Les pido que ahí donde están cierren sus ojos un momento, para que oremos al Señor. Les voy a pedir que se pongan sobre sus pies para que oremos al Señor e inmediatamente leamos su palabra. Puedan ahí, sobre sus pies, buscar la primera carta de Pablo a Timoteo, primera carta de Pablo a Timoteo en el capítulo 1, y dejarlo allí marcado. Pueden buscar sus Biblias para que oremos al Señor, e inmediatamente leamos su palabra. Extiendan su manito sobre algunas personas que tengan cerca, para que juntos, expresando que somos el pueblo del Señor, oremos a Él, y luego, al leer su palabra, mire esta congregación aquí reunida, Señor. Mira que tenemos tu valiosa palabra en nuestras manos.
Permite, Señor, que cuando tu palabra esté expuesta, haga en cada persona que está reunida su justo efecto en el corazón. Permite, Señor, porque nosotros sabemos que es así, que ya es poderosa, que es viva, que es eficaz, que es cortante como una espada de doble filo y que penetra, Señor, hasta lo profundo de nuestro ser. Permite, Señor, que hoy veamos testimonio de tu palabra penetrándonos. Permite, Señor, que cada mente, cada corazón esté dispuesto esta mañana. Permite que no sean palabras simplemente expresadas, Señor, o palabras simplemente escuchadas; permite que sean palabras atesoradas.
Permite que haya las reverencias necesarias para que escuchemos tus palabras, Señor, como lo que verdaderamente son, que son tus palabras. Permite que sea tu voz, Señor, la que esté hablando a lo profundo de nuestro corazón. Mira cada uno de mis hermanos que están aquí, Señor, que han sido salvos, pero que tienen tanto tiempo disfrutando, Señor, de los beneficios de esta salvación tan grande, que quizá ya han olvidado, Señor, la cosa extraordinaria que tienen en su corazón. Permite que vuelvan a atesorar estas cosas y que aquello, Señor, que solamente contemplan, que solamente escuchan, permite que hoy escuchen y contemplen de manera diferente.
Permite que tu palabra pastoree esta congregación, Señor. Nos sometemos a tus preceptos, Señor, celebramos tus Escrituras, anhelamos, Señor, escuchar tu voz. Acompáñanos en este tiempo privilegiado, en Cristo nuestro Señor, amén. Ahí donde están, hermanos, pueden acompañarme en la primera carta de Pablo a Timoteo, en el capítulo 1. Que leamos desde el versículo 12.
Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia, en incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús. Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Pero por esto fui recibido a misericordia, para que Jesucristo mostrase en mí el primero toda su clemencia, para ejemplo de los que habrían de creer en él para vida eterna. Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
— 1 Timoteo 1:12-17
Un motivo de acción de gracias que nunca debe faltar
Capítulo 1 de la primera carta de Pablo a Timoteo. El año pasado tuvimos un “Culto de Acción de Gracias” donde estuvimos con razón grande, agradeciendo al Señor por las cosas que hizo por nuestras familias, por nuestras vidas, por cada uno de nosotros en el 2014. Quizás en el momento, como siempre sucede, uno se siente más animado a darle las gracias al Señor por las cosas que ha hecho más recientemente, y es normal que le demos las gracias al Señor por los hijos, que le demos las gracias al Señor por los trabajos, por los proyectos y por cada una de esas cosas que el Señor nos permite ver en el día a día, porque sus misericordias son nuevas cada día.
Sin embargo, hay un motivo de acción de gracias que nunca debería faltar en la vida de ningún cristiano, y es la acción de gracias por su propia salvación. Es más, era una costumbre muy arraigada en el pueblo evangélico, que se ha ido perdiendo paulatinamente, que cada vez que un cristiano iba a hablar en público, lo primero que decía era esto: él decía, “Doy gracias a Dios por la salvación de mi alma”. Tuvimos también el Día de Reyes, recientemente, y sucedió en el Día de Reyes algo que a mí siempre me llama mucho la atención y me causa un poco de risa.
Es que los padres se esfuerzan en comprarle buenos juguetes y regalos a sus hijos, algunos hasta lo piden por internet. Y cuando llega el Día de Reyes y llevan a sus hijos, regularmente sucede con los niños más pequeños, se les lleva la caja con su regalo. Entonces el niño abre la caja, saca el juguete y toma la funda y la caja para jugar con ellos. A Juliette le regalaron tres muñecas más grandes que ella en este Día de Reyes. Ella todavía no ha jugado con ninguna de las tres muñecas, pero ya jugó con la funda. Esa es la paradoja de los niños, hermanos: a veces los padres se esfuerzan en darles muy buenos regalos, pero ellos se entretienen con las cosas que son más superficiales, con lo que tienen más a mano y lo que llama más su atención.
La gran paradoja: regalos de Dios y la salvación olvidada
Aprovecho esto, hermanos, para ilustrar cuál es nuestra realidad delante de Dios. Hemos recibido del Señor muchas cosas, hemos recibido un regalo muy grande y hemos recibido una funda y una caja. Y, muy probablemente, mis hermanos, han estado deleitándose en las cosas que el Señor les ha dado, pero todavía no han llegado a alegrarse y a deleitarse por la cosa más grande y más espléndida que el Señor ya les dio, que es la salvación de su alma.
Por eso tomo como base esta porción del apóstol Pablo, donde él está dando gracias al Señor que le fortaleció. Me gustaría ver primero las tres grandes obras que el Señor hizo en Pablo, y aquellas obras que él se prestaba a recordar en este momento como un motivo de acción de gracias. Pero primero les leo nuestra introducción, que dice: siempre hay motivos para dar gracias a Dios, pues sus misericordias son nuevas cada mañana; sin embargo, hay un motivo que sobresale entre todos los demás, uno que al considerarlo desborda nuestra gratitud y hace que todo lo demás sea complemento. Si faltara cualquier otra cosa, este es un motivo suficiente.
Su gracia ha sido abundante, pues se expresó en fe y en amor. Cuando en nuestra ignorancia estábamos contra Dios, Él nos fortaleció, capacitándonos para que podamos hacer su voluntad. Nos tuvo por fieles cuando en realidad no lo éramos y nos puso en el ministerio cuando no merecíamos tal honor. Hoy consideraremos esta gran obra que Dios ha hecho en nosotros, con el fin de estimular la gratitud. Yo sospecho que hace tanto tiempo que ustedes fueron salvos, que ya quizás se les ha olvidado la cosa que el Señor ha hecho por ustedes; esto es algo de esperar.
Regularmente sucede con aquellas personas que, por ejemplo, son niños que crecen en hogares acomodados, que no llegan a ejercitar mucho la gratitud porque entienden que esas cosas como que les tocaban. Y como él nunca tuvo la necesidad en su casa de alimento, nunca tuvo la necesidad de vestimenta, nunca tuvo la necesidad de transporte, en su casa nunca vio precariedades, regularmente terminan siendo personas muy malagradecidas, esos que entienden que tienen las cosas porque les toca. Sospecho que es el caso de algunos hermanos míos, que el Señor ha operado en ellos salvación y ya han usado y han vivido en salvación durante tanto tiempo, que la salvación es una cosa más y ellos dirán: “Yo tengo la salvación porque me toca”.
Primera gran obra: el Señor nos fortaleció
La labor que he venido a hacer, hermanos, es recordarles qué es lo que el Señor ha hecho en cada uno de nosotros y por qué tenemos razones suficientes para decir: “Señor, gracias”. Decía el apóstol Pablo: “Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús, perdón, doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio, habiendo yo sido antes blasfemo, perseguidor e injuriador”. Las tres grandes obras que el Señor hizo por Pablo, ¿cuáles fueron? Él dice: lo primero es que el Señor le fortaleció.
Esta expresión “me fortaleció” no significa una fortaleza física, no significa una capacidad puntual solamente para hacer algo, sino que Pablo está haciendo un contraste entre lo que era su vida sin Dios y lo que es en este momento su vida con Dios. Quizás, para entender esto, ayuda ver lo que dice Romanos, capítulo 5 y versículo 6, cuál era nuestra verdadera condición cuando estábamos sin Dios. Dice asimismo el apóstol Pablo:
Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.
— Romanos 5:6
Este “me fortaleció” que está diciendo Pablo aquí, lo que él está diciendo es: Dios me ha dado a mí una capacidad especial para conocerle, para hacer su voluntad, cuando yo realmente era débil. Lo que Pablo está introduciendo aquí es lo primero que hace el Señor con cada uno de nosotros, y se llama regeneración. Romanos 5:6 lo establece; asimismo dice que nuestra verdadera condición sin Dios es un estado de debilidad.
Hermano, quiero establecer que el Evangelio, más que un conjunto de ideas, es poder de Dios, como también dice el apóstol Pablo. El Señor, cuando te ha salvado, no solamente te ha dado una nueva manera de pensar; Él te ha dado la capacidad de pensar según unos nuevos preceptos, unos nuevos paradigmas. A eso el apóstol Pablo le llama así mismo; él dice que del Evangelio no se avergüenza, porque es poder de Dios para salvación. Lo dice en Romanos 1:16.
Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree…
— Romanos 1:16
La realidad: ¿qué tal la conciencia que nosotros teníamos antes de venir a Cristo? Si tú haces un poco de esfuerzo y te recuerdas cómo era tu vida sin Dios, en aquel momento tú pensabas que no tenías la capacidad para ser un cristiano, y realmente no la tenías.
La incapacidad humana y la obra sobrenatural de Dios
Es más, cuando yo comparto el Evangelio con las personas, el comentario regular que recibo es que me dicen: “Todo eso suena muy bien y me hace sentido, pero yo verdaderamente no tengo la capacidad para ser un cristiano ahora mismo”. Ellos como que infieren que va a llegar determinado momento en que van a tener la capacidad. “Pero ahora mismo yo no puedo”. Amigo, que estás aquí presente, yo te diré que no puedes hacer la voluntad del Señor ahora mismo y tampoco podrás hacer la voluntad del Señor mañana, y nunca podrás hacer la voluntad del Señor, a menos que seas fortalecido de manera especial, como el apóstol Pablo está diciendo aquí: “Doy gracias al que me fortaleció”.
Hermano, yo no sé lo que el Señor te dio el año pasado, pero yo creo que hay una razón por la cual tú puedes comenzar hoy a dar las gracias al Señor, y es porque has sido fortalecido de manera especial y extraordinaria para que puedas entender y hacer la voluntad de tu Señor. ¿Cuáles son las expresiones de esta patente debilidad? Hay varias. Esa debilidad que tú tenías antes de venir al Señor, antes de que hayas sido fortalecido, se expresaba en diferentes maneras. Por ejemplo, tú no podías entender las Escrituras.
La realidad del hombre sin Dios es que tiene el entendimiento entenebrecido, y puede leer las Escrituras y puede hasta llegar a captar superficialmente lo que allí se dice, pero entender concretamente lo que es la voluntad del Señor no puede, porque dice la Escritura que tiene el entendimiento entenebrecido. Les pongo un ejemplo: los discípulos de Jesús necesitaron que el Señor hiciera en ellos una obra sobrenatural, que el Señor los fortaleciera para poder entender las profecías. Es más, dice la Escritura que ellos vivieron al lado de nuestro Señor Jesucristo durante tres años y, al final, cuando el Señor resucitado se les apareció, dice que les abrió el entendimiento para que entendieran las Escrituras, y ellos pudieron vincular que verdaderamente Jesús era el Cristo.
Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras.
— Lucas 24:45
Hermano que estás aquí presente, si tú hoy puedes entender las Escrituras, significa que has sido fortalecido de manera sobrenatural por el Señor. Esto no es algo como que “te tocaba”; es una obra puntual que el Señor ha hecho a favor tuyo, y es una obra que merece que le digas: “Señor, gracias”. Es más, lo que sucede en la vida cristiana es que mientras más uno conoce de Dios, más uno entiende las Escrituras, y uno no solamente crece en un conocimiento superficial, sino que uno se va volviendo más sabio.
Fortalecidos para obedecer y permanecer
Das gracias al que te fortaleció porque te ha permitido entender las Sagradas Escrituras, te ha abierto el entendimiento. ¿Cómo más se manifestaba anteriormente tu estado de debilidad? En una incapacidad patente para hacer la voluntad del Señor, para obedecer. Es más, al día de hoy tú estás obedeciendo al Señor en áreas de tu vida que tú jamás pensaste que eso era posible. El fortalecimiento del Señor no solamente se manifiesta en que te abre el entendimiento, también fortalece tu voluntad, y cuando vienes a los caminos del Señor no solamente recibes capacidad sobrenatural para entender las Escrituras, sino que también recibes una capacidad especial para hacer la voluntad del Señor.
Anteriormente no podías. Dice la Escritura que en nuestro estado natural somos presos, estamos muertos y somos como un desecho. Si acaso hoy puedes obedecer al Señor en áreas de tu vida, significa que el Señor te ha fortalecido para que tal cosa pueda suceder. Pero también éramos incapaces de permanecer. Hermano que están aquí, ustedes no son cristianos, no están hoy en los caminos del Señor porque sean muy fuertes. Ustedes no son cristianos porque tengan muchos méritos; si acaso nosotros tenemos un mes, un año más en los caminos del Señor, ha sido absolutamente por su amplia misericordia.
Nosotros todos estamos luchando y lidiando con cosas que son más fuertes, humanamente hablando, que nosotros. Y si acaso podemos sobreponernos al mundo, sobreponernos al pecado y sobreponernos al diablo, no ha sido por nuestra propia capacidad. Ha sido que el Señor ha mostrado hacia nosotros misericordia. Por cada año que pasa tú tienes que decir: “Señor, gracias por la salvación de mi alma, porque me alcanzaste con salvación, y por tu misericordia todavía yo estoy aquí”.
Hermano, ninguna de esas tres cosas tú podías enfrentarte a ellas y vencer por tus propios medios: el pecado es más fuerte que tú en tu estado natural, Satanás es más fuerte que tú en tu estado natural y el mundo tiene más fuerza que todos nosotros. Y si acaso podemos nosotros tener victoria con esos tres grandes enemigos, ha sido solamente por una fortaleza especial que hemos recibido, y por eso podemos decir nosotros: “Señor, gracias”. A todo esto también se le llama regeneración.
Por eso, amigos que están aquí presentes, uno no es cristiano solamente por un asentimiento intelectual. Un gran daño que se le ha hecho a la cristiandad es pretender que el cristianismo es solamente un conjunto de ideas para asumir. Cristianismo es más que eso; el cristianismo es cierto, es convicción, pero también es poder de Dios para salvación. Y hay algo que opera dentro de nosotros que es más que ideas, es poder sobrenatural de Dios para que nosotros podamos permanecer en sus caminos.
Perseverar por misericordia y llamado al inconverso
Aquí es que uno entiende por qué los antiguos decían: “Doy gracias a Dios por la salvación de mi alma”. Porque por su misericordia pude estar aquí y por su misericordia todavía yo estoy aquí. Muchos de ustedes ya tienen años en los caminos del Señor; algunos tienen uno, otros tendrán cinco y otros hasta tendrán veinte. En veinte años han tenido todos ustedes la oportunidad para apostatar, y solamente por la misericordia del Señor están aquí todavía. No es natural, no es esperable. Ese es el detalle, hermano: que se esperaría como, bueno, es lo natural, “porque yo soy un cristiano, estoy aquí”. Si acaso eres un cristiano, lo eres porque el Señor te ha fortalecido.
Tres grandes obras que el Señor hizo por Pablo: la primera fue esa, dice el apóstol Pablo que el Señor le fortaleció. Hago una pausa aquí para hablar a las personas que todavía no son creyentes bautizados. Quizás estás esperando el momento en que tengas la capacidad para hacer la voluntad del Señor. Ese momento no llegará en tus propias fuerzas. Por eso dice la Escritura que aquel que ha comenzado en nosotros una buena obra será fiel en completarla hasta el final.
Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.
— Filipenses 1:6
Muchas personas postergan hacer una decisión por Cristo porque piensan que son incapaces de sostener esa decisión. Amigo que estás aquí presente, en tus propios medios nunca podrás hacer la voluntad del Señor. Ahora, aquel que te llamó es aquel que será fiel para mantenerte hasta el final, y no permanecerás porque seas fuerte; permanecerás porque el Señor te fortalecerá para que tal cosa suceda.
La segunda gran obra que dice el apóstol Pablo la introduce diciendo que el Señor le tuvo por fiel. Es muy interesante esto, porque no es que Pablo tuviera méritos para ser un cristiano; dice Pablo que él fue tenido por fiel. Amigo que estás aquí, hermano que está presente, Cristo no reconoció tus méritos, Él te imputó a ti los méritos suyos. No es que yo tengo los méritos para ser un cristiano y por eso a mí me han seleccionado; no. Es que todos los méritos están en Cristo, y Él ha imputado a ti su justicia.
Por eso, ser un cristiano, hermano, es un gran privilegio. Gran parte de la Escritura del Nuevo Testamento, la doctrina de la salvación, está atada a algo que se llama elección.
Segunda gran obra: escogidos y tenidos por fieles
Por eso uno se siente tan especial: cuando tú eres salvo significa que el Señor te ha seleccionado a ti, Él te ha puesto a ti algo que tú no lo tenías. Cristo no reconoció los méritos de Pablo, sino que le imputó los méritos suyos. Por eso Pablo tiene que decir: “Gracias”. Es que tú no tenías la capacidad para atraer a Dios por tus propios medios; es como si a ti te han dado un examen y el examen lo entregas vacío, pero cuando el Maestro recibe el examen, Él ni siquiera hace el intento de revisar si tú has llenado todas las preguntas, sino que Él toma el examen, lo cierra y escribe fuera del examen y le pone: “Fiel”.
Tu maestro te dice: “Tú eliges si yo corrijo el examen o si tú te quedas con el examen cerrado con la etiqueta que le he puesto afuera”. La etiqueta que Él ha puesto afuera es “fiel”. Hermano, si el Señor abriera el examen, examinando tu corazón, ninguno de nosotros pudiera ser aprobado. Por eso, cuando el Señor cerró el examen y puso por fuera “fiel”, lo único que un cristiano tiene que decir es: “Señor, gracias”.
No es “lo merezco”, no es “Señor, viste mi examen, llené todas las preguntas”. No. Es “gracias” lo que sale. La tentación de nosotros es la salvación por obras, decir: “Ya yo sí tengo la salvación porque yo he hecho tal cosa”. Hermano, no es: “Señor, mira qué bonito, yo llené mi examen, mira, yo tenía ese problema”. Hermano, yo no era un estudiante bueno, sino que yo era un estudiante de extremos; entonces yo me ponía para la cosa, quería sacar el 100, pero si no sacaba el 100, entonces me frustraba. Pero yo regularmente sacaba 70.
Yo conozco esto: si usted encuentra que en un boletín de notas hay cinco 70 juntos, no puede ser que usted tenga la puntería para en todas esas materias sacar 70, que matemáticas 70, naturales 70, sociales 70, deportes 70. No hay nadie que tenga la puntería para sacar 70 en más de cuatro materias. Y si tú encuentras que tú fuiste aprobado en un curso con más de cuatro 70, lo único que tú puedes decir es: “Profe, gracias”.
Ilustración del 70 y el privilegio del ministerio
Yo entiendo, hermano, una gente tenga puntería para sacar un 70, pero cuatro 70 juntos nadie saca. Cualquiera que encuentra un boletín de notas con más de cuatro 70 juntos, lo empujaron. Hermano, el Señor no salió a evaluar tu corazón a ver si tú merecías la salvación. El Señor no salió a auscultarte a ver si acaso tú mereces estar dentro de los elegidos. Hermano, lo único que hace falta es que digamos: “Señor, gracias. Gracias porque tú no has estado caminando para ver si yo puedo o no puedo. Señor, gracias porque me protegiste, fue porque me tuviste por fiel cuando yo realmente no lo era”.
De nuevo, hermano, recuerden lo que yo he querido hacer: es animar en ustedes en cosas que ya ustedes tienen, el valor de la salvación que el Señor les ha dado, porque el Señor te la dio cuando tú no eras fuerte. Él te fortaleció. Y porque el Señor te tuvo por fiel. Cuatro 70 nadie saca, déjese de eso.
Algo más, aquí quiero detenerme: el apóstol Pablo lo encuentra como un gran mérito que el Señor le haya puesto en el ministerio, y me llama la atención de esta porción de Primera de Timoteo, capítulo 1, que Pablo relaciona el servicio al Señor con la salvación. Él no ha dicho aquí: “Doy gracias al Señor porque el Señor me salvó”. No: “El Señor me salvó, el Señor me fortaleció y me tuvo por fiel y me puso en el ministerio”. Eso se llama servicio al Señor.
Sospecho que en el siglo pasado, hermanos, hubo un gran énfasis en las iglesias a nivel mundial en el ministerio, en el ministerio cristiano, en el servicio cristiano, en que los hermanos sirvan en un ministerio. Y sospecho que, en una muy buena intención de involucrar a los hermanos al ministerio, se ha llegado a tener una posesión tan especializada del ministerio cristiano que se ha olvidado el aspecto más básico de lo que significa servir al Señor. ¿A qué se refiere Pablo cuando dice que el Señor le tuvo por fiel al ponerle en el ministerio? ¿A qué ministerio se está refiriendo el apóstol Pablo?
Bueno, en Hechos capítulo 20, versículo 24, el mismo apóstol Pablo dice:
Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios.
— Hechos 20:24
El ministerio básico: proclamar el Evangelio
¿Qué significa esto? Quizás cuando a ti te hablan de que el Señor te puso en el ministerio, tú piensas: “Sí, el Señor me puso a mí en el ministerio de adoración, me puso a mí en el ministerio de la diaconía, me ha puesto en el ministerio de los niños, me ha puesto en el ministerio de escuela bíblica”. Todos son departamentos de la iglesia, pero el aspecto más básico del ministerio cristiano es el servicio al Señor que todos nosotros compartimos, que es dar testimonio del Evangelio.
Alguien me dice: “Pero es que yo todavía no estoy en ningún ministerio”. ¿Cómo que no? Tú estás en el ministerio de dar testimonio del Evangelio. Lo más básico que todo cristiano hace para el Señor es dar testimonio del Evangelio. Dice asimismo Segunda de Corintios, capítulo 5, versículo 18:
Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación.
— 2 Corintios 5:18
Que Él nos ha reconciliado a nosotros con Dios y nos ha dado a nosotros el ministerio de la reconciliación, reconciliar a los hombres con Dios. Hermano, vengo a decirte que sin importar el departamento de la iglesia en el cual tú trabajes, el ministerio más básico que tenemos todos los cristianos es la proclamación del Evangelio. La Gran Comisión no fue dada a unos dejando a otros: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio”. No lo recibieron unos y se obviaron otros. Todos nosotros estamos llamados a participar en el ministerio de la proclamación de la palabra.
Y cuando Pablo hablaba acerca de su ministerio, regularmente estaba hablando del privilegio que tuvo de poder predicar el Evangelio. ¿A qué te refieres, Pablo, con ministerio? Principalmente a eso, hermano: que Pablo tiene el privilegio de proclamar el Evangelio.
Algo que he visto es que la salvación se evidencia en varias cosas. Cuando una persona ha sido salva, encuentra varias cosas. Entre lo que encuentra está que encuentra una nueva capacidad para hacer la voluntad del Señor, o sea, más regeneración. Una gente, cuando el Señor le ha salvado, siente como que puede mover los brazos espiritualmente hablando, siente como capacidad, siente libertad para hacer la voluntad del Señor. También siente un deseo de hacerlo, siente una pasión por hacerlo, tiene una conciencia tranquila, una conciencia de que está limpio ante el Señor.
Pero algo que he visto consistentemente es que cuando una persona realmente ha sido salva, tiene un anhelo que sale como de dentro suyo de dar testimonio por Cristo.
Ejemplos bíblicos de testimonio inmediato
Hermanos, diferentes personas que se encontraron con el Señor hicieron lo mismo. Quiero relacionar que una persona, en el momento que una persona fue salva, tiene que tener esa pasión de dar testimonio por el Señor. Y quiero hacerlo desde las Escrituras. Algo que he visto es que cuando una persona realmente ha sido salva, tiene algo que le sale de adentro suyo, que no se puede quedar callado. Hermano, tiene que dar testimonio de Cristo. No significa que pueda predicar un sermón, no significa que sea un gran maestro, no. Significa, hermano, que él no puede quedarse callado; él tiene que dar un testimonio de su Maestro. Ya es un asunto espiritual.
Salvación en momentos extremos. Yo le he mencionado ese caso, un caso de salvación que yo encontré extraordinario por el momento en que sucedió: fue cuando Cristo estaba en la cruz. En la cruz, ahí hubo un ladrón de los dos que fue salvo, y ese ladrón que estaba ahí en la cruz, cuando fue salvo, algo que hizo inmediatamente fue que dio testimonio de Cristo. Y uno dice: ¿cómo sucedió? A mí me llama la atención eso, hermano; estaban crucificados, estaban ahí hablando entre ellos, y uno le pregunta, dudando, y dice: “Si tú verdaderamente eres el Hijo de Dios, bájate de aquí, sálvate”. Duda.
Pero hay otro ladrón en el cual el Señor está obrando salvación, y ese ladrón que está ahí, lo que dice es esto. Dice la Escritura:
Y uno de los malhechores que estaban colgados le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros. Respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación? Y nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos; mas este ningún mal hizo.
— Lucas 23:39-41
¿De dónde le sale esto a un ladrón? ¿De dónde sale que defienda a Cristo? Esta multitud está ahí crucificándole, y tú también estás siendo crucificado por la multitud, ¿y de dónde te sale a ti defender a Cristo? Quizás no se pueda explicar todo lo que está sucediendo, pero lo que está sucediendo es que en su corazón está el Señor obrando algo que se llama salvación, y cuando el Señor obra salvación verdaderamente en el corazón de alguien, definitivamente esa persona tiene que abrir su boca a favor del Señor.
No me pregunten de dónde le salió, porque yo sé; no salgan a buscar la respuesta: lo que pasa es que cuando el Señor opera salvación, inmediatamente hay testimonio en la boca. Este dijo: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos”. Hermanos, eso es salvación, es lo que está sucediendo: esa conciencia de pecado. Eso lo hace el Espíritu Santo. Es más, para que una persona tenga salvación tiene que suceder esto; dice que el Espíritu Santo convencerá al hombre de pecado, de justicia y de juicio. ¿Y quién ha convencido a este ladrón que está aquí crucificado junto al Señor? El Espíritu Santo, llevándole a un punto tal que él reconocía su propio pecado.
Mujer samaritana, Pedro, Juan y el impulso de hablar
El otro estaba poniendo en dudas, que es lo que hace el incrédulo: siempre poner en duda la deidad de Cristo, el poder de Cristo. Pero en este que está aquí está operando el Espíritu Santo en su corazón, a un punto tal que abre la boca para defender a Cristo, y él reconoce su propio pecado, diciendo: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos”. Dice que la mente del hombre natural es una mente cauterizada, una mente que no siente. Cuando tú llegas a tener una conciencia de tu propio pecado, significa que el Señor operó en ti, porque reconocemos: “recibimos lo que merecieron nuestros hechos”.
Hoy, este hombre está confesando su pecado ahí, en la cruz. Y aquí, en los códigos, está confesando de Cristo: “Mas este ningún mal hizo”. Yo no he conocido a una persona que verdaderamente sea salva y no tenga que abrir la boca por su Maestro. Son cosas, hermanos, que vienen como de la mano.
Les pongo un caso: la mujer samaritana estaba ahí debatiendo con el Señor, y el Señor hizo obra en ella. Había, hermano, en ella una obra que se estaba haciendo. Esta mujer samaritana, cuando regresó, dice la Escritura:
Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres: Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?
— Juan 4:28-29
Cuando el Señor opera salvación en el corazón de un hombre, necesariamente el hombre tiene que ministrar para el Señor, tiene que servir para el Señor, tiene que testificar por el Señor.
Pedro y Juan, hermano, la gente no quería que Pedro y Juan hablaran. Dice la Escritura:
Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. Mas Pedro y Juan respondieron, diciéndoles: Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.
— Hechos 4:18-20
Hermano, el Señor te ha alcanzado con salvación, Él te puso en el ministerio. No estés esperando que te den un reconocimiento especial, que te “pongan”. Lo más básico que tenemos todos los cristianos que hacer es dar testimonio de Cristo.
Felipe. Felipe, el Señor obró salvación en él, y halló a Natanael y le dijo:
Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret.
— Juan 1:45
Testificar de Cristo ya es un asunto natural en nosotros. El Señor te salvó para que le sirvieras, el Señor te salvó para que dieras testimonio en nombre suyo.
El privilegio de anunciar lo que ni los ángeles anuncian
También les diré que dar testimonio en el nombre de Dios es el más alto privilegio que tenemos los hombres. Es más, los ángeles han estado desde la creación del mundo dando mensajes en nombre del Señor. Miren, cada vez que el Señor necesitó dar un mensaje a los hombres, mandó un ángel. Cada vez; eso es consistente desde Génesis hasta Apocalipsis: cada vez que el Señor quiso dar un mensaje, mandó un ángel. Es más, “ángel”, ángelos, significa precisamente “mensajero”. Y estos que tienen miles de años sirviendo al Señor como mensajeros, ellos quisieron que se les diera la oportunidad de dar el mensaje de salvación y les dijeron que no.
Dice Pedro que los ángeles desearon anunciar estas cosas y a ellos no se les dio el privilegio. Dice:
…cosas en las cuales los ángeles anhelan mirar.
— 1 Pedro 1:12
Hermano, ministrar el mensaje de salvación del Señor es el privilegio más grande que podemos tener los cristianos. Cuando Pablo dice: “Doy gracias al que me fortaleció, Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio”, lo que está diciendo es que el Señor me consideró a mí digno para dar el mensaje de salvación. Usted lo duda todavía. Mire, nosotros fuimos reclutados principalmente por el Señor para que diéramos testimonio.
Te pongo un ejemplo: un guardia puede tener especialidad: “Yo soy guardia y yo soy médico”. Ah, usted es guardia, médico, muy bien. “Yo soy guardia y yo soy abogado”. ¿Verdad? Un guardia. Pero usted sabe lo básico que usted hace: que usted milita, usted es guardia. ¿No me puede entender? O sea, tengo un guardia abogado, tengo un guardia médico, tengo un guardia con cargos diferentes, un guardia ingeniero, pero es guardia; eso es lo primero. Usted puede ser un cristiano que haga esto, un cristiano que haga lo otro, pero lo básico que hace un cristiano es servir al Señor en el ministerio de proclamar su Evangelio, de proclamar la buena noticia.
Para cerrar el punto, hermano, mire qué dice Pedro. Dice el apóstol Pedro en Primera de Pedro, capítulo 2:
Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable.
— 1 Pedro 2:9
Contra la “fe privada”: todo cristiano milita
Hermano, el principal ministerio, el principal llamado de todo cristiano, es el ministerio de la proclamación del Evangelio. Nosotros fuimos llamados para eso; se nos ha dado el privilegio para que lo hagamos. Mire, un cristiano verdadero tiene necesariamente que ser un cristiano militante. Este asunto de lo que nos ha caído, de un cristiano como el que vive la fe en su esfera privada: “Lo que pasa es que yo no tengo ese ministerio, yo no tengo ese llamado, yo soy un cristiano privado, a mí no me gusta, yo trato de no crear controversia, tú sabes que a mí no me gusta…” Hermano, eso no existe. Un cristiano, o milita, o milita.
¿Cómo van a ser ricas que estén ofendiendo a tu Maestro al lado y tú te quedes callado? ¿Cuál fue el problema de Pedro cuando negó al Señor? Que le preguntaron: “¿Y tú no eres de los de ellos?” No es que yo sea de los cristianos callados, tú sabes… Cantó el gallo ahí, testificó la verdad. Un cristiano milita. Es más, dice la Escritura que si nosotros testificamos a Cristo delante de los hombres, Él dará testimonio de nosotros delante de su Padre celestial. Aquel que se queda callado y que no abre su boca por el Señor no es digno de Él.
Les digo, hermano, estoy en contra de esta “fe privada”, esta fe de que “sí, tú sabes que yo voy a mi iglesia el domingo y después, toda la semana, como que tú no pareces un cristiano”. Eso que decía, según algunos, San Francisco de Asís, que “predica todo el tiempo y, si es necesario, usa las palabras”, como que tú tienes que tener un buen testimonio cristiano, tienes que actuar, pero no abras la boca, y si es necesario, tú la abres. Hermano, usa la boca, usa las manos, úselas, pero de estar diciendo: “No, no, yo soy un cristiano, pero tú sabes, yo espero que la gente vea mi testimonio, yo espero que ellos sepan que soy un cristiano, que yo no hago nada…” Hermano, abra la boca, por favor.
El Evangelio significa “buenas noticias”. La noticia se proclama. Imagínese usted a Nuria Piera o a cualquier presentador de noticias que se quede callado dando la noticia ahí. No, hermano: hable, hable. Esa frase: “Predica todo el tiempo y, si es necesario, usa la palabra”… No, hermano: úsela, hable. Diga algo a favor de Cristo, milite.
Ilustración del noviazgo y la vergüenza de confesar a Cristo
¿Es que acaso se avergüenza del Señor, se avergüenza de decir que es un cristiano? Tenía un compañero de trabajo que tenía una novia, y esa muchacha militó para buscarlo. Ella estaba interesada en el muchacho y le llevaba regalos y demás, pero él como que no, él era muy tímido, esta gente muy tímida. Pero la muchacha sabía que él estaba… tenían un proyecto. Entonces tenían como un amorío nuevo, la gente estaba como “estamos aquí”, pero… Y tenían unos cuantos meses en ese asunto.
Entonces los compañeros de trabajo lo veíamos, pero él estaba como ahí tímido. Nosotros acostumbrábamos a desayunar juntos, ahí en una cafetería que había al lado, y cuando estábamos en la cafetería, está la muchacha, porque estaba lleno, y van juntos. Y uno de los muchachos le preguntó: “Fulano, ¿y qué es lo que ustedes son?” Y él, hermano, se puso rojo; él era blanco, blanco, blanco, y se puso rojo, rojo. Y él dijo: “Bueno…” Entonces la mira a ella y nos mira a nosotros, y la mira a ella y nos mira a nosotros. Dice uno de los muchachos, usted sabe, toda esta gente imprudente, como que no les da nada preguntar, y le preguntan: “No, sí, que qué es lo que ustedes son”. Él la mira a ella y nos mira a nosotros. Ella respondió, dijo: “No, ¿vio?, que nosotros somos novios. Eso es lo que somos”.
Hermano, yo le pregunto: ¿usted qué es? ¿Es cristiano? ¿Es cristiano? Dígale a la gente: “Yo soy cristiano evangélico. Mira, yo milito por el Señor, yo he aceptado el Evangelio y yo he aceptado la buena noticia. No me avergüenzo del Evangelio porque es poder de Dios”. El Señor no me llamó para ponerme en el banco; me llamó para ponerme en el ministerio de la proclamación del Evangelio.
Algunos me dicen: “Pastor, es que yo soy muy tímido”. Hermano, nadie que tenga más de cinco selfies en Instagram es tímido. “Es que yo soy tímido, a mí no me gusta que la gente me vea mucho”. Si usted tiene más de cinco selfies juntos, tímido usted no es nada.
Romper la timidez y vivir como real sacerdocio
Vamos a tumbar este asunto en este año, hermano. Nadie que tenga más de cinco selfies en las redes sociales me puede decir que no puede abrir su boca por Cristo. Tímido no es. Lo que pasa es que está llamando la atención hacia sí mismo; llame la atención hacia Cristo.
De nuevo, hermano, quiero animarles a que entiendan que el Señor te salvó para ponerte en el ministerio de la proclamación del Evangelio. No es que me llamó para que me congregara en mi iglesia, para que viviera la fe en el ámbito privado. No, hermano, el Señor necesita que demos testimonio en su nombre: real sacerdocio, nación santa, pueblo escogido del Señor, para que anunciemos las virtudes de aquel que nos llamó de las tinieblas a su luz admirable.
Las tres grandes cosas que el Señor hizo por Pablo fueron esas: dice que el Señor le fortaleció, que el Señor le tuvo por fiel y que el Señor le puso en el ministerio, y eso lo tiene como el más alto privilegio. Ahora Pablo cambia y dice: “Ahora déjenme decirles lo que yo era antes de Cristo”. Hermano, tome esto como si te toque escribiendo a ti, porque la verdad es que todos los seres humanos se parecen mucho. La gente piensa que es muy distinta y piensa que es muy particular; la verdad es que el ser humano, casi todo el mundo, es lo mismo, y lo que era el apóstol Pablo antes de venir a Cristo, en gran medida lo fuimos nosotros también.
Decía el apóstol: “Habiendo yo sido blasfemo, perseguidor e injuriador”. Son tres cosas que dice Pablo: “Así yo me describo”, decía él, antes de que el Señor mostrara hacia mí su misericordia, antes que el Señor me fortaleciera, antes que me tuviera por fiel, antes que me pusiera en el ministerio. Dice el apóstol Pablo: “Yo era, en primer lugar, un blasfemo”. Un blasfemo es alguien que, con palabras o acciones, desmerita al Señor y irrespeta el carácter o las obras de Dios. Eso es un blasfemo: una persona que con sus palabras o con sus acciones irrespeta el carácter o las obras de Dios.
Eso eran muchos de ustedes, hace, acaso, un año, acaso dos años, acaso cinco: un grupo de blasfemos éramos todos nosotros. ¿Qué es blasfemia? ¿Cómo se manifiesta la blasfemia? Negando la obra de Dios operar en los creyentes. Tú decías eso: “Mira, eso de que son cristianos, eso es un grupo de simuladores y mentirosos, esos que se creen…”. Hay gente que niega la obra del Señor en uno; eso se llama blasfemia: cuando tú niegas que el Señor realmente ha operado en una persona para salvación y que ha santificado su vida y que la ha regenerado. Estás blasfemando, estás negando el carácter de Dios y la obra operada en una persona.
Blasfemia, persecución e injuria contra la iglesia
En eso participan todos los hombres sin Cristo. Hablar con ligereza sobre cosas que desconoce, eso es blasfemia. Hay muchas personas que citan las Escrituras y dicen “porque la Biblia dice”, y es mentira, tienen tres o cuatro versículos mal usados, siempre tanto, tirando los mismos versículos: “No, porque tú sabes que esto, tú sabes que lo otro, y controversias…” Eso es blasfemia. Las Escrituras son Sagradas Escrituras, y hablar de las Escrituras con ligereza, eso es pecado.
Andar buscando en la Biblia cualquier cosa para sacarla por los moños y para usar las Escrituras, usar la palabra de Dios para ofender a Dios, hermano, eso es un despropósito muy grande; eso se llama blasfemia. Y muchos de ustedes estaban ahí hace poquito tiempo. Han vivido aquello que dicen: “No, porque Dios es así…” ¿Y cómo tú sabes que Dios es así? Eso es blasfemia también. ¿Tú conoces a Dios? ¿Y qué haces tú describiendo a Dios? Hay que ser cuidadoso al hablar de la deidad.
También, aquello que exagera las faltas de la iglesia del Señor para permanecer en su rebeldía, y los que se burlan de las cosas espirituales. Ustedes lo han visto. Han visto la gente que se burla del culto cristiano, de la oración de los cristianos, de la santidad; se burlan de eso. “Ah, entonces tú vives en santidad, tú vives que tú vives que tú no haces aquello y lo otro. Haz tú a ver…”, y le ponen canciones, y se burlan. Eso es blasfemia.
Pablo dice: “Yo era un blasfemo, yo con mis acciones y con mis palabras negaba la obra de Dios”. Pero también él dice: “Yo era un perseguidor. Yo impedía el avance de la iglesia”. Y tú dices: “No, yo no era perseguidor”. Mire, dice el Señor que el que conmigo no recoge, desparrama. Y si tú no estabas edificando a favor del Señor, estabas destruyendo.
Pero me detengo aquí: dice Pablo: “Yo era un injuriador”. Uno casi no usa esa palabra en el español llano, eso es casi una palabra poco usada: un injuriador. Pero un injuriador es alguien que tiene un desprecio arrogante hacia algo, es como que habla de algo como que él está por encima. ¿Cuántos de ustedes anteriormente no tenían un desprecio arrogante hacia las cosas espirituales, hacia las cosas del Señor, y hablaban de los cristianos, hablaban de la iglesia como: “Ah, esos son los cristianos, esa es la iglesia…”? Ese desprecio arrogante, esa injuria, dice el apóstol Pablo: “Yo antes era un injuriador”.
Pero también hay otra acepción del término, que es alguien que maltrata a otro por gusto. Hay gente, hermano, que ataca a la iglesia del Señor y a los cristianos. Yo me pregunto: ¿Tú qué tienes en contra de los cristianos? ¿Por qué?
Ignorancia vs. soberbia en el pecado
Han visto a esas personas que la emprenden contra el cristiano solamente por hacerlo. Yo tengo un conocido que, hermano, donde quiera que está, su conversación es sobre eso. Las redes sociales de él, uno mira el muro, y eso lo abre, y eso es solamente profundamente anticristiano. Tú le dedicas al cristianismo un tiempo que ni siquiera yo, y yo soy el pastor de una iglesia, estoy dedicando. Él toma tiempo que yo no tomo.
Pero ese tipo de persona que emprende contra la iglesia, contra el cristianismo, como de gratis… Yo le pregunto: “¿Pero qué es lo que te pasa? ¿Por qué no dejas al cristiano ser?”. Es que son injuriadores, hermanos, son personas que lo hacen de pura gana, porque “me voy a enfrentar”, y le dedican a esto una energía, son militantes en este asunto.
Ahora, el apóstol Pablo dice aquí un atenuante, yo tengo que explicarlo. Dice: “Mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia”. Él lo dice así mismo: “Yo era un blasfemo, un perseguidor, un injuriador; mas fui recibido a misericordia porque lo hice por ignorancia”.
¿Y qué significa esto? Es que es más grave hacerlo con conocimiento. Es más, en la ley del Antiguo Testamento la ley cubría pecados que eran pecados que se describen así mismos: eran pecados por yerro. La gente casi nunca analiza eso, porque esos sacrificios del Antiguo Testamento eran sacrificios para pecados que no eran premeditados, que no eran pecados con conciencia, sino que cuando la gente hacía algo por descuido.
Por ejemplo, dice Levítico, capítulo 4:
Habló Jehová a Moisés, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguna persona pecare por yerro, en alguno de los mandamientos de Jehová sobre cosas que no se han de hacer, e hiciere alguna de ellas… ofrecerá un becerro sin defecto por expiación…
— Levítico 4:1-3
Si toda la congregación de Israel hubiera errado, y el yerro estuviera oculto a los ojos del pueblo, y hubieran hecho algo contra alguno de los mandamientos de Jehová en cosas que no se han de hacer, y fueran culpables, luego que llegue a ser conocido el pecado que cometieron, la congregación ofrecerá un becerro por expiación. Pero eso no era para el pecado deportivo, el pecado que la gente hace, que yo sé que ofende a Dios y lo hago. En Israel la gente no debía anhelar pecar, y si pecaba por error, entonces el Señor cubría eso.
Más luz, más responsabilidad
Había otra forma de pecar que se llamaba pecar con soberbia. Está en Números, capítulo 15, dice:
El nacido entre los hijos de Israel y el extranjero que habita entre ellos, una misma ley tendréis para el que hiciere algo por yerro. Mas la persona que hiciere algo con soberbia… ultraja a Jehová; esa persona será cortada de en medio de su pueblo, por cuanto tuvo en poco la palabra de Jehová y menospreció su mandamiento.
— Números 15:29-31
O sea, que había dos maneras de pecar: aquel que peca por ignorancia y aquel que peca con intencionalidad. Ese refrán popular que dice que “el que menos sabe, menos golpe lleva”, parece que tiene su sustento bíblico; no lo duden que tiene su sustento bíblico.
Dice el Señor en Lucas, hablando de un siervo:
Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no se preparó ni hizo conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes. Mas el que sin conocerla hizo cosas dignas de azotes, será azotado poco. Porque a todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará; y al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá.
— Lucas 12:47-48
O sea, que el Señor toma en cuenta a una persona que peca por ignorancia y aquel que peca con intencionalidad, con conocimiento. Por eso el pecado en la vida de los cristianos es algo tan lamentable, porque una cosa es el incrédulo que no ha sido fortalecido, el incrédulo que no ha sido regenerado, pero otra cosa es aquel que conociendo la voluntad del Señor, opera en contra de ella.
Dice el Señor: “Porque a quien se le ha dado mucho, mucho se le demandará, y al que mucho se le ha confiado, más se le pedirá”. Amigo que estás aquí, mi deseo es que ustedes sigan congregándose siempre a la iglesia, pero miren: mientras más ustedes escuchan las palabras del Señor sin tomar una decisión por el Señor, más ofenden a Dios. Aquel que conoce, dice la Escritura:
y al que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.
— Santiago 4:17
Estar conociendo la voluntad del Señor solamente como para fines culturales, para fines intelectuales, y no ser un practicante de la voluntad del Señor, es algo muy ofensivo. Es más, hermanos, eso es lo que condena. La gente es condenada no por su ignorancia, son condenadas porque vieron la luz y no procedieron.
Peligro de oír sin obedecer y abundancia de gracia
Decía nuestro Señor Jesucristo, para que ustedes vean lo que Él decía:
Si yo no hubiera venido, ni les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado.
— Juan 15:22
Conocer el Evangelio sin hacer lo que dice el Evangelio es muy peligroso. Más de Jesús, Él decía:
Jesús les respondió: Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; mas ahora, porque decís: Vemos, vuestro pecado permanece.
— Juan 9:41
El apóstol Pablo es lo que está diciendo aquí: “Yo antes hacía todas estas cosas, yo era un blasfemo, era un injuriador, era un perseguidor de la iglesia, pero es que yo lo hacía por ignorancia”. Miren, Pablo estaba sinceramente convencido de que perseguir a la iglesia era la voluntad del Señor. Y el Señor tuvo misericordia de Pablo. Más él dice:
Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret.
— Hechos 26:9
Pablo lo que está diciendo aquí: “Mi atenuante fue que era por ignorancia que yo lo hacía; yo estaba sinceramente convencido de que esa era la voluntad del Señor, pero el Señor me alcanzó a su misericordia”. Después él dice: “Lo hice en ignorancia, en incredulidad”.
Tengo que moverme al último punto, pero quiero decirles con esto, hermanos y amigos que están aquí: aquel que sabe hacer lo bueno y no lo hace, le es pecado. Es muy triste las personas que escuchan solamente la palabra del Señor y no tratan de poner la palabra del Señor por obra. Si usted ha escuchado el Evangelio, ha escuchado la predicación del Evangelio, el Evangelio sirve para dos cosas. La gente a veces piensa que uno predica el Evangelio solamente para salvación. No. El Evangelio se predica para dos cosas: se predica para salvación de aquel que cree, y también para condenación del que lo ignora.
Cuando personas reciben la predicación del Evangelio y se rebelan contra Dios, están ofendiendo más que aquel que no recibió el Evangelio. Por eso les diré: algo muy lamentable son las personas que escuchan la palabra del Señor y no proceden, porque al que mucho se le ha dado, mucho se le demanda.
Me muevo aquí al último punto, entonces. Dice el apóstol Pablo: “Pero la gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús”. Por eso es la gracia. Él dice también que “yo era un blasfemo, yo era un injuriador, era un perseguidor, pero la gracia del Señor fue aún más abundante”. También dice en otra porción de las Escrituras que:
donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia.
— Romanos 5:20
Fe y amor: frutos de la gracia en Pablo
La forma en que la gracia ocurrió en Pablo, ¿cómo fue? Dice, lo primero, que la gracia operó en fe. Fe significa una convicción. Yo prediqué de eso extensamente el año pasado: lo que significa fe cristiana. ¿Qué es tener fe en Cristo? Es creer que verdaderamente en Jesús se cumplieron las profecías, que verdaderamente Jesús es quien dijo que era, que Jesús de Nazaret no era un hombre normal, que era el Cristo. Eso se va cultivando. Pablo dice: “La gracia del Señor se manifestó en mí, permitiéndome entender que Jesús era el Cristo”, su fe.
Y, por otro lado, está la expresión de esa fe, que es actuar en consecuencia; se llama amor. Esas dos expresiones crean mucha confusión. La gente a veces piensa que fe es un asentimiento superficial, como que fe es creer solamente, como que si tú eres una persona que cree en cualquier cosa, tú tienes fe. No. Fe es creer que Jesús es el Cristo y fortalecerte en eso. Dice el apóstol Pablo: “Se manifestó en mí la gracia dándome fe”, y en segundo lugar: “Se manifestó en mí la gracia dándome amor”. Amor es vivir de acuerdo a lo que el Señor ha dicho que es bueno y que agrada; es la expresión natural de la fe.
Termino con lo siguiente: después que Pablo dijo que daba gracias al Señor porque le fortaleció, porque le tuvo por fiel, porque le puso en el ministerio, él termina con una doxología. Una doxa es una exaltación del nombre del Señor. Escuchen cómo Pablo terminó su expresión; esto es un canto en el original. Dice el versículo 17. Después que Pablo recordó la obra que el Señor había hecho fortaleciéndole, la obra que el Señor había hecho teniéndole por fiel, la obra que el Señor había hecho poniéndolo en el ministerio y la predicación del Evangelio, después que testificó cuál era su anterior condición como un blasfemo, como un injuriador, como un perseguidor, lo que éramos muchos de nosotros antes de venir al Señor, ahora Pablo cierra con una doxología, con una exaltación al Señor, y él dice de la manera siguiente:
Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.
— 1 Timoteo 1:17
Exaltación, gratitud y llamado a responder
Cierro con esto, hermano. La consecuencia natural de la predicación, la consecuencia natural de la teología, la consecuencia natural de recordar las verdades y la doctrina de Dios es la exaltación de su nombre. Si usted quiere saber si usted realmente está aprovechando la palabra del Señor, pregúntese lo siguiente: ¿La palabra del Señor está animando algo en mí? ¿Está avivando un fuego de agradecimiento hacia el Señor? ¿Está poniendo acción de gracias, está poniendo doxología? ¿Yo quiero resaltar más el nombre del Señor?
La consecuencia natural de recibir la predicación de la palabra del Señor es que hay adentro de nosotros un extenso motivo de acción de gracias. Uno vive para exaltar, para proclamar el nombre del Señor, uno vive para agradecer, uno vive para decir: “Al único y sabio Dios, el inmortal, el invisible, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén”.
Cierro, hermano, aquí. Tú no podías ser salvo por tus propios medios, tú no podías salir de tu anterior condición por tus propios medios. Por eso, la actitud natural de un cristiano hacia su salvación es decir: “Señor, gracias”. Ahí donde están, cierren sus ojos y permítanme darle las gracias al Señor por su palabra.
Mira aquí, Señor, nuevamente este pueblo congregado. Señor, mira a mis hermanos que recibieron esta salvación tan grande y quizá, Señor, por la costumbre la tienen descuidada. Mira que a ellos, Señor, tú lograste fortalecerles por tus méritos y no por los méritos de ellos, Señor, y quizás han olvidado este tesoro que tienen en su vida, que se llama salvación.
Permite, Padre, que al escuchar tu palabra expuesta y al escuchar el testimonio del apóstol Pablo, sientan el mismo ímpetu, Señor, el mismo celo, primero por valorar lo que tú has hecho por ellos y, de pronto, proclamar, Señor, estas cosas. Ay, Padre, aprovecho para pedirte por mi congregación, que quizás hemos pecado nosotros de pasividad. Permite que mis hermanos abran la boca para dar testimonio tuyo, que sean ministros, que sean servidores del Evangelio. Permite, Señor, que donde quiera que estén, lo mínimo, Señor, que digan: “Yo soy salvo por la gracia del Señor y yo soy un cristiano; no me avergüenzo de decirlo”.
Pon valor en nosotros, Señor, pon denuedo, pon esta fortaleza para testificar y hacer tu ministerio.
Llamado al arrepentimiento y bienvenida al pueblo de Dios
Mantén tus ojos ahí cerrados y aprovecho para orar por aquellos que no tienen todavía la convicción de que son cristianos, de que el Señor ha perdonado sus pecados, de que son salvos por fe y por la gracia. Si tú has escuchado la predicación del Evangelio y lo entendiste, eso es sobrenatural. Si has escuchado la predicación del Evangelio y te interesó, el Señor está obrando. Si has escuchado esta predicación y no te ha parecido esto una locura, sino que le encontraste, aunque sea muy en el fondo, algo de sentido, significa que el Señor te está regenerando.
Dice la Escritura que al hombre que se pierde le parecen estas cosas locuras. Si tú no eres de aquellas personas, significa que el Señor en ti está obrando. “Si oyeres hoy mi voz”, dice el Señor en su palabra. Si tú escuchaste la predicación del Evangelio y también quieres unirte a este pueblo, a este real sacerdocio, a esta nación santa, a este pueblo adquirido por el Señor, si quieres unirte a aquellos que, en vez de perseguir la iglesia, en vez de injuriar al Señor, en vez de blasfemar, anuncian las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable, es tan sencillo que le digas al Señor: “Señor, perdona mis pecados”.
Dile: “Señor, se ha manifestado, como el ladrón en la cruz, mi verdadera condición; yo puedo reconocer que yo merezco el castigo, pero apelo a ti y te digo: Señor, ten misericordia”. Pídele al Señor; haz una oración con tus palabras. Dile: “Señor, yo he escuchado que se ha predicado tu palabra, yo confieso que soy un pecador, y la misma obra que hiciste en el apóstol Pablo, que has hecho en todos estos cristianos, te pido que la hagas también en mí”.
Dice la Escritura:
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9
Si tú has orado esa oración con sinceridad, te doy la bienvenida al pueblo del Señor. El primer testimonio que un cristiano da de su fe, enseñando que no se avergüenza de Cristo, es ir a las aguas del bautismo y, públicamente, dar un testimonio de que verdaderamente es un cristiano. Yo te invito a que pronto te unas a nuestros talleres de membresía y que seas llevado a las aguas del bautismo.
Oro por toda la congregación: Señor, aumenta nuestro ímpetu por hacer el ministerio. Aumenta, Señor, nuestras ansias de abrir la boca a favor tuyo. Que seamos, Señor, mínimo como aquel joven que dijo: “Yo solamente sé que yo era ciego y ahora veo”.
Respondió él y dijo: Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo.
— Juan 9:25
Permite que este año nuestra gente tenga una fuerza renovada para tres ministerios, Señor, básicos que tenemos todos, que es predicar tu palabra. Gracias, Señor, por tus Sagradas Escrituras. En el nombre de Cristo nuestro Señor, amén.
Que el Señor les bendiga, hermanos, que el Señor les guarde. Nos veremos el próximo domingo para nuestro culto regular.