga. Dependencia no es pasividad: desearlo, buscarlo. Anima saber, hermano, que el Señor es quien lo hace, que es una obra de Dios y no de nosotros. Hace que el asunto sea aún más atractivo y misterioso. Tengo años, hermano, en los caminos del Señor, y yo todavía no sé de manera puntual explicar cómo es que el Señor lo hace. Yo sé que lo hace a través del Espíritu Santo; lo hace en la mañana, lo hace en la noche, eso sucede cuando uno está durmiendo. Tú mismo te descubres a ti y dices: oh, pero como que apareció algo de Cristo en mí ahora nuevo. A veces te sorprende gozo, a veces te sorprende carácter, a veces te sorprende deseo, y tú dices: hay algo ahí.
Hay algo en mí que se está moviendo, el Señor lo está haciendo. Hermano, lo importante es que lo haga; no trate de verlo todo. «No, a mí hay que decirme todo lo que se va a hacer en mí». Esto trae un gozo especial, pues no depende de nuestras aptitudes. Hay gente que dice: mira, yo no fui cableado para esto. Es que no depende de tu aptitud. Para el canto y para el cálculo matemático hay que tener aptitudes vocales, de lógica, analíticas. Para esto lo que hay que tener es el deseo, hermano, y el Señor es quien lo va a hacer en ti. «No, es que yo no tengo; mira, yo creo que yo no fui cableado para ser cristiano, yo no tengo eso».
¿Quién fue hecho para ser cristiano? Él es único, irrepetible, y Él es el que lo hace en nosotros. Qué bueno que esto está a tu alcance, de forma tal que tú puedas creer que es posible, aunque tú mismo entiendas que no tienes las aptitudes. Y si tú no tienes las aptitudes, Él lo hará, y su gloria será aún más alta. Que Él lo haga y no nosotros anuncia que todo está disponible permanentemente, en todo tiempo y lugar.
Estaba buscando un servicio este fin de semana en una plaza. Yo fui a un lugar donde daban el servicio, y la persona llama a quien da el servicio. Y yo trato de inferir dónde está el hombre, porque quien lo va a hacer no está ahí. Y me sigo moviendo, y me sigo moviendo. Y fui a cuatro lugares distintos, y al final conseguí al hombre que hacía el servicio.
Todos los demás eran intermediarios; entonces yo quería ir directamente a quien hacía el servicio. No se enrede con los intermediarios. Quien hace esto es el Espíritu de Dios. Y no es que no ayuden los intermediarios, pero no es una iglesia la que te va a transformar, no es un predicador el que te va a transformar, no es un seminario el que te va a transformar. Quien te va a transformar es Cristo. Vaya directamente a Cristo, es lo que le estoy mostrando. Somos transformados por el Espíritu de Cristo directamente.
Esto aplica en todos los momentos de la vida, en todas las circunstancias. Para varones y hembras, todos podemos imitar a Cristo. En los últimos veinte años se han polarizado las diferencias en la iglesia: si los varones deberían hacer una cosa, si las hembras deberían hacer las otras. Varones y hembras, adultos y niños, todos debemos imitar a Cristo. Y me gozo en predicar esto, hermano. Quieren hacer algunos listados más estrechos, otros más amplios; y en el listado más amplio, imitar a Cristo está al alcance de todo el mundo. El envejeciente y el que está comenzando, todos deberíamos imitar a Cristo. Y mientras más chiquito comiences a imitar a Cristo, mejor. Oye, qué bonito predicar así, hermano: que esto no es para niños, no es para adultos, no es para varones, no es para hembras, un grupo por aquí y otro grupo por allá. Todo el mundo, el cien por ciento de la iglesia de Cristo debe imitar a Cristo. Todos nosotros, con el rostro descubierto.
Cristo es la Navidad y también todo nuestro calendario
Esto es algo atemporal. «Ah, pero eso era en el siglo I». No, hermano, Cristo habita el tiempo y el espacio, Él está por encima; Él habita la eternidad y Él entra en el tiempo y el espacio. No está circunscrito a una generación de creyentes. Yo tengo cierta decepción con la literatura de negocios, porque se publican unos libros que son best sellers, que apuntan a un año específico donde algo sucedió, donde esos principios eran útiles; pero usted intenta replicarlo al día de hoy y ya se fue la oportunidad. Ya lo que queda es la oportunidad de vender el libro, pero ya la oportunidad que se anunciaba en el libro desapareció. Esto no era una oportunidad solo para la generación de Pablo, no era una oportunidad solo para la generación del siglo II: era una oportunidad cien por ciento posible para nosotros. Está a nuestro alcance imitar a Cristo. Es algo atemporal.
Vuelvo al principio, hermano. El mundo asocia a Cristo con la Navidad solamente; yo creo que imitar a Cristo es algo que podemos hacer durante todo el año. Saben que yo me dedico a escribir, hermano, aunque no siempre publico lo que escribo. De hecho, este año no publiqué —creo que el año pasado— nada de lo que escribí, pero casi siempre, cuando voy a predicar, escribo. Escribo un pequeño artículo, y hoy quise leérselo. Quiero invitar a la iglesia a que siga celebrando a Cristo más allá de la Navidad.
Con la Navidad me pasa igual que con la playa y los sitios turísticos: la disfruto mucho más cuando ya han pasado los días feriados. En el momento en que todo el mundo está buscando cajas para guardar la decoración, yo tengo la convicción de que los cristianos deberíamos mantener el enfoque, pues nuestro trabajo principal no es hacer que la gente piense en Cristo durante la Navidad, sino dedicarnos nosotros mismos permanentemente a contemplar a Cristo. Esta no es la labor de un mes, ni siquiera la labor de un año, sino la tarea principal de nuestras vidas: imitar a Cristo, verle detenidamente, llegar a parecernos a Él más y más.
Casi siempre hasta ahí es que lo comparto; hoy se lo voy a leer completo, hermano. Miren, yo no tengo problema alguno con la navidad cultural, con los arbolitos, los bombillitos, los regalitos; la disfruto y participo de ella según mi conciencia y mis medios me lo permiten. Pero reconozco que, aunque regularmente predico de la Navidad con mayúsculas durante las fiestas de navidad, disfruto mucho más predicar a Cristo cuando ya se han quitado las luces. Admiro el interés de muchos de mis hermanos, quienes pueden con facilidad conciliar el nacimiento de Cristo con cada una de las fiestas de la cultura y encontrar simbolismo cristiano en las partes más recónditas. Por mi parte, participo de las mismas actividades con mi cuerpo y corazón, pero mi mente tiende hacia los asuntos más concretos, la navidad más sencilla, y no me siento en la obligación de encontrar significado cristiano a cada cosa.
El puerco asado es delicioso, los pasteles en hojas son sabrosos y las uvas son muy ricas, sin que yo tenga que ofrecer un versículo bíblico para demostrarlo. Para la cultura, navidad son unos cuantos días del año muy ajetreados. Si el Señor nos permite en esos días llamar la atención hacia Él, diciendo que la Navidad se trata de Jesús, bien hacemos; es una labor importante. Pero mal haríamos si nos sintiéramos satisfechos con eso. Hoy es el domingo después de las festividades. El 16 de enero próximo es considerado el día más triste del año a nivel mundial, y una de las razones es que se ha pasado la efervescencia de la Navidad. Entonces, en vez de guardar el ánimo y bajar la guardia, redoblemos el esfuerzo para presentar a Cristo y representarle bien en los contextos donde tenemos incidencia.
En estos días es aún más necesario. Que el día más triste venga justo después de la temporada más alegre es una fuerte evidencia de que la cultura puede, con distracciones, sacar temporalmente a la humanidad de su miseria, pero solamente Cristo satisface plenamente la vida del hombre. Cristo es la Navidad. Su obra es un hecho concreto y relevante durante todos los días del año: Dios haciéndose hombre para reconciliarnos consigo mismo. Que todo esto sea para nosotros, que somos su pueblo, una realidad palpable y no un asunto decorativo. Que sigamos celebrando a Cristo cuando se hayan ido los turistas. Que cuando baje el ruido y los medios vuelvan a su transmisión regular, la iglesia mantenga su énfasis en la persona de Jesús.
Él es nuestro programa, Él es nuestro tema, y es también todo nuestro calendario.