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La urgente necesidad de la disciplina paterna

1 Samuel 2:12-36

Los hijos de Elí crecieron en el santuario, tuvieron oficio de sacerdotes y, sin embargo, no conocieron a Dios. Su historia es una advertencia solemne para los padres creyentes: no basta con que nuestros hijos estén en la iglesia si no hemos sido diligentes en estorbarles el pecado y en honrar a Dios por encima de ellos.

Transcripción automática

Parecerá esta, hermanos, una lectura un poco triste para celebrar el Día del Padre, pero me parece que es absolutamente necesario. Estaremos considerando los hijos de un hombre de Dios —era Elí— la manera en que estos al parecer fueron formados y cuáles fueron las consecuencias. Es el primer libro de Samuel en el capítulo 2, desde el versículo 12 en adelante.

Lectura: 1 Samuel 2:12-26

Los hijos de Elí eran hombres impíos y no tenían conocimiento de Jehová. Y era costumbre de los sacerdotes con el pueblo, que cuando alguno ofrecía sacrificio, venía el criado del sacerdote mientras se cocía la carne, trayendo en su mano un garfio de tres dientes, y lo metía en el perol, en la olla, en el caldero o en la marmita. Y todo lo que sacaba el garfio, el sacerdote lo tomaba para sí. De esta manera hacían con todo israelita que venía a Silo.

Asimismo, antes de quemar la grosura, venía el criado del sacerdote y decía al que sacrificaba: «Da carne que asar para el sacerdote, porque no tomará de ti carne cocida, sino cruda.» Y si el hombre le respondía: «Queme la grosura primero, y después toma tanto como quieras,» él respondía: «No, dámela ahora mismo; de otra manera yo la tomaré por la fuerza.»

Era, pues, muy grande delante de Jehová el pecado de los jóvenes, porque los hombres menospreciaban las ofrendas de Jehová. Y el joven Samuel ministraba en la presencia de Jehová vestido de un efod de lino, y le hacía su madre una túnica pequeña y se la traía cada año, cuando subía con su marido para ofrecer el sacrificio acostumbrado. Y Elí bendijo a Elcana y a su mujer diciendo: «Jehová te dé hijos de esta mujer en lugar del que pidió a Jehová.» Y se volvieron a su casa. Y visitó Jehová a Ana, y ella concibió y dio a luz tres hijos y dos hijas. Y el joven Samuel crecía delante de Jehová.

Pero Elí era muy viejo, y oía de todo lo que sus hijos hacían con todo Israel, y cómo dormían con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión. Y les dijo: «¿Por qué hacéis cosas semejantes? Porque yo oigo de todo este pueblo vuestros malos procederes. No, hijos míos, porque no es buena fama la que yo oigo; pues hacéis pecar al pueblo de Jehová. Si pecare el hombre contra el hombre, los jueces le juzgarán; mas si alguno pecare contra Jehová, ¿quién rogará por él?» Pero ellos no oyeron la voz de su padre, porque Jehová había resuelto hacerlos morir. Y el joven Samuel iba creciendo y era acepto delante de Dios y delante de los hombres.

— 1 Samuel 2:12-26

No basta con estar en el santuario

Como les recuerdo regularmente, la palabra del Señor no hace acepción de personas. Aprovechamos ocasiones especiales como esta, donde se celebra el Día del Padre, para traer sabiduría y dirección del Señor a los padres, pero esta porción de la Escritura bien podría ser de utilidad para una madre, también para jóvenes que están comenzando su vida y eventualmente, con la ayuda del Señor, establecerán familia.

Durante toda esta semana, mi pensamiento y mi oración ha estado con los padres de esta iglesia. Y no solamente con los padres —me refiero a hombres que están criando— sino con aquellos padres cristianos cuyos hijos están todavía en su casa, en momentos de crianza. Se podría decir que la preocupación es acerca de los niños de la casa, aquellos niños que uno puede decir: esos son niños de esta iglesia.

He visto, hermano —en esto no hay estadística local que uno pueda demostrar— pero en mi experiencia, aquellos que vienen a los caminos del Señor, que no crecieron en la iglesia, que no son hijos de padres cristianos, tienden a tener una expectativa más alta de los asuntos espirituales.

Hay un gran problema que sucede: los hijos de padres cristianos llegan a crecer en la casa del Señor, pero no necesariamente porque crezcan en la casa del Señor han conocido al Dios verdadero.

Tengo aquí un caso y es el de los hijos de Elí, que eran hijos del sacerdote, que crecieron en el santuario, pero no conocieron al Dios verdadero. Desconocieron la cosa más importante. Llegaron a tener oficio como sacerdotes. Dice el versículo 3 del capítulo 1: «Todos los años aquel varón subía de su ciudad para adorar y para ofrecer sacrificios a Jehová de los ejércitos en Silo, donde estaban dos hijos de Elí, Ofni y Finees, sacerdotes de Jehová.» Tenemos aquí dos sacerdotes de Jehová, dos hijos del sumo sacerdote, fruto de familias piadosas, que llegaron a tener hasta oficio en el santuario como sacerdotes, pero que no conocieron al Dios verdadero.

Mi preocupación en este momento está en los padres cristianos que estamos criando, y es llamar la atención de que no confiemos en que porque estén aquí son de nosotros.

Que probablemente el Señor se levante a un Samuel porque no haya entre nuestros propios hijos cualificados que conozcan al Dios verdadero y que actúen con rectitud.

Las expresiones que yo le tengo pavor, hermano querido, en los caminos del Señor, son aquellos que dicen: «Yo nací en el evangelio.» Usted nació en una casa donde pudieron probar el poder del evangelio. Quizás naciste en un hogar de padres que conocieron el evangelio, pero a Dios todo hijo de un padre creyente le tendrá que conocer personalmente.

Quiero advertir a los padres de nuestra iglesia que nuestros hijos podrían dar por hecho que son creyentes porque están entre nosotros, pero todavía no han tenido un encuentro con el Dios verdadero. Los hijos de Elí eran sacerdotes y no habían conocido a Dios. Versículo 12 del capítulo 2: «Los hijos de Elí eran hombres impíos y no tenían conocimiento de Jehová.» Pero eran sacerdotes y eran hijos del sumo sacerdote, habían crecido en el santuario; para ellos el santuario era la cosa natural. Ay, hermano, este hermoso privilegio que es crecer en la casa del Señor probablemente nos juegue en contra.

Dos modelos de crianza

Comenzaré mostrando el contraste que hace el autor del libro entre estas dos familias. Son dos modelos de crianza, dos formas de aproximarse a los hijos. Los primeros cuatro capítulos del primer libro de Samuel se dedican a hacer contraste. Primero enseñan los pecados de los hijos de Elí y frecuentemente dicen: «pero Samuel,» «Samuel, en cambio.» Muestran la impiedad de uno y muestran la pasión del Señor por el otro.

Este contraste comienza presentando dos trasfondos familiares muy distintos.

Primero, el trasfondo familiar del sumo sacerdote, y después, el trasfondo familiar de un hombre relativamente común. Elcana, el papá de Samuel, era un hombre normal de su tiempo. Las descripciones que se hacen de él son muy puntuales. Por ejemplo, el papá de Samuel era un hombre que tenía dos familias. Y Elí era una familia sacerdotal, la familia que más rigor debía tener. De hecho, se describe en Levítico 21 el tipo de familia que tenía que componer, el tipo de mujer con la cual debía casarse. Se esperaría que la casa de la cual provienen los hijos de Elí tenga el mayor estándar acerca de educación. Y que la casa de la cual viene Samuel tenga niveles relajados acerca de lo que era la formación.

Paradójicamente, se presenta a Elcana como un hombre que tenía intereses espirituales. En estas cosas se mostró más activo y presente que lo que se mostraba Elí.

Son al mismo tiempo dos llamados distintos: Elcana, un hombre común y próspero; Elí, un hombre que dependía del altar. Dos roles distintos en la adoración: una familia que presentaba sacrificio y una familia que recibía sacrificio. Lo paradójico en esto es que el mejor fruto no vino de la familia que se esperaría. Dos actitudes distintas en la adoración: en la primera familia todo lo que se describe es reverencia y constancia, y de la otra se describe superficialidad y abuso. En una familia vemos que se dedican intencionalmente los hijos al Señor, y en la otra, al parecer, los muchachos crecen sin mayor dirección.

Un padre con iniciativa espiritual

Me dispongo ahora, hermano, a mostrar los rasgos positivos que se presentan en Elcana. Frecuentemente el ejemplo de Ana obnubila al creyente y terminamos hasta desconsiderando a Elcana. Hermano, Elcana en el texto bíblico aparece como un hombre que tiene iniciativa espiritual. El relato infiere que la iniciativa de presentarse en el santuario y ofrecer el sacrificio era suya. Dice el versículo 3 del capítulo 1: «Todos los años aquel varón subía de su ciudad para adorar y para ofrecer sacrificios a Jehová.» Por lo menos tres veces en el texto se menciona que la iniciativa era de Elcana de venir a adorar al Señor. El relato especifica que él subía todos los años, que no era un asunto casual; eso estaba en su agenda.

Yo mismo, hermano, mientras me preparaba para predicar, me di cuenta que tenía a Elcana subestimado. De hecho, cuando Ana hizo voto delante del Señor, la práctica judía a la luz del libro de Números era que si una mujer estaba casada, era su esposo quien confirmaba ese voto. O sea, que es verdad que la iniciativa de dedicar al niño vino de Ana, pero su esposo, Elcana, que era un hombre que conocía la ley, estaba endosando el voto de su esposa, porque el voto de una esposa estaba supeditado a la confirmación del esposo. Más tarde se menciona cómo Elcana consintió en dejar a Samuel siendo un niño en la casa de Jehová para siempre.

¿Qué se menciona en el texto acerca de las prácticas de crianza de Elí? Se menciona a Elí como un padre muy ausente, displicente.

Me llama la atención que estos padres —los padres de Samuel— le dieron a su hijo un testimonio intencional de adoración.

Cada vez que venían se ocupaban de él, y dice que su madre cada vez le traía una vestimenta nueva para que siguiera adorando en el santuario desde niño. No estamos hablando de padres que dejaron al niño en el santuario diciendo «críenlo ustedes;» lo dejaron para que creciera allá, pero al mismo tiempo se ocupaban de venir cada año y darle un testimonio de adoración genuina y recurrente.

Es probable que lo que los hijos de Elí hayan visto sea una adoración mecánica. ¿Por qué? Porque él era el sumo sacerdote, él tenía que hacerlo. Ellos quizás veían en Elí el testimonio de adoración como si ese fuera su trabajo.

Padre creyente que está aquí hoy congregado, yo quiero invitarle a que haga un esfuerzo intencional para que nuestros hijos entiendan que este asunto no es solamente un asunto material. Deberías buscar que tus hijos vean tu adoración al Señor como un sacrificio, que para ti esto tiene un costo. Que no es algo que te sale «porque esto a mí me gusta solamente.» No, hermano, es que yo entiendo que sirvo a un Dios vivo, a un Dios real, que me recibe todos los domingos. Que nuestros hijos vean en nosotros un testimonio de autenticidad.

El cristianismo evangélico, hermano, tiene el riesgo de terminar en lo mismo que el catolicismo romano.

En algún momento, nosotros en la sociedad fuimos una minoría, un reducto, personas que adorábamos al Dios verdadero con unos niveles de entusiasmo y de pasión particulares porque la generalidad del pueblo no lo hacía. La Iglesia Evangélica al día de hoy —cada vez más el pueblo dominicano se presenta como evangélico— congregarse en una iglesia ya se ha vuelto un asunto tradicional. Necesitamos decirle a nuestros hijos la razón por la cual lo hacemos. Si no, terminaremos yendo a misa como íbamos en otro momento.

Provéanle recursos para cumplir sus ministerios

Lo que hacía Ana cada año está en el versículo 19 del capítulo 2: «Y le hacía su madre una túnica pequeña y se la traía cada año, cuando subía con su marido para ofrecer el sacrificio acostumbrado.» Hermano, esa pequeña túnica tenía un valor muy simbólico: «Hijo, yo estoy ocupada en tu servicio al Señor. Mijo, esto no es un asunto mecánico; te dejé ahí, pero no porque no me importa. A mí me importa que tú lo sigas haciendo.»

Yo me imagino a Samuel: cuando percibía su pequeña túnica que le había traído su madre, renovada año tras año, él decía: «Realmente a mami le importa lo que yo estoy haciendo.»

Enfatizo esto, hermanos queridos: nuestros hijos tienen la capacidad de discernir las cosas que para nosotros son importantes. El ejemplo que mejor ilustra esto es el rendimiento académico. Hijos de padres profesionales muy probablemente terminen siendo también profesionales. ¿Por qué? Porque sus padres le han dado un ejemplo vivo y activo. Así como haces con los estudios de tus hijos —que le pagas la colegiatura, le das el transporte, le das el seguimiento, que cuando baja el rendimiento eso es un tema de alarma, tienes expectativas hacia ellos, le vendes un sueño— deberías hacerlo también con los asuntos espirituales.

Hay familias en nuestro país que desde que sus niños comienzan en la vida tienen una cuenta de ahorro para sus estudios universitarios.

Es un testimonio muy fuerte que mi familia estuvo ahorrando para que yo vaya a la universidad. Señores, hay gente que estudió en la capital con unos víveres que su papá cortaba dos veces al año. Y pensar: «Yo estoy estudiando en la capital haciendo una carrera con unos víveres que mi papá corta en el campo para que yo pueda hacer la carrera.» Hermano, eso importa. Yo le aseguro que ese muchacho tiene más probabilidad de terminar los estudios universitarios que alguno para quien la universidad es solamente un asunto que toca.

Tener gente interactuando activamente en los asuntos espirituales hace que los muchachos despierten. ¿Qué es lo que puede ayudar a que nuestros hijos permanezcan en el Señor? Que usted le dé un testimonio de que su rendimiento espiritual le importa. Darle elementos que sean simbólicos y al mismo tiempo necesarios para que tengan rendimiento espiritual. Ofrecerle transporte, seguimiento, buscar la manera de que se comprometan en la casa del Señor.

Los resultados de dos aproximaciones a la crianza

Un padre que al parecer entendió que porque sus hijos crecieron en el santuario era suficiente, y unos padres que se sacrificaban intencionalmente para dedicar su hijo al Señor. Los resultados fueron diametralmente opuestos.

En primer lugar se muestran los hijos de Elí. El versículo 12 del capítulo 2 los muestra como hijos impíos y sin conocimiento de Dios.

La tragedia en nuestra iglesia local sería si estos niños, que son niños de la iglesia, terminan siendo impíos y sin el conocimiento de Dios, aun viviendo en el santuario. Se muestra del versículo 13 al 15 que usaban su posición en el santuario en beneficio personal. Qué triste sería si levantamos una generación de hijos de creyentes que vean la religión solamente como una manera de lograr beneficios personales. La iglesia enriquece a las personas en muchos sentidos, pero quiere el Señor que, más que enriquecerles, lleguen a conocer personalmente al Dios verdadero.

Los hijos nuestros aprenderán —pueden aprender mecánicamente a adorar, pueden aprender mecánicamente a cumplir un ministerio, pueden aprender mecánicamente a hacer la obra del Señor— pero esto no comienza con el aprendizaje mecánico, esto comienza desde el corazón.

La tragedia en nuestra iglesia sería si se levanta una generación que haga todo lo que hacemos nosotros, pero que no haya conocido al Dios verdadero.

Samuel: un corazón que respondió al llamado

Hago aquí una observación. Muy probablemente los hijos de Elí, si eran sacerdotes, tenían más de 30 años. O sea que quizás le llevaban a Samuel más de veinte cada uno. Samuel era un niño cuando llega al santuario. Y en esta historia hay un asunto que me genera un poco de esperanza, pero al mismo tiempo temor: al parecer, Elí hizo por Samuel lo que no hizo por ninguno de sus hijos. Lo recibió en el santuario, le dio acompañamiento espiritual, permitió que sirviera al lado suyo. Muy probablemente Elí fue un hombre que perdió el tiempo. No hizo por sus hijos lo que terminó haciendo por Samuel.

¿Cuál es el ejemplo que se nos presenta de Samuel? El versículo 2:18 dice que «ministraba en la presencia de Jehová.» Me gusta más como lo traduce la NVI: «Samuel, por su parte, ministraba en la presencia de Jehová.»

Mientras los hijos de Elí eran perversos, se habían entregado a la promiscuidad sexual en el mismo santuario, habían estado abusando del sacrificio del Señor —personas sin conocimiento de Dios— Samuel ministraba en la presencia de Jehová. Dice el versículo 26 del capítulo 2 que «iba creciendo y era acepto delante de Dios y delante de los hombres.»

Y dice el 3:1: «El joven Samuel ministraba a Jehová en presencia de Elí.» Lo que no hay testimonio de que los hijos de Elí hicieran de este modo, Samuel sí lo hacía. La cosa más hermosa es que dice el versículo 4 del capítulo 3: «Jehová llamó a Samuel.» Y lo hizo en un tiempo de mucha sequedad espiritual, donde no había testimonio de la voz del Señor.

Dice el versículo 7 del capítulo 3: «Samuel no había conocido aún a Jehová, ni la palabra de Jehová le había sido revelada.» Jehová llamó la tercera vez a Samuel, y se levantó y vino a Elí y dijo: «Heme aquí, ¿para qué me has llamado?» Entonces entendió Elí que Jehová llamaba al joven. Jehová no había llamado a ninguno de sus hijos, pero él supo que Jehová estaba llamando a Samuel.

Oye, hermano, qué hermoso sería si nosotros tenemos testimonio de que el Señor ha llamado a nuestros propios hijos.

Qué cosa preciosa nuestra iglesia sería. Como padre, nosotros podemos lograr que nuestros hijos sirvan en los ministerios, pero lo hermoso es cuando un padre tiene el testimonio en su corazón: «Mi hijo no solamente sirve en el santuario; mi hijo ha sido llamado directamente por Dios.»

Y dijo Elí a Samuel: «Ve y acuéstate, y si te llamare, dirás: Habla, Jehová, porque tu siervo oye.» Así se fue Samuel y se acostó en su lugar. Y vino Jehová y se paró, y llamó como las otras veces: «¡Samuel, Samuel!» Entonces Samuel dijo: «Habla, porque tu siervo oye.»

La graduación en la vida de un padre creyente que está criando es saber que su hijo ha sido personalmente llamado por el Señor. Podemos decir «ellos se congregan,» podemos decir «ellos sirven un ministerio,» podemos decir «ellos nacieron en el evangelio» —nosotros podemos decir muchas cosas, hermano— pero el testimonio del llamado personal del Señor a la vida de un hijo debe ser la graduación de un padre cristiano.

Hay evidencia de que Samuel desde niño tenía una personalidad dócil. Tenía interés en la casa del Señor. Dice que dormía en el santuario, cerca de donde se ofrecía el sacrificio. Escuchó tres veces que le llamaron. Las tres veces se paró y fue. «Dime, Señor, aquí estoy.» Él creía que era Elí que le estaba llamando, pero en esa actitud muestra lo que eventualmente llegó a manifestarse. En él había un corazón dócil, un muchacho obediente.

La diferencia principal entre los hijos de Elí y Samuel era esta: Samuel conoció a Dios personalmente. Los hijos de Elí eran impíos que no conocían al Señor, pero Samuel conoció a Dios personalmente. Esa es la diferencia en el relato.

Hermanos queridos, padres: en el momento en que nuestros hijos necesitan que estemos presentes para ellos —ya sea para darle la instrucción, ya sea para darle la dirección, ya sea para decirle cómo responder al llamado del Señor— probablemente nosotros como padres cristianos tengamos otra cosa. En esos años álgidos de la vida, cuando por fin tenemos tiempo para criarlos, ya se han ido.

Llega un momento en la vida donde las ocupaciones menguan y tú tienes espacio disponible, pero ya no te da el momento de criar. Un padre cristiano tiene que ser lo suficientemente diligente para hacerse disponible, para atender las necesidades espirituales de sus hijos, en esa ventana de oportunidad que son los años de crianza.

Primera actitud deplorable: honrar a los hijos más que a Dios

He estado mostrando en primer lugar el contraste que se hace entre los hijos de Elí y Samuel, entre una forma de crianza y la otra. Lo segundo que quiero mostrarles son las dos actitudes que fueron especialmente deplorables en Elí.

La primera de estas actitudes el Señor se la mostró reprediéndole por medio de un profeta. El capítulo 2, del versículo 27 al 36, es un episodio donde el Señor envió un varón para hablar con él.

Y vino un varón de Dios a Elí y le dijo: «Así ha dicho Jehová: ¿No me manifesté yo claramente a la casa de tu padre cuando estaban en Egipto en casa de Faraón? Y yo le escogí por mi sacerdote entre todas las tribus de Israel, para que ofreciese sobre mi altar y quemase incienso y llevase efod delante de mí; y di a la casa de tu padre todas las ofrendas de los hijos de Israel. ¿Por qué habéis satisfecho a sus estómagos con las primicias de todas las ofrendas de mi pueblo Israel?» Y has honrado a tus hijos más que a mí.

— 1 Samuel 2:27-29

Primer error, hermano. En cuanto a su disciplina paterna, Elí honró más a sus hijos que a Dios.

Padres creyentes que están aquí congregados: es una gran tentación, aun en padres piadosos, honrar más a sus hijos que a Dios. Y eso puede pasar de manera tan natural, puede pasar de una manera tan subrepticia, que ni siquiera somos conscientes.

¿Qué fue lo que hizo Elí? Elí puso a sus hijos en una posición para la cual no estaban cualificados. ¿Cómo terminaron estos muchachos siendo sacerdotes? Son hijos del sumo sacerdote, pero no habían conocido a Dios. ¿Y quién lo permitió? Va a llegar un momento en nuestras vidas donde tendremos que tomar la decisión difícil de entender si nuestros hijos han o no han conocido a Dios. Si los vamos a tratar como creyentes o los vamos a tratar todavía como personas que no han tenido un encuentro con Dios.

Y lo peor que puede hacer un padre es tratar a su hijo como si estuviera cualificado para servir al Señor en el santuario cuando no lo está. Cuando le permites comportarse en la casa del Señor como si fuera un hijo, siendo todavía un advenedizo, le estás haciendo daño. ¿Cuántos padres le dan a sus hijos responsabilidades espirituales tratando de que esas responsabilidades espirituales produzcan en ellos fervor por el Señor? Hermano, el encuentro con el Señor es un asunto personal. Hacer que su hijo sea un sacerdote no va a hacer que su hijo conozca al Dios verdadero.

Lo otro es que Elí permitió que operaran libremente y sin ningún tipo de supervisión.

Pero tú eres el sumo sacerdote y son tus propios hijos. ¿Cómo no vas a supervisar lo que están haciendo para el Señor? Padres cristianos, ocúpense en supervisar lo que sus hijos están haciendo para el Señor. Háganle las preguntas importantes. Supervisen su trabajo para Dios.

Elí los confrontó ante pecados graves con tanta delicadeza que eso raya en la complicidad.

Cómo va a ser que los hijos suyos están profanando —hasta viviendo un libertinaje sexual en el mismo santuario— y usted viene a confrontarlos como si eso fuera un asunto de poca cosa. «Ay, hijos míos, eso no está bien lo que ustedes están haciendo.» La delicadeza con que Elí está confrontando a los hijos raya casi en la complicidad, hermanos.

De hecho, el versículo 22 da a entender que él conocía la situación. La Nueva Traducción Viviente lo traduce así: «Estaba consciente.»

O sea, Elí sabía lo que estaba pasando y guardaba silencio. Él estaba tolerando la ofensa a Dios. Él oía todo lo que sus hijos hacían con todo Israel y cómo dormían con las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo de reunión. Lo oía, hermano, pero eran sus hijos.

Esperó ser ya un viejo para tratar con asuntos que posiblemente estuvieron ocurriendo durante años. Un muchacho que termina con esos niveles de despropósito es un muchacho que ha estado dando señales, pero su papá probablemente tenía los ojos cerrados. En vez de reprender y apartarlos del santuario, él eligió persuadirlos y llamar su atención.

Cuando las cosas han llegado a ese nivel, hermanos queridos, esto no se resuelve con «Mira, reflexiona a ver si el Señor te da dirección.» Eso es cese y desista.

Lo que más me dio hondo esta semana mientras leía este texto es el versículo 24. Escuchen lo que le dice Elí: «No, hijos míos, porque no es buena fama lo que yo oigo.» El problema no es la fama, Elí.

¿A Elí le preocupaba la mala fama de sus hijos? Hermano, que no le preocupe tanto la mala fama de sus hijos como el estado de su corazón. El problema no es lo que se dice de ellos en la calle; el problema es lo que está pasando en su propia vida, en su propio corazón. «¿Cómo está tu alma, hijo mío?» Importa el testimonio, pero aún más profundo que el testimonio es el carácter. El problema no es lo que los hombres dicen de tus hijos; el problema es lo que Dios dice de ellos. Estaba más preocupado por la fama que por lo que ellos realmente eran.

Los hijos no pueden ser el centro

Hay padres que han hecho de sus hijos su motivación principal. Cuando se sienten descorazonados: «No, yo tengo que trabajar por mis hijos, yo tengo que echar para adelante a mi familia.» Hermano, primero ustedes están en esta tierra para alcanzar los propósitos de Dios y vivir para su gloria. Y una manera de vivir para la gloria del Señor y alcanzar su propósito es proveer para sus hijos, pero que sus hijos no sean el centro, que no sean su motor, que no sean su motivación principal.

Que el Señor le permita, hermano, que usted tenga un hijo que tenga una gran contribución social, un gran rendimiento académico, un comportamiento honorable. Gloria al Señor por cada una de esas cosas. Pero que ninguna de esas cosas rivalice con el nivel de identidad que usted tenga en su Dios. Que usted esté tan satisfecho en Dios que cualquier cosa que le pueda agregar su hijo no venga a rivalizar con la satisfacción que solamente Dios debería darnos.

Hay otros que celebran o toman con ligereza actitudes que son muy peligrosas en la vida de un muchacho. Un hijo es irreverente, hermano querido. Esas cosas no son para tomarlo como un chiste. La irreverencia es peligrosa. Si su hijo llega a su casa y le dice que se robó un peso, usted le da por la mano y lo hace que lo devuelva. Si su hijo intenta tomar el nombre de Dios en vano, preocúpese. Un hijo irreverente es más peligroso que un hijo ladrón. El principio de la sabiduría es el temor a Jehová.

¿Cuántos padres permiten que los intereses secundarios en la vida de su hijo ocupen el lugar principal? El lugar principal —el corazón de su hijo— debe estar reservado para Dios. El padre es el guardián de los intereses de su hijo. De hecho, un padre debería luchar con uña y diente para que ningún interés secundario desplace a Dios del corazón de su hijo. Nosotros deberíamos estar ahí administrando su vida, su agenda —y podemos hacerlo en las edades tiernas— torear esa situación para que intereses como los juegos, los deportes, los estudios, las relaciones y otras cosas no desplacen a Dios del corazón de su muchacho. Cuidar el corazón de ellos sobre toda cosa guardada. «Guarda tu corazón, porque de él mana la vida,» dice la palabra del Señor.

Segunda actitud deplorable: no les estorbó

Segundo gran error en la disciplina paterna que cometió Elí: Elí no les estorbó. La gran paradoja de esta historia, hermano, es que el Señor utilizó al mismo Samuel para reprender a Elí. El primer mensaje que recibió Samuel de parte del Señor fue un mensaje de reprensión a Elí al respecto de sus hijos.

Y Jehová dijo a Samuel: «He aquí, haré yo una cosa en Israel, que a quien la oyere le retiñirán ambos oídos. Aquel día yo cumpliré contra Elí todas las cosas que he dicho sobre su casa, desde el principio hasta el fin. Y le mostraré que yo juzgaré su casa para siempre, por la iniquidad que él sabe, porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado.»

— 1 Samuel 3:11-13

«Porque sus hijos han blasfemado a Dios, y él no los ha estorbado.» La primera gran falta en la paternidad de Elí es que colocó primero a sus hijos y después a Dios. Y la segunda falta es que él no les estorbó.

Padre cristiano, usted tiene una solemne responsabilidad de estorbar a sus hijos en cuanto tenga los medios y el Señor se los permita. ¿Qué significa estorbar un hijo, hermano? Es colocarse en medio entre sus hijos y su pecado. Aquí está el pecado y aquí está mi muchacho y yo estoy en medio. Y usted dirá: «No, pero yo no soy el evangelio para colocarme entre el muchacho y el pecado.» Hermano, en lo que llega el evangelio, colóquese usted. Es un asunto de seguridad. Si el pecado es un monstruo que viene a arropar su vida y a comérselo, colóquese en medio.

Cómo estorbar a un hijo

Lo primero que usted tiene que hacer es reconocer que el pecado está en él. Salmo 51:5: «He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.» Lo que está diciendo el salmista: esto no es un asunto que yo aprendo, es un asunto que está dentro de mí. Dice Proverbios 22:15: «La necedad está ligada en el corazón del muchacho, mas la vara de la corrección la alejará de él.»

En esto ahora mismo los creyentes tenemos un gran problema, porque los hermanos se han dejado llevar de la psicología popular que dice que a los hijos no se les estorba. Que un padre está aquí para potencializar el desempeño de su hijo, que usted no está aquí para interrumpirlo. Interrúmpalo, hermano, por amor al Señor y a su pueblo. «No, que a los muchachos no se les puede dar un asunto negativo, hay que siempre incentivarlo, hay que llenarlo de expresiones en positivo.» Hermano, estórbele, por amor a su hijo, por amor a usted mismo, por amor al pueblo del Señor, estórbele.

No se deje llevar. Ahora mismo estamos inundados de una psicología popular que nos quiere enseñar que los niños son una cosa preciosa y que el mundo se los va dañando. No, el pecado está en ellos, hermano. «La necedad está ligada al corazón del muchacho.» Más la vara de la corrección la alejará de él. La vara de la corrección es lo que aleja al muchacho de la necedad.

¿Cómo un padre puede estorbar a un hijo en cuanto al pecado? Lo primero que usted tiene que hacer es estar presente.

Hay cantidad de cosas que no van a visitar a sus hijos hasta determinado tiempo porque usted está ahí. Lo otro que tiene que hacer, hermano, es usar la vara. La disciplina es lo que lo aleja. Entienda que ese es el propósito de la corrección: la corrección es para separar la necedad, algo que ya está en él. Impida cuanto sea posible que la exposición al pecado llegue primero que la madurez.

Pero en lo que llega la madurez —o llega el evangelio, hermano querido, que el evangelio produce madurez desde adentro, que te transformará— que esté usted ahí. «Por cuanto no les estorbaste,» le dijo el Señor. Lo que el Señor vio en Elí fue displicencia. Le dijo: «Tú no les estorbaste, tú permitiste que siguieran por ahí.»

Evite proveerle los medios, los recursos, la oportunidad para que practiquen determinado pecado. Ustedes saben que para practicar determinado pecado hace falta tener un dinerito en los bolsillos. La pobreza, hermano, a veces es un medio de gracia. Tener un muchacho con los bolsillos limitados puede estar cubriéndole de multitud de males. Un padre que no limita los medios financieros que llegan a su muchacho le está dando cantidad de oportunidades para pecar, porque el dinero le pone ruedita al pecado.

¿Por qué Elí no les estorbó?

¿Por qué Elí, siendo el sumo sacerdote —se esperaría que fuera la persona más instruida al respecto de esto en el pueblo— se comportó como un necio? Lo mismo que podría estar pasando con nosotros.

Quizás estaba ocupado. Bueno, a veces nosotros estamos tan envueltos en los trabajos —incluidos los trabajos espirituales, incluidos los trabajos ministeriales— que se nos olvida que el Señor nos ha dado una casa para cuidar. Dice la Escritura que uno de los requisitos de un obrero del Señor es que cuide bien de su propia casa, porque el que no cuida bien de su propia casa, ¿cómo podrá cuidar la casa del Señor?

Quizás confiaba que con el paso del tiempo el asunto mejoraría. Hay padres que son optimistas de las potencialidades para la virtud que hay en el corazón de un muchacho. No sea optimista, sea pesimista. Entienda que esto va de continuo al mal. «No, ellos van a ir mejorando con el tiempo.» No, hermano: estórbele, estórbele, estórbele. No confíe que eso irá mejorando con el tiempo.

Quizás le avergonzaba intervenir y hacer evidente el pecado. «No, porque si yo intervengo entonces se va a saber que mis hijos no son buenos.» Ya lo sabemos. Salmo 51.

Un padre cristiano tiene que disciplinar con mucha naturalidad, porque usted sabe que el pecado es inherente al ser humano. Nacimos en eso. Que nuestros hijos pequen, hermano, eso no es un asunto que nos avergüence. Lo que avergüenza es que cerremos los ojos ante la situación. Lo que avergüenza es que no les estorbemos.

Perdóname el ejemplo un poco burdo, pero así como sus niños hacen la necesidad fisiológica, también pecan. Porque son humanos. Un papá de niño pequeño frecuentemente tiene que cambiar un pañal en un lugar complicado. ¿Por qué? Porque eso está ahí, hermano. Nadie se avergüenza porque a un niño haya que cambiarle un pañal. Se lo cambia.

Todo padre sabe que en algún momento tendrá que transportar un pañal. Asimismo, todo padre piadoso sabe que tarde o temprano el pecado visitará a su muchacho. Y eso no es vergüenza, hermano. Usted le estorba, usted le cambia el pañal, usted reprende, usted instruye, usted trae el evangelio.

Quizás Elí confió en que el entorno privilegiado en que ellos estaban creciendo era suficiente. «Pero saben, mis hijos están yendo a la iglesia desde temprano, ellos vienen aquí, se congregan, vienen con uno.» Hermano, no es suficiente. Tener un entorno privilegiado para el crecimiento a veces es contraproducente.

Cómo aplicar la disciplina paterna

¿Cómo podemos nosotros aplicar la disciplina paterna? Honrando primero a Dios y estorbando a los hijos. Padre creyente que estás aquí, usted debería dedicar un tiempo a considerar detenidamente cada uno de sus hijos. A los hijos hay que hacerles observación y análisis. Un padre tiene que tener la mente tranquila para sentarse a reflexionar acerca del caminar y proceder de sus hijos. Usted debería quedarse mirándolo desde lejos y decir: «¿Hacia dónde va el corazón de él? ¿Qué está manifestando?» Un padre debería —así como tú piensas los negocios, que dices cómo yo puedo lograr ese contrato— estar buscando oportunidades para conducir el corazón de tu hijo. Y para eso se necesita disponibilidad.

Asuma esto como una tarea urgente. Va a llegar un momento que su intervención no será tan importante como lo es ahora. Ahora es el momento en que hay que hacerlo. Cuando Elí quiso hacerlo con Samuel, ya no podía hacerlo por sus propios hijos.

Establezca en la vida de sus hijos orden y límites conscientes. El entorno condiciona la conducta. Usted no tendrá un hijo disciplinado a menos que usted sea un padre disciplinado. Un gran problema en la paternidad es que uno quiere que sus hijos tengan unos niveles y unos estándares que uno mismo no se los puede ofrecer. Si usted es un padre desorganizado tendrá un hijo asimismo, y no trate de conducir su corazón porque su ejemplo es muy fuerte.

Entienda que de nada sirve darle a sus hijos asignaciones sin supervisión. Cuando usted le dice a un muchacho «ve y lleva eso allá,» si usted no va a ver si el muchacho lo llevó, perdió. El muchacho no solamente requiere instrucción: requiere supervisión y retroalimentación.

Quiero animar sobre todo a los padres, a los hombres que están aquí presentes: traten de asumir esto como un bloque. Los hombres tenemos una tendencia natural en buscar intervenciones rápidas. «Es que yo voy a hacer algo que va a producir que ese muchacho rápido cambie.» Trate de programarse para temporadas completas, año tras año. No trate de mirarlo una semana porque a veces uno se desmotiva. No es una labor de un día, o de una hora, o de una intervención rápida. Es una labor de una vida. Criar, hermano, es algo que requiere tiempo.

Quiero animar a mi iglesia a que eviten la presión social, tanto la de disciplinar como la de no hacerlo, porque los padres recibimos mucha presión. Nadie está enfajado en lo que usted está enfajado que ha criado a su muchacho. Entienda que su auditorio es Dios y el corazón de su hijo. Y que en eso, hermano, el Señor le ayude. Entienda que es usted el que tiene esa labor. No es un asunto para dar un espectáculo.

Disciplinar sin ira

Nuestro hijo no es nuestro enemigo, hermano, es nuestro hijo. A usted le importa la vida de ese muchacho. Cuando un padre cristiano disciplina no lo hace porque está airado.

En esto invito a imitar al Padre celestial. A mí me encanta la disciplina del Señor en el libro de Génesis. Cuando en el Edén las cosas se tornaron por donde no debían ir, no vemos un Dios descompuesto. Vemos un Dios que lo primero que hace es que llama: «Adán, ¿dónde estás tú?» No vemos un Dios que llega trayendo la puerta del Edén abajo, no vemos un Dios que manda rayos, no vemos un Dios que está descompuesto; vemos un Dios que está en su elemento disciplinando.

El ejemplo del Edén en rápido, hermano: acercamiento. Usted primero acerca al muchacho. Entienda que a usted le interesa tener una relación con él, un vínculo a su corazón. Este asunto de poner a los padres como enemigos de los hijos, de mandarlo al ostracismo, al silencio —eso no tiene ningún asidero bíblico—. Un hijo hay que acercarlo. Cuando un hijo ha fallado, acérquelo con firmeza.

En el Edén, ¿qué hizo el Señor? Primero: «¿Qué es lo que ha pasado?» Ok, ya está claro. Entonces el Señor vino y disciplinó. Trajo castigo y trajo límites. ¿Y qué terminó haciendo? Afirmando todavía un límite más amplio. Lo importante en la disciplina es establecer un límite que no se transgreda. El primer límite era «ahí está el árbol;» después el límite fue que el Señor lo sacó del Edén y estableció dos ángeles para que no entraran. Establecer fronteras. Los muchachos necesitan fronteras en su vida, asuntos que ellos sepan que no se pueden transgredir. Un muchacho que no tiene límite es un peligro social. Son como los hijos de Elí: no se limitan.

Para evitar disciplinar con ira, entienda que ese muchacho ha faltado primeramente a Dios. Usted como padre no es un padre perfecto; usted es tan pecador como su hijo, pero Dios es un Dios santo. Cuando su hijo ha pecado, no lo ha ofendido a usted primero: primero ofendió a Dios. Y si usted siente que está más descompuesto que Dios, preocúpese, porque el primero al cual se faltó fue Dios.

Para no disciplinar con ira, asuma este asunto como un equipo. Entienda que se le ha faltado no solamente a usted. Si tiene un cónyuge, diga: «Tu papi y tu mami estamos trabajando para que tu corazón vaya en tal sentido.» Enséñese como un equipo.

Mire su propio pecado. Para disciplinar con buen juicio debe entender que es un pecador disciplinando a otro pecador. A veces tenemos la tendencia de pensar que, porque nuestros hijos son más pequeños, nosotros somos mejores que ellos. Lo que pasa es que Dios es más paciente con nosotros, quizás, que nosotros somos con nuestros propios hijos.

Mire su propio pecado y usted va a encontrar misericordia. «Yo no puedo descomponerme porque a mí no se me obedeció, porque yo sé que frecuentemente yo también falto delante de mi Dios.»

Sobre todo, hermano, tome esto como una oportunidad para mostrar el evangelio. Cada vez que usted está disciplinando, cada vez que usted se cansa, entienda que eso es una oportunidad para el evangelio. Enséñeles la cruz de Cristo. «Yo sé que tú no tienes capacidad.» Y qué hermoso cuando un niño cristiano ya dice: «Papi, es que yo no puedo. Papi, es que yo lo intento, pero no puedo.» «Mi hijo, es que tú necesitas el evangelio; el poder viene desde arriba. La fuerza no está en ti; el poder está en la cruz del Señor.»

El desenlace y la oración

Como padre creyente, discipline siempre mostrando el poder del evangelio. El desenlace de toda esta historia es que el Señor castigó a Elí, murieron sus dos hijos y después él mismo se desplomó. El mal vino sobre ellos, el mal vino sobre el padre y el mal vino sobre toda la sociedad. Hermano querido, yo le invito a que estorbe a su hijo, yo le invito a poner al Señor en primer lugar. Oro por toda la iglesia para que el Señor nos ayude en esta urgente necesidad de disciplinar a nuestros hijos.

Señor, en este momento estamos orando. Entusiásmanos al respecto de estar presentes. Entusiásmanos al respecto de estorbar. Señor, danos maneras creativas. Danos sabiduría para colocarnos en medio de ellos y de la maldad. Ay, Señor, sobre todo alcanza a los niños nuestros con el poder del evangelio. Padre, qué tristeza sería si salváramos a los otros y se perdieran los nuestros. Señor, levántanos un Samuel en medio de nuestra iglesia, pero también levántanos hijos piadosos, Señor. Que no vean el mal ejemplo. Padre, cuida a los niños de la casa, cuida a los niños de nuestra iglesia, permite que todos los nuestros también sean tuyos. Padre, danos una victoria contundente en nuestra iglesia respecto de la paternidad. Permite, Señor, que tengamos hijos que te reconozcan, que te conozcan a ti personalmente. Ay, Señor, que los nuestros pronto puedan decir: «Habla, Señor, que tu siervo escucha.» Padre, míranos a nosotros en esta labor donde nos descorazonamos, nos desmotivamos, a veces sentimos que vamos hacia atrás. Permite que seamos lo suficientemente diligentes y al mismo tiempo que seamos creyentes en el poder del evangelio. Haz las dos cosas, Padre, para tu gloria. En el nombre de Jesucristo. Amén.