Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
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La navidad desde el antiguo testamento

Isaías 40:3-5; Miqueas 5:2; Números 24:17; Ageo 2:6-9

La Navidad no es solo el nacimiento de un niño llamado Jesús, sino el cumplimiento preciso de profecías antiguas que muestran que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Las Escrituras confirman que en Él se cumplieron las promesas mesiánicas esperadas por siglos.

Predicado21 de diciembre de 2014
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Que se mueve, que sea lámpara a nuestros pies tu palabra, que sea lumbrera, Señor, a nuestro camino. Te encomendamos toda persona que está aquí congregada, que ya conoce a Jesús; permite que hoy, Señor, también pueda reconocer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que en esto, Señor, tenga la verdadera celebración de la Navidad. No que nace un niño, Señor, sino que tú mismo te hiciste hombre para estar en medio nuestro. Acompáñanos tú, Señor, dirígenos tú. Permite, sobre todo, Padre, que aquellos que todavía no han rendido completamente su vida delante de ti, al ser puestos, Señor, cara a cara con la evidencia contundente que dan las profecías, puedan abrir los ojos y entender, Señor, que más que un nacimiento, el que ha nacido es Cristo y es el Señor. Todo esto te lo rogamos, Padre, confiando en tu provisión, en Jesús. Amén.

Hemos estado exponiendo diferentes temas de Navidad, hermanos, ya tenemos que cerrar también el tema de Navidad. Estaremos predicando otros temas, siempre de la palabra del Señor, el próximo domingo que es el último del año, pero este formalmente es el último sermón de Navidad. Nuestro hermano Edwin comenzó la serie, después nuestro hermano Gabriel Vera estuvo el domingo pasado exponiendo también la palabra del Señor sobre la Navidad y ahora yo concluyo esta serie de enseñanzas. Les voy a pedir que me den su atención hoy; hoy no estoy en el mejor momento, tengo un dolor de cabeza de gripe y he tenido todo el cuerpo como indispuesto. Pero qué bueno que la palabra del Señor funciona, hermanos, no por quien la va a compartir, porque la palabra es del Señor; uno solamente la enseña, y la palabra del Señor no depende de quién la muestra, sino que ella hace su buena obra en nosotros.

Quiero aprovechar la temporada navideña para enseñar la Navidad desde el Antiguo Testamento. Dentro de su programa está la introducción a nuestro sermón y un solo versículo del Evangelio de Marcos, es el primer versículo del Evangelio de Marcos que dice:

Principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.

— Marcos 1:1

Dice nuestra introducción que la historicidad de Jesús es un hecho reconocido más allá de los evangelios por las mejores fuentes antiguas. Por ejemplo, el historiador romano Tácito, que vivió entre el 55 y el año 120 después de Cristo, documentó la existencia de Jesús de Nazaret. Lo mismo hizo Josefo, que es un historiador reconocido entre los judíos. Estas son fuentes no cristianas. Él vivió entre el año 37 y el año 101 después de Cristo y habló acerca de este Jesús histórico.

Jesús como personaje histórico y más que histórico

Al mismo tiempo, Luciano, un escritor griego ampliamente reconocido que vivió entre el 125 y el 181, habló de Jesús. También el Talmud judío, que no es una fuente cristiana, documentó la existencia de un judío llamado Jesús que vivió en Nazaret. También Plinio el Joven, un abogado romano, es una fuente muy temprana; del año 61 al 112 vivió él, y habló acerca de Jesús de Nazaret. Menciono estas fuentes, hermanos, para dejar establecido, y no detenerme en esto, el hecho concreto de que nuestro Señor Jesús es un personaje histórico, tan histórico como lo es Tácito, tan histórico como lo es Alejandro Magno, tan histórico como lo es Herodes el Grande, tan histórico como lo es Nerón y cualquier otro personaje de la historia universal.

Nuestro Señor Jesucristo no es un invento de los cristianos. Los historiadores no cristianos están de acuerdo en la existencia del Jesús histórico. Ellos no nos dirán que es el Hijo de Dios, no nos dirán que es el Cristo, pero sí dicen que vivió un tal Jesús, hacedor de milagros, dicen algunos, y que decía ser el Mesías. Con esto, hermanos, de nuevo lo que estoy apuntando es a que saltemos esto y dejemos establecido: nuestro Señor Jesús es un personaje histórico. Es más, hay más evidencia histórica de la existencia de Jesús de Nazaret que de gran parte de los personajes de la antigüedad que ustedes estudiaron en la historia universal en el bachillerato. No nos detengamos en esto: Jesús es un personaje histórico.

Pues los cristianos no solamente entendemos que existía un tal Jesús judío que vivió en Nazaret, lo que entendemos los cristianos es que ese Jesús es el Cristo y es el Hijo de Dios. Los historiadores no están de acuerdo con eso. ¿Puede entenderme la diferencia? O sea, es universal el reconocimiento de que Jesús es histórico. Sin embargo, los cristianos no solamente reconocemos que Jesús es histórico; nosotros entendemos que Jesús de Nazaret es el Mesías, es el Cristo esperado y es el Hijo de Dios. Nosotros no solamente afirmamos al Jesús de la historia, también creemos por fe que ese Jesús, ese que nació, es el Cristo, el Hijo de Dios. Lo creemos al persuadirnos de que en Él se cumplieron las profecías. Esto significa “Jesucristo”: cuando uno dice Jesucristo está afirmando que Jesús es el Cristo.

Las profecías mesiánicas y el propósito de los evangelios

Examinaremos cuatro acontecimientos en los que profecías antiguas se cumplieron con absoluta precisión. Veremos, en primer lugar, un mensajero que clamaría desde el desierto para preparar el camino a Jehová. Esto lo profetizó el profeta Isaías. Después veremos a Belén, una ciudad pequeña que en el último momento recibe un honor muy grande; esto lo profetizó el profeta Miqueas. También veremos el honor que recibió por la visita de una virgen embarazada, y esto lo profetizó Isaías. Veremos que una estrella, anunciada en la antigüedad por un profeta pagano —esto fue el profeta Balaam—, logró guiar a los sabios de oriente, previamente anunciados por el profeta Isaías. Y en último lugar veremos que un templo hermosamente edificado, justo a tiempo por un rey usurpador edomita, estaba ahí ante la eminente llegada del Rey verdadero. Estas son las profecías de Ageo, de Abdías y de Isaías.

El cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento no es el tema más popular para estas fechas, pero puede marcar un antes y un después en nuestro entendimiento de la Navidad. Hermano, yo podía dejar las cosas tal como están y seguir celebrando siempre el nacimiento, los villancicos, los aguinaldos, y todo eso está chulo, todo eso está muy bien, nada de eso está mal, hermano; por eso lo celebra el mundo. La verdad es que nosotros, como cristianos, deberíamos dar un paso hacia adelante y no solamente estar en las canciones de “ha nacido Jesús, ha nacido Jesús”. ¿Quién nació? Jesús. Hermano, eso no está en discusión, no hay que detenerse en eso, porque si existió, nació en algún momento, y Él es el personaje más relevante del mundo antiguo, es el más citado, es el que partió la historia en dos. O sea, eso no está en discusión. Me gustaría aprovechar este último domingo de nuestro programa de la Navidad para establecer que los cristianos no solamente afirmamos a un Jesús histórico, sino que también estamos convencidos de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.

Y que este es nuestro Salvador. Como preámbulo les diré que los judíos, hermanos, entendían lo que era un Mesías. La palabra Mesías lo que significa es “Salvador” o “Libertador”. Y durante miles de años los profetas en el antiguo Israel estuvieron hablando de que eventualmente Dios enviaría un Salvador, enviaría un Mesías, enviaría un Libertador. El término “Cristo” es lo mismo que “Mesías”, lo único es que “Cristo” es en griego y “Mesías” es en hebreo. Cuando los griegos decían que Jesús es el Cristo, es lo mismo que cuando los judíos decían “Jesús es el Mesías”, o “Yeshúa HaMashíaj”, como ellos dicen: están diciendo “Jesús es el Mesías”. Nosotros vivimos en Santo Domingo, República Dominicana, y por aquí nunca estuvimos esperando ni un Mesías ni un Libertador ni nada de eso.

Lo que el pueblo judío esperaba del Mesías

Ahora tengo que explicarles qué era lo que los judíos esperaban. El pueblo judío estaba esperando una promesa. La promesa era que la dinastía de David iba a ser perpetuada para siempre y que un hijo de David eventualmente se sentaría en el trono de su padre. Pero todas estas cosas eran de muy difícil cumplimiento. Yo prediqué a lo largo de este año acerca de la trayectoria de Israel. Por ejemplo, Israel fue un pueblo muy accidentado, y humanamente hablando no era posible que estas profecías se cumplieran. Cuando le dijo a Israel el profeta Isaías, por ejemplo, que un renuevo de David se levantaría, que se le iba a levantar un rey, esta gente estaban siendo llevados a otra nación en cautiverio; el pueblo está siendo llevado a otra nación en cautiverio y el profeta Isaías les dice: “eventualmente se levantaría un renuevo de David”. Humanamente hablando, hermano, esto era imposible.

Por otro lado, ellos estaban esperando que iba a ser un Libertador que iba a traer a su pueblo de nuevo la gloria y el prestigio que tuvo en los tiempos de Salomón. Y todas estas profecías, los judíos las fueron cultivando. Hay más de cincuenta profecías que se llaman profecías mesiánicas, y eran las profecías por las cuales los judíos iban a entender eventualmente que su Mesías había llegado. Entre estas profecías estaba, por ejemplo, la tribu de la cual iba a venir; estaban las profecías de la ciudad en la cual iba a nacer; estaban las profecías acerca de los milagros que Él iba a estar desarrollando. Y aquí hay una pregunta que regularmente me hacen los nuevos creyentes; me dicen: “¿Y por qué de Jesús solamente se menciona la niñez, cuando tenía doce años, y después aparece Jesús al final? Hay un periodo de Jesús que no se documenta en los evangelios”. Les digo la respuesta: los evangelios son biografías, pero no son biografías en el sentido que nosotros estamos acostumbrados a leerlas.

Les doy un ejemplo. Yo ahora mismo estoy leyendo una biografía, es la biografía de Dietrich Bonhoeffer, pero cuando se describe su biografía nos hablan de dónde nació, nos hablan de su niñez, de su adolescencia, de su juventud y diferentes asuntos secundarios de él. Los evangelios no narran toda la historia de Jesús. Los evangelios lo que narran son las partes de la vida de Jesús donde se cumplieron de manera precisa las profecías, porque si los judíos veían el cumplimiento profético en Cristo, tenían que concluir que definitivamente Jesús no era solamente un hombre que había nacido, sino que era el Mesías que había sido profetizado. Por eso usted se da cuenta en los evangelios que se dice constantemente:

“Conforme a las Escrituras…”, “como dijo el profeta Isaías…”, “como dijo el profeta Miqueas…”, “conforme a las Escrituras…”

Los evangelios no son solamente cuatro biografías de Jesús. Los evangelios son biografías intencionales donde se trata de documentar los acontecimientos de la vida de Cristo que cumplieron las profecías, porque el propósito de los evangelios no es solamente que las personas entiendan acerca de la vida de Jesús. El propósito de los evangelios es que las personas entiendan que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.

La intención de los evangelios y cuatro profecías clave

Porque si acaso entendemos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, llegamos a ser cristianos. Un cristiano no es una persona que reconoce que Jesús existió; eso lo reconocen todos los historiadores serios. Siempre hay un curioso que anda buscando una cosa rara; por ejemplo, los canales de televisión para esta época siempre sacan un especial de “¿Jesús existió?”, eso es una locura, hermano, no hay ningún escritor serio que niegue eso. El nacimiento de Cristo se documentó, por ejemplo, en los registros romanos. O sea, no fue como un invento de un judío; los romanos inscribieron ahí que nació un tal Jesús. Lo que les quiero decir con esto, hermanos, es que los evangelios se escribieron no solamente para que nosotros tengamos curiosidades de Jesús, se escribieron para que podamos concluir al leerlos que las profecías que se habían dado, cerca de cincuenta profecías en el Antiguo Testamento, todas esas profecías se cumplieron en Jesús, a un punto tal que nosotros tengamos que concluir al leer los evangelios que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.

Ya se han mencionado parte de estas profecías en las prédicas que hemos tenido en este año, pero yo he seleccionado hoy cuatro acontecimientos específicos que eran de muy difícil cumplimiento. No he seleccionado las cincuenta, hermano, porque en vez de predicar me quedo la semana entera leyéndolas. Por ejemplo, esta semana ya estuvimos leyendo profecías mesiánicas en los devocionales: leímos profecías de Isaías, leímos diferentes profecías y también su cumplimiento en los evangelios. Hoy he seleccionado cuatro acontecimientos que, humanamente hablando, era imposible que se cumplieran, pero que si acaso se cumplían esos acontecimientos teníamos que concluir que definitivamente Jesús no era un hombre más. Y ahí es que adelanta uno después la Navidad. Si una persona llega a entender que Jesús no solamente es histórico, sino que Jesús es un personaje extraordinario, que Jesús no es solamente un hombre que nació, sino que Jesús es Dios que se hizo hombre, tendría que reconocer, por consecuencia, que Jesús es el Señor. Y si Jesús es el Señor, entonces él tendría que rendirse ante el señorío de Cristo. Mi meta hoy no es solamente informar “ha nacido un niño, le llaman Jesús”; eso todo el mundo lo sabe.

Mi meta hoy es demostrar por las profecías que este que nació no es un hombre más, no es un hombre común y corriente, sino que es Dios mismo que se hizo hombre, tal cual comienza el Evangelio de Marcos: “principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios”. El primero de los cuatro acontecimientos, hermanos, se profetizó setecientos años antes de Cristo: que antes de la llegada del Mesías sería enviado un mensajero que clamaría desde el desierto. Los judíos entendían esto cabalidad, hermanos. Por ejemplo, ahora mismo nosotros esperamos la segunda venida de Cristo, pero hay detalles acerca de la segunda venida de Cristo que, si usted me los pregunta, yo no sé respondérselos. Por ejemplo, dicen las Escrituras que cuando Cristo venga otra vez Él vendrá en una nube y todo ojo le verá.

El heraldo prometido: Juan el Bautista

Uno trata de imaginárselo, y usted puede entenderme más o menos, pero de manera concreta, cómo será este acontecimiento, si será… Hay gente que ha especulado: “No, que esos son los satélites…”. Hermano, yo no sé cómo eso será; Él dice que Él vendrá y que todo ojo le verá. Lo mismo a los judíos: a los judíos se les daban como acontecimientos que iban a suceder; ellos trataban de imaginarse lo que podía ser, pero ellos no necesariamente tenían la concreción de cómo iban a hacer estas cosas. Se sabía que antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo iba a venir un mensajero que proclamaría su llegada. Eso está en el libro de Isaías, capítulo 40, del 3 al 5. Esto es setecientos años antes de Jesús. Dice la Escritura:

Voz que clama en el desierto: Preparad camino a Jehová; enderezad calzada en la soledad a nuestro Dios. Todo valle sea alzado, y bájese todo monte y collado; y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane. Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado.

— Isaías 40:3–5

Cuando Juan el Bautista apareció, Juan el Bautista apareció hablando con los mismos términos. Él decía: “Voz que clama en el desierto: preparad el camino del Señor”. ¿Por qué menciono esta profecía? Primero, hermano, porque los evangelistas cuando describen el nacimiento de Cristo también describen el nacimiento de otro niño, y este niño era Juan el Bautista. Y el Evangelio de Lucas va así mismo: primero se describe el nacimiento de Juan, después el nacimiento de Cristo, después el ministerio de Juan, después el ministerio de Cristo. Con esto le estoy diciendo: se puso así en los evangelios para que entendamos que este que había de venir vino y que tal cual se había profetizado, vino un mensajero.

Que estaba preparando el camino para el Señor. El contexto de esto del mensajero, esto se le llamaba en la antigüedad un heraldo, y era que cuando un dignatario iba a llegar a alguna ciudad se enviaba delante de él un emisario que iba como anunciando: “Por ahí viene el rey, viene caminando”. Gente, por ejemplo, que mandaban emisarios si iban a enviar recaudadores de impuestos en la ciudad, por poner un ejemplo, a la ciudad de Nazaret. Primero venían los emisarios a caballo y decían: “Por ahí vienen los recaudadores de impuestos, preparen los impuestos”, y todo el mundo tenía el dinerito ahí para cuando venían los recaudadores, porque si los recaudadores venían, las personas podían haber dicho: “Usted vino, amigo, pero eso no lo anunciaron y uno no se preparó”.

Preparar el camino: arrepentimiento y Adviento del alma

Otro más, por ejemplo: cuando venía un gobernante siempre se mandaba un emisario que iba delante de él, que quizá iba con una trompeta, y decía: “Preparen el camino, que está por venir el rey”, de forma tal que cuando venía el rey la gente tenía ya las reverencias debidas para recibir a tal dignidad que estaba por ahí caminando. Era la labor de un heraldo: un heraldo preparaba el camino. Otro más: cuando llegaba alguna atracción a un pueblo, esta se anunciaba para que el pueblo fuera invitado a la atracción. Hermanos, la llegada de Cristo fue proclamada por Juan el Bautista. Yo quiero destacar con esto lo que dice Isaías: “preparad camino…”, pero, ¿que preparen camino a quién? Dice Isaías: “Voz que clama en el desierto: preparad camino a Jehová”. Esto llama la atención, porque no fue Jehová que nació; dice el Evangelio que el que nació fue Jesús. El asunto es que Jesús es Dios.

Lo que dice Isaías aquí es que este que iba a preparar el camino, el camino que le iba a preparar no era a un niñito hijo de José y María, el camino que le iba a preparar era a Jehová. Con esto quiero establecer, hermanos, que quien nació fue Dios mismo que se hizo hombre. Jehová significa Yahvé, y era el nombre con que se describía entre los judíos a la Deidad. La Deidad nació, a la Deidad le prepararon el camino, la Deidad se encarnó. ¿Cuáles son las implicaciones de esto, hermano? Jesús le dijo a sus discípulos —sus discípulos le preguntaron: “Maestro, muéstranos al Padre”—, le dijeron los discípulos, y Él le dijo a Felipe: “Felipe, pero hace tanto tiempo que yo estoy con ustedes y todavía ustedes no me conocen. Si ustedes me han conocido a mí, han conocido al Padre, porque el Padre y yo una misma cosa somos”. Hermanos, nosotros no solamente celebramos que nació un niño, nosotros celebramos que Jehová se encarnó. Nosotros celebramos que este que se hizo hombre fue Dios mismo que estuvo entre nosotros. Asimismo dice el Evangelio de Juan, el Evangelio de Juan dice que Él estuvo entre nosotros y que vimos su gloria, la gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

La pregunta que responderé es: ¿cómo se prepara el camino? Todos estos términos humanos son términos que tienen que ver con un camino antiguo. Por ejemplo, cuando una autoridad iba a visitar un pueblo no eran calles como las calles de hoy, que son calles asfaltadas; eran caminos de tierra, eran caminos hechos improvisados. Entonces, cuando el rey iba a visitar una ciudad, se enviaba delante del rey un heraldo que iba preparando el camino; iban como allanando todo lo que había que allanar, de forma tal que el carruaje no encontrara ningún estorbo. Esto de preparar el camino, imagínese hombres con machetes que van desyerbando, que van emparejando la calle, que van poniendo cruces, que van poniendo palos, de forma tal que cuando el rey venga nada, nada, nada estorbe la llegada del rey. Lo que hizo Juan el Bautista precisamente fue preparar el camino espiritualmente hablando para la venida del Mesías. Él anunciaba arrepentimiento.

El Adviento del alma y el testimonio de Juan

Él anunciaba: “Preparad”, él anunciaba, por ejemplo, dice: “enderezad la calzada”, “alzad los valles”. Un valle, hermano, es una hendidura entre montañas. Lo que está diciendo es: eso que está desnivelado, levántenlo. También él decía: “Bájese todo monte o collado, y lo torcido se enderece, y lo áspero se allane”. La aplicación que podemos tener de esto, hermano, es que para la Navidad deberíamos nosotros prepararnos a esto, precisamente es que se le llama Adviento: es como un tiempo de preparación antes de la Navidad. Por ejemplo, las iglesias que llevan el calendario litúrgico, que son muchas a nivel mundial, los cuatro domingos antes de la Navidad en el año se llaman así mismo, se llaman domingos de Adviento, y son como domingos de preparación. Son momentos donde la gente se prepara espiritualmente para tener un encuentro con Dios. Hermano, ¿qué quiero enseñarles por medio de esto?

Que el verdadero arrepentimiento es el Adviento del alma, que cuando uno ha reconocido quién vino —que vino Jesús— uno debería disponer su corazón y disponer su vida para no solamente ver a Jesús de lejos, sino prepararse para recibir a Cristo. Primera profecía cumplida: un mensajero que iba a venir delante de Él. Cuando aparece Juan el Bautista primero en los evangelios, no aparece solamente como una curiosidad; aparece ahí porque los judíos estaban esperando que antes de la venida de Jesucristo iba a venir un heraldo. El heraldo fue Juan el Bautista, y en esto se cumplió la profecía de Isaías. Me muevo pronto. Primera profecía que se ha cumplido es la llegada de un heraldo: vino Juan el Bautista, preparó el camino y después vino Cristo. Doña Paqui, hermanos, miren: en la edad adulta de Cristo el primero en reconocer la divinidad de Cristo fue Juan el Bautista.

Antes que cualquier otro, antes que cualquier otro, Juan el Bautista fue el que dijo: “He ahí el Cordero de Dios”, el que dijo: “Este es el Cristo, el Hijo de Dios; ese cuyas salidas son desde la eternidad”. ¿Recuerdan a Juan el Bautista hablando así? O sea, Juan el Bautista era un primo de Jesús. Con esto puedo decir, hermanos, que con los primos uno conoce quiénes son. Por poner un ejemplo: yo conozco a Nicole y conozco a Rule porque son primos míos. Si esos muchachos me salen ahorita para adelante con un asunto de que “divino”, pues es Rule, yo sé quién es. Con Juan el Bautista muy probablemente conocía a Cristo de niño, pero él dice: “Yo le conocía, pero no sabía quién era”. ¿Cuánto le estoy diciendo? Fue un familiar cercano de Jesús, o sea, una persona que no era… porque un desconocido a uno lo impresiona, pero un familiar, no, uno lo conoce. Él entendió que ese no solamente era un familiar suyo, sino que era un hombre excepcional. Él decía —Juan el Bautista decía— “yo no soy digno ni siquiera de desatar la correa de su calzado”.

Los discípulos, las Escrituras y la ciudad de Belén

Hermano, la historia de Juan el Bautista no es una curiosidad en los evangelios. La historia de Juan el Bautista está en los evangelios porque cumple la profecía de Isaías, capítulo 40, versículos 3 al 5, de que antes de la venida de nuestro Señor Jesucristo un heraldo lo anunciaría. Me muevo a otra profecía. Estoy tratando de seleccionar aquellas profecías que no regularmente la gente tiene en cuenta para reconocer que Jesús es el Mesías. Los judíos, por ejemplo, creyeron que Jesús era el Cristo no fue por una emoción del momento. Hay gente que piensa en los discípulos de Cristo como hombres pescadores ignorantes. Yo he escuchado la radio en estos días, hermano, la cantidad de gente hablando de la Navidad, diciendo que los discípulos eran unos ignorantes. Eso no es así. Un judío pescador era una persona que tenía un conocimiento en las Escrituras que está por encima de la media de todos nosotros.

Por ejemplo, los judíos, los niños, desde que aprendían a hablar eran enviados a la sinagoga a que fueran instruidos, y eran instruidos en qué: en lo que ellos le llamaban la Torá y las profecías antiguas. Ellos buscaban cuáles eran las profecías del Mesías y los judíos estaban a la víspera de un Mesías; estaban esperando su Libertador. Los discípulos de Cristo, cuando vieron a Jesús, lo que entendieron fue que en Él se habían cumplido las profecías, y por eso le seguían. Me muevo a la segunda parte. Ya hemos visto la profecía de un heraldo que iba a venir delante de Él; ese heraldo era Juan el Bautista. ¿Cuál es la segunda? Una ciudad pequeña, esa era la ciudad Belén, recibiría en el último momento un honor muy grande por la visita de una virgen embarazada. La fuente de esta profecía es un profeta que regularmente se llama de los profetas menores.

No es que sean profecías menos importantes, sino que fueron profetas que no escribieron mucho; son libros muy cortos, están en la última parte del Antiguo Testamento. Por ejemplo, el profeta Miqueas es un libro relativamente corto del Antiguo Testamento, pero esa pequeña profecía de Miqueas, capítulo 5 —Miqueas también, más de setecientos años antes de Cristo—, escuchen lo que escribió Miqueas. Miqueas 5, versículo 2 en adelante, dijo Miqueas:

Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad.

— Miqueas 5:2

El profeta Miqueas había anunciado setecientos años antes que la ciudad donde nacería Aquel que era Señor, y cuyas salidas son desde la eternidad, era la ciudad de Belén. ¿Recuerdan aquel momento en que los sabios de oriente visitaron a Herodes y le preguntaron dónde es que iba a nacer el niño? Herodes mandó a buscar a los sabios de los judíos y ellos le dijeron: “El profeta Miqueas dice que va a nacer en Belén”.

Encarnación y la providencia que llevó a Belén

Hermano, con esto lo que quiero enseñar no es solamente el lugar de nacimiento, sino que dice Miqueas: “y sus salidas son desde la eternidad”. Con esto puedo establecer, hermanos, que nuestro Señor Jesucristo, a pesar de que nació, el término más correcto es “se encarnó”, porque Él es preexistente. Por eso decía Juan: “el que es antes de mí”. O sea, Cristo no comenzó a tener una existencia a partir del momento en que nació de María; Cristo existe desde la eternidad. Por eso Miqueas dice aquí: “y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad”. Hermano, esto suena raro, pero el que nació ya existía. Y esto para nosotros es, humanamente hablando, un dilema, porque nosotros sabemos de la existencia de gente que nace. Lo que entendemos aquí es que Cristo es la segunda Persona de la Trinidad, el mismo del cual se habla en el Evangelio de Juan, que dice:

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

— Juan 1:1–3

Con esto quiero decirles que el que nació en Belén, en la profecía de Miqueas, no solamente nos habla de una ciudad, también nos habla de la eternidad de nuestro Señor Jesucristo. Por eso el término más correcto es la encarnación de Cristo, o sea, Cristo tomando forma de hombre. Asimismo después se dice en el Nuevo Testamento que Él se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Cristo tomó forma de hombre, pero Cristo existía desde antes, lo dijo Miqueas. Ahora permítanme hablarles acerca de Belén. Belén era una ciudad muy pequeña; la realidad era tan pequeña que no fue contada cuando Josué hizo un censo, y no la consideró. Vivían ahí unas cuantas familias y, entre las ciudades de Judá, Belén no fue contada en el censo de Josué. Después David hizo otro censo y la población parece que jamás había crecido mucho, porque tampoco la consideró. Belén era una ciudad pequeña que tenía el mérito de que en esa misma ciudad había nacido el rey David, pero recuérdense que el rey David no era un rey que venía de una familia muy grande, ni siquiera venía de una ciudad muy grande; venía de un pequeño pueblo llamado Belén, y el único mérito que tenía la ciudad de Belén es que en esa ciudad había nacido el rey David.

Belén significa “casa de pan” y Efrata significa “fructífera”. Y ahí hace sentido cuando Cristo le dijo a sus discípulos: “Yo soy el pan de vida”. Ahí está también lo que dice: “El que permanece en mí llevará mucho fruto”. Este que viene de Belén, este es el pan de vida; este que viene de Belén es aquel que hace fructificar. Pero también les diré, hermano, que José y María eran de esa ciudad, pero no vivían en esa ciudad. Era como en Israel, que las personas tenían su genealogía y sabían a qué familia, a qué tribu pertenecían, pero no necesariamente las personas vivían en el lugar del cual era su familia. Como sucede ahora: por ejemplo, usted es de San Juan y muy probablemente vive en San Pedro, y usted dice: “Mi familia es de San Juan, yo tengo familia en San Juan”. Bueno, la familia de Cristina es de Ocoa, por ejemplo, y ella vive en la capital y ella va a Ocoa donde su familia.

La familia de Jairo es de San Pedro y va y visita a su familia. Tú no vives necesariamente en el lugar del cual tú provienes. Pasaba con José y María, que ellos eran oriundos de Belén y eran de la casa y linaje de David, pero estaban viviendo a 120 kilómetros en una ciudad que se llamaba Nazaret. Y humanamente hablando, hermanos, los judíos tenían, de las profecías, la que tenían más clara: la ciudad del Mesías. Había cosas que estaban como medio difusas, que ellos no sabían con concreción cómo se iban a cumplir, pero había algo en lo que los judíos estaban de acuerdo: que el Mesías nacería en la ciudad de Belén. El embarazo de María tardó cerca de ocho meses y se desarrolló en Nazaret. Oiga el dilema, hermano. O sea, decía el profeta Miqueas que el niño nacería en Belén; ella entendía que estaba embarazada de la divinidad, era Dios quien había hecho que ella concibiera, pero ella estaba lejos de cómo se podía cumplir esa profecía.

El censo romano y el conflicto con Herodes

Quizás los primeros meses era posible que María y José se mudaran o se movieran de ciudad. Quizás María estaba como a la espera de ver cómo se iba a cumplir la profecía de Miqueas, porque los judíos sabían que su Mesías iba a nacer en Belén. Hermano, pero hasta los ocho meses María seguía en Nazaret. Oiga el dilema: la profecía de Miqueas decía que el muchacho nacería en Belén, pero ella estaba a 120 kilómetros del cumplimiento profético. Humanamente hablando era imposible que esa profecía se cumpliera. Y la manera en que el Señor intervino providencialmente para que se cumpliera la profecía de Miqueas fue… Permítanme que disgregue un poco, pero es que esto también es parte del contexto. Por ejemplo, Roma tuvo dos momentos: uno era la República romana y otra era el Imperio romano. En la República romana, Roma tenía un gobierno que era basado en una república un poco democrática, con instituciones, pero después cambió y llegó a tener emperadores, y cuando llegó a tener emperadores entonces se convirtió en el Imperio romano, que es la segunda parte, la Roma tardía, la última parte de Roma.

Y cuando apareció el primer emperador del Imperio romano, este emperador, como es natural, quiso saber con cuántas personas contaba para que le pagaran impuestos. Y este emperador entonces mandó a que se hiciera un censo, y a través del censo que este emperador, por razones económicas quizás, mandó a hacer, se obligó a que todas las personas tenían que ir a censarse, no en el lugar donde estaban viviendo, sino en su lugar de origen, al cual pertenecían. Y de manera compulsiva José y María, en un proyecto que humanamente hablando parecía imprudente, con un embarazo a término, tuvieron que emprender la tarea de caminar a pie —a veces se menciona un burrito y demás— 120 kilómetros, de forma tal que cuando llegaron a la ciudad de Belén ahí mismo nació el Señor.

Lo que le quiero decir con esto, hermano, es que humanamente hablando parecía imposible que la profecía de Miqueas se cumpliera, pero el Señor permitió providencialmente, utilizando el poder político de entonces que era el poder de Roma, dispuso las cosas de forma tal que la profecía de Miqueas tuvo cumplimiento, y tal cual Miqueas lo profetizó, así mismo nació nuestro Señor Jesucristo en la ciudad de Belén. Esto se describe en Lucas, capítulo 2. Algo interesante en esto, hermano, es que quien estaba gobernando sobre Judea, la provincia de Judea, en aquel momento era Herodes el Grande, y Herodes el Grande logró que el Imperio romano le diera la autoridad para llamarse “rey de los judíos”. Pero para saber quién era Herodes el Grande hay que saber que él era descendiente de un judío prosélito: era idumeo —o lo mismo, un edomita—, una de las tribus de Esaú. Un edomita era un extranjero para los judíos, pero un antepasado suyo se había hecho judío y él entendía que él era políticamente judío, pero los judíos sabían que se les había dicho que nunca un extranjero iba a ser rey sobre los judíos.

La pretensión de Herodes y el verdadero Rey

Estamos en ese dilema: Herodes el Grande decía a los romanos: “Denme la autorización para llamarme rey de los judíos”, pero los judíos no me reconocen a mí como su rey. ¿Y por qué no reconocían a Herodes el Grande como rey? Porque éste no nació en Belén. “Tú eres un idumeo, tú eres de otra parte del mundo. Está bien que ustedes, los romanos, le dieron ese título, pero una cosa es que le den ese título los romanos, otra cosa es que lo reconozcamos nosotros”. Hermanos, ese fue el dilema en la vida de Herodes el Grande. Herodes el Grande quería ser rey sobre los judíos y los judíos no reconocían que un idumeo pudiera ser rey sobre ellos, porque esto contradecía Miqueas. Aquí está la realidad de Cristo, hermano: Cristo es el Hijo de Dios y es Rey porque en Él se cumplieron las profecías. Miren: Herodes el Grande hizo todo lo que humanamente era posible hacer para que los judíos lo reconocieran como su rey.

Les pongo ejemplos. Él era un judío prosélito, ¿verdad? Venía de un pueblo pagano y se decía judío. Los judíos entendían que él no era merecedor del trono porque ni era descendiente de David ni había nacido en Belén; era un idumeo que había nacido en otra parte. Él lo que hizo fue que se casó con una nieta de una de las familias más de más arraigo en Israel, y cuando se casó con una de las nietas del sumo sacerdote tampoco los judíos lo reconocieron como su rey. Él tuvo dos hijos con esa mujer y eran hijos que ya se entendían que eran hijos judíos, o sea, él le buscó que los hijos de él se les reconociera como reyes, y los judíos se oponían a que los idumeos llegaran a ser reyes de Israel.

Oiga el dilema, hermano. Herodes comenzó a hacer obras de construcción, obras civiles en Israel; trajo paz a Israel. Israel había estado en un proceso de convulsión política en el tiempo de los macabeos. En ese tiempo de convulsión política llegó Herodes el Grande y trajo por primera vez en cerca de cuatrocientos años paz a Israel. Había una profecía que decía que el Mesías iba a traer paz, entonces él decía: “Pero yo traje la paz, entonces yo sí soy el rey de Israel”. Oigan los dilemas. O sea, al final, hermano, Herodes entendió… Los judíos decían: “No, tampoco tú puedes ser rey de Israel”. Diferentes razones: “Eres un idumeo, eres extranjero”. “Ah, pero recuérdense que yo soy un prosélito; me casé con una mujer de las familias más prestigiosas de esta tierra; tengo hijos que son judíos; yo traje paz, recuérdense que el Mesías iba a traer paz; yo traje paz a Israel”. Lo más significativo de esto, hermano, es que el Mesías iba a nacer en Belén, y cualquier hombre que no naciera en Belén jamás podía aspirar a ser rey sobre Israel. A último momento el Señor permitió que se cumpliera la profecía, porque si Jesús nacía en Nazaret, hermano, los judíos nunca iban a recibir al Hijo de Dios. Él vivió en Nazaret, por eso se llama “el Nazareno”; pero su ciudad, donde nació, es la ciudad de Belén.

Retomaré el tema de Herodes un momentito, pero déjenme aplicar esto, hermano. ¿Qué significa? En Cristo se cumplieron un sinnúmero de profecías, aproximadamente cincuenta, que sería imposible atribuírselas a un cumplimiento intencional de los padres de Jesús o de sus mismos discípulos. Hay personas que han dicho: “Mira, lo que pasa es que Jesús era un hombre inteligente y Él que conocía las Escrituras se dedicó, al igual que Herodes, a tratar de cumplir las profecías para decir que Él sí era el Mesías”. Bueno, había profecías que Él podía cumplir intencionalmente, pero había cosas que Él no podía hacer. Por ejemplo, una profecía decía que Él tenía que ser de la casa de David; Él no podía elegir intencionalmente nacer en esa casa.

Es imposible manipular todas las profecías

Otros dirán: “Bueno, lo que pasó fue que María y José, que eran hombres piadosos, tenían tanta pasión por un Mesías y querían ser los padres del Mesías que ellos se dedicaron a cumplir las profecías”. Pero estamos viendo aquí que si no aparece un censo, esta gente no se mueve a Belén, porque no tenían ni siquiera familiares ahí. Cuando ellos llegaron a Belén no había para ellos lugar porque ni siquiera familia ya tenían en Belén; tuvieron que quedarse donde encontraron. Otros han dicho: “Lo que pasó fue que los discípulos de Cristo estaban tan emocionados con su Maestro que ellos se dedicaron a arreglar las cosas, a manipular los textos”. Hermanos, si uno toma esas profecías, si uno se da cuenta de la manera como encajan en Cristo, tiene que coincidir —como han coincidido en dos mil años de historia todos los cristianos— en que definitivamente Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y que en Él se cumplieron definitivamente las profecías.

Les he dicho ya: un pregonero que va a venir delante de Él —era Juan el Bautista—; después, una pequeña ciudad —era la ciudad de Belén— que tuvo el mérito providencialmente de ser la ciudad donde nació nuestro Señor. Hablemos un poquito de la estrella. Esta, quizás, es más allá de la profecía de Génesis, capítulo 3, quizás ésta es la segunda profecía más antigua. En un momento había una situación; los judíos tenían que cruzar por una ciudad y apareció un pagano que buscó un profeta pagano, un astrólogo de aquel tiempo, y lo buscó para que maldijera al pueblo del Señor. Se llamaba el profeta Balaam.

Cuando el profeta Balaam vino a maldecir al pueblo de Israel, sucedió que cuando él vino se encontró en el camino con el Señor. El Señor le habló a Balaam y le dijo que tuviera cuidado de maldecir al pueblo del Señor. Y cuando Balaam fue a maldecir a Israel, lo que salió de Balaam decir fue esto. Eso está en el libro de Números; estamos hablando ahora mismo, hermano, cerca de mil cuatrocientos años antes del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo. En el libro de Números se documenta la profecía de Balaam. Cuando Balaam vino a maldecir a Israel no pudo hacerlo, el Señor se lo impidió. Y dice Números 24, en el versículo 17 —oigan lo que dijo Balaam, hermano—. Balaam no sabía lo que estaba diciendo; quien contrató a Balaam no sabía lo que Balaam estaba diciendo; Israel tampoco sabía lo que Balaam estaba diciendo. Eso se escribió como de manera crítica, como cuando una gente habla algo, y se escribe lo que él dijo, aunque uno no entendiera lo que él dijo.

Pero ¿qué fue lo que Balaam dijo? Eso está en Números, capítulo 24:

Dijo Balaam hijo de Beor, y dijo el varón de ojos abiertos; dijo el que oyó los dichos de Dios, y el que sabe la ciencia del Altísimo, el que vio la visión del Omnipotente; caído, mas abiertos los ojos: Lo veré, mas no ahora; lo miraré, mas no de cerca; saldrá estrella de Jacob, y se levantará cetro de Israel…

— Números 24:15–17

Esta profecía, hermanos, paradójicamente, es una profecía que no solamente se documentó en las Escrituras, sino que otros pueblos antiguos —parece que Balaam era un profeta de reconocimiento internacional— también la conservaron. En otros pueblos antiguos, por ejemplo de Jordania, aparece la misma profecía con las mismas palabras. Yo no lo he visto con mis propios ojos, pero lo he visto en libros de arqueología. Si usted va y busca en el museo de Moab, en Jordania, hay un fragmento de la profecía de Balaam que apareció, y cuando se traduce dice las mismas palabras: “Lo veré, mas no ahora; lo miraré, mas no de cerca; saldrá estrella de Jacob y se levantará cetro en Israel”.

Los magos, la estrella y el enojo de Herodes

Mil cuatrocientos años. Pasó el tiempo; esa profecía de que se levantaría una estrella en Israel no se sabía lo que iba a significar. Ustedes me pueden entender cuando a ti te anuncian algo y tú no sabes cómo se va a cumplir. Eso no se sabía cómo se iba a cumplir, pero cuando está Herodes esperando, y está en medio de una revuelta de que él quiere ser rey de los judíos, los judíos no quieren que él sea su rey, aparece unos magos que dicen que vienen de oriente. Y cuando vienen los magos de oriente le dicen: “¿Dónde está el rey de Israel que ha nacido? Porque hemos visto su estrella”. Imagínense a Herodes. Herodes tiene cerca de veinte años tratando de ser el rey de los judíos.

Y vienen los magos de oriente y le dicen a Herodes: “A nosotros nos han dicho que ha nacido un niño, y que ese niño es el rey de los judíos, y nosotros hemos visto su estrella”. ¿Cuál estrella? Es paradójico, hermano. ¿Cuál estrella? Cuando nació nuestro Señor Jesucristo un fenómeno sobrenatural apareció en la constelación, hermanos; una estrella guió a unos… El término “mago” significa sabio, no es que sea una gente de la fase “mago”, de que “ahora lo ve y ahora no lo ve”, no es un mago de circo. Los caldeos, por ejemplo, por eso se supone que eran sabios caldeos, porque los caldeos le llamaban magos a quienes eran los sabios de la antigüedad, las personas que guardaban los libros, las personas que guardaban las profecías. Muy probablemente el profeta Daniel llevó estas profecías mesiánicas a los caldeos, y los caldeos cuando vieron este fenómeno extraordinario salieron a buscar y encontraron que decía la profecía de Balaam que saldría estrella de Jacob y que habría cetro en Israel. Pónganse en el escenario, hermano: Herodes tiene veinte años tratando de ser el rey de los judíos, se ha casado con una judía, ha buscado todos los medios para eso, y cuando llegan los sabios de oriente a reunirse con él, les dicen: “Nosotros hemos venido a ver al niño que ha nacido, que es el rey de Israel”.

Cuando uno lo mira en perspectiva, hermano, uno entiende cómo fue que mandó a matar a los niños. Este hombre dice: “Ya yo reconstruí el templo, ya yo traje la paz, ya yo me casé con una judía”. Tenía tanta pasión, hermano, por ser el rey de los judíos que, cuando él vio cualquier amenaza, él mandó a matar a su suegra, a su mujer y a sus dos hijos. Herodes el Grande, porque él quería que cualquiera que aspirara a ser rey de los judíos terminara muerto.

El origen de la profecía es un profeta pagano. Es una profecía ampliamente documentada por la arqueología, hermanos; en fragmentos de templos antiguos aparece esa misma profecía y eso está en los museos. Él dijo que él lo vería, mas no ahora; que lo miraría, mas no de cerca. Hermano, ¿y por qué Balaam dijo eso de que “lo veré, mas no ahora; lo miraré, mas no de cerca”? Eventualmente Juan, allá en Apocalipsis, dijo que cuando venga el Hijo del Hombre a reinar una vez y para siempre, todo ojo le verá y todos los linajes de la tierra. Balaam eventualmente, aunque él no supiera de quién estaba hablando, también verá a Cristo.

¿Cuál fue el cumplimiento? Los magos vieron una estrella, un fenómeno sobrenatural. Dice que cuando ellos vinieron toda Jerusalén se turbó, y se turbó Herodes con ellos. Herodes pensó: “Ahora sí es verdad”. Y la verdad era que estaba complicado Herodes, porque este sí nació en Belén, este sí era de la casa de David, este sí iba a dar todas las señales irrefutables de que definitivamente era el Hijo de Dios. Recuerden, hermanos, cuando alguien les pregunte: ¿por qué los evangelios no mencionan más cosas de Jesús? Porque lo que se menciona, se menciona para que entendamos que Jesús era el Cristo.

Dios usa muchos medios, pero confirma por su Palabra

Pero lo que más me llama la atención de esto, hermano, es que cuando Herodes, que era un idumeo prosélito, se enteró de la llegada de estos magos, mandó a buscar —no lo voy a leer porque lo hemos visto, lo vimos el miércoles pasado, lo hemos visto en la escuela bíblica— a los escribas, a los sacerdotes, a todo el Sanedrín, y les preguntó. Les dijo: “Ustedes sí saben dónde es que va a nacer el Mesías”. “¿Qué Mesías?”, “El Mesías que todos nosotros estamos esperando”. Quizás por primera vez Herodes reconoció que no era él. ¿Me entienden la dinámica? O sea, Herodes tuvo que reconocer: “¿Dónde es que va a nacer?”. Y ellos buscaron, encontraron la profecía de Miqueas y le dijeron: “Va a nacer en Belén”. Y así fue que los magos llegaron hacia allá. Con esto, hermano, una explicación también que quiero hacer es que Dios puede utilizar diferentes medios para que los hombres se encuentren con Cristo. Los magos de oriente, los sabios de oriente, vinieron por medio de una estrella, pero confirmaron su llamado por medio de las Escrituras; se fueron al profeta Miqueas.

Miren, Dios utiliza medios sobrenaturales para lograr que los hombres le conozcan, pero al final todos esos medios tendrán que ser confirmados por medio de las Escrituras. Dice asimismo la Biblia que tenemos la palabra profética más segura. Medios, les digo. Miren, hay gente que ha venido a Cristo después de contemplar un fenómeno natural; vio algo que le sobrecogió y dijo: “No, debe haber algo más, debe haber algo más”, y vino a Cristo. Sí, dice el Salmo que la naturaleza habla de Dios, que los cielos cuentan la gloria de Dios y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Los fenómenos naturales dan testimonio de Dios. Con esto les digo: las personas vendrán a Cristo atraídas por diferentes cosas, por una estrella, por un fenómeno natural. Hay gente que ha venido a Cristo fruto de un susto.

Yo conocí a una persona que se hizo cristiano después del último terremoto que hubo aquí. Después del asunto quedó muy atemorizado y demás; ese susto fue utilizado por el Señor, pero eventualmente confirmó que Cristo es el Hijo de Dios en las Escrituras. Hay gente que viene a Cristo por un sueño, por una visión, después de un susto. Hermano, eso no está mal; ahora, siempre Dios confirma el llamado por medio de su Palabra. Cuando vinieron los caldeos viendo una estrella y demás, el Señor los mandó directamente a Miqueas, y Miqueas dijo: “Es en Belén”. Hermano, le repito: diferentes personas serán atraídas a Cristo por fenómenos distintos; algunos vendrán por un susto, otros vendrán por un fenómeno natural, otros vendrán por un sueño, pero todos tendrán que confirmar en las Escrituras que definitivamente Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y nuestro Señor.

Termino con la última profecía. Ya les he dicho del pregonero que vendrá delante de Él, el heraldo; ya les he hablado también de una ciudad pequeña, Belén, que providencialmente permitió que se cumpliera la profecía; les he hablado de una estrella anunciada por Balaam, un profeta pagano, y que fue seguida por magos. Ahora permítanme decirles, hermano, la que yo entiendo —en el “top” de profecías— que es mi favorita.

El templo, Ageo y la gloria postrera

Los judíos tuvieron un gran dilema después que se destruyó el templo de Salomón. Ellos entendieron y ataron la llegada de un Mesías a que existiera un templo. ¿Cómo ellos llegaron a esa conclusión, hermano? Es una vuelta muy larga, pero ya a lo largo de todo el Antiguo Testamento ellos entendieron que para que hubiera un Mesías necesitaba que hubiese un templo. Ellos entendían que el Mesías iba a venir y que iba a reinar, pero que necesitaban que hubiese un templo. El problema es que ellos no tenían un templo, y después que los caldeos destruyeron el templo de Salomón en el 586 antes de Cristo, los judíos no tuvieron ya un lugar de adoración. El templo significaba la presencia de Dios en medio de su pueblo.

Pero el profeta Isaías, en Isaías 44:28, había profetizado que tanto Jerusalén como el templo de Jerusalén eventualmente serían reedificados. Cuando Israel le estaban dando, hermano, “pal destierro”, cuando Israel estaba en su peor momento, Isaías estaba diciendo: “Eventualmente Jerusalén será reedificada y el templo será reedificado”. Y, antes de que se fueran al destierro, también Isaías dijo —escuchen esto sorprendente, lo dijo por su nombre, eso está en Isaías 44:28—. Quienes se oponen a las Escrituras andan buscando mil “periquitos” para entender que Isaías no profetizó en el año que él profetizó. “No, que esa profecía se puso después, que es una profecía autocumplida…”, porque les resulta difícil aceptar que Isaías mencione el nombre textual de un rey persa que todavía no había comenzado a reinar, sino que reinaría ciento cincuenta años después. Isaías había dicho que Ciro, rey de Persia, era el rey que iba a reedificar a Jerusalén y a reedificar el templo. Ciento cincuenta años pasaron y en Persia se levantó un rey llamado Ciro, y Ciro fue el que permitió que los judíos volvieran a Jerusalén a reedificar Jerusalén y a reedificar el templo. Y en tiempos de Ciro, el templo de Jerusalén nuevamente se reedificó. Sin embargo, los judíos tenían un dilema, ya que el templo nunca fue un templo tan grandioso, tan majestuoso, como fue el templo de Salomón. Ellos entendían que ese templo era un templo muy poco digno para que llegara su Mesías. Es natural: si va a llegar el Mesías, ¿cómo va a ser que el templo que tenemos para recibirle es un templo de piedra, un templo, hermano, un templo hecho con materiales de poca calidad?

¿Qué sucedió con esto? Que vino el profeta Ageo y dio la profecía que ya yo he mencionado antes, pero tengo que repetírselas. Ageo 2, del 6 al 9. Ellos estaban edificando, estaban construyendo, pero detuvieron la obra. Escuchen al profeta Ageo en el capítulo 2. ¿Cuál es el contexto? No había un templo, recuerden. Los judíos entendían: “Para que exista un Mesías debe existir un templo, y si no hay templo no hay Mesías”. Es más, su motivación principal para reconstruir el templo era porque a través de ese templo era que iba a venir su Salvador. ¿Qué les digo, hermano? Un pueblo que ha condicionado su historia nacional a que exista un templo, pero no tiene un templo, y les dicen: “Para que venga su Salvador tienen que acabar un templo, pero no tenemos un templo”. Zorobabel está motivando al pueblo, diciéndole: “Señores, tenemos que reedificar el templo, tenemos que hacer aunque sea uno de piedra, pero el Mesías va a venir cuando haya un templo”.

El Señor les habla por medio de Ageo en medio de la construcción, y el Señor les dice:

Porque así dice Jehová de los ejércitos: De aquí a poco Yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca; y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones; y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos.

— Ageo 2:6–7

Pero los judíos dicen: “Señor, es que esta casa no tiene gloria, porque es una casa que está hecha de piedra. ¿Y cómo va a ser que el Mesías va a venir a una casa hecha de piedra?”. El Señor les dice después:

Mía es la plata, y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos. La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos.

— Ageo 2:8–9

Hermano, ¿de qué manera los judíos podrían igualar la gloria de este templo a la gloria del templo en los días de Salomón? El templo de Salomón era un templo —lo primero— hecho de materiales preciosos, era un templo hecho con buena artesanía, y sobre todo, en el templo de Salomón estaba el arca del pacto. Cuando ya vinieron del destierro, el arca del pacto jamás apareció. El arca era el instrumento más sagrado que había en el templo judío; el arca significaba la presencia misma de Dios en medio de su pueblo.

El verdadero templo y la destrucción final

Era tan importante el arca, hermanos, que muchos judíos entendían que ese templo no valía nada porque en el templo no había un arca. Yo entiendo —eso no lo dice la Escritura, eso lo entiendo yo— que providencialmente el Señor permitió que el arca desapareciera, porque eventualmente llegaría al templo uno que es más grande que el arca y cuya presencia es más clara que cualquier otro instrumento que se le pueda poner adentro de ese templo. Ageo dijo que la gloria de ese templo iba a ser más grande que la gloria pasada. Después que Zorobabel, vamos a decir, terminó su construcción, porque fue un templo medio maltrecho, hermanos —los judíos estaban llorando cuando vieron ese templo, de la verdad—. O sea, estaban diciendo: “Ay, ay, ay, esto no es tan bonito como el pasado”. Y cualquiera que los ve llorar lo entiende. Ellos decían: “Si el templo no es un templo majestuoso, el Mesías que va a venir…”. “Bueno, el Mesías que va a venir es uno que no necesita un templo hecho y artesonado, sino que puede llenar de gloria una posada, que puede llenar de gloria el lugar donde comen los animales”.

Y en esto se demuestra que la gloria de nuestro Señor no está supeditada al lugar. La gloria de nuestro Señor Jesucristo no llenó el templo de Herodes, que era un templo de oro, sino que llenó un establo donde convivían los animales. Pero los judíos tenían que evaluar que para que viniera su Mesías debía tener su templo. El Señor les dio su templo. Miren, después del templo de Zorobabel vino Alejandro Magno y destruyó todo eso, y todo lo que había; eso se destruyó. Después vinieron otros y profanaron el templo, y después pusieron ahí lo que le llamaban la abominación desoladora. Se dice que un cerdo fue encontrado en el templo, imagínense ustedes.

Bueno, es entonces que viene Herodes el Grande. El templo fue destruido en el año 586 por los caldeos, y a los caldeos, según el profeta Abdías, se les juntaron los edomitas. Desde lo que quedó de Jerusalén los edomitas terminaron de destruirlo. Al final del tiempo el Señor le dijo a Edom —le dijo por medio de Abdías—: “Habrá salvación en Israel, y ustedes serán desterrados, serán desaparecidos para siempre”. Sorpréndanse ustedes, hermanos, y den gloria al Señor, que cuando el Señor quiso reconstruir el templo de Zorobabel para darle la gloria necesaria, para que estuviera preparado para la dignidad de la Persona que iba a entrar al templo, ¿saben a quién utilizó? A un edomita: Herodes el Grande. Herodes el Grande entendió: “Los judíos dicen que para que llegue su Mesías debe haber un templo, entonces lo que yo tengo que hacer es reconstruir el templo, porque cuando yo les reconstruya el templo, entonces ellos van a entender que yo definitivamente sí soy rey de los judíos”. Herodes comenzó a reconstruir el templo, hermano, justo antes del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, y el templo fue terminado en el mismo momento que hacía falta que fuera terminado para que nuestro Señor Jesucristo fuera presentado en ese templo. Diecinueve años antes de Cristo, Herodes comenzó la construcción.

Llenó, de verdad, la gloria que le dio Herodes a la casa; fue quizás hasta mayor que la gloria de Salomón, porque quizás el templo de Herodes tuvo más oro que el templo de Salomón. Y cuando el templo estuvo listo, oigan todo lo que está ocurriendo aquí, cuando estuvo listo el templo, entonces llegó el Mesías. Y aparece entonces en Lucas, capítulo 2, del versículo 22 al 52, que nuestro Señor Jesucristo fue presentado en el templo. ¿En qué templo? En el templo de Herodes. Y cuando nuestro Señor Jesucristo llegó al templo, lo más sorprendente de esto fue que Herodes ni siquiera cuenta se dio de a quién era que estaban presentando ahí. Pero Aquel del cual había dicho el profeta Ageo que llenaría de gloria esa casa fue aquel que entró al templo de Jerusalén. Y cuando entraron a nuestro Señor Jesucristo al templo solamente aparecieron ahí diferentes personas. Por ejemplo, apareció Simeón, uno que había estado esperando la consolación de Israel, y cuando él lo vio dijo: “Señor, ya tú puedes despedir a tu siervo en paz, porque han visto mis ojos tu salvación”. Lucas dice que Simeón fue guiado por el Espíritu Santo y vino al templo. También fue Ana, una profetisa, una anciana. Y ellos, guiados por el Espíritu Santo, reconocieron quién era ese niño.

Con esto les estoy diciendo que el Señor les cumplió que el Mesías llegaría al templo. El Mesías llegó al templo, ahí estaba. El último momento donde aparece Jesús en su niñez es ya con doce años, que fue al templo, y cuando fue al templo estaba debatiendo en el templo con los maestros de la ley. Aquel que hizo la ley, hermano, aquel que fue el que dio la ley estaba ahí debatiendo con los maestros de la ley, y dice que ellos se maravillaban de su sabiduría. Con esto les digo, hermano, estas cuatro profecías eran profecías de difícil cumplimiento. Los judíos, humanamente hablando, no iban a tener jamás un templo, pero el Señor permitió que se reconstruyera un templo, y se permitió que se reconstruyera un templo, y un templo que tuviera tanta majestad o más que el templo de Salomón, para que se cumpliera la profecía. El mismo Señor Jesucristo ya adulto, cuando fue, los discípulos le dijeron: “Señor, ven a ver la gloria del templo”. ¿Y saben qué les respondió? “De aquí a poco no quedará piedra sobre piedra que no sea derribada”.

El Señor les está diciendo: “La única utilidad que tenía para mí el templo de Herodes era que se cumplieran las profecías. Inmediatamente se cumplen las profecías, ya nada de eso hace falta”. Y exactamente en el año 70 después de Cristo, los romanos destruyeron nuevamente el templo y ahí lo que quedó fue ceniza, hermanos.

Aplicación: reconocer al Mesías prometido

Cuentas cuatro profecías; yo les he tratado de enseñar que definitivamente quien nació no fue solamente un hombre, que Jesús no es un hombre más, que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Ahora les diré lo siguiente: los judíos habían atesorado durante años profecía tras profecía, tratando de que si acaso aparecía un Mesías no se les escapara, pudieran identificarle con claridad. Dice asimismo el Evangelio:

A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.

— Juan 1:11–12

“A lo suyo vino y los suyos no le recibieron”. Los judíos, hermanos, terminaron apedreando a su Mesías. Claro, “Mesías” es el que ellos querían: que naciera en un templo, que viniera con ejército, que viniera con fuerza, que naciera en un palacio; no aceptaban un Mesías que naciera en un establo. “¿Qué Mesías es ese si nosotros tenemos el templo de Herodes que está preparado para cuando venga el Mesías?”. A los suyos vino y los suyos no le recibieron, pero a los que le recibieron, a los que creen en su nombre —es decir, los que creen que Jesús es quien dijo que era, que Jesús es el Mesías, Jesús es el Cristo, que Yeshúa HaMashíaj, que definitivamente Él es el Hijo de Dios—, a esos les ha dado la potestad de ser hechos hijos de Dios.

¿Quién es un cristiano? Un cristiano es una persona que no solamente reconoce que Jesús es histórico; un cristiano es una persona que por medio de las profecías —yo he mencionado cuatro, pero debe haber más de cincuenta— ha llegado a persuadirse con sinceridad de que definitivamente quien nació no era un hombre normal, que quien nació fue Dios encarnado, fue Dios hecho hombre. “Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor”. Oremos al Padre para que Él permita que toda persona aquí presente pueda reconocer no solamente al Cristo de la historia, sino también reconocer al Mesías que por fe nosotros hemos llegado a creer.

Te encomiendo en oración, Señor, este pueblo aquí reunido. Mira que he hecho, Señor, humanamente hablando, un esfuerzo para mostrarles estas cosas, de las cuales yo mismo, Señor, estoy persuadido y me he convencido de que tú te hiciste hombre, de que habitaste entre nosotros y de que vieron tu gloria, y por extensión también nosotros la vimos. Confesamos hoy, Señor, que no es solamente que ha nacido un niño, sino que ha nacido un Salvador que es Cristo el Señor. Te pido por las personas que están aquí, Señor, que todavía no habían creído, las personas que estaban aquí presentes, Señor, que solamente habían visto al Cristo histórico, al Jesús que vivió y que hizo milagros, permite que entiendan que es Él quien estuvo en medio nuestro, el Mesías esperado, alegría para todos los pueblos.

Bendice, Señor, esta congregación en Navidad, no solamente con un nacimiento. Padre, bendice esta congregación con que nazca en su corazón esta profunda convicción de que Jesús no es un hombre más, de que quien nació no es otro sino el mismo que había sido prometido. Gracias, Señor, reconocemos tu señorío sobre nosotros, reconocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Jesús. Amén. Que el Señor les bendiga, que el Señor les guarde, y nos veremos el próximo domingo para nuestro último culto de este año.

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