Gran parte de la insatisfacción del ser humano es que nos consideramos dueños cuando no lo somos. El principio bíblico de la mayordomía enseña que lo que tenemos no es nuestro, sino de Dios, y que nosotros lo administramos con libertad, pero Él sigue siendo el dueño.
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Vamos a estar hablando hoy sobre mayordomía, un tema que tratamos el año pasado por lo menos dos veces, pero que este año no habíamos tratado directamente. La razón que tengo para hablar de esto es que estamos cerrando el año y cada cierto tiempo aparece un diagnóstico nuevo de depresión. Quizás alguien comienza a ver que son menos los años que le quedan que lo que le quedaban antes, quizás hay sueños que no ha podido concretar y comienza a sentirse un poco triste. Yo no sé si es el caso de ustedes, pero a mí también me pasa eso. Uno vive en esta humanidad y uno siempre tiene temporadas: hay veces que uno está como muy alegre y hay veces que también uno comienza a sentir estas cosas.
Hoy vamos a hablar de cómo encontrar satisfacción en las cosas que ya tenemos. A grandes rasgos hablaremos de dos temas principales. Lo primero que estaremos viendo es lo que significa mayordomía, porque es un término que quizás mucha gente no conoce. Y lo segundo que vamos a estar mirando es cómo poder lidiar con esta insatisfacción natural que hay adentro de cada uno de nosotros.
¿Qué es la mayordomía cristiana?
Cuando yo le hablo a ustedes de mayordomía, quizás ustedes están pensando en un señor que tiene un corbatín y que le pone la comida en la mesa. Eso es un mayordomo en Occidente, y así es que normalmente uno ha entendido lo que es el mayordomo. Pero en Oriente el mayordomo era mucho más. Se entendía que un mayordomo era una persona puesta al cuidado de los bienes de un gran señor. Era la persona que cuidaba la propiedad, era como el administrador. Un señor que quizás tenía muchas propiedades tenía muchos mayordomos, y a estos mayordomos les ponía sus propiedades a su cuidado. Les decía: «Mira, cuida eso como si fuera tuyo. Adminístralo bien.» Pero la propiedad no era del mayordomo, sino de su Señor.
Esto de entender la mayordomía lo que nos dice a grandes rasgos es que lo que tenemos no es nuestro, sino de Dios. Que nosotros lo administramos con mucha libertad, pero que Él sigue siendo el dueño.
En el principio creó Dios
¿Qué dice la Escritura acerca de la mayordomía? Acompáñenme en sus Biblias en el libro de Génesis, el primer capítulo.
En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz, y fue la luz.
— Génesis 1:1-3
Cuando yo te leo esto, al mismo tiempo te digo: tú no creaste los cielos ni creaste la tierra. Tú no hiciste la luz, Dios hizo la luz. Ni hiciste la tierra, ni hiciste los cielos y tampoco hiciste la luz.
El relato de la creación continúa, y cada vez especifica: creó Dios. No creamos ninguno de nosotros.
Al final, en el día sexto, que fue el último día activo en la creación, dice la Escritura:
Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza. Y señoreen en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen. A imagen de Dios lo creó. Varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y sojuzgadla.
— Génesis 1:26-28
Dios no solamente creó los cielos, la tierra, separó la luz de la tiniebla, lo seco de lo húmedo. Dios también te creó a ti. Y cuando todo estuvo creado, entonces el Señor colocó al hombre dentro de la creación y le dijo: ¡Adminístrala!
Este pasaje del libro de Génesis debería ponernos a reflexionar sobre el hecho de que nada de lo que hay sobre la tierra nos pertenece a nosotros. Por eso dice el Salmo 24:
De Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan.
— Salmo 24:1
No solamente de Dios es la creación natural, también es la creación especial que somos nosotros los hombres. No solamente de Dios es el recipiente, también de Dios es el contenido. Y aquí comienza el principio bíblico de la mayordomía: la razón por la cual Dios es el dueño y no tú es porque Dios fue quien creó las cosas que estás usando y también Dios te creó a ti.
Gran parte de los problemas y preguntas que podemos tener con relación al cuidado de nuestros bienes —el dinero, el trabajo, las habilidades, las relaciones, experiencias, oportunidades, ahorros, inversiones, negocios y hasta nuestro propio nombre— se resuelven y responden al entender el principio bíblico de la mayordomía: una actitud con respecto a los bienes que nos lleva a usarlos de un modo tal que nuestro Señor sea glorificado, sabiendo que nosotros somos solamente administradores de algo que no es nuestro, sino suyo.
Yo tengo hoy un propósito que la verdad es que me supera a mí mismo, y es que yo quiero lograr que a través de la palabra del Señor ustedes logren tener satisfacción con las cosas que ya tienen.
Pero para que mi propósito se alcance, lo primero que tengo que demostrarles es que ustedes no son dueños. Lo que tanto se aferra uno, la verdad es que no es suyo. Que usted lo recibió de Dios. Que no lo tenemos en condición de propietarios perpetuos, lo tenemos en condición de administradores temporales, y tarde o temprano tendremos que entregarlo.
Nada es nuestro. Es más, dice la Escritura que nosotros ni a nosotros mismos nos pertenecemos, que le pertenecemos a Él. Quizás el bien que el ser humano puede sentir más propio es un hijo. Y cuando una madre abraza a un hijo dice: «Este sí realmente es carne de mi carne, es sangre de mi sangre.» Pero dice la Escritura que hasta los hijos se tienen de Dios en condición de administradores y que el Señor nos pedirá cuentas.
La rebelión de la criatura
La criatura se ha rebelado contra su creador y en su rebelión trabaja para su propia gloria, olvida el agradecimiento y sigue sus propias reglas. Hay un problema de insatisfacción que es real, pero esto tiene su origen en una rebelión. Nosotros realmente creemos que somos los dueños. ¿Cómo entonces se expresa esta rebelión? Tres expresiones.
Lo primero, nos robamos la gloria de Dios. El hombre natural vive para su propia gloria; la Escritura le llama eso vanagloria. Nosotros queremos ser reconocidos, queremos ser celebrados. Pero si la creación es suya y si nosotros somos suyos, el único que merece absoluta celebración sobre esta tierra es Dios.
Lo segundo, el hombre se rebeló para no tener que darle las gracias al creador. Y lo tercero, no quiere seguir las reglas de Dios sino sus propias reglas.
Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios.
— Romanos 1:21-22
En la creación hay un problema y es que nosotros somos criaturas pero nos hemos considerado creadores. Nosotros no somos dueños pero realmente hemos creído que lo somos.
Yo te pregunto: ¿eres un dueño necio o eres un mayordomo sabio? Si eres un mayordomo sabio, la gloria es de Dios. Si eres un dueño necio, la gloria es tuya. Gran parte de la insatisfacción del ser humano es que nos consideramos dueños y cuando no se nos da aquello que solamente le corresponde a Dios, hacemos crisis.
Es beneficioso ser mayordomo de Dios
Yo quiero enseñarles tres razones por las cuales a ustedes les convendría comenzar a reconocer al Señor como el dueño y a ustedes considerarse el administrador. Esto no es una posición mala. Es más, hay veces que es mejor ser un administrador de un señor muy rico que uno ser dueño de alguna cosita pequeña.
Los recursos de Dios son inagotables. Si yo entiendo que soy dueño, la verdad es que mis recursos son muy limitados. Pero si eres mayordomo de aquel que puede crear cosas con el poder de su palabra, la cosa cambia.
¿Sería mejor tener tus propias cosas como si fueran tuyas o sería mejor administrar los inagotables recursos de Dios?
El mayordomo vive en la casa y puede usar lo que está ahí. Es verdad que no es suyo, pero la verdad es que muchos mayordomos viven mejor que muchos dueños. Yo supe de una persona que tiene una propiedad fuera de la ciudad, y buscaron una familia para que les cuide la casa. Esa familia vive en una casa con piscina grande, tienen camas más grandes de las que tuvieran en cualquier otro lugar, le llevan la compra dos veces por mes, y aparte de eso, ¡le pagan!
Qué paradoja: al final hay gente que prefiere malvivir por tener un título de propiedad.
La recompensa terrenal de Dios es buena y la recompensa celestial es mucho mejor. Dice el Señor en el libro de Mateo que después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos y arregló cuentas con ellos. Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos diciendo: «Señor, cinco talentos me entregaste, aquí tienes, he ganado otros cinco sobre ellos.» Y su señor le dijo: «Bien, buen siervo y fiel. Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en el gozo de tu señor.»
El Señor es más generoso que cualquier jefe terrenal que ustedes puedan tener. Usted sabe lo difícil que es que usted bote el forro sirviendo a uno de los señores de este mundo para que ni siquiera le digan las gracias. Pero el Señor, oigan cómo le dijo a su siervo: «Ven, buen siervo y fiel.» Y ahí uno le da como un cutico por dentro. El Señor nos da reconocimiento, un mayor nivel de responsabilidad según administremos las cosas que hemos recibido, y un gozo que es eterno.
Normas de etiqueta para los mayordomos del Señor
Si te estás haciendo con la idea de llegar a ser un mayordomo del Señor, me gustaría darte así cortico un cursito rápido de normas de etiqueta y protocolo. Ocho normas para ser un mayordomo en el reino de Dios.
1. Justifica tu petición en su gloria
Cualquier cosa que tú le vayas a pedir al Señor, justifica tu petición en su gloria antes que en tus deleites, a pesar de que en su gloria te ha permitido deleitarte.
Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.
— Santiago 4:3
Yo te pregunto: ¿cuándo fue la última vez que tú pediste algo en oración, con insistencia, que contribuía más a la gloria de Dios que a tu satisfacción personal? Yo me puse a preguntarme eso y vi que en mi listado de oración, a veces digo: «¿Y en qué contribuye esto a la gloria del Señor? En nada. Lo que contribuye es a que Rafael Pérez se sienta un chin mejor.»
Si quieres ser un buen mayordomo en el reino del Señor, cada vez que vayas donde tu Señor a pedir, trata de mostrar cómo tu petición de oración contribuye más con la gloria de Dios que con el deleite tuyo.
2. Valora lo que tienes como una asignación de tu Señor
Lo más importante no es el valor actual, mucho o poco, sino la encomienda. Eso significa confianza, oportunidad, dedicación. Todos nosotros hemos recibido cosas de Él. Tu esposa la recibiste del Señor. Tu hijo lo recibiste del Señor. Tu carro lo recibiste del Señor. Miren este par de zapatos, que son zapatos que solamente le calzan a pies de Rafael Pérez, los recibí yo del Señor. Mi camisa es del Señor, el reloj es del Señor. Tú te puedes ir quitando cosas así de encima y cada vez puedes decir: lo recibí del Señor.
Hubo un caso en Israel. Un rey, el rey Acab, podía tener la mejor tierra que había en Israel. Pero ¿saben qué pasó con el rey Acab? Que él quería el pedacito de tierra que el Señor le había dado a Nabot.
Y Acab habló a Nabot diciendo: Dame tu viña para un huerto de legumbres, porque está cercana a mi casa, y yo te daré por ella otra viña mejor que esta. O si mejor te pareciere, te pagaré su valor en dinero. Y Nabot respondió a Acab: Guárdeme Jehová de que yo te dé a ti la heredad de mis padres.
— 1 Reyes 21:2-3
Porque puede ser chiquita, pero fue la que Dios me dio a mí.
Después de ese asunto, el rey Acab cayó en picada. Había un hombre satisfecho, que era Nabot. Había recibido una viña más pequeña que la del rey, pero era la viña que el Señor le había dado. Yo te animo a que si las cosas que el Señor te ha dado te están dando insatisfacción porque son chiquitas, porque todavía el Señor no te ha dado el título de propiedad, porque fulano tiene una más grande — esa es la tuya, y siéntete satisfecho porque esa es tu viña.
Quiero animarte a que en esta semana comiences a deleitarte en las pequeñas cosas.
Yo estaba medio tristón hace un tiempo. Cosas normales de la humanidad. Yo sentía como que me faltaban cosas. ¿Saben qué yo hice? Yo lavé mi carro. Y fui a una tienda y compré un perfumito que cuesta 40 pesos. Eso me ha dado a mí unos gustitos. Una cosa sencilla, pero es el carro que el Señor me dio para alegrarme en Él. En mi casa los candados me estaban dando lucha. ¿Saben qué? Yo fui y compré un aceite tres en uno y le eché a todos los candados de mi casa. Y abro la puerta con una facilidad. Parecen cosas ridículas, parecen cosas muy pequeñas, pero en esas cosas pequeñas es que el Señor nos ha permitido deleitarnos.
Cada cosa que tú tengas, desde el cordón de tus zapatos hasta tus hijos o tus padres, reconócelo como una posesión de Dios y encontrarás en eso una satisfacción que es muy profunda.
3. Preocúpate más por mejorar tus habilidades que por aumentar tu patrimonio
Recibir recursos sin tener sabiduría lleva a la pobreza. Todo cristiano tiene que tener el anhelo de administrar cada vez mejor lo que está recibiendo del Señor.
Se apresura a ser rico el avaro, y no sabe que le ha de venir pobreza.
— Proverbios 28:22
¿Saben por qué razón el Señor no nos da más? Porque no nos va a hacer bien.
El Señor nos permite administrar sus recursos de acuerdo a nuestra capacidad. Yo no sé qué a ti te falta. Si a ti te falta un marido, yo te pregunto: ¿estás preparada para recibir un marido del Señor? Si te falta una esposa: ¿estás preparado para tener una esposa del Señor y rendir al Señor cuenta? Si te falta un dinerito más en el banco: ¿ya tú sabes cómo vas a glorificar al Señor con ese dinerito? Si no tienes casa propia sino alquilada: ¿en la casa donde tú vives ahora mismo se le está dando la gloria al Señor?
Preocúpate por mejorar tus habilidades como administrador antes de aumentar tu patrimonio.
4. No acapares, multiplica y distribuye
Conviértete en un canal de bendición para toda la casa de tu Señor. Aspira a construir un canal más ancho, no un pozo más profundo. Una pregunta bellísima: cuando el Señor llena tu vaso, ¿a quién tú mojas?
Hay gente que es canal y hay gente que es pozo. ¿Saben lo que pasa con el pozo? Cuando recibe el agua, la guarda para él. Y el agua se pudre. ¿Y el canal qué hace cuando recibe? Distribuye.
Los cristianos podemos —o debemos poder— desprendernos con facilidad, porque sabemos que nosotros no pudimos haber adquirido eso por nuestros propios medios. ¿Y cómo es que un cristiano puede desprenderse tan fácilmente de las cosas? Porque él sabe que está conectado a la fuente.
Yo sé dónde hay. Abraham fue un canal de bendición. El Señor le dijo: «En ti serán benditas todas las naciones de la tierra.» José en Egipto fue un canal de bendición. Daniel fue canal de bendición. Yo te pregunto: ¿qué tanto puedes tú regar lo que recibes de Dios?
5. No trabajes por dinero, trabaja por su gloria
Si tú eres un joven cristiano que estás entrando al mercado laboral, quiero animarte de lo profundo de mi corazón a que hagas de este principio tu norma para trabajar. No trabajes por dinero. No hay una cosa más triste que una persona que trabaja por dinero. Sí, el Señor dijo que el que no trabaja que no coma, pero no trabajes por dinero. Trabaja por su gloria.
Qué triste es que hay personas que han elegido una carrera universitaria no de acuerdo a las habilidades que han recibido del Señor, sino de acuerdo a qué tan bien paga esa carrera en el mercado laboral. Y después se encuentran con que no se han podido desenvolver, y es que no estudiaste lo que convenía para la gloria del Señor, sino que estudiaste siendo dominado por la avaricia.
Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los demás, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.
— 1 Pedro 4:10
Yo tengo la convicción de que cuando tú haces aquello para lo cual el Señor te diseñó, tarde o temprano el Señor te va a permitir administrar los recursos necesarios para que lo sigas haciendo. No trabajes por dinero, trabaja por su gloria. Y cuando tú tengas que elegir entre la gloria del Señor o tu beneficio temporal, pon la gloria del Señor, que eso paga su precio en el tiempo.
6. Trabaja siempre como para tu Señor
Aunque a quien tengas en el frente no te motive. A veces el servicio es indirecto y la recompensa viene de más arriba. Da lucha eso, y yo predico esto con mucha sinceridad: a mí eso me da lucha. Y yo sé que a ti también. Es difícil hacer el trabajo como para el Señor cuando el jefe que tienes ante los ojos no motiva. Es difícil hacer las cosas para el Señor cuando la misma tarea que estamos haciendo no motiva.
Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres, sabiendo que del Señor recibiréis la recompensa.
— Colosenses 3:23-24
¿Saben a quién le escribieron eso? En el tiempo en que se escribió esa carta a los colosenses, todavía la esclavitud era una realidad. Y esa fue una carta escrita para hermanos que vivían en esclavitud. El apóstol les está diciendo: cuando ustedes vayan a servir a sus señores, no lo hagan para ese señor con minúsculas; háganlo como para el Señor con mayúsculas.
Quizás tú no puedes cambiar tu jefe por lo pronto, pero tú puedes cambiar la actitud hacia tu jefe. Quizás tú no puedes cambiar tu trabajo por lo pronto, pero tú puedes cambiar el objeto de tu trabajo ahora mismo.
7. Sé muy organizado
En Dios se combinan dos atributos que nos jalan para un lado y para el otro. Es extremadamente generoso y en extremo celoso. Es extremadamente generoso y te permite administrar cosas que tú ni te acuerdas que te las dio el Señor. Pero al mismo tiempo es celoso y está atento a cada cosa que da. Yo tengo la convicción de que hasta cada respiración, cada vez que tú llenas los pulmones, el Señor está atento a eso. Dice la Escritura que de tu cabeza no cae un cabello sin que el Señor lo sepa.
Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas, y mira con cuidado por tus rebaños.
— Proverbios 27:23
Cosa que un cristiano nunca debería permitir: que un alimento se dañe en su despensa. Nunca. ¿Por qué? Porque eso es del Señor. Eso hay que comérselo o darlo. O lo uso o lo distribuyo.
Un cristiano nunca debería permitir que la polilla destruya las posesiones que tiene en su casa. Ropa guardada, objetos guardados, electrodomésticos que no se usan. Eso es un uso ocioso y el Señor espera un aprovechamiento.
Doy un truco ahí: cuando tú limpias tu clóset y sacas todo, dejas solamente lo que usas. Eso da lucha, uno está pegado emocionalmente a la ropa. Yo tengo algunos años que solamente tengo en mi clóset la ropa que yo uso. Cuatro pantalones, dos pares de zapatos.
Y te animo: no des las cosas ya cuando sean desechos. Da las cosas cuando todavía puedan darle utilidad. Cuando tú limpias tu clóset, vas a encontrar dos cosas: vas a ser más agradecido de las cosas que ya tienes del Señor y te vas a poder vestir más rápido.
8. Sirve a tu Señor con absoluta exclusividad
Que nada compita en tu corazón. Abandona tus propios intereses para servir a los suyos. Que tu prioridad sea Él. No te bifurques, no tengas dos intereses, no tengas dos haciendas, no tengas dos casas. Esta es la casa: la casa del Señor.
De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo —casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, con persecuciones— y en el siglo venidero la vida eterna.
— Marcos 10:29-30
Hago una pausa aquí: dejar tus hijos no significa olvidarte de ellos, es cambiar la prioridad —primero el Señor y después los hijos. Dejar la mujer no es separarte de tu pareja, es primero el Señor y después la mujer. Dejar la casa no significa venderla o hipotecarla, es primero el Señor de la casa y después la casa.
Y dice él que no hay ninguno que por su causa haya dejado esto, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo. Pero el Señor no vendió un sueño; dijo: «Mira, tú vas a tener todo eso, pero con persecuciones.» La verdad que sí, el Señor nos va a permitir administrar muchas cosas, pero la realidad de este tiempo presenta la incertidumbre. Uno hoy tiene y mañana no tiene. Uno está hoy seguro y mañana como que no está. Eso es normal. El asunto es que la gente ha querido tener los recursos de Dios sin la persecución que viene junta.
Lidiando con la insatisfacción
Nuestro contacto con el mundo hace que tengamos expectativas de satisfacción irreales y que olvidemos las promesas de Dios. Uno puede recibir muchas cosas del Señor, pero al final la insatisfacción siempre viene de la mano. La mayoría de las personas conducen sus vidas siguiendo tres mentiras principales.
La primera mentira: «Esta vida es una fiesta.» La gente dice eso, la vida es para gozarla, este mundo es muy bueno. Es una mentira. Ustedes verán que la vida no es una fiesta. La segunda mentira: «Merezco participar en ella.» Hay gente que se repite a sí misma: «Yo merezco ser feliz.» Y la tercera: «Si me esfuerzo lo suficiente, podré lograrlo.»
Esas tres mentiras producen expectativas irreales de bienestar y satisfacción que ningún hombre podrá llenar. Por lo menos no en esta tierra después de Adán.
Realmente hubo un momento en que esta vida era casi idílica. Cuando el Señor hizo el mundo, no había que trabajar con dificultad, todas las cosas estaban en perfección. Pero después de la caída, la verdad es que la fiesta se acabó. Y no solamente se acabó la fiesta, sino que quedamos en problemas con el dueño de la casa.
Peregrinos y extranjeros
Es pues la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida, como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa, porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.
— Hebreos 11:1, 8-10
Porque esperaba. No era que lo tenía, sino que lo esperaba.
Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra.
— Hebreos 11:13
Nosotros en esta tierra somos peregrinos y somos extranjeros. Los cristianos habitamos en tiendas.
Las tiendas son asuntos temporales. Quien habitaba en tiendas sabía que eso no es para mucho tiempo, es temporal, es de transición. La tienda tiene sus limitaciones: estás expuesto a las condiciones del clima, al vandalismo. Pero estás caminando hacia la ciudad de cimientos sólidos.
Aun en medio de las tiendas el pueblo fue multiplicado, fue protegido y sustentado por Dios. Las limitaciones de nuestra vida terrenal no son excusas para la mayordomía. Mucho o poco en esta tierra, adminístralo con gusto como para el Señor, sabiendo que del Señor recibiremos la recompensa.
Del paso uno al tres hasta que vuelva el gozo
¿Cómo recupero el gozo? Si a ti te pasa lo que a mí, de vez en cuando se te olvida la promesa del Señor. Es normal. Si a ti te pasa lo que a mí, de vez en cuando ves que tienes más mes que presupuesto. Eso es normal. Si a ti te pasa lo que a mí, cada cierto tiempo ves gente que está más para adelante que tú. Eso es normal. Si a ti te pasa lo que a mí, lo que sientes que te correspondía no te lo dan. Eso es normal.
Tres pasos. Lo primero, disfruta lo que ya tú tienes —mayordomía. Lo segundo, ajusta tu expectativa a la realidad, porque esto es una vida temporal y limitada, y estamos en un asunto caído. Y lo tercero, medita las promesas de Dios. Y cuando todavía tú llegues al paso tres y no te alcance, entonces repites los pasos del uno al tres hasta que vuelva el gozo.
Un poco de insatisfacción por las limitaciones terrenales es normal y hasta saludable. Nos permite desear las cosas que vendrán después. Pero un cristiano no se abandona en ese asunto. Tarde o temprano miramos para arriba y recordamos la promesa del Señor.
Los cristianos de vez en cuando nos ponemos tristes, perdemos la expectativa, pero tarde o temprano la encontramos. Uno mira para arriba, tarde o temprano. No eras el primero: decía el salmista que él estaba desesperado y sentía que los huesos le estaban saliendo del cuerpo. Pero tarde o temprano uno medita la firme promesa del Señor y le vuelve el gozo.
Dale las gracias al Señor por las cosas pequeñas. No te pongas a dar las gracias por las tres cosas grandes que tú tienes. Dale las gracias por las quinientas cosas chiquitas que tú tienes.
Señor, gracias por el reloj, gracias por las medias, gracias por la ropita, gracias por la comidita que me he podido comer, gracias por el desayuno si lo tuve, gracias por el vaso de agua, gracias por el aire, gracias porque tengo una iglesia, gracias por mis hijos, gracias por mi esposa, gracias por mi casa alquilada, gracias porque tengo una cama, gracias por la computadora, por el celular. Dale las gracias al Señor por esas trivialidades que son cortitas provisiones del Señor a favor tuyo.
Sobre todo, Padre, permite que nuestro gozo dependa de ti, no de nuestras posesiones. Permite, Señor, que nuestro principal deleite sea nuestra salvación. Devuélvenos el gozo de la salvación. Levanta mayordomos aquí, Señor, que lo hagan para la gloria tuya y no para la propia.