Manifestación de que somos el pueblo del Señor. Y con las reverencias que amerita exponerse a las Escrituras, yo les invito a que ahí donde están inclinen sus rostros y nos encomendemos en oración delante del Señor. Estamos aquí, Señor, como cada domingo, con hambre de conocer tu palabra. Más que tu palabra, Señor, con hambre de conocerte a ti a través de ella. Te pedimos que aproveches esta oportunidad, esta ocasión, para pastorear a tu pueblo a través de tu palabra. Permite que tus santas Escrituras hoy, Señor, se iluminen ante nuestros ojos, que podamos entender lo que tú has establecido, que podamos encontrar en esto deleite, satisfacción, que sintamos que verdaderamente tu palabra es dulce, Señor, a nuestra boca.
Te encomiendo a cada persona que está aquí reunida en sus diferentes momentos. Mira aquellos, Padre, que comienzan a caminar; permite que entiendan y que cada vez se sientan más motivados a buscar más y más de ti. Mira aquellos que están ya consolidados en tus caminos, Señor. Permite que al escuchar tu Escritura, quizás cosas que ya anteriormente han visto, se sientan también motivados a conocer más. Permite que tu iglesia, Señor, cada vez esté más provista en el conocimiento de tu palabra para hacer mejor su misión para tu gloria. En el nombre de Jesús te pedimos todo esto. Amén.
Le pido, hermano, que busquen sus Biblias en el libro de los Hechos, en el capítulo 6. Bueno, se me queda un anuncio que tenía que dar también: Pablo y Denis que nos están visitando, siéntanse bien en medio nuestro, bienvenidos a nuestra iglesia. Siempre es un gusto, siéntanse bien en medio del pueblo del Señor. Le pido, hermano, que me acompañe en sus Biblias en el libro de los Hechos, capítulo 6 del libro de los Hechos. Recuerden que tendremos esta noche nuestra reunión de miembros; es una reunión eminentemente administrativa. Y siempre que tenemos reunión de miembros, yo aprovecho la ocasión para edificar al respecto de la importancia de administrar la obra del Señor.
Yo le pedí al hermano Jonathan, que él está haciendo un gran trabajo de ir guardando cada una de las prédicas de la iglesia, y me es a mí particularmente de mucha utilidad, porque vuelvo a escuchar lo que prediqué en algún momento. Y volví a escuchar en esta semana el mismo sermón que prediqué para esta fecha el año pasado acerca de cómo se administra una iglesia local. Y después de escuchar el sermón traté de identificar otras oportunidades donde se pudiera edificar al respecto. Lo que hice fue escuchar lo que se había expuesto ya, tratar de edificar encima de esto, y busqué unos apuntes que tuve de la primera reunión que tuve en este año con el equipo de diaconía. Busqué esos mismos apuntes y traté de enriquecerlos a la luz de Hechos capítulo 6.
Por eso le pido que busque sus Biblias allí, para que veamos la importancia y la utilidad de la diaconía. Leeremos Hechos capítulo 6 desde el versículo 1 y hasta el versículo 7. Dice así la palabra del Señor. Aquí nos menciona los primeros diáconos. Capítulo 6 del libro de los Hechos, desde el versículo 1 en adelante, dice así la palabra del Señor:
En aquellos días, como crecía el número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los hebreos de que las viudas de aquellos eran desatendidas en la distribución diaria. Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas. Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo. Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.
Agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y del Espíritu Santo, y a Felipe, a Prócoro,
— Hechos 6:1-5a
Lectura bíblica y planteamiento de la diaconía
a Nicanor, a Timón, a Parmenas y a Nicolás prosélito de Antioquía; a los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos. Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe.
— Hechos 6:5b-7
Esta es una porción de la Escritura que en siete versículos nos menciona primero cómo comenzó el ministerio de la diaconía, qué comenzaron a hacer estos hombres, cuál era el carácter que estos hombres tenían y, sobre todo, nos enseña cuál fue la consecuencia de que en la iglesia se comenzara a tener diáconos. Dice así nuestra introducción, que está en su programa, que todo cristiano anhela ver el crecimiento de la iglesia. Pero sabemos que esto no depende de nosotros mismos. El crecimiento de la iglesia es un milagro, algo sobrenatural que Dios ha reservado para Él. Lo que sí está a nuestro alcance es sembrar en tantos lugares como sea posible, orar y esperar en el Señor; y si vemos fruto, administrar la cosecha como mejor podamos.
Este es el trabajo del liderazgo cristiano: sembrar en tantos lugares como le sea posible y administrar la obra. En esta última labor, que es la labor administrativa, somos ayudados por los diáconos. Es cosa muy lamentable que la obra se detenga por falta de semilla, o sea, porque no sembremos, pero lo es aún más que luego de que por la gracia de Dios hemos visto fruto, la cosecha se pierda por la mala administración. Por eso es tan valioso e importante el ministerio de la diaconía. Evita que los desórdenes administrativos limiten el avance de la iglesia y así ayuda indirectamente a su crecimiento. Lo que dijeron los apóstoles fue: buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo, y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.
En vez de tomar lo que siempre hago, que es una estructura cerrada para sus sermones expositivos, permítanme destacar varias cosas del ministerio de la diaconía. Ya ustedes conocen este ministerio, porque nuestra iglesia durante años ha tenido diáconos y durante años hemos visto el beneficio de tener diáconos en nuestra iglesia. Lo que me gustaría hoy es destacar la utilidad y la importancia que tiene la diaconía en la iglesia local. Comenzaré enseñando que la iglesia primitiva no era una iglesia perfecta.
La iglesia primitiva no era perfecta
Hay personas que miran la iglesia en el libro de los Hechos y la idealizan. Eso que piensan que cuando ven la iglesia contemporánea cargada de problemas, cargada de pecado, cargada de necesidades, ellos aspiran a que cuando vayan a las Escrituras encontrarán en el libro de los Hechos una iglesia perfecta, una iglesia impoluta, una iglesia donde no haya diferencias, una iglesia donde todo esté en paz. Nada más alejado de la realidad. Miren, la iglesia cristiana comenzó con gente cargada de debilidades y se ha desarrollado durante 2000 años de historia a pesar de un grupo de gente cargada de debilidades. La iglesia en el libro de los Hechos no es una iglesia perfecta, es una iglesia parecida a la iglesia de nosotros.
Y si te vas un poquito más adelante, cuando la iglesia comenzó a caminar, y usted apunta a la iglesia en Corinto, ahí yo le diré que tenga misericordia de nosotros, porque yo todavía pienso que en Corinto estaban peor. Cuando usted lee la primera carta a los Corintios y ve los problemas que había en la iglesia, usted dice: no, pero nosotros estamos bien. O sea, con relación a Hechos quizá nosotros ahí competimos, pero Corinto nos superó, hermano. Con esto le diré que la iglesia en las Escrituras no es una iglesia perfecta; es una iglesia que se está perfeccionando. No es una iglesia que está ausente de diferencias, es una iglesia que lima sus asperezas. No es una iglesia donde todo el mundo estaba unánime sintiendo una misma cosa; ese era el deseo del apóstol Pablo. Era una iglesia donde había, por ejemplo, murmuración.
Lo que aparece aquí en el capítulo 6 del libro de los Hechos es que, con los apóstoles, aquellos que estuvieron al lado de Cristo todavía presentes, había murmuración en la iglesia cristiana. La iglesia no era una iglesia perfecta, era una iglesia que se estaba perfeccionando. La iglesia cristiana, hermano, con esto le doy mi primer consejo: nosotros no deberíamos aspirar a que nuestra iglesia esté exenta de problemas, no deberíamos aspirar a que en nuestra iglesia no haya diferencia. Es más, deberíamos aprovechar la diferencia para edificar. Dice el apóstol Pablo que es necesario que entre ustedes se manifiesten diferencias, porque cuando se manifiestan diferencias entonces se hace evidente aquello de ustedes que han sido aprobados, y a través de las diferencias en la iglesia local el Señor logra perfeccionarnos a cada uno de nosotros.
Y eso en primer lugar, hermano. Yo vine a decirles hoy que la iglesia primitiva no era perfecta y que no aspiremos nosotros hoy a que nuestra iglesia esté ausente de problemas, sino que aspiremos a que nuestra iglesia pueda, con la ayuda del Señor, tratar de limar sus asperezas y que las cosas se resuelvan. Otra cosa que le diré es que lo que originó la diaconía fue el crecimiento de la iglesia. Dice la Escritura: como creciera el número de los discípulos, hubo murmuración; y como hubo murmuración, se resolvió el problema con diáconos. Algo muy interesante, hermano, es que el crecimiento siempre trae diferencias. Cada vez que una iglesia avanza aparecen diferencias.
Crecimiento, problemas y necesidad de diaconía
Cada vez que la iglesia cristiana ha crecido ha aparecido alguna distorsión, ha aparecido alguna complicación, ha aparecido algún dilema. Hermano, la crisis viene hermanada del crecimiento, y uno tiene dos opciones: o uno no crece y se atrofia, o uno crece y resuelve los problemas. Cada vez que la iglesia cristiana crezca en algún sentido tendrá que lidiar con nuevos problemas que son traídos por el crecimiento. Estaba yo analizando, hermanos, mire, cuando Pez Mundial comenzó, comenzó en el parqueo de un taller de mecánica, y nosotros llegábamos ahí los jueves, dábamos un culto y volvía cada uno para su casa. No había una propiedad que mantener. Hace un año y medio nosotros no teníamos que resolver problemas de plomería, por poner un caso.
Bueno, al día de hoy nuestro baño tiene un problema de plomería y se está llenando el piso de agua. Eso era un problema que no lo teníamos antes. Hoy tenemos un templo y tenemos problema de plomería. Hemos, con la ayuda del Señor, ahora tenemos más propiedad para administrar, pues tenemos otros salones allá abajo, pero ahora hay que lidiar con temas eléctricos, con temas de plomería, con temas de seguridad. El crecimiento siempre trae sus propios problemas. Y tenemos dos opciones: nos quedamos siendo siempre la iglesia que hemos sido, de reunirnos en el parqueo de un salón de mecánica y volver cada uno para su casa, o aprendemos, con la diaconía, a poder administrar estas cosas, porque administrar propiedades es algo muy demandante.
Pongan eso en sus propias casas, hermano. Es normal en una casa que se dañe una bomba, que se quede una cisterna vacía, que haya una avería eléctrica, que haya filtraciones; eso es lo normal en una casa de todos nosotros, y uno vive lidiando con esas cosas. En la iglesia del Señor todavía lo es más. Les vengo a enseñar en primer lugar que la iglesia primitiva no estaba exenta de problemas, sino que esta gente aprendió a lidiar con sus problemas. Y le diré también que lo que originó la diaconía fue precisamente el crecimiento. Cada vez que el Señor haga un milagro en medio nuestro y nuestra iglesia sea aumentada en algún sentido, tendremos que lidiar con nuevas necesidades.
El crecimiento sin diaconía genera murmuración. ¿Por qué era que había murmuración? Porque había un asunto que no estaba siendo bien administrado. Hermano, en la iglesia primitiva había gente que estaba muriendo de hambre, literalmente. No estoy hablando aquí poéticamente, no estoy hablando figuradamente; había hermanos que estaban muriendo de hambre. Y lo que hacían los hermanos era que se estaban desprendiendo de sus propiedades, vendían algunos sus casas, sus terrenos, y lo ponían a disposición de la iglesia para que se comprara comida. Y en esta compra de comida sucede lo que siempre sucede cuando se reparte comida, hermano: no hay una cosa más difícil que repartir algo.
Un hermano muy bien intencionado de la iglesia de Lucerna era transportista. Entonces él buscó un camión de esos camiones Daihatsu. Pero ¿qué pasó? Que en uno de los pueblos él cargó ese camión de comida y fue a un pueblo a regalar alimentos. Ese hermano Julio me dice, hermano Julio, que casi lo matan. Hubo que prender el camión, acelerarlo e irle tirando a la gente la comida, hermano, y el muchacho que iba atrás casi perdió el brazo. Cuando él me hacía la historia, me dice: mira, ese brazo, ese muchacho más nunca se olvidó, porque repartir, hermano, siempre trae problemas. Y cada vez que hay que repartir cosas hay que gestionar. Entonces en la gestión a veces se cometen injusticias.
Murmuración y canales para las inquietudes
Lo más fácil sería que nunca haya que tomar decisiones en conjunto, que nunca haya que repartir nada, que nunca haya que administrar nada. Pero mientras más crezcamos, hermano, más diáconos necesitaremos, porque hay asuntos para repartir, hay asuntos para administrar, y administrar no es fácil. Arranca porque la iglesia, hermanos, son bienes comunes: esto es de todos y no de nadie. Y así mismo como le digo que es de todos y no de nadie, lo mismo regularmente sucede con las necesidades prácticas: lo vamos a resolver entre todos, y nadie la va a resolver. Eso es lo que sucede. O sea, las cosas están ahí y hay que administrarlas. Le diré que el crecimiento sin diaconía produce murmuración. La gente no siempre canaliza bien sus inquietudes.
Lo que suele suceder en las iglesias, hermano, es que todos nosotros vemos necesidades, pero no siempre están los medios para canalizar esas necesidades y eso nos produce la murmuración. Murmurar es tratar un tema de interés general entre un grupo particular; eso es lo que es murmurar. Hay un problema que nos está afectando a todos, pero en vez de yo traerlo al grupo de la iglesia, yo voy a buscar dos hermanos: “Hermano, ¿usted está mirando cómo que esto no se está manejando bien, verdad? ¿Qué a usted le parece?”. A veces, hermano, en la murmuración no hay necesariamente una mala intención, sino lo que hay es la ausencia de medios para que eso se canalice. Por eso tenemos reuniones de miembros, por eso en las reuniones de miembros tenemos un espacio donde cada quien manifiesta diferentes necesidades, porque es necesario que los hermanos canalicen sus inquietudes.
Mire, no a todo el mundo le molestan las mismas cosas. Le pongo mi caso, por ejemplo, hermano: a mí me carga mucho ver que una mata se está secando. Usted puede entenderme. Entonces yo veo una mata que se está secando y nadie le está echando agua, y le mando a Moncho a echarle agua a la mata. No todo el mundo carga tanto con una mata seca como yo. Pero quizás a ti te carga mucho una marca en el piso. Entonces: “Oye, miren, el piso se está manchando, el piso está sucio y nadie está resolviendo. Nadie está mojando la mata, nadie el manto”. Por eso hay que tener reuniones de miembros, para que la gente canalice sus inquietudes, porque no todo el mundo tiene los medios para hacerlo. Y cuando los medios para hacerlo no están establecidos, entonces se produce la murmuración.
Murmuramos porque estamos tan cargados de algo que terminamos abriendo la boca. Uno quisiera hacer como el Señor, que dice que ante la aflicción el Señor enmudeció, pero somos seres humanos, nacidos de mujer, hermanos, y cargados de debilidades. Los seres humanos necesitamos expresarnos, y hay veces que hay una necesidad que tú ves que no está siendo atendida, y en vez de tocar las puertas adecuadas tú llamas: “Hermano Virgilio, ¿tú has visto esto? Yo también lo he visto, ¿cómo te parece?”. Y en esa buena intención a veces se pasa de la murmuración al chisme.
¿Qué le digo con esto, hermano? Que lo que trae el crecimiento sin buena administración, sin diaconía, es murmuración, porque la gente no siempre canaliza bien sus inquietudes. Hay este otro dilema, y es que casi nadie, cuando una oportunidad se anuncia en la iglesia, casi nadie se levanta a decir algo, pero cuando se omite algo, ahí sí. Hay personas que se sienten ofendidas y ni siquiera dicen que se ofendieron por el temor a ellos ofender.
Regularmente hay gente que ve cosas, que sabe que esas cosas no están bien, pero se quedan callados. Y tú: “Hermano, pero si tú estás sintiendo un dolor por eso, si tú estás sintiendo… quizás fue el Señor que te cargó tu corazón con eso, anuncia la necesidad”. Pero la mayoría de la gente, cuando hay una necesidad, no la anuncia, hermano, sino que se queda en silencio ahí, pero se entristece. Se le nota que como que le ha cambiado el semblante, que algo le pasa, y tiene ahí algo que le está consumiendo el corazón, que quizás fue el Señor que se lo puso.
Diferencias, temperamentos y el germen de la murmuración
Y como está flotando con eso por dentro, ahí se queda callado o murmura. El crecimiento sin diaconía trae murmuración porque la gente no sabe canalizar sus inquietudes. Al mismo tiempo la gente no quiere incomodar. Yo he visto hermanos que después que tienen seis meses cargando con un dolor y yo le pregunto: “Hermano, ¿y qué es lo que te pasa?”. “Ah, que dijeron que tal cosa… y hace seis meses que eso no se hizo. Ya eso me tiene…”. Hermano, pero eso es tan sencillo como que tú te acerques al hermano que dijo que se iba a hacer y no lo hizo, y tú le preguntes que por qué no se ha hecho. “Ah, es que después se ponen guapos con uno y se ofenden”. Ese es el dilema. Siempre la gente tiene un dolor en el corazón y no quiere canalizar eso, y como no lo canaliza, entonces se frustra.
Algo que yo he visto, hermano, es que la diferencia entre la gente siempre está presente. Si todos nosotros fuéramos hijos del mismo padre material, hubiéramos crecido en la misma familia, viniéramos de la misma parte del país, tuviéramos la misma edad, tuviéramos la misma formación, aquí no hubiera problemas, hermano. El asunto es que aquí tenemos, así como habían viudas griegas y judías, aquí tenemos hermanos que son cibaeños, hermanos sureños. Aquí tenemos hermanos que están en un momento de su vida y hermanos que están en otro momento de su vida. Tenemos hermanos que tienen un temperamento y hermanos que tienen otro temperamento.
Y esas cosas siempre están ahí, hermano. Esos son como la bacteria del ser humano. Perdónenme la ilustración un poco rara, pero adentro de nuestro organismo hay bacterias que están ahí, y usted se enferma cuando esas bacterias se reproducen descontroladamente hasta que producen una infección. Pero las bacterias están ahí. El germen de la murmuración siempre estará presente en la iglesia, porque usted está en un momento de su vida y yo estoy en otro, usted tiene una carga y yo tengo otra, usted tiene una prioridad y yo tengo otra. Lo que tenemos que tener cuidado, hermano, es para que eso no se reproduzca innecesariamente. Pero el germen, el germen de la murmuración, siempre estará en la iglesia. Hay griegos y judíos, hay sureños y cibaeños, hay diferencias de temperamento.
Hay gente, hermanos, a la que nada le molesta y personas a las que todo le molesta. Y en eso uno no siempre se pone de acuerdo. Miren, hay gente que son gente muy práctica, y ya vemos otros que nos molestan los detalles. Hay gente que un cuadro doblado hace que se sienta mal en el espacio. Y dice: “Mira, ese… oye, pero ese mural… enderecen ese cuadro, por favor. Esa… hágalo usted, vaya, que ese cuadro me tiene…”. Hay gente que es así, hermano. No le estoy diciendo que uno sea mejor que otro, no le estoy diciendo que uno está bien y el otro está mal. Hay hermanos que un cuadro doblado le daña el domingo, pero tampoco lo endereza. ¿Usted me entiende? Tampoco lo endereza.
Le pongo este caso. Miren las sillas. Las sillas en las que usted vino hoy. Esas sillas se pusieron una al lado de la otra en un orden determinado, y hay un hermano que le carga que las sillas estén derechas, y él va a venir un día y va a ordenar las sillas. Y usted, el domingo, eso no le importa ni sabe que ese hermano dedicó dos horas a esas sillas, y usted va a llegar el domingo y se la va a llevar, y ese hermano, con lo de la silla, hay algo dentro de él que como que va a hacer que… Son cosas de ese tipo, hermano. Y no es que ese hermano esté en contra suyo, no es que ese hermano piense que usted piensa mal. No, hermano, no es eso.
Por eso es que la iglesia necesita tener liderazgo. Por ejemplo, liderazgo. La iglesia determina si la iglesia se va a reunir en fila o en círculo. El liderazgo de la iglesia determina si la iglesia se va a pintar de azul o se va a pintar de rojo, porque si dejáramos que cada quien pintara una pared del color que más le gusta, vamos a terminar con esto como un circo. Y eso es lo que la gente a veces no entiende. Me dicen: “Ay, es que mira, que el pastor es demasiado riguroso, él quiere que todas las cosas…”. Hermano, la iglesia de algún modo yo voy a escuchar las opiniones de cada hermano, pero la carga última de administrar la casa del Señor el Señor la ha puesto sobre el liderazgo de la iglesia. Y el liderazgo escucha a todo el mundo y termina buscando el color que él entiende que es más conveniente para la iglesia, porque si dejamos que cada hermano pinte un pedazo de la iglesia del color que él quiera, terminamos con esto vuelto un carnaval.
Si dejamos, hay hermanos que entienden que debemos reunirnos en círculo, hay otros que debemos reunirnos en línea. Hay hermanos que entienden que las sillas deben de estar más separadas, otros que tienen que estar más juntas. Hay hermanos que entienden que las sillas deben ser de un color y otros de otro. Pues el liderazgo escucha, trata de entender, y por el medio toma decisiones que son decisiones colectivas, y esas decisiones no todo el mundo está de acuerdo.
Sufrir en la iglesia y la actitud ante los problemas
Cuando pongamos la fila de las cinco o las seis sillas, hay hermanos que dirán: “Pero convendría poner cuatro”. Yo les preguntaría: “¿Y por qué no tres? ¿Y por qué no quitamos todas las sillas y nos reunimos parados?”. O sea, si tratáramos, hermanos, de tratar de llenar las expectativas de cada hermano, nunca nos vamos a poner de acuerdo. Por eso en una iglesia, hasta cierto punto, uno tiene que sufrir un chin, y eso es hacerse espiritual. Hay una disciplina, hermano, en usted doblarse un poco, y en eso uno es pastoreado.
Ahí voy al ejemplo de las sillas: hermano, usted tiene que sentarse en esa silla y dejar la silla donde está. “¿Y por qué es que no quieren que uno mueva la silla?”. Porque te estoy pastoreando, porque le conviene a tu carácter. Ahora, yo le digo, hermano, también que yo no solamente he sido pastor; yo durante años he sido miembro de diferentes iglesias. Yo sé que eso carga mucho. Uno siempre quiere hacer las cosas como mejor le parecen, pero es sabio que uno se deje pastorear en ese sentido. Hay diferencias en todas estas cosas, hermano.
Algo me llamó la atención: es que los apóstoles no condenaron el pecado de la murmuración. Miren, el pecado de la murmuración es un asunto tan grave que a un grupo de gente en el Antiguo Testamento le dio lepra por ese asunto. Pero ahora aparece la murmuración en el Nuevo Testamento y los apóstoles no condenan el pecado de la murmuración. Esto es un asunto, hermano, que a mí me llama la atención. Yo digo: “Pero, ¿qué es lo que pasa? ¿Es que hay un doble estándar? ¿Es que la murmuración antes era pecaminosa y ahora no?”. Aquí no hay evidencia de que los apóstoles condenaran el pecado. A cualquiera de ustedes le dejan el caso en la mano y ustedes salen con un palito a la gente: “Deja de estar hablando ahí, deja de estarse quejando y cómase lo que le han traído”. Los apóstoles, hermano, no condenaron la murmuración.
Yo diría: no la condenaron porque al parecer la queja estaba justificada. De verdad habían viudas que estaban siendo desatendidas, eso es verdad. Porque no siempre, hermano, en los problemas hay un culpable. Hay gente que piensa que en cada problema como que hay un culpable y un justo: como tú estás bien y el otro está mal. Hermano, a veces o los dos estamos mal, o los dos estamos muy bien, o los dos tenemos la razón, o los dos nos equivocamos. Hay cosas, hermanos, que no son como de que “mira, tú estás mal y yo estoy bien”.
El interés que había en los apóstoles no era de que: “Búscame las cinco viudas que murmuraron, que las vamos a echar”. No, hermano. La intención que había en los apóstoles era ir a la raíz del problema. Y la raíz del problema pasaba por tener mejores procesos de administración. ¿Pueden entenderme la sabiduría que hay en eso? Hay problemas en la iglesia local que no son problemas de que “mira, ese hermano está en contra del otro” o “ese aquel no lo soporta” o “ese piensa que lo otro”. No, hermano, no es eso. Hay asuntos que son estructurales.
Miren, hace tres años, hace cuatro años, yo prediqué en esta iglesia un sermón que está en la página de la iglesia que se llama “Resolviendo los conflictos en la iglesia”. Léalo, hermano, usted tiene cerca de tres horas ahí, léalo. En eso yo le digo que hay cosas que no son: “tú estás mal y yo estoy bien”, sino que son estructurales. Pero otra cosa: sería injusto que los apóstoles condenaran el pecado porque no existían los medios para que se canalizara la inquietud. No había tal cosa como un orden en cómo se debía administrar, y le diré que en última instancia los culpables eran los mismos apóstoles.
Responsabilidad del liderazgo y elección de diáconos
“Pero no son ustedes que han arrancado a repartir comida a lo loco y ahora se quejan porque la gente está murmurando”. No, indirectamente, hermano, y eso yo lo sé como pastor. Miren, los problemas en una iglesia local, aunque yo quiera que recaigan en mis hermanos, en última instancia eso pasa por donde mí, porque soy yo que no he hecho los procesos adecuados para que la iglesia se administre mejor. Yo ayer predicaba en una iglesia el mismo sermón que prediqué el domingo, y yo les decía a los hermanos varones que cuando en una casa hay un conflicto, con quien hay que arrancar es con el hombre, porque dice la Escritura que él es cabeza de esa casa.
Cuando en la primera familia que el Señor hizo las cosas no iban bien, ¿a quién fue que el Señor llamó? ¿A Eva? No. Él le preguntó: “Adán, ¿dónde estás tú?”. Y si las cosas en la iglesia del Señor no van bien, la primera responsabilidad de eso debe ir sobre el liderazgo de su iglesia, porque el liderazgo de la iglesia tiene la responsabilidad ante el Señor de administrar la iglesia y dará cuentas al Señor. Ya pueden entenderme esto, y de ahí viene la carga pastoral. A menos que usted entienda que un pastor eventualmente se reunirá con el Señor y tendrá que darle cuenta por una iglesia local, usted siempre se va a estar quejando.
Es que cuando haya problemas, hermano, el Señor me va a llamar a mí. Y si no nos ponemos de acuerdo, si acaso la pared va a ser azul o roja, el Señor dirá: “Rafael, ¿qué es lo que ha pasado en esa iglesia local que los hermanos están murmurando acerca del color de las paredes?”. Eso no es un caso entre nosotros, hermano. Digo esas cosas un poco caricaturizadas para destacar la importancia de que nos pongamos de acuerdo. No se centraron en acusar a dos viudas o acusar a tres, a ver cuáles fueron las que murmuraron; no. Los apóstoles fueron a la raíz del problema.
En esto le diré, hermano, que las reuniones de miembros a veces tienden a ser un poco tensas, porque la gente se enfrenta en que si este o aquel. Lo importante no es cuál lo haga, lo importante es que se haga. Lo importante, hermano, no es que si la viuda judía o la viuda griega tenía razón; lo importante es que las dos viudas coman. No es un pragmatismo, hermano; hay cosas que sí hay que buscar responsabilidades, asuntos morales. Pero en asuntos prácticos de la administración de la iglesia lo importante no es si vamos a tener sillas o vamos a tener bancos; lo importante es que todos se sienten. Lo importante, hermano, no es que si el culto va a ser de una forma, lo importante es que se dé culto para el Señor con la dignidad que hay que darle culto al Señor.
Deme un pasito en esto, y no nos concentremos tanto en que fulano o zutano. Ahorita tendremos reunión de miembros, hermanos, y no quiero ver aquí esa actitud en la reunión de que “yo tengo la razón y fulano no”. Eso no es lo importante. Es que las cosas se hagan y que queden bien para la gloria del Señor. También les diré, miren aquí lo que dice la Escritura, dice el versículo 3 del capítulo 6: “Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros…”. Voy a ir desglosando. Lo primero es “entre vosotros”. Los diáconos en la iglesia local no vienen desde afuera, hermano.
Cuando una iglesia tenga que salir a buscar empleados, empleados asalariados, a contratarlos con currículum, como está ahora mismo la iglesia en Estados Unidos, que la iglesia en Estados Unidos no tiene el ministerio de la diaconía, sino que tiene empleados, eso me parece a mí vergonzoso. A mí me parece vergonzoso como vergonzoso me parece a mí que una familia deje de atender su casa y que busque una trabajadora para que le administre la casa. Usted puede tener a alguien que le ayude en su casa, pero su casa es suya.
A mí me parece vergonzoso, por ejemplo, que una familia contrate una trabajadora y que sea la trabajadora la que sepa lo que en esa casa se hace. Usted puede buscar a alguien que le ayude, pero la responsabilidad última es suya. Cuando los miembros de una iglesia local no puedan ellos mismos administrar la iglesia local y tengan que salir a buscar empleados, perdimos el rumbo. Dice aquí: “Búsquenlo entre vosotros”. No salgan a buscar “¿quién aquí es bueno repartiendo, quién aquí puede administrar en una mesa?”. No, no, no, hermano, mire, el trabajo en la iglesia tenemos entre nosotros que hacerlo.
La calidad espiritual de los diáconos
De nuevo, no está mal, por ejemplo, que haya trabajos especializados para los que haya que buscar gente. Si hay que construir un asunto, quizá no tenemos entre nosotros, pero si tuviéramos a alguien aquí que lo haga, al primero que hay que ir es donde él. Por ejemplo, en nuestro templo frecuentemente hemos tenido personas asalariadas que lo limpian, pero siempre hay miembros de la iglesia que están con ese trabajo. Y ayer, hermano, yo me gozaba porque había miembros de nuestra iglesia aquí limpiando el baño, limpiando los pisos con gusto y limpiando sillas una a una, y no con una carga de “hay, que…”; no, hermano, con gusto. El privilegio, el privilegio, el privilegio de una iglesia local es cargar con la obra del Señor. Y esto lo hacemos, hermano, como para el Señor, sabiendo que del Señor recibiremos la recompensa.
Les repito, no está mal, por ejemplo, que eventualmente la iglesia tenga gente que venga y haga el trabajo, pero recuérdense que la responsabilidad última por ese trabajo es de nosotros. “Mire, la persona no pudo venir que iba a limpiar el templo”. Ah, ¿qué tenemos? La casa del Señor es de nosotros, de nosotros que depende. Y pongo ese ejemplo entre muchos que se pueden poner. Tristemente, por ejemplo, en otras partes del mundo la tendencia es a que la iglesia se convierta en una iglesia de empleados y de personas que hacen esto por salario. Ese no debe ser nuestro caso, no debemos aspirar a eso.
Dice: búsquenlo entre vosotros a siete varones, pero no siete varones cualquiera. Siempre lo destaco cuando tenemos elecciones de diáconos, hermano: un diácono no es una persona que no tenía nada que hacer con su vida. Es una persona, lo más refinado, hermano, que uno puede encontrar. Es lo mismo que un pastor. Lo más triste que puedo yo encontrar es que aparezca un hombre que me dice: “No, mira, él es un vago que está en su casa, rascándose la barriga y no tiene nada que hacer, vamos a ponerlo a él de pastor”. No, nunca.
Decía Charles Spurgeon que un pastor debe ser cualquier hombre que pudo haber sido un príncipe y eligió la casa del Señor antes que cualquier reino. Un pastor cristiano no es una persona… miren, los pastores más fructíferos que yo conozco son personas que tenían vidas muy atareadas en diferentes áreas y declinaron aquello para hacer la obra del Señor. Cuando a mí me traigan algún ministro y me digan: “Mira, este está sin trabajo, mira a ver si tú puedes sacar de un pastor de ahí”. Yo le digo: “No, consígueme primero un trabajo y después que tenga un trabajo entonces hablamos de pastor”, lo digo como una broma, hermano, pero es una realidad.
No me digan que “este nunca ha hecho nada importante con su vida, lo que está aquí es perdiendo el tiempo, mira a ver si sacas de él un pastor”. No. Que haga algo valioso, cuando él tenga algo a qué renunciar entonces que venga a la casa del Señor. ¿Y qué es un diácono? Miren, en cuanto al personal de una iglesia, a mí me dijeran, no encuentro la palabra adecuada, hermano, y le digo esta palabra no porque tenga un sentido de prioridad, pero le digo cuál sería el oficio más digno al que un miembro en la iglesia cristiana debe aspirar: ser un ministro del Evangelio. Esa es la cosa más alta.
Es más, que si una persona tiene un hijo con vocación y anhela eso, hermano, mire, tener un hijo suyo que sea ministro del Evangelio, eso debe ser el regalo más grande que un padre tenga. Y en segundo lugar yo diría un diácono. En cuanto a asuntos importantes en la iglesia del Señor, el diácono administra la cosecha, administra la siembra, y el ministro de la palabra siembra la semilla. Hermanos, esas son las dos labores como más sublimes que yo puedo encontrar. Por eso la Escritura a esas dos personas, por ejemplo, cuando Pablo le escribió a Timoteo, le dio cualificaciones muy precisas de cuáles son los requisitos que deben llenar.
Ahora mismo, por asunto de tiempo y porque se me sale del objetivo que tengo, no pienso dedicar tiempo a cada una de las cualificaciones, pero le diré por lo menos estas tres. Dice: “Busquen entre vosotros a siete varones, primero, de buen testimonio”. Una persona de buen testimonio, que sus hermanos reconocen: “Mira, ese es verdaderamente un cristiano en verdad. Es una persona que tiene buen nombre entre nosotros”. Llenos del Espíritu Santo, que no es un administrador solamente, una gente con cabeza fría y calculadora, no; es una persona conducida por el Espíritu Santo. Cualidad que debe tener un diácono: buen testimonio, lleno del Espíritu Santo.
Sabiduría, delegación y rol de ayuda pastoral
Hermano, una persona que está llena del Espíritu Santo es alguien en quien ya dentro suyo su carnalidad ha sido menguada y adentro de él se ha levantado el nuevo hombre que Cristo ha hecho en él. Es una persona que está llena del Espíritu Santo, alguien en quien el Espíritu Santo decide sus pensamientos, sus emociones, que todo su ser está sujeto al Señor. Eso es un diácono. ¿Qué más? Dice que sean personas sabias, de sabiduría. Y me llama la atención que dice: “a quienes encarguemos de este trabajo”.
Aquí hay un juego de palabras que yo tengo que explicarlo. Los apóstoles le dicen a la iglesia: salgan ustedes y busquen siete, pero esos siete somos nosotros que los vamos a encargar de eso. ¿Qué es encargar? Hay cosas que de ustedes son responsabilidades que ustedes tienen, que son inherentes a su función, inherentes a su llamado; usted la tiene encima, y hay personas a quienes usted puede encargarle de eso. Yo puedo decirle: “Guadalupe, mira, esta es mi responsabilidad. Yo tengo que administrar este asunto, pero tú has crecido desmedidamente, y yo estoy arrollado ahora mismo. Yo te quisiera a ti encargar para que tú hagas, de mis funciones, tú hagas esta. Yo te la encargo”.
Lo que quiero decir es que algo que sale de los doce hacia la iglesia, ellos son los que encargan. Y esto se evidencia al final, que dice que son los apóstoles que les imponen las manos. Miren cómo termina, dice el versículo 6: “A los cuales presentaron ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos”. Imponer las manos significa delegación. Por ejemplo, cuando Moisés delegó su responsabilidad en Josué, dice que Moisés impuso las manos sobre Josué. Imponer las manos significa: yo tengo esto, y como que te lo traspaso a ti, yo te lo cedo, yo te encargo eso.
Con esto le diré que los diáconos en una iglesia, su llamado —oyen la palabra que utilizo— son ayudantes de la labor pastoral. Y utilizo intencionalmente esa palabra. Escuche: no estoy diciendo “son ayudantes del pastor”, sino que son ayudantes de la labor pastoral. Hermano, los diáconos de una iglesia no están llamados a servir humanamente a los pastores, no son mis asistentes. Por ejemplo, usted puede entenderme: no están aquí para buscarme el café, no están aquí para lavarme el carro, no están aquí para ayudar a los pastores, no a Rafael, sino a los pastores. Y le digo “a los pastores” porque la vocación de las iglesias del Nuevo Testamento es que las iglesias no tengan necesariamente un solo pastor, sino que tengan una pluralidad de líderes.
Y el deseo de nuestra iglesia es que cuando el Señor quiera nos provea de otros pastores. Ahora mismo solamente tenemos uno, pero quiten a Rafael Pérez de aquí, hermano, los diáconos están aquí para ayudar a los pastores en su labor pastoral. No es para hacerle diligencias a un pastor, no es para… no, hermano, eso es nada más alejado de la realidad. Están aquí para ayudar en la labor pastoral, en la administración de esto. Y es porque cuando se detallan las cualificaciones de un pastor y sus roles está administrar la obra del Señor.
Pero estos hombres se quejaron, los apóstoles. Miren que es una queja lo que ellos dicen. Recuerden la expresión que estoy utilizando: la diaconía en una iglesia está para asistir en la labor pastoral. Hay ministros de la palabra que siembran y hay diáconos —la palabra diácono significa servidor— y hay personas que ayudan a administrar el fruto de lo que se está haciendo. No hay como dos liderazgos. La iglesia en algunas iglesias ha terminado en esto y ha creado mucho daño: que se crean cuerpos de diaconía que están como rivalizando con el cuerpo de pastores, como echando un pulso, hermano.
Una iglesia no tiene tres liderazgos ni cuatro, tiene un liderazgo. Y el liderazgo de una iglesia va hacia donde el Señor quiera llevarle, y lidera con su iglesia. O sea, no hay dos decisiones en una iglesia, como dos cuerpos contrapuestos: “No, yo estoy en contra tuyo y vamos a pulsear”. No hay un pulseo en la iglesia del Señor, hermano. Es más, si hubiera tal cosa, lo que hace el más sabio es que mengua, porque un cuerpo no puede estar dividido contra sí mismo. ¿Qué hace un diácono? Un diácono asiste la labor pastoral eminentemente en lo administrativo.
“No es justo” dejar la palabra para servir mesas
Y lo que dijeron los apóstoles fue —miren el versículo 2—: “Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios para servir a las mesas”. Aquí aclaro lo siguiente, hermano: los apóstoles no es que están diciendo que las mesas sean un trabajo inferior, no como “ay, eso como que no es para mí”. No. Un pastor verdadero anhelaría servir las mesas. Un pastor, si es verdaderamente un pastor, él anhelaría servir la mesa, eso sería su deleite, hermano.
Hable con David. Miren, en David había una confusión en su corazón. Eso se lo atribuyo yo, no que la Escritura lo diga, pero David tenía un problema porque David era rey, pero él quería ser sacerdote también, y profeta. David quería, hermano, en cuanto sean cosas para el Señor, dice la Escritura que David construyó el templo sin construirlo. Él fue quien lo diseñó, él tenía todo listo; David hizo instrumentos musicales y preparó a Salomón, le dejó las cosas resueltas para que le hiciera un templo. Es que David tenía tanta pasión por exaltar el nombre del Señor que a él ser el rey no le era suficiente, él quería hacer algo más.
Pero un pastor verdadero es un hombre que no solamente ministra la palabra, que es el primero que se moja los pies, que se moja las manos, que se ensucia él mismo para que la obra avance, y si es verdaderamente un pastor lo hace de buena gana. Yo no he conocido un hombre de Dios que realmente tenga pasión por la obra del Señor, que no sea el que debería hacerlo en última instancia. Usted puede entenderme eso. El que debería hacerlo, él debería estar sirviendo las mesas también, pero dadas las necesidades vamos a delegarlo en alguien más. No es algo como: “No es digno de nosotros que somos los ministros de la palabra servir las mesas”. No. Lo que ellos están diciendo, hermano, es: eso no es justo.
Yo no me gusta hacerlo mucho, porque la gente piensa a veces como que es que uno quiere hacerse el erudito. Pero lo que ahora dicen comúnmente: “No, porque en griego, en hebreo, significa tal cosa…”. La mayoría de las veces lo que significa en griego o en hebreo es lo que dice la Biblia en español, hermano, porque los biblistas que hicieron esa traducción son expertos en eso, y uno solamente es un lector. Aunque hay veces que hay palabras que, cuando uno entiende lo que significan en el original, uno puede tener como una connotación todavía más amplia del significado.
Esa misma expresión “no es justo” tiene en griego toda una serie de significados. Es como algo que es abusivo, al mismo tiempo es algo desconsiderado, es algo poco prudente, es algo poco sabio y, sobre todo, es algo que no es conveniente. Lo que los apóstoles están diciendo es: no es conveniente que nosotros sirvamos también las mesas y que desatendamos esto para servir las mesas. Ahora tú me preguntarías: “¿Y por qué que no es conveniente?”. Por diferentes razones, hermano. Porque cada quien tiene dones distintos, y es necesario que una carga de un pastor, por ejemplo, es utilizar todos los dones que el Señor ha puesto en su iglesia, que todos los dones se utilicen. Y no es conveniente porque si lo hiciéramos nosotros, hay dones que no se ejercerían.
No es conveniente, hermano, porque los apóstoles la verdad es que estaban bien cargados. La iglesia estaba siendo perseguida, estos hombres estaban acabando de enfrentar dos prisiones, ya habían lidiado con el caso de Ananías y Safira mintiendo ahí. Ahora viene el caso de… también los apóstoles, como si fuese la cabeza y la mano. “Llévennos suave”, lo que le están diciendo: llévennos al paso, que estamos cargados. Lo que están diciendo es: métanse ustedes también, involúcrense, busquen entre ustedes siete para que nos descarguen. Hay como hasta un lamento en eso, es como: estamos saturados, ayúdennos, es lo que le están diciendo.
Y otra cosa: eso sería insostenible. Si ustedes no se involucran a trabajar, mientras más crezca la obra, menos disponible estaremos nosotros. Pero sobre todo le diré algo, hermano, con todo el amor del mundo: ¿a usted qué más le conviene? Que haya diaconía en la iglesia, porque los ministros de la palabra se dedicarían con más atención a exponer la palabra y a orar por ustedes. Una iglesia que tiene buenos diáconos, sus pastores pueden hacer lo que más es propio de su función, que es ministrar la palabra.
La carga pastoral y la necesidad de diáconos
Lo que es serio, hermano, eso no es Rafael Pérez. Mire, cualquier pastor serio le toma cerca de 15 horas preparar las Escrituras. Eso no es una persona que abre la Biblia y viene y lee algo. Cualquier pastor serio, el ministerio de la palabra es algo que requiere tiempo, esfuerzo, sacrificio y, al mismo tiempo, la oración. Ahora yo hago un paréntesis aquí, hermano, y le digo esto como su pastor: miren, el trabajo pastoral es un trabajo ciertamente agotador y hasta peligroso en algunos sentidos. Es un trabajo muy poco visible. Uno está cuidando las almas. Hermano, ¿usted ha visto un alma alguna vez? ¿Quién me levanta la mano aquí, alguien que haya visto el alma de alguien? Yo no he visto el alma de nadie; yo cuido ese asunto.
O sea, yo cuido el alma de mis hermanos y yo no le veo el alma. Yo le pongo un ejemplo: imagínese usted que el trabajo suyo sea mover cajas de un lugar a otro. Si usted mueve 20 cajas en un día, usted ve que las cajas estaban aquí y se movieron para allá. Las almas no se ven, y uno cuida ese asunto. Son trabajos muy subjetivos, uno está tratando de alimentar al pueblo, de cuidar al pueblo, pero uno no ve. Si usted es un constructor, usted pone hoy las zapatas, mañana pone los blocks, después pone cinco líneas más de block y usted siente que eso va como creciendo. El crecimiento de una iglesia, hermano, eso es algo que es, hasta cierto punto, místico, es algo que eso lo ve el Señor.
¿Cómo usted sabe si un hermano está madurando o no? Por sus decisiones, pero eso no se ve. Es un trabajo hasta cierto punto agotador, porque no se ve. Al mismo tiempo, hermano, el trabajo pastoral es un trabajo muy solitario. Yo, y la mayoría de los pastores, desarrollamos un trabajo muy solo. Hay iglesias más grandes que el Señor las ha provisto de otros pastores, y tienen cinco pastores, tres pastores, y comparten la carga el uno con el otro. Pero la carga pastoral es difícil de compartir. Un pastor, hermano, hace una labor muy discreta, de mucha confidencialidad.
Lo que uno escucha en una reunión pastoral, eso no… ni siquiera con mi esposa comparto yo eso, hermano. ¿Usted me entiende? Usted viene donde mí con su necesidad, yo escucho su necesidad, y ni siquiera a Carolina, que es mi esposa, yo le digo: “Mira, este caso de tal hermano”. No. Ella no me pregunta, ni se lo comparto, porque el trabajo pastoral tiene que ser así. Por otro lado, hermano, el ataque espiritual que tiene un pastor… yo sé que todos somos atacados, pero dice la Escritura: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”. La carga espiritual que hay sobre un pastor, la lucha espiritual, la tentación que hay sobre un pastor, hermano, eso agota a cualquiera.
Y le doy la ñapa: yo tengo que cuidar de ustedes y también de mí mismo. Yo le pregunto, hermano, ¿mantener hábitos espirituales a ustedes les da lucha? Leer su Biblia todos los días, orar al Señor, ¿a usted le da lucha? Bueno, yo tengo que cuidar de usted y también cuidar de mí. Entonces el trabajo pastoral, si uno se dedicara a hacer el trabajo pastoral y no tuviera diáconos que asistan al pastor de manera graciosa en esto, hermano, sería insostenible. Tarde o temprano ese hombre… la mayoría de los pastores, estadísticamente, la mayoría de los pastores no tardan más de tres años en una iglesia, hacen crisis. La mayoría están muy enfermos. Hay enfermedades que están ya diagnosticadas, que son enfermedades que vienen sobre los pastores.
La carga, hermano, es amplia, por eso es necesario que haya diáconos. Ahora les diré cuál es la consecuencia de la buena diaconía. Todo esto se hizo, hermano: se buscaron siete varones de entre la iglesia. Dice que lo buscó la congregación, pero es muy interesante que la congregación los trajo al liderazgo, a los ministros de la palabra, y los ministros de la palabra de algún modo delegaron en ellos. Recuerden la figura de imponer las manos: cuando se te imponen las manos, se está delegando sobre ti algo.
Doña Paty, hermano, la razón por la cual les he explicado que se está delegando es para que usted entienda mañana, que usted vaya a servir en la diaconía, entienda que la responsabilidad última de la casa del Señor está sobre el pastor a un punto tal de que si el diácono no sirve la mesa, bueno, el pastor debería hacerlo, porque es su responsabilidad y él rendirá cuenta ante el Señor.
La consecuencia: crecimiento de la palabra y de los discípulos
Le digo ahora cuál es la consecuencia natural de todo esto. Escuchen esto, versículo 7: “Y crecía la palabra del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los sacerdotes obedecían a la fe”. Después que la iglesia tuvo diáconos, después que se subsanó la consecuencia de la murmuración, cuando estos diáconos comenzaron a hacer su función, miren lo que sucedió: crecía la palabra del Señor y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente. Hermano, pero ¿ya no habíamos dicho que eran demasiados los discípulos? O sea, comenzamos el capítulo 6 diciendo que en aquellos días, como creciera el número de los discípulos, ya eran muchos, y ahora se multiplicaron.
¿Me preguntarán: “Pastor, qué hace falta para que una iglesia crezca?”. Yo diré dos cosas. De esas hay una que depende de nosotros y una que depende del Señor; hay dos que dependen de nosotros y una que depende del Señor. Para que una iglesia crezca hace falta sembrar la semilla del Evangelio en muchas partes, y quedarse mirando, y esperar que el Señor haga un milagro. Hermano, es verdad, mira: tú vas a poner el Evangelio y tú no puedes convertir un alma. Tú lo que puedes hacer es predicar a mucha gente al mismo tiempo porque vamos a esperar que en alguno de ellos germine, pero depende del Señor, no de ti.
¿Cómo crece una iglesia local? Una iglesia local crece cuando sale a predicar el Evangelio, uno espera en oración que el Señor haga el milagro, y después, cuando ese milagro se ha hecho, uno administra ese fruto como mejor lo puede administrar. Es lo mismo que hace un agricultor. En mi corta experiencia, hermanos, sembrando, tengo ahora una finca experimental de flor de Jamaica en mi casa. Son tres matas, pero es una finca experimental. Usted me sigue. O sea, son tres matas que tengo allá de flor de Jamaica, pero ya he hecho té, jugos y mermelada.
Es una finca experimental compuesta de tres matas. ¿Qué hace un pequeño productor, hermano? Es más, yo estaba hasta contento, porque yo siento que entre los productores locales de flor de Jamaica yo soy el principal, aquí nadie siembra eso. A nivel local, hermano, tengo el liderazgo en el cultivo de flor de Jamaica, porque nadie siembra eso, con las tres matas. Yo estoy rompiendo la zona, yo tengo el liderazgo. Pero yo he visto, hermanos, que un agricultor siembra algo y usted no tiene la certeza de que ahí va a salir nada. Usted pone la semilla bajo la tierra, aplana la tierra, se pone de pie y va al otro día y ve, y va al otro día y ve, y no ha salido nada.
Y busca en la otra parte donde usted sembró a ver si salió algo, y no ha salido nada. Busca: “Yo también sembré allí, deja ver si hay”, y no hay nada. Y en alguno de esos lugares, quizás si sembraste en diez partes, vamos a poner que en cuatro sale una pequeña hojita. Cuando sale esa pequeña hojita, hermano, tú brincas al cielo. No has comido nada de esa mata, pero ya tuviste fruto, ya se dio el milagro. Lo que tú no podías hacer ya sucedió. Lo que tú no podías hacer, hacer que se levante de ahí una mata, ya hay una pequeña planta. Y cuando se levanta esa pequeña planta, hermano, ya el asunto no es sembrar, ahora es cuidar.
Ahora tenemos que tratar de que los gatos no la pisen, tenemos que tratar de que las gallinas no se la coman, ahora tenemos que tratar de que tenga agua, ahora tenemos que cuidar ese asunto. Y tú vas como soplando tus matitas, esperando, esperando, esperando, diciendo: “Sube, sube, sube”, y después que sube tú comienzas a esperar ahora a que salgan flores. Y si hay flores, hay que tratar de que los pajaritos no tumben las flores. Y viene el frutito saliendo, y cuando sale algo, hermano, ya está ahí, pero no se ha madurado, todavía está verde, hay que esperar que se madure.
Administrar la cosecha y llamado final
Y cuando por fin puedes tener un fruto, hermano, han pasado meses. A veces administrar la cosecha es más difícil que sembrarla. ¿Qué hace un diácono cuando una iglesia local trata de que después que hemos cogido tanta lucha para que de ahí salga una pequeña plantica, que no se dañe el fruto? Hay un fruto que hay que cogerlo en un momento, hay que quitarlo de la mata en un momento porque si no se pudre. ¿Usted sabe lo que es dedicarle a veces seis meses a una cosecha para que: “No, que a mí me cogió el sueño”, y se pierda la cosecha?
No solamente hay que sembrar, hermano, hay que administrar la siembra. No solamente hay que poner la semilla, hay que tener diáconos que estén ahí cuidando de que la bomba llegue en el momento correcto, de que el agua se ponga en el momento correcto, de que el fruto se retire en el momento correcto. Son las dos labores que podemos hacer, porque nosotros no podemos hacer que suceda la germinación. El Evangelio prende en el corazón del hombre por obra del Señor, pero somos utilizados nosotros como instrumento para poner la semilla y como instrumento para administrar la semilla.
¿Cuál es la consecuencia? Mírenla aquí: “Y crecía la palabra del Señor”. Si antes había fruto, hermano, ahora hay más. Y el número de los discípulos no crecía de uno en uno, sino que se iba multiplicando. Hermano, el hecho de que hubiesen diáconos en la iglesia primitiva haciendo la labor que tenían que hacer hizo que explosionara la iglesia primitiva. Es más, a mí me parece que no se le ha hecho la justicia que se le debe hacer al crecimiento de la iglesia, al trabajo de la diaconía. La gente piensa: “No, la iglesia va a crecer cuando tenga más ministros de la palabra”. No, hermano. La iglesia crecerá cuando haya ministros de la palabra sembrando y cuando haya diáconos cultivando.
“También muchos de los sacerdotes obedecían a la fe”. Cierro con lo siguiente. Les he dicho que la iglesia primitiva no estaba exenta de problemas. Les he enseñado que el crecimiento sin diaconía genera murmuración. Les he enseñado que lo que originó la diaconía fue el crecimiento. También que los diáconos ayudan en la labor pastoral, no asisten a pastores como tal, sino que ayudan a la labor pastoral. Y también les he dicho por qué no era justo que ellos desatendieran esto para dedicarse a servir las mesas. También que la consecuencia de la buena mayordomía, de la buena diaconía, es el crecimiento de la obra, con la ilustración de las cosechas.
La Escritura es tan sabia, hermano, que cuando nos describe un asunto también nos da buenos ejemplos. Y esta parte de los primeros diáconos se termina con el ejemplo de Esteban. Si usted quiere saber, hermano, más o menos cómo era un diácono en la iglesia primitiva —y yo que digo: “Oye, yo quisiera conocer uno de esos diáconos”— el Señor nos permitió en su sabiduría que conociéramos el testimonio de uno de esos diáconos. Se llamaba Esteban. Usted quiere saber cómo eran los diáconos en la iglesia primitiva, hermano, agarre ahora Hechos 6:8 en adelante. Miren, es como que el Señor, después de describir la diaconía, nos da un botón: “Miren ahí cómo puede ser un diácono”. Escuchen:
Y Esteban, lleno de gracia y de poder, hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo. Entonces se levantaron unos de la sinagoga llamada de los libertos, y de los de Cirene, de Alejandría, de Cilicia y de Asia, disputando con Esteban. Pero no podían resistir la sabiduría y el Espíritu con que hablaba. Entonces sobornaron a unos para que dijesen que le habían oído hablar palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios. Y soliviantaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas; y arremetiendo, le arrebataron y le trajeron al concilio. Y pusieron testigos falsos que decían: Este hombre no cesa de hablar palabras blasfemas contra este lugar santo y contra la ley; pues le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá este lugar, y cambiará las costumbres que nos dio Moisés. Entonces todos los que estaban sentados en el concilio, al fijar los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel.
— Hechos 6:8-15
Hermano, ese es un diácono. ¿No es hermoso? Esteban, un diácono, lleno de gracia y de poder. ¡Óigame, hermano, qué diácono! Yo quiero cargar con eso mismo. No que yo lo sea, hermano, es que aspiremos. Aspiremos a tener diáconos de este calibre. Escuchen: “No podían resistir la sabiduría y el Espíritu con que hablaba”. Entonces sobornaron a unos, lo llevaron, pusieron testigos falsos, y aún así, cuando fijaban los ojos en él, vieron su rostro como el rostro de un ángel.
¿Usted quiere ver el calibre de un diácono en la iglesia primitiva? Eran personas que cuando usted les miraba el rostro, usted veía como el rostro de un ángel. Quiero orar al Señor para que en nuestra iglesia crezca el número de ministros de la palabra que se parezcan a Pablo, que se parezcan a Timoteo, que se parezcan a Tito, y también diáconos que se parezcan a Esteban. Oremos al Señor para que Él provea aún más para nuestro ministerio de diaconía. Cierre sus ojos un momento.
Oración final por diáconos y por la iglesia
Guau, Señor, como te hemos pedido en otra ocasión, volvemos a pedirte: permite que esta pequeña obra local, permite, Señor, que esta finca experimental, que esta pequeña manada, Señor, este rebaño que es la Iglesia Evangélica Pez Mundial, sea provista. Provee para esta iglesia, Señor, ministros de la palabra cualificados según principios bíblicos y que tengan pasión por tu palabra, que se deleiten en ella, Señor, que para ellos sea verdadera comida. Permite que se siembre en tantos lugares como se pueda sembrar, permite ver el milagro, Señor, de la salvación. Permite contemplar con nuestros ojos personas siendo levantadas espiritualmente.
Ay, Padre, ¿cómo no pedirte en esta ocasión especial en que nuestra iglesia tendrá reunión administrativa? Provee a esta iglesia local con diáconos, Señor. Mira que hoy elegiremos, Señor, a otro diácono más. Permite, Padre, que estos hermanos tengan la carga de parecerse a Esteban, que sean gente que asistan a los pastores de esta iglesia, Padre, de buena gana, que los descarguen de sus responsabilidades, pero que lo hagan no para los hombres, Señor, sino para ti, sabiendo que de ti se recibirá la recompensa.
Provee para la Iglesia Evangélica Pez Mundial, Señor, cada vez mejores procesos administrativos, que no haya murmuración entre nosotros, Señor, que no haya nadie desatendido. Permite que cada uno, Señor, sea bien pastoreado, que se provea bien para las necesidades. Permite que el año 2015 sea un año de excelencia, aún más, Señor, que el 2014. Permite que cada vez hagamos las cosas con más orden, Señor, con más reverencia, con más pasión y con más carga. Todo esto te lo pido para tu gloria, en el nombre de Cristo. Amén. Que el Señor les bendiga, hermanos, que el Señor.