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Jesús lava los pies de sus discípulos

Juan 13:1-20

Al final de su ministerio público, en la última semana antes de la cruz, Jesús tomó un gesto sencillo y común —lavar los pies— y lo llenó de significado. En ese acto dejó dos lecciones que permean todo el Nuevo Testamento: necesitamos dejarnos servir por Jesús antes de poder servir a otros, y necesitamos servir no por dones ni por motivación, sino por la convicción de haber sido profundamente amados.

Predicado21 de enero de 2024
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Juan capítulo 13, desde el versículo 1 hasta el versículo 20. Jesús lava los pies de sus discípulos. Dice la Escritura:

Antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, que le entregase, sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios, y a Dios iba, se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.

Entonces vino a Simón Pedro, y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Jesús le dijo: el que está lavado no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos. Porque sabía quién le iba a entregar; por eso dijo: no estáis limpios todos.

Así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa y les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.

De cierto, de cierto os digo: el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis. No hablo de todos vosotros; yo sé a quiénes he elegido; mas para que se cumpla la Escritura: el que come pan conmigo, levantó contra mí su calcañar. Desde ahora os lo digo antes que suceda, para que cuando suceda, creáis que yo soy. De cierto, de cierto os digo: el que recibe al que yo enviare, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me envió.

— Juan 13:1-20

Pueden sentarse, mis hermanos.

Un discurso sin palabras

En los primeros tres domingos de este año he estado exponiendo textos de la Escritura que tienen que ver con la imitación de Cristo. Hemos estado mirando la necesidad de imitar a Jesús, de parecernos a Jesús. Me gozo de tener hoy un texto donde se habla de imitar a Jesús en una acción, pero donde se habla también de Jesús mismo. Es Jesús lavando los pies de sus discípulos.

Estos veinte versículos que hemos leído describen uno de los más bellos momentos del Señor junto a sus discípulos. Al final de su ministerio público, ya en Jerusalén, listo para caminar hacia la cruz en la última semana de la pasión, cuando cualquiera de nosotros estaría absorto, distraído, quizás preocupado, ensimismado, el Señor está comiendo con los suyos y aprovecha para dar un discurso sin palabras. Son veinte versículos, pero Jesús está sobre todo haciendo, no hablando.

Este es uno de esos textos donde uno tiene que estar atento a los detalles, pues Jesús, sin palabras, está dando uno de sus discursos más memorables. Y estoy persuadido de que es una de las enseñanzas que más perduró en las mentes de sus discípulos. Si ustedes leen el resto del Nuevo Testamento, el resto del Nuevo Testamento está permeado de esta lección. No es el Sermón del Monte. Jesús no se sentó a enseñar; Jesús se sentó a limpiar los pies de sus apóstoles. Y cuando estaba limpiando los pies de ellos, nos ha dejado dos lecciones espirituales.

El momento que Jesús escogió

Él toma un gesto sencillo y común, lavar los pies, y lo llena de significado, simbolismo y emoción. Hoy veremos a Jesús lavando los pies de los discípulos y con ello dos lecciones espirituales. La primera, que tenemos que dejar que Jesús nos limpie; eso es lo primero. Y lo segundo, que necesitamos servir a otros siguiendo el ejemplo de Jesús. Estaré hablando de la acción del Maestro y del momento en que lo hizo, y luego presentaré las dos lecciones espirituales: que tenemos que dejar que Jesús limpie nuestros pies, y que tenemos que hacer por otros aquello que el Señor ha hecho por nosotros.

Hablemos primero de la acción y del momento en que ocurrió. ¿Cuál es el momento que seleccionó el Señor para lavar los pies de sus discípulos? En el momento que él seleccionó se está cerrando un paréntesis. De hecho, al comienzo del Evangelio de Juan hay un versículo que se parece mucho al primer versículo del capítulo 13. Es aquel versículo donde a Jesús se le requiere algo y Jesús responde: aún no ha venido mi hora. Y ahora hay como una segunda etapa del libro, donde se nos dice que antes de la fiesta de la pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado. O sea, que tenemos aquí el cierre de un paréntesis. Lo que él cierra es su ministerio público, y al final de su ministerio público el Señor elige este momento emotivo, este momento memorable, para dejar esta lección espiritual.

El mensaje de Jesús y su presencia en Jerusalén son peligrosos. No estamos al comienzo del ministerio. No se guíen del volumen de Juan, porque si ustedes siguen hacia adelante van a encontrar que después del capítulo 13 pueden llegar hasta el 21. Sucede con Juan que tiene como una larga introducción al hecho de la pasión, y de lo que se ocupa principalmente desde el capítulo 13 hasta el capítulo 21 es de las últimas semanas de Jesús.

Proporcionalmente hablando, estamos al final. Y al final, el Señor nos da esta lección espiritual. Ya había comenzado la conspiración de Judas. Lo que gatilló la semana de la pasión fue que el diablo entró en Judas, y Judas entonces vende al Maestro. Toda esa conspiración es la última semana de la pasión. Estamos en ese momento. De hecho, en el capítulo anterior se describe la angustia que ya había en el corazón del Señor, y él se está despidiendo. Y nos dice ahora que antes de la fiesta de la pascua —y él era el Cordero de la Pascua—, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasase de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el final.

Aquí se nos muestra que Jesús había llegado a amar a sus discípulos de una manera real y profunda. Es interesante que quien está escribiendo presenció todos estos hechos, pero él no escribe los hechos como si no hubiese estado allí. Él estaba allí. Él pudo haber escrito: y Jesús nos había amado a todos nosotros de una manera muy profunda y nos siguió amando hasta el final. Pero él habla de los discípulos. Y es algo intencional en Juan mostrar que discípulos de Cristo no solamente eran ellos. En este momento él está acotando que Jesús ya había dado muestra de su amor por sus discípulos, pero que había resuelto amarlos hasta el final.

Y nos muestra una dimensión de la encarnación que llama mucho la atención, y es que Jesús nos amó como amamos los seres humanos, vinculándose, conviviendo con la gente. Su amor no fue solamente un asunto intelectual o filosófico, sino que Jesús llegó a estas personas, convivió con ellas y llegó a quererlas realmente. No solamente por convicción, porque el Padre se las había dado, sino porque había gustado de la presencia de ellos. Otro de los evangelistas describe a Jesús diciendo: yo había deseado compartir con ustedes esta cena. De hecho, él no se retrajo, sino que dijo: yo quiero compartir con ustedes estos últimos momentos. Muestra un rasgo de la encarnación de Cristo. Jesús no solamente tenía un plan, un proyecto; Jesús se relacionó con ellos y se vinculó con ellos.

La tarea del siervo más básico

Y ahora vamos a la acción misma. Dice así el versículo siguiente: y cuando cenaban, el diablo entró en el corazón de Judas Iscariote y comenzó todo este proceso de la semana final. Entonces dice el versículo 4: se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla se la ciñó. La manera en que lo describe Juan deja ver que fue como un exabrupto dentro de la cena. Se esperaría que las personas se limpien los pies cuando van entrando a la casa; eso era lo que se esperaba. Ya están cenando y el Señor se levanta y comienza a hacer lo que se hacía al principio. Luego puso agua en un lebrillo, en un recipiente, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.

Nadie habla todavía, pero lo que el Señor está haciendo, lo mínimo que es, es un poco raro. Es un acto inesperado y, al mismo tiempo, es un acto que no se corresponde con la dignidad de Jesús. Si el Señor hubiese hecho esto al principio de su ministerio, quizás hasta era un poco menos disruptivo. Pero en este momento, donde ya sus discípulos tienen formación, en este momento donde ya todos están persuadidos de que él es Maestro y Señor, en este momento donde ha hecho sus grandes milagros, en este momento donde la gente viene a él y todo el mundo quiere recibirle, que el Señor fuera recibido en una casa y, cuando esté comiendo, él lave los pies de los otros, era un acto que llamaba la atención.

¿Qué es lo que se atreve a hacer? Pues el acto mismo de lavar los pies estaba reservado para el más básico de los sirvientes de una casa. Cuando usted entraba a la servidumbre de una casa, antes de que usted cocinara, antes de que usted fuera el que cuidara los bienes, antes de cualquier cosa, usted comenzaba lavando los pies. Lavar los pies era el acto cotidiano reservado para la persona más básica entre todas las que servían en una casa. Se le podía dar a un esclavo. Era algo que el mismo dueño de la casa no hacía por sus invitados, sino que tenía a alguien para que lo hiciera.

Yo estuve tratando de buscar en la vida contemporánea algún acto cotidiano, doméstico, que se pareciera a limpiarle los pies a una persona, y no hay. Eso ya no existe. Eso que tenían los antiguos, de que cuando alguien venía a su casa tenían agua; de hecho, lo que se estilaba era que la persona misma limpiara sus propios pies. Y si alguien tenía los bienes, entonces tenía a alguien que limpiaba los pies de los otros. Lo que Jesús está haciendo es una tarea de servidumbre. Es una tarea que se estilaba que la hicieran los esclavos. Era una tarea que ninguno de los discípulos haría por otro condiscípulo suyo. Pedro no le lavaría los pies a Juan, y Juan no le lavaría los pies a Pedro.

Clarifico aquí que el trabajo era un trabajo común. El siervo de menor categoría lo hacía. No era una curiosidad, no era un asunto anecdótico; era un asunto que todo el mundo hacía, se hacía todos los días, pero usted lo hacía por usted mismo, o buscaba una persona de menor categoría que lo hiciera por usted. Se hacía todos los días, pero nadie permitiría que su maestro limpiara sus pies.

Nosotros entendemos estos textos desde una perspectiva occidental. Estoy mirando The Chosen, una serie que describe la vida de Jesús. Y algo que me ha llamado la atención de lo que he visto hasta ahora es que hay mucho pensamiento occidental que se deja ver en la serie. Los discípulos de Cristo parecen como si fueran occidentales y no orientales. Es muy buena serie, traten de verla. Lo que estoy diciendo, hermano, es que uno no puede evitar traer el pensamiento occidental al pensamiento oriental, y por eso a nosotros no nos llama tanto la atención. En el mundo judío, un discípulo que realmente era un discípulo y tenía carrera de discípulo no permitiría nunca que su maestro lavara sus pies. Y una persona de una posición social superior nunca se agacharía a limpiar los pies de otro.

Lo que Jesús está haciendo es transgredir las normas sociales. Está rompiendo con un código. Cuando los códigos se rompen se genera cierto estrés. Yo imagino que en la mesa hay estrés. ¿Y qué es lo que el Maestro está haciendo?

Arranca por el estrés de que los discípulos están pensando: quizá debimos haber preparado a alguien para que limpiara los pies, y a alguien se le olvidó coordinarlo. De hecho, yo pensé decirles: mira, voy a buscar tres varones de mi iglesia y vamos a tener un limpiabotas para cuando lleguen los hermanos. Es una curiosidad. De hecho, yo conocí a Caro así. Cuando yo conocí a Caro, ella estaba en un estudio bíblico en Intec y me invitó. Y cuando yo fui, me estaba esperando con un lebrillo, agua y un pañito. Y me dijo: no, es que yo voy a hablar del lavamiento de los pies. En el primer momento que me encontré con Caro, me dijo: ah, mira, que vamos a lavarle los pies a los estudiantes.

Y la verdad, hermano, es que yo conocía el texto y todas las cosas, pero yo soy piqui. Y a mí me interesaba la muchacha y todas las cosas, pero lavarle los pies a los estudiantes… Vamos a saltar la historia larga, hermano; vamos a decir que aquí estamos todavía y que tenemos no sé cuántos años de matrimonio. Lo que le quiero decir con esto es que, de manera contemporánea, quizá para ilustrarlo, podemos hacerlo. Pero de hecho, si usted se pone a lavar los pies de alguien, lo que va a hacer es llamar la atención hacia usted mismo. Y va a hacer lo contrario de lo que estaba haciendo Jesús.

No es el gesto, es la lección

Esto es importante para evitar ser estrafalarios y superficiales. Hay hermanos míos que ven estos textos y se van por la parte mecánica directamente. Está bien, hermano, la parte mecánica para ilustrarlo. Yo estoy seguro que para los estudiantes fue memorable, para Caro y también para mí, el hecho de que recordamos que Jesús en un momento tomó los pies de alguien, los tocó y los lavó. Sin embargo, no es un asunto de replicar la acción mecánica; es de ver la intención. Lo que Cristo está haciendo es nivelar el asunto entre los apóstoles y decirles: entre ustedes no debería haber uno más grande y uno más pequeño. Entre ustedes no deberían estar debatiendo a ver cuál va a ser el mayor y cuál va a ser el menor.

En esta última semana de la pasión, entre los discípulos de Cristo había rivalidades, había tensiones. Tiempo antes había venido la mamá de los hijos de Zebedeo a tener una reunión con Jesús —una señora de importancia— y a decirle: yo vengo a pedirte que mis hijos estén sentados, uno a la izquierda y el otro a la derecha. Y el Señor le respondió. Pero yo le hubiera respondido: ¿y qué hacemos con los demás? ¿Y por qué a ellos? Se estilaba entre los judíos que cuando un maestro partía, el discípulo más aventajado tomaba su lugar. Y es esperable que los discípulos estuvieran debatiendo cuál es el sucesor de Jesús, cuál es el que se va a enseñorear, cuál va a ser el maestro entre nosotros.

Bueno, no es el gesto mecánico de lavar los pies. Es la lección espiritual que está mostrando el Señor: que entre los discípulos no debería haber diferencias, y que si él, que es el Maestro y el Señor, como bien lo es y ellos lo saben, lavó los pies, ellos mismos podrían lavarse los pies los unos a los otros.

El Señor estuvo visitando a Simón el fariseo, y cuando estaba visitando a Simón el fariseo lo reprendió y le dijo: Simón, esta mujer me ha lavado los pies; tú no dispusiste ni siquiera de eso para mí. O sea, que era un código bien conocido.

¿Cuál es el propósito de la acción? El Señor está preparando a sus discípulos para que enfrentaran lo que venía por delante. ¿Y qué era lo que venía por delante? Venía la semana de la pasión. Se esperaba que uno de ellos, en lo humano, sucediera a Jesús. No, yo creo que Juan, porque es más prudente. No, yo creo que Pedro, porque es más explosivo. ¿Quién es que va? Ellos estaban por recibir un nivel de autoridad y poder para hacer señales que podría dañarlos si no tenían humildad.

De hecho, los discípulos harían cosas aún más grandes que las cosas que hizo Jesús. Pero para usted hacer cosas aún más grandes que las que hizo Jesús, necesitaba tener un corazón al que esas cosas no le hicieran daño. El Señor los está preparando. Ellos iban a tener la atención que Jesús había tenido. De forma tal que, así como las multitudes venían a Jesús, las multitudes vendrían a los apóstoles de Jesús. Pero un corazón inapropiado, recibiendo multitudes, podría ser dañado. Jesús está preparando el corazón. Porque ustedes van a recibir poder cuando haya venido sobre ustedes el Espíritu Santo, pero un poder con un corazón envanecido hace un daño tremendo. Él los está preparando para que vivan una transición cuando él no esté.

Yo leía este texto y puedo recordar cuando una persona envejece y piensa qué va a ser de su familia, del núcleo familiar de sus hijos, cuando él falte. Cada vez que falta un tronco en la familia, todo se replantea. Hay hermanos que están juntos porque papá y mamá están ahí. Pero cuando faltan los troncos, entonces la familia, todo se replantea. El Señor se está preguntando: yo estoy por irme físicamente, ¿y qué va a pasar con los discípulos de Cristo? ¿Seguirán juntos, seguirán siendo iglesia cuando yo no esté en medio de ellos? La única manera de que sigan siendo iglesia cuando yo no esté en medio de ellos es que, a causa de mi ejemplo de humildad, ellos aprendan a lavarse los pies los unos a los otros.

Porque tú y yo hemos sido discípulos porque Jesús está ahí. Pero cuando Jesús físicamente no esté con nosotros, todavía tendremos la disposición de encogernos, de agacharnos, de despojarnos para amarnos sinceramente los unos a los otros. Jesús está preparando a los discípulos. En el grupo existían sus preferencias, existían sus divisiones. Es esperable que algunos de los discípulos no se gustaran entre ellos. Eso es normal. La gente quiere que los prejuicios desaparezcan de manera mecánica. Eso no desaparece de manera mecánica. Los seres humanos hacemos acepción de personas. Yo hago acepción de personas y tú también. Que no lo cultive es otra cosa. En mí hay preferencias naturales hacia unos sí y a otros no, y hay gente que naturalmente evito. Que no permita que mis prejuicios me doblen es otra cosa.

Pero lo peor que podemos nosotros hacer es asumir que la iglesia es una comunidad perfecta. Si no era perfecta la comunidad de los discípulos de Jesús, que eran la génesis de la iglesia, no somos perfectos tampoco nosotros. Yo creo que el camino es reconocer, hermano, que entre nosotros hay trivialidades, que hay divisiones, que hay parcialidades, que hacemos acepción de personas, y que la manera en que eso se limita, se domina, se suspende, es siguiendo el ejemplo de Jesús. Tenemos dos opciones: o ignoramos la realidad de que una iglesia naturalmente está parcializada, dividida, prejuiciada, o vemos el ejemplo de Cristo. Yo creo que veamos el ejemplo de Cristo. De hecho, hermano, yo hace mucho que no compro eso de que la iglesia no es como antes, que antes éramos una iglesia unida. De verdad, es que nos conocíamos menos.

Las divisiones siempre han estado, sobre todo en el corazón de su pastor. Síganme en esto. No queremos pretender que somos una iglesia sin prejuicios, no queremos pretender que somos una iglesia sin divisiones, no queremos pretender que somos una iglesia donde no andamos buscando colocarnos por encima de los otros, porque eso es natural a los seres humanos. Lo que debemos hacer es reconocerlo y ver el ejemplo de Jesús. Y si vemos a Cristo lavando los pies de sus discípulos, ¿quiénes somos nosotros para no recibirnos los unos a los otros? El camino no es pretender ser perfectos; el camino es mirar a Cristo tan detenidamente, de forma tal que terminemos pareciéndonos a él.

Primera lección: dejar que Jesús nos lave

He estado mostrando primero la acción y el momento en que ocurrió. La acción es lavar los pies, un acto humilde, y ocurrió en el último momento antes de la pasión, cuando sus discípulos necesitaban recibir esta lección espiritual. Yo creo que lo que salvó la transición fue que Jesús lavara los pies de ellos. ¿Qué vamos a hacer después de la cruz? En el aposento alto, cuando estuvieran ya todos reunidos, ¿qué es lo que iban a hacer? Ya el Señor no está aquí. Al primero que le iban a dar era a Mateo: tranquilo ahí, que a ti te hemos aguantado porque el Maestro estaba aquí. En todo grupo humano hay alguien a quien otro le está cuidando; eso es natural. Y cuando esa persona falta, no te me muevas mucho. Ay, hermano, el Señor está lavando los pies porque, después de lavar los pies, ellos van a recordar esto de manera muy memorable, de manera muy palpable.

Y van a poder suspender lo que hasta el momento había sido el problema entre ellos, que habían estado teniendo diferencias. Entonces el Señor les da ahora dos lecciones espirituales, y a través de estas lecciones está la enseñanza. La primera enseñanza es que hay que dejarse servir por Jesús. Dice así el versículo 6: entonces vino a Simón Pedro. Y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me vas a lavar los pies?

No abuso del texto, hermano, cuando supongo que parece que Pedro no fue el primero. Quizás Pedro vio a otro y se lo dejó lavar. Yo me imagino a Pedro: si el Señor comenzó por otro y le lavó los de fulano, ¿y quién se cree fulano? Tú estás dejando que el Maestro te lave los pies. Pero en silencio, porque nadie se atreve a hablar. Fue el Señor quien tomó la iniciativa de lavar los pies. Pero no te preocupes, que él va a venir donde mí. A mí no, Señor. Yo no soy tan maduro como él. No, no, no, no. Cuidado.

Entonces vino a Simón Pedro, y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me vas a lavar los pies? Respondió Jesús y le dijo: lo que yo hago tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después. Pedro le dijo: no me lavarás los pies jamás. Pedro está pensando todavía en la acción mecánica. Dice: tú no me vas a lavar los pies ahora ni me los vas a volver a lavar nunca. Tú no me lavas los pies a mí; yo te lavo los pies a ti.

No es que quiero quedarme ahí detenido, hermano, pero para uno recibir el evangelio, parte de lo que tiene que recibir es entender que hay cosas que Jesús va a hacer por nosotros antes de que nosotros podamos hacer algo por los otros. Que uno primero recibe y después da. La iglesia de Cristo necesita crecer en dependencia para poder crecer en generosidad. Y a menos que tú permitas que el Señor haga en tu vida algo primero, tú no vas a hacer nada por nadie. Hay una diligencia en el ser humano natural donde queremos hacer todo por todos; pero primero permitamos que Cristo haga por nosotros la cosa más importante.

La única manera de usted dar por gracia es dar por gracia lo que por gracia usted ha recibido. Cristo primero te lava, y después tú lavas. Esa es la dinámica, hermano; ya yo me puedo ir. Eso fue lo que yo vine a decir y me siento tranquilo, hermano, pues ya lo dije. Que antes de nosotros intentar cumplir un ministerio, servir a los otros, hay que permitir que Cristo haga en nosotros lo que solamente Cristo puede hacer en la vida de un hombre. Cuando él nos ha lavado, nosotros podemos lavar. Cuando él ha lavado la parte que nosotros no podíamos lavarnos por nosotros mismos, no hay nada que nosotros no podamos hacer a favor de otro ser humano, si Cristo realmente lo hizo.

Pero si Cristo no ha hecho en ti la parte más importante, tú siempre vas a tratar de lavar un pie y no el otro. Ya te lo lavé ayer, no vengas mañana. Tú siempre vas a sentir que estás dando mucho, a menos que entiendas lo mucho que Cristo a ti te ha dado primero.

Respondiendo Jesús le dijo: lo que yo hago tú no lo comprendes ahora, mas lo entenderás después. Pedro le dijo: no me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: el que está lavado no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos.

Ellos están todavía pensando en el acto dramático, en el asunto físico de lavar los pies. Jesús está pensando en mostrar, a través de algo físico, una lección espiritual. En esta actitud de Pedro, de no dejarse lavar los pies, hay un asunto que es natural en todos los discípulos. Al principio tú no quieres dejar que tu Maestro lo haga, pero tú tienes primero que recibir antes de comenzar a dar.

En este lavamiento de los pies hay una imagen de la salvación. Tú no lo entiendes ahora mismo, pero lo vas a entender después. ¿Qué era lo que Pedro entendería después? Él entendería que, con relación a la cruz y a la encarnación, lavar los pies de los discípulos era un asunto mínimo. ¿A ti te parece raro que el Maestro lavara los pies de sus discípulos? Raro te va a parecer después que el Dios que hizo los cielos y la tierra se hiciera hombre y tomara la condición de hombre para morir por nosotros en la cruz.

Eso es lo que es verdaderamente raro. A los hombres naturales les impresiona mucho que Jesús se humillara y lavara los pies. A los cristianos les impresiona que Dios se hiciera hombre, tomando la condición de hombre, para llevar nuestros pecados a una cruz. Eso es lo que es impresionante. De hecho, si tú estás muy impresionado porque Jesús lavara los pies de los discípulos, tú no has entendido todavía el evangelio. Porque lo que realmente impresiona del evangelio es que él, siendo completamente Dios, se despojó a sí mismo para ir a una cruz y morir en nuestro lugar. Eso impresiona mucho más que el lavatorio de los pies. Y eso nosotros no lo podemos hacer por ningún ser humano.

Lo que tú no entiendes ahora, lo entenderás después. ¿Qué es lo que entendería después? La dimensión completa del amor de Dios que había sido derramado en Cristo Jesús. Yo me imagino que los discípulos tuvieron décadas para llegar a sorprenderse diariamente del hecho asombroso de que el Dios que hizo los cielos y la tierra no solamente lavara los pies de ellos. Quiero mostrar que el evangelio tiene una dimensión progresiva. Hay cosas que el Señor hace en nuestras vidas en un día y nosotros las entenderemos durante décadas. Te faltará vida para entender el evangelio. Tú el evangelio lo recibes en un día, y te dedicas a pensar en lo que tuvo que ocurrir de forma tal que tú llegues a ser parte del pueblo del Señor y que su sangre sea la cobertura para tus pecados. Vida nos faltará para entender eso.

Lo que Pedro entendería después

Ah, ya yo entendí que Jesús se humilló. Si eso fue lo que tú entendiste, no has entendido. Alguien dice: ah, mira, la lección que hay en esto es que tenemos que ser humildes. Si esa es la lección, perdió el tiempo. Aprenda eso en otro lugar. Hay fundaciones en esta tierra que hacen trabajo en los bateyes, y usted puede aprender humildad en esos lugares. Ahora, mirando a Jesús lavando los pies y después yendo a una cruz, usted va a entender el evangelio. Lo que no entiende ahora, lo entenderá después. Usted va a recibir el golpe del evangelio y va a entender que eso fue lo más importante. Y eso tiene réplica, y réplica, y réplica.

Y tú vas a unir los puntos. Y cada vez vas a entender mejor la obra de Cristo en una cruz. Y mientras más tú madures espiritualmente, más vas a llegar a entender las dimensiones del amor de Dios, de forma tal que el primer versículo cada vez tiene más sentido para ti. De forma tal que tú puedes decir: como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Y tú dices: ahora es que yo entiendo esto más profundamente.

Ese lavamiento de los pies era la imagen de la salvación. ¿Qué es la salvación? Dios haciéndose hombre para limpiar la suciedad del pecado en lo profundo del corazón del ser humano. Ese es el evangelio.

¿Qué es el evangelio? Es Dios tomando de manera repentina la iniciativa de hacer por nosotros una labor que nadie más iba a hacer, y que nosotros no sabíamos que él iba a hacer en ese momento. Tan imprevista es la salvación de un hombre como imprevisto fue el hecho de que Cristo limpiara los pies de sus discípulos. Nadie estaba esperando que el Señor tomaría el lebrillo y un paño y limpiaría sus pies. Y ninguno de nosotros estaba esperando que el Señor un día nos iba a salvar. Así de repentina es la salvación, como repentino y exabrupto fue el hecho de que el Señor limpiara los pies de ellos.

Así de raro se ve a Cristo yendo a una cruz, como raro se ve al Señor tomando el lugar del sirviente: el justo por los injustos, para que nosotros tengamos vida eterna. Ese es el evangelio. El gran cambio en nuestra mente sucede cuando entendemos estas cosas: que el Señor no nos necesita a nosotros, sino que nosotros necesitamos al Señor. La actitud que hay en Pedro es la actitud que hay en el hombre natural. Pedro dice: ¿tú me vas a limpiar los pies a mí? No. Es el evangelio, hermano: todo el mundo entiende que puede hacer muchas cosas por Dios, pero nadie quiere que Dios haga en su vida la cosa que solamente Dios puede hacer.

Es el evangelio. Las personas dicen: yo todavía no soy cristiano porque yo todavía no tengo tal cosa lista. Pedro entendía que él podía hacer cosas por el Señor, pero no entendía que el Señor era el que había hecho por Pedro la cosa que Pedro jamás iba a hacer. Y que aun la cosa sencilla que Cristo estaba haciendo en ese momento tampoco Pedro podía hacerla por sus propias fuerzas. Ese es el evangelio. El evangelio es entender que nosotros necesitamos que Dios haga por nosotros, no que nosotros hagamos cosas para Dios. Y alguien dirá: pero es que Dios es demasiado grande, ¿cómo voy yo a dejar que él me sirva a mí?

Él te sirve a ti primero y después tú lo sirves a él. Ese es el evangelio. Hay gente que dice: no, es que todavía yo no he hecho tal cosa, no puedo hacer tal cosa para Dios. Deja de estar esperando hacer cosas para Dios y permite que Dios haga en tu vida las cosas que solamente Dios puede hacer. Ese es el evangelio, y eso es lo que hay que entender: que yo necesito que el Señor haga una cosa en mí. Y esa cosa que él va a hacer en mí parece un exabrupto. La gente quiere limpiarse los pies ella sola. La gente quiere limpiarse el alma ella sola. Tú no puedes limpiar tu alma. Así como tú no puedes limpiar tus pies por ti mismo, tú no puedes limpiar tus pecados por ti mismo. Ese es el evangelio.

Pedro, tú tienes que dejar que yo lo haga, le está diciendo. Y por eso más gente no es salva, porque la gente quiere hacer cosas por Dios. El activismo no salva; la dependencia y la humildad salvan. Creer que nosotros podemos darle cosas a Dios no nos salva. Creer que él a nosotros nos puede dar, eso es salvación.

¿Cuál es el evangelio? Es el hecho de que necesitamos a Cristo recurrentemente para limpiar nuestros pies, aunque nosotros ya hayamos sido lavados. Un creyente no grita independencia. Nosotros no somos islas; dependemos del Señor todos los días. Yo dependí de él en el momento en que él me salvó, cuando yo no era consciente de que necesitaba salvación.

Yo soy de aquellos hermanos que fueron salvados en el momento en que ellos no sabían que necesitaban salvación. Yo no fui la persona que entendía que sus pecados eran tan grandes. Cuando yo no entendía la dimensión de mis pecados, ya él me estaba salvando. De forma tal que yo gozo mi salvación en retrospectiva, donde me doy cuenta de que el Señor cubrió deudas por mí de las cuales todavía yo no era consciente. Uno de los problemas que tienen los seres humanos con la deuda es que casi todo el que está endeudado no sabe cuánto debe. ¿Usted sabía eso? Una de las cosas más difíciles para saldar una deuda es reconocer su deuda. Cuando yo no podía reconocer mi deuda delante de Dios, ya él estaba dando el tarjetazo en la cruz, hermano. Gloria a él por su salvación.

Un Salvador permanente

Ya él me estaba amando cuando yo no sabía que necesitaba ser amado. Esa es la cosa más impresionante. Yo no solamente lo necesitaba ayer; yo lo necesito hoy y lo voy a necesitar mañana y pasado mañana. No solamente necesito apropiarme la salvación; mi salvación necesita mantenimiento —hablo figuradamente, hermano, para que no digan después que uno está enseñando cosas raras—. O sea, yo necesito ir a su presencia todos los días y decir: Señor, mis pies se ensuciaron. Y humildemente: aquí voy yo de nuevo. Así de raro se ve, hermano, como usted llevar sus piecitos sucios donde alguien para que se los limpie.

Parece raro que nosotros vayamos diariamente a la presencia del Señor para que nos limpie de nuevo. Y toca hacerlo, porque mientras usted camina en esta tierra sus pies se van a llenar de polvo. Y usted vuelve y lleva sus piecitos delante del Señor. Ese es el evangelio: que no solamente es la verdad que conocimos un día y nos salvó, sino que el evangelio lo volvemos a vivir todos los días, cuando el Señor reiteradamente, recurrentemente, cíclicamente, permanentemente nos sigue salvando. El Señor no solamente me salvó; el Señor me salvó y él es mi Salvador recurrentemente, permanentemente. No hay un día donde yo no necesite ser salvado por el Señor, ser limpiado por el Señor. Él limpió mi alma, hermano, y también limpia mis pies todos los días. Gloria al Señor por su salvación. Ese es el evangelio.

Pedro, es que yo no quiero que ustedes piensen ahora que pueden vivir de manera independiente de mí. No, señor; ya nosotros no nos graduamos como discípulos, no. Yo a ustedes los lavé, pero los voy a seguir lavando, es lo que él está diciendo. Yo a ustedes los amé y los voy a seguir amando hasta el final. Yo he entendido eso, hermano, y eso ha llenado mi corazón de emoción: que el Señor no solamente me amó con amor eterno, sino que él me sigue amando en mis temporalidades, y no habrá nada en mi vida que no sea ocupado por el amor de Dios. Él no solamente te amó; él te seguirá amando hasta el final. Esa es la convicción que hay aquí.

Yo te limpié una vez y te seguiré limpiando hasta el final: esa es la convicción que tiene un creyente. No hay situación que pueda separarnos del amor de Dios en Cristo Jesús. Él no solamente te limpió y ahora cuídate por tus propios medios; no: yo te limpié, yo voy a seguir limpiándote. Pedro necesitaba eso, y nosotros como iglesia también lo necesitamos. Yo no solamente quiero que usted esté seguro de su salvación; yo también quiero que usted esté seguro de su Salvador. Que no solamente vea a Cristo como su proveedor de salvación en los años 90, no. El Señor todos los días sigue limpiando mis pies, y no solo mis pies, sino mis manos y hasta la cabeza, como dijo Pedro.

Es el evangelio, hermano: que tú primero piensas que no lo necesitas, y después dices: yo no solamente lo necesito, sino que lo necesito mucho más de lo que tú me estás ofreciendo. Ahí es que se ve un discípulo de Cristo. Cuando usted no ha entendido, usted siente que esto es una transacción de un momento; y cuando usted lo entendió, usted dice: Señor, más agua. ¿Tú eres el que no querías que te lavaran los pies? Ese es Pedro, hermano; ese soy yo.

Pedro le dijo: no me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no solamente mis pies, sino también las manos y la cabeza.

Ese es uno cuando uno entiende. Hay un momento en la vida cuando uno entiende que necesita a Cristo. Y si tú llegas a entender que tú necesitas a Cristo, tú necesitas a Cristo en cantidades industriales, tú necesitas a Cristo por lote. Más, Señor. Pedro, pero si tú no querías que yo te lavara los pies. Es que yo no entendía de qué se trataba. Ahora no digo yo los pies: los pies, la cabeza y las manos, todo el cuerpo. Ahí es que los seres humanos, en relación a Cristo, vamos de lo ridículo a lo sublime. Pasamos de entender que nosotros podemos lidiar con nuestras vidas, que podemos salvarnos por nuestros propios medios, a entender que no podemos vivir en esta tierra un minuto sin ser ayudados por Dios.

Ahora entendí, Señor. Por favor, llévame hasta los tobillos y después hasta las rodillas, y tú sigue de ahí para arriba, Señor, hasta donde tú entiendas. Ahí entendiste el evangelio. Mientras tú no has entendido el evangelio, tú entiendes que esto es transaccional, tú entiendes que esto es una capa de pintura, tú entiendes que con una charla está bien. Cuando tú entiendes que Jesús es tu Salvador permanentemente y que él te ha amado con amor eterno, tú entiendes que esto no es solamente los pies: los pies, las manos y todo lo que haga falta.

¿Cuál es la primera enseñanza? La primera enseñanza es que el Señor necesita limpiarte antes de que tú puedas hacer algo por alguien.

Segunda lección: lavarnos los pies los unos a los otros

Pedro estaba listo, hermano; estaba en una plataforma de lanzamiento. ¿A quién hay que darle? ¿A dónde es que vamos a servir? ¿Dónde es que vamos a probar los dones? Pedro, recuérdate: yo te limpié los pies para que tú les laves los pies a los otros.

¿Cuál es la segunda enseñanza? Dice el versículo 12: así que, después que les hubo lavado los pies, tomó su manto, volvió a la mesa y les dijo: ¿sabéis lo que os he hecho? Yo me imagino, hermano, que ahí están diciendo: oye, la cena se ha vuelto interesante. No vinimos para acá para pasar un buen momento y comer, pero esto se está volviendo complejo. Lo primero, ver al Señor lavando nuestros pies. Uff. Y ahora, después que me lava los pies, me pregunta.

Eso es comprometedor, hermano, porque tú acabas de sentir su mano y el agua en tus pies. Y ahora te pregunta: ¿entendiste? ¿Qué tú le hubieras dicho? Pedro, respóndele. Ahí es cuando le clavo el codo a Pedro: Pedro, dale tú. Responde, Pedro, rompe la tensión. Está tenso el ambiente. Después que les hubo lavado los pies, después que todos sintieron la mano del Señor en los pies, después que todos sintieron el agua, después que sienten que tienen los pies limpios, después que sienten el frescor del agua en sus pies, entonces les dijo… Wow, hermano, el Señor está dando un discurso. Así sí se aprende. Cualquiera lo recuerda. Con los pies todavía medio húmedos, fresquecitos y bien limpios, que tú miras para abajo y dices: wow.

Ahora te preguntan: ¿saben lo que yo he hecho? Bueno, estamos entendiendo. Esas son preguntas que uno dice: ah, es que esto tenía significado. Es que esto es más que agua, es más que pies. Esto es otra cosa. Sí, es otra cosa desde el principio. Desde que ustedes me conocieron se trata de otra cosa, de cosas mucho más altas, de cosas mucho más profundas. Y aquí es que les dio duro, hermano. Recuerden que ellos estaban peleando a ver cuál iba a ser el primero: si el que más hablaba, o el más sabio, o el más erudito, o el mejor administrador, o el que pudiera reclutar más gente.

¿Cuál es la lección espiritual? Vosotros me llamáis Maestro y Señor. Los dos términos que él está utilizando son términos duros. Son términos que un hombre humilde no se aplicaría a sí mismo.

Yo soy Maestro, yo soy Señor. Cristo sacó la carta de su deidad en este momento y la puso sobre la mesa. Ustedes están peleando a ver cuál va a ser el primero, ustedes están peleando a ver cuál va a ser el que habla más duro, cuál va a ser el señor de todo. Y Cristo saca su carta de la deidad y la pone sobre la mesa. Y dice: ustedes, vosotros todos, me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Uff. Bueno, esto es una declaración. Él no tenía duda de que él era Dios.

A veces, para entender el sacrificio de Cristo, necesitas saber quién es realmente Cristo. Yo creo que no hay más adoración, no hay más gozo en tu salvación, porque tú no has entendido quién fue el que te salvó. Si tú entiendes que él es el Señor y el Maestro, y que hizo eso por ti, entonces tú puedes adorarle en toda su dimensión.

Y hay veces que él tiene que sacar la carta para que uno entienda. Están al lado mío, me han estado llamando Maestro y Señor, y bien lo dicen, porque yo lo soy. Pero si yo, el Señor y el Maestro… Los que están pretendiendo señorío entre ustedes, ¿dónde están? Los hijos de Zebedeo, ¿están aquí todavía? Mateo, ¿está oyendo? Pedro, Andrés. El Señor está jugando la carta aquí. Su deidad la está mostrando. Mírenme. Es duro, hermano: fue Dios mismo el que te acaba de limpiar los pies, el que ha estado con nosotros. Pero si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros.

Si yo, que soy el único grande, me he hecho pequeño, traten ustedes de no hacerse grandes. Así mismo es que él termina, hermano. Él dice al final: de cierto os digo, el que reciba al que yo enviare me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me envió. Yo estoy enviando a ustedes, pero los estoy mandando con humildad.

Está justamente después: porque ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis. De cierto, de cierto os digo, el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis. Es decir, el Señor está diciendo: yo los estoy mandando a ustedes, y ninguno de ustedes es maestro ni señor. Ustedes son mensajeros de alguien muy poderoso, mensajeros de alguien que tiene autoridad, y a ustedes los envió. Les está diciendo: dejen de buscar posiciones, que ustedes no tienen autoridad en ustedes mismos; ustedes nunca van a tener eso que buscan los hombres en esta tierra.

Los dos títulos: maestro, una posición de autoridad que genera admiración; señor, una posición de poder que genera respeto. Cristo reunió ambos títulos, mostró ambos títulos, y después de mostrar ambos títulos, dramáticamente se despojó, humildemente, y limpió los pies de ellos. Dice: si yo, que ustedes saben que lo soy, lo hago, ¿qué es lo que están buscando ustedes de posición?

Yo lo puse como una nota: el ejemplo de Cristo no es negar nuestro valor o nuestra identidad, sino tener una identidad tan centrada en Dios —como dice el versículo 1 y el versículo 13— que podamos asumir con interés cualquier labor. La falsa humildad de negar nuestra identidad, de decir que nosotros no somos o no tenemos, no es el ejemplo. El ejemplo es que quien verdaderamente entiende su lugar en Dios no se aferra.

Así se lo escribió Pablo a los filipenses, Filipenses 2, del 5 al 8:

Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

— Filipenses 2:5-8

Eso es el evangelio. Cristo en este momento muestra la carta de su deidad en lo más alto, Señor y Maestro, y también se muestra como un siervo. Les está diciendo: ustedes no necesitan tener los códigos de este mundo para hacer lo que yo les estoy mandando hacer. Sean humildes los unos con los otros, les está diciendo.

Después Pedro, en 1 Pedro 5:5, dice: revestíos de humildad. Y el término «revestíos de humildad» transmite la idea de vestirte de servidumbre. Ponte los paños que usan los sirvientes cuando van a lavar los pies. De forma tal que la idea todavía permanecía en Pedro.

¿Cuál es la lección aquí, hermano? Ah, no, la lección es que tenemos que hacer actos humildes como lavar los pies. No. La lección aquí es que tenemos que entender el evangelio: que a nosotros nos han dado una cosa que es incomparable, inconmensurable, con relación a cualquier cosa que nosotros podamos hacer por cualquier hombre, de forma tal que nunca vamos a sentir que estamos dando mucho. En vez de repetir mecánicamente esta acción —que sería un anacronismo, porque ya no se estila, ya no existe gente lavando los pies—, busquemos formas actuales para replicar la actitud.

¿Y cuál es la actitud? Déjate servir por los otros. Renuncia a buscar posiciones de preeminencia. No digas que tú nunca lo has hecho, hermano; todos lo hacemos, los seres humanos vivimos en eso. En base a eso tú eliges amistades, en base a eso eliges trabajos, en base a eso decides si vas a una reunión o vas a la otra, porque allí me aportan o allí no me aportan. Sí, en base a eso nos movemos los seres humanos en nuestra condición natural. Pero cuando estamos en Cristo entendemos que, si él ha hecho esto por nosotros, nosotros podemos hacerlo también por los otros, asumir una posición más humilde.

Celebra el hecho de que seamos una comunidad heterogénea. La iglesia de Cristo está llamada a ser la comunidad más horizontal que existe en esta tierra. Y no es que tú digas que no tienes nada. Lo hermoso de la iglesia del Señor es que realmente tú tienes algo y hay alguien que tiene menos que tú, y aquí estamos los dos, porque Cristo lavó los pies de ambos. En la iglesia de Cristo su hermosura radica en el hecho de que nosotros hemos sido amados tan profundamente que podemos con facilidad seguirnos dando amor los unos a los otros. No porque tú seas más sabio que yo, ni porque tú seas más enérgico, sino porque Cristo nos lavó los pies a todos. Si él es Dios y nos lavó los pies, ¿cómo no nos podemos amar los unos a los otros?

Servir por convicción, no por motivación

Es una disposición radical recibir a todo aquel que ha sido salvado por el Señor y tratarle con dignidad. La iglesia de Cristo es el lugar donde las personas deberían sentirse dignas. Sin importar que tú no tengas un nombre, sin importar que tú no tengas erudición: ven, tus piecitos junto con el mío, aquí estamos.

Este es el punto de partida para el servicio en la iglesia: imitar a Cristo. Durante muchos años yo predicaba el servicio según los dones: si tú tienes un don, tú deberías ponerlo a la disposición de los otros. He cambiado el asunto. Yo creo que deberíamos servir según nuestros dones, pero sobre todo deberíamos servir siguiendo el ejemplo de Cristo. Yo no te sirvo porque tenga un don.

Yo te sirvo principalmente porque yo he sido servido primero, y yo doy por gracia lo que por gracia he recibido. No es que yo tenga esta facilidad que Dios me ha dado y, como tengo esta facilidad, entonces yo te sirvo. No, no, no. Yo tengo este testimonio que me da entre las sienes todos los días, de que yo he sido profundamente amado por una persona que es inmensamente superior a mí. Y si esa persona lavó mis pies, también yo puedo lavar los pies tuyos. No es que yo tenga un don; lo que yo tengo, sobre todo, es el ejemplo de Cristo. Cualquier cosa que hagamos por nuestros hermanos es poco con relación a lo que Cristo ha hecho por nosotros. Esa es la fuente del servicio cristiano. Eso es lo que debería impulsar los ministerios de esta iglesia.

Ah, que tenemos ministerios vibrantes porque tenemos gente muy dotada. No. Tenemos ministerios vibrantes porque tenemos gente que ha sido profundamente amada, y ha recibido tanto de Dios que con facilidad nos desbordamos para dar a los otros. Quizás no tenemos los mejores dones, pero tenemos el mejor testimonio, que es el ejemplo de Cristo. Cuando quitamos el ejemplo de Cristo, la iglesia pierde su fuerza diferenciadora. Se trata de Jesús, hermano. No es que la iglesia tiene muchos dones, mucho talento; no. La iglesia tiene el testimonio de que Cristo se hizo hombre y murió por todos nosotros, y que nos sirvió radicalmente, profundamente, de forma tal que podemos despojarnos para servirnos los unos a los otros.

Cuando quitamos el ejemplo de Cristo, entonces se vuelve un asunto de dones, de disponibilidad o de motivación. ¿Por qué te sirvo? Porque estoy disponible. No, no te sirvo porque estoy disponible; disponibles nunca estamos si no hacemos el esfuerzo. Yo te sirvo porque yo he sido servido. Motivación: no me siento muy motivado, ya tengo un tiempo, no tengo la motivación. Yo, cuando pierdo la motivación, lo que quiero es ver a Cristo. Cada vez que yo vea a Cristo lavando los pies de sus discípulos, yo voy a encontrar la disposición de servirte a ti. No es motivación lo que hace falta, es testimonio. Mientras más veas la dignidad de Cristo, mientras más veas el señorío de Cristo, mientras más veas la maestría de Cristo sirviendo a aquellos que no estaban a su nivel, más impulso vas a tener tú para servir a tus hermanos.

Qué bonito va a ser cuando tú hagas el ministerio no por dones, no por disposición, no por motivación, sino que el ejemplo de Cristo sea lo que nos impulse. ¿Y por qué tú todavía estás sirviendo? Porque todavía a mí me están lavando los pies. Mientras yo vea a Cristo lavando mis pies, tú me vas a ver a mí lavando los pies tuyos. Cristo, en su momento de mayor angustia, él estaba sirviendo a sus discípulos. No es que Cristo estaba tan contento que hasta les lavó los pies. ¿Han visto el exabrupto del borracho? ¿Han visto ese borrachín que cuando se pega dos tragos se vuelve como que ah, sí, está contento, y ahora lo hace?

No es así que los cristianos servimos. No es que estamos entusiasmados y porque estamos entusiasmados servimos. Nosotros no servimos por entusiasmo, servimos por convicción. Ni es que nos sobra el tiempo. Hablo con cuidado, hermano, de esto, pero cada vez que una persona está teniendo situaciones difíciles en su vida, cada vez que una persona está teniendo estrés, cada vez que una persona está teniendo cambios, la recomendación es que la persona limite su servicio porque tiene que enfocarse en otra cosa. No, hermano, yo no compro eso. Porque lo que nos motiva a nosotros no es la disponibilidad ni la motivación humana superficial: es el ejemplo de Cristo. Y cuando Cristo estaba en su momento de mayor incertidumbre, de mayor angustia, cuando Cristo estaba en el punto álgido, él tomó un lebrillo, tomó un paño y limpió los pies.

No porque estuviera motivado, sino porque estaba convencido. Un cristiano, un discípulo de Cristo, no debería servir por motivación. Servimos principalmente por convicción. Yo estoy persuadido de que he sido amado, y mientras la convicción permanezca en mi corazón, aunque yo tenga el momento más difícil, como quiera yo te sigo sirviendo. No es un ánimo, hermano, a la imprudencia. El ánimo es a que dejes la superficialidad de servir a tus hermanos solamente cuando te sientas motivado o estés disponible. Cristo, cuando ya había cumplido todo menos la cruz, él seguía sirviendo. Cristo, aun en medio de la conspiración de Judas, siguió sirviendo. Judas estaba ahí, y le limpiaron los suyos también. Le limpió los pies a Judas, para que fuera corriendo a vender al Maestro.

Esa es la convicción, hermano. Que Cristo, en su gracia, le dio a tanta gente. Eso a mí me ha dado duro. Con facilidad uno sirve por mérito y hacemos de esto una meritocracia. Si él es constante, le sirvo. Si él hace tal cosa, entonces sí. A él no, a él sí. Cuando se lavaron los pies, los pies de Judas estaban ahí. El asunto es que Judas necesitaba más que los pies: Judas necesitaba también la cabeza, los brazos y el corazón.

Lo que te muestro con esto es que nosotros no servimos a la gente porque nos caiga bien, no servimos porque estemos motivados, no servimos porque sean buenos, no servimos porque se parezcan a nosotros, no servimos porque merecen ser servidos. Servimos porque él nos amó primero.

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