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Mensaje

La purificación del templo

Marcos 11:15-19

La realidad de nuestros días es que mientras tenemos un constante sacrificio de alabanzas, cada vez el pueblo está menos presente en la preparación y presentación de las mismas. Se ha profesionalizado la adoración, pero el conjunto, en vez de satisfacer al Señor, le desagradaba profundamente. El problema aquí no es tanto las cosas que sobran, sino las cosas que faltan.

Transcripción automática

Acompáñenme a la Sagrada Escritura. Estemos juntos en el Evangelio de Marcos, en el capítulo 11. Estaremos en los versículos desde el 15 y hasta el 19. Esa es la purificación del templo. Jesús purifica el templo.

Vinieron, pues, a Jerusalén, y entrando Jesús en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo. Y volcó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas. Y no consentía que nadie atravesase el templo llevando utensilio alguno. Y les enseñaba diciendo: «No está escrito: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones. Mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones.» Y lo oyeron los escribas y los principales sacerdotes, y buscaban cómo matarle, porque le tenían miedo, por cuanto todo el pueblo estaba admirado de su doctrina. Pero al llegar la noche, Jesús salió de la ciudad.

— Marcos 11:15-19

No se apresure a concluir

Esta es una porción relativamente bien conocida de los evangelios. Al leerla, quisiera primero advertirles de que no se apresuren a tomar una conclusión. Es muy fácil pensar, «yo lo conozco, yo sé lo que estaba pasando.» Es muy fácil identificarse con el sentimiento del Señor y decir, «eso está mal, muy bien hecho.» Si nos quedáramos solamente en los aspectos superficiales del texto, sería muy fácil concluir así. Sin embargo, quisiera llevar hoy la atención de la iglesia a asuntos mucho más profundos, tomando en cuenta de que esto no es un momento, sino que es la cúspide de un alargado proceso de deterioro. Probablemente al día de hoy tu iglesia no se vea así. Muy probablemente al día de hoy tu vida espiritual tampoco se ve así. Quizás no estamos en una situación tan gravosa como estaban ellos. Sin embargo, hermanos queridos, ahí se llega.

Quisiera advertirles de que no se enfoquen solamente en los asuntos externos. Es fácil concluir diciendo «ahí sobraban algunas mesas, ahí sobraban algunas gentes, no se debió permitir que los discípulos que vinieron al templo hicieran de la casa del Señor, que debía ser casa de adoración para todas las naciones, una casa de mercaderes, cueva de ladrones.» Sin embargo, hermano, el problema aquí no es tanto las cosas que sobran, sino las cosas que faltan. Es una tentación exagerar este texto y decir, «sí, ese era el problema, estaban los utensilios, ¡qué hacía el Señor con esos utensilios, que no salga nadie en la mano!» No es ahí que está el problema más gravoso. Quisiera llevar la atención de la iglesia a que consideremos el problema del corazón. No es tanto los utensilios que sobran, es sobre todo la actitud que falta.

Dice nuestra introducción que la realidad de nuestros días es que mientras tenemos un constante sacrificio de alabanzas, cada vez el pueblo está menos presente en la preparación y presentación de las mismas. Se ha profesionalizado la adoración, se adora en cantidad mucho más que antes, pero al mismo tiempo, mientras se hace con más utensilios, mientras se hace con más medios, tristemente, lastimosamente, mientras tenemos más instrumentación, mientras tenemos más calidad, mientras tenemos más gente involucrada, al mismo tiempo va menguando nuestra pasión por el Señor, va menguando la preparación de la ofrenda, vamos delegando la responsabilidad en adoradores profesionales que se aseguran de que todo técnicamente esté donde debería de estar.

Quizás, hermano, a usted no le pasó por la mente antes de salir de su casa si acaso usted iba a adorar o no iba a adorar. Usted entendió que aquí estaban las cosas dadas para que haya un tiempo de adoración. Probablemente usted se levantó de su cama y lo mínimo que pasó por su mente es que había que prepararse para adorar al Señor. Usted entendió que se prepararían aquellos adoradores profesionales que estarían dirigiéndonos en alabanza. La experiencia recuerda peligrosamente el estado de los sacrificios cuando entró Cristo a purificar el templo. Eran constantes y muy abundantes, administrados por sacerdotes profesionales y facilitados por mercaderes que proveían al pueblo de todo lo necesario para los correctos sacrificios. Pero el conjunto, en vez de satisfacer al Señor, le desagradaba profundamente. Por lo que una de las cosas que hizo en su última visita a Jerusalén fue purificar el templo.

Hoy veremos, en primer lugar, la paciencia de nuestro Señor, que aún sintiendo desagrado puede soportar por años aquello que le ofende. Veremos también la manera en que el templo fue purificado. Y también veremos la reacción que tuvo al respecto el pueblo, sí, pero sobre todo los sacerdotes y los escribas. Me gustaría hacer un parangón entre la adoración en tiempo de Cristo y lo que podría estar pasando en nuestra adoración.

La paciencia del Señor

Estamos en la semana final de nuestro Señor en esta tierra. Es quizás la última visita que él estaría haciendo al templo, a Jerusalén, a la Santa Ciudad. Nuestro Señor con toda seguridad anteriormente había visitado el mismo templo. Si pudiéramos ponerlo en un calendario, quizás es lunes y él moriría dentro de unos días. De hecho, en esta última visita no fue la primera vez que él se apersonó al templo. Si ustedes leen el versículo 11 del mismo capítulo 11, cuando se habla del día anterior, dice: el Señor entró Jesús en Jerusalén y en el templo, y habiendo mirado alrededor todas las cosas, como ya anochecía, se fue a Betania con los doce. O sea, que el Señor justo el día anterior había entrado al templo.

Algo que me llama la atención, y es lo que quiero exponerle inicialmente, es la paciencia que puede mostrar nuestro Señor a aquellas cosas que a él profundamente le desagradan. No estamos hablando aquí de un hombre que está fuera de sus cabales, que al ver las cosas grandes o pequeñas siente un ardor interno que le hace reaccionar. Estamos hablando del señor del templo que puede visitar el templo el día anterior, considerar la condición del templo y asimismo irse a Betania a dormir. De hecho, nuestro Señor soportó esta situación no solamente por un día, él la soportó quizás por cuatrocientos años. El último profeta, Malaquías, habló acerca de la condición del templo y se quejó en nombre del Señor acerca de la imperfección de los sacrificios. Cuatrocientos años después, aquí tenemos al Señor de nuevo purificando el templo.

La gente dice, «¿qué pasó durante los cuatrocientos años de silencio entre Malaquías y Cristo?» Lo que pasó durante cuatrocientos años de silencio es que el Señor soportó pacientemente la imperfección de los sacrificios que a él no le eran agradables. De hecho, este mismo templo es esperable que fuera soportable por el Señor. No era el templo original. La estructura original del templo como se menciona en el Antiguo Testamento era una estructura mucho más sencilla. Esta es una reconstrucción helénico-romana hecha por Herodes que poco tenía que ver con el diseño original. Era una estructura mucho más grande, era mucho más preciosa, tenía materiales que brillaban a la distancia: oro, bronce. Tenía, por ejemplo, tres patios adicionales que no estaban en el diseño original. Y uno podría mirar esto en su conjunto y decir, «eso es aborrecible delante del Señor, el Señor ahí no va a entrar.» Hermano, tenga cuidado, porque durante cuatrocientos años el Señor lo soportó. El día anterior lo vio y lo soportó. Y aunque este no era el templo original, de todos modos, él seguía soportando todas estas cosas.

A pesar de que no fuera este el templo original, a pesar de todo lo que había sucedido aquí, así mismo cuando fue un niño, fue presentado en ese templo y sus padres ofrecieron sacrificio. Aun así, con todas las imperfecciones que ustedes pueden encontrar, y que estaba soportando, una viuda en un momento vino y ofrendó en ese templo y el Señor recibió la ofrenda de la viuda, aun con toda la corrupción que había en ese lugar. En algún momento Zacarías entró al santuario y ahí le encontró el ángel del Señor para decirle que su oración iba a ser contestada. Aún así, en ese templo, en un momento siendo un adolescente, el Señor le visitó y llegó a interactuar con los maestros de la ley siendo un niño en el mismo templo. Y ahora, al final de su ministerio, él viene y entra el día anterior, encuentra lo que no debía encontrarse, se retira y duerme.

Lo que quiero llamar la atención, hermanos queridos, es acerca de la paciencia de nuestro Dios. Y con esto quiero proclamar el carácter de mi Dios, que mi Dios puede ser un Dios muy paciente, pero al mismo tiempo puede ser un Dios muy justo. Y el hecho de que Dios durante una temporada completa nos esté soportando, no significa que nuestro Dios nos esté aceptando. ¿Cuántas son las personas que bien pudieron decir, «si este templo durante cuatrocientos años ha estado en una abierta corrupción, parece que al Señor no le molesta tanto»? Sí le molestaba y lo toleró.

Quiero decirle a la congregación aquí reunida que la intervención de Dios tiene su día. Y quizás tú puedas decir en este momento, «todo es acepto, todo es normal, el Señor esto nunca le ha molestado.» Hermano, todo tiene su día. Y tarde o temprano el Señor intervendrá. Ahora, al mismo tiempo quiero invitar a mi iglesia a que no se tome la demanda. Que las mesas, hermano, no sean volteadas ahora mismo, no significa que estén siendo agradables delante del Señor. Y llámale por mesa a tu corazón, llámale por mesa a tu iglesia local, llámale por mesa a la cristiandad, a cualquier asunto que ha sido dispuesto para la adoración del Señor, comenzando por nuestra vida: debería ser agradable. Y que en este momento no seamos consumidos no significa que nuestro Señor nos esté aprobando. Dice en el versículo 11 que el Señor entró a Jerusalén, que entró en el templo, que miró lo que había en el templo, que miró todas las cosas alrededor, pero como ya anochecía se fue a Betania. Si aquí hay alguien que ha pretendido tener una relación con Dios y piensa que está haciendo a secto, quizás tu Dios está durmiendo en este momento porque tu imperfección no le quita a él el sueño, pero tarde o temprano el Señor vendrá y volteará las mesas.

Sigue adorando mientras el Señor resuelve

¿Qué podemos aplicar de esta primera parte, hermano, al respecto de la paciencia del Señor? Lo primero que yo quisiera que ustedes apliquen es que mientras mejore la situación de la adoración en su conjunto, nosotros nos mantengamos adorando. Es una gran tentación decir, «yo no estoy de acuerdo con ese aspecto de la iglesia local, no estoy de acuerdo con ese aspecto de la adoración y por eso me disculpo y me quedo en mi casa.» Hermano querido, mientras se resuelva el problema del santuario, tu Dios está esperando que tú adores. De hecho, a veces el Señor reta nuestra devoción permitiéndonos adorar en un pueblo que no tiene necesariamente las mismas convicciones que tienes tú, que no tiene necesariamente el mismo ardor en su corazón que tienes tú. El Señor quiere que tú le adores aún en medio de la mayor corrupción. No significa esto que nos hagamos de la vista gorda. Lo que significa esto, hermano querido, es que la corrupción de los otros no debería limitar tu adoración delante del Señor. Así como la viuda fue recibida, si tú tienes quejas abiertas en este momento, probablemente el Señor a ti te sigue recibiendo.

No desesperemos, iglesia, por el estado de las cosas. Tengamos nosotros el corazón apropiado. Yo encuentro el día de hoy creyentes piadosos enardecidos por el estado lastimoso en que se encuentra la iglesia evangélica. Lamento la situación que está ocurriendo. Hay gente que dedica gran parte de su vida a estar mirando información, noticias, canales de YouTube al respecto de las corrupciones que hay aquí y las corrupciones que hay allá. Hermano, ni tú ni yo vamos a poder sacar la corrupción de la cristiandad. Nosotros podemos sacarla de nuestro corazón y entender que a pesar de todas estas cosas, todavía el Señor nos está aceptando. No desespere, lo que le quiero decir. Si el Señor vino el día anterior y no volteó ninguna mesa, hermano, él tiene día, él tiene agenda. Si fueras tú el que llegas, en tu cólera, tú volteas la mesa y te quedas durmiendo en el templo para que nadie vuelva al templo a entrar. Dice que al final lo que hizo el Señor —estoy en el versículo 19— «pero al llegar la noche, Jesús salió de la ciudad.» Después que purificó el templo dejó eso así y muy probablemente al otro día regresaron los sacrificios, regresaron las palomas, regresaron los cambistas y todo volvió a donde mismo estaba, hermano.

El mensaje aquí es para nosotros, no necesariamente para ellos. Nosotros no somos revolucionarios reformadores que queremos que la cristiandad esté completamente acepta para comenzar a adorar. Nosotros tenemos que aprender a adorar en situaciones donde no necesariamente la devoción colectiva está en el mismo momento. Hagamos tú y yo para la gloria del Señor. Ten cuidado con el alarmismo, pues podrías estar tomando tú el lugar de Dios o siendo tú el foco de atención. El problema del alarmismo está en que cuando a ti te gusta tocar la trompeta y tocar la campana, probablemente, hermano, estás tú tomando el lugar de Dios. Tu Dios no puede ser engañado. Él no puede ser burlado. Él conoce el corazón de cada quien. Él conoce lo que hay en el mío y conoce lo que hay en el tuyo. De hecho, dice la Escritura, hermano, que saquemos nosotros primero la viga de nuestro ojo antes de buscar la paja en el ojo de nuestro hermano. Yo no quiero llamarte a ti a que revoluciones la cristiandad, yo quiero invitarte a ti esta tarde, este mediodía, a que revoluciones la adoración al Señor en tu propio corazón. Lo único que para mí es sancionable, hermano, es mi corazón. Como muchos, puedo animar a mi iglesia local, pero nosotros no estamos llamados a sacar toda la imperfección para comenzar a adorar. En lo que eso se resuelve, esperemos el día del Señor, pero al mismo tiempo continuamos adorando.

Es indicativo el hecho de que aquí no hay ningún discípulo de Cristo volteando ninguna mesa. Yo veo que Cristo entró y dice él: «vinieron,» en plural, «vinieron pues a Jerusalén, y entrando Jesús en el templo, comenzó él a echar fuera a los que vendían y compraban en el templo.» Es él que echa, hermano, no nosotros. Yo no veo aquí a Pedro diciendo, «déjame voltear una, Señor, espérate que yo volteo esta.» No, hermano, es el Señor que voltea las mesas. Yo quiero invitar a la iglesia que mientras refina su propio corazón, en lo que revisa su propia adoración, entienda que nosotros no estamos llamados a perfeccionar toda la cristiandad. Habrá desórdenes en diferentes lugares, habrá escándalos en otras partes, pero por favor, hermano, ten tú el corazón de la viuda que humildemente, en medio de la corrupción de todo lo demás, ella llevó su ofrenda al Señor y el Señor la recibió.

El deterioro gradual del templo

Después de mostrar la paciencia del Señor, que él no es como nosotros —él no se desespera, hermano, él no se desespera, él se duerme; el Señor, mientras la corrupción seguía ahí, él estaba durmiendo en Betania; vino y purificó y regresó a dormir, hermano; nuestro Dios no puede salir de su elemento— muestro ahora la forma en que el Señor purificó el templo. Repito que esto no es algo puntual, es un proceso de deterioro largo. Lo que más a esto se parece es un lugar que se ha arrabalizado. ¿Han visto un lugar que primero ponen un negocio, después el otro, y lo que era una urbanización tranquila termina siendo un mercado? He visto fotografías de cómo era la avenida París y la avenida Duarte. Duarte con París, cuando eso se construyó, hermano, eran avenidas amplias. Habían aceras. Usted veía peatones caminando. Vaya hoy y usted encontrará lo que es el deterioro. Eso no funcionó de un día al otro.

Un día alguien dijo, «ven acá, pero por aquí la gente pasa, yo bien podría poner un negocito porque la gente come,» y puso un puesto de comida. Y alguien dijo, «pero si él tiene un puesto de comida, yo también puedo poner uno,» y puso otro al lado. Y alguien dijo, «ya que están vendiendo comida, quizá también necesiten el jugo, yo puedo proveer el jugo,» y puso un jugo. Y alguien dijo, «pero la gente se viste, vamos a ponerle ropa,» y puso un puesto de paños. Hermano, esto no es de cero a cien. La corrupción, como las cosas se dañan, es lentamente. A un punto tal que tú no lo notas. Es lo mismo que pasa con la adoración. No hay un día donde una iglesia se entregue como si fuera esto un mercado, hermano. Poco a poco vamos perdiendo la pasión por el Señor. Poco a poco vamos perdiendo el respeto de la casa del Señor. Poco a poco se nos olvida que lo más importante es el Dios al cual se adora en esta casa. Poco a poco se nos olvida que es más importante el corazón que el ritual. Y terminamos entregándonos al ritual y participando en asuntos que a Dios pueden ser muy aborrecibles. Pero no es de cero a cien. Es una temporada larga.

Es tan largo el tiempo que tú ni lo notas. Hay gente, hermano, que durante toda su existencia en el templo vio, por ejemplo, mercaderes y vio personas que cambiaban monedas en el templo. Ya no les molestaba porque crecieron con eso. En el espíritu de la ley, usted va a perder. Usted puede ganar, tener causa a favor suyo al respecto de lo técnico, pero el Señor está mirando el corazón.

Lo menos que quisiera yo es defender a los sacerdotes y a los escribas, pero yo podría decir, hermano, con toda seguridad, el lugar donde estaban los mercaderes era un lugar del templo que se llama el patio de los gentiles. El patio de los gentiles era una innovación que había introducido Herodes para tratar de que la adoración fuera un asunto más universal. Los gentiles no tenían acceso a los atrios del templo, pero cuando él construyó su templo, hizo un atrio muy grande alrededor del atrio de los judíos. Entonces, los gentiles podían entrar a toda una parte del templo. Alguien podría decirle, «técnicamente hablando, la verdad es que eso no estaba ni siquiera en los planos originales. Ellos no están en el templo, están en los atrios de los gentiles, ¿y son gentiles haciendo cosas de gentiles?» El Señor dijo: «Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones.» Hay hermanos que podrían decir, «bueno, yo no lo hago, pero yo permito que otro lo haga, tú sabes.» Ellos no están adentro. De hecho, hermano, había un letrero para usted entrar del atrio de los gentiles al atrio de los judíos. Había una puerta que un gentil no debía cruzar y en ese letrero se le advertía que si la cruzaba era bajo pena de muerte.

Límites artificiales en la adoración

Después de ese límite, un chisme hacia adelante, ya esto es «santidad a Jehová.» Ese es el pensamiento que comienza a corroer la adoración del pueblo del Señor. Son los hermanos que comienzan a establecer límites artificiales. «Bueno, la verdad es que yo lo hago, pero yo no participo. Ellos son los que lo hacen ahí. Ellos no son cristianos, tú sabes.» Un creyente no solamente se preocupa por su adoración, también le debe preocupar intensamente que el nombre del Señor no sea tomado en vano. Que las cosas santas no sean dadas a los cerdos, que las personas no relajen la adoración a su Dios. Que era lo que había pasado: que ellos resolvieron con un letrerito lo que debía ser un corazón para Dios. Y llegó un momento que tú decías, «me molesta que eso esté ahí,» pero «aquí está el letrerito, míralo ahí, que dice que ellos no deben cruzar.»

¿Recuerdan el alboroto que hubo en los tiempos de Pablo, cuando Pablo entró con unos judíos a ofrecer sacrificio, que querían matarlo? Ellos decían, «ha entrado un gentil.» Ellos vieron a Pablo que estaba junto con un gentil. No había entrado Pablo con ese hombre, pero como lo habían visto antes, cuando vieron a Pablo en el templo, en el patio de los judíos, entendían que esos hombres que estaban con él eran gentiles y querían matar a Pablo. O sea, que estas son las personas que tienen un nivel de santidad, pero es un nivel de santidad mecánico, donde le molestan las cosas cuando ya técnicamente son incorrectas. El Señor está mirando el corazón.

Me llama la atención que dice en el versículo 15 que comenzó a echar fuera a los que vendían. Ah, pero espérate, aquí también dice «a los que compraban.» Es muy fácil cargarle el dado a los sacerdotes y escribas, y entender que el pueblo era tan o más responsable que los sacerdotes y escribas por lo que allí estaba sucediendo. El Señor no solamente expulsó a los mercaderes, también comenzó a expulsar al pueblo mismo que le compraba el sacrificio a los mercaderes.

La conveniencia que corrompe la adoración

¿Cuál era el problema que había en el corazón del pueblo? Era un asunto de practicidad, era un asunto de comodidad, era un asunto de conveniencia. Cuando Levítico fue dado por Moisés, era un pueblo seminómada que era esperable que tuviera animales. Si ustedes leen la ley del Antiguo Testamento, la ley infiere que usted tiene animales que puede sacrificar. Cuando se fueron convirtiendo en un asunto más citadino, tuvieron un lugar físico, muy probablemente algunos de ellos ya no tenían animales. En el caso de los que no tenían animales, entonces compraban los animales en el mercado. ¿Qué problema hay en comprarle animales en el mercado? «Yo no tengo animales en mi casa y quiero sacrificar. Bueno, y si me lo vendieran al templo, aún mejor.» Porque usted sabe lo difícil que es acarrear un animal vivo hacia el templo. Algunos de ustedes que vienen de pueblo quizás saben lo difícil que es cargar un animal. Se mueve, se pone a pelear con ese animal porque va a sacrificarlo para el templo, hermano. Eso no es fácil ni cómodo. Es más fácil llegar fresco al templo con dinero en los bolsillos y decirle, «dame uno de esos que yo quiero presentar sacrificio.» Esa era la situación, hermano. Era un asunto de conveniencia, era practicidad, era comodidad.

Pero hablemos acerca de la precisión, hermano. Sacrificar delante del Señor para hacerlo de la manera exacta, usted tenía que ser un conocedor de las Sagradas Escrituras y sobre todo un adorador a Dios, porque para usted tener la paciencia de revisar animalito tras animalito hasta encontrar el animalito preciso, usted tenía que tener un corazón para Dios, porque después de cinco animales donde usted encuentra imperfección termina cansándose. Ahora, un verdadero adorador no se conforma con darle al Señor cualquier cosa, él va a buscar el animal preciso según el Señor estableció que quería recibir el perfecto sacrificio. Eso era agotador. Usted tenía que tener las dos cosas. Primero, conocer las Escrituras para saber las cualificaciones que debía tener el sacrificio que al Señor se le iba a dedicar. Y al mismo tiempo usted tenía que tener un corazón que sea tan grande para su Dios que le haga soportar revisar y revisar y revisar hasta que encontraría un animal acepto.

Vamos a ponerle a eso ahora una línea de producción. Es decir, vamos a dedicar a algunos mercaderes que hagan el proceso de selección previamente, que críen animales específicos que sean perfectos para el sacrificio, que los tengan en el templo de forma tal que cuando tú vengas no tengas que hacer el ejercicio de discernir si es bueno o si es malo. Para ti que sacrificas dos veces al año, conseguir un animal perfecto te toma dos días. «Yo soy un profesional de esto, yo produzco cien sacrificios al día y entre mis cien sacrificios yo tengo una tasa de rechazo de probablemente el dos por ciento. Es virtualmente seguro que si yo te vendo el animal, el sacerdote te lo recibe.» Pero pongámoslo desde la perspectiva del sacerdote. «Este pueblo aquí buscando animales raros para traer, imperfectos, tengo yo que estar filtrando. Mejor comprarlo ahí y cuando tú lo traes y está precalificado, yo hago mi trabajo con un poquito más de confort.»

Pongámoslo ahora en la adoración contemporánea. ¿Adoraremos o no adoraremos al Señor? «No, yo espero que ellos ensayen y que vengan aquí el sábado y que busquen el rostro del Señor. Y si ellos están metidos en la presencia del Señor, vamos a estar adorando al Señor con unos niveles de altura, unos niveles de dignidad. La dignidad va a descender, la presencia del Señor, hermano.» De nada sirve tener profesionales aceptos cuando tu corazón no es apropiado para dar al Señor la correcta adoración. Cuántas iglesias han descansado en que «yo espero que el pastor haya buscado el rostro del Señor, yo espero que los músicos estén consagrados, yo espero que nadie suba a la plataforma sin estar preparado.» El asunto no es la plataforma, el asunto está en los atrios. Cada vez hay más profesionalidad, hay más preparación, pero el pueblo cada vez más viene al templo a comprar su sacrificio.

Y tú le interrumpes a un hermano de la casa y tú le dices, «hermano, ¿a qué tú vas?» «No, yo voy a la casa del Señor.» «¿A qué tú vas?» «A presentar una ofrenda.» «¿Qué ofrenda?» «Vamos a ver lo que hay allá. Yo no sé, lo que prepararon.» Quizás tú puedes llamar a alguien que está involucrado en el santuario y tú le dices, «fulano, ¿qué hay hoy? ¿Qué es lo que estaremos preparando delante del Señor, hermano?» El Señor quiere ver tu diligencia, tu discernimiento. El Señor quiere ver tu disposición en no hacer las cosas fáciles, sino en preparar delante del Señor el correcto sacrificio. Alguien me dirá, «pero esto es muy difícil.» Así es adorar, hermano. Alguien me dirá, «Pastor, que si nosotros lográramos que todo el mundo tenga que prepararse, que todo el mundo tenga que ser acepto, que todo el mundo tenga que discernir, que todo el mundo tenga que entender antes de adorar, pues vamos a adorar cuatro.» Es que realmente son cuatro los que van a adorar. A menos que usted discierna, a menos que usted entienda, a menos que usted le ponga el corazón, su sacrificio al Señor no le dará corazón. Usted no estará adorando. Participar en el asunto externo y mecánico de la adoración no es adorar.

De hecho, el Señor dijo que para él esas cosas son trapos de inmundicia. Usted puede dar un sacrificio que sea técnicamente correcto, pero no ser recibido delante del Señor. ¿Recuerdan aquellos hombres que vinieron a adorar junto con la viuda? Dice que ellos de su tesoro daban, daban y daban, daban con la moneda correcta, daban en el lugar correcto y daban quizás hasta con una actitud que ellos entendían que era correcta, pero delante del Señor no estaban siendo aceptados. La viuda dio lo que tenía.

El factor sacrificio

Esta combinación de asuntos prácticos y sentido de oportunidad es lo que hace que aparezca el mercantilismo. Un hermano que dice, «yo soy demasiado práctico, a mí no me gustan las preparaciones, yo soy una gente que prefiero que si yo puedo comer en un restaurante, pues como; no me gusta la preparación, la formulación. Si yo puedo comprar ropa hecha, la compro; no me gusta estar buscando un sastre que mida, que esto.» La practicidad, hermano, es el paradigma de nuestros tiempos. Sin embargo, en la adoración hay que tener cuidado con la practicidad. Porque usted comienza, usted junta tres razones prácticas y termina con un mercado.

¿Cuál es el corazón de este mal? La raíz de esto, hermano, el corazón de esta maldad está en pretender eliminar el factor sacrificio de la adoración. Usted quiere adorar, pero algo que sea poco costoso en lo emocional, en lo práctico, en el tiempo. Eso es lo que es una adoración donde no tiene sacrificio. Recuerdo a David cuando iba a comprar un terreno para adorar al Señor, que el hombre que era el dueño del terreno, legítimo, le dijo, «yo te lo regalo para que adoren al Señor.» ¿Saben qué respondió David? «No, no ofreceré a mi Dios sacrificio que nada me cueste.» Hermano, el factor necesario en la adoración es que es costoso, es algo que te desafía. No es tan sencillo como llegar al mercado, como llegar al templo y decir, «denme uno que voy a sacrificar.» No, el sacrificio debe ser tuyo, no mío. «Ay, préstame el tuyo.» No, hermano, cada cual que traiga su sacrificio delante del Señor.

¿Cuántas personas dicen, «yo quisiera adorar, sabes, sinceramente, yo quiero adorar al Señor»? El problema está en que yo tengo que dormir. Es el sueño, yo tengo que dormir. «Yo quiero adorar, yo quiero, yo quisiera participar.» El asunto es el horario del culto. «Ese culto a las diez y media. Oye, ¿por qué no lo hacen a las doce?» Yo le pregunté, «¿por qué no lo hacemos a las tres? Y a las seis de la tarde, ¿qué les parece? Vamos a ponerlo a las ocho de la noche. Vengan a las once. Un culto a las once.» Ahora pongámoslo inverso. Y si un cliente que te está llamando, «no, que me llama a la una y yo me despierto.» ¿Un cliente? «No, este es mi trabajo, espérate, yo no juego con mi trabajo.» No, no, este es tu Dios, no juegues con tu Dios. El problema no es el horario en que tu iglesia tiene el culto, el problema es el lugar que tiene tu Dios en tu corazón.

Hablemos de la distancia. Alguien me dirá, «oye, yo quiero congregarme. Tú sabes, yo de hecho, a mí me gusta congregarme. El asunto es que yo no tengo carro, entonces yo podría pedir un Uber.» Alguien el día pasado me estaba diciendo… Si yo quisiera, yo le preguntaba a la persona, «pero tú hiciste una carrera profesional, ¿dónde tú estudiaste?» «Estudié en la UASD.» «¿Y de dónde tú ibas?» «De tal lugar.» «¿Y cómo tú llegabas?» «Cogía transporte público.» «¿Cuántas veces tú ibas a la UASD?» «A diario, y dan materias hasta las siete, ¿verdad?» El problema no es qué tan cerca esté el santuario. Te podemos poner el santuario en la casa, te lo podemos poner en el patio. El problema está en qué lugar tiene Dios en tu corazón.

Es el elemento de sacrificio. «Oye, pero si fuéramos más prácticos, vamos a hacer algo que no tengamos que movernos, vamos a buscar…» Usted puede juntar tres razones prácticas y va a terminar con un mercado. «Yo quiero adorar, de verdad. Lo que yo no quiero es que esto afecte mis intereses económicos.» Oye, sí, va a afectar tus intereses económicos, va a afectar tus sueños, va a afectar tus energías. Tú tendrás que quitarle ese tiempo a algo, hermano. ¿Saben qué es lo que un adorador hace? Una persona que dice, «yo podría dedicarle dos horas de mi tiempo a Netflix; yo redimo ese tiempo de Netflix y se lo dedico a adorar el nombre del Señor.» «Yo podría dedicar dos horas más de mi tiempo a aumentar mi patrimonio; entonces yo elijo entender que Dios es el Dios de mi patrimonio y vengo a adorar al Señor.»

Un adorador es una persona que dice, «yo podría sacrificar mi seguridad física.» Hermano, congregarse en el siglo XXI tiene riesgo físico. «Oye, pero y si me asaltan, y si me roban…» Es lo mismo de riesgo físico que usted tendría si iba a hacer una carrera universitaria. Si usted hizo cuatro años de universidad, alguna desavenencia pasó en el camino. Si usted se va a congregar durante cinco años con fidelidad, en algún momento le dejará la guagua. Algo pasa, hermano querido. Usted va a decir, riesgo físico, adoración. Riesgo económico, adoración. Hermano, el día del Señor es el día del Señor. Algo que a mí me parece especialmente grotesco es que hermanos míos, que el Señor les ha prosperado y les ha dado medios propios, hermano, que son microempresarios, proveedores independientes: si usted tiene un negocio propio, sería grotesco que usted no honrara el nombre del Señor. Porque si el negocio es suyo, yo entendería un jornalero que dice, «pastor, si yo no trabajo el domingo me muero.» Pero si usted no es un jornalero, sino si usted tiene un negocio propio, se esperaría, hermano, que usted pudiera disponer su horario de forma tal que pueda congregarse. Lo lamentable con los hermanos es que así como el Señor los prospera, al mismo tiempo necesitan cada vez más razones prácticas para adorar al Señor. El Señor a mí me ha prosperado. «Yo no puedo congregarme como se congregan los jornaleros,» dirá alguien. Hermano, si usted no tiene la pasión por su Señor, usted puede ser un peón, usted puede ser el dueño, y nunca usted tendrá la agenda ni el tiempo para poner al Señor en primer lugar.

Cómo el Señor purificó el templo

¿Cómo el Señor lo purificó? Dice que echó en primer lugar a los que vendían y compraban. Recuerda, es tan grotesco vender como comprar. Tú dices, «no, yo no tengo capacidad de hacer mercantilismo de la adoración.» No está mal en que alguien prepare un sermón para predicar. Lo que está muy mal es que durante la semana tú no abras tu propia Biblia para edificar tu propia alma. No está mal que tengamos maestros, como había escribas que enseñaban la ley en el templo. El problema está en que usted debe amar la ley más allá del escriba, más allá del ritual. Si usted su expectativa de edificación está en que el pastor va a preparar un sermón para el domingo y va a venir a edificarle, pero de lunes a sábado usted no abre su Biblia, no tiene una vida devocional, no está buscando la presencia del Señor, pues nuestro Señor va con nosotros todos los días.

No está mal, hay gente que dice, «no, el problema está en la mesa, no pongamos mesa en la iglesia.» Eso es superficial. Y aprovecho aquí, hermano, para hablar de los dispositivos electrónicos. Hay cierta tensión en esto de que «si debemos tener en la iglesia un iPad, un celular…» El problema no es el equipo electrónico, sino lo que hay en su corazón. Porque si usted entiende que está en la casa del Señor, usted utilizará ese equipo electrónico de forma tal que su Dios entienda que su corazón es para él. Ahora, por favor, no venga a traer cosas a la iglesia para distraerse, para hacer ocasión de caer a sus hermanos. No, el problema no es que tenga la Biblia en un celular, el problema no es que busque la letra o que tome notas, ni siquiera tomar una foto en el santuario, hermano, está mal. Si uno está emocionado en algo que está pasando en la iglesia, al menos debería poder hacer una fotografía. Maduremos en la iglesia en entender que el problema no está en la forma, sino en el fondo. No es si tenemos un celular o una cámara o tenemos una Biblia o tenemos un libro o tenemos una mesa o tenemos una silla. No, el problema no es que existían mesas, era lo que se hacía con las mesas.

Primero lo que hizo fue que los echó fuera, hermano, a todos los que vendían y a los que compraban por igual los echó fuera. Después de echarlos fuera dice que él volteó las mesas. Alguien dirá, hermano, no dejes que el cinismo invada tu corazón. Satanás engaña a la gente con eso. Alguien va a decir, «¿para qué la volteó? La van a levantar otro día.» Es el mensaje, hermano, es para ti, no para ellos. «¿Para qué tú vas a voltear la mesa? Eso no se resuelve, eso no hace nada. ¿Tú crees que con que le voltee la mesa y lo saque un día?» De hecho, el Señor Jesucristo, cuando comenzó su ministerio, lo primero que hizo fue ir al templo y purificarlo. Si leen el Evangelio de Juan, inmediatamente después de la boda de Caná de Galilea, el Señor entró y purificó el templo. Y dos años y medio después volvió a entrar a purificar el templo. Alguien dirá, «no vale la pena, porque eso la gente vuelve y lo levanta.» Es verdad. Es difícil luchar contra un ser humano que no tiene a Dios en su corazón. Usted le puede quitar a la gente la distracción de las manos y decirle, «suelte eso, usted está en la casa del Señor,» y él lo va a soltar el día y al otro día va a volver. Ahora, hay veces que hay que hacerlo, hermano, hay que interrumpirlo para la gloria del Señor. Porque quizás él mismo no lo aproveche, pero alguien que estaba al lado de esa persona ya va a llegar a entender, «es verdad, yo tengo un corazón para el Señor y yo no debo hacer.» Hay veces que el Señor reprende no tanto para el que está siendo reprendido, sino para el que vio la reprensión, que somos nosotros.

Lo que se debe hacer en la casa del Señor

Después de esto, hermano, dice que impidió el paso a todos los que entraban con utensilios. Versículo 16: «Y no consentía que nadie atravesase el templo llevando utensilio alguno.» ¿Y quiénes eran los que entraban con utensilio alguno? Probablemente, hermano, a esos sacrificios había que hacerle el refill. «Pues yo soy vendedor de palomas para el sacrificio. Me dicen, fulano, tráeme diez que se me acabaron las cuatro.» Muy probablemente, así como había un sacrificio continuo, había ya una cadena logística que permitía que la gente, a medida que se iban vendiendo los sacrificios, trajeran más sacrificios. Él se plantó al mando del templo, y miren, a mí me impresiona tanto el poder de mi Señor como su autoridad moral, porque los atrios eran grandes, hermano, y tenían diferentes pórticos. Entonces imagina una persona que tuviera el poder y la autoridad moral para decir «por ahí no entra» y «por ahí tampoco.» «En este día, por lo menos, aquí se va a adorar en este templo como se debió haber estado adorando desde siempre.»

El mejor día para usted estar en el templo de Jerusalén, hermano, era ese. Salieron los mercaderes, salieron los que tenían la mesa del cambio de moneda, salió todo el mundo. Salieron hasta los que estaban comprando los sacrificios. «Usted compró, váyase, que eso no… está perdiendo el tiempo. De todos modos, no sacrifique nada porque no lo estoy recibiendo. Salga.» Y cuando vinieron, hermano, en el templo por primera vez en muchos años se hicieron las cosas que se debían haber hecho.

¿Cuáles eran estas cosas? Y les enseñaba. Hermano, en la casa del Señor uno viene a ser enseñado en la voluntad del Señor. De hecho, cuando comenzó el atrio de los gentiles, comenzó así mismo con una razón práctica. Lo que podía decir Herodes era, «venga, los gentiles necesitan ser instruidos. Esta persona viene a la casa del Señor y necesita un espacio donde pueda ser puesta en contacto con los maestros.» Esa era la utilidad real del patio de los gentiles. Era permitir que ellos entraran al templo de forma tal que pudieran escuchar la palabra del Señor. Ahora, ahí no se estaba escuchando la palabra del Señor. Hacía rato que en el atrio de los gentiles no se estaba predicando. Eso se estaba vendiendo.

¿Qué hizo el Señor? El Señor comenzó a hacer las cosas que nunca se debían haber dejado de hacer en su casa. En primer lugar, la enseñanza. Un escriba no era un abogado. Un escriba era un estudioso de la ley que estudiaba principalmente para enseñar la ley al pueblo. Era una persona diligente en el estudio de la palabra, para ser diligente en compartir la voluntad del Señor a las otras personas. Los escribas hacía rato, hermano, habían dejado aquí de estar instruyendo en el patio de los gentiles. ¿Qué hizo el Señor? Se sentó ahí y comenzó a enseñar un día entero, hermano. El Maestro enseñando en su casa. ¡Qué cosa más preciosa! Y sin el ruido. Eso se parece a esos días festivos donde la ciudad se queda vacía, que usted camina por la ciudad y como que respira. Por primera vez, ahora es el templo, hermano, que el templo era ruido. «¡Tráeme otro! ¡Paloma! ¡Ven! ¡Sí, sí! ¡Pasa esa! ¡Dame otra! ¡Uno perfecto!» Ese ruido. Solaz. Y en ese solaz, hermano, entonces el Señor comienza a enseñar. Qué asunto más delicioso.

Usted me dirá, «pero eso fue un día solamente, hermano.» Solamente la experiencia de haber tenido templo purificado un día debe ser una experiencia para nosotros para que esto no se detenga, para purificarlo por mil años, para tener esa experiencia donde tú llegas a la casa del Señor y no hay distracción alguna. Mostraré las otras dos cosas que dice el Señor, pero en primer lugar, instrucción, hermano, enseñanza. Para que la enseñanza funcione hay que quitar las distracciones. ¿Cómo tú vas a enseñarle al gentil la ley del Señor en medio de un jolgorio, en medio de un mercado, en medio de un mercantilismo, en medio de una actitud comercial? Usted está en un mercado difícil, ¿verdad? Un mercado de productores. Miren, hay que tener la mano agarrándose la cartera atrás. «Enséñame, dime, ¿qué es lo que dice la ley?» Agarrándote la cartera ahí. Y te venden las cosas y tú tienes que contar uno por uno, porque lo de abajo… «Espérate, espérate, tú me estás enseñando ahora mismo Isaías. Yo sé que tú me quieres enseñar Isaías 56, pero espérate un momentito. ¿Cuántos son?»

El Señor primero limpió. Ay, hermano, por favor, tratemos de que cuando vengamos a la casa del Señor quitemos todo obstáculo, todo obstáculo. No corrompamos la adoración al Señor. Hay alguien que tiene hambre del Señor y llegó a la casa del Señor. Y tú dices, «no, si él vino a adorar, que adore.» Es verdad, pero cuando hay una atmósfera de adoración solamente, donde no hay distracción, es más fácil.

Siéntase guapito

¿Y cuántos son mis hermanos que son desdiligentes en debilitar la adoración de su pueblo? Por favor, póngase guapito al respecto de las siguientes cosas. ¿Usted está dañando la casa del Señor? Cuando usted viene a la casa del Señor y en vez de hacer de esto casa de oración, usted hace de la casa del Señor una oportunidad para la ostentación. Aquí no se viene a ostentar. Usted no viene a la casa del Señor a ostentar ni sus ropas, ni sus prendas, ni sus logros, ni sus vehículos. Usted viene a la casa del Señor como una casa de oración. Y cuando usted deja que su hombre natural prevalezca y usted hace de esto un lugar de ostentación donde usted viene para ser recibido por la gente como el gran señor, usted está haciendo lo mismo que hacían los ricos en los tiempos del Señor, que iban a adorar para ser vistos. Aquí uno no viene para ser visto. Aquí uno viene para ser visto por el Señor. Por favor, siéntase guapito. Le digo eso porque yo sé que la gente se siente guapo cuando uno le dice estas cosas. Entonces yo le doy el permiso. Siéntase guapito al respecto de eso.

Siéntase guapito al respecto de traer distracciones a la casa del Señor. ¿Qué es la distracción? Miren, cuídese el tono de voz con que usted habla. Cuide los temas que usted trae a la casa de adoración. Este no es el momento para hablar de resultados de pelota, para hablar de asuntos financieros, para hacer negocios. De hecho, hay impíos que ven la casa del Señor como una oportunidad de escalar socialmente. Dicen, «no, yo voy allá porque, ¿sabe en qué lugar yo podría ver al director general de una empresa si no fuera en una iglesia? Sentarme ahí al lado de él en la iglesia, hermano, eso no es.» «¿En qué lugar yo podría ver un profesional que me resuelva un problema que yo tengo si no fuera en la iglesia? Mi hermano fulano, él es la persona.» Hermano, esa no es la casa del Señor. Está tomando la casa del Señor para buscar beneficios particulares, ha estado haciendo lo mismo que estaban haciendo los mercaderes.

Siéntase guapito respecto de hacer eso en la casa del Señor. Siéntase guapito respecto de distraer a sus hermanos, sobre todo con su falta de pasión por Dios, que usted dice, «no, si somos para el Señor.» Hay veces que usted está adorando al lado de un bloque de hielo y usted debe o moverse de ahí o pedirle al Señor que le dé entereza para, a pesar de estar al lado de un bloque de hielo, usted adorar al Señor con fragor, con calor, con pasión. Pero cuánto debilita al pueblo del Señor uno ver a un hermano que está distraído. La posición del cuerpo anuncia adoración. Usted está adorando y hay un hermano que está como «¿cuánto es, cuánto falta?»

Siéntase guapito al respecto. Usted nos distrae, porque aquí hemos venido a adorar el nombre del Señor. Y si usted no adora el nombre del Señor conmigo, me está debilitando mi pasión por Dios. Y usted dice, «no, usted debe tener su convicción,» es verdad, pero si usted me quita la mesa, qué hermoso sería. Siéntase guapito al respecto de su compromiso en congregarse y su puntualidad. Cuando un miembro de una iglesia falta, uno se entristece, a uno le hace falta, y uno dice, ¿por qué te debe hacer falta? Que te haga falta el Señor. Si usted es miembro de mi iglesia y usted no está aquí, yo me voy a sentir triste por usted y así mismo menguo en mi pasión. Un hermano que está aquí me está animando con su sola presencia. Cada vez que usted, por razones superficiales, deja de congregarse, está entristeciendo al pueblo del Señor y el Señor se lo tomará en cuenta.

Yo a veces le he pedido, «Señor, quita de mí el sentimiento, que no me haga tanta falta ver a mi hermano congregado, porque me duele, sinceramente.» Pero el Señor en su misericordia deja ese dolor ahí. A veces yo he querido, «Señor, dame la entereza de que no volver a verle,» pero cuando usted no está aquí, me hace falta. El amor de Cristo nos constriñe y al mismo tiempo, hermano, esto nos debilita, porque si yo le amo sinceramente y no le veo, usted está menguando el compromiso del pueblo. La puntualidad, hermano. Siéntase guapito respecto de ser un impuntual en la casa del Señor. «No, lo importante es que llegue.» No, llegue a tiempo, dele al Señor el sacrificio completo. Porque en otros lugares usted llega a tiempo. Hay hermanos que han hecho ya de eso una costumbre: «yo puedo llegar en cualquier momento, a cualquier hora, interrumpo, entro en el medio.» Hermano, entienda que un pueblo del Señor… Hay razones, no hagamos de todo una religión. Hay hermanos que tuvieron razones, pero no haga de eso una práctica, porque eso debilita la adoración corporativa del pueblo del Señor.

El Señor comenzó a enseñar. Con tranquilidad, despojado el asunto, durante un día no permitía que nadie entrara. Yo no sé cómo lo lograba, si lo lograba con su sola presencia, que era un asunto quizás que detenía a la gente. No sé si lo lograba, hermano, por su vehemencia. Es que la casa era suya. Hay gente que dice, «¿cómo fue que el Señor logró sacar esos mercaderes del templo?» Del mismo modo que logró levantar a Mateo del banquillo de los tributos públicos. «Sígueme,» y le siguió. En algún momento vinieron a apresar al Señor y el Señor salió y caminó en medio de ellos y nadie le pudo poner un dedo encima, que nuestro Señor es absolutamente poderoso. Él los echó, hermano, los mantuvo fuera. Ahora, quizás era el celo, hermano. Usted puede ser más fuerte que alguien, pero usted no está disputándole la casa a cualquier persona que es dueño de esa casa.

Enseñanza, misericordia y adoración

Mateo, cuando describe, dice dos cosas más que el Señor hizo. El Señor no solamente comenzó a enseñar, sino que también dice —Mateo capítulo 21, del 12 en adelante—: «Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas.» Qué decazo, Señor. Qué día más hermoso para estar en el templo de Jerusalén. «Y les dijo: Escrito está, mi casa, casa de oración será llamada, mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones. Y vinieron a él en el templo ciegos y cojos, y los sanó,» hermano. ¿Qué hizo el Señor en su casa? Misericordia, gratuita para todos, hermano, sin tener nadie que pagar por eso. La casa del Señor, una de las cosas que se hace es misericordia.

Cuando usted viene aquí, usted quiere recibir del Señor provisión, usted quiere recibir del Señor un milagro, usted quiere que el Señor le provea para su necesidad, su casa, hermano, es casa de misericordia, gratuita. Los que fueron sanados aquí no tuvieron que comprarle nada a ningún mercader y no tuvieron que cambiar ninguna moneda para recibir su milagro. Dice que vinieron a él en ese momento, y vinieron a él en el templo ciegos y cojos y los sanó. Gratuitamente, porque no había ahí a nadie a quien comprarle, hermano, misericordia gratuita para todos.

«Pero los principales sacerdotes y los escribas, viendo las maravillas que hacía y a los muchachos aclamando en el templo y diciendo, ¡Hosanna al hijo de David!» ¡Hermano! Otra cosa que hubo en ese momento: adoración a su nombre. Cuando venimos a la casa del Señor, venimos aquí a buscar la misericordia del Señor, que son amplias, hermano. Venimos aquí a adorar el nombre del Señor. ¡Hosanna! ¡Hosanna al hijo de David! Y venimos también a ser instruidos al respecto de la voluntad de Dios para los hombres. Son las tres cosas que se hacen en una casa de adoración. Luego de esas tres cosas, hermano, cualquier otro asunto ulterior que usted tenga, mengüe en eso, entristézcase y deje de hacerlo. Venga a la casa del Señor a ser instruido. Venga a la casa del Señor a decir, ¡Hosanna, Hosanna! Y venga a la casa del Señor a buscar misericordia del Señor y provisión para su necesidad particular.

La reacción de escribas y sacerdotes

Estaba mostrando en primer lugar la paciencia del Señor, que soportó esta maldad durante muchos años, y después que la vio el día anterior, durmió, regresó. Y dice el versículo 19: «Pero al llegar la noche, Jesús salió de la ciudad,» y se volvió a ir, hermano. Eso no es algo que a él le sacó de su elemento ni le quitó el sueño. En primer lugar, paciencia. Lo segundo que estaba mostrando es cómo el Señor purificó el templo. Primero echándolos fuera, después volteando las mesas y después haciendo las tres cosas que se deben hacer en el templo las hizo él mismo. Él instruyó —¿qué debía hacer un levita? Instruir—, él sanó —misericordia— y al mismo tiempo él recibió la correcta adoración. Es interesante, dice la Escritura así mismo, que «en la boca de los niños perfeccionaste la alabanza.» El Señor recibió la alabanza no de parte de los mercaderes, no de parte de los sacerdotes, no de parte de los escribas, no de parte de los que estaban sacrificando, sino de parte de aquellos que quizás no iban a presentar sacrificio, hermano. Los niños, aquellos que no eran parte de esas cosas, del Señor recibió la alabanza.

¿Qué efecto causó esto en escribas y sacerdotes? Veamos el efecto. Versículo 18: «Y lo oyeron los escribas y los principales sacerdotes.» ¿Qué hacía un escriba? Leía la ley, estudiaba la ley para enseñarla al pueblo. ¿Qué hacía un sacerdote? Se aseguraba de que se presentara el correcto sacrificio y lo presentaba delante del Señor. Lo oyeron. Quiero aquí mostrar que hay dos maneras de oír. Y en la manera en que uno oye, anuncia lo que hay en el corazón de uno. Estos oyeron, lo oyeron, pero cuando lo oyeron no se maravillaron de su enseñanza. Cuando lo oyeron no dijeron, «es verdad, esto no se debía haber estado ocurriendo, aunque fuera en el patio de los gentiles.» Cuando lo oyeron, lo que hace, hermano, la predicación de la palabra del Señor es que divide a la gente, muestra lo que realmente hay. Si en tu corazón hay adoración, si en tu corazón hay pasión por el Señor, si en tu corazón hay un sincero interés por la causa del Señor, vas a ser edificado. Y si no, tú te vas a sentir enfurecido. «Y lo oyeron los escribas y los principales sacerdotes, y cuando lo oyeron, no le adoraron.» ¿Saben lo que hicieron? Lo oyeron y buscaban cómo matarle.

Aquí hay grandes contradicciones. La primera contradicción que yo veo aquí es que estos hombres, escribas y sacerdotes, que les parecía la cosa más natural del mundo que existieran mercaderes en el templo, a ellos les parece un desabrupto que el nombre del Señor esté siendo adorado, que el pueblo esté encontrando deleite en las cosas del Señor. Saben, el diablo es tan malvado que cuando él ha incidido en una persona, él no solamente quiere que la persona deje de adorar, a él le molesta que el otro adore al Señor correctamente. Ellos aprobaban a los mercaderes, pero reprobaban a los verdaderos adoradores. Ellos estaban molestos porque el pueblo estaba escuchando. ¿Y a qué se viene al templo? A escuchar la palabra del Señor, a recibir misericordia del Señor, a darle alabanza a su nombre. «No, no lo hagan.» «¿Y qué tú quieres que hagamos?» «Que sigamos vendiendo aquí los sacrificios y cambiando las monedas.» La otra contradicción es que parece que los mercaderes fueron más piadosos que ellos, hermano, porque se fueron sin rechistar, no protestaron.

La tercera contradicción es que mientras ellos querían matarle, dice después: «todo el pueblo estaba admirado de su doctrina.» Yo estoy convencido, hermano, de que la doctrina del Señor, cuando alguien viene a los atrios —hablemos de los atrios— personas que no necesariamente son parte del pueblo del Señor, personas que todavía no han sido traídos al pueblo del Señor a tener una relación con él, sino que solamente están aquí escuchando, cuando hay pocas distracciones, cuando se va la maldad, cuando sale la maledicencia y las personas tienen la oportunidad de escuchar la predicación del evangelio, hermano, hay mucha gente que puede maravillarse de la doctrina del Señor. Pero para que tengan la oportunidad de maravillarse, hay que darles a un punto tal que tú te entiendes que eres un profesional de eso y se evidencia que tú no tienes el corazón. Tú puedes tener la posición, tú puedes ser sacerdote, tú puedes ser el escriba, tú puedes ser el que genera la admiración de los hombres. Pero definitivamente tú no eres un adorador.

Tú le vas a decir ahora a un sacerdote —un sacerdote tiene la responsabilidad de supervisar la correcta adoración— tú le vas a decir, «tú realmente no eres un adorador, se evidenció que tu corazón no es para mí.» Eso enfurece. Eso es como que un profesional… Tú has tenido la experiencia en tu vida profesional de encontrar otra persona que hace tu trabajo con mejor calidad. Que hace tu trabajo con más excelencia. El trabajo que tú haces en un mes por dar vueltas, por desperdiciar el tiempo, lo hizo una persona en una semana. El Señor está haciendo en el templo lo mismo que tú debías estar haciendo. Está enseñando, está haciendo misericordia y al mismo tiempo está recibiendo adoración. «No, eso no se debe hacer.» El problema es que tú debías haberlo hecho por los últimos treinta años y nunca lo hiciste. Y ahora vino el Señor y lo hizo.

Molesta mucho ver a un verdadero adorador. Molesta mucho ver a alguien que se tome en serio las cosas que son serias cuando tú no lo tienes. Fue evidente que ellos no amaban a Dios. Ellos amaban sus posiciones. Ellos amaban el prestigio de la gente. Una persona dice, «ausentarme del culto, yo prefiero ya no hacerlo.» Es una persona que tú tienes que darle tres razones por las cuales… «Hermano, tenemos un culto de oración a las nueve, tú puedes venir más temprano.» Él te va a decir, «no, es que yo quiero estar en los dos cultos, yo no quiero salir de ninguno.» Hay otro que tú le dices, «hermano, la responsabilidad que te vamos a estar dando es que vas a estar ayudando en el parqueo.» «Claro, vengan. Yo lo voy a hacer durante todo el año, ya que no le den esto a más nadie.» Hay gente, hermano, que se pelea por no adorar al Señor. Si esa persona se pelea, si esa persona tiene un deseo ardiente de no adorar al Señor, no es la persona correcta para desarrollar los ministerios de la iglesia.

¿Cuántas personas usan las cosas santas para distraerse, para decir, «yo tengo que estar aquí dos horas, como yo no tengo un corazón para el Señor, yo no tengo deleite»? «Pónganme aquí por la multimedia, ahí yo ecualizo. Pónganme ahí a dar la bienvenida, que yo doy la bienvenida. Pónganme en el parqueo, que yo recibo los carros.» Estas personas demostraron que realmente su corazón no era para Dios. Ellos tenían la forma, tenían el ritual, tenían todo el acordonamiento externo. Eso es atractivo. Un sentido de utilidad, un asunto que te puede evitar que te distraigas. Durante todo un día ellos quedaron cesados en sus funciones, hermano. «Quédense ahí mirando, que yo voy a estar haciendo lo que ustedes deben hacer.» Qué duro es eso, hermano. Imagina que el Señor venga y te detenga y diga, «párate, ya no lo hagas, ponte ahí a mirar tú a ver cómo se hace. Fulano, hazlo tú, y hazlo para que la persona vea cómo es.» Ay, Señor, no me pongas en esa situación gravosa. Durante un día completo estas personas no tuvieron trabajo, estuvieron ahí mirando. «Y ahora qué va a hacer… Ahora está enseñando. Ahora está hablando de Isaías. Ahora lo están adorando. Eso no es lo que se hace.» Eso fue lo que les tocó quedarse mirando cuando el Señor estaba haciendo las cosas de la manera correcta.

Llamado final

Pero sobre todo, hermano, ellos eran directamente responsables por la lastimosa situación. Un sacerdote se aseguraba de que no fuera solamente sacrificio, de que la gente pusiera el corazón en eso, de que la gente pusiera intención. Un escriba se aseguraba de que no solamente fuera técnicamente correcto, sino que la gente entendiera cuál era el propósito de la correcta adoración.

Termino con el versículo 19: «Pero al llegar la noche, Jesús salió de la ciudad.» Agarre eso en los tiempos de Cristo y mírelo dos mil años después. Usted busca a los judíos de este tiempo y todavía ellos viven en las mismas cosas. De hecho, hay toda una industria que mueve millones de dólares, que es la industria de alimentos kosher, donde un judío necesita saber que haya sido sacrificado de la manera correcta, que haya sido preparado de la manera correcta, que no tenga los elementos que no debe de tener, pero que lo haga un profesional certificado y que le ponga un sellito a su comida y después él se la come.

Ahora mire usted su adoración, hermano. El llamado aquí no es como lo dijeron ellos, el llamado es para nosotros. ¿Cómo es mi corazón delante del Señor? Por favor, no vuelva un día más a la casa del Señor sin antes preparar su corazón para adorar. No vuelva a presentarse en el santuario del Señor sin tener en su corazón algo por lo cual dar gracias. No vuelva a venir a la casa del Señor sin estar correctamente preparado en su mente, en su corazón, bloquear distracciones, quitar cualquier cosa. Venga a la casa del Señor a ser instruido. Venga a la casa del Señor a darle gloria. Y venga a la casa del Señor a esperar en el Señor sus abundantes misericordias.

Oro por todo el pueblo aquí congregado para que el Señor impida que voltee —el Señor— lo que haya que voltear, pero que nuestra adoración, que el Señor impida que nuestra adoración, hermanos, termine siendo un mercado. Que nunca falte el sacrificio en nuestra adoración, hermanos. Padre, como iglesia, Señor, luchamos con la rutina, luchamos, Señor, con las conveniencias, luchamos, Señor, con nuestra propia autocomplacencia y comodidad. Luchamos, Padre, porque queremos sacrificarnos y por eso estamos aquí. Padre, bendice a cada persona aquí congregada. Si hay alguien, Señor, sobre todo, que estaba en el patio de los gentiles y todavía no se sentía parte de tu pueblo, permite que entienda que el Señor anda buscando verdaderos adoradores, donde no nos adorarán en este monte o en aquel. Que la casa del Señor es casa de oración para todas las naciones. Si alguien está aquí hoy congregado, ha sucedido algo maravilloso: es que escuchó la predicación de la palabra. Eso se consigue en la casa del Señor. Si alguien ha estado aquí hoy congregado, que exalte el nombre del Señor, porque para eso venimos. Pero sobre todo, quizá la misericordia del Señor puede hacer que alguien hoy haya pasado de muerte a vida. Padre, permite que el ciego vea espiritualmente hablando y que el cojo camine espiritualmente hablando. Permite que hoy, Señor, alguien abra sus ojos a la realidad tuya. Sobre todo, Padre, inquieta poderosamente a todos mis hermanos para que juntos evitemos los unos a los otros distraernos y exaltemos aún más tu nombre. Gracias, Padre, porque tenemos un lugar donde podemos encontrarnos para adorarte. Todo esto para tu gloria, en el nombre de Cristo. Amén.