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Jesús sana al paralítico de Betesda

Juan 5:1-18

En el estanque de Betesda convergen tres fuerzas que siguen operando hoy: la superstición que cree poder manipular a Dios, el legalismo que pretende merecer su favor, y la gracia que actúa sin requerir nada de nosotros. Cristo sanó al paralítico sin que este entrara al agua, sin que respondiera correctamente y sin que siquiera supiera quién lo había sanado.

Predicado4 de febrero de 2024
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Capítulo 5 del Evangelio de Juan. Veremos aquí uno de los milagros de nuestro Señor Jesucristo: el milagro donde Él sanó a un paralítico en el estanque de Betesda. Juan capítulo 5, desde el versículo 1 y hasta el 18. Leemos la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios.

Después de estas cosas, había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua. Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese.

Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho y anduvo. Y era día de reposo aquel día.

Entonces los judíos dijeron a aquel que había sido sanado: Es día de reposo; no te es lícito llevar tu lecho. Él les respondió: El que me sanó, él mismo me dijo: Toma tu lecho y anda. Entonces le preguntaron: ¿Quién es el que te dijo: Toma tu lecho y anda? Y el que había sido sanado no sabía quién fuese, porque Jesús se había apartado de la gente que estaba en aquel lugar.

Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor. El hombre se fue, y dio aviso a los judíos, que Jesús era el que le había sanado. Y por esta causa los judíos perseguían a Jesús, y procuraban matarle, porque hacía estas cosas en el día de reposo. Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo. Por esto los judíos aún más procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.

— Juan 5:1-18

Ningún encuentro con Jesús es casual

Pueden sentarse, mis hermanos. Yo tengo un deleite en predicar la Escritura, pero en especial tengo un deleite en predicar la Escritura en aquellos textos que se centran directamente en la persona de mi Señor Jesucristo. Conozco a Cristo hace años, pero todavía la persona de Jesús para mí genera un atractivo casi irresistible. Es un asunto que uno lo ve y quiere considerarlo aún más, entenderlo aún más, como que uno no puede despegarse.

Ningún encuentro con Jesús es un encuentro casual. Cristo no vino a esta tierra a perder el tiempo. Por dondequiera que caminó Jesús, Él estaba enseñando: enseñaba con sus palabras y enseñaba con sus acciones. No hay partes en los relatos acerca de la vida de Jesús que estén allí de relleno. Todo importa.

Uno ve a Cristo sanando y quiere ver sus palabras, quiere ver sus gestos, quiere ver las descripciones sobre sus actitudes que pusieron los evangelistas. Si hay compasión, uno quiere ver la compasión. Si hay una acción, uno quiere conocer la acción. Uno quiere saberlo todo de nuestro Señor Jesucristo. Uno quiere conocerle más y más.

En este milagro se pueden ver dos fuerzas que son contrarias a la gracia. Está la fuerza de la superstición popular, que quiere conseguir el favor de Dios por sus propios medios, y está la fuerza del legalismo, que también con sus medios entiende que puede obtener el favor de Dios. Por un lado la superstición popular, y por el otro lado el legalismo religioso.

Como cristianos nosotros aspiramos a vivir en la gracia, pero mientras estamos en este mundo no podemos sustraernos completamente ni de una cosa ni de la otra. Uno está rodeado de supersticiones y uno está rodeado de legalismo, aun legalismo no cristiano. En esas tensiones viven las personas hasta que ven a Jesús: creen que obtendrán cosas de manera mística y supersticiosa, o creen que obtendrán cosas porque están haciendo lo correcto. Son las dos tensiones en las cuales vive el ser humano. La gracia lo rompe todo.

La ley y la superstición son realmente atractivas para nuestro hombre natural. La superstición nos hace ver que nosotros podemos como controlar a Dios; que si hacemos una cosa primero y la otra después, entonces sí vamos a tener lo que estamos buscando. Eso es atractivo. Te vas a una biblioteca o a una librería y hay pasillos completos llenos de supersticiones, porque las supersticiones son sumamente atractivas para el ser humano. Da estos tres pasos y conseguirás lo que estás buscando. Visita estos sitios y te cambiarán la vida.

Por otro lado, la ley también atrae. La gente dice que no ama la ley; ellos no aman la ley de Dios, ni quieren amar al Dios de la ley. Pero los seres humanos quieren creer que al vivir de acuerdo a un código específico les va a ir bien. ¿Y cuántas son las frustraciones de las personas que hacen todo lo que hay que hacer y no tienen lo que entienden que van a obtener?

La gracia es otra cosa, que no se parece a la superstición ni se parece al legalismo. La gracia lo rompe todo. En este texto vemos gracia: el Señor haciendo un milagro. Vemos superstición: multitud de gente esperando un milagro y entendiendo que el que entra primero lo tiene. Y vemos también el ejército de legalistas que están esperando que el milagro ocurra, y cuando ocurre, entonces comienzan a cuestionarlo.

Superstición, legalismo y gracia

Doy tres definiciones y les pongo el texto. Primera definición: superstición. ¿Qué es ser supersticioso? La superstición es atribuir poder o personalidad a los fenómenos naturales y acciones comunes. Un supersticioso anda mirando fuerza en todos los lugares, y entiende que ahí, en ese sitio específico, sucede algo. La gente dice que no lo es, pero todo el mundo es, hasta cierto punto, supersticioso. Y solamente la gracia puede vencer la superstición y el legalismo. Aquel que no espera en Dios, en algo está esperando. Usted puede ser un supersticioso mítico o puede ser un supersticioso racional.

¿Qué es el legalismo? El legalismo es la creencia de que por medio del estudio o el cumplimiento estricto de algún código se puede llegar a obtener el favor de Dios. ¿Qué dice el legalismo? El legalismo dice que si usted estudia mucho y se porta bien, entonces va a obtener su milagro. Que si usted es un poquito más diligente en cumplir precisamente algún código, entonces al final usted va a obtener lo que está buscando.

Y está la gracia. La gracia es la manifestación del favor inmerecido de Dios hacia sus criaturas, ya sea para su salvación eterna con su gracia especial, o para algún beneficio temporal a través de su gracia común. La gracia es un favor no merecido para el cual usted no tiene que entrar primero al agua. La gracia es un favor no merecido para el cual usted no tiene que estudiar mucho la ley. La gracia no se obtiene porque usted cumpla; la gracia se obtiene porque Dios es bueno.

Sin embargo, a pesar de que estemos en la gracia, tarde o temprano vuelve y te visita un poquito de legalismo, o te visita un poquito de superstición. Yo no tengo el temor de que ustedes estén todavía, mis hermanos, entregados a la superstición o al legalismo; mi temor está en que usted combine las cosas. Yo quisiera mostrarles que la gracia es suficiente, y que cuando el Señor va a hacer su obra no necesita que se muevan las aguas, y tampoco necesita que usted le autorice si se hace el sábado o se hace el viernes. El Señor es soberano, y cuando va a hacer su obra, la hará.

Comienzo mostrando una superstición popular. Juan está describiendo una práctica que evidentemente era común en su tiempo y que sus lectores podían reconocer. Se llama superstición.

Este estanque era un lugar público y concurrido, era un referente, y tenía un gran tamaño según las evidencias arqueológicas. Era un lugar amplio, y probablemente tuviera hasta algún valor estético, porque se describen sus elementos arquitectónicos: tenía cinco pórticos. En este lugar también había agua. Y esas combinaciones son sumamente atractivas. Dondequiera que haya un charquito de agua, los seres humanos nos quedamos como mirándolo. Pasa algo con los elementos naturales que genera en nosotros un interés, y las personas le atribuyen a eso un valor místico, un valor religioso. Si la figura es redonda, entonces es un espejo de agua y ahí va a suceder algo.

Es posible que en este estanque se efectuaran baños rituales de purificación, lo que daría más sentido al versículo 14, donde el Señor le dice: vete y no peques más. Entre los judíos existía esa costumbre, y en la mente judía, si una persona estaba enferma, era porque había pecado él o había pecado alguno de sus antepasados. Probablemente este grupo de personas venía a bañarse entendiendo que a través de este baño ritual, de estas aguas, iban a salir de su malestar.

Al parecer, esta multitud de enfermos había prevalecido y podía permanecer allí. En todas las ciudades hay gente malograda, pero no se junta; y dondequiera que llega un malogrado suelto, la misma sociedad le expulsa, le dice váyanse, no estén aquí. Pero parece que eran tantos los necesitados que ya se habían apropiado del lugar: este es el lugar de nosotros, aquí es que nosotros vamos a conseguir lo que estamos buscando. Se llama superstición.

Y toda superstición tiene formas comunes. Recuerdo que en el 2008 hablé de esto, y traje mis notas de aquel momento, lo que yo anoté entonces.

Yo ponía que la superstición y su efecto se logran a través del esfuerzo humano, ya sea con astucia o con un alto nivel de sacrificio. Dondequiera que haya superstición, se te demanda, se te exige que hagas algo. Y tú tienes que hacerlo primero que los demás, a la hora correcta, en el momento específico. El supersticioso pone santos y le hace al santo lo que hay que hacerle; y si hay que voltear el santo, se voltea el santo, porque el supersticioso entiende que si él logra hacer algo de una manera muy específica, conseguirá lo que está buscando.

¿Qué es lo que este hombre está buscando? ¿Cuál es la superstición que tienen estos hombres? Dice que hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos, y que en estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos que esperaban el movimiento del agua. Su superstición le decía que si el agua se movía y uno entraba de primero cuando el agua se estaba moviendo, entonces lograba su milagro.

¿Cuál es el elemento común a todas las supersticiones? Que alguien tiene que entrar primero. Te preguntan: ¿por qué tú no tienes un milagro? ¡Ah, que no entraste primero! A veces la superstición tiene elementos económicos, a veces tiene asuntos de esfuerzo: peregrinar a un lugar distante, a una hora específica del día, hacer un ejercicio físico demandante, subir de rodillas, caminar descalzo, llegar a lugares inhóspitos y decir que como llegaste, entonces yo merezco mi milagro.

Estoy en el versículo 5. Dice que había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo, y que cuando Jesús lo vio acostado y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿quieres ser sano? Aquí él le responde supersticiosamente: Señor, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua. Toda superstición tiene ese elemento de que alguien llegó primero que tú. Ya no puedes, no te esforzaste, no lo hiciste como yo te dije que había que hacerlo. Apela a un recurso limitado al que solamente tienen acceso unos cuantos privilegiados: hay alguien que tiene una fuerza, hay alguien que tiene un poder. Eso es superstición.

La vida diaria está llena de supersticiones

La superstición se difunde como un mito a través del tiempo, aunque no haya evidencia de ningún resultado. De hecho, la superstición no necesita que haya un resultado. Los seres humanos son tan supersticiosos que eligen creer que eso funciona aunque no haya evidencia de que a nadie le haya funcionado. La gente entiende que si deja de practicar la superstición, aunque no reciba respuesta, entonces va a recibir un daño peor. Mira, si tú vas a ir donde ese brujo, tú tienes que hacer lo que él te está diciendo, y cuidado si no lo haces. Quizá este hombre tenía muchos años frente al estanque y seguía yendo al estanque porque él entendía que era como un mérito acumulado.

La vida diaria está llena de formas supersticiosas. Los hombres no hablan de esto abiertamente porque ni siquiera lo notan, pero viven de premonición en premonición. Hay gente que dice que ellos saben cuándo va a suceder algo, que quieren tener el poder de presentir acontecimientos, que dicen tener un sexto sentido. Y tú hablas con la persona en sus conversaciones diarias y te salen con eso: no, yo tengo como un sexto sentido, yo sabía que eso iba a ocurrir. Superstición. El supersticioso reemplaza a Dios y se coloca a él mismo, y entiende que sus sensaciones realmente son sensaciones divinas. Hay personas que hablan con tanta seguridad: yo ya había visto eso antes, yo tengo un sexto sentido.

Otros lo hacen todo en orden: se pone primero una cosa y después la otra, y si no lo ponen en orden, comienzan de nuevo. El deporte está lleno de superstición. Son rituales, hay cosas que ellos hacen. Deportivamente da gusto ver un juego, porque ellos hacen cantidad de cosas absurdas. ¿Por qué lo hacen siempre así? Porque esa es su superstición: correr de un modo, tocar un objeto, lanzar algo al aire, y entender que si tú no haces eso, entonces te va a ir mal. Muchos otros hasta juntan el cristianismo con la superstición: un versículo bíblico o algo que tocar. No es que venga a darles un listado de esto; lo que quiero es que usted se identifique, y si tiene alguna, que la deje.

El hombre natural necesita la superstición, pues tú fuiste hecho para vivir en comunión con Dios. Cuando Dios no está en la relación, usted se va a agarrar de la ley o se va a agarrar de la superstición, pero de algo usted se agarra. Los seres humanos no estamos listos para vivir en esta tierra solamente contando con nosotros; usted necesita contar con algo más grande que usted. Y quien no tiene a Cristo tiene superstición o tiene ley. Le llaman a esto destino. Se consultan espiritistas, brujos o gente de Dios —pongo Dios con minúsculas—, porque esa persona, cuando ora, tiene un efecto. Hay quien dice: no, cuando yo llegue, primero hay que hacer una oración, vamos a hacer una oración para limpiar el ambiente. Son supersticiones.

Hermano, no estoy diciendo que no ore; no estoy diciendo que cuando llegue a un sitio no pueda orar genuinamente. Lo que estoy diciendo es que no viva en la superstición de creer que nosotros podemos llegar a tener control de las cosas. Las cosas están al alcance de Dios.

Les leo unas cuantas supersticiones más, así de rápido. Asumir que los sitios tienen poder para producir cosas. Hice un viajecito al interior del país y fui a Sajoma, San José de las Matas. Y en Sajoma hay unas aguas termales que son muy interesantes, una piscinita muy chula. Yo andaba con los muchachos, andábamos con papi, y fuimos a las aguas termales. Entramos, y son unas aguas muy agradables.

Mientras me encontraba en las aguas termales, me di cuenta de que probablemente la razón por la cual yo estaba ahí no era la razón por la cual estaban los demás. Hay un ambiente allí que es un balneario rodeado de una densa naturaleza; usted mira para todo el lugar y lo que ve es verdor, árboles grandes. Las aguas son termales, salen calientitas, un poco azufradas. El camino que te lleva hacia allá es un camino de palitos de madera, y tú llegas y ahí está la piscinita. El sonido del río, un camino de madera. Personas que vienen desde muy lejos para hacer algo muy sencillo, pero que es significativo para ellos. Estaban en la piscinita dos señoras y me dicen: nosotros vinimos de Nueva York, estas aguas tienen poder.

Nosotros lo hacemos cada año. Y yo veo que están ahí dentro con una actitud que no es de relajación; ellos realmente entienden que están recibiendo algo. Es la expectativa de obtener algún bien espiritual, que a veces no saben bien cuál es, pero lo están buscando a través de algo que no es Dios. Uno de esos hombres cibaeños me dice, con su acento muy marcado, que él vive en Nueva York, pero que ya hizo un arreglo con un brujo que le está ayudando en algo, y que está combinando una cosa con la otra. Y me doy cuenta de que esta persona vive en la más abierta superstición, y que la razón por la cual se está bañando no es porque las aguas son agradables, sino que realmente entiende que ese chorrito de agua que sale por un tubo de media —porque es un tubo de media, hermano— va a producir algún bien en su ser. Es agua natural, pero la canalizan en un tubo de media. Yo digo: pero si me le ponen por lo menos un cañito de piedra, como que uno vive la experiencia completa.

Bueno, estoy hablando de superstición, y realmente mi preocupación está en que muchos cristianos permanecen aún aferrados a formas que son formas supersticiosas. Para el Señor hacer algo en la vida de uno no necesita ese drama: no necesita un lugar, no necesita un objeto, ni siquiera necesita una persona específica para hacerlo. El Señor en su soberanía lo hace. En muchos de sus milagros anteriores el Señor se manifestó cuando hizo el milagro; en este momento Él hizo el milagro y el hombre que lo recibió realmente no sabía quién era el que lo había sanado.

El Señor está demostrando que la superstición no es el camino, que el camino es Jesús, y que no hace falta una parafernalia religiosa y supersticiosa para que Dios haga lo que va a hacer. Que los hombres necesitamos esas cosas, pero Él no las necesita ni las alimenta. Es interesante que en este milagro había una multitud de desesperados: el Señor sanó a uno, lo hizo en silencio, siguió su camino, y el hombre no supo que Él lo había sanado. Yo me pregunto: Señor, ¿y por qué no lo haces evidente? Es que Él no quiere ser confundido con las supersticiones. Si el Señor sanaba a este hombre y daba allí un discurso, inmediatamente las personas iban a confirmar su superstición y todavía estuvieran peregrinando al estanque de Betesda.

Superstición cristiana

El poder está en Cristo, no en el estanque de Betesda. Dondequiera que Cristo está, el poder está en Él. Les decía que muchos cristianos permanecen en estas cosas. Se las leo, hermano, para que salgamos de allí.

Cuántos son los creyentes que están orando al Señor en formas muy específicas porque entienden que ese formato de oración es conducente a obtener más rápido una respuesta de Dios. Tengo una plantilla que te voy a compartir: cuando tú ores así, dices esto primero y aquello después, es como un poder que sale de ahí. Superstición. De manera sencilla usted puede orar a su Dios, y el Espíritu Santo le ayuda. Pedir como conviene no lo sabemos, pero Él intercede por nosotros con gemidos indecibles.

Es cierto, hermano, que el Señor nos dio un modelo de oración y nos enseñó a orar, pero no era un modelo supersticioso, ni un modelo para que nosotros consigamos algo sin depender de Dios. Es un ejemplo de dependencia en la oración. Orar con plantillas específicas intentando con esto obtener más rápido el favor de Dios es superstición cristiana, pero superstición al fin. Como hay legalismo cristiano, hay superstición cristiana.

Creer que si se practica algún ritual en forma muy precisa Dios le responderá. Cuando tú ores, te arrodillas y te colocas de determinada manera. Si usted tiene razones importantes para arrodillarse, hermano, hágalo. No es que esté mal ni que esté bien, pero por favor no se sienta superior a los otros porque su forma sea como más poderosa. Hay otros que oran de pie, hay otros que se inclinan. La posición del cuerpo no te acerca a recibir más rápido la provisión de Dios. Ore con reverencia, arrodíllese ante su Dios. ¿Me siguen en el pensamiento? No es un asunto de hacer o no hacer, sino de hacer las cosas por las razones correctas. Usar estribillos, oraciones repetitivas, creyendo que eso tiene algún poder. No bromeo con eso, hermano; cada vez me lo tomo más en serio.

Me quejo ante la superstición de creer que por vestir de una manera específica entonces a ti Dios te oye. Que tienes que vestirte de un solo color, o con una ropa específica, o estrafalaria, y si te ves estrafalario entonces a ti Dios te oye. No, Dios no te oye porque te veas estrafalario. Ni va a ocurrir el milagro porque entres más temprano en el agua. Se llama superstición. «Yo no visto como viste el común de los hombres, yo soy un siervo de Dios.» He buscado intencionalmente, hermano, hasta yo mismo, tener un código de vestimenta normal. No es que si tienes una manga muy ancha y unos pantalonzotes así, Dios te usa. Pero hay otros que entienden que si tienes una chaqueta muy refinada y una corbata, entonces eres un siervo de Dios. Vista como viste la gente, con decoro, hermano; y así, con decoro, Dios te va a usar.

Circunscribir la gracia y el poder de Dios a lugares y horarios específicos. En este congreso es que Dios se va a mover. Dios no se está moviendo ahora mismo, pero vamos para el congreso. Mira, en ese congreso, ahí es que Dios se va a mover; a ver, tal fecha, anótalo, vamos para allá, vamos juntos tú y yo. No, hermano, Dios se puede mover aquí ahora mismo, o puede no moverse, evidentemente.

Dios siempre se está moviendo. Dios no tiene como un breaker que lo suben y lo bajan, lo prenden y lo apagan. Él es soberano, en Él hay toda autoridad. Esa es una forma de vivir como con un Dios intermitente, que hace cosas porque hicimos un evento y Él se va a manifestar. No. Hagamos el evento, asistamos al evento, pero entendamos que Dios está con nosotros todo el tiempo. Vivir de evento en evento esperando probar el poder de Dios, peregrinar a lugares muy lejanos esperando que allá sí y aquí no, es superstición. Dios no necesita eso para manifestarse. De hecho, cuando Él se manifestó en este milagro, la gente ni siquiera se dio cuenta de que estaba allí.

Venir a la casa de Dios para que se te pegue algo, supersticiosamente, tampoco lo es, hermano. Congréguese, pero con entendimiento. Pensar que eres más aceptado por Dios porque mira, yo llegué temprano y aquí estoy: hizo un esfuerzo. Superstición. Qué hermoso es un creyente que ama a Dios y dice: Señor, yo quiero estar en tu casa, yo quiero adorarte. No porque eso tenga poder alguno, no porque los espacios tengan valor alguno, sino porque hay un Dios que es real, que no depende de los espacios. Abajo de una mata de mango el poder de Dios se puede manifestar, hermano. No hace falta tener lugares especiales, días especiales, momentos específicos donde conjuramos el poder de Dios. No existe. Dios es Dios, sin importar lo que tú hagas. Y gran parte de lo que Dios hace a favor de nosotros, nosotros ni siquiera lo somos conscientes.

Yo creo que el Señor avergonzó aquí a los supersticiosos, diciéndoles: todos ustedes están tratando de entrar primero; este no tuvo que entrar y se fue cargando su camilla. ¿Y qué es lo que pasó? Me imagino a la gente esperando: ¿y el agua? Pero él no entró. Hizo cortocircuito la superstición. ¿Y qué hace él cargando la camilla? Si él no fue que entró; a mí fue que me cargaron.

«¿Quieres ser sano?»: la pregunta de la gracia

Es interesante cómo el Señor lo hizo, hermano. El Señor se acercó discretamente. Esto es en el versículo 6.

Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?

— Juan 5:6

Esa es la pregunta de la gracia, hermano. No hay que tener mucha habilidad para responder eso. Para recibir la gracia no hace falta un mecanismo, no hace falta estar listo. Hay cantidad de gente que está esperando en el legalismo, que van a recibir la gracia porque ellos van a hacer algo que agrada a Dios. Le preguntan a una persona: ¿tú quieres ser salvo? No, es que yo todavía tengo esto, tengo aquello, tengo que resolver tal cosa. Tú estás pensando como un legalista; el Señor no necesita que tú dejes de hacer algo para salvarte. Hay otro que dice: no, es que mira, yo no me preparé adecuadamente, yo tengo que hacer primero los rituales, las oraciones. No hay que hacer nada, solamente decir que sí, quiero ser salvo.

De hecho, este hombre no tuvo que responder, hermano. El Señor está rompiendo con la superstición, porque la superstición te dice que si tú respondes en los primeros tres segundos, entonces lo hacen. Escuchen: ¿quieres ser sano? Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua, y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. El supersticioso dice: dile que sí, que te va a sanar. No hay que decir que sí para que el Señor lo haga. ¿Saben qué le dijo el Señor? Jesús le dijo: levántate, toma tu lecho y anda. Eso es gracia.

Pero no respondió. Aquí viene el supersticioso: no, no respondió. Es que no hay que responder, hermano. Dios te muestra su favor cuando te lo quiera mostrar, lo hayas pedido o no lo hayas pedido. Yo soy un creyente hace mucho tiempo, y testifico que gran parte de los bienes con los cuales el Señor me ha rodeado, de su gracia llena de temporalidades deliciosas, yo no he tenido ni siquiera que orar por ellos. No todo lo que yo tengo lo he batallado en oración; en gran medida, lo que yo tengo el Señor me lo dio por simple gracia. Y aun antes de que yo pudiera clamar a Él, Él estaba proveyendo a favor mío, de forma tal que yo digo que Él me ama profundamente, que Él me conoce realmente.

Que yo no sirvo a un Dios que requiera la superstición. Él me ama, hermano, sin importar lo que yo haga. De hecho, hay cosas por las que yo doy gracias: guau, Señor, yo debí haberte pedido por eso y no te pedí, y tú me lo diste. Y tú me estás dando aquello que yo verdaderamente deseaba y ni siquiera lo sabía. Gracias, porque tú te adelantas aun al deseo o a la palabra que pueda salir de mi boca.

Salieron libros por allá por los noventa que enseñaban a la iglesia a pedir de maneras muy específicas. Yo entiendo lo atractivo que eso tiene, hermano; cuando uno tiene fe, yo entiendo. Pero yo no tengo que visualizar demasiado la bicicleta para que el Señor me dé una bicicleta. Un libro muy común de un predicador oriental decía que él quería una bicicleta, y que le pidió al Señor la bicicleta con las características específicas, las marcas específicas, y cuando él le fue en extremo específico al Señor sobre la bicicleta, el Señor le dio la bicicleta. Y yo le digo: el Señor a mí me dio más que bicicleta sin tener yo que pedir nada. Y a este hombre le dieron su salud antes de que él dijera: yo quiero ser sano. Porque no hace falta superstición; Dios es bueno, sin importar que tú quieras o no quieras. ¿Cuántas son las cosas que uno tiene por las que ni siquiera tuvo la oportunidad de clamar cuando Dios te las estaba dando? Entre ellas, la salvación.

Hermano, yo testifico que yo no soy salvo porque yo seguí un ritual. Yo no soy salvo porque me porté bien. Yo soy salvo porque el Señor quiso salvarme. Él no me salvó porque fuera más inteligente. Él no me salvó porque fuera más diligente. Él no me salvó porque yo entrara al agua primero. De pura gracia, según su beneplácito, desde la eternidad Él dijo: él va a ser salvo, y me salvó. No, espérate, no me salves todavía, déjame entonces repetir la oración del pecador. Ay, hermano, haga la oración del pecador, pero no es la oración del pecador la que salva; es la gracia del Señor, su designio. Uno ora, hermano, en gratitud, uno ora. Y es verdad que Él pide que clamemos: clama.

Pero ¿cuántas son las personas que han repetido la oración del pecador y siguen muertos en sus delitos y pecados? ¿Qué precisión podía tener yo orando, hermano, cuando yo era solo un niño de menos de nueve años, quizás de siete? No, mire, es que yo hice una oración y cuando lloré, ¡chacho, eso fue una oración, y ahí el Señor me salvó! No, hermano, el Señor me salvó. Y si lloré o no, si oré primero o oré después, si lo hice en orden o no seguí el orden, yo digo: es por gracia, no es un asunto supersticioso ni es un asunto legalista. Este hombre no tuvo que responder para que el Señor le sanara. Yo esperaría que él se tirara: ¡sí, Señor, yo quiero, tú eres Jesús, el hijo de David! Él no está diciéndole a Jesús que es el hijo de David, él no está diciéndole nada de eso. El Señor le quiere sanar y le sana. Eso es gracia.

La obra de la gracia revela el carácter de Dios

He leído del 5 al 9 para mostrar primero una superstición popular, que es el creer que porque entraste primero lo obtendrás. Ahora muestro la obra de la gracia. ¿Cuál es la obra de la gracia? Dice así, del 5 al 9:

Había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho y anduvo. Y era día de reposo aquel día.

— Juan 5:5-9

El supersticioso siempre entiende que alguien se le fue adelante. Un creyente que cree en la gracia del Señor entiende: dale, denle primero, que esto no es del que corra o del que salte, es del que el Señor tenga misericordia. Tú puedes llegar primero, pero Dios puede tener misericordia de mí. Dale, corre.

En toda obra de gracia, Dios y su carácter son en ella revelados. Lo más hermoso aquí, hermano, es que Dios se está revelando a través de un milagro, nos está mostrando su carácter. Está mostrando que tiene empatía hacia el ser humano: le dice qué es lo que tú quieres, quieres ser sano. Le está mostrando un interés real en la gente. Se revela que el Señor tiene paciencia y perfección de carácter. Treinta y ocho años tenía este hombre enfermo.

No se lleven solamente el milagro, hermano. Los milagros tienen una labor de instrucción; el Señor nos está instruyendo a través de un milagro. Si fuera milagro por milagro, entonces sanaría a todos. No es eso; el Señor está mostrando algo. Se revela la paciencia de Dios, que en vez de reprender a este hombre porque está esperando en una superstición, en una superficialidad, el Señor tiene compasión. Así el Señor nos rescató a nosotros: cuando tú estabas en tus supersticiones, ya te estaba amando. Este hombre todavía sigue siendo un supersticioso, pero ya Dios le está mostrando su beneficio, le está mostrando su amor, le está mostrando su gracia. En el milagro se revela el poder de Dios, pues ocurrió el milagro inmediatamente, sin él tener que moverse.

Primero revela el carácter de Dios, y al mismo tiempo la gracia ocurre en forma imprevista. Yo tengo cierto criterio de administración, y yo agradezco al Señor que su gracia no dependa de mí, porque si dependiera de mí, yo tuviera una plantilla de Excel, una relación de nombres: tú la recibirás ahora, tú la recibirás mañana; no, a ti hoy no, el próximo viernes. Bueno, la gracia de Dios no cabe en una tabla de Excel. El Señor salva cuando va a salvar, el Señor sana cuando va a sanar. No hay en esto un vamos organizándonos a ver a cuántos van a sanar hoy; no, mira, que sean diez solamente. El Señor sana cuando va a sanar y salva cuando va a salvar. Esto no cabe en un cronograma.

La gracia ocurre de manera imprevista, y por eso siempre la estamos esperando. Siempre estamos predicando el evangelio y siempre estamos esperando que el Señor va a hacer grandes cosas, la veamos o no la veamos. Si no fuera así, yo no predicaría la palabra. Yo predico la palabra entendiendo que Dios bendice la predicación de su palabra, pero en gran medida la bendición de Dios en ese día no pasa por mis ojos.

¿Qué fue lo que Dios hizo hoy? Yo sé que el Señor está salvando, yo sé que el Señor está sanando, pero el Señor da su gracia de manera imprevista, de forma tal que todos los hombres somos humillados. Mira que Él está sanando por aquí, está salvando por allá, y por allá, y por acá. Todos los días el Señor está haciendo cosas de manera imprevista.

¿Qué hace el legalismo? El legalismo exige entender; sin embargo, las obras de la gracia se reciben primero y se entienden después, o no se entienden. Yo cada vez estoy más dispuesto a recibir cosas del Señor que no estoy en capacidad de discernir, y a gozarme en cosas que van por encima de mi nivel de entendimiento, entre ellas mi propia salvación. No trate de encontrarle la lógica a las cosas de Dios; góceseen lo que Él está haciendo.

¿Sabe qué sucede con el legalismo? Que el legalismo exige entender primero para recibir después. Si tú me demuestras primero, entonces… No. La gracia sana, entiendas o no entiendas. Yo me gozo en ver cómo el Señor prodiga su gracia a cantidades de personas que ni siquiera le reconocen. Y este hombre es un caso. A diferencia de otros milagros de Jesús, donde los hombres reconocían la persona de Jesús y la adoraban, este hombre ni siquiera adora, no conoce a Jesús, y en vez de agradecer, parece que lo que hace es delatarlo. ¿Pero qué hombre es este? Tú tienes treinta y ocho años enfermo, el Señor te sana, y no hay en ti adoración, no hay en ti un deseo de seguir a Cristo. Es que el Señor no requiere ni siquiera que la gente le sirva para amarle. Y eso le rompe la cabeza al legalista, porque el legalista entiende que Dios manifiesta su favor a aquel que se lo merece. El Señor muestra su favor de pura gracia, y sana a quien quiera sanar, no necesariamente porque la persona tenga mérito alguno para recibirlo.

En las obras de la gracia no solamente hay milagros; hay al mismo tiempo cierto entendimiento. Es interesante: cuando el Señor le dice que tome su lecho, él lo hizo, pero no miró a Jesús. Dice que al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho y anduvo, y era día de reposo aquel día. Yo, estudiando el texto, decía: ¿pero cómo que este hombre no se pregunta con quién es que está hablando? ¿Cómo que él no tiene la duda de quién fue que lo sanó? Es que el supersticioso no anda buscando un Dios personal para adorarle; el supersticioso se adora a él mismo. Fácilmente este hombre entendía que él obtuvo su asunto por sus treinta y ocho años.

Donde la gente entiende la gracia, realmente hay adoración, hay una relación personal, hay un «gracias, Señor, gracias porque me buscaste». Dice el versículo 14:

Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.

— Juan 5:14

Hermano, esto es gracia: el Señor le buscó dos veces. No fue el hombre que buscó a Jesús; Jesús le buscó en el templo. Hay una gran misericordia, porque a este hombre lo buscaron dos veces: te buscaron primero para sanarte y después te buscaron para salvarte. Dos veces el Señor te está buscando. El supersticioso entiende que él busca; el creyente entiende que él está siendo buscado. El legalista entiende que él busca; el creyente entiende que Dios tuvo misericordia.

El Señor salió a buscarle de nuevo. Ya él está sano, pero él tiene un problema de pecado. Al parecer, el milagro no cambió la actitud del hombre. Aquí no hay un creyente, aquí no hay adoración, no se manifiesta. Yo no conozco el corazón, hermano, ni tengo acceso a saber lo que hay; según el texto, no se evidencia. De hecho, lo que dice el 15 es que el hombre se fue y dio aviso a los judíos de que Jesús era el que le había sanado. ¿Y para qué le dio aviso a los judíos? Para quitarse el problema de encima. Vamos mostrando primero una superstición popular y en segundo lugar una obra de gracia.

El legalismo, más aborrecible que la superstición

¿Cuál es la diferencia entre la gracia y la superstición? La gracia opera cuando Dios quiera. La gracia no requiere que tú actúes: Dios actúa primero. En su gracia común, el Señor no necesita ni siquiera que tú le agradezcas; el Señor lo hace. De hecho, cuando uno viene a los caminos del Señor, no se da cuenta de las amplias misericordias del Señor que nos estuvieron guardando durante años, y luego uno puede reconocerlo. Dios no requiere, en su gracia, que tú le anotes, que tú le reconozcas. Él lo hace.

¿Y cuál es la reacción legalista? El Señor sanó, y sanó el día de reposo, y esto es lo que se desarrolla durante todo el texto. Paradójicamente, el Señor refuta el legalismo, pero no así la superstición. Es interesante que dondequiera que encontró supersticiosos tuvo misericordia, pero donde encontró legalistas que intentaban utilizar la ley de Dios, entonces les reprendía. Al parecer, hermano, el legalismo es, desde la perspectiva del Señor, aún más aborrecible que la superstición. El Señor no refutó ni corrigió a los enfermos que estaban esperando en el estanque; Él no fue aquí a decirles: esa es la superstición en la cual ustedes están practicando. Sin embargo, cuando fue al templo, sí tumbó las mesas. Y uno dice: Señor, pero si tú tumbas las mesas, también entonces saca aquí a la gente del estanque.

La superstición en algún sentido hasta se disculpa, porque no tiene la elaboración doctrinal que tiene el legalismo. Duro es cuando la gente quiere utilizar la ley de Dios para dominar a Dios mismo. Porque el hombre naturalmente es supersticioso; pero si tú tienes la ley, entonces reconoce al Dios de la ley. Estás en una posición mucho más gravosa. Dice el Señor que al que mucho se le ha dado, mucho se le demanda. O sea que es aún más complicado ser un legalista que ser un supersticioso.

Cuatro expresiones de legalismo se ven en este texto. Primera expresión: el legalismo tiene una falta de interés en la gente y sus necesidades. El legalista realmente no se interesa por ti. Estás mirando a un hombre que debe estar saltando de alegría porque acaba de recibir un milagro. A mí no me importa que tú hayas acabado de recibir un milagro; a mí lo que me importa es que tú estás caminando el día de reposo, cargando una camilla.

El legalista pretende dominar la vida de los otros. Le dicen ellos en el versículo 10: no te es lícito llevar tu lecho. No veamos solo a los judíos, hermano; son los creyentes de nuestro tiempo y de nuestra generación los que quieren vivir dominando la vida de los otros. ¿Cómo reaccionas tú cuando alguien hace algo que tú entiendes que ofende a Dios? Ten cuidado, hermano, no seas un legalista.

El legalista usa el miedo y la compulsión. Este hombre delató a Jesús por temor a los judíos y a su tradición: déjenme tranquilo, el que está mandando a caminar a la gente es Jesús, no soy yo, peleen con él. ¿Qué es lo que deja el legalismo? Esa compulsión, ese miedo, cuando las personas actúan por temor y hacen cosas hasta locas y absurdas por temor. Bueno, que el Señor nos cuide de ser o seguir siendo una iglesia legalista, una iglesia que anda buscando imponerle a los otros. El legalista pretende quitarle el lugar a Dios hasta para disponer de la vida de alguien.

¿Por qué es tan atractivo el legalismo para el ser humano, en algunos sentidos hasta más atractivo que la misma superstición? Miren: el legalismo nos hace sentir que nosotros sí estamos bien.

¿Sabe por qué a mí y por qué a ti nos gusta el legalismo? Porque el legalismo nos hace sentir que nosotros sí estamos cumpliendo con la tarea. Yo sí guardo el día de reposo. Como el estudiante intenso, que él sí hace la tarea. Claro, el legalismo nos gusta porque cuando yo logro estar bien en algún aspecto de la ley de Dios, entonces yo siento que estoy mejor que tú. Yo sí y ellos no. Nos hace sentir superiores a los demás enfermos del estanque. Yo soy un enfermo superior. Estamos todos enfermos, pero yo soy el que estoy caminando. Eso son legalistas. Hay personas que entienden: estamos todos enfermos, pero yo soy el enfermo que camina. El legalismo nos atrae porque necesitamos validar nuestra posición haciendo que exista alguien que está peor que nosotros. Yo realmente soy salvo porque yo estoy mejor que tú. ¿Y cómo tú sabes que tú eres salvo? Porque yo no soy tan malo como son los demás.

Me recuerda al hombre aquel que oraba en Lucas 18. Dice el versículo 9 que a unos que confiaban en sí mismos —como confían los legalistas— como justos, y menospreciaban a los otros —como hacen los legalistas—, dijo también esta parábola:

Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres.

— Lucas 18:10-11

Yo estoy en mi montículo de legalidad, regodeándome de que yo tengo lo que no tienen los otros. No soy como los otros hombres. Señor, yo estoy aquí en el estanque, tú sabes, pero yo soy el enfermo que es diferente. Yo no soy como los otros hombres. Todos nosotros, hermanos, tenemos alguien frente al cual, aunque sea en lo discreto, nos sentimos moralmente superiores. No hay un ser humano que no sea supersticioso, y no hay un ser humano que no sea legalista. Y todo legalista tiene su contraparte: hay alguien de quien tú dices, mira, entre él y yo, yo le saco la milla. Yo me comparo.

¿Ladrones? Yo no. Me pasó con una persona que me estaba haciendo un trabajo y me recalcaba que a él no le gusta lo ajeno, que por eso él es muy trabajador. Yo hago muchas cosas porque a mí no me gusta lo ajeno. Y me lo repitió cinco veces, y cuando me lo repitió cinco veces, ya yo no quería al hombre en mi casa. Cinco veces que no le gusta lo ajeno. Ese es el legalista: el legalista vive buscando a alguien frente al cual él se sienta superior. ¿Injustos? Yo no, yo cumplo la ley. ¿Adúlteros? ¿Adúltero yo? No. Hay algunos que te exigen eso: pues yo sí soy un hombre que nunca tal cosa. Yo sí lo merezco, ni como ese publicano que está ahí.

Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que golpeaba su pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla, será enaltecido.

— Lucas 18:12-14

Formas de legalismo cristiano y un evangelio para todos

¿Por qué nos gusta el legalismo? Porque realmente nosotros queremos ser salvos, y a menos que exista alguien que esté más depravado que nosotros, nosotros no entendemos que somos salvos. Que la salvación es por gracia, hermano; no es por obras, no es por superstición, ni tampoco por ley.

Hay muchas formas del legalismo cristiano. Te las leo, hermano, para que las saques de ti. ¿Saben aquellos que dicen: nosotros sí somos la verdadera iglesia, nosotros sí tenemos la doctrina correcta, nosotros no somos como los otros cristianos? Hermano, que eso no sea lo que a nosotros como iglesia nos defina, que somos la iglesia doctrinalmente superior. Humildemente podemos decir que el Señor ha tenido misericordia de nosotros; que hay otras iglesias que han alcanzado niveles de madurez más altos, y hay otras que probablemente todavía siguen luchando, pero que nosotros luchamos también.

Formas de legalismo cristiano: tener sana doctrina, buscar iglesia de sana doctrina, cultivar amistades con gente de sana doctrina. Y ese estribillo de sana doctrina me tiene cansado, porque se usa con un retintín de superioridad moral que a mí me molesta. Y entonces, en reuniones me dicen: estamos aquí porque nosotros sí somos pastores de sana doctrina; y yo quiero irme. Hermano, yo entiendo bien lo que significa el término, y también entiendo, de manera contemporánea, lo que ha terminado significando. Nosotros somos una iglesia de sana doctrina, lo que significa: nosotros no somos de ese grupo. Sana doctrina termina significando mi característica particular. Condicionar el compañerismo a quienes satisfagan esas particularidades, porque queremos estar cómodos.

Y limitar a Dios a nuestro nivel de entendimiento. Mira, yo no entiendo eso que sucedió, y eso no es de Dios. ¿Qué sabes tú? No es que uno se va a dedicar a predicar el error o la distorsión, pero hay asuntos en los que mejor es guardar silencio. Mira, cuando yo logre entender eso, entonces yo te voy a decir si es correcto o no. ¿Pero quién eres tú? Tú no eres el estándar, Dios es el estándar.

Adorar los medios que Dios nos ha dado, mientras ignoramos al Dios que nos los dio. ¿Has visitado un lugar donde se habla tanto de la palabra del Señor que pareciera, hermano, que amamos más la palabra que al Dios de la palabra? ¿O del pueblo de Dios, de forma tal que pareciera que importa más el pueblo de Dios que el Dios del pueblo? ¿O los instrumentos que Dios nos ha dado, de forma tal que pareciera que esos instrumentos importan más que el Dios que nos dio los instrumentos? Todo es secundario. Lo importante es Jesús, lo importante es Cristo.

Confiar en que la observancia, la doctrina correcta, realmente trae salvación. La salvación, hermano: usted puede tener la cúspide de la revelación teológica y todavía permanecer muerto en sus delitos y pecados. Y hay gente que tiene la mitad de esa elaboración doctrinal y ya hace rato que están caminando.

Concluyo con esto. Todos necesitamos el evangelio. El evangelio se hace manifiesto en este milagro. Es la buena noticia de que Dios realmente se interesa en las necesidades del hombre, tanto en las necesidades temporales, con la sanidad, como en las necesidades eternas, cuando le buscó en el templo. En el evangelio Dios toma la iniciativa para salvar al hombre: uno en una multitud, y lo hace discretamente. No van a ser salvos todos; el Señor salvará a quien quiera salvar, y a veces en una multitud salva a uno solo o salva a dos. También el evangelio confronta al legalismo, que constantemente está poniendo dudas en la obra de Dios, y confronta la superstición, que cree que puede producir la obra de Dios por sus propios medios.

Sobre todo, esta historia ilustra un aspecto del evangelio. Dice el versículo 17 que tanto el Padre como el Hijo están trabajando.

Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.

— Juan 5:17

El evangelio es para ese paralítico, es para todos los legalistas, es para todos los supersticiosos, y también es para todos nosotros. Si alguien está frente al estanque mirando que el agua se mueva, yo le invito a que ponga su esperanza en que solamente Cristo puede salvar. Y si alguien está esperando que a otro se le mueva el agua, o que alguien esté caminando, para comenzar a buscarle los versículos, yo también le recuerdo que solamente Cristo puede salvar. Que el Señor permita, hermanos, que nuestro corazón viva por gracia; que mengüe en nosotros el legalismo, que mengüe en nosotros la superstición, y que podamos gozarnos en las grandes obras de Dios. Que el Señor nos dé rica gracia.

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