Saltar al contenido
Mensaje

Reflexiones sobre la muerte de un creyente

1 Corintios 15:55-57

Ya que para los creyentes la muerte física no es pérdida sino ganancia, victoria y esperanza, el estado emocional en que quedamos cuando uno de nuestros hermanos parte al encuentro con su Señor debería ser empleado de manera diferente.

Transcripción automática

Lectura: 1 Corintios 15:55-57

Dice así la palabra del Señor, primera carta de Pablo a los corintios, capítulo 15, desde el versículo 55 hasta el versículo 57. Estaré compartiendo varias porciones de la escritura pero comencemos trayendo aliento por medio de esta.

¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado y el poder del pecado la ley. Mas gracias sean dadas a Dios que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

— 1 Corintios 15:55-57

Introducción

Ya que para los creyentes la muerte física no es pérdida sino ganancia, victoria y esperanza, el estado emocional en que quedamos cuando uno de nuestros hermanos parte al encuentro con su Señor debería ser empleado de manera diferente. Si quienes no tienen esperanzas se entregan al llanto o a las distracciones, aprovechemos nosotros el momento para la reflexión piadosa sustentada en las sagradas escrituras, que es la única brújula segura para dirigir nuestros corazones.

Nuestros hermanos que se han ido están seguros en el Señor. No hay nada ya que podamos hacer para acercarlos a su presencia. Y con toda seguridad nada podrá moverlos del lugar seguro en el que ellos están. Nuestra única posibilidad está de este lado de la existencia para testificar ante aquellos que no han creído y edificar al pueblo del Señor. Hoy estaremos buscando dirección en las escrituras para asumir la partida de nuestros hermanos con la entereza que debe caracterizar aquellos que en Cristo hemos vencido ya la muerte.

Hermanos amados, amigos, todos, espero que no vean como un gesto de insensibilidad de mi parte, que no me vean como muy duro, si dedico el tiempo en este momento no tanto a recordar a nuestros hermanos sino a edificar a los que están presentes. Ya yo no puedo hacer nada por ni en beneficio del hermano que hemos perdido. No hay nada que pueda acercarlo a él un poquito más a la presencia del Señor y no hay nada que pueda retrocederlo. Él está seguro. Las únicas personas que hoy están corriendo riesgos son las personas que nos encontramos aquí presentes.

Cuando alguno cruza la línea y va al encuentro con su Señor, hermano, no hay lugar más seguro en el cual puede estar un creyente que los brazos de su Señor. Y no hay un lugar más inseguro para el mundo que este tiempo presente y el mundo donde a nosotros nos ha tocado estar. Me gozo en saber que aún después de su muerte el testimonio de un creyente puede ser usado por Dios para edificación. Ya no hacemos nada por un creyente, pero el Señor puede utilizar el testimonio y la partida de ese creyente para edificarnos a nosotros.

Quisiera hacer cuatro cosas la mañana de hoy. Quisiera evitarle a la iglesia cuatro cosas distintas. Lo primero que quiero evitarles es que desaprovechemos el momento pasando rápidamente y sin reflexionar. Me gustaría mostrarle a mi iglesia que tenemos que evitar pensar en la vida eterna como algo que está por delante.

Quisiera evitar que mis hermanos se refieran a la partida de un creyente al encuentro con su Dios como lo hacen los impíos. Y terminaré mostrando que entre los creyentes el dolor no se ignora, que es real, que se experimenta y se manifiesta; que es la voluntad del Señor que lloremos cuando hay que llorar, pero al mismo tiempo que nos consolemos con lo único que podemos consolarnos.

1. No desaprovechemos el momento

Estando en la funeraria le recordaba a los familiares aquel momento donde nuestro Señor Jesucristo, cuando estaba entre nosotros en la tierra, supo de la muerte de su amigo querido. Cuando Lázaro murió el Señor se trasladó hacia el lugar porque él quería estar con los familiares de Lázaro. Y cuando el Señor se encontró con ellos, hizo tres cosas distintas: lo primero que hizo el Señor fue instruir; otra cosa que hizo el Señor es que abrió su corazón y lloró; y lo tercero que hizo fue llevar consolación.

Quisiera que la iglesia hoy crezca en sabiduría, en el conocimiento de Dios al respecto de estas cosas. Quisiera que la iglesia apropiadamente desborde su corazón delante del Señor. Y quisiera que la iglesia encuentre consuelo en el único lugar donde se encuentra consuelo para estas cosas. Nuestra convicción es que si amplia es la dimensión del vacío que ha quedado en nuestro corazón, amplio es Cristo para llenarlo en nosotros.

Recuerden cuatro cosas que estaré hoy evitando. Comienzo evitando la primera: quisiera evitar que desaprovechemos el momento pasando de esto rápidamente sin reflexionar.

Mejor es ir a la casa de luto que a la casa de banquete, porque aquello es el fin de todos los hombres y el que vive lo pondrá en su corazón. Mejor es el pesar que la risa, porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón. El corazón de los sabios está en la casa del luto, mas el corazón de los insensatos en la casa en que hay alegría.

— Eclesiastés 7:2-4

Hermanos queridos, el luto es una preciosa provisión del Señor. Esta leve tristeza, esta leve tribulación momentánea puede ser utilizada por el Señor para propósitos muy grandes. ¿Qué es lo que la iglesia está experimentando? En este momento hay tristeza, en este momento hay duelo, en este momento hay desconsolación, pero todas estas cosas tienen propósito en el Señor.

No quisiera que de aquí a poco haya pasado el tiempo y volvamos al transcurrir normal de las cosas. Me gustaría detener en este momento a toda la congregación para decirle que el dolor y la muerte en Dios tienen propósito. Que hay preciosas lecciones de sabiduría que podemos aprender en el momento amargo. Los insensatos pretenden evitar pensar en estas cosas, pensar en la muerte.

Sé que es un tema agrio, sé que es un tema difícil. Hay cierta resistencia a los funerales, a los cementerios, a entender que el Señor ha establecido punto en la vida, pero tengo que aprovechar uno que está seguro para hablarle a aquel que todavía corre riesgo.

Apelando a la vida de uno que está seguro ya en la presencia del Señor, les diré a aquellos que quedamos en esta tierra, que el momento del luto es una oportunidad para entender que la vida terminará en algún momento.

La vida fue diseñada por Dios de forma tal que tengamos que de vez en cuando mirar la muerte. El proceso mismo del envejecimiento de nuestros cuerpos, aunque se trate de ocultarnos, recuerda que nos estamos muriendo. Aún en el mundo de las culturas más materialistas todavía el proceso del duelo es un proceso lento. El ser humano necesita recordar que es mortal, que el Señor estableció cuenta de nuestros días y que tarde o temprano todos avanzaremos al encuentro con Él.

Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.

— Salmo 90:12

¡Qué hermoso sería si en este momento de dolor nosotros podemos por un momento recordar nuestra fragilidad! Recordar que somos perecederos, recordar que aún aquellos que son robustos y están saludables en algún momento el Señor podría llamarlos a su presencia. Y qué hermoso sería si todos nosotros estamos preparados para el encuentro con nuestro Dios.

Somos seres finitos sumamente frágiles. Aquello que hoy es postergable e innegociable mañana no tendrá tanta importancia. La muerte nos recuerda que nuestra vida está impactando a los demás positiva o negativamente, a veces hasta sin buscarlo. Que el Señor utilice este momento amargo, este momento triste, para que podamos vivir de manera más intencional.

Llegará el día, hermano, en que todos nosotros estaremos muy expuestos delante de los hombres, pero sobre todo delante de Dios. Y ese día no se pronostica, es un día que no se planifica. Llegará el día en que todos nosotros tenemos que dar cuenta ante el tribunal del Señor.

Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna en los cielos.

— 2 Corintios 5:1

Si alguien está en estos días solamente contando con su morada terrenal, yo quisiera invitarle a que aproveche el momento de dolor para entender que también hay una morada eterna. Si alguien ha experimentado dolor profundo ante la pérdida de un ser querido, me gustaría decirle que hay una manera en que todos nosotros podemos reunirnos, exponiendo la confianza en el mismo lugar para que todos nos veamos en su presencia. Hermanos, evitemos desaprovechar el momento pasando rápidamente y sin reflexionar.

2. La vida eterna es presente, no futura

Yo quisiera evitar que pensemos en la vida eterna como algo que está por delante. Hermanos queridos, entiendan que aquel que en el Señor ha creído:

De cierto, de cierto os digo: El que guarda mi palabra, nunca verá muerte.

— Juan 8:51

Alguien me preguntará, ¿y qué fue lo que el hermano Augusto de Aneri acaba de experimentar? Si acaso alguien no verá jamás la muerte, ¿cómo es que le hemos despedido en un cementerio? Hermanos queridos, permítanme explicarles que nuestra vida es más que nuestra existencia terrenal. Usted no es solamente polvo; en nosotros se sopló aliento de vida, en nosotros está la imagen de Dios.

Hay una vida diferente que podemos conocer en Dios, y esta vida diferente que podemos conocer en Él nunca jamás podrá ser apagada. La vida que conocimos en el Señor no es vida terrenal. Esta vida temporal, en algún momento, toda se desaparecerá, nuestros cuerpos serán destruidos, pero hay una nueva vida que algunos hemos conocido, y es la vida en Cristo.

Hermanos, amigos aquí congregados, quiero mostrarles que nuestra existencia delante de Dios es más que cuerpo, es más que biología, es más que células. Nosotros somos seres espirituales y fuimos creados para vivir para siempre. Esta es la realidad de la vida: la eternidad ha sido clavada en el corazón de los hombres y los hombres no acaban de entender. La única razón por la cual espiritualmente algunos están muertos es por la realidad del pecado.

De hecho, cuando Cristo hablaba de nuestra vida, Él hablaba de nuestra vida en el presente, no en el futuro. No es que ahora el hermano que hemos perdido tiene vida eterna. Él tenía vida eterna desde antes.

El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.

— Juan 3:36

Yo quiero mostrarles que hay dos estados ahora mismo. O usted está en la vida de Dios, o usted está en la ira de Dios. Si usted está en la vida de Dios, usted no se perderá, usted no perecerá. Usted está vivo hoy. Paradójicamente, hay personas que biológicamente están vivas y espiritualmente están muertas. Y algunos ya entregaron este cuerpo de células y están más vivos que nunca.

Quiero mostrarles que la vida desde la perspectiva de Dios es más que un cuerpo que existe durante un período temporal. Este cuerpo la Escritura nos muestra como un tabernáculo. El tabernáculo fue aquel lugar de adoración que el Señor utilizó temporalmente a la espera de que viniera algo mejor, algo más grande, algo más permanente. La Escritura muestra nuestro cuerpo físico como un tabernáculo, un asunto precario y temporal, pero al mismo tiempo muestra nuestro lugar en Dios como una casa, como un hogar, un lugar que permanece para siempre.

La vida que hemos conocido en el Señor no es algo que nos está guardado para después de la muerte, la podemos experimentar hoy. Nosotros podemos sentir la realidad de esta vida que va emergiendo en nosotros y esa vida nunca se detendrá. En algún momento vemos la biología detenerse, pero nuestra vida en el Señor sigue existiendo para siempre.

El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna.

— Juan 5:24

¿Y qué es la vida eterna? El Señor lo describió:

Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

— Juan 17:3

¿Saben por qué nuestro hermano tiene vida eterna? La tenía desde antes de la línea y la tiene después de la línea porque él conoció al único y suficiente verdadero Salvador y a Jesucristo, su Hijo.

Hermanos, amigos hoy presentes, lo que he estado tratando de mostrarles es que nuestra vida es algo más. Que adentro de nosotros hay una realidad que no es física que emerge. Hay algo que no se puede detener por el tiempo, hay algo que se va rejuveneciendo, hay algo que no puede ser detenido, hay algo que no puede ser malogrado, hay algo que no puede ser arrebatado, hay algo que la muerte física no puede quitarnos: esta vida eterna que tenemos en el Señor. Por convicción decimos que la comunión de nuestro hermano con el Señor nunca se detuvo y nunca se detendrá. Usted pudo verlo reposando, está reposando físicamente, pero delante de Dios él está muy activo. Ya no hay muerte, ya no hay llanto, ya no hay dolor. En el lugar donde él está, solamente hay vida y es vida eterna.

Cristo venció la muerte

Nuestro Dios venció la muerte. Tenemos vida porque Él venció la muerte. Miren, todo ser humano está en el negocio de vencer la muerte, directa o indirectamente, lo admita o no lo admita, pero todos estamos tratando de no morirnos.

Cuando alguien procrea, él siente por primera vez un atisbo de lo que es la eternidad. A través de nuestros hijos nosotros sentimos que nos estamos extendiendo, que nos estamos aumentando. Tener hijos es una manera a través de la cual los hombres tratamos de postergarnos. Es hasta cierto punto satisfactorio, pero no es suficiente porque tú fuiste hecho para vivir para la eternidad en comunión con Dios.

Sin embargo, tener hijos nos da una cierta sensación de posteridad. Quien no tiene hijos, por lo menos trata de construir obeliscos. Hubo un hombre en el Antiguo Testamento que el Señor no le dio hijos e hizo un obelisco y le puso su nombre: es el obelisco de Absalón. Hay personas que ponen sus nombres en un edificio, o por lo menos si no hay tanto presupuesto en un banco del parque, pero todos estamos en el negocio de postergarnos. Una escuela con mi nombre, alguna institución, una fundación que lleve mi apellido, escribir un libro, sembrar un árbol, tener un hijo. Todos estamos en esta actividad de vencer la muerte. Algunos tratan de vencer la muerte con realizaciones, otros por medio de un legado, otros por medio de su patrimonio. Aún otros tratan de dejar instrucciones para después de su partida.

Amigo que estás aquí presente, que todavía no has conocido la vida en Cristo, te diré que la manera de vencer la muerte es poner en Cristo tu confianza. Cristo venció la muerte. Lo hizo corporativamente en nombre de todos nosotros que en Él pondremos nuestra confianza. Ya nosotros no estamos llamados a vencer; Cristo venció por nosotros.

Esta es la realidad por la cual se pregunta la Escritura: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Sorbida es la muerte en victoria. El Señor desarmó la muerte. Mientras menos conozcas de Dios, más temor tendrás a morirte. Mientras más conozcas del Señor, con más entereza y confianza te aproximarás a este momento, que puede ser un momento difícil, pero no es la única vida que tenemos.

Dice la Escritura que Cristo se hizo hombre tomando un cuerpo físico para Él vencer la muerte. Él habla de la muerte como si fuera un imperio:

Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre.

— Hebreos 2:14-15

El temor a morirse es algo que esclaviza; la confianza de nuestra vida eterna en el Señor es algo que liberta. El saber que no hay pérdida, el saber que nuestra vida está segura, el saber que no contamos con diez o treinta años, es algo que nos da entereza, hay confianza. Te recuerdo que si en el Señor está tu confianza, la vida eterna está operando en ti. Ya nosotros no tenemos que vencer la muerte, el Señor venció la muerte y la desarmó. Y era un mecanismo tan elaborado que la Escritura le llama imperio.

3. No hablemos como los que no tienen esperanza

Tengo que mover mi mano para evitar que nos refiramos a la partida de un creyente como lo harían los impíos. Por favor quiero en este momento corregir las expresiones de la iglesia.

Cuando usted diga que su hermano fue al Señor, evite términos tales como «que Dios le tenga en gloria». Eso no hay que decirlo. Cuando escucho que se están refiriendo de un creyente como si fuera un asunto inconcreto, indefinido — «que Dios lo tenga en gloria» — no, nosotros decimos: está en gloria. No es que el Señor lo tenga como que el Señor nos va a atender; es que él puso su confianza en el único lugar donde un hombre puede poner su confianza, y en este momento no hay duda alguna de que nuestro hermano está con el Señor.

«Que en paz descanse.» No, no, no. Nosotros no deseamos la paz. Nosotros sabemos que él vivía en paz cuando estaba entre nosotros y que él está en paz en este momento:

Mi paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da.

— Juan 14:27

La paz que acompañó a nuestro hermano antes de la muerte es la misma paz que en este momento le acompaña. No hay que desear la paz; hay que vivir la paz en el Señor.

Erradiquemos de nuestro vocabulario. Cuando muere un creyente, no digamos «que el Señor le tenga en paz»; digamos: Él estuvo y está en paz. Hablemos de manera concreta, de manera definida, como son los actos del Señor a favor de su pueblo.

«Que el Señor tenga misericordia de él.» ¡Oh! ¡Dios tuvo misericordia de él! Por la misericordia del Señor, un hombre en su mediana edad fue pasado de muerte a vida y vimos que un nuevo hombre se levantó. La misericordia del Señor no es algo que nos alcanzará después de la muerte, es algo que nos acompaña en vida y nos lleva más allá de la muerte. No digamos nunca «que el Señor tenga misericordia de nuestro hermano». Digamos: nuestro Dios fue misericordioso y salvó a nuestro hermano.

No se compadezcan de un creyente cuando muera. Dejen atrás la conmiseración. «¡Ay, el pobre! Tan joven… ¡Ay, mira que no vivió una vida!» Hermano, no hable así, que de un creyente se habla con victoria. Morir en Cristo es ganancia. No se compadezca de su hermano que está seguro en la presencia del Señor. Compadezcámonos de nosotros mismos. De nuestro hermano lo que podemos decir es:

Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia.

— Filipenses 1:21

Dejemos atrás esta manera triste de referirnos a los creyentes que han vencido, hermano. La muerte para un creyente no es fracaso, es graduación.

La manera más sublime, más gloriosa con que la Escritura muestra la partida de un creyente es sueño. Dice la Escritura que durmieron en el Señor. No habla como una tragedia, no habla como una pérdida devastadora. La Escritura habla de aquellos que ya están en su presencia como aquellos que ya duermen.

Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también traerá Dios con Jesús a los que durmieron en él.

— 1 Tesalonicenses 4:13-14

¿Cómo se refiere nuestro Dios, hermano? Hablen con un vocabulario bíblico acerca de aquellos que triunfaron. No fue que alguien iba caminando y perdió en la prueba y por eso no calificó. No, estamos hablando de alguien que se graduó con honores, hermanos, con los honores de Cristo. Todo mérito de Cristo en la cruz es aplicado, es imputado en nosotros. Nuestro hermano no fue reprobado en la prueba de la muerte. Él venció la muerte con la ayuda del Señor y en este momento está en gloria.

¿En qué sentido la muerte de un creyente es dormir, hermanos? El dormir es la transición de un día al otro. Es la transición de una etapa a la otra. Él en este momento durmió en el Señor; transicionó de una existencia terrena a una existencia celestial en gloria. La muerte es transición para nosotros, así como el sueño es transición. ¿Qué es la muerte? Es la entrada a un tiempo de descanso pleno. Cuando una persona muere en el Señor, él está plenamente descansando.

Cuando usted duerme, hay una parte de usted que sigue muy viva. Cuando usted está durmiendo, quizás el cuerpo está más vivo que cuando usted está despierto: se está regenerando, está reparando. Cuando usted duerme, no se apaga completamente. Hay una parte de usted que se queda ausente, pero hay una parte que sigue ante el Señor activa. Eso es morir en el Señor.

Quizá la parte más dramática de dormir es el hecho de que durante un tiempo, que puede ser más largo o más corto, no estaremos disponibles para nuestros seres queridos. Nuestro hermano se nos durmió en el Señor. Y quisiéramos todavía exaltar al Señor con él, quisiéramos adorar con él, quisiéramos compartir con él. En este momento está durmiendo. Él sigue vivo en el Señor, pero está durmiendo. Y saben qué pasa cuando uno duerme, hermano: uno despierta. Y en un momento despertaremos en el Señor y volveremos a tener la misma conversación, la misma pasión, y todo en una condición física mejor.

4. No racionalicemos el dolor

Termino mostrando que tenemos que evitar racionalizar el dolor. Una de las hermosuras de la fe cristiana es que la fe cristiana no anula que los hombres sufren. Nosotros no servimos a un Dios distante, a un Dios insensible, a un Dios que no empatiza, no servimos a un Dios de piedra. Servimos a un Dios que llora. Mi Dios, cuando caminó en esta tierra, lloró. Uno de los versículos más cortos del Nuevo Testamento: «Y Jesús lloró.»

Qué satisfacción me da poder mostrar hoy a mi iglesia, a los amigos, a los familiares, que no estamos sirviendo al Dios distante que habita en las nubes y que no tiene cuidado de nosotros. Estamos sirviendo a aquel que puede empatizar con nuestra necesidad. Uno que se sintió conmovido, compungido, al ver que su amigo había muerto y al ver a los familiares de su amigo llorar. Mi Señor lloró, hermano. Qué satisfacción me da el saber que sirvo a un Dios que puede sentir empatía con mi necesidad.

Por favor, cuando hemos perdido un ser querido, no le diga a una persona que no llore. Dígale: no llore como los que no tienen esperanza. No le diga a alguien que llorar es malo, porque el Señor ha diseñado el duelo para que podamos experimentar. La muerte tiene significado. Uno de los significados de la muerte es recordarnos que desobedecer a Dios tiene consecuencia. Nuestros padres en el pasado pecaron y el Señor dijo: «Por lo tanto morirán.» Y cada vez que alguien muere nos recordamos que estamos sirviendo a un Dios que es perfecto. Nuestro Dios puede sentir empatía, nuestro Dios puede sentir nuestra precariedad.

Esta es una oportunidad preciosa para consolar. Y no consolamos con nuestras palabras. Hay una consolación que ayuda y es el amigo que viene y te dice «te acompaño en tu sentimiento» y te da las dos palmaditas en la espalda. Pero estamos sirviendo a un Dios que es el Padre de toda consolación. Mientras más te falte un padre, un hijo, un amigo, un hermano, más espacio hay para Cristo en ese corazón.

Es mi oración que el Padre de toda consolación, aquel que no se burló de los sentimientos de los hombres, aquel que no racionalizó nuestro dolor, aquel que iba a poder levantar a Lázaro pero al mismo tiempo antes de levantarlo lloró, es el mismo que puede pasar hoy bálsamo sobre los corazones atribulados y que puede cambiar en nosotros la desesperación por gozo. Que mi Dios pueda consolar es algo que me sobrecoge. Que el Señor pueda tocar familiares es algo que me sobrecoge. Eso lo hace mi Señor.

Es una oportunidad para consolar, es una oportunidad para testificar. Qué gozo me da a mí poder decir en una funeraria: aquí está el cuerpo, el envase, los restos mortales de uno que en este momento vive para siempre en la presencia del Señor. Desesperación grande tengo yo cuando tengo que ir a una funeraria a despedir a aquel que no sé que está en un lugar seguro. Gozo me da a mí poder predicar, poder consolar, poder animar, porque la mayor consolación que yo puedo dar es que aquel que salvó a Augusto de Aneri es el mismo que a ti puede salvarte. Que aquel que cubrió todas las heridas de su corazón, de forma tal que le vimos tierno en la presencia del Señor, ya sin carga, levantando mano santa, es el mismo que puede quitar las llagas de nuestro corazón.

Invitación y oración

Señor, oro por la iglesia, oro por los familiares, oro por salvación y oro por consolación. Señor, de nuevo la misma obra. Me gozo de recordar cómo dramáticamente tú levantaste a mi hermano de entre los muertos para vida eterna. Y me gozo, Señor, en que tú todas las cosas las haces hermosas en tu tiempo, en tu orden, Señor, en tus propósitos, a tu manera tú lo hiciste. Qué historia de triunfo más gloriosa, Señor, es ver un pecador que pasa de muerte a vida y que se levanta victorioso en las promesas de su Señor.

No pido por el muerto porque él físicamente ya no está con nosotros. Ya ni siquiera al vivo puedo acompañar en mis oraciones. Él está seguro en las manos del Maestro. Pido por los que aquí estamos, Señor, que estamos todavía en terreno movedizo, que estamos todavía en un mundo de pecado, en un mundo de vanidad, en un mundo de distracciones.

A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.

— Juan 1:11-12

Si aquí hay alguien que perdió un padre terrenal, que reciba un padre celestial. Si aquí hay alguien que siente la orfandad de no tener un padre físico, que se refugie en la paternidad de un padre espiritual.

Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.

— Juan 3:16

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

— 1 Juan 1:9

He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo.

— Apocalipsis 3:20

Si alguien puede poner hoy toda su confianza en el mismo lugar donde nuestro hermano, un precioso creyente en el Señor que en este momento está mejor que nunca, en algún momento la puso, yo le invito a que ponga hoy en Cristo su confianza. Nadie es tan fuerte para vencer la muerte, nadie es tan fuerte para hacer la voluntad del Señor. Pero el Señor que comienza en nosotros la buena obra la perfeccionará hasta el final. No confíes en tus fuerzas, no confíes en tu sabiduría; humíllate delante de la poderosa mano del Señor y Él te exaltará cuando fuere tiempo.

Si alguien hoy puede poner en Cristo su confianza, no hay una plantilla para hacerlo, no hay un protocolo. Lo que hace falta es sinceridad de corazón y un deseo genuino de que la vida de Cristo se manifieste en ti.

Señor, si alguien te está pidiendo en este momento la vida, dale la vida que solamente tú puedes darle. La vida eterna, la vida plena, la vida satisfactoria, la vida que triunfa sobre la muerte. Si tú con sinceridad has escuchado y has orado delante del Señor, confía en este momento en sus promesas. Él ha dicho que todo lo que el Padre le ha dado vendrá a él y lo que a él viene, él no le echa fuera.

Iglesia, yo te exhorto a cultivar esta nueva vida que el Señor ha puesto en ti. Yo te invito a que pronto te prepares y tomes una decisión, la misma decisión que Augusto de Aneri en un momento tomó, de no solamente creer, sino al mismo tiempo ser bautizado. Dice la Escritura que el que creyere y fuere bautizado será salvo. Señor, pon tú consolación, pero pon tú la mayor consolación de saber, Señor, que algún día todos nosotros nos encontraremos cuando ya no hay muerte, ya no hay lágrimas y ya no hay dolor.

Todo esto para tu gloria. En el nombre de aquel que venció la muerte, nuestro Señor y nuestro Salvador, Jesucristo.