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Mensaje

Imitando a Cristo junto a otros

1 Corintios 11:1

Somos la generación de creyentes que más acceso ha tenido al contenido, pero quizá la que menos se parece a Cristo. El conocimiento está al alcance de todos; lo que falta son buenos ejemplos y comunidades donde se transmita el carácter. Pablo no escribió «lean mis cartas»; escribió «sed imitadores de mí, como yo de Cristo», porque el discipulado no es un asunto teórico sino relacional.

Transcripción automática

He estado exponiendo textos de la Escritura que tienen que ver con la imitación de Cristo. Hemos estado mirando la necesidad de imitar a Jesús, de parecernos a Jesús. Hoy quisiera mostrar cómo imitar a Cristo no de manera individual o independiente, sino cómo imitar a Cristo junto a otros. Dice así la Escritura en la primera carta de Pablo a los Corintios, capítulo 11, versículo 1: «Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.» No es un versículo muy difícil de entender; lo que necesita es una decisión.

Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.

— 1 Corintios 11:1

Un éxito filosófico, un fracaso relacional

Nosotros somos la generación de creyentes que más ha tenido acceso a contenido: contenido escrito, millones de horas de video y acceso a lo más reciente que sale de los mejores púlpitos de esta tierra. El más básico de los creyentes podría tener acceso en tiempo real a la predicación de los mejores predicadores del mundo. El problema en nuestros días no es que tengamos poco acceso al contenido; el problema es otro.

Llegar a crecer intelectualmente está hoy al alcance de la mayoría de los creyentes. Al mismo tiempo, podemos ser la generación menos relacional, comunitaria y sociable en la historia de la Iglesia. Como generación somos un éxito filosófico, pero podríamos ser un fracaso en cuanto al proceso de discipulado. Discipular a un creyente es más que transmitir ideas. Un discípulo de Cristo es más que un estudiante; es una persona que imita, alguien que más que idea tiene carácter. Y esto no lo resolvemos regalando libros o Biblias. El creyente de hoy reclama independencia, asume que puede lograr en solitario ser un discípulo de Cristo, se siente suficiente en su relación con Dios sin que intervenga nadie más, y se nutre de las más diversas fuentes sin pretender imitar a ninguna.

La esencia de la vida cristiana no es crecer intelectualmente. Es tener una aproximación intelectual para convertirla en un resultado relacional: que el carácter de Cristo se forme en nosotros. No es cuántas preguntas puedes responder o qué tan rápido; es que puedas representar a Cristo.

Los buenos ejemplos son diseño de Dios

Sucedió por los años noventa que la iglesia de Cristo a nivel global experimentó grandes escándalos morales. Los predicadores más elocuentes y reconocidos fracasaron estrepitosamente. Ante esa crisis, el estribillo evangélico fue «puestos los ojos en Jesús». Entiendo que el pecado ha hecho daño y trae prejuicios, pero no altera el diseño de Dios. Lo mismo ocurre con la familia: hay cantidad de padres desconsiderados e irresponsables, pero eso no quita que hay una cantidad aún mayor de padres responsables y constantes. La caída de algunos no debería ser la razón para que todos sean evitados.

De hecho, ese versículo de «puestos los ojos en Jesús» es Hebreos 12:2, y su contexto no es el testimonio sino el sacrificio. Lo que la Escritura dice consistentemente es que deberíamos poner nuestros ojos en aquellos que van por delante de nosotros y han alcanzado un nivel más alto de madurez. Este estándar de «puestos los ojos en Jesús y no te fijes en nadie más» ha hecho un daño tremendo en la iglesia cristiana. Aunque la intención era buena, ha recrudecido la desconfianza y el individualismo presente en el hombre natural. Para yo seguir a Cristo necesito mirarte a ti, y para tú seguir a Cristo necesitas mirarme a mí.

El ministerio de Cristo y de Pablo

¿Han pensado que el Señor no escribió ningún libro? Él escribió en la vida de doce hombres comunes y corrientes. No era un filósofo; era un maestro que vivía el día a día con sus discípulos. Eligió doce hombres, con poca proyección intelectual la mayoría, y los que tenían proyección intelectual, como Mateo, estaban moralmente descalificados. Si el discipulado fuera algo teórico, Cristo no hubiera tenido discípulos; hubiera escrito cartas desde Alejandría.

Considera el ministerio de Pablo. Pablo solo tuvo un encuentro con el Señor ya glorificado, no acompañó a Jesús en su ministerio terrenal. Sin embargo, Pablo tuvo dos cosas: un encuentro verdadero con Jesús y pasó tiempo con muchos creyentes piadosos. Pablo era el hombre que se metía en las iglesias, convivía, preparaba visitas. Alguien contó más de cien nombres en el Nuevo Testamento de personas directamente relacionadas con el apóstol Pablo. No era el intelectual sentado en la mesa mandando cartas; era el hombre que estaba viajando, en comunidad con creyentes, con una relación directa con las iglesias.

Y cuando mandaba cartas, ¿para qué servían? Para autorizar a sus colaboradores. Aquí mandó a Timoteo con una carta; aquí mandó a Onésimo con una carta. No era un asunto de «lean la carta»; era «lean la vida que estoy mandando». Aquí va Tito con una carta: lean a Tito. Nosotros queremos la carta de Tito; lean a Tito.

Cómo imitar a otros

Un influencer de las cosas de este mundo no es lo que necesitas; necesitas un creyente probablemente anónimo, discreto, que haya pasado años al lado de Jesús. Toda iglesia local tiene joyas así: gente que probablemente no es elocuente, pero que habla de Jesús. Cuando pasas tiempo con ellos, se les siente. Busca evidencia más que de conocimiento, de carácter.

Busca creyentes que tengan experiencia de haber imitado a otros creyentes, pues estas cosas se dan por gracia: lo que por gracia has recibido. Aquel que fue recibido por alguien, con mucha facilidad te puede recibir a ti. La persona autodidacta, que solamente lee, que no imita a nadie, frecuentemente tiene un problema de ego, porque no entiende que nadie pueda darle algo.

Paga el precio que requiere la imitación. Yo sé que es cómodo no exponerse, pero el precio es tiempo y estrés. Ajusta las expectativas: te va a desencantar. Pasa tiempo con creyentes para que los veas más allá de cuando los ves en ese momentico que está producido. En su entorno natural vas a desencantar. Hay cosas a evitar y otras a imitar. Los seres humanos somos falibles, no somos perfectos. Evitar el contacto para evitar el conflicto parece muy sabio, pero lo que trae es inmadurez.

Congregarse es más que asistir

Congregarse es pertenecer, exponerse, compartirse, dejarse ver, gustar de los otros, desencantarnos, imitarnos. A veces es tan sencillo como estar aquí y desear estar. Los seres humanos nos retroalimentamos los unos a los otros. Cuando convives en una comunidad de creyentes, naturalmente, sin que tengas que tener un nombre ni un objetivo, te vas formando, te vas limando las asperezas.

Prefiere disciplinas espirituales que sean comunitarias. Hay que orar, pero también hay que orar juntos. Hay que leer, pero también hay que leer juntos. Hay que servir, pero también hay que servir juntos. Un ministerio que haces con otros tiene más fruto que uno que haces solo. De hecho, las iglesias necesitan conflicto. Una iglesia muy pacífica, donde no hay ruido alguno, no es muy saludable. Parte de ser miembro de una iglesia es el estrés que requiere la membresía.

Volvernos imitables

Aquí está la segunda idea del texto: podemos volvernos imitables. Esta es la única disciplina donde nadie quiere destacarse. La gente dice: «Yo no quiero ser un referente para nadie, yo quiero ser un creyente común y corriente.» No. Tienes que desearlo. Gran parte de lo que yo he aprendido del Señor lo he aprendido porque tengo cierta ambición espiritual. Que lo logre, otra cosa, pero yo quiero destacarme en este asunto.

Pablo le escribió a Timoteo: «Si alguno anhela obispado, gran cosa anhela.» Está bien tener el deseo. Deséalo y practícalo. La base teórica de una disciplina se aprende rápido, pero la maestría requiere imitación. Cuando comienzas a imitar a Cristo, Él siempre te va a quedar grande. Inicialmente te ves hasta un poco ridículo, pero te metes en eso. Niégate a ti mismo, rechaza tu versión actual, adora a Cristo, pues uno se convierte en aquello que adora. Mientras más le adores, más te vas a parecer a Él.

La imitación de Cristo requiere que inicialmente aparentes lo que no eres o no sientes, pero deseas ser y deseas sentir. Decía C. S. Lewis: «Muy a menudo, la única manera de desarrollar verdaderamente una cualidad es empezar a comportarse como si uno ya la tuviera. Tal es la razón de que sean tan importantes los juegos de niños: siempre están aparentando ser adultos, y lo que están haciendo es fortalecer sus músculos de tal manera que al aparentar, los ayuda a crecer de veras.» Asume un compromiso público de representar a Cristo. Cuando yo dejé de disimular y le dije a mis amigos «yo soy cristiano», sentí que crecí. Y como todo el mundo me estaba mirando, yo necesitaba mirar más a Cristo.

Asume a alguien

Escucha la palabra que uso: asúmelo. Cuando tú asumes a alguien, no es legal, no es formal. Es que esa vida tiene algún valor para ti, y aunque no sea hijo tuyo ni discípulo formal, tú lo has declarado. Tú dices: «Me voy a poner para él; pasa por mi casa, quiero verte.» Quien asume responsabilidad espiritual por alguien llega a tener más pasión por conocer las Escrituras, más entusiasmo por los caminos del Señor, más interés en cuidar su testimonio, pues otros vienen detrás.

¿Para qué te congregas? ¿Para recibir la predicación y cantar? No. Te congregas para modelar y para que otros modelen ante ti el carácter cristiano. Una proporción alarmante de líderes cristianos nunca han tenido la experiencia de haber discipulado ni siquiera a un solo creyente. Gente que quiere entrar al ministerio en base a aporte y elocuencia. No es eso. Yo entré al ministerio porque alguien vio que tenía carga espiritual por la gente: vivía dando estudio bíblico a todos mis amigos y buscando personas. La iglesia local llegó a notar que en mí había una carga espiritual por la vida de la gente.

Resuelve los cabos sueltos y los asuntos del pasado. Se llama restauración. Restauración no es solamente perdonar; es volver una persona a su lugar de utilidad. Quita la objeción de tu carácter. Acércate a un creyente que te ame y pregúntale sinceramente: ¿cuáles son mis puntos ciegos? ¿He dejado de crecer? ¿Qué temas evito? ¿Cuáles son las tendencias que están limitando en mí que se manifieste el carácter de Cristo? La mayoría de tus hermanos saben cuáles son; el que no sabe eres tú.

Un paso al frente

Le decía Pablo a Timoteo: «Presta suma atención en estos asuntos. Entrégate de lleno a tus tareas para que todos vean cuánto has progresado. Ten mucho cuidado de cómo vives y de lo que enseñas. Mantente firme en lo que es correcto, por el bien de tu propia salvación y de los que te oyen.» Qué bonito un creyente que no tiene una expectativa egoísta de la madurez cristiana, sino que quiere madurar para parecerse más a Cristo, de forma tal que otros que también quieren parecerse a Cristo le vean como un referente.

Asume algo en tu iglesia, da un paso al frente: un proyecto, un programa, un ministerio. La gente dice que todavía no siente que tenga la madurez o el dominio. A veces la mejor manera de aprender es tener un compromiso. Yo quiero aprender una nueva tecnología, me cargo con un proyecto de esa tecnología y voy y lo aprendo. ¿Quieres realmente tener el carácter de Cristo? Asume un compromiso en la casa del Señor. A veces hay que cualificarse en el camino. Que el Señor te ayude. No seas irresponsable, pero al mismo tiempo sé valiente. Sed imitadores de mí, como yo de Cristo.