Saltar al contenido
Mensaje

La misión continuará / Parte 1

Hechos 15:36-41

La tarea más importante que se está desarrollando sobre la tierra en este momento es la predicación del evangelio. Es una tarea urgente, necesaria, no negociable. Y para cumplirla, Dios está utilizando su iglesia. Misión es más que estar estáticamente esperando que sucedan las cosas, es salir, ir hacia delante, abrir nuevos caminos, establecer nuevas relaciones y tener la entereza de volver a comenzar las veces que haga falta. Hoy veremos (1) que la misión requiere vencer la inercia, (2) sacrificar relaciones y (3) trabajar con los instrumentos que Dios provee.

Transcripción automática

La misión tiene dos mil años de historia continuando. El Señor que ha comenzado en nosotros su buena obra la sigue perfeccionando hasta el final, no solamente a nivel individual, sino también a nivel corporativo. Hoy veremos desde Hechos 15 que la misión continuará a pesar de nuestras diferencias, y que para cumplirla hay que vencer la inercia, sacrificar relaciones y trabajar con los instrumentos que Dios provee en cada momento.

Después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: «Volvamos a visitar a los hermanos en todas las ciudades en que hemos anunciado la palabra del Señor, para ver cómo están.» Y Bernabé quería que llevasen consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos. Pero a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra. Y hubo tal desacuerdo entre ellos que se separaron el uno del otro. Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre. Y Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor. Y pasó por Siria y Cilicia, confirmando a las iglesias.

— Hechos 15:36-41

El texto difícil que necesitamos escuchar

Uno quisiera siempre predicar la palabra del Señor desde porciones de la Escritura que sean positivas. Sería más agradable traer porciones que nos hablen de que la iglesia está feliz, de que la iglesia está avanzando. Alguien dirá: «Pero, ¿qué edificación podemos encontrar al leer una controversia?» He venido a mostrarles que la misión continuará a pesar de nuestras diferencias, y que el hecho de que Pablo y Bernabé no hayan logrado ponerse de acuerdo no va a detener que el Señor siga salvando.

Estoy persuadido de que la tarea más importante que está sucediendo en la tierra en este momento es la predicación del evangelio. El instrumento que el Señor ha elegido para predicar el evangelio es su iglesia. Esta es una tarea urgente, una tarea necesaria, una tarea que no es negociable. El evangelio nunca se ha puesto en pausa. No ha habido un momento de la historia donde los hombres dijeran que el Señor detenga su obra porque ellos desean descansar. No ha habido un momento en que los hombres asuman un protagonismo tal que digan: «Tú y yo no estamos de acuerdo, y hasta que no estemos de acuerdo no se predicará el evangelio.» No. El evangelio es más grande que Pablo y más grande que Bernabé. Y la misión continuará porque la misión no depende de ellos, depende de Cristo. El evangelio se seguirá predicando con nosotros o sin nosotros, y frecuentemente a pesar de nosotros.

Los conflictos y las controversias deberían ser analizados y estudiados para tener una perspectiva madura, porque de eso tendremos mucho. No es el llamado de Dios que la iglesia ignore o evite las desavenencias, sino que hagamos la misión mientras tenemos desavenencia. Yo predico, y la gente dice: «Yo sé por qué él está predicando eso.» Y yo quiero que usted sepa. Hermano, yo hago un ejercicio de transparencia, no tener agendas ocultas. Tener un corazón abierto y limpia conciencia.

El elefante en la sala

Hay una expresión en inglés que es «tener un elefante en la habitación.» Se usa para definir situaciones incómodas que están siendo evitadas o un problema importante que nadie quiere discutir. Alude a algo que es suficientemente grande que no se puede ignorar, pero de lo que la gente no sabe cómo hablar.

En este último año nuestra iglesia ha tenido cambios importantes, cambios que nos han entristecido profundamente. Hemos tenido despedidas de gente que amamos — escuchen el término que utilizo: no pérdidas, despedidas. Esa gente que amamos en este momento está sirviendo en otras iglesias locales, lo cual ha sido para mí un gozo enorme, una satisfacción. Pero me han dejado en mi corazón pastoral un ánimo triste, de añoranza, de despedida. Y al mismo tiempo, Dios ha traído otros hermanos, gente con dones y dispuesta a servir, pero nos encontramos en un momento de transición donde gente que nosotros amamos entrañablemente ya no está aquí. Y yo mismo le pido al Señor que me dé la fuerza para volverle a poner la mano en el arado, porque la misión continuará. Mi tristeza no es lo que va a condicionar lo que el Señor quiere hacer en medio de nosotros.

Cuando hablo al respecto de esto, hermano, hablo con todo el amor del mundo. Gente a la cual amo entrañablemente, el Señor ha dispuesto que sirva en otras partes, lo cual nos ha dejado tristes. Y la iglesia en general es una iglesia que ha estado entristecida. Cosa muy positiva, porque feo sería que siguiéramos de largo como que la gente no importara. Hay relaciones pastorales, hermano, que tengo 16 años cultivando y que en este momento no estamos en el mismo lugar. No menciono sus nombres porque hay que pasar la página, ¿comprenden? Pero ustedes saben quiénes son. Y en todas estas relaciones el Señor ha puesto gracia, el Señor ha puesto bonitas despedidas, el Señor ha permitido que sirvamos en diferentes lugares.

¿Y qué vamos a hacer con la tristeza? Vamos a tener que seguir hacia adelante y esperar a que el Señor nos dé gozo. Yo no he venido a quejarme ni a derramar lágrimas, dejé el pañuelo en mi casa, hermano, intencionalmente. He venido a traer perspectiva y esperanza a la iglesia del Señor. Y a mostrarle que las despedidas son importantes, son dolorosas, pero también son necesarias. Y que el Señor seguirá haciendo su obra en cada lugar con los instrumentos que tenga a mano.

Yo tengo un corazón, hermano, soy un hombre sensible y le pido al Señor que me dé entereza, pues no quiero que mi ministerio sea caracterizado por la blandenguería. Yo estoy triste, hermano, pero sigamos tirando. ¿Vamos a hacer un duelo durante muchos años? No, vamos a celebrar intensamente, porque cada aquel que ha sido salvado por el Señor está en la mano de Cristo. Y lo hermoso que ha sucedido es que nuestros hermanos que el Señor ha llevado a otras partes, me consta que ya están dando fruto. Entonces no vamos a poner la misión en pausa. La misión continuará.

La misión es ir, no quedarse

Misión es más que estar estáticamente esperando que las cosas sucedan. Misión implica salir, ir hacia delante, abrir nuevos caminos, establecer nuevas relaciones y tener la entereza de volver a comenzar las veces que haga falta. Misión es más que estar sentados esperando. Es más que lo que nosotros podamos hacer con nuestros pocos recursos. La misión es una obra de Dios a través de su iglesia, y si la hacemos, la vamos a hacer a pesar de nuestras limitaciones.

Cuando la Biblia habla de misión, habla de ir. No habla de esperar. Y la misión implica un esfuerzo, una iniciativa, un ponerse de pie. La misión no es un paseo. Si tuviéramos los elementos que utilizaron los primeros misioneros — la tenacidad, la constancia, la determinación — probablemente haríamos cosas por las cuales seremos avergonzados si nos comparamos con ellos.

Este texto comienza justo después del concilio de Jerusalén. Dice «después de algunos días.» Y yo le pregunto: ¿cuáles son esos días? Pablo y Bernabé juntos habían sido enviados por la iglesia en un primer viaje misionero, y fue un viaje muy fructífero. Hay que traer contexto. Pablo y Bernabé fueron escogidos por el Espíritu Santo en la iglesia de Antioquía para el primer viaje misionero. Fue un viaje largo, agotador, lleno de dificultades. Pablo fue apedreado, los dejaron por muertos a las afueras de las ciudades, tuvieron controversias en las sinagogas, enfrentaron persecución. Pero al mismo tiempo, fue un viaje lleno de fruto, y terminó con una gran controversia en la iglesia primitiva que se llamó el concilio de Jerusalén. Había una discusión y contienda no pequeña, dice la escritura, pues Pablo y Bernabé estaban siendo enfrentados por algunos de los hermanos de Judea.

La iglesia estaba por dividirse y había discusiones, desavenencias, tensiones. Fue tan grande el asunto que hubo que buscar a las figuras más representativas de la iglesia primitiva y reunirse en Jerusalén para abordar el tema de la salvación de los gentiles. Eso no fue un cumpleaños; fue un pleito. Y hermanos, líderes de la iglesia, columnas como Pedro y como Santiago, se pusieron de pie ante la congregación y mostraron una perspectiva muy madura. En vez de hacer bandos y partir la iglesia en cuatro, trajeron sabiduría y paz. Y después de un momento de desavenencia y tensión, la iglesia fue unificada de nuevo. Sin embargo, esto dejó a Pablo y a Bernabé cansados, y dejó a la iglesia como aturdida. Las controversias aturden, las desavenencias cansan. Llega un momento en que uno se siente como mareado y dice: «Ya yo no voy más.»

La misión requiere vencer la inercia

Pero ahora el apóstol Pablo tiene la entereza y se pone de pie. Después de la controversia y el agotamiento, Pablo mira a Bernabé y le dice: «Volvamos a visitar a los hermanos en todas las ciudades en que hemos anunciado la palabra del Señor, para ver cómo están.» Es decir: vamos a hacerlo de nuevo. Y a nosotros el Señor nos está extendiendo la misma invitación. Ya nos cansamos, ya tuvimos la experiencia anterior, ya hubo controversia, ya hubo despedidas, pero la misión continuará.

Las barreras que tuvieron que superarse para que ocurriera un segundo viaje misionero fueron muchas. El cansancio del primer viaje era real: estuvieron en peligros, estuvieron siendo combatidos. Ahora la gente hace un viaje misionero, hermano, y le guardan flores. La antigüedad no era así. Se predicaba el evangelio en un contexto de mucha tensión, y esta tensión pasa factura. Pablo, además, venía de una tensión anterior: era aquel perseguidor de la iglesia que el Señor alcanzó con salvación, y después de mucha controversia fue aceptado en medio del pueblo del Señor. Quizás el recuerdo de que con el primer viaje misionero vinieron también cantidad de dificultades. Así que cualquiera no lo intente.

Para hacer la misión no hay que esperar un momento de serenidad total. Alguien dirá: «Vamos a esperar que todo se calme, que haya paz, que todo vuelva a ser como antes.» La misión no se hace así. La misión se hace como pueda hacerse, con los recursos que hay, en el momento en que estamos. Nosotros a veces la postergamos porque decimos: «Es que no estamos listos.» La iglesia primitiva tampoco estaba lista, pero salieron.

Hay gente que hace una obra grande y se sienta durante veinte años a decir: «Ya yo lo hice.» «Ahora son los jóvenes que tienen que empujar, porque nosotros ya lo hicimos.» La misión no toma pausa. El Señor te salvó para colocarte en un contexto de misión. La muerte del Señor anunciáis hasta que él venga. La misión no es algo que el Señor se lo ha dado a los muchachos, ni a los jóvenes, ni a los adultos. La iglesia está en misión y estará en misión hasta que él venga. No es un asunto que sea emocionalmente agradable, es algo que la convicción nos impulsa. ¿Cuándo los instrumentos dejarán de ser usados? Cuando el Señor deje de salvar, y todavía su mano no ha sido acortada para salvación.

Tengo un cliente que tiene cafeterías. Y a mí me gusta ver el último turno cuando se está cerrando. Hay un horario: esto se va a cerrar a las diez de la noche. Y un cliente llegó a las nueve y cincuenta y nueve. «No, no hay tiempo.» Hágale su sándwich, que el hombre tiene hambre. El Señor está salvando, y aun en el último minuto, en el último segundo, si hay oportunidad de salvación, la iglesia tiene que seguir dando testimonio. «Ay, no, es que nosotros ya estamos cansados, ya lo logramos.» Hermano, nuestro cansancio no detiene la obra de Dios.

Eso es lo primero que quiero mostrar: que la misión requiere vencer la inercia. La inercia es esa resistencia al cambio que el cuerpo tiene cuando está detenido. Cuando un cuerpo está en reposo, quedarse en reposo es lo más cómodo. La inercia espiritual funciona igual. Cuando uno se detiene, volver a arrancar es lo más difícil. Y hay que tener un riñón emocional fuerte para decir: «Señor, yo lo hice una vez, pero vamos a hacerlo de nuevo.»

Estoy invitando a la iglesia a que, figuradamente hablando, hagamos una segunda gira, un segundo viaje misionero. Y este segundo viaje va a requerir que tengamos que romper la inercia. Yo miro para atrás, hermano, y cuando comencé a dar testimonio en esta iglesia local tenía 25 años y mucho más fuerza de la que tengo hoy. No tengo las fuerzas que tenía antes, pero mis fuerzas no son lo que condiciona lo que Dios quiere hacer en medio de nosotros. Me miro a mí mismo y me digo: «Rafael, ya tú no tienes veinticinco años.» Soy mucho menos soñador que antes, tengo más experiencia, es verdad, pero tengo menos fuerzas. Pero Dios sigue siendo poderoso y todavía Cristo está salvando.

Rafael Pérez no es el indicador del poder de Dios, y cuando nosotros estamos más disminuidos, más el Señor nos muestra su gracia. Esto no es un asunto de cómo tú te sientes, no te estoy preguntando cuál es tu momento de vida. Para hacer la misión no nos miramos a nosotros mismos, miramos a Cristo. Y si Cristo marcha por delante de nosotros, nosotros marchamos en pos de Cristo. Alguien me dirá: «Ay, pastor, es que ya yo no tengo las fuerzas que tenía antes.» Yo tampoco, hermano, pero todavía yo sigo conociendo a Cristo y confiando en su poder.

El reto que tenemos como iglesia es que el núcleo que comenzó ya no está en el mismo momento que estaba antes. Ahora, hablaría muy feo de nosotros si decimos que antes hicimos la misión porque estábamos más disponibles que ahora. Yo veo a todos mis hermanos, están sumamente complicados, y yo digo: «¿Qué va a pasar?» Que el Señor los hará disponibles. Las hermanas están criando: van a tener que criar en misión. Los hermanos se están proveyendo: van a tener que proveer en misión. Otros se están jubilando: se van a jubilar para asumir la misión. No hay una disculpa que pueda aceptar para que un creyente me diga que no va a hacer lo que Cristo pagó con su propia vida para que fuera posible.

Alguien me dirá: «Pastor, yo estoy muy debilitado, enfermo.» Lo menos que usted debería hacer es orar por la misión. Aunque sea figuradamente, todo creyente debería ponerle la mano al arado. Entiendo los momentos de vida, entiendo que quizás ya no somos lo de antes, entiendo que hay relaciones nuevas, pero tenemos que encontrar la manera de volver a ponerle la mano al arado y hacer lo que Cristo quiere hacer en medio de nosotros: la predicación del evangelio.

Una generación que vivió una experiencia dirá: «Ya yo viví eso.» Pues ahora tendrá que vivir otra experiencia, con otras relaciones, en otro momento de la vida. Pero hasta que el Señor vuelva por nosotros, su pueblo seguirá predicando el evangelio. Esto es lo que Pablo le decía a Bernabé: «Bernabé, estamos cansados, es verdad, pero prepárate que vamos para la misión. Tuvimos la controversia, fuimos hasta Jerusalén a solucionar este asunto, salimos ahora y le damos de nuevo.» Yo quiero animarte a que tengas un corazón flexible y digas: «Si el Señor quiere hacerlo, que cuente conmigo.» No te disculpes.

La tarea concreta: volver a visitar

Dice el versículo 36: «Después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: Volvamos a visitar a los hermanos en todas las ciudades.» Pablo estaba soñando fuerte. No en una ciudad, sino en todas las ciudades. La iniciativa fue de Pablo, y cada proyecto necesita un paladín. Cuando el pueblo está dando vueltas, es necesario que alguien se levante y diga: «Vamos, vamos a hacerlo, vamos a darle. El Señor está salvando y nosotros estamos aquí detenidos.»

Estuve compartiendo esta semana con mi hermano Edwin un extracto biográfico de Charles Spurgeon y cómo él hablaba de su propio ministerio. Al final de su vida era un hombre que estaba cansado, enfermo, con cantidad de retos, y la gente decía: «Lo que pasa es que fue imprudente, trabajó demasiado.» Y él decía: «Es que la obra del Señor lo amerita, la obra del Señor lo requiere. Requiere grandes sacrificios. Y que nadie diga que yo estoy donde estoy porque me sacrifiqué demasiado, porque la obra del Señor lo amerita.» A Pablo lo dejaban por muerto a las afueras de las ciudades y vivía en esa situación. ¿Cómo puedo decir yo que voy a tener una vida cómoda y poner mi comodidad por delante de la predicación del evangelio?

La invitación que tu pastor te está haciendo en este momento es a que sacrifiques lo que haya que sacrificar — tiempo, patrimonio, energía — para hacer algo que tiene valor eterno y que Cristo quiera hacer a través de nosotros. Y si nosotros no lo hacemos, ninguno de nosotros era imprescindible. Es nuestro privilegio que el Señor lo haga con nosotros. Él va a hacer lo que haya que hacer, pero yo quiero que lo haga conmigo. Mi oración en esta temporada ha sido: «Señor, yo sé que tú vas a hacer lo que quieras hacer, pero hazlo conmigo. Permíteme, dame la oportunidad de poner la mano al arado. Hazlo a través de mí.»

He estado mostrando en primer lugar que hay que vencer una inercia: la inercia de la experiencia anterior. Como iglesia, hermano, nosotros hemos tenido ya 16 años de ministerio y pareciera que lo hemos logrado. Ya hay una iglesia establecida, ya hay unos programas, ya hay una membresía. Pero con relación a las necesidades que hay en esta ciudad, esto no es un punto. Demasiada necesidad de Cristo en esta ciudad para que nosotros pensemos que porque aquí estamos ya lo logramos.

La misión requiere sacrificar relaciones

En segundo lugar, quisiera mostrarle a la iglesia que la misión requiere sacrificar relaciones. Y aquí es que viene la controversia, porque vivimos en días donde parece que el ideal de la vida es no tener conflictos, pasarse la vida siendo una persona completamente neutral, políticamente correcta. Eso hace un daño tremendo, especialmente a la misión.

Ahora hay un cristiano ingenuo que piensa: «No, todo debe ser tranquilo, no debemos tener conflictos ni desavenencias.» Si no tenemos conflictos y desavenencias, probablemente no hagamos nada importante en nuestra vida. Porque todo lo que importa requiere sacrificio, todo lo que importa genera controversia. Si usted no quiere tener desavenencia con la gente, probablemente se quede solo, porque dondequiera que haya más de uno hay desavenencias, hay fricción. ¿Ya viste lo que es un motor funcionando? Para que haya movimiento hace falta fricción. Y para que haya movimiento en la iglesia del Señor, hace falta fricción. No es que hay que pelear, es que hay que trabajar juntos. Y cuando trabajemos juntos vamos a tener desavenencias, malentendidos, dolor, pero el fruto va por delante.

Nosotros no estamos en esta tierra para vivir cómodos; estamos en esta tierra para vivir vidas fructíferas que glorifiquen al Señor. Y quien prioriza comodidad no tiene fruto en su vida, porque el fruto requiere esfuerzo y sacrificio. Cada vez que hay una desavenencia, cada vez que hay una fricción, alguien dice: «Ya en esta iglesia no hay amor.» ¿Cómo que no hay amor? ¿No ve que estamos debatiendo? Para discutir hay que quererse, pues si no, hace rato que nos hubiésemos separado, y si estamos separados no hay conflicto. Lo contrario al amor y al cariño es la desidia, la indiferencia, la indolencia. ¿Quieres saber cuándo alguien te deja de importar? Es cuando lo anulas en tu vida.

Pido permiso para ilustrar, porque ya no somos nuevos. Karu y yo en el noviazgo tuvimos cantidad de controversias, y casarnos fue para nosotros un reto grande. Fueron pleitos muy fuertes, discusiones, tensiones. Y alguien diría: «¿Y por qué seguían?» Porque nos gustábamos muchísimo. Y queríamos estar juntos, y aquí estamos, y el Señor nos lo concedió. Si realmente yo no hubiese tenido interés en ella y ella en mí, ante la primera controversia cada uno toma su ruta. ¿Y por qué volvíamos? Porque realmente nos queríamos. Una iglesia que se ama no es una iglesia neutral ni indiferente. Una iglesia que se ama es una iglesia que elige estar junta y hacer junta la misión. Y cuando hagamos la misión juntos vamos a generar fricción y controversia. Cuando eso suceda, tienes que decir: «No es que se nos fue el amor, es que estamos trabajando juntos.»

La diferencia entre Pablo y Bernabé

Había una fuerte diferencia en las personalidades de Bernabé y Pablo. Bernabé era un hombre conciliador. De hecho, su nombre real no era Bernabé, sino José. Los apóstoles le pusieron un apodo: Bernabé, que significa «hijo de consolación.» Vamos a traducirlo: el que pasa la mano. Bernabé era un hombre sensible que siempre buscaba la manera de limar las asperezas. Y Pablo era un hombre no tan sensible como Bernabé, que cuando Bernabé quería pasar la mano, él le decía: «No va conmigo.»

Juan Marcos, que era más joven que ellos dos, les había acompañado en el primer viaje misionero y se devolvió. Ahora quería ir para el segundo y Pablo le dijo: «No va.» Bernabé le dice a Pablo: «Vamos a ser conciliadores, vamos a llevarlo con nosotros.» Y Pablo: «Dije que no va.» Pablo valoraba mucho el compromiso. Bernabé valoraba mucho las relaciones. Pero había un problema todavía más profundo: Juan Marcos era sobrino de Bernabé, el hijo de María, la dueña de la casa donde se reunía la iglesia primitiva. Y Pablo en este momento le está diciendo al sobrino de Bernabé que él no va para la misión.

Las relaciones interpersonales afectan la misión porque la gente se aferra a cosas. Y Pablo quizás lo que estaba pensando era: «Tú estás siendo un poco débil con Juan Marcos porque es tu sobrino. Pero si no fuera tu sobrino, tú sabes que es inconstante, tú sabes que dice que va y después se devuelve.» De hecho, el término que utilizó Pablo para describir la actitud de Juan Marcos es fuerte; en el original dice: «aquel que apostató de nosotros, nos dejó enganchados.» Cuando estaban luchando por la obra, se devolvió. Y el pleito fue fuerte.

Es un pleito familiar en muchos sentidos. Pablo está diciéndole a Bernabé: «Tu sobrino y el hijo de María y el muchacho que ha crecido dentro de nosotros, que es muy querido por todos, todavía no está listo para el viaje misionero.» Eso duele mucho: un dolor tremendo en las congregaciones cuando alguien le desconsidera a uno un familiar. Es posible que Bernabé percibiera que Pablo estaba siendo injusto. Porque cuando Pablo vino al Señor, quien lo introdujo ante la iglesia fue Bernabé. Bernabé intercedió por Pablo, fue delante de los apóstoles y les dijo: «Él nació de nuevo, no sean tan cerrados, sean pacientes, conózcanlo, escúchenlo, recíbanlo.» Los apóstoles recibieron a Pablo a causa de la intercesión de Bernabé. Y ahora Bernabé está intercediendo por Juan Marcos y Pablo le dice que no. Es posible que Bernabé pensara: «Cuando se trataba de tu caso, tú estabas abierto a que fuéramos misericordiosos, pero cuando se trata de Juan Marcos, no tienes la misma paciencia.»

Y es posible que Pablo percibiera que Bernabé estaba poniendo la familiaridad por encima de la misión. Ambos eran creyentes sumamente admirables, dos columnas de la iglesia que estaban tensionando. Bernabé, uno de los creyentes más generosos: cuando la iglesia necesitó, vendió su propiedad y la puso a los pies de los apóstoles. Era un hombre que con facilidad cedía su lugar a otros. En el primer viaje misionero, primero se anuncia «Bernabé y Pablo,» después cambia el orden y pone «Pablo y Bernabé,» y Bernabé no tuvo problema alguno. Era un hombre magnánimo, generoso, dispuesto, maduro, un instrumento del Señor. Y a Pablo ya todos le conocen. Aquí no es que tenemos dos creyentes inmaduros que están peleando. ¿Y los creyentes maduros tienen conflictos? Sí.

Se ha generado la idea de que los conflictos son para los neófitos. El alto liderazgo, a nivel local, a nivel nacional, a nivel internacional, ha tenido desavenencias, y no siempre han podido ponerse de acuerdo. Hubo un congreso que siempre menciono, el Congreso de Lausana, donde John Stott participó junto con Billy Graham, y hubo ahí una tensión por un acápite de la declaración que se estaba haciendo. Hubo una gran controversia que se manejó con cuidado, con prudencia, con madurez, pero ahí estaban Billy Graham debatiendo con John Stott. Dos columnas de la iglesia, dos hermanos maduros. Somos seres humanos, tenemos personalidades. No siempre vamos a lograr ponernos de acuerdo, pero la misión va por delante, la misión continúa. Hagan grupo de dos en dos y debatan a ver quién tenía la razón. «No, yo estoy con Bernabé.» «Yo estoy con Pablo.» Ay, hermano, eso es inmadurez.

Abandonar la idea de buenos y malos

Debemos abandonar la idea de que en todo conflicto hay un malo y un bueno, como en las películas de vaqueros. ¿Quién tiene la razón? ¿El bueno es Pablo o el bueno es Bernabé? Abandonemos esa idea de buscar malos y buenos en los conflictos y entendamos que los seres humanos generamos situaciones. En esas situaciones no necesariamente hay malos o buenos, tampoco hay ganadores o perdedores. La iglesia gana junta o pierde junta. Y la razón la tiene Cristo.

Sea Dios satisfaz y todo hombre mentiroso.

— Romanos 3:4

En una discusión eclesiástica no hay tal cosa como «yo tengo la razón y tú no la tienes.» La razón la tiene Cristo y estamos caminando hacia Cristo. Pablo y Bernabé tenían personalidades muy distintas que pudieron ponerse de acuerdo para un primer viaje, pero no así para un segundo.

Resumo: tanto Bernabé como Pablo eran hombres piadosos, grandes líderes en la iglesia primitiva, pero con personalidades y prioridades diferentes. Bernabé era un conciliador con una fuerte orientación a la restauración de relaciones y a las segundas oportunidades. Pablo era un hombre altamente determinado, dispuesto a hacer grandes sacrificios personales por el avance de la misión. En el primer viaje lograron ponerse de acuerdo, en el segundo no. Su desavenencia no fue un conflicto que afectara a la iglesia, sino un distanciamiento personal. No hubo chismes, no hubo bandos, no hubo murmuraciones; solo distanciamiento en lo referente a continuar la misión. Los invito a todos ustedes a que tengan el mismo corazón. Cada año hay personas entrando y saliendo de una iglesia local. ¿Qué debemos hacer? Tener un corazón abierto. «Ah, no, si alguien salió de mi iglesia, entonces ya no es mi hermano.» ¿Cómo que no? ¿Pero fue usted que lo compró? ¿O usted le va a quitar a Cristo? ¿Cómo usted le quita a una gente la condición de hermano? Si somos hijos del mismo Padre. Salgamos de esa inmadurez. Que alguien esté en otra congregación no significa que sea tu enemigo, no significa que deje de ser tu hermano. Es tu hermano que está sirviendo al Señor en otra parte.

Pablo y Bernabé no tienen aquí un chisme ni una controversia vergonzosa. Y les digo que, con los casos de gente que yo amo entrañablemente y que el Señor ha llevado a otros lugares, yo mismo me he encargado de volver a reunirnos, de encontrarnos, de afirmarlos: «¿Cómo están por allá? ¿Ya están sirviendo?» Lo digo porque a veces los pastores tenemos un corazón dispuesto y la iglesia se tira unos pleitos como si fueran de ellos. Lo que hay entre Pablo y Bernabé es cariño, hay un corazón dispuesto.

No hubo un concilio para lidiar con la aspereza entre Pablo y Bernabé. Porque hay gente que se cree que cada diferencia personal debería paralizar la cristiandad. No, hermanos: resuelvan eso en lo doméstico y no distraigan la iglesia, porque nadie quiere tener el enfoque en sí mismo; el enfoque debe estar en Cristo. Cada vez que alguien tiene la inmadurez de dominar la vida de la iglesia con sus conflictos interpersonales, lo que está haciendo es distraer a la iglesia completa.

Pablo y Bernabé, háblense, júntense en la casa de Bernabé y hablen allá. No tenemos que ir para Jerusalén ahora, que Pedro deje todo, que Jacobo recoja, nos vemos en Jerusalén porque ustedes tienen que venir ahora a mediar entre Pablo y Bernabé. Hermano, esto no es el Royal Rumble, la iglesia del Señor, esto no es la lucha libre, esto es el pueblo que ha sido comprado a precio de sangre. La realidad es que hay cosas que uno debería dejarlas en lo doméstico y seguir avanzando.

No todo conflicto puede ser solucionado

Se ha creído también que todo conflicto puede ser solucionado, y no es así. Hay una idea como que si los seres humanos dedicamos el tiempo necesario en ponernos de acuerdo, entonces lo vamos a lograr. Hermano, no vale la pena 50 años. Hay cosas que hay que dejárselas a Cristo. «Pablo, mira, tú estás persuadido de que no debemos ir con Juan Marcos. Yo estoy persuadido de que debe ir con nosotros. ¿Vamos a invertir ahora cinco años en ponernos de acuerdo?» No. Denle para allá y glorifiquen al Señor, y nosotros también. Sean maduros; hay cosas que no hay que resolverlas, sino dejárselas al Señor. ¿Y por qué resolvieron el tema del concilio de Jerusalén? Porque afectaba el alcance completo de gran parte del pueblo: la predicación entre los gentiles. Nuestros conflictos personales no importan tanto.

El rasgo de madurez cristiana es entender que la iglesia no es idílica; esto no es un sueño, es real. Yo quiero pastorear una iglesia real, de forma tal que los hermanos se pongan valientes, se beban un café juntos y digan: «Vamos para adelante.» Tenemos sentimientos, la gente dice: «No me siento bien en la iglesia.» Alguien me dijo: «Pastor, yo no me estoy sintiendo del todo bien en la iglesia.» Yo soy el pastor y tampoco me siento del todo bien. Y aquí estamos. ¿Tú amas a Cristo? Pues yo estoy amando a Cristo. ¿Tú quieres? Dale. Yo también. Recoge que vamos a servir al Señor. Es madurez, hermano. ¿Tú sabes la cantidad de cosas que pasan por mi corazón y por mi mente todos los días? Y yo miro a Cristo y yo le digo: yo quiero hacer su obra. Yo sé que en esta vida las cosas en este momento, en esta dispensación, no son ideales, son imperfectas. Y dentro de esta imperfección hay que atender a las cosas que son más importantes. No es sabio buscar el conflicto, pero tampoco es sabio evitarlo ni postergarlo.

Es necesario que entre ustedes se manifiesten desavenencias, para que se haga manifiesto quiénes son aprobados.

— 1 Corintios 11:19

Qué triste cuando una iglesia viene a congregarse evitando situaciones. Esa actitud del que anda evitando: «No quiero mirar a nadie, no quiero saludar a nadie, no quiero compartir con nadie, no quiero exponerme.» Eso no es vida. Tú le dedicas a una gente cinco minutos y probablemente en dos de esos cinco minutos tú le vas a ofender. Y hay cosas que hay que seguir caminando. Tú avanza. Yo no quiero conflicto, quiero vida. Yo quiero una iglesia real. Y para esto vamos a tener que exponernos un poco.

He estado mostrando, en primer lugar, que la misión requiere vencer la inercia de las experiencias anteriores, decir: «Vamos a darle.» Y que la misión requiere, a veces, dejar algunas relaciones atrás. La pregunta es: ¿estoy abierto a nuevas relaciones? ¿Hay en mi corazón espacio, o estoy cerrado? «No, yo voy a trabajar con la misma gente que he trabajado siempre. Si no con Bernabé, yo no voy a hacer la misión.» Eso está complicado.

Vuelvo a testificar: este año ha sido muy particular en mi ministerio. He tenido que hacer la obra sin contar con gente con la que siempre he contado. Y yo me siento en una piedra y digo: «No, yo voy a esperar que vuelva Bernabé y que Bernabé esté disponible para volver a hacer la obra del Señor.» El Señor me va a decir: «¿Tú vas a servir a Bernabé o me vas a servir a mí?» Yo elijo a Cristo. Estoy deseoso de servir al Señor junto a Bernabé de nuevo, pero más que eso, estoy deseoso de servir a Cristo.

La misión requiere trabajar con lo que Dios provee

Ni Pablo, ni Bernabé, ni Juan Marcos eran imprescindibles para la misión. Cristo es imprescindible. Y él es el que da la misión. «No, es que yo sé trabajar con Bernabé. Sin Bernabé yo no voy.» Pablo, ¿tú sirves a Bernabé o sirves a Cristo? Miren lo que ocurrió. «Y Bernabé quería que llevasen consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos. Pero a Pablo no le parecía bien llevar consigo al que se había apartado de ellos desde Panfilia y no había ido con ellos a la obra. Y hubo tal desacuerdo entre ellos» — escuchen: no tal desacuerdo entre la iglesia, sino entre ellos — «que se separaron el uno del otro. Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre. Y Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor y pasó por Siria.»

La misión requiere trabajar con lo que el Señor tiene en cada momento. Bernabé tiene un punto, que es la conciliación, pero Pablo también tiene un punto, que es el compromiso. Y es muy duro servir al Señor con mala conciencia. Dice la escritura: «¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo?» Que seamos hermanos no significa que tengamos que trabajar juntos. Por eso el Señor tiene muchos equipos de misión. Por eso el Señor tiene muchas iglesias locales. Por eso hay muchas expresiones de iglesia, de la misma iglesia y con el mismo Señor. Porque hay diferentes cargas en el corazón, porque hay diferentes ciudades.

«Ah, no, si no van juntos, entonces no vamos a mandar a nadie.» Suspendida la misión, administrativamente. Pero ¿y quién eres tú? El Señor está salvando. Normalmente la misión muere porque nos resistimos a recibir ayuda nueva o nos aferramos desmedidamente a algún Juan Marcos. La gente dice: «Yo estoy habituada a trabajar con esa persona solamente.» Y cuando esa persona no está: «Entonces no.» O porque alguien dice: «Esa persona es nueva, yo no la conozco.» Es un segundo viaje, a comenzar desde cero.

¿Quién es un Silas?

Figuradamente hablando, ¿quién es un Silas? Silas es el mismo que en la escritura se le llama Silvano, que acompañó a Pablo en el segundo viaje misionero. ¿Quién es un Silas en la iglesia local? Son hermanos que no tienen el mismo perfil que Bernabé, pero que están disponibles. «No, yo estoy esperando a Bernabé.» ¿Quién te ha dicho? Ahí está Silas, dale con Silas. «No, es que Silas y yo no nos conocemos.» Los dos conocen a Cristo, están disponibles. Es mejor trabajar con quienes están disponibles y con quienes tenemos afinidad, que aferrarnos a las relaciones de siempre con las cuales estamos generando controversia.

¿Quién es un Silas figuradamente? Hermanos con quienes no tenemos experiencia de trabajo, pero sí afinidad y unidad de propósito. Nunca hemos trabajado juntos, pero estamos de acuerdo en que queremos ir a visitar las iglesias. Instrumentos que el Señor ha estado desarrollando y probablemente no habíamos estado viendo porque solamente había ojos para Bernabé. De hecho, Silas ya era uno de los delegados que el concilio de Jerusalén envió. Antes de que existiera la controversia entre Pablo y Bernabé, el Señor ya estaba levantando a Silas. Pero nadie lo estaba mirando.

Dios siempre está levantando nuevos instrumentos. Es que nosotros no los estamos mirando. ¿Saben cuándo los vemos? Cuando ya están terminados. Cantidad de gente que yo vi siendo niños y que yo no les vi el potencial que tenían, y al día de hoy los veo como preciosos instrumentos en la mano del Señor: pastores, líderes, cantantes. Yo digo: «¿Y tenían eso?» Claro, es que tú estabas aferrado a lo que siempre habías visto, sobre todo en tu propia generación. Es difícil ver el talento en la generación siguiente.

Pero hermoso cuando tú dices: «Mira, esto no se va a terminar con nosotros. Ahí hay Silases.» Y aun los sobrevivientes, para seguir en misión, tendrán que estar abiertos a nuevas relaciones, a sacrificios. A veces hay que decir: «Señor, pasa bálsamo y permíteme establecer nuevas relaciones.» Pez Mundial necesita hacer un nuevo equipo de trabajo. Y yo le pido al Señor que nos permita terminar este año con un equipo de trabajo fortalecido, que estén caminando en la misma dirección, dispuestos. Y alguien dirá: «Pero ese equipo de trabajo, Bernabé no va a estar.» Quizás sí. Estarán aquellos que el Señor disponga en cada temporada. Lo que quiero mostrarle a la iglesia es que no nos aferremos a una fotografía, a la iglesia que está en nuestra mente, en nuestra memoria. Entendamos que el Señor hace cosas nuevas todos los días. Y que anteriormente la misión eran Pablo y Bernabé, y ahora la misión serán Pablo y Silas.

Un corazón abierto como el de Pablo

Pero no termina ahí. Bernabé regresó a Chipre, su ciudad natal, con su sobrino Juan Marcos. Volvió a su ciudad de siempre, con su gente, su barrio, su familia. Bernabé era una persona que primaba las relaciones primarias. Y hay gente que es así: personas que no salen de su círculo de siempre, sus mismos amigos, sus mismos hermanos, su misma iglesia, sus mismas relaciones, sus cinco amigos del alma y no hay ningún otro amigo que quepa en esas relaciones.

Y hay otros que son como Pablo. Qué hermosa la gente como Pablo, que tiene un corazón abierto y muy dispuesto a trabajar con lo que el Señor trae en cada momento. No estoy mostrando bueno contra malo, estoy mostrando una personalidad y otra personalidad. Pablo, por el contrario, integró a Silas. Me llama la atención la palabra «escogiendo,» porque Pablo hizo así: miró alrededor y dijo: «¿Quién está? ¿Quién está dispuesto?» Pablo escogiendo a Silas. Pablo miró alrededor y dijo: «¿Qué es lo que hay? ¿A quién el Señor tiene aquí?» Pablo está reclutando a alguien. Pablo integró a Silas en un nuevo equipo misionero y salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor y confirmó a las iglesias. Luego integró a Timoteo, luego integró a Aquila y a Priscila, luego Aquila y Priscila integraron a Apolos, luego involucró a Sópater, Aristarco, a Segundo, a Gayo, a Tíquico, a Trófimo, luego a Lucas, a Tito, y al final de su ministerio, integró nuevamente a Juan Marcos.

Ese es el corazón que necesitamos. Gente que diga: «Mira, ahora mismo tú y yo no podemos ir, pero eso no significa que no podamos ir en el futuro. En lo que te decides, le vamos a ir dando por aquí a la misión.» Lo que estoy mostrando es un corazón abierto a trabajar con quien el Señor quiera que trabajemos. La misión requiere trabajar con lo que Dios provee.

Cómo se ve el evangelio en todo esto

El evangelio es la buena noticia de que Dios está salvando a los hombres a través de Cristo. El evangelio necesita ser predicado, y para que así sea, Dios está levantando todos los días nuevos instrumentos. El evangelio va hacia adelante, no hacia atrás. Como iglesia tenemos que amar más a Cristo que a nuestras relaciones de siempre y poner la misión de predicar el evangelio por encima de nuestros sentimientos particulares. La pregunta es, hermano: ¿te unirías a Pablo en el segundo viaje misionero, o volverías junto a Bernabé y Juan Marcos a hacer la misma cosa de siempre? ¿Vas a volver a Chipre, o te encaminas hacia Siria y Cilicia? ¿Cómo está tu corazón?