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Imitando a Cristo junto a otros

1 Corintios 11:1

Somos la generación de creyentes que más acceso ha tenido al contenido, pero quizá la que menos se parece a Cristo. El conocimiento está al alcance de todos; lo que falta son buenos ejemplos y comunidades donde se transmita el carácter. Pablo no escribió «lean mis cartas»; escribió «sed imitadores de mí, como yo de Cristo», porque el discipulado no es un asunto teórico sino relacional.

Predicado14 de enero de 2024
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Es un versículo de la Sagrada Escritura. Y quisiera desde esta porción de la palabra mostrarles cómo imitar a Cristo no de manera individual o independiente, sino cómo imitar a Cristo junto a otros. Dice así la Sagrada Escritura, la Palabra del Señor, primera carta de Pablo a los Corintios en el capítulo 11 y el versículo 1.

Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.

— 1 Corintios 11:1

Sed imitadores de mí, así como yo lo soy de Cristo. No es un versículo muy difícil de entender. Si se fijan, he estado tomando versículos cortos para tomar una idea y darle mucha aplicación. Lo leemos de nuevo: sed imitadores de mí, así como yo de Cristo. Pueden sentarse.

Sucede con este versículo lo que pasa con otros textos de las Sagradas Escrituras. Recuerden que inicialmente esto no estaba dividido en capítulos y versículos, sino que era un rollo amplio donde había mucho texto. Usted no tenía esto que tenemos hoy de números grandes y números pequeños. Era una carta como usted escribe una carta, parecido a como usted envía un email: usted toma sus ideas, las pone por escrito y le da enviar. Lo que quiero mostrarle es que anteriormente no existían capítulos y versículos. Sucede con esta división que es muy conveniente en algunos sentidos, pero en otros nos juega en contra, pues perdemos el contexto.

Este versículo, por ejemplo, que comienza el capítulo 11, aparece como de repente. Y uno dice, ¿qué tiene que ver esto? ¿Cuál es el contexto? El lugar que ocupa este versículo dentro de la carta es el siguiente: el apóstol Pablo había estado dando diferentes instrucciones a la iglesia y en este momento el apóstol lo hace personal. Si se fijan en el capítulo 10, los últimos dos versículos dicen así:

No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios, como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos.

— 1 Corintios 10:32-33

Él está mostrando lo que él hacía.

Es como que el apóstol Pablo le dijera a la iglesia: yo mismo estoy viviendo así. Y así como yo estoy viviendo, ahora les estimulo, les exhorto a ustedes desde mi testimonio y ejemplo personal, sed imitadores de mí, así como yo de Cristo. ¿Cuál es el contexto dentro de la carta de este versículo? El apóstol está usando su propio ejemplo para demostrar la validez de su consejo. Él no asumía que bastaba con su autoridad apostólica para establecer la doctrina. Él dice: yo tengo la autoridad apostólica y puedo firmar como apóstol de Jesucristo, pero sobre todo yo tengo una manera de vivir, más que una idea, que me gustaría que ustedes la replicaran de mí.

¿Cuál es el lugar dentro de la carta? El apóstol no asumía que tener un buen argumento era suficiente. Él dice: el argumento se sostiene, pero mi testimonio me precede. El apóstol no pretendía que su elocuencia fuera suficiente. Él está diciendo: yo tengo probablemente palabras, pero más que palabras, yo tengo un testimonio de cómo yo he vivido delante de ustedes, de forma tal que ustedes tienen más que una carta, tienen un ejemplo para imitar.

Demasiadas Biblias, pocos ejemplos

Introduzco diciendo que nosotros somos la generación de creyentes que más ha tenido acceso a contenido. En otro tiempo el contenido era escaso. Siempre recuerdo la historia de cómo nacieron las Sociedades Bíblicas Unidas. Era Inglaterra, los años 1700; no había tantas Biblias como creyentes, y sucedía que los creyentes tenían que esperar llegar a su iglesia para escuchar la palabra del Señor. Había una pequeña niña de menos de quince años que aprendió en la escuela a leer y escribir, pero no tenía una Biblia propia, sino que ella tenía que trasladarse para ir a la casa de alguien que le prestara una Biblia.

Todo por conocer las Sagradas Escrituras. Él vio una Biblia en su casa que se la había quedado un amigo, y llamó al amigo y le dijo: permíteme venderle tu Biblia a esta niña. Le vendió la Biblia de su amigo a la niña y se quedó con este efecto que tocó en su corazón, y desde allí se promovió que existiera alguna organización que quisiera que la palabra de Dios estuviera al alcance del común de la gente. Así nacieron las Sociedades Bíblicas Unidas, que tienen años trabajando para hacer que la palabra del Señor llegue a cualquier parte. En nuestros días ese no es el problema. De hecho, tenemos ahora el problema inverso: tenemos demasiadas Biblias y muy pocas personas que puedan mostrar un testimonio, un ejemplo de cómo es que llega a vivir un cristiano.

El problema en nuestros días no es que las personas tengan poco acceso al conocimiento, sino lo inverso. Ahora tenemos contenido escrito, millones de horas de video y acceso a lo más reciente que sale de los mejores púlpitos de esta tierra. El más básico de los creyentes podría tener acceso en tiempo real a la predicación de los mejores predicadores de esta tierra. El problema de nuestra generación no es que tengamos poco acceso al contenido, el problema es otro. Llegar a crecer intelectualmente está hoy al alcance de la mayoría de los creyentes y, al mismo tiempo, podemos ser la generación menos relacional, comunitaria y sociable en la historia de la Iglesia del Señor.

Como generación de creyentes somos un éxito filosófico. Pero si no resolvemos el problema que existe, podríamos ser un fracaso en cuanto al proceso del discipulado. Pues discipular a un creyente es más que transmitir ideas. Llegar a ser un discípulo de Cristo es más que leer tu Biblia, es más que escuchar predicaciones por YouTube. Un discípulo de Cristo es más que un estudiante, es una persona que imita. Es alguien que más que ideas tiene carácter. Y esto no lo resolvemos regalando libros o regalando Biblias.

El creyente de hoy reclama independencia, pues no quiere compromiso. Asume que puede llegar en solitario a ser un discípulo de Cristo. Se siente suficiente en su relación con Dios sin que intervenga nadie más, y se nutre de las más diversas fuentes sin pretender imitar a ninguna. Comparativamente, la media de los creyentes de hoy podría ser la que menos se parezca a Cristo en la historia de la Iglesia.

Y podríamos llegar a la presencia del Señor teniendo las mejores ideas sobre Jesús, pero al mismo tiempo siendo para nosotros Él un perfecto desconocido y nosotros un perfecto desconocido para Él. Hermano, estoy enunciando un problema. El problema que tenemos es que las ideas están disponibles, pero el carácter no. De hecho, nosotros somos la primera generación de creyentes innovadores, pues tenemos creyentes originales y discípulos de Cristo que no se parecen a ningún otro discípulo de Cristo.

Quejarnos no es suficiente. Hoy veremos que imitar a otros creyentes maduros es una forma legítima de imitar a Cristo. Y también veremos que llegar a ser un buen modelo ante nuestros hermanos es una aspiración loable. Sed, pues, imitadores de mí, como yo de Cristo. Paradójicamente el apóstol está mandando una carta, pero en la carta él no le dice: dediquen ahora sus vidas a entender el contexto histórico y gramatical, a ver los pequeños giros de mis palabras, sean minuciosos estudiando el texto. No. Lo que dice el apóstol es: sean imitadores de mí como yo soy un imitador de Cristo.

Hermano, la esencia de la vida cristiana no es crecer intelectualmente. La esencia de la vida cristiana es tener una aproximación intelectual para convertir esto en un resultado relacional. No se trata solamente de crecer intelectualmente, se trata de que el carácter de Cristo se forme en nosotros. No es cuántas preguntas puedas responder o qué tan rápido, es que también podamos representar a Cristo. Aquí hay dos ideas principales en este versículo corto. La primera idea es que podemos imitar a otros. La segunda idea es que otros pueden imitarnos a nosotros.

El prejuicio contra imitar a otros

Sin embargo, hablar de imitación en nuestros días parece un contrasentido. Yo quisiera trabajar con la iglesia para que venzamos el prejuicio existente respecto de imitar a otros creyentes. Sucedió por allá por los noventa que la iglesia de Cristo a nivel global experimentó grandes escándalos morales, caídas estrepitosas. Los predicadores más elocuentes, los más reconocidos a nivel mundial, fracasaron estrepitosa y públicamente. La iglesia de Cristo estaba en la prensa, la iglesia de Cristo estaba en la televisión, y ante este escándalo mundial, ante esta crisis moral que visitó a la iglesia, el estribillo evangélico fue: puestos los ojos en Jesús.

Pero hay nombres de creyentes maduros, y el testimonio de esos creyentes maduros debería ser una herramienta que te permitiera a ti conocer más a Jesús. Entiendo que el pecado ha hecho daño. Entiendo que el pecado trae prejuicios, pero no altera el diseño de Dios.

Lo mismo ocurre con la familia. Hay cantidad de padres desconsiderados, irresponsables y abusadores, pero eso no quita el hecho de que hay otra cantidad mayor aún de padres responsables, constantes, que sí son buenos ejemplos. Que a ti no te haya tocado uno no significa que deberíamos cambiar el diseño de Dios. La iglesia de Cristo necesita buenos referentes, y la caída de algunos no debería ser la razón para que todos sean evitados. Sed imitadores de mí, como yo de Cristo, decía el apóstol Pablo, que mandó muchas cartas.

De hecho, ese versículo de «puestos los ojos en Jesús» es Hebreos 12:2. Y el contexto de ese texto no es el testimonio, sino el sacrificio.

Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz.

— Hebreos 12:2

Entonces no es sobre el testimonio, es sobre el sacrificio. Lo que la Escritura dice consistentemente es que deberíamos nosotros poner nuestros ojos en aquellos que van por delante de nosotros y han alcanzado un nivel más alto de madurez. Y que parte esencial de la vida cristiana es la imitación. Y que un cristiano, para llegar a ser un cristiano, necesita hacerlo en el contexto de una comunidad de discipulado, donde hay algunos que van por delante de él y él les va imitando. Este estándar de «puestos los ojos en Jesús y no te fijes en nadie más» ha hecho un daño tremendo en la iglesia cristiana. Aunque la intención era buena, ha recrudecido la desconfianza y el individualismo presente en el hombre natural.

Este «puestos los ojos en Jesús» ha hecho que seguir a Cristo sea un asunto etéreo, como místico. Para yo seguir a Cristo necesito mirarte a ti. Y para tú seguir a Cristo necesitas mirarme a mí. Y todos nosotros, mientras vamos siguiendo a Jesús, uno al otro nos vamos retroalimentando. No es que yo tengo mi Biblia, yo estudio mi Biblia, yo no tengo que estudiar a ningún otro creyente. Tienes que hacerlo. Tú puedes tener la mejor base teórica, pero hace falta la experiencia directa. Tú puedes tener los mejores libros en tu mente, pero hace falta un testimonio.

El currículum de quince páginas

Hace muchos años, era muy joven, pero trabajaba en una empresa y me pidieron que reclutara a unas personas. Puse un anuncio en el periódico y cantidad de personas vinieron a mí. Yo era un muchachito, hermano, y la gente como que no me creía que yo le estaba entrevistando. Pero entre todos los perfiles que entrevisté, con el permiso de mi hermana Arelys, entrevisté a un cubano que tenía el currículum más pesado que yo he visto en mi historia laboral. Literalmente, hermano, eran como quince páginas. Esta persona había hecho todos los estudios que había que hacer, tenía todas las tecnologías que había que tener. Y recuerdo que mientras lo entrevistaba, no era un asunto que fluía, como que yo le hacía preguntas y él me respondía, sino que él quería decirme todo lo que él conocía. Conocía la historia de las computadoras, conocía todas las tecnologías, conocía las diferentes partes de un microprocesador.

Tú le hacías una pregunta técnica y él te respondía quince respuestas. Su conocimiento era enciclopédico. Pero yo tuve la impresión de que esta persona en su vida había utilizado un computador para algo productivo. Era un cubano en los tiempos en que Cuba estaba mucho más cerrada, y yo sospecho que estudió sobre las computadoras sin computadoras. Tenía toda la teoría del mundo, pero no le ponga una computadora al frente.

Queridos, estamos recibiendo creyentes en estos momentos que tienen toda la teoría cristiana que hay que tener, toda la doctrina que hay que tener. Yo he predicado estas cosas y me dicen: es que tú eres antiintelectual. No es antiintelectual, es que un discípulo de Cristo no se ve así. Un discípulo de Cristo, más que enciclopédico, es una buena réplica de su Señor. No es que tenga todas las ideas del mundo, es que te parezcas un poco a Jesús.

Qué desencanto da conocer a una persona que conoce todas las cosas, pero en quien no hay un regusto a Cristo. Qué desespero da entrevistar a una persona que dice conocer a Jesús, pero no se parece a Jesús. Aquel que quiere dominar la conversación intelectualmente porque en él no hay nada que te busque al maestro. Allá es que lleva esto de «puestos los ojos en Jesús». Tú necesitas poner los ojos en Jesús, pero tú necesitas experiencia directa. Tú necesitas haber lidiado con otros creyentes, y eso se siente.

Me muevo en aguas peligrosas, pero tú hablas con un creyente de una iglesia muy grande y es distinto al creyente de iglesia pequeña. Es distinto un creyente que es un auditor, cuya teología en gran parte está construida desde un púlpito que le sirve la predicación, que un creyente que ha tenido que convivir en una pequeña iglesia local y vivir el carácter de Cristo junto con otros creyentes. Al día de hoy prevalece la iglesia grande y cómoda donde las personas no tienen que luchar. Pero yo creo que un asunto necesario para parecernos a Cristo es más que púlpito: es pasar tiempo, hora a hora, con otros creyentes, de forma tal que tengamos experiencia directa en la vida cristiana.

La intelectualidad importa, pero la experiencia importa también. Le he mencionado en otra ocasión a una familia de impresores que tenían negocios en la zona colonial, y desde el abuelo hasta el papá, los nietos y los bisnietos, todos conocen de arte gráfica. Muchos han ido a la universidad y han estudiado, pero cuando ellos estudian tienen una perspectiva de las artes gráficas, del mundo de la imprenta, que es mucho más amplia, porque sus dedos estaban sucios de tinta. No era solamente que ellos vieron en un libro lo que son los tipos móviles, no. Ellos habían montado y desmontado una imprenta, sabían de materiales. Es una experiencia muy valiosa. Hermano, lea los libros, pero viva junto con otros creyentes la experiencia de imitarnos los unos a los otros, de forma tal que veamos a Cristo pero también nos veamos a nosotros.

Pablo no está diciendo: hermano, dedíquense a leer, dedíquense a estudiar, está un poco profundo, ustedes tienen que estar a mi nivel. Él no está diciendo eso. Él está diciendo: yo estoy imitando a Cristo, imítenme a mí, imiten a otros creyentes. Quiero que venzas el prejuicio. Para vencer el prejuicio tienes que entender que los buenos ejemplos son el diseño de Dios. Que tú no solamente necesitas un maestro que vive a tres mil kilómetros de distancia de tu casa; tú necesitas un creyente como tú que esté tratando de aprender lo mismo que quieres aprender tú. Que gran parte de tu crecimiento en la vida cristiana depende de convivir con otros creyentes que están en el mismo camino. Y que la imitación no es un asunto menor, que esto es clave en el proceso de discipulado.

El Señor no escribió un libro: escribió doce vidas

Sed imitadores de mí como yo de Cristo. Para vencer el prejuicio, considera el ministerio del Señor. ¿Han pensado que el Señor no escribió ningún libro? Él no lo escribió a mano, lo escribió en la vida de doce hombres comunes y corrientes. Él no era un filósofo, él era un maestro.

Cuando él quiso establecer su doctrina, su doctrina no la estableció en Alejandría diciendo: me voy a quedar aquí en Egipto escribiendo mis cartas y, por favor, léanlas. Él no es un filósofo entre los filósofos de su tiempo, él es un maestro que vive el día a día con sus discípulos. Eligió doce hombres, con poca proyección intelectual la mayoría, y los que tenían proyección intelectual como Mateo estaban moralmente descalificados. Y en el corazón de ellos él nos mandó a nosotros cartas leídas. De forma tal que el apóstol Pablo, que escribió muchas cartas, dice: ustedes son cartas leídas. Aquello que Dios quiere hablarle al mundo, en gran medida lo quiere hablar a través del testimonio de nosotros.

Y ese testimonio se escribe de vida a vida. Si el discipulado fuera algo teórico, Cristo no hubiera tenido discípulos. Algunos dicen: es que hace un tiempo los maestros no escribían, ellos dependían de la oralidad. Bueno, los maestros en general no escribían, pero el Antiguo Testamento ya existía, había muchos libros. Parece que el nuevo pacto tiene características distintas al antiguo pacto. En el antiguo pacto Dios nos dio la ley; en el nuevo, él nos dio doce hombres comunes y corrientes y el testimonio de Cristo, de cómo vivió en medio de nosotros. Esto es un asunto de experiencia directa.

Tengo cierta facilidad para aprender áreas. A veces hablo con las personas y me dicen: ah, pero tú conoces de esto. Yo tengo la teoría. Yo puedo leer un libro de algo y teorizo, y la gente dice: ah, pero tú sabes. Es la teoría. Ahora, no me suelte al frente nada de eso, que genera ansiedad. Hay una cantidad de creyentes que conocen todas las minucias doctrinales, pero no los suelte de uno a uno con nadie, que les da ansiedad. ¿Qué? ¿Vamos a hablar? ¿Y no hay culto? ¿Y el programa? ¿Y quién dirige? Nadie, aquí estamos de uno a uno. Ay, me da ansiedad. El discipulado cristiano no es un asunto de multitudes, no es un asunto impersonal; esto es de implicación personal, tú tienes que exponerte.

Pablo, el hombre metido entre la gente

Considera el ministerio de Pablo. Uno mira el ministerio de Cristo y dice: bueno, pero es que él lo tenía hecho, hombre, ¿cómo yo puedo imitar eso? Ahí está Pablo, que en muchos sentidos estaba en la misma situación que nosotros. Pablo solo tuvo un encuentro, hasta donde conocemos, con el Señor ya glorificado, pero no acompañó a Jesús en su ministerio terrenal. Sin embargo, Pablo tuvo dos cosas: un encuentro verdadero con Jesús y horas y horas con muchos creyentes piadosos. Eso hace la diferencia.

Pablo podría decir: no, yo no necesito ningún creyente, yo tengo un encuentro personal con Jesús. No, no, no. Pablo era el hombre que se metía en las iglesias, él convivía, él vivía metiéndose en la comunidad de creyentes. Yo veo a Pablo, hermano, y realmente le gustaba ese asunto. Estaba en medio de las iglesias, y en sus cartas él preparaba visitas: voy para allá, espérenme. A él le gustaba estar en medio de los creyentes.

Yo estoy escandalizado porque encuentro cantidad de líderes cristianos a quienes no les gusta estar en medio de la gente. Pastores jóvenes que yo digo: sal de la biblioteca y habla con la gente. No, yo estoy preparando mi sermón del domingo, tú sabes que estoy aquí intelectualmente nutriéndome, cuando yo baje de la nube entonces el pueblo. Hermano, tú no eres un catedrático. Es como que el agricultor no quiera atender a la vaca, a los animales. Eso no es así, es un trabajo que requiere ensuciarse las manos. Pablo no era el intelectual que estaba sentado en la mesa mandando cartas. Pablo era el hombre que estaba viajando, que estaba en medio de una comunidad de creyentes, que tenía una relación directa con las iglesias. Él escribía como quien les conocía.

Y Pablo se rodeó constantemente de colaboradores, nunca actuaba solo. Yo no lo he contado, pero alguien contó más de cien nombres en el Nuevo Testamento de personas que estaban directamente relacionadas con el apóstol Pablo. No es que Pablo manda cartas muy bonitas; Pablo, en muchos sentidos, era la carta. Y los discípulos de Cristo en gran medida eran la carta. De hecho, ¿para qué servía la carta? Para autorizar a sus colaboradores. Aquí mandó a Timoteo con una carta, aquí mandó a Onésimo con una carta. No era un asunto de que lean la carta, no: lean la vida que estoy mandando. Aquí hay un buen espécimen, se llama Tito. Aquí va Tito con una carta. Lean a Tito. Nosotros queremos la carta de Tito; hermanos, lean a Tito.

Tenemos un privilegio enorme, y es que aquí hay cartas que el Señor ha escrito a través de años que nosotros podríamos leer, pero «puestos los ojos en Jesús».

Ser ejemplo es peligroso, pero es el camino

Se requiere mucha valentía para hablar como hablaba Pablo. No soy fuerte en decirle a una persona: sean imitadores de mí como yo de Cristo. Lo que hay aquí no es orgullo, lo que hay aquí es una abierta sinceridad. Decir eso es peligrosísimo. De hecho, hay advertencias en la Escritura; por lo menos dos que recuerdo ahora mismo. Una de ellas nos dice que hay de aquel que hace caer a uno de estos pequeñitos —eso decía Jesús—, o sea que ser un ejemplo para los creyentes es un asunto peligroso. Dice: hay de aquel que hace caer a uno de estos pequeñitos, mejor le sería que se ate una piedra y se eche al mar. Y dice más adelante: no se hagan maestros muchos de ustedes, sabiendo que acarrearán mayor condenación. No van a poder alegar ignorancia. Ser un ejemplo para otros creyentes es peligroso, pero es el camino. Ah, es que como es peligroso yo no lo voy a hacer. Hay que hacerlo, hay que exponerse.

¿Qué hacer específicamente en cuanto a imitar a otros? Si algo te puedo recomendar: asegúrate de que esa persona que tú estás imitando realmente está imitando a Cristo, está mirando a Jesús. Los seres humanos tenemos algo que son instintos naturales, se llaman carne. Y dentro de todos nosotros hay un deseo natural de estar cerca de aquellos que parece que tienen fortaleza intelectual, reconocimiento público, muchos seguidores. Un influencer, eso nos gusta. Usted no necesita un influencer de los de este mundo; usted necesita un creyente probablemente anónimo, discreto, que haya pasado años al lado de Jesús. Y toda iglesia local tiene joyas así: gente que probablemente no es elocuente, pero que hablan de Jesús. Cuando tú pasas tiempo con ellos, tú dices: se les siente. Eso se sale. Yo paso tiempo contigo y hay algo ahí que, mire, yo puedo sentir a mi Señor al lado tuyo. Sí, asegúrate de que ellos mismos estén mirando a Cristo.

¿Y cómo yo sé que están mirando a Cristo? Por norma general, están poniendo sus ojos en las cosas de arriba, no en las de esta tierra. Busca evidencia, más que de conocimiento, de carácter. Carácter, carácter: se parece a Jesús. Busca creyentes que tengan experiencia de haber imitado a otros creyentes, pues estas cosas se dan por gracia; lo que por gracia has recibido. Tú dices: venga acá, cuando tú comenzaste en los caminos del Señor, ¿quién era admirable para ti? Dame un buen referente. Ese creyente que tuvo a alguien que fue admirable para él probablemente es un creyente que sea de mucha bendición para tu vida, pues aquel que fue recibido por alguien con mucha facilidad te puede recibir a ti.

Hay cantidad de gente que no puede enseñar, y es porque no han sido enseñados. Aquel que ha leído muchos libros, el que aprende leyendo, tiene un gran problema, y es que no sabe necesariamente enseñar. Pues tú puedes tener quinientos libros, pero tú necesitas un maestro. La persona autodidacta, que solamente lee, que no imita a nadie, que no replica a nadie, frecuentemente tiene un problema de ego, porque él no entiende que nadie pueda darle algo a él, y no es agradecido. Hermoso un creyente que te dice: mire, en mi vida yo he tenido mentores, he tenido otros creyentes, yo he sido pastoreado.

El precio de exponerse

Paga el precio que requiere la imitación. Yo sé que es cómodo no exponerse. No, a mí no me gusta, prefiero leer la Biblia, yo prefiero escucharlo, no me gusta exponerme. Yo sé que exponerse es difícil, pero es el precio que hay que pagar. El precio es tiempo y estrés. Aquí no quiero desencantar, pero ajusta las expectativas, que te va a desencantar. A la gente le encanta la cocina; hermano, métase a un restaurante para que usted vea cómo es una cocina. No, yo prefiero que salgan los platos ya terminados, cuando los montan. Por limpia que sea la cocina, los olores no te van a gustar. Lo que hay ahí no te va a gustar; te gusta lo que sale. Pasa tiempo con creyentes para que tú los veas más allá de ese momentico en que están producidos, en su entorno natural. Usted se va a desencantar. Hay cosas a evitar y otras cosas a imitar.

No significa esto que seamos perfectos; los seres humanos somos falibles. Parece muy sabio evitar el contacto para evitar el conflicto, pero lo que trae es inmadurez. De hecho, las iglesias necesitan conflicto. Estaba hablando respecto de las relaciones matrimoniales tiempo atrás y le decía a la gente que hay que buscar a veces el conflicto en vez de evitarlo; hay que tener el pleito que hay que tener. Y en las iglesias lo mismo. Una iglesia que es muy pacífica, una iglesia donde no hay ruido alguno, eso no es muy saludable. En gran medida la dinámica es: no vamos a salir a buscar los problemas, pero es necesario, como dice la palabra, que entre vosotros se manifiesten las desavenencias, de forma tal que sea evidente entre ustedes cuáles son los que están siendo aprobados.

Parte de ser miembro de una iglesia es el estrés que requiere la membresía. Hermanos míos, que creen que yo no me doy cuenta, pero hay gente que no quiere lidiar con ese asunto. Yo quiero ser miembro de la iglesia, venir a las reuniones, a los cultos, pero yo no quiero lidiar con el día a día. Ahí es que hay que lidiar, con el día a día, porque ahí es que hay que imitar a Cristo. Ahí es que la iglesia duele, pero ahí es que la iglesia realmente muestra su valor.

Qué distinto es un creyente que tuvo una iglesia. En su carácter se siente lo mismo que en una persona que tuvo familia. Y si no tuvo familia, no es que no tenga futuro —que el Señor tenga misericordia—, pero no es igual. No es lo mismo una persona que viene de un hogar que una persona que no viene de un hogar. No es lo mismo una persona que tuvo una iglesia local donde convivió que una persona que no tuvo una iglesia local, porque en la iglesia local tenemos que imitar, y para imitar hay que estar aquí y exponerse.

Congregarse es más que asistir

Entiende el valor profundo de congregarse. Congregarse es más que asistir: es pertenecer, es exponerse, es compartirse, es dejarse ver, es gustar de los otros y que los otros gusten de ti, es desencantarnos, es imitarnos. No hagas el asunto dramático de que para imitar a Cristo, mira, yo me voy a poner contigo, a ti es que te imito, párate ahí, la cinta, por favor, tienes tanto de largo, ¿qué es lo que tú haces? No es eso, hermano. A veces es tan sencillo como estar aquí y desear estar. Los seres humanos nos retroalimentamos los unos a los otros. Y cuando tú convives en una comunidad de creyentes, naturalmente, sin que tú tengas que tener un objetivo, un nombre, esto sucede de manera natural: nos vamos retroalimentando, nos vamos formando, nos vamos limando las asperezas los unos con los otros. Pero para eso es más que asistir; hay que congregarse y entender profundamente el significado de congregarse. Venir solamente por venir no es el propósito de Dios. Es ser un poco vulnerable, es compartir un poco, es exponerte.

Es lanzarte, es presentarte, es dejar que los otros gusten de ti y tú gustar de los otros. Es probar sabores que no te gustan. Prefiere disciplinas espirituales que sean comunitarias. Hay que orar, hermano, pero también hay que orar juntos. Hay que leer, pero también hay que leer juntos. Hay que servir, pero también hay que servir juntos. Yo quiero un ministerio que lo haga yo solamente. No, así no hay tantos frutos para ti como un ministerio que tienes que hacer con los otros.

Volverse imitable

En todo esto he estado hablando respecto de imitar a otros. Recuerden las dos ideas en este texto. La primera idea es que es algo loable imitar a otros. La segunda idea es que podemos volvernos imitables.

Decía él: sed imitadores de mí, como yo de Cristo. Sí, yo tengo algo. Yo tengo algo que te puedo dar, que no es mío, que yo lo tomé de él, pero imítame, yo tengo algo. Yo quiero estimularte hoy a que tú rompas un poco el cascarón y digas: yo quiero ser imitable, yo quiero que otros me vean a mí y quieran tener lo que yo tengo. La única disciplina donde la gente no quiere destacarse es esta. Hasta en el juego de vitilla, hermano, apareció alguien que le está dando y ya tiene un campeonato; hay gente que ha ganado el campeonato de vitilla. Esta es la única disciplina donde nadie quiere destacarse. No, yo no quiero como que nadie me vea, yo no quiero ser un referente para nadie, yo quiero ser un creyente común y corriente. Así no. Tú tienes que desearlo. Quizás no lo logres, pero ¡deséalo!

Perdóname el momento de locura de que hable de mí mismo, hermano. Gran parte de lo que yo he aprendido del Señor lo he aprendido porque yo tengo cierta ambición espiritual. Que lo logre es otra cosa, pero yo quiero destacarme en este asunto, yo quiero servir a Cristo. Siendo muchacho yo leí un librito de héroes de la fe y me di cuenta de que eran gente común y corriente que hicieron cosas extraordinarias. Yo dije: mira, quizás yo no soy un héroe de la fe, pero vamos a tirar. No que yo voy a salir a jugar solamente, no, no, yo quiero realmente destacarme.

Hermano, destácate, es lo que te estoy diciendo. ¿Qué hacer? ¿Cómo volvernos imitables, de forma tal que podamos abiertamente decirle a la gente: sé imitador de mí, como yo estoy imitando a Cristo? Es una presión, es un compromiso. Es lo mismo que ser padre: el compromiso de que los muchachos te están mirando a ti veinticuatro siete, y que él está mirando hasta cómo tú respiras. ¡No miren tanto! Y a esa edad, hermano, donde ellos comienzan a razonar y miran las inconsistencias, ay, ay, ay. Es el detalle, hermano. Son cosas que comprometen. Volvernos imitables es un asunto comprometedor, pero al mismo tiempo trae mucha madurez. Y quizás tú no estás creciendo más en los caminos del Señor porque no estás pretendiendo que nadie te imite. Si tú realmente trabajaras para volverte imitable, ya tuvieras más del carácter de Cristo.

Deséalo, practícalo, encárnalo

¿Qué hacer? Voy rapidito. ¿Qué hacer? ¡Deséalo! Tú tienes que quererlo. En gran medida es tener el entusiasmo de que el carácter de Cristo se forme en ti y que la gente lo vea. ¡Deséalo! Eso no es vanagloria, porque lo que se está formando en ti no es tu carácter, es el carácter de Cristo, de forma tal que cuando eso sea más en ti, Dios será más glorificado en ti, no tú mismo. Yo quiero ser imitable, yo quiero ser un buen ejemplo, yo quiero tener ambición espiritual, yo quiero destacarme entre mis hermanos.

Pablo le escribió a Timoteo dos cosas. Primero, si alguno aspira a convertirse en líder de la iglesia —así lo traduce la Nueva Traducción Viviente—, desea una posición honorable.

Traduce Reina Valera: si alguno anhela obispado, buena obra desea. Está diciendo que está bien tener el deseo. Sucede en estos hermanos como que nadie hace explícito que tiene el deseo: no, yo no quiero nada, yo no pretendo nada. ¡Preténdalo! Enúncialo, deséalo.

Después, ¡practícalo! La base teórica de una disciplina se aprende rápido, pero la maestría requiere imitación. Ahora voy a repetirme de lo que prediqué el domingo. Cuando tú comienzas a imitar a Cristo —Cristo siempre te va a quedar grande, pero te va a quedar mucho más grande cuando tú comiences a imitarlo—, tú sientes como que te están poniendo, tú eres David y te están poniendo el ropaje de Saúl. Tú dices: es que me queda grande la armadura de Cristo, él es demasiado grande, yo soy muy pequeño. Es verdad, pero tú comienzas a dar pininos. Imitación se llama.

Inicialmente te ves hasta un poco ridículo, pero tú te crees, tú te metes en eso. Hablo con cuidado, hermano, pero es como meterse en personaje, el método Stanislavski: tienes que decir cómo es que él habla, qué es lo que él hace. Coger el porte de un cristiano. El cuadrarse ayuda. Cuádrate como Cristo, imita a Cristo, desea a Cristo, pero también practícalo. Da unos cuantos pasos como él los daría. Y tú dices: es que yo no lo siento. Yo sé que tú no lo sientes. Desdóblate, niégate a ti mismo, rechaza tu versión actual, adora a Cristo, pues uno se convierte en aquello que uno adora. En gran medida la adoración produce en nosotros imitación. Aquello que ante ti se vuelve admirable, destacable, son atributos que se comunican también. Mientras más tú le adores, más te vas a parecer a él.

La imitación de Cristo requiere que inicialmente aparentes lo que tú no eres o no sientes, pero deseas ser y deseas sentir. Y aquí le hablo a la multitud de creyentes que dicen: es que yo como que no lo siento. Yo sé que no lo sientes, por eso lo necesitas. No, es que como que no me sale. Es que queremos que te salga. Yo no hago lo que yo no siento, de verdad. Tú solamente haz lo que tú sientes, porque tú estás muy bien en esta tierra.

Dice así C. S. Lewis, que para qué aparentar lo que no somos. Y responde él: muy a menudo, la única manera de desarrollar verdaderamente una cualidad es empezar a comportarse como si uno ya la tuviera.

Tal es la razón de que sean tan importantes los juegos de niños: siempre están aparentando ser adultos, jugando a los soldados, al almacén. Y lo que todo el tiempo están haciendo es fortalecer sus músculos y agudizar sus mentes, de tal manera que al aparentar ser adultos, los ayuda a crecer de veras.

No, es que yo no quiero ser un simulador. Hermano, usted viene de estar muerto en delitos y pecados y va a parecerse a este que es absolutamente santo; no hay manera de que usted no sienta sus contradicciones. Yo mismo me levanto todos los días pensando en esto, hermano, en que yo estoy encarnando esto, en que yo estoy representando a Cristo, pero él es muy diferente a mí.

Es un asunto de convicción. Encárnalo. Asume un compromiso público de representar a Cristo, dejando la discreción y la facilidad. Sé explícito. Cuando eso pasó en mí en la adolescencia, hermano, yo sentí que di como dos metros más de carácter de Cristo. Cuando yo dejé de decir «no, yo visito la iglesia» y le dije a mis amigos «yo soy cristiano»… Ya no es que yo estoy yendo a la iglesia, que yo visito, no: yo soy cristiano, yo se lo dije. Y después, cuando comencé a llegar a los trabajos, decía en mis trabajos: yo soy cristiano. Es dar ese paso hacia adelante, de encarnar a Cristo y representarle públicamente. Eso transmite un mensaje.

¿Sabe qué es lo que pasaba cuando yo decía eso? Que todo el mundo me estaba mirando. Y como todo el mundo me estaba mirando, yo necesitaba mirar más a Cristo. Tienes que decirlo, por el barrio, por tu casa, en el trabajo: yo soy un cristiano. Ah, ¿tú eres perfecto entonces? No, yo no soy perfecto, pero yo estoy mirando a Cristo. Si cualquiera de ustedes quiere mirar a Cristo, pase tiempo conmigo, que estamos trabajando en eso. Estamos trabajando en eso, y no me desesperes. Porque desesperan a uno, hermano. Llévame el paso, que estoy en transmisión de prueba todavía. Yo ni bien he comenzado y ya tú me estás desesperando. Y no me busques el lado, que todavía yo tengo mucho del viejo hombre; o sea, no me desesperes.

Asume a otro creyente

¡Espere! Hermano, ¿tú quieres realmente volverte imitable? Asume a otro creyente. Asúmelo. Escucha la palabra que uso: asúmelo. Cuando tú asumes a alguien, eso no es legal, eso no es formal; es que tú lo asumes. Estaba recordando, hermano, los tiempos de mis abuelos, del campo, de la loma, del café. Y en los campos todos los que eran terratenientes tenían algún ahijado. Había gente que no eran hijos suyos, pero ellos los asumían. Decían: ese es de mi abuelo Erasmo, ese es de Erasmo. Ese es de Erasmo, ¿entiendes?, y es que es hijo de él. Ni es hijo de él ni lo declaró, pero él lo asumió. Eso significa que esa vida para Erasmo tiene algún valor, y que aunque no sea hijo mío, en mi casa él come. Aunque no sea hijo mío, tiene conmigo una relación particular. No es él quien me asumió a mí, fui yo quien lo asumí a él.

Tú no tienes que ser el pastor de alguien para asumirlo. Hay gente por la que tú llegas a tener carga espiritual, que tú dices: mira, esa persona yo la asumo. Ah, tú eres su mentor, tú eres su coach. No, no, no. Yo lo he asumido, ¿entiendes? Tú lo asumes, tú dices: mira, me voy a poner para él, pasa por mi casa, quiero verte. ¡Asúmelo! Quien asume responsabilidad espiritual por alguien llega a tener más pasión por conocer las Escrituras, llega a tener más pasión por volverse imitable, llega a tener más entusiasmo respecto de los caminos del Señor, tiene más interés en cuidar su testimonio, pues otros vienen detrás de ti. Tú has asumido a otros, los otros te están mirando.

Tiene más deseo de congregarse, para imitar a otros y también para modelar a Cristo ante los demás. ¿Para qué tú te congregas? ¿Para recibir la predicación y cantar? No. Tú te congregas para modelar y para que otros modelen ante ti el carácter cristiano.

Carga espiritual, no elocuencia

Doy una alerta, hermano: una proporción alarmante de líderes cristianos nunca han tenido la experiencia de haber discipulado ni siquiera a un solo creyente. Cantidad de hombres que llegan a tener puestos de liderazgo en la iglesia del Señor, en su vida no han traído a uno solo a los caminos de Cristo. Pastores que no saben cómo hacer una reunión de uno a uno en la que no se espera predicación. Yo no voy a predicar, ¿y qué voy a hacer? Convivir, modelar, imitar. ¿Y cuánto es que esto dura? Lo que dura es una relación normal: a veces mucho, a veces poco.

Gente que quiere entrar al ministerio en base a aporte y elocuencia. Yo tengo elocuencia. No, elocuencia no es lo que hace falta. Es que alguien haya gustado el carácter de Cristo en ti; eso es lo que autoriza al ministerio. La gente piensa que alguien entra al ministerio porque predica bonito. No es eso. Entra al ministerio porque alguien vio que tenía carga espiritual por alguien. Yo normalmente pido una vez por sermón que me permitan un momento de locura; permítanme dos el día de hoy. Hermano, yo no entré al ministerio pastoral porque hablara bonito, porque fuera elocuente. De hecho, yo era el tipo de persona que no tenía ese delivery, ese power en la predicación. Ahora, había algo en mi corazón, que era una carga por cuidar a la gente, de forma tal que yo vivía dando estudio bíblico a todos mis amigos y buscando a la gente.

Y en mi iglesia local llegaron a notar que en mí había una carga espiritual por la vida de la gente, de forma tal que quizá yo no era el predicador de línea, pero era una persona que tenía cierto reconocimiento entre sus hermanos, que podía cuidar de alguien más. No es la predicación, es que esto sume a alguien. Cantidad de gente que no tiene carga espiritual por el pueblo, que no le duele el rebaño, que sus ojos no buscan a nadie. Cuando tú tienes carga espiritual, tus ojos buscan a alguien, tú quieres verle, tus ojos le invitan.

A mí me duele, hermano, este pastor, este predicador, que él está siempre mirando el texto, como si él fuera un maestro del Sanedrín al que le van a abrir el rollo de Isaías. Él siempre está en el texto. No es el texto: aquí hay gente. Busca a la gente con los ojos. Acércales a tu vida. Interactúa con ellos en un ambiente natural, no controlado, quizá tu propia casa. Cuando usted tenga que buscar una iglesia y un pastor, no busque un pastor porque se lo cuenten; trate de caerle en su casa y ver cómo es el asunto, en un ambiente natural: cómo él se comporta en su familia, cómo él es en el día a día, qué hace cuando no está predicando. Eso es lo que hay que buscar, porque ahí es que se hace evidente el carácter de Cristo. Predicando aquí todos nos vemos bien.

Quita el asterisco de tu carácter

¿Qué hacer para volverte imitable? Siente tu llamado, entiende la parte de tu llamado. Hazte la pregunta sincera. Los que menos notamos las objeciones de nuestro carácter somos nosotros. Y a veces tenemos un asterisco, hermano, entre los dos ojos, así, que nos objeta. Y podemos decir todas las cosas, pero hay un asterisco en nuestro rostro y es que la gente nos rechaza. Acércate a un creyente que te ame y que tú le ames, y pregúntale sinceramente: ¿cuáles son mis puntos ciegos? ¿Yo he dejado de crecer y puedo seguir creciendo? ¿Qué estoy ignorando? ¿Qué temas evito? ¿Cuál es mi sesgo? ¿Cuáles son las tendencias que están limitando en mí que se manifieste el carácter de Cristo? La mayoría de tus hermanos saben cuáles son; el que no sabe eres tú.

Yo siempre hablo de él, hermano: yo me reúno con Luis y le digo, ¿qué es lo que está pasando? Dime, dime algo. Y me da con amor, pero él me lo puede decir. Mira, Rafa, lo que pasa es que tú le das mucho por acá, pero se te olvida lo de allá; atiende al otro. Ah, gracias, hermano. Acércate a un hermano de tu iglesia y dile: hermano, ¿cuál es mi objeción? ¿Qué es lo que me impide? Yo quiero ser imitable para los creyentes, yo quiero que otros me vean a mí y que puedan replicar a Cristo. Dime tú dónde estoy. A veces el último que se da cuenta eres tú, pero hay asuntos que son accionables, que tú puedes quitarte de encima.

Hermanos, resuelvan los cabos sueltos y los asuntos del pasado. Se llama restauración. Y restauración no es solamente perdonar; restauración es volver una persona a su lugar de utilidad. Hay cantidad de gente que necesita restauración porque dejaron cabos sueltos. Mira, esta persona tuvo una caída, esta persona tuvo algo que le sonó a su señor, tuvo una mala salida, tuvo un mal comportamiento, un mal testimonio. Pero esta persona se arrepintió, confesó su pecado y ya está caminando. Está resuelto, quitamos la objeción. Quita la objeción de tu carácter. Ahora puedo decir como dijo el apóstol Pablo: sed imitadores de mí como yo de Cristo. Ay, pero es que queremos imitarte y el asterisco está ahí. Quítate el asterisco, porque nadie te lo va a quitar.

Crecer para ser útil

Crece un poco más con el propósito de ser útil a la iglesia del Señor. No, yo quiero crecer. ¿Pero para qué quieres crecer? Le decía Pablo a Timoteo: presta suma atención a estos asuntos, entrégate de lleno a tus tareas para que todos vean cuánto has progresado. Escucha: para que todos vean cuánto has progresado. Pablo, ¿y para qué tú quieres que la gente lo vea? Para que les pueda servir. Traduce Reina Valera: que tu aprovechamiento sea manifiesto a todos.

Ten cuidado de ti mismo y de la doctrina; persiste en ello, pues haciendo esto, te salvarás a ti mismo y a los que te oyeren.

— 1 Timoteo 4:16

Ten mucho cuidado de cómo vives, le decía él, y de lo que enseñas. Mantente firme en lo que es correcto, por el bien de tu propia salvación y de los que te oyen. Qué bonito un creyente que no tiene una expectativa egoísta de la madurez cristiana. ¿Para qué tú quieres madurar? Para sentir más al Señor. ¿Y para qué tú quieres madurar? Para parecerme más a Cristo.

¿Tú quieres madurar para parecerte más a Cristo de forma tal que otros que también quieren parecerse a Cristo te vean como un referente? Asume algo en tu iglesia, da un paso al frente, asume un proyecto, un programa, un ministerio de tu iglesia. La gente dice: no, es que yo como que todavía no siento que tenga la madurez, yo como que todavía no siento que tenga el dominio, como que yo pienso que hay otros que tienen más que yo, que saben más que yo. Hermano, a veces la mejor manera de aprender es tener un compromiso.

Recuerden que soy pastor bivocacional y trabajo en tecnología de información, una industria que cambia cada treinta y seis meses; es una industria diferente. Y algo que a mí me da resultado para aprender una nueva tecnología es cargarme un proyecto. Yo quiero aprender esa tecnología, yo me cargo con un proyecto: consigo un proyecto de esa tecnología y voy y lo aprendo. ¿Tú quieres realmente tener el carácter de Cristo? Asume un compromiso en la casa del Señor. Y tú, a un lado las objeciones de que yo no puedo, de que hay gente más madura que yo. Yo sé que yo no puedo, yo sé que yo no estoy al nivel, pero por el hecho de que yo quiero ser útil al pueblo del Señor, yo quiero asumirlo y parecerme más a Cristo. A veces hay que cualificarse en el camino. ¿Ustedes saben lo que es cualificarse en el camino? Que mira, yo todavía no doy todos los tiros que hay que dar, pero yo me voy a poner para eso.

Así yo entré a la industria de tecnología. Yo estaba desempleado en mi casa, sin trabajo, mirando el techo. Un hermano de la iglesia fue y me dijo: mira, tengo un trabajo para mañana, ¿tú te atreves a hacerlo? Yo no sabía nada de redes, hermano. Pero yo tenía un hambre por trabajar, y él en una noche me dio cableado estructurado, protocolo de red, me enseñó unas cuantas cosas; pero yo tenía un proyecto el día de mañana que tenía que hacerlo, de forma tal que yo amanecí estudiando. Pero yo no estudié como el que estudia por estudiar: la presión. A veces tú tienes que asumir algo en la casa del Señor y salir a buscar a tu Señor.

Y decir: Señor, mira, yo siento que estoy aquí como que una brisita me tumba, pero yo necesito fortalecerme en ti porque tengo demasiada responsabilidad sobre mis hombros. Que el Señor te ayude. No seas irresponsable, pero al mismo tiempo sé valiente; es lo que te puedo decir. No es irresponsabilidad, es valentía. Sed imitadores de mí como yo de Cristo. Oro al Señor por la iglesia, para que puedan imitar a alguien y para que alguien pueda imitarles a ustedes.

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