En el estanque de Betesda convergen tres fuerzas que siguen operando hoy: la superstición que cree poder manipular a Dios, el legalismo que pretende merecer su favor, y la gracia que actúa sin requerir nada de nosotros. Cristo sanó al paralítico sin que este entrara al agua, sin que respondiera correctamente y sin que siquiera supiera quién lo había sanado.
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Cada milagro del Señor que está documentado en los evangelios es único. Los milagros confirman su deidad y documentan la compasión característica en Él, pero aún más importante para nosotros, son lecciones figuradas, una expresión dramática y muy memorable de alguna realidad espiritual. Ningún encuentro con Jesús es un encuentro casual. Cristo no vino a esta tierra a perder el tiempo. Por donde quiera que caminó, Él estaba enseñando: con sus palabras, con sus acciones, con sus gestos. Todo importa.
Después de estas cosas, había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua. […] Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? […] Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho y anduvo. Y era día de reposo aquel día.
— Juan 5:1-9
Tres fuerzas en tensión
En este milagro se pueden ver dos fuerzas que son contrarias a la gracia. Está la fuerza de la superstición popular, que quiere conseguir el favor de Dios por sus propios medios. Y está la fuerza del legalismo, que también entiende que con sus medios puede obtener ese favor. Mientras estamos en este mundo no podemos sustraernos completamente de ninguna de las dos. Uno está rodeado de supersticiones y uno está rodeado de legalismo. En esas tensiones vive el ser humano hasta que ve a Jesús.
La superstición es atribuir poder o personalidad a los fenómenos naturales y acciones comunes. El legalismo es la creencia de que por medio del cumplimiento estricto de algún código se puede llegar a obtener el favor de Dios. La gracia es la manifestación del favor inmerecido de Dios hacia sus criaturas: un favor para el cual no tienes que entrar primero al agua, y para el cual no tienes que estudiar mucho la ley. La gracia no se obtiene porque tú cumplas; se obtiene porque Dios es bueno.
Sin embargo, a pesar de que estemos en la gracia, tarde o temprano vuelve a visitarte un poco de legalismo o un poco de superstición. Mi temor no es que ustedes estén entregados a la superstición o al legalismo; mi temor es que combinen las cosas. La gracia es suficiente. Cuando el Señor va a hacer su obra, no necesita que se muevan las aguas, y tampoco necesita que usted le autorice.
La superstición popular
El estanque de Betesda era un lugar público y concurrido, un referente de gran tamaño según las evidencias arqueológicas. Tenía cinco pórticos, había agua, y esas combinaciones son sumamente atractivas. Donde quiera que haya un charquito de agua, los seres humanos nos quedamos mirándolo. Es posible que en este estanque se efectuaran baños rituales de purificación, lo que daría más sentido al versículo 14, donde el Señor le dice: «Vete y no peques más.»
Toda superstición se logra a través del esfuerzo humano, ya sea con astucia o con un alto nivel de sacrificio. Donde quiera que haya superstición se te demanda que hagas algo, y tienes que hacerlo primero que los demás, a la hora correcta, en el momento específico. El supersticioso entiende que si logra hacer algo de una manera muy precisa, conseguirá lo que está buscando. Este hombre responde supersticiosamente: «Señor, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agite el agua, y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo.» Toda superstición tiene ese elemento de que alguien llegó primero que tú.
La superstición se difunde como un mito a través del tiempo, aunque no haya evidencia de ningún resultado. Los seres humanos son tan supersticiosos que eligen creer que algo funciona aunque no haya evidencia de que a nadie le haya funcionado. El supersticioso reemplaza a Dios y se coloca a sí mismo, a sus sentimientos y sensaciones, en el lugar de lo divino. Quizá este hombre tenía muchos años frente al estanque y seguía yendo porque entendía que era como un mérito acumulado.
El hombre natural necesita creer en algo
El hombre natural necesita la superstición porque fue hecho para vivir en comunión con Dios. Cuando Dios no está en la relación, te vas a agarrar de la ley o te vas a agarrar de la superstición, pero de algo te agarras. Los seres humanos no estamos listos para vivir en esta tierra solamente contando con nosotros; necesitamos contar con algo más grande. Quien no tiene a Cristo tiene superstición o tiene ley.
Hice un viaje a Sajoma, San José de la Mata, donde hay unas aguas termales. Mientras me encontraba allí, me di cuenta de que la razón por la cual yo estaba en ese lugar no era la misma razón de los demás. Dos señoras me dijeron: «Nosotros vinimos desde Nueva York; estas aguas tienen poder. Lo hacemos cada año.» Estaban dentro del agua con una actitud que no era relajación; realmente entendían que estaban recibiendo algo. Otro hombre me explicó que había hecho un arreglo con un brujo y estaba combinando una cosa con la otra. Esa persona vivía en la más abierta superstición.
Para el Señor hacer algo en la vida de uno no necesita ese drama, no necesita un lugar, no necesita un objeto, ni siquiera necesita una persona específica. En este milagro había una multitud de desesperados; el Señor sanó a uno, lo hizo en silencio, y el hombre no supo quién lo había sanado. Si el Señor hubiera dado allí un discurso, inmediatamente las personas habrían confirmado su superstición y todavía estuvieran peregrinando al estanque de Betesda. El poder está en Cristo, no en el estanque.
La superstición cristiana
Muchos cristianos permanecen aferrados a formas supersticiosas. Cuántos creyentes están orando al Señor en formatos muy específicos porque entienden que esa plantilla de oración es conducente a obtener más rápido una respuesta de Dios. De manera sencilla puedes orar a tu Dios, y el Espíritu Santo te ayuda. El Señor nos dio un modelo de oración, pero no era un modelo supersticioso; era un ejemplo de dependencia. Orar con plantillas específicas intentando con esto obtener más rápido el favor de Dios es superstición cristiana, pero superstición al fin.
Creer que por vestir de una manera específica Dios te oye. Que si te ves estrafalario, entonces tienes más poder. Que si usas estribillos y oraciones repetitivas, eso tiene algún efecto especial. El cristianismo evangélico en la cultura popular se ha nivelado con la superstición. También circunscribir la gracia y el poder de Dios a lugares y horarios específicos: «En este congreso es que Dios se va a mover.» Dios se puede mover aquí ahora mismo. Él es soberano. Vivir de evento en evento esperando probar el poder de Dios es superstición.
Cuando Él se manifestó en este milagro, la gente ni siquiera se dio cuenta de que estaba allí. Congrégate para lo mejor, con entendimiento. Qué hermoso es un creyente que ama a Dios y dice: «Señor, yo quiero estar en tu casa, yo quiero adorarte.» No porque los espacios tengan valor alguno, sino porque hay un Dios que es real, que no depende de los espacios. Debajo de una mata de mango el poder de Dios se puede manifestar. No hay que tener lugares especiales, días especiales, momentos específicos donde conjuramos el poder de Dios. Dios es Dios, sin importar lo que tú hagas.
La pregunta de la gracia
«¿Quieres ser sano?» Esa es la pregunta de la gracia. Para recibir la gracia no hace falta un mecanismo, no hace falta estar listo. Hay gente esperando en el legalismo que va a recibir la gracia porque va a hacer algo que agrada a Dios. Le preguntas a alguien: «¿Tú quieres ser salvo?» Y te responde: «Es que yo todavía tengo esto, tengo aquello, tengo que resolver tal cosa.» Estás pensando como un legalista; el Señor no necesita que tú dejes de hacer algo para salvarte.
Este hombre no tuvo que responder para que el Señor lo sanara. El supersticioso dice: «Dile que sí, que te va a sanar.» No hay que decir que sí para que el Señor lo haga. Jesús le dijo: «Levántate, toma tu lecho y anda.» Eso es gracia. Gran parte de los bienes de los cuales el Señor me ha rodeado, yo no he tenido ni siquiera que orar por ellos. Aun antes de que yo pudiera clamar a Él, ya estaba proveyendo a mi favor.
Yo testifico que no soy salvo porque seguí un ritual. No soy salvo porque me porté bien. Soy salvo porque el Señor quiso salvarme. De pura gracia, según su beneplácito desde la eternidad, Él dijo: «Él va a ser salvo», y me salvó. ¿Cuántas son las personas que han repetido la oración del pecador y siguen muertas en su delito y pecado? ¿Y qué precisión podía tener yo orando cuando era solo un niño de siete años? Es por gracia, no es un asunto supersticioso ni un asunto legalista. Este hombre no tuvo que responder para que el Señor lo amara.
La gracia ocurre de manera imprevista
En toda obra de gracia, Dios y su carácter son revelados. El Señor mostró empatía hacia el ser humano: «¿Quieres ser sano?» Mostró un interés real en la gente. Se revela que tiene paciencia: treinta y ocho años tenía este hombre enfermo, y en vez de reprenderlo porque está esperando una superstición, el Señor tuvo compasión. Cuando tú estabas en tus supersticiones, ya te estaba amando. Este hombre todavía era un supersticioso, pero ya Dios le estaba mostrando su beneficio.
La gracia ocurre en forma imprevista. La gracia de Dios no cabe en una tabla de Excel. El Señor salva cuando va a salvar, sana cuando va a sanar. Esto no cabe en un cronograma. Por eso siempre estamos predicando el evangelio y siempre estamos esperando que el Señor va a hacer grandes cosas, las veamos o no las veamos. En gran medida la bendición de Dios en ese día no pasa por mis ojos. Yo sé que el Señor está salvando, sé que está sanando, pero lo hace de manera imprevista, de forma tal que todos los hombres somos humillados.
El legalismo exige entender primero para recibir después; sin embargo, las obras de la gracia se reciben primero y se entienden después, o no se entienden. Este hombre fue sanado, tomó su lecho y anduvo, pero no miró a Jesús. Ni siquiera se preguntó con quién estaba hablando. Donde hay gracia genuina, hay adoración, hay una relación personal. El Señor le buscó dos veces: primero para sanarlo y después para salvarlo. El supersticioso entiende que él busca; el creyente entiende que está siendo buscado.
El legalismo religioso
Paradójicamente, el Señor refutó el legalismo pero no así la superstición. Donde le encontró supersticioso, tuvo misericordia; donde le encontró legalista, le reprendió. Al parecer, el legalismo es, desde la perspectiva del Señor, aún más aborrecible que la superstición. El Señor no fue al estanque a decirles a los enfermos que dejaran su superstición; sin embargo, cuando fue al templo, sí tumbó las mesas. La superstición en algún sentido se disculpa, porque no tiene la elaboración doctrinal que tiene el legalismo.
Cuatro expresiones de legalismo se ven en este texto. Primera: una falta de interés en la gente y sus necesidades. Estás mirando a un hombre que debe estar saltando de alegría porque acaba de recibir un milagro, y a ti lo que te importa es que está caminando el día de reposo cargando una camilla. Segunda: el legalista pretende dominar la vida de los otros. «No te es lícito llevar tu lecho.» Son creyentes que quieren vivir controlando la vida de los demás. Tercera: el legalista usa el miedo y la compulsión. Este hombre delató a Jesús porque sabía que violar intencionalmente el día de reposo podía costar la vida. Cuarta: el legalista pretende quitarle el lugar a Dios para disponer de la vida de alguien.
El evangelio confronta todo
¿Por qué es atractivo el legalismo? Porque nos hace sentir que estamos cumpliendo con la tarea. Cuando logro estar bien en algún aspecto de la ley de Dios, eso me hace sentir superior a los demás enfermos del estanque. Necesitamos validar nuestra posición señalando a alguien que esté peor que nosotros. «Yo no soy como los otros hombres», decía el fariseo.
Me recuerda la parábola de Lucas 18:9, a unos que confiaban en sí mismos como justos y menospreciaban a los otros:
Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres. […] Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.
— Lucas 18:10-14
Hay muchas formas de legalismo cristiano. Tener «sana doctrina» se ha convertido en un estribillo que se usa con un tinte de superioridad moral. «Nosotros sí somos la verdadera iglesia, sí tenemos la doctrina correcta, no somos como los otros cristianos.» Que eso no sea lo que nos defina. Humildemente podemos decir que el Señor ha tenido misericordia de nosotros, que hay iglesias que han alcanzado niveles de madurez más altos y hay otras que todavía siguen luchando, pero que nosotros luchamos también.
El evangelio se hace manifiesto en este milagro. Es la buena noticia de que Dios realmente se interesa en las necesidades del hombre, tanto en las temporales con sanidad como en las eternas cuando le buscó en el templo. En el evangelio Dios toma la iniciativa para salvar al hombre. También el evangelio confronta al legalismo que constantemente pone dudas en la obra de Dios, y confronta la superstición que cree poder producir la obra de Dios por sus propios medios. Tanto el Padre como el Hijo están trabajando: «Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.» Que nuestro corazón viva por gracia, que mengüe en nosotros el legalismo y la superstición, y que podamos gozarnos en las grandes obras de Dios.