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El propósito de la predicación

Juan 20:30-31

La predicación bíblica busca intencionalmente que las personas crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que al creer tengan vida en su nombre.

Predicado28 de diciembre de 2014
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Le pido que ahí donde están cierren sus ojos un momento y que nos encomendemos con reverencia delante de él para que sea él quien nos acompañe en este momento. Como durante más de 50 domingos, Señor, en este año hemos venido delante de ti con reverencia a exponernos a la predicación de tu Palabra. Hoy clamamos nuevamente como tu pueblo delante de ti, Señor; como dice el salmo 119, venimos delante de ti esperando que tu Palabra sea lámpara para nosotros, esperando que tu Palabra, Señor, sea miel en nuestros labios, esperando, Señor, que tu Palabra haga su buen fin en nuestros corazones y que al conocer tus Escrituras, Señor, nos parezcamos más a ti.

Te presento esta congregación que está aquí reunida, Señor, te presentamos este privilegiado momento donde podemos escuchar tu Palabra. Permite que la palabra expuesta hoy, Señor, sea palabra recibida. También permite que aquellos, Padre, que solamente están aquí quizás visitándonos, y ya han escuchado en algún otro momento del año la predicación del Evangelio, que en este último culto del año, Padre, quizás sea un momento de cierre, donde haya definitivamente una resolución firme por hacer tu voluntad, Señor, por poner en ti toda su confianza, por no solamente escuchar tus palabras, Señor, sino tomar esa firme decisión.

Permite que aquellos, Señor, que quizás en otro momento ya han escuchado, escuchen nuevamente, Señor, tu Palabra predicada, y que hoy sea el día de salvación, que hoy sea el día de decisión, Señor, que sea un día hoy de firmes resoluciones. Y aquellos, Señor, que ya han creído, permite que hoy sean afirmados. Nos exponemos ante ti, Señor, dependemos totalmente de ti. Desde ahora te damos las gracias por la labor que tú puedes hacer en nuestro hombre interior para tu gloria. En el nombre de Cristo.

Amén.

Lectura de Juan 20:30–31 y propósito del Evangelio

Ahí donde están, hermanos, le pido que busquen sus Biblias en el Evangelio de Juan, al final. Es el capítulo 20 y estaremos considerando dos versículos del Evangelio de Juan: el versículo 30 y el versículo 31. Yo estuve haciendo un balance de la predicación que hemos tenido en nuestra iglesia en este año, y en el balance encontré que se han predicado, los domingos solamente, tomando en cuenta los domingos, unos 52 sermones. De esos 52, hermanos, yo calculé que yo prediqué 33 de ellos; 26 de estos sermones estuvieron basados en Antiguo Testamento y 7, incluido el de hoy, basados en el Nuevo Testamento. Y, por lo menos de los sermones que yo he predicado, todos han tenido el mismo propósito: que los hermanos puedan ver a Cristo reflejado en todas las partes de las Escrituras.

Para cerrar esta larga jornada de predicación del año 2014, he seleccionado estos versículos del Evangelio de Juan, capítulo 20, versículos 30 al 31, porque precisamente con estos versículos fue que el apóstol Juan despidió su exposición en su Evangelio. Pueden buscar sus Biblias, Juan capítulo 20, versículos 30 y 31, y cuando lo tengan se ponen de pie para que leamos juntos la Palabra del Señor.

Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro; pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.

— Juan 20:30-31

Podemos leer de nuevo estos dos versículos sencillos, y en esto estaré basando toda la exposición de hoy de las Escrituras:

Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro; pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre.

— Juan 20:30-31

Pueden sentarse, pueden tomar sus asientos.

Cierre del año y propósito de la predicación

Después de haber considerado diferentes partes de la Escritura con las cuales podríamos cerrar la serie de exposiciones del 2014, me decanté por esta y seleccioné esta porque precisamente es una porción de la Escritura que es concluyente. Después de haber documentado el nacimiento de Jesús, después de haber documentado su ministerio público, su muerte y su resurrección, el apóstol Juan incluye estos dos versículos al final del capítulo 20 diciendo cuál es el propósito principal que él tiene al escribir todas estas cosas. Y el propósito principal que él tiene al escribir todas estas cosas es que la gente crea que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre.

Yo lo que pretendo hacer hoy, hermanos, es aquello que hace un agricultor, que después de haber cosechado —él sembró y cosechó— pero después vuelve a buscar y algo encuentra. Dondequiera que se siembra y después se cosecha, cuando usted vuelve a buscar algo encuentra, algo como que se quedó, algo había. Es más, que en la antigüedad, en el antiguo Israel, se permitía que después que una tierra era cultivada, las personas del pueblo vinieran y trataran de encontrar algo. Después de haber predicado en nuestra iglesia más de 50 sermones, hermanos, yo vuelvo a predicar el Evangelio tratando de que el Señor, en esta última jornada, nos permita cultivar algo y que quizás personas que ya han escuchado la Palabra del Señor vuelvan a entender de qué es que esto se trata y quizás tengan vida en el nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Esta es una enseñanza introductoria: es el propósito de la predicación. Si usted fue a la UASD, en la UASD daban, por ejemplo, las materias 014; en otra universidad daban la 011. Antes la UASD tenía, por ejemplo, el colegio universitario, que era material introductorio. Cuando una persona se aboca a estudiar algo, siempre le dan como las materias que son materias de ambientación, tratando de que haga piso en eso. A los de ingeniería, no sé si a ellos le dieron “El campo de la ingeniería electromecánica”, eso se daba como introducción.

Lo que estudiaron comunicación le dan así mismo, la materia se llama “Introducción a la comunicación social”, y quizás tú estudiaste comunicación y tú querías que te dieran directamente materias que fueran sustanciosas, y te han dado la “Introducción a la comunicación social” como una materia muy aérea. A los de diseño le dan dibujo básico, le enseñan a hacer trazos, materias que uno a veces se desespera cuando trata de hacer eso. Yo estuve investigando para hacer un curso de locución, y lo que me desmotivó fue eso, hermanos, que quedan tantas materias introductorias y yo lo que quiero es que vayamos directamente a la locución, pero es tanta la introducción que todavía como que no me he decidido a comenzar el programa.

La introducción: ¿cuál es el propósito de la predicación?

Quizás este es el sermón que las personas deberían escuchar por primera vez antes de escuchar cualquier otro sermón: ¿cuál es el propósito de la predicación? Dice así en nuestra introducción: multitudes de personas son expuestas semanalmente a la predicación de las Escrituras. La media de los cristianos es más de 100 exposiciones de las Escrituras por año. Yo calculo que en nuestra iglesia estamos exponiendo cerca de 150 veces por año las Escrituras, pero muy poca de esta gente entiende con claridad cuál es el propósito del asunto. La predicación de las Escrituras persigue un propósito intencional; no se trata simplemente de que la gente aprenda historias de personajes bíblicos, de que la gente considere lecciones éticas o que la gente se sorprenda ante las grandes obras de Dios.

Todo lo anterior es importante, pero lo que se busca principalmente en la predicación es que la gente crea que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y creyendo tenga vida eterna. Esto precisamente es lo que significa ser cristiano. Un cristiano, en resumidas cuentas, es una persona que reconoce que Jesús es el Cristo; a esto es que le llamamos fe. Y, en consecuencia, esta persona vive en libertad bajo su señorío; a eso se le llama obediencia también. Esa es la forma en que se crece espiritualmente: estudiando las Escrituras para aumentar nuestra fe y poniendo en práctica lo que aprendemos para ejercitar la obediencia. Cuando el apóstol Juan escribió su Evangelio, resumió así mismo su propósito: no se trataba simplemente de recordar lo que vivió junto a Jesús, sino de persuadir a sus lectores de que Jesús era verdaderamente el Cristo.

Hoy, en el último sermón del año, veremos cuál ha sido y cuál será el propósito de la predicación. Yo no sé cuántos sermones tú escuchaste en este año que estamos cerrando, hermano, pero yo te diré que el propósito principal de cualquier exposición de las Escrituras es que las personas puedan entender esa cosa básica. Y la cosa más básica es que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que creyendo eso lleguen a tener vida eterna. Hay personas que entienden que el propósito de la predicación del Evangelio es conocer las historias bíblicas, por ejemplo, conocer quién es David, quién es Salomón, quiénes son los personajes, quiénes son los lugares. Quizás para un niño en la escuelita bíblica introductoria eso es útil, pero lo que entendemos principalmente al considerar las Escrituras es esto: que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.

Hay otros que piensan que el propósito principal de conocer las Escrituras es recibir lecciones morales, aprender cómo uno debe comportarse. Eso es bueno, pero el propósito principal de las Escrituras es que entendamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Lo que haré hoy es responder cinco preguntas de este texto. Lo primero es: ¿por qué Juan se refiere a los milagros de Jesús como señales? El apóstol Juan dijo que Jesús hizo muchas señales, pero que esas señales en específico que él documentó, las documentó para que creamos que Jesús es el Cristo. En segundo lugar les mostraré por qué esas señales se mostraron principalmente a los discípulos de Jesús. En tercer lugar —es una pregunta que ya mencioné el domingo pasado— por qué algunas señales no fueron escritas y otras sí.

En cuarto lugar, ¿cuáles son las implicaciones de reconocer que Jesús es verdaderamente el Cristo, el Hijo de Dios? Y terminaré mostrándoles qué significa tener vida en su nombre, y con esto habré expuesto los dos versículos: “Hizo además Jesús muchas otras señales…”. Comenzaré, hermanos, exponiendo por qué Juan se refiere a los milagros de Jesús como señales. Hay gente que entiende que los milagros de Jesús son parecidos a los milagros que hacen los ilusionistas de este tiempo. Es más, les diré: muchos magos, ilusionistas y demás han hecho cosas quizás hasta más sorprendentes que muchas de las cosas que hizo Jesús. Pero las cosas que Jesús hizo, Juan no las llama solamente milagros, cosas sobrenaturales, sino que Juan les llama señales.

Milagros como señales y su significado espiritual

Para poner un ejemplo, ustedes conocen señales, que son las señales de tránsito. Cuando van conduciendo encuentran una señal de tránsito que dice “PARE” y usted se detiene, o encuentra una señal de tránsito que dice “NO MÁS DE 60 KM/H” y usted reduce la velocidad, o una señal quizás le dice “CURVA FUERTE A 100 M” y usted está prevenido. Una señal es algo que nos permite identificar algo más allá, pero el propósito no es la señal misma. Los milagros de Jesús no perseguían principalmente el hecho de sorprender al ser humano, de tratar de deslumbrarle; los milagros de Jesús perseguían que a través de esos milagros nosotros podamos entender algo más.

Por eso la expresión es “señales” y no solamente “milagros”. Cristo no era un mago, no era un ilusionista, no era una persona que trataba de hacer cosas sobrenaturales solamente por hacerlas. Cada cosa que hizo Jesús tenía un propósito específico, y ese propósito específico era dar una señal, esa es la palabra clave. La palabra clave es “señal”. Los milagros de Jesús no solamente fueron milagros; sí, muchos de ellos fueron asuntos sobrenaturales, pero eran milagros que perseguían un fin más alto. ¿Cuál era el fin más alto? Que consigamos algo al final del camino, y eso que íbamos a conseguir al final del camino era llegar a entender, por medio de esa señal, que Jesús no era un hombre común y corriente, sino que esas señales enseñaban algo más. Eran señales para que podamos encontrar al Cristo.

Es más, muchos milagros de Jesús no responden a los patrones como estamos acostumbrados a ver, sino que eran asuntos proféticos, o sea que tenían lecciones espirituales. Por ejemplo, cuando Cristo multiplicó los panes, no solamente estaba resolviendo un problema de alimentación, porque si fuera a resolver un problema de alimentación él no tenía que haber multiplicado panes, sino que debía haber sembrado trigo para que se pudiera seguir haciendo pan. Lo que Cristo estaba haciendo en primer lugar no era resolviendo el problema del hambre en el mundo cuando multiplicó los panes; él estaba dando una señal por medio de eso, y la señal que Cristo estaba dando él la explicó después: él dijo “Yo soy el pan de vida que vino del cielo”. O sea que por medio de la multiplicación de un alimento que era el pan, un alimento de primerísima necesidad, Jesucristo estaba diciendo: “Yo soy el verdadero pan de vida que descendió del cielo”.

La multiplicación de los panes resolvió un problema puntual de alimentación, era hambre, pero al mismo tiempo estaba dando una señal: que en él reside verdaderamente la vida del hombre. Cristo puede resolver el hambre espiritual que está dentro del ser humano, no solamente el hambre física, porque esas personas que comieron pan de trigo mañana tendrán hambre, pero aquellos que comieron pan de vida no tendrán hambre espiritual jamás. Otro milagro: cuando Cristo sanó un leproso. Lo primero es que no curó todos los leprosos, curó determinados leprosos puntuales, pero Cristo no estaba en ese momento resolviendo el problema de la lepra. No fue como que, a partir de ese momento, ya no hubo lepra más; no, Cristo sanó leprosos puntuales para, a través de esos leprosos puntuales, dar señales.

¿Cuál es la señal? La lepra en la antigüedad era la enfermedad más avergonzante, era la enfermedad que desintegraba las familias. Cuando en una familia, por ejemplo una familia de cuatro integrantes —estamos integrando esa familia— a uno se le diagnosticaba lepra, esa persona era apartada de su núcleo familiar y era enviada a vivir en las afueras. La lepra era una enfermedad que transmitía separación, era una enfermedad vergonzosa; a un leproso nadie quería estar cerca de él, cuando los leprosos se acercaban les lanzaban piedras. Cristo no sanó todos los leprosos; Cristo sanó determinados leprosos y a través de la curación de esos leprosos Cristo estaba dando una señal.

Más señales: ciegos, muertos y contraste con los ilusionistas

¿Cuál es la señal? Que aquello que separa al hombre de Dios, que es el pecado, Cristo lo resuelve. El problema de raíz que hay en el ser humano es que está separado de Dios, está vergonzosamente separado de Dios, y si nosotros por nuestros propios medios digamos lo que sea posible por acercarnos a Dios, vamos a ser repelidos, porque un Dios que es todo santo no puede tener comunión con nosotros, que somos todo pecado. Y la única manera en que el hombre puede tener comunión con Dios es cuando el problema del pecado es satisfecho. La lepra que fue curada no perseguía resolver un problema de salud; perseguía dar una señal. La señal es: Cristo sí tiene poder para perdonar los pecados y acercarnos nuevamente a tener comunión con Dios.

Hermano, de nuevo le digo: los milagros de Jesús no eran solamente asuntos sobrenaturales que buscaban el propósito de sorprender; eran señales que transmitían un mensaje espiritual, que busquemos en Cristo algo más. Multiplicando los panes no se resolvió el problema del hambre; se resolvió el problema del hambre espiritual por medio de una señal. Sanando algunos leprosos no se resolvió el problema de salud solamente, se transmitió una señal: que en Cristo había capacidad para sanar el problema del pecado que nos separaba a nosotros de Dios. Cuando Cristo le dio vista a un ciego, la verdad es que en el mundo antiguo había muchos ciegos, muchos a los cuales Dios no sanó. Y yo me pregunto, si el problema era solamente la ceguera física, Cristo era muy injusto, porque sanó a algunos ciegos y los otros los dejó igual.

Hermanos, lo que Cristo estaba haciendo específicamente no era solamente —y es verdad, ellos recibieron algo bueno del Señor, recibieron la vista— pero a través de la curación de un ciego Cristo está diciendo: esa es la verdadera condición del hombre espiritualmente hablando. Están ciegos, están en oscuridad, están en prisiones de esclavitud, no pueden ver; el hombre por sus propios medios no puede ver ni siquiera su verdadera condición. Y Cristo dice: yo tengo el poder de devolver la vista a los ciegos. Sanando determinados ciegos físicos, Cristo está anunciando, está dando una señal de que la ceguera espiritual él tiene la capacidad para quitarla. Doy otro más, hermanos: Cristo resucitó, revivió no cuantos muertos. Pero esa gente se murió de nuevo, y la verdad es que después de Cristo la gente se ha seguido muriendo igual.

El propósito, por ejemplo, de cuando Cristo sacó a Lázaro de la muerte —dice que Lázaro ya hedía— y le dijo: “Lázaro, ven fuera”, es porque la muerte simboliza la verdadera condición del hombre sin Dios, está muerto en sus delitos y pecados. Y cuando Cristo revivió a Lázaro, no era como “pónganse en fila ahora, tráiganme todos los cadáveres que yo voy a revivir a todos los que se mueran”, no; Cristo estaba dando una señal espiritual. La señal espiritual que estaba dando es: yo sí tengo el poder para lograr que la gente pase de muerte a vida. Hermanos, ¿qué les estoy enseñando con esto? Que el propósito de llamarle a los milagros de Cristo “señales” es precisamente que la gente vea un “PARE”, vea un “SIGA”, vea una advertencia, y que entienda algo mucho más profundo: no se trata solamente de un problema de alimentación, no se trata solamente de un problema de salud, no se trata solamente de que la gente se muere, sino de entender que verdaderamente Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y que Cristo tiene poder para hacer eso y mucho más.

Les pongo un ejemplo: un mago, David Blaine, ha hecho muchas cosas. Usted en el telecable quizá lo ha visto. Esta persona desaparece cartas, por ejemplo, y yo mismo veo el programa y me parece muy interesante el asunto. Un ilusionista lo que hace es que mueve las manos muy rápido y juega con el ojo del ser humano para confundirle; esta persona desaparece cartas, desaparece cosas, y yo le pregunto a usted: desapareció el as de corazones, ¿cómo mejoró la humanidad después que él desapareció el as de corazones? ¿En qué sentido fuimos mejores?

¿Levita? Él hace así: uy, se levanta. Yo le digo: “Oh, mira, levitó, qué chulo, yo no sé cómo lo hace”. Él dice que física, él dice que tiene un equipo de investigación que hacen diferentes trucos y demás, que él los practica. Pero después de que él levita, yo me pregunto: y cuando lo hizo así y se levantó, ¿cómo resolvió el problema del hombre? ¿En qué sentido la humanidad fue mejor después que David Blaine levitó? Eso, él hace unos trucos ahí que se guinda con los pies para arriba y la cabeza para abajo y dura ahí, que si 48 horas colgando. Yo me pregunto, después que él se paró de ahí, ¿en qué sentido nosotros fuimos mejores?

Eso es ilusión. Los milagros de Cristo, hermanos, no eran solamente para que digamos “wow, Cristo es poderoso”. Los milagros de Cristo eran señales para que entendamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, que él es el pan de vida, que él es la luz de los hombres, que él sí tiene el poder para traernos de muerte a vida. Con esto les diré, hermanos, que nosotros no deberíamos quedarnos solamente en la señal, sino caminar hacia el destino. Un cristiano no mira los milagros de Jesús solamente para sorprenderse y decir “guau”. Cristo no necesitaba hacer esos milagros para sorprendernos, porque él mismo fue que hizo el cielo y la tierra con el poder de su Palabra.

Tomás el incrédulo y el testimonio confiable

Los fenómenos naturales sorprenden por sí mismos; Cristo no estaba buscando solamente sorprendernos. Cristo estaba dando señales palpables para que nosotros podamos entender que Jesús era verdaderamente el Cristo y el Hijo de Dios. El contexto de todo esto, de estos dos versículos que son el versículo 30 y el versículo 31, era un discípulo de Cristo incrédulo, se llamaba Tomás. Es uno de los primeros versículos que yo me aprendí, el versículo que está previo a esto, que es Juan 20:29, que Jesús le dijo a Tomás: “Tomás, porque me has visto, creíste; bienaventurados los que no vieron y creyeron”. ¿Qué era lo que estaba pasando? Cristo tenía 12 discípulos, y ante esos discípulos, dice Juan, que el Señor hizo muchos milagros.

Juan lo dice textualmente, Juan dice: “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos”. Yo calculo que Juan el apóstol ya había visto cerca del 98% de los milagros de Jesús. Vio a Jesús sacando a Lázaro, vio a Jesús resucitando la hija de Jairo, vio a Jesús sanando leprosos, dándole vista a los ciegos, vio a Jesús levantando los cojos, vio a Jesús multiplicando los panes. Tomás había visto, hermanos, el 98% de los milagros de Jesús, pero el último gran milagro de Cristo es que él dijo: “Destruyan este templo” —que es su cuerpo— “y yo en tres días lo levantaré”. Cristo dijo que iba a resucitar, y cuando los apóstoles le dijeron a Tomás, le dijeron: “Tomás, nosotros vimos al Cristo resucitado”, Tomás dijo: “A menos que yo ponga las manos en las heridas y ponga mi mano en su costado, yo no creo que Jesús se levantó”.

¿Y Jesús qué hizo? Jesús se le apareció a Tomás y a los demás discípulos y le dijo: “Ven, pon tu mano”. La Biblia no dice si él llegó a poner la mano o no, no lo especifica, pero yo me atrevo a inferir que sí, que él agarró. Entonces Jesús le reprendió a Tomás, le dijo: “Tomás, porque me has visto, has creído”. Entonces después le dijo: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”. ¿Qué le estaba diciendo? Que no hay que haberme visto para creer, hermanos, que no hay que haber agarrado a Jesús así, poner los dedos en el costado para tú llegar a entender, porque son tantas las señales que ya Cristo dio, que sus señales son suficientes. La incredulidad de Tomás era una incredulidad insaciable.

¿Cuál es el contexto de todo esto, hermanos? Que hay gente que han visto ya tantas señales y todavía están esperando. “Yo quiero una señal más de que Jesús es el Cristo, yo quisiera ver algo más contundente, yo quisiera que Cristo me gritara, yo quisiera que Cristo se colgara con la cabeza para abajo y los pies para arriba, yo quisiera que Cristo hiciera tal cosa”. Hermanos, Cristo no vino a deslumbrarte, Cristo vino a darte señales concretas de que definitivamente él era el Cristo, el Hijo de Dios. Y la reprensión viene cuando tú tienes la señal básica, o sea, tú has visto ya cosas que definitivamente son innegables y tú aun sigues pidiendo cosas. “Que si él me llevara a mí en una nube y me pusiera en el cielo, entonces yo voy a creer; y si él me apareciera tal ángel…”. Hermano, ¿hasta dónde vas a llegar, Tomás?

En primer lugar, hermanos, les he estado diciendo qué significa señal. Señal es algo más que un milagro, porque el milagro busca solamente deslumbrar; la señal busca que tú encuentres algo al final del camino, y lo que encuentras al final del camino es que Jesús no solamente hizo milagros, sino que a través de esos milagros demostró que él es verdaderamente el Cristo, el Hijo de Dios. Hasta cierto punto, nosotros somos Tomás. Lo que pasó con Tomás fue que él recibió un testimonio de segunda mano; Tomás no había visto a Cristo resucitado, sino que los discípulos, o sea, personas que habían estado viviendo con él se lo dijeron, pero no le creyó a los discípulos. Nosotros tenemos que confiar en el testimonio de Cristo, un testimonio de segunda mano, porque nosotros ninguno vivimos con Jesús, pero el testimonio de los testigos oculares a nosotros nos ha dado evidencia contundente de que definitivamente Jesús es el Cristo.

Lo primero es que las personas que me han dado testimonio fueron personas que murieron por este asunto. Los Evangelios y los textos del Nuevo Testamento fueron escritos por personas que la mayoría de ellos entregaron sus propias vidas creyendo esto. Un mago no entrega su propia vida por un acto de magia que falla, él trata de mejorar el acto para la semana entrante, pero estas personas murieron creyendo que Jesús era el Cristo, dieron sus propias vidas por esto. Estas personas convivieron con Jesús; hemos recibido un testimonio que es confiable.

Confiabilidad del Nuevo Testamento frente a otros textos antiguos

Al mismo tiempo, estas personas, su vida experimentó una transformación cuando tuvieron al lado de Cristo. Por ejemplo, Pedro: cuando tú encuentras a Pedro en las cartas lo encuentras diferente. El apóstol Pablo se llamaba Saulo y era un perseguidor de la iglesia, y al encuentro con Cristo transformó su carácter. Este que era un hombre impulsivo, este que era uno que perseguía la iglesia, terminó siendo un hombre que hablaba del amor, que escribió 1 Corintios 13, fue escrita por Pablo, y él hablaba ahí de lo que significa el amor. Te estoy diciendo que el testimonio que tenemos de Cristo es un testimonio confiable, porque es el testimonio que dieron personas que vivieron con Jesús, que la vida de ellos fue transformada y que ellos mismos murieron creyendo que Jesús era el Cristo, el Hijo de Dios.

Hay gente que niega estas cosas y dice que el testimonio que tenemos no es un testimonio fidedigno: “Eso puede ser que haya sido adulterado, puede ser que eso no sea verdad”, la gente habla ese tipo de cosas. Por ejemplo, dicen que los textos de los Evangelios no son materiales confiables, son textos antiguos, que los Evangelios datan de mucho tiempo después de que eso sucedió, que esos textos se adulteraron durante el tiempo. No quiero detenerme en esto mucho, hermanos, pero yo les diré que es más confiable cualquier texto de las Escrituras del Nuevo Testamento que cualquier libro antiguo.

Por poner un ejemplo: usted ha escuchado hablar de Platón. Miren, Platón vivió en la antigua Grecia entre el año 427 y 347 antes de Cristo. La copia más temprana de una obra de Platón que nosotros tenemos hoy data del año 900 después de Cristo, y el tiempo que hay entre lo que Platón dijo y la primera copia que tenemos de lo que Platón dijo, ahí pasaron aproximadamente 1200 años. Entonces, ¿cuántas copias tenemos de esas copias que datan del año 900 después de Cristo, que son las copias más tempranas? Adivinen ustedes, ¿como cuántos ejemplares hay de esas copias de las obras de Platón?

Hay siete. O sea, que en las bibliotecas del mundo hay siete copias de los pensamientos de Platón y esas siete copias datan del año 900 después de Cristo, y eso fue 1200 años después de que Platón lo dijo, y la gente todavía entiende que eso lo dijo Platón. O sea, la gente al día de hoy afirma: “Ah no, porque como Platón dijo…”, un asunto que transcurrieron 900 años entre lo que Platón dijo y la copia más antigua que tenemos de lo que Platón dijo, y la gente cree que eso lo dijo Platón. ¿Y Aristóteles? Han escuchado acerca de Aristóteles, por poner así los principales, los más grandecitos entre los filósofos. Aristóteles vivió entre el 450 y el 385 antes de Cristo.

La copia más temprana de alguno de los diálogos de Aristóteles que tenemos data del año 1100 después de Cristo. Y eso es aproximadamente 1400 años entre lo que dijo Aristóteles en su diálogo y lo que se documentó de Aristóteles. O sea, pasaron 1400 años hasta que uno pueda tener la copia más antigua, y todavía nosotros entendemos que eso lo dijo Aristóteles y la gente cita a Aristóteles: “Como dijo Aristóteles…”. ¿Y cuántas copias hay más o menos de lo que Aristóteles documentó? Hay diez, en diferentes bibliotecas del mundo, y la más antigua data, la copia más antigua, del año 1100 después de Cristo.

¿Y Homero? ¿Han escuchado ustedes hablar de Homero? Homero, entre los griegos, vivió aproximadamente en el año 900 antes de Cristo. La copia más temprana de alguna obra de Homero que nosotros tenemos ahora mismo data del año 400 antes de Cristo; el periodo de tiempo que hay entre el original y la copia son como 500 años. ¿Cuántas copias hay, hermanos, de las obras de Homero, la Ilíada y la Odisea, por ejemplo? ¿Hay unas cuántas? Como 643 copias, y la copia más temprana data del año 400. Y como son tantos los manuscritos, se puede tratar de ver la exactitud que hay y las divergencias que hay entre un manuscrito y el otro, y, por ejemplo, la variación que hay entre los diferentes manuscritos es muy buena; la exactitud tiene un 95%, o sea que lo que se contradicen copia y copia, de esas 643, eso tiene una certidumbre como de un 95%.

¿Y de un texto del Nuevo Testamento, hermanos, más o menos por dónde anda eso? Miren, el Nuevo Testamento se escribió entre el año 50 y el año 100 después de Cristo. Ese fue el período en que se escribió todo el Nuevo Testamento. La copia más temprana que tenemos de esto tiene menos de 100 años entre lo que se dijo y lo que se documentó, y casi todas esas copias fueron copias que se hicieron cuando los testigos oculares de los hechos todavía estaban vivos.

Señales dadas a los discípulos y el testimonio vivencial

¿Como cuántas copias usted cree que hay en las bibliotecas del mundo del Nuevo Testamento? De Homero había 643 copias de manuscritos, y del Nuevo Testamento hay cerca de 5600 copias en todas las bibliotecas del mundo, y el nivel de exactitud entre copia y copia —porque la gente siempre anda buscando, que apareció un manuscrito que contradice—, hermanos, el nivel de exactitud que hay entre copia y copia en los datos del Nuevo Testamento es de un 99.5%. Con esto les diré, hermanos, que el Señor ha preservado su testimonio, y lo que nosotros entendemos que es el Nuevo Testamento son documentos muy confiables, son más confiables que las obras de Homero, que las obras de Aristóteles y que las obras de Platón; hay más manuscritos en todas las bibliotecas, tienen mayor nivel de exactitud, fueron copiados en tiempo en que los testigos oculares todavía estaban vivos.

La verdad es que nosotros no vimos a Cristo ninguno, hermanos, pero el testimonio que tenemos es un testimonio confiable. Y si la gente se atreve a citar a Aristóteles, un asunto que entre lo que Aristóteles enseñó y la documentación que hay pasaron 1400 años, ¿cómo nosotros no vamos a poder citar el Evangelio de Juan, por ejemplo? Estas señales, hermanos, nosotros quizás no las vimos, pero están muy bien documentadas. Me muevo a lo segundo porque tengo que avanzar: ¿por qué se mostraron estas señales principalmente a sus discípulos? Es muy interesante que Cristo vivió públicamente, Cristo no era un ermitaño, una persona que vivía en una cueva que quedaba secretico. Muchos de los grandes maestros de la antigüedad la gente no supo que eran maestros sino tiempo después; vivían en cuevas y tenían dos o tres discípulos, que ellos les decían algo y los discípulos después lo escribían.

Cristo, hermanos, vivió públicamente. Cristo dio testimonio ante las autoridades judías, ante las autoridades romanas, ante el pueblo llano y, sobre todo, dio testimonio a sus discípulos. Pero ¿por qué principalmente a sus discípulos? Dice así la Escritura, dice que Jesús hizo muchas otras señales en presencia de sus discípulos. ¿Por qué en presencia de sus discípulos? Esto tiene una razón vital, hermanos, y es que el testimonio cristiano es un testimonio vivencial. Lo que nosotros damos como testimonio de Cristo no es solamente algo que nosotros escuchamos o algo que aprendimos, sino algo que vivimos. El testimonio que daban los discípulos no era “el maestro, como dijo el maestro”, no; era “como yo viví con el maestro, lo que el maestro ha hecho en mi vida”.

Los discípulos de Cristo fueron transformados por el mensaje de Cristo y por eso su testimonio es un testimonio vivencial. Cristo no dio un testimonio al mundo a través de estudiantes; Cristo dio un testimonio al mundo a través de doce hombres comunes y corrientes que vivieron al lado de Jesús, que eran pescadores, hombres del burgo, del pueblo, y su vida fue transformada hasta el punto tal que decían los ilustrados: “¿Y esos quiénes son? Porque no son hombres de letras, pero hablan como hablan, pareciera que son hombres letrados”. Cristo transformó la vida de esos hombres, les dio las señales principalmente a sus discípulos porque era un testimonio vivencial. Sus discípulos vieron sus señales, que eran señales irrefutables, y al mismo tiempo vieron su carácter, y su carácter era perfecto.

Hay hombres grandes que han vivido en esta tierra, que son hombres de los que se hacen biografías, que son hombres que aparecen siempre en la lista de los hombres más relevantes de cada siglo. Pero si tú pasas quizá un rato con esos hombres te decepcionas. Le pongo el caso: usted puede ver a un ilusionista, usted puede ver lo que pasó, que pasó tres días guindado con los pies para abajo, paso una semana con él, y usted entenderá qué fraude. Usted ve a esa persona una semana ahí, que si congelado y que no se congela y que asunto de supervivencia, pero pasa dos días con él y usted se dará cuenta que es un hombre muerto en sus delitos y pecados. Cristo no solamente dio señales, sino que Cristo vivió con sus discípulos, y sus discípulos dieron testimonio de que su carácter era un carácter perfecto; en Cristo no fue encontrada falta alguna.

Carácter perfecto de Jesús y contraste con grandes hombres

¿Por qué principalmente a sus discípulos? Porque no es solamente “yo lo vi”, sino “yo lo vi y yo viví con él”. A diferencia de los grandes maestros, de los sabios, de los grandes científicos de este tiempo, que son personas que escriben libros y sorprenden al mundo, Cristo no solamente dio señales, sino que Cristo dio un testimonio de que su carácter era perfecto. Y sus discípulos, que vivieron con Jesús durante tres años, que durmieron con él, que caminaron con él, no encontraron falta alguna en Jesús. Hermanos, eso es mucho pedir: usted vivir años al lado de una persona y que no salga de su boca una palabra inapropiada, un pensamiento, una acción, que no haya nada que usted pueda decir: “Cristo está sucio”. Cristo era irrefutable.

Yo he buscado, a mí me gusta la biografía, hermanos, y yo leo las biografías con la siguiente convicción. Por ejemplo, yo leí el año pasado tres biografías distintas, pero las leo cada una con la siguiente convicción: yo sé que no es justo ni aún uno; que no hay un hombre que sea tan bueno que nunca peque. Y cuando yo leo las biografías yo trato de ver lo que los biógrafos dicen acerca de esa persona, sus hechos y demás, pero también trato de buscar dónde fue que cayeron. Hermanos, porque no hay un ser humano que esté ausente de despropósitos. Los biógrafos de Cristo no encontraron una cosa; Mateo, Marcos, Lucas y Juan escribieron biografías —se puede llamar así, aunque no eran biografías en el sentido moderno— sino que eran registros de señales específicas, pero ellos no encontraron un asunto ahí donde Cristo en algún momento como que pecara o fallara. Él fue hallado santo y sin pecado.

Le muestro, por ejemplo, quizás de los inventores más grandes del siglo pasado —eso hay un consenso general— de los más recientes, el más grande quizás fue Steve Jobs. Ese quizá es el más grande de los inventores. Todavía hay patentes de él que están saliendo después que se murió; ese hombre se murió hace un tiempecito y todavía hay patentes que están saliendo a nombre de él, de la inventiva que tenía, de su capacidad creativa. Él fue el que hizo Apple, él fue el que hizo NeXT Computer; el smartphone como tal es una invención, un invento suyo. Dicen que el genio creativo más grande del siglo pasado debe haber sido él. Yo leí la biografía que escribieron sobre él.

En su biografía encontré que todos sus amigos decían que él estaba centrado en su ego, que era un genio creativo, pero que estaba ensimismado en sí mismo. Que gran parte de su tiempo lo invertía en mirarse el ombligo, o sea, en llamar la atención hacia sí mismo, en creer que estaba superior. Y cuando tenía cerca de 23 años embarazó a la novia y la abandonó, y pasaron los años y él vino a reconocer que esa hija era suya tiempo después. Una mujer abandonada, que tuvo que vivir de la subsistencia. Y uno dice: “Pero este hombre vivía podrido en dinero y no le sobraba un dinerito para ayudarla”. Ese es Steve Jobs, un genio creativo. Salgan a buscar a Albert Einstein, hermanos. Yo leí su biografía el año pasado; un genio. Ese hombre hizo la física como tal, él extendió el campo de la física, todavía su teoría, la teoría de la relatividad especial, se anda estudiando y las consecuencias que esto tiene, que el tiempo se curva; son cosas, son conceptos que deslumbran. Quizás el cerebro más grande que produjo el siglo pasado fue el cerebro de Albert Einstein, un judío alemán que se desarrolló en Estados Unidos.

La física teórica, él fue que expandió el campo de la física teórica. Yo leí su biografía, un genio de verdad. Éste, que si usted lo ve, tuvo dos mujeres; en segundas nupcias se casó con una prima suya, enamoraba a la prima y también a la hermana de la prima, y tuvo como diez amantes. Un genio, un genio de la física. Decían sus amigos que era insoportable como hombre. Un genio, pero usted no se puede acercar mucho, hermano. Cristo no solamente dio señales de que “wow, mira”, sino que Cristo vivió al lado de las personas a las cuales les dio la señal y esas personas dijeron: él no solamente tenía poder para hacer cosas, sino que al mismo tiempo era hallado sin pecado. Esa combinación no aparece.

Le doy uno de nuestro campo, hermanos. Ya le he mencionado uno del área de la ciencia, le he mencionado uno del área de la física, vamos a mencionar uno del área de nosotros. Para que se den cuenta que ni siquiera los cristianos estamos muy exentos de esto. Los protestantes, hermanos, somos protestantes porque apareció un monje que se llamaba Martín Lutero, que se levantó y dijo en el siglo XVI. Usted no va a encontrar una película de Martin Lutero que hable de la última etapa de su vida; casi todas terminan en la mitad.

Porque en la última parte de su vida como que se alocó el hombre, comenzó a publicar cosas con despropósitos y a decir disparates. Y uno dice: “Pero ¿qué es lo que pasa, este hombre empezó a tomar decisiones erráticas?”. Y este hermano, esta columna espiritual que era Martín Lutero, la última parte de su vida en las películas casi nunca se narra. Le menciono otro: salgan a buscar a Calvino para que ustedes vean. Sí, un genio en la teología, pero al mismo tiempo mandó a quemar a un hombre. Y trae cosas, hermanos. No es justo ni a un uno. El único que ha podido dar señales y, al mismo tiempo, ha podido dar testimonio de un carácter piadoso ante las personas a las que les dio señales es Jesús de Nazaret.

Implicaciones de que Jesús sea el Cristo

Y, por ejemplo, nosotros entendemos por su carácter perfecto y por las señales que dio, que Jesús de Nazaret es alguien que está por encima de Steve Jobs, alguien que está por encima de Albert Einstein, alguien que está por encima de Martín Lutero, alguien que está por encima de Calvino y de cualquier hombre más. Nosotros entendemos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Cristo dio señales, pero también Cristo dio testimonio de su carácter. Por eso Cristo es doblemente aprobado: él no solamente deslumbró con señales —sí dio señales poderosas, entre ellas levantarse de entre los muertos—, sino que Cristo también dio un testimonio fiel de que verdaderamente él estaba limpio y era sin pecado.

En primer lugar les he dicho lo que significa “señales”, que nos permite ver algo más; y después les he dicho por qué Cristo dio las señales principalmente a sus discípulos, porque sus discípulos vivían con él. No solamente se sorprendían, sino que vivían al lado de Jesús. La tercera pregunta es: dice aquí “las cuales no están escritas en este libro”, ¿y por qué algunas señales no están en el Nuevo Testamento? Después dijo el mismo apóstol Juan que si acaso se hubiera escrito todo lo que Jesús hizo, no alcanzarían libros ni bibliotecas donde guardar todas esas cosas. Aquí nos dice Juan que hay señales que Jesús dio que no se documentaron. Dice así mismo, no lo digo yo, lo dice él: “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas aquí”.

Y aquí es que viene siempre alguien curioso: “Ay, pero yo quisiera ver las otras. Cristo dio muchas señales, pues yo quisiera que me dieran las otras señales. Y si me enseñan las otras, yo creo”. Ese es el dilema de la incredulidad, hermanos, que el hombre es insaciable. En todo momento hay gente que siempre anda buscando: “Pero yo quisiera ver, por ejemplo, qué era lo que Cristo estaba haciendo cuando tenía 20, 25 años por ahí”. Porque el Evangelio solamente narra de Cristo su niñez hasta los 12 años, y después aparece cuando Cristo tenía como 30. “¿Y qué pasó ahí?”, me dicen. Y ahí es que viene la programación del telecable ahora mismo, depende de eso, hermanos, de las otras cosas que Jesucristo “hizo”. Siempre hay un “descubrimiento”: los años oscuros, los años perdidos, los hechos no documentados de Jesús, el evangelio que incluye las otras cosas.

Hermano, una curiosidad que no es sana y una curiosidad que produce perdición. Son gente como Tomás, que son incrédulos, no Tomás el apóstol solamente, sino tomases de este tiempo, que son incrédulos insaciables, hermanos, y siempre andan buscando algo más. De nuevo les digo, a mí mismo me hablan de la curiosidad: “Ahora yo quiero saber yo qué fue… Ya sé que Cristo convirtió el agua en vino, sé que multiplicó los panes, ¿qué más era lo que Cristo estaba haciendo?”. Hermanos, nos están diciendo aquí que esas cosas Cristo las hizo, pero que no permitió que se escribieran. No están escritas en este libro, dice, que no se documentaron.

¿Por qué no se documentaron, hermanos? Porque los Evangelios como tal no trataron de poner cada curiosidad. Recuerden que el propósito no era deslumbrar; el propósito de los Evangelios, el alcance de los Evangelios, cubre cuatro etapas y son cuatro etapas proféticas. La profecía del Antiguo Testamento, por ejemplo, todo lo que está en Isaías, todo lo que está en Miqueas, todo lo que está en los Salmos, todo el Antiguo Testamento daba testimonio de dónde iba a nacer el Mesías, cómo iba a nacer, los milagros que iba a hacer, lo que iba a enseñar, cómo iba a morir y cómo iba a resucitar. Y los cuatro evangelistas se enfocaron en cubrir esas cuatro cosas. No era tratando de documentar de manera exhaustiva todo lo que Jesús hizo; ellos trataban de compaginar lo que se profetizó del Mesías y lo que Cristo cumplió, y cuando ya entendieron que la evidencia era suficiente, dejaron el asunto ahí.

Es como un caso, por ejemplo: yo estoy viendo ahora una serie de televisión de una abogada y una oficina, y me he emocionado con el mundo de las leyes, hermanos; es interesante. Pero yo veo que en un caso se busca no llevar todas las pruebas que se puedan llevar, sino las pruebas que son más contundentes, porque ellos saben que los jueces, en Estados Unidos lo que tienen es un jurado, el jurado y el juez se cansan de ver cosas. No se trata de decirle: “Miren donde él vivió, miren lo que hizo”, no; tratan de seleccionar, si hay 50 evidencias, llevan las 5 que son más contundentes y con eso tratan de cerrar el caso.

Los evangelistas no trataron de documentar lo que Cristo comió, lo que Cristo pensó, lo que Cristo vistió, cuántas veces se cambió de zapatos, cuánta ropa tenía. No, no, no. Esas curiosidades de Jesús —usted puede decirme “ay, yo quisiera ver la dieta alimenticia de Jesús, yo quisiera ver si Cristo comía esto o comía lo otro”— hermanos, no. Cristo comía lo que había, y eso es lo que uno entiende, pero no vemos como que todas las curiosidades de Jesús. Si la cámara era grande o era pequeña, si Jesús tenía dos ventanas o tenía cinco. Hermanos, no es de eso. Lo que tratan de poner son aquellas señales que son contundentes y que definitivamente confirman las profecías; el alcance de los Evangelios.

A esto algunos le llaman revelación suficiente: la evidencia que hay en los Evangelios es suficiente para que uno entienda que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y ya. Y lo demás, hermanos, cuando usted tenga encuentro en la presencia del Señor, usted le pregunta qué él comía, o usted le pregunta. Por ejemplo, la tradición se ha encargado de sacar una cantidad de cosas de Jesús. Por ejemplo, las tradiciones dicen que Jesús era carpintero como su papá, y hay una tradición que dice que él hacía yuntas y que las hacía con un nivel de perfección que era sorprendente. Esas son tradiciones, inventos de la gente; uno no sabe si eso fue así. Lo que los evangelistas documentaron es aquello que nos permite a nosotros cerrar el caso, y uno cierra el caso cuando llega a concluir: Jesús no es un hombre común y corriente, Jesús definitivamente es el Cristo, el Hijo de Dios.

“Hizo además muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro, pero éstas…”. Me es interesante ese “pero estas”, el incrédulo siempre está buscando “las otras”. “Porque las otras no van a aparecer, no las busque”. Ahora, “pero estas”, ahí es donde me llama: “pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios”. Hermanos, la evidencia neotestamentaria es una evidencia suficiente. Usted no va a encontrar el último “periquito” sobre Jesús de Nazaret. Usted encontrará cómo se cumplieron precisamente las profecías en Jesús de Nazaret, de forma tal que podemos concluir que Jesús definitivamente es el Cristo, el Hijo de Dios.

Implicaciones prácticas: fe, obediencia y definición de cristiano

Nos movemos entonces, hermanos, al penúltimo punto, la penúltima pregunta: ¿cuáles son las implicaciones de que Jesús sea el Cristo, el Hijo de Dios? Aquí es que el asunto se pone complicado. He estado haciendo un caso, hermanos, estoy tratando de demostrar que Jesucristo y los Evangelios no son curiosidades. Estoy tratando de mostrar que el propósito de la predicación no es solamente deslumbrar, estoy tratando de establecer que los predicadores, cuando predicamos las Escrituras, no lo hacemos solamente con la intención de que el pueblo aprenda, de que la gente diga: “Ah, yo conozco ahora un poquito más la Biblia”, o como se usa ahora mismo, con el propósito de entretener. Un predicador no viene a entretener una audiencia, o a divertirla, o a hacer que se sienta entretenida.

Los predicadores predicamos las Escrituras con el propósito específico de que la gente entienda que Jesús es el Cristo y que vivan en consecuencia. Es más, que mi meta como predicador es esa, hermanos. Si yo logro enseñarle a la congregación que Jesús es el Cristo y cómo vivir adecuadamente a la luz de esa evidencia, habré alcanzado mi propósito. ¿Cuál es el propósito de la predicación? Ayudar a que la gente entienda eso. Ahora, ¿cuáles son las implicaciones? Primero, ¿qué es un Cristo, o qué es “el Cristo”? Nosotros no entendemos eso porque el Señor eligió un pueblo para revelarse. Antes de que Israel existiera como nación, él le dijo a Abraham que de él iba a hacer una nación y que en él serían benditas todas las naciones de la tierra.

O sea, que antes que Israel naciera como nación —Israel es de los pocos pueblos que puede ver, desde su concepción hasta su desarrollo— eso está documentado en el Antiguo Testamento. Es más, que gran parte del texto del Antiguo Testamento consta de la documentación de cómo Dios hizo soberanamente un pueblo que se llama el pueblo de Israel. Pero no hizo ese pueblo con la intención de que fuera su único pueblo, sino con la intención de bendecir a todas las naciones de la tierra a través de ese pueblo. ¿Y cómo las bendijo? Él les dijo por medio de los profetas que a través de ese pueblo iba a venir un Mesías. Mesías es lo mismo que Cristo: “Mesías” es en hebreo y significa “Libertador”, y “Cristo” es en griego y significa lo mismo. O sea que Mesías y Cristo es la misma palabra, significa “Libertador”.

A los judíos se les dijo que Dios les iba a enviar eventualmente un Libertador, un Cristo, un Mesías. Es más, Jesús significa precisamente, el nombre significa así mismo “Salvador”, alguien que salva, alguien que restaura. Los judíos estaban esperando un Mesías político, alguien que iba a venir y que iba a quitar a los romanos, que eran el reino de turno, y lo iba a poner a ellos, alguien que iba a esclavizar a los romanos para que ellos reinaran sobre los romanos. Pero el Mesías que Dios les envió era un Mesías que no quitaba un reino para poner a otro, sino un Mesías que vino a libertar a todos los reinos. Por eso vimos aquí en diciembre, cuando hablábamos del nacimiento de Jesús, que dijeron los ángeles que él iba a ser luz para todos los hombres, no solamente para un set de hombres específicos.

Los judíos sí sabían lo que era un libertador, un Mesías, porque ellos tuvieron, por ejemplo, los jueces; los jueces eran libertadores locales. Ellos tuvieron al mismo tiempo la monarquía, tuvieron al rey David, tuvieron a Josué, tuvieron a Moisés, eran libertadores locales, que cuando esos hombres estaban al lado del pueblo, al pueblo le iba bien, el pueblo recuperaba su territorio, el pueblo podía vivir en paz, el pueblo podía vivir en libertad. Pero les dijo Dios por medio de los profetas: eventualmente yo enviaré al más grande de esos libertadores, ese se va a llamar el Mesías, el Enviado, el Líder, el Libertador. Y él dio muchas señales para que pudieran identificar cuál era el Libertador que estaban esperando; las señales eran —ya lo hablé el domingo pasado— dónde iba a nacer, cómo iba a nacer, cómo se iba a anunciar, cómo iba a vivir.

De forma tal que cuando llegara, ellos pudieran identificarlo. Ahora, si nosotros llegamos a concluir, como concluyó el apóstol Juan, que Jesús era ese Mesías que se estaba esperando, ¿cuáles serían las implicaciones? “Éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo”, o sea, que Jesús es el Libertador esperado, que Jesús es el Mesías, “el Hijo de Dios”. Hermanos, y si nosotros llegamos a concluir como Juan que Jesús es el Mesías y es el Hijo de Dios, ¿cuáles serían las implicaciones de esto? Fuertes. Si Jesús verdaderamente es el Cristo y es el Hijo de Dios, quien estuvo entre nosotros no era un maestro más, era el Maestro definitivo. Si Jesús definitivamente es el Cristo, el Hijo de Dios, quien estuvo aquí, tal como dicen los evangelistas, fue aquel que hizo el cielo y la tierra con el poder de su Palabra. Él fue el que estuvo en medio nuestro.

¿Cuáles serían las implicaciones de reconocer que Jesús es el Cristo? La primera implicación es que la historia tiene sentido. Si no existe un Creador, si no existe alguien que estuvo aquí y reclama este territorio como suyo, entonces esto es un despropósito, nada de esto tiene sentido. La historia tiene sentido porque hay un Autor, hay un propósito, hay un fin. Si Jesús es el Cristo, la enseñanza de Jesús no es una enseñanza informativa, es una enseñanza autoritativa, y cuando Jesús habla uno le escucha y uno dice: “Señor, habla porque tu siervo oye”. Hay cantidad de gente que reciben la enseñanza de Jesús como buenos consejos, es como: “Ah sí, él recomendó eso”. Hermano, si él es el dueño de todo esto, el Creador, aquel que hizo el cielo y la tierra, cuando Jesús habla uno tiene que entenderlo como que esto es una palabra autoritativa, no son simples consejos.

Si Jesús es el Mesías, entonces hay esperanza para el mundo, hay esperanza para el hombre. El hombre vive en cadenas, el hombre vive ciego, el hombre vive en lepra ante Dios, en una separación; pero si él es el Libertador, él es quien va a quitar todo eso. Si Jesús verdaderamente es el Cristo, entonces concluimos con que el Antiguo Testamento se cumplió y las promesas que Cristo dijo también se cumplirán. Quisiera, hermanos, que ustedes recuerden esto de manera muy fresca: ¿quién es un cristiano? Un cristiano es una persona que cree que Jesús es el Cristo; eso se llama fe, y que vive en libertad bajo su señorío; a eso se llama obediencia.

Yo me encuentro con personas que me dicen: “Yo era cristiano, yo me descarrié”, y yo le pregunto a la persona: “¿Y en qué tú llegaste a creer? Sí, tú eras cristiano, ¿qué tú creías?”. “Yo iba a la iglesia, yo cantaba, yo leía la Biblia”. “Pero, ¿cómo tú sabías que tú eras un cristiano?”. “Sí, yo iba a la iglesia, yo cantaba, yo me congregaba, yo tenía mi iglesia”. Pero eso no es ser un cristiano. Hay cantidad de personas que van a la iglesia y no son cristianos; hay cantidad de personas que leen la Biblia y no son cristianos; hay cantidad de personas que fueron bautizados y no son cristianos. ¿Quién es un cristiano? Un cristiano es una persona que reconoce que Jesús es el Cristo.

Y, en consecuencia, vive en obediencia bajo su señorío. Si una persona me dice a mí que dejó de ser cristiano, lo primero que yo le digo es que anteriormente quizás nunca lo fue. Hay gente que ha apostatado sinceramente de la fe, que en un momento creyeron que Jesús era el Cristo y después llegaron a dudarlo, llegaron a renegar de eso. Yo te diría: “De verdad tú fuiste un cristiano y es verdad, tú apostataste de eso”. Pero que una persona me diga a mí: “Yo fui a una iglesia, a mí me llevaron desde chiquito…”, no; tú quizás nunca fuiste un cristiano. Un cristiano es una persona que ha sido convencida, ha sido persuadida en su hombre interior de que Jesús no es un hombre más, de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.

Y que, al persuadirse de eso, entonces comenzó a vivir en obediencia, pues es la consecuencia natural. Si Jesús es el Cristo, él es el Señor. Hay dos maneras en que la gente se descarría: o pierde la fe, o pierde la obediencia. Hay personas que sinceramente fueron engañadas, o sea, creyeron y dejaron de creer, pero si una persona no llegó a persuadirse de que Jesús era el Cristo, nunca fue un cristiano. Quizás, bueno, tú ibas a una iglesia y dejaste de ir a una iglesia, pero tú nunca fuiste un cristiano. Un cristiano es una persona que afirma que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios y que al afirmar eso entonces vive en consecuencia bajo su señorío. Algunos niegan la fe, algunos comienzan a vivir en desobediencia y a eso se llama apostatar. Pero un cristiano, hermanos, es una persona que, ante la evidencia —la evidencia es más de 50 profecías mesiánicas, el carácter impoluto de Cristo, el testimonio que dieron sus discípulos— llega a persuadirse él mismo de que Jesús es el Cristo. Jesús de Nazaret es el Cristo, el Hijo de Dios.

Vida en su nombre: vida eterna y vida abundante

Entonces termino con lo siguiente: ¿qué significa tener vida en su nombre? “Hizo además Jesús muchas otras señales en presencia de sus discípulos, las cuales no están escritas en este libro; pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”. ¿Qué significa tener vida y qué significa tenerla en el nombre de Cristo? Tengo unos minutos más para cubrir este punto. Dos cosas: qué significa tener vida y qué significa tener vida en su nombre. Lo asunto más natural es lo que tú vas a preguntar: “¿Pero yo estoy vivo? ¿Por qué él me dice que yo tengo que tener vida?”. Todo ser humano considera que está vivo, o sea, está muy vivo: nos movemos, estamos aquí, respiramos, yo siento el corazón latir, tenemos vida. Sí, es verdad.

Hermanos, pero es consistente en todas las Escrituras cuando dice que nosotros estamos muertos, pero nosotros decimos que estamos vivos. Es una paradoja, porque la Escritura enseña que nosotros estamos muertos, pero nosotros entendemos que estamos vivos. ¿Qué es vida? La Escritura, vida, significa lo que es animado, lo que se mueve, algo que tiene su origen en Dios. Por ejemplo, Dios nos creó; cuando aparecemos en los relatos de Génesis dice que sopló en el hombre aliento de vida y fue el hombre un ser viviente. O sea, él nos hizo y cuando nos dio algo que es suyo, que es vida, nosotros llegamos a ser seres vivientes. Pero cuando Dios nos hizo teníamos vida que tenía dos características.

Lo primero es que era vida eterna, una vida que no se detenía, una vida que siempre iba en crecimiento, una vida que no menguaba. Y lo otro es que era vida abundante, era una vida muy satisfactoria. Desde la perspectiva de Dios, esto que tenemos ahora mismo nosotros no se llama vida, sino que se llama muerte. O sea, Dios nos evalúa y nos dice: “Ustedes no están vivos, ustedes están muriéndose”. Se le dijo al hombre en el huerto de Edén que en el momento que pecara, en ese mismo momento el hombre moriría. Pero uno dice: “Pero seguimos vivos, yo estoy ahora mismo, yo creo que estoy vivo”. Pero desde la perspectiva de Dios, tú te estás muriendo, estás muerto y te estás muriendo.

Recuerden las dos características que la vida tiene: la vida es vida eterna y es vida abundante. Por eso a veces Cristo dijo: “Cuando ustedes crean en mí, van a tener vida eterna”. Y en otro momento dijo: “Cuando ustedes crean en mí, van a tener vida abundante”. Y tú dices: “Señor, ¿y esto que tenemos ahora mismo cómo se llama entonces?”. Eso se llama muerte. Hermanos, tú no te das cuenta, pero tú estás muerto y te estás muriendo. Perdóname, amigo, tú no te das cuenta, pero estás muerto y te estás muriendo; a menos que tú estés en Cristo, tú no tienes vida.

Tú eres como una planta que han cortado de algún lugar y tú la ves que todavía está verde, tú dices: “Está viva, porque está verde”. Es más, que hasta algunos procesos fisiológicos continúan después que la planta es cortada. Le pongo un ejemplo: corte una mata de plátano y búsquela al otro día; usted encontrará que la mata siguió creciendo. Es sorprendente, corte una mata de plátano, la corta y la deja en el suelo, y usted vuelve y la encuentra y la mata siguió creciendo. Y tú dices: “Pero ya está muerta, porque está quitada de la raíz”, pero todavía crece. Hermanos, así es el ser humano sin Dios: está muerto y sigue creciendo.

La realidad es que la vida que él da se llama vida eterna, una vida que dura mucho tiempo. ¿Por qué Juan entendía que ellos no tenían vida? Él decía: “Si ustedes llegan a entender que Jesús es el Cristo van a tener vida”, porque él entendía que estaban muertos. Desde la perspectiva de Dios, la verdad, hermanos, es que lo que nosotros tenemos ahora mismo no es vida, esto es muy chiquito. Yo se lo ilustro así: esto es la eternidad, un cebollo de hilo; Dios habita en la eternidad, la eternidad no tiene comienzo y no tiene final. Sabemos que hay un comienzo porque se hizo en algún momento, y se va a terminar, pero en el ejercicio de pensar que ese hilo nunca se acaba, eso se llama eternidad. La eternidad, hermanos, es el lugar donde Dios habita, un asunto que no tiene ni comienzo ni tiene final. Usted sabe, Adán y Eva fueron hechos para no morir. La muerte del ser humano es algo que es antinatural, nosotros no procesamos la muerte; la muerte para nosotros siempre es traumática, porque nadie está preparado para morirse. Todo el mundo está preparado para vivir para siempre. Dice el libro de Eclesiastés que Dios ha puesto eternidad en nuestro corazón, lo dice Eclesiastés 3:11. O sea, nosotros sabemos que es eso, nosotros sabemos que nuestros pensamientos se proyectan hacia el infinito, pero hay algo dentro de nosotros que nos recuerda que quizá no nos queden más de 5, más de 10 o más de 20 años de vida; la muerte está en nosotros.

Eso es la eternidad, hermanos, y esa parte morada, ese tramo de la cuerda, eso se le llama historia. Es una historia. La historia comenzó en un momento; lo que tiene la historia según las Escrituras no es más de 9000 años, no más de 9000 años tiene la historia. Esto que está ahí es la creación y eso que está ahí en el 2015 después de Cristo, eso es la historia, y eso es la eternidad. Dios mira la eternidad y tu vida, hermano, es ese botoncito que está ahí. Eso significa más o menos, esa es la vida tuya. Pero yo estoy siendo optimista, hermanos, porque tuve que poner ese botón; ese botón es muy gordo. La verdad es que tú no te verías.

Si tú miras lo que es la eternidad y lo que es la historia y tú pones tu vida, tú serías como del ancho más fino, hermanos, que el ancho de una hoja; o sea, tú no te verías, eso es la historia. Y tú le dices a Dios: “Señor, mírame aquí, que yo soy el botón negro, mírame, que yo tengo vida eterna y tengo vida abundante”. Él te dice: “No, tú estás muerto, tú no eres nada, tú fuiste hecho para vivir para siempre. Mira, tú vives ahora mismo dentro de una historia que no tiene más de 10 000 años; yo habito la eternidad”. Por eso es que dice el Señor que nuestra vida es sombra que pasa. Lo dice el Salmo 144, lo dice el Salmo 39, que Dios le dio a nuestra vida término corto y mi edad es nada delante de él. También dice Santiago 4:14 que nuestra vida es una neblina que pronto se desvanece, y también dice la Escritura: “¿Qué es vuestra vida? Es un pestañear”.

¿Por qué él dice que cuando nosotros creemos en Cristo llegamos a tener vida? Porque según la perspectiva de Dios, hermano, tú no fuiste creado para vivir en ese botón; tú fuiste creado para vivir para siempre. Tú fuiste creado para vivir eternamente. Y tu vida es como un botón; lo primero es que no es muy largo y tampoco es muy buena. Cuando el Señor te dice a ti que cuando tú creas en él, tú vas a tener vida en su nombre, lo que significa es: eso que tú tienes ahora mismo desde la perspectiva de Dios no se llama vida, sino que se llama muerte. Tú naciste y te estás muriendo.

Es más, que el Señor ha sido tan sabio que las marcas de la muerte nos las ha puesto a nosotros en nuestro propio cuerpo. Tú quizás no te das cuenta, pero hay cambios físicos, cambios fisiológicos que te van anunciando que tú te estás muriendo. Busca una foto tuya de hace cinco años, compárala. Tú no te das cuenta, hermano, en el espejo tú te ves todos los días, tú te sientes que tú eres el mismo, pero cuando ves la foto, la fotografía nos ha permitido recordarnos: te estás muriendo. ¿Te estás dando cuenta?

Nuestro rostro cambia. Aparecen arrugas, estas manchitas en el cuerpo que como que a las mujeres les preocupan más que a los hombres, pero hay unas manchitas que son manchitas de vejez, con unas pintitas que salen. Pues esas pintitas te están anunciando: “Ey, te estás muriendo”. Y tú dices: “Señor, pero yo tengo vida ahora mismo y tengo vida abundante”, y él te dice: “Mira la foto tuya de hace cinco años”.

Evidencia de la muerte en nosotros y vida en el nombre de Cristo

Las marcas de la muerte, hermanos, Dios las ha puesto. El hombre no fue hecho para envejecer, el hombre no fue hecho para morir, pero nos vamos muriendo. Las canas salen, y si no salen canas, se cae el cabello. Y las entradas van como caminando aceleradamente, y tú estás mirando el espejo, pero tú ves que la frente se va poniendo grande. Hermanos, la cabeza se pone blanca, la frente se pone grande. ¿Qué es lo que pasa? Es que tú te estás muriendo y no quieres reconocerlo. La muerte está dentro de ti.

Pero también perdemos capacidades: la memoria se va perdiendo, la masa muscular va disminuyendo, y hasta la estructura ósea se deteriora. ¿Y qué es lo que pasa? Que te estás muriendo y no quieres reconocerlo. La marca de la muerte está en nosotros. Ay, pero hay algo que nos lo recuerda de manera más palpable: que nos vamos a morir. Perdemos amigos y familiares.

La gente se muere alrededor de uno, y cuando caen en realidad dicen: “Pero yo pude haber sido, me tocaba a mí. Me estoy muriendo”. Lo que pasa, hermanos, es que fuimos hechos para vivir para siempre. Para nosotros es antinatural pensar en la muerte, y nadie piensa en ese asunto, pero la realidad es que tú no tienes vida, tú tienes muerte, y las marcas de la muerte están en ti. Hay un momento en la vida que uno va a muchos baby shower, y hay un momento en la vida que uno va a muchos funerales. Sí, hay un momento en la vida cuando tú recibes mucha invitación para muchos baby shower, y va a llegar un momento en la vida en que tú vas a recibir muchos anuncios de que hay que ir a dar el pésame: “Mira, fulano, primo tuyo, fulano, amigo tuyo, fulano…”. Hermano, la muerte, la muerte está en nosotros. Desde la perspectiva de Dios, este asunto que nosotros tenemos ahora mismo es un pestañear, es una neblina, eso no es nada.

“Éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”. ¿Qué es tener vida en el nombre de Cristo? Lo primero es vida eterna, una vida que no se detiene, y lo segundo es una vida abundante, una vida que es muy plena. Lo que tú tienes ahora mismo se llama muerte. Es una vida muy corta, y la verdad es que está llena de sinsabores. Ya te he dicho lo que es vida, hermano: vida no es estar vivo físicamente; esto, desde la perspectiva de Dios, no es nada. Vida es vida eterna y vida abundante. Y lo segundo, dice, es que vamos a tener la vida en su nombre. ¿Por qué “en su nombre”?

Lo que pasa es que dice Hechos capítulo 3 y versículo 15 que él es el autor de la vida. Es más, que los apóstoles reprendiendo al pueblo, le dijo a los judíos: “Ustedes intentaron matar al autor de la vida, que es Jesús, pero el Padre le ha levantado de entre los muertos”. O sea, la vida está en Cristo. Dice así mismo el evangelista que en él estaba la vida y la vida era la luz de los hombres. El autor de la vida es Jesús, y solamente podemos tener vida si nosotros tenemos comunión con el autor de la vida. ¿Por qué “en su nombre”? Nosotros no entendemos tanto lo que significa el nombre, pero entre los antiguos, conocer el nombre de una persona significaba cercanía, significaba intimidad, significaba tener una relación con esa persona. Por ejemplo, el nombre de alguien; cuando tú conocías a alguien por su nombre, se entendía que tú tenías una relación con esa persona. También eso significa filiación.

Tener vida en el nombre de Cristo significa que cuando tú aceptas a Cristo, tú llegas a tener el nombre de Cristo en ti. Como mi hija, por ejemplo, mi hija se llama Carol Juliet Pérez García, y ese “Pérez García” significa muchas cosas. Significa que tiene el nombre de sus padres, y si tiene el nombre de sus padres, al mismo tiempo tiene la protección de sus padres, tiene la provisión de sus padres, tiene el cuidado de sus padres. Por eso nosotros, cuando nos hacemos cristianos, decimos que nosotros somos de Dios. Es más, que así mismo les decía Jesús: “Ustedes son de Cristo, pero otros son de su padre el diablo”. Así le decía la Escritura.

¿Qué es tener vida en el nombre de Cristo, hermanos? Es que cuando tú aceptas que Jesús es el Cristo, la vida que él da, él llega a ponerte esa vida a ti, de forma tal que nosotros sabemos que nuestra vida no termina después de la muerte, sino que continúa y que se proyecta hacia la eternidad, y no solamente se proyecta eternamente, sino que se proyecta como una vida abundante, una vida plena, una vida que verdaderamente es satisfactoria. También el nombre de alguien significa autoridad; tener vida en el nombre de Cristo significa tener vida autorizada por Cristo. O sea, él es el dueño. Hermanos, ustedes han visto a Cristo llamando a Lázaro de la muerte, ¿cómo le llamaba?

Él no le decía: “Hey, por favor, muerte, devuélveme a Lázaro ahí, hombre; dale un chance a Lázaro”. Él le decía con autoridad: “Lázaro, ven fuera”. Y tú dices: “¿Pero cómo es que le puede hablar así?”. Es que él es el dueño de la vida, hermanos. Tener vida en el nombre de Cristo significa tener vida bajo la autoridad de Cristo. Al mismo tiempo, dice la Escritura —y con esto termino—, como estoy predicando el final de Juan, hermanos, quiero terminar predicando lo mismo que he estado enseñando en otras veces. Juan, al principio, dice así la Palabra del Señor, decía la Escritura: “A lo suyo vino, pero los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”.

A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.

— Juan 1:11-12

Hermanos, este último sermón del año, amigo que estás aquí, en este último sermón del año, lo que puedo decirte: ser un cristiano es alguien que reconoce que Jesús ha dado las señales necesarias por medio de su carácter, por medio de sus milagros, para que nosotros tengamos la evidencia suficiente para entender que él verdaderamente es el Cristo, el Hijo de Dios. Y cuando creemos eso, comenzamos a vivir bajo su señorío, y dice la Escritura que llegamos a tener verdadera vida. Les pido que cierren sus ojos un momento.

Llamado final a la fe, obediencia y oración de cierre

Aquellos que nos visitan hoy, que todavía no tienen la certidumbre de fe de ser cristianos, les pregunto: ¿tienes tú verdadera vida, o tienes un pequeño pestañear, mal pasando el rato aquí? ¿No tienes una expectativa de vida eterna? El Señor ha dicho que si nosotros creemos en él, llegamos a tener vida en su nombre; eso es vida abundante, es una vida muy satisfactoria. Al mismo tiempo es vida eterna, es una vida que se proyecta a través del tiempo. Entonces el propósito de la predicación es que tú entiendas esto, es lo que he pretendido hoy: que entiendas, a través de la evidencia, que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. El que entiende eso tiene que vivir en consecuencia, bajo su señorío y en obediencia a su voluntad.

Si tú todavía no te consideras un cristiano, yo te invito a que hoy pongas en Cristo tu confianza. Eso es confesar los pecados, es confesar el principal pecado, el pecado de la incredulidad, de no haber reconocido a Jesús. Puedes decirle al Señor ahí, en tus palabras: “Señor, en este momento mi pensamiento ha cambiado y estoy persuadido de que quien estuvo en medio nuestro no es un hombre más, un sabio más de esta tierra, un científico más, sino que verdaderamente quien estuvo aquí era el Cristo, el Libertador prometido, el Hijo del Dios viviente”. Pídele al Señor ahí en oración que te ponga su vida. Dile: “Yo reconozco que Jesús es el Cristo, reconozco mi pecado, reconozco la incredulidad en que yo vivía, y a partir de este momento yo comienzo a vivir en consecuencia, bajo el señorío suyo”.

Dice la Escritura que si nosotros confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Hermano creyente que estás aquí, ahora oro por ti. Quizás estás firme en este momento en tu fe y consideras: “Sí, estoy persuadido de que Jesús es el Cristo”. Hermano, puedes ser arrastrado con facilidad; tienes que crecer en este convencimiento. Hermano que estás aquí, pídele al Señor que te aumente tu fe; ¿qué es aumentar la fe? Es aumentar tu convicción de que verdaderamente esto que nosotros hemos creído es verdadero. Te pido, Padre, en oración, que aumentes la fe de mis hermanos; aquellos que están comenzando en tus caminos, que todavía no están muy firmes, permite que sean afirmados en esta verdad principal: que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

Fortalece la fe de mis hermanos para que no sean confundidos. Hermano que estás aquí, te invito a que resuelvas, al final del año, vivir en obediencia al Señor. Si Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, él es tu Señor, él tiene autoridad sobre tu vida. Es necesario que tú le correspondas en obediencia. Quizás eres un creyente, pero eres un creyente desobediente; quizás eres un creyente, pero eres un creyente superficial. Yo te invito a comprometerte con el señorío de Cristo; si él es verdaderamente el Cristo, él merece toda tu obediencia, él merece tu fidelidad. Te invito a que resuelvas, al final de este año, no solamente creer que Jesús es el Cristo, sino someterte a vivir en obediencia bajo su señorío, en libertad.

Bendice, Señor, esta congregación. A unos preséntate con salvación, al creer en ti, y a otros, Señor, bendíceles con profundidad, con conocimiento y con más obediencia. Gracias, Padre, por toda la predicación de este año, gracias por toda tu Palabra que se ha expuesto. Desde ahora, Señor, te pido que prepares nuestro corazón para el año entrante. En el nombre de Cristo nuestro Señor, amén.

Que el Señor les bendiga, hermanos, que el Señor les guarde, y nos veremos el año entrante.

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