Al final de su ministerio público, en la última semana antes de la cruz, Jesús tomó un gesto sencillo y común —lavar los pies— y lo llenó de significado. En ese acto dejó dos lecciones que permean todo el Nuevo Testamento: necesitamos dejarnos servir por Jesús antes de poder servir a otros, y necesitamos servir no por dones ni por motivación, sino por la convicción de haber sido profundamente amados.
Transcripción automática
Estos veinte versículos describen uno de los más bellos momentos del Señor junto a sus discípulos. Al final de su ministerio público, ya en Jerusalén, listo para caminar hacia la cruz en la última semana de la pasión, cuando cualquiera de nosotros estaría absorto y aislado, el Señor está comiendo con los suyos y aprovecha para dar un discurso sin palabras. Son veinte versículos, pero Jesús está sobre todo haciendo, no hablando. Toma un gesto sencillo y común, lavar los pies, y lo llena de significado, simbolismo y emoción.
Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. […] Se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. […] Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.
— Juan 13:1-15
Un discurso sin palabras
Este es uno de esos textos donde hay que estar atento a los detalles, pues Jesús sin palabras está dando uno de sus discursos más memorables. Estoy persuadido de que una de las enseñanzas que más perduró en las mentes de sus discípulos fue esta. Si leen el resto del Nuevo Testamento, está permeado de esta lección. Jesús no se sentó a enseñar; se sentó a limpiar los pies de sus apóstoles. Y cuando estaba limpiando los pies, nos dejó dos lecciones espirituales: primero, que tenemos que dejar que Jesús nos limpie; y segundo, que necesitamos servir a otros siguiendo su ejemplo.
¿Cuál es el momento que seleccionó el Señor? Se está cerrando un paréntesis. Al comienzo del evangelio de Juan hay un versículo donde a Jesús se le requiere algo y Él responde: «Aún no ha venido mi hora.» Y ahora se nos dice que «sabiendo Jesús que su hora había llegado». Él está cerrando su ministerio público y al final elige este momento emotivo y memorable para dejar esta lección espiritual.
Antes de la fiesta de la Pascua, y Él era el Cordero de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Aquí se nos muestra que Jesús había llegado a amar a sus discípulos de una manera real y profunda. Nos muestra una dimensión de la encarnación: Jesús nos amó como amamos los seres humanos, vinculándose, conviviendo con la gente. Su amor no es solamente un asunto intelectual o filosófico; Él llegó a quererlos realmente, no solamente por convicción porque el Padre se los había dado, sino porque había gustado de la presencia de ellos.
Un acto inesperado
Dice el versículo 4: «Se levantó de la cena y se quitó su manto y tomando una toalla se la ciñó.» La manera en que lo describe Juan se ve que fue como un exabrupto dentro de la cena. Se esperaría que las personas se limpiaran los pies al entrar a la casa, pero ya están cenando y el Señor se levanta a hacer lo que se hacía al principio. Es un acto inesperado y al mismo tiempo un acto que no se corresponde con la dignidad de Jesús.
Si Él hubiese hecho esto al principio de su ministerio, quizás era menos disruptivo. Pero en este momento, donde ya sus discípulos tienen formación, donde todos están persuadidos de que Él es Maestro y Señor, donde ha hecho sus grandes milagros, que el Señor lave los pies de los otros llamaba la atención. El acto de lavar los pies estaba reservado para el más básico de los sirvientes de una casa. Cuando uno entraba a la servidumbre, antes de cocinar, antes de cuidar los bienes, uno comenzaba lavando los pies.
En el mundo judío, un discípulo que realmente tenía carrera de discípulo no permitiría nunca que su maestro lavara sus pies. Y una persona de posición social superior nunca se agacharía a limpiar los pies de otro. Lo que Jesús está haciendo es transgredir las normas sociales. Está rompiendo con un código, y cuando los códigos se rompen se genera cierto estrés. Yo imagino que en la mesa hay estrés. Los discípulos probablemente están pensando que alguien se olvidó de coordinar a una persona que limpiara los pies.
Preparando a los discípulos
En esta última semana de la pasión, entre los discípulos de Cristo había rivalidades y tensiones. Tiempo antes había venido la mamá de los hijos de Zebedeo a pedirle a Jesús que sus hijos se sentaran uno a la izquierda y el otro a la derecha. Se estilaba entre los judíos que cuando un maestro partía, el discípulo más aventajado tomaba su lugar. Es esperable que los discípulos estuvieran debatiendo quién sería el sucesor de Jesús.
Ellos estaban por recibir un nivel de autoridad y poder para hacer señales que podría dañarles si no tenían humildad. Los discípulos harían cosas aún más grandes que las que hizo Jesús, pero para hacer cosas más grandes necesitaban tener un corazón que esas cosas no les dañaran. El Señor les está preparando. Iban a tener la atención que Jesús había tenido, y un corazón inapropiado recibiendo multitudes podría ser dañado.
Yo creo que el camino es reconocer que entre nosotros hay rivalidades, divisiones, parcialidades. La manera en que eso se limita y se domina es siguiendo el ejemplo de Jesús. No queremos pretender que somos una iglesia sin prejuicios ni divisiones; eso es natural a los seres humanos. Lo que debemos hacer es reconocer y ver el ejemplo de Jesús. Si vemos a Cristo lavando los pies de sus discípulos, ¿quiénes somos nosotros? El camino no es pretender ser perfecto; el camino es mirar a Cristo tan detenidamente que terminemos pareciéndonos a Él.
Dejarnos servir por Jesús
La primera enseñanza es que hay que dejarse servir por Jesús. Entonces vino Simón Pedro, y Pedro le dijo: «Señor, ¿tú me vas a lavar los pies?» Pedro probablemente no fue el primero. Quizás vio que al otro se lo dejó lavar, y pensó: «A mí no.» Respondió Jesús: «Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después.» Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás.» Pedro está pensando todavía en la acción mecánica.
Para uno recibir el evangelio, parte de lo que tiene que recibir es entender que hay cosas que Jesús va a hacer por nosotros antes de que nosotros podamos hacer algo por los otros. Uno primero recibe y después da. La iglesia de Cristo necesita crecer en dependencia para poder crecer en generosidad. A menos que permitas que el Señor haga en tu vida algo primero, no vas a hacer nada por nadie.
Yo no quiero pastorear una iglesia que ande buscando muy pronto a lavar los pies. Yo ando buscando una iglesia que primero se haya dejado lavar los pies por Jesús. Después que hemos experimentado la gracia de Cristo sobre nosotros mismos, podemos operar con gracia ante los demás. Quien no entiende que Cristo ha hecho por él la cosa más dramática e importante, siempre entiende que le está dando demasiado a los demás y recibiendo muy poco. La única manera de dar por gracia es dar lo que por gracia has recibido.
Una imagen de la salvación
Jesús le respondió: «Si no te lavare, no tendrás parte conmigo.» Le dijo Simón Pedro: «Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza.» Ellos están todavía pensando en el acto físico. Jesús está usando algo físico para mostrar una lección espiritual. En este lavamiento de los pies hay una imagen de la salvación. Lo que Cristo ha hecho en la vida de nosotros es un asunto mucho más valioso, mucho más grande, mucho más dramático que el lavamiento de los pies.
«Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después.» ¿Qué era lo que Pedro entendería después? Que con relación a la cruz y la encarnación, lavar los pies era un asunto mínimo. ¿Te parece raro que el Maestro lavara los pies de sus discípulos? Raro te va a parecer después que el Dios que hizo los cielos y la tierra se hiciera hombre y tomara la condición de hombre para morir por nosotros en la cruz. Eso es lo verdaderamente raro. A los hombres naturales les impresiona que Jesús se humillara y lavara los pies. A los cristianos les impresiona que Dios se hiciera hombre y fuera a llevar nuestros pecados a una cruz.
Así de raro se ve a Cristo yendo a una cruz, como raro se ve al Señor tomando el lugar del sirviente. El justo por los injustos para que nosotros tengamos vida eterna. La actitud que hay en Pedro es la actitud del hombre natural: todo el mundo entiende que puede hacer muchas cosas por Dios, pero nadie quiere que Dios haga en su vida la cosa que solamente Dios puede hacer. El evangelio es entender que necesitamos que Él haga, no nosotros hacer cosas para Dios. Él te sirve a ti primero y después tú lo sirves a Él. Deja de estar esperando hacer cosas para Dios y permite que Dios haga en tu vida las cosas que solamente Dios puede hacer.
Necesitamos a Cristo cada día
Yo soy de aquellos hermanos que fueron salvados en el momento que no sabían que necesitaban salvación. Cuando yo no entendía la dimensión de mis pecados, ya Él me estaba salvando. El Señor cubrió deudas para mí de las cuales todavía yo no era consciente. Ya Él me estaba amando cuando yo no entendía que necesitaba ser amado.
No solamente lo necesitaba ayer; lo necesito hoy y lo voy a necesitar mañana. Mi salvación necesita mantenimiento. Necesito ir a su presencia todos los días: «Señor, mis pies están sucios de nuevo.» Mientras uno camina en esta tierra, el pie se va a llenar de polvo. El evangelio no es solamente la verdad que conocimos un día y nos salvó; volvemos a vivirlo todos los días. El Señor no solamente me salvó; Él es mi Salvador recurrentemente, permanentemente. No hay un día donde yo no necesite ser lavado por el Señor.
Pedro pasó de «no me lavarás los pies jamás» a «Señor, no solamente mis pies, sino también las manos y la cabeza.» Ahí se ve un discípulo de Cristo. Hay un momento en la vida cuando uno entiende que necesita a Cristo. Pasamos de entender que podemos lidiar con nuestras vidas a entender que no podemos vivir en esta tierra un minuto sin ser ayudados por Dios. Mientras tú no has entendido el evangelio, entiendes que esto es transaccional; cuando entiendes que Jesús es tu Salvador permanente y que te ha amado con amor eterno, entiendes que esto no es solamente los pies: es los pies, las manos y todo lo que haga falta.
El ejemplo de Cristo
«Después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho?» Con los pies todavía medio húmedos, frescos y bien limpios, les pregunta. Ellos están entendiendo: esto tenía significado, esto es más que agua, es más que pie. «Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy.» Cristo sacó la carta de su deidad y la puso sobre la mesa. A veces, para entender el sacrificio de Cristo, necesitas saber quién es realmente Cristo.
«Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.» Si yo, que soy el único grande, me he hecho pequeño, no traten ustedes de hacerse grandes. «Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto os digo: el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió.»
El ejemplo de Cristo no es negar nuestro valor o nuestra identidad, sino tener una identidad tan centrada en Dios que podamos asumir con interés cualquier labor. Pablo lo escribió a los filipenses:
Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
— Filipenses 2:5-8
Cristo muestra la carta de su deidad a los más altos, Señor y Maestro, y también se muestra como siervo. Les está diciendo: ustedes no necesitan los códigos de este mundo para hacer lo que les estoy mandando; sean humildes los unos con los otros. Pedro mismo lo escribió después: «Revestíos de humildad», y el término transmite la idea de ponerse los paños que usan los sirvientes cuando van a lavar los pies. La imagen todavía permanecía en Pedro.
Servimos por convicción
En vez de repetir mecánicamente esta acción, busquemos formas actuales para replicar la actitud. El punto de partida para el servicio en la iglesia es imitar a Cristo. Durante muchos años yo predicaba el servicio según dones: si tienes un don, ponlo a la disposición de los otros. He cambiado el asunto. Deberíamos servir según nuestros dones, pero sobre todo deberíamos servir siguiendo el ejemplo de Cristo. Yo no te sirvo porque tenga un don; te sirvo principalmente porque he sido servido primero.
Un cristiano no debería servir por motivación ni por disponibilidad. Servimos principalmente por convicción. Yo estoy persuadido de que he sido amado, y mientras esa convicción permanezca en mi corazón, aunque tenga el momento más difícil, yo te sigo sirviendo. Cuando Cristo estaba en su momento de mayor angustia, tomó un lebrillo, tomó un paño y limpió los pies. No porque estuviera motivado, sino porque estaba convencido. Incluso Judas estaba ahí, y le lavaron los pies también. Nosotros no servimos a la gente porque nos caiga bien, no servimos porque estemos motivados, no servimos porque sean buenos ni porque merezcan ser servidos. Servimos porque Él nos amó primero.