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Mayordomía: cómo encontrar satisfacción en las cosas que ya tenemos

Génesis 1:1-31

Gran parte de la insatisfacción del ser humano es que nos consideramos dueños cuando no lo somos. El principio bíblico de la mayordomía enseña que lo que tenemos no es nuestro, sino de Dios, y que nosotros lo administramos con libertad, pero Él sigue siendo el dueño.

Predicado4 de noviembre de 2012
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Puedes decirle al Señor que fortalezca tu voluntad para hacer la suya. Puedes pedirle que te dé dirección. En tus propias palabras dile: «Señor, yo quiero que hoy tú me hables en algún área especial de mi vida». Puedes pedirle al Señor que te dé respuesta. Quizás puedas decirle: «Señor, responde mis preguntas». Doy un chance ahí para que seas tú mismo hoy quien se presente delante del Señor.

Dirígeme, Señor. Permíteme entender tu voluntad, permíteme cumplir tu voluntad. Encomiendo, Señor, mi iglesia; me encomiendo yo delante de ti. Permite que tu palabra hoy nos alumbre. Permite, Señor, que sea tu palabra hoy a nosotros provisión fresca de ti. Mira a mis hermanos que te han pedido dirección, que te han pedido entendimiento, que te han pedido respuestas. Nos encomendamos todos delante de ti, Señor. Permite que hoy prevalezca tu voluntad para la gloria tuya. Que prevalezca tu voluntad, Señor. En el nombre de Jesús te pedimos esto. Amén.

Por qué hablar de mayordomía al cerrar el año

Hermano, vamos a estar hablando hoy sobre mayordomía, un tema que tratamos el año pasado —recuerdo que por lo menos dos veces—, pero que este año no habíamos tratado directamente. La razón que tengo para hablar de esto es que estamos cerrando el año, y cada cierto tiempo aparece esa tristeza de fin de año. La gente comienza a mirar lo que tenía antes, lo que le queda ahora, los sueños que no ha podido concretar, y comienza a sentirse un poco triste.

Yo no sé si es el caso de ustedes, pero a mí también me pasa eso, hermano. Uno vive en esta humanidad y uno siempre tiene temporadas: hay veces que uno está muy alegre y hay veces que uno también comienza a sentir estas cosas. Hoy vamos a hablar de cómo encontrar satisfacción en las cosas que ya tenemos.

A grandes rasgos hablaremos de dos temas principales. Lo primero que estaremos viendo es lo que significa mayordomía, porque es un tema y quizá un término que mucha gente no conoce. Y lo segundo que vamos a estar mirando es cómo poder lidiar con esta insatisfacción natural que hay dentro de cada uno de nosotros; esa insatisfacción que quizá se sienta como algo natural, quizá algo recurrente, quizá algo rutinario. Lo primero, ¿qué es mayordomía? Y lo segundo, ¿qué hacemos con la insatisfacción?

Qué es la mayordomía cristiana

Primer tema, ¿qué es la mayordomía cristiana? Bueno, el término quizá pueda entenderse a grandes rasgos, pero hay mucha confusión por lo siguiente. Cuando yo les hablo a ustedes de mayordomía, quizá ustedes están pensando en un señor que tiene un corbatín y que le pone la comida en la mesa. Eso es un mayordomo en Occidente, y así es que normalmente uno ha entendido lo que es el mayordomo.

Pero en Oriente el mayordomo era mucho más. Se entendía que un mayordomo era una persona que era puesta al cuidado de los bienes de un gran señor. Era la persona que cuidaba la propiedad, era como el administrador. Un señor que quizás tenía muchas propiedades tenía muchos mayordomos, y a estos mayordomos les ponía sus propiedades a su cuidado. Le decía: «Mira, cuida eso como si fuera tuyo. Adminístralo bien». La propiedad no era del mayordomo, sino de su señor.

Esto de entender la mayordomía, lo que nos dice a grandes rasgos, es que lo que tenemos no es nuestro, sino de Dios; que nosotros lo administramos con mucha libertad, pero que Él sigue siendo el dueño. Estamos por entrar a la porción de la Escritura, pero te quiero decir esto: cuando te digo que tú eres un mayordomo de las cosas del Señor, lo que te estoy diciendo —y después te lo demostraré en las Escrituras— es que lo que tú tienes, a pesar de que lo uses como tuyo, a pesar de que sientas que es propio, a fin de cuentas no es ni tuyo ni mío ni de ninguno de nosotros, sino que lo que tenemos es de Dios. El principio bíblico de la mayordomía enseña eso: que lo que tenemos no es nuestro, sino del Señor.

Dios creó todo y también te creó a ti

Acompáñenme en sus Biblias, en el libro de Génesis. Es el primer capítulo de la Biblia. Génesis capítulo 1. ¿Qué dice la Escritura acerca de la mayordomía? Doy un chance para que puedan buscarlo. Leeremos desde el versículo 1 hasta el versículo 31.

En el principio creó Dios los cielos y la tierra.

— Génesis 1:1

Cuando yo te leo esto, al mismo tiempo te digo: tú no creaste los cielos ni creaste la tierra.

Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.

— Génesis 1:2-3

También te digo: tú no hiciste la luz. Dios hizo la luz.

Y llamó Dios a la expansión Cielos. Y fue la tarde y la mañana del día segundo. Dijo también Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así. Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno. Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde, hierba que dé semilla; árbol de fruto que dé fruto según su género, que su semilla esté en él, sobre la tierra. Y fue así. Produjo, pues, la tierra hierba verde, hierba que da semilla según su naturaleza, y árbol que da fruto, cuya semilla está en él, según su género. Y vio Dios que era bueno.

— Génesis 1:8-12

Asimismo continúa el relato de la creación, hermano, hasta el versículo 31, y cada vez lo especifica el relato: creó Dios. No creamos ninguno de nosotros. Al final, en el día sexto, que fue el último día activo en la creación, dice la Escritura —y me muevo un poco más, voy al versículo 24:

Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así. E hizo Dios animales de la tierra según su género, y ganado según su género, y todo animal que se arrastra sobre la tierra según su especie.

— Génesis 1:24-25

Hermano, después que Dios hizo todas las cosas, después que separó la luz de las tinieblas, que separó las aguas de lo seco, que creó las plantas, que creó las bestias que se arrastran sobre la tierra, entonces dijo Dios:

Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra.

— Génesis 1:26-28

Hermano, Dios no solamente creó los cielos, la tierra, separó la luz de las tinieblas, lo claro de lo seco. Dios también te creó a ti. Y cuando todo estuvo creado, entonces el Señor colocó al hombre dentro de la creación y le dijo: «¡Adminístrala!».

Este pasaje del libro de Génesis debería ponernos a reflexionar sobre el hecho de que nada de lo que hay sobre la tierra nos pertenece a nosotros. Es el principio bíblico de la mayordomía. La razón por la cual Dios es el dueño y no tú, es porque Dios fue quien creó las cosas que estás usando, y también Dios te creó a ti. Y cuando Dios nos creó, nos colocó en una creación que ya estaba funcionando por sí misma y nos dijo: «Te estoy colocando en medio para que la administres, para que fructifiques, para que la multipliques, para que la sojuzgues».

«Sojúzgala», nos dijo. Gran parte de los problemas y preguntas que podemos tener con relación al cuidado de nuestros bienes —el dinero, el trabajo, las habilidades, las relaciones, las experiencias, las oportunidades, los ahorros, las inversiones, los negocios y hasta nuestro propio nombre— se resuelven y se responden al entender el principio bíblico de la mayordomía: una actitud con respecto a los bienes que nos lleva a usarlos de un modo tal que nuestro Señor sea glorificado, sabiendo que nosotros somos solamente administradores de algo que no es nuestro, sino suyo. Esto nos permite disfrutar con paz y agradecimiento, trabajando siempre para su gloria.

Bueno, yo tengo hoy un propósito que la verdad me supera a mí mismo, y es que yo quiero lograr que a través de la palabra del Señor ustedes logren tener satisfacción con las cosas que ya tienen. Pero para que mi propósito se alcance, lo primero que tengo que establecer es esto: tenemos todo en condición de administradores temporales, y tarde o temprano tendremos que entregarlo.

Lo primero, hermano —y me gustaría ser muy claro en esto—: nada es nuestro. Es más, dice la Escritura que nosotros ni a nosotros mismos nos pertenecemos, sino que le pertenecemos a Él. Aquello que tú sientes tan seguro cuando lo agarras y dices «esto sí es realmente mío», tampoco es tuyo. Quizás el bien que el ser humano puede sentir más propio es un hijo, y cuando una madre abraza a un hijo dice: «Este sí es realmente mío. Es carne de mi carne, es sangre de mi sangre». Hermano, dice la Escritura que hasta los hijos se tienen de Dios en condición de administradores, y que el Señor nos pedirá cuentas.

La rebelión de la criatura contra su Creador

Primer asunto para entender la mayordomía: que tú entiendas que no eres dueño. El dueño de todo esto no eres tú; el dueño de todo es el Señor. La criatura se ha rebelado contra su Creador, y en su rebelión trabaja para su propia gloria, olvida el agradecimiento y sigue sus propias reglas. Hay un problema de satisfacción, es real, pero esto tiene su origen en una rebelión: nosotros realmente creemos que somos los dueños.

¿Cómo entonces se expresa esa rebelión? Tres expresiones. Lo primero, nos robamos la gloria de Dios. El hombre natural vive para su propia gloria; la Escritura le llama a eso vanagloria. Nosotros queremos ser reconocidos, nosotros queremos ser celebrados. Pero si la creación es suya y si nosotros somos suyos, el único que merece absoluta celebración sobre esta tierra es Dios.

Lo segundo, el hombre se rebeló para no tener que darle las gracias al Creador. Y eso no lo dice Rafael Pérez. Y lo tercero, no quiere seguir las reglas de Dios, sino sus propias reglas. Dice el libro de Romanos:

Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios.

— Romanos 1:21-22

Hermano, en la creación hay un problema, y es que nosotros somos criaturas, pero nos hemos considerado creadores. Nosotros no somos dueños, pero realmente hemos creído que lo somos. Dice la Escritura que en este proceso nos estamos robando la gloria de Dios, que en este proceso se nos está olvidando darle las gracias al Señor, y —la cosa más grave— que estamos inventando nuestras propias reglas.

Hay gente que piensa que los evangélicos nos hemos inventado una serie de reglas para ponérselas al hombre encima. Nosotros no hemos inventado ninguna regla. El único que tiene autoridad para crear reglas es Dios, porque de Jehová es la tierra y su plenitud, el mundo y los que en él habitan. Los cristianos lo único que hacemos es recordárselo al mundo: miren, esto no es suyo, sino de Dios, y es necesario que se administre como cosas de Dios, y es necesario que prevalezca la voluntad de Dios en esta tierra, porque Dios es el Creador.

¿Mayordomo sabio o dueño necio?

Esta necedad de la que habla Romanos se explica así. Si tú eres un mayordomo sabio, tú dirás: «Dios es el Creador del cielo y de la tierra, y también del hombre. Dios es el dueño de la creación y también de la criatura; por tanto, tenemos que darle gloria, darle las gracias y seguir sus reglas». Sin embargo, si tú eres un dueño necio, como dice Romanos, tú vas a entender: «Venimos de la nada, no le debemos a nadie nada, somos dueños de nosotros mismos y de nuestros logros; por tanto, el mundo tiene que celebrarnos». Eso es vanagloria: no le debemos a nadie nada y podemos seguir nuestras propias reglas.

Yo te pregunto: ¿eres un dueño necio o eres un mayordomo sabio? Si eres un mayordomo sabio, la gloria es de Dios. Si eres un dueño necio, la gloria es tuya. Gran parte de la insatisfacción del ser humano es que nosotros nos consideramos dueños, y cuando no se nos da aquello que creemos merecer, hacemos crisis. ¿Mayordomo sabio o dueño necio? ¿En cuál de los dos estás tú? Si tú quieres saber en cuál de los dos estás, yo te pregunto: ¿por qué reglas conduces tu vida? ¿Sigues las reglas de Dios, del Creador del cielo y la tierra, o has inventado tus propias reglas?

La mayordomía reconoce que la creación es de Dios. La mayordomía reconoce que la criatura es de Dios. Y la mayordomía reconoce que se deben administrar las cosas de Dios según los parámetros de Dios.

De Jehová es la tierra y su plenitud; el mundo, y los que en él habitan. Porque él la fundó sobre los mares, y la afirmó sobre los ríos.

— Salmo 24:1-2

Miren, lo que estoy estableciendo es que Dios es el dueño. Y tú me dices: «Rafael, pero yo tengo cosas que yo considero mías». Sí, hermano. Miren, el Señor es tan generoso con nosotros que nos permite administrar sus posesiones con una relativa libertad. Y uno se siente tan libre administrando las cosas de Dios, que uno termina creyendo que eso es suyo, uno termina creyendo que eso es mío: «Ahí dice mi nombre, y yo soy el que lo he tenido siempre, y a mí fue que me lo dieron». No, ten cuidado, porque por muy liberal que sea tu Señor, tarde o temprano el Señor te pedirá cuentas.

Y quizá tú sientas: «Mira, Él me dejó ahí eso que me dio, y Él me lo dio como para mí». Hermano, Él no te lo dio como para ti; Él te permitió administrar los recursos suyos, pero tú eres mayordomo de Dios. Los cristianos nos reconocemos como mayordomos de Dios. Alguien me preguntó: «Entonces, ¿las cosas que son de Dios son los bienes de los cristianos?». No, hermano. Miren, en esta tierra no hay nada de lo que el hombre pueda reclamar una propiedad perpetua.

Lo que significa es que hay gente que se ha creído que realmente es suyo, pero nada es suyo, hermano; todo es de Dios. Miren, no hay un metro cuadrado de tierra sobre este planeta al que el hombre pueda ponerle un título y reemplazar el título de Dios. Toda la creación es de Dios, sin importar quién la esté administrando. Y algunos la estarán administrando como que son dueños y para su propia gloria, y otros la estaremos administrando como mayordomos para la gloria de Dios. Pero todo es de Dios. Tú no eres dueño, eres administrador.

Tres beneficios de ser mayordomo de Dios

Mas no todo es malo. Miren, yo quiero enseñarles tres razones por las cuales a ustedes les convendría comenzar a reconocer al Señor como el dueño y a ustedes considerarse el administrador. Esto no es una posición mala. Es más, hermano, hay veces que es mejor ser el administrador de un señor muy rico que ser el dueño de una cosita con la que uno está cogiendo lucha. Yo prefiero administrar lo tuyo.

Hermano, es beneficioso ser mayordomo de Dios. Muchos beneficios hay, pero yo quiero darles tres. Y no quiero que se me confunda el juego de palabras: tú puedes creer que lo que tienes es tuyo, pero en el fondo no es tuyo; sin embargo, es muy conveniente reconocer que somos administradores de Dios, que somos mayordomos de Dios.

Primer beneficio, hermano: los recursos de Dios son inagotables. Si yo entiendo que soy dueño, la verdad es que mis recursos son muy limitados; pero tú serás mayordomo de aquel que puede crear cosas con el poder de su palabra. Es un atributo de Dios, hermano, que a mí me estremece: que el Señor diga las cosas y así sean hechas. Pon tú en la balanza: ¿sería mejor tener tus propias cosas como si fueran tuyas, o sería mejor administrar los inagotables recursos de Dios? Hermano, yo prefiero administrar los inagotables recursos de Dios. Esa es la primera razón: los recursos de Dios son inagotables, por eso ser mayordomo de Dios es un asunto beneficioso.

Lo segundo, hermano: el mayordomo vive en la casa y él puede usar lo que está ahí. Es verdad que no es suyo, pero la verdad es que muchos mayordomos viven mejor que todos nosotros. Les pongo un caso. Yo supe de una persona que tiene una propiedad fuera de la ciudad, una casa, y estas personas buscaron una familia para que les cuidara la casa. Esa familia vive en una casa que tiene una piscina muy grande, tienen camas más grandes de las que tendrían en cualquier otro lugar, les llevan la compra dos veces por mes, y aparte de eso, ¡les pagan! Oye, para cualquier cosa así me inscriben a mí.

Hermano, ser mayordomo de Dios es un asunto beneficioso, porque tú no solamente vas a administrar unos recursos inagotables, que son los recursos de Dios, sino que vas a poder beneficiarte de ellos. El único asunto en esto es que al final del día eso no es tuyo. Miren qué paradoja: hay gente que prefiere malvivir con tal de tener un título de propiedad. Al final, el único detalle de esto es que nada de eso está en nombre tuyo; todo está en nombre de tu Señor, y para Él es la gloria.

Y por último, hermano —de tres razones entre muchas—, es beneficioso ser mayordomos de Dios porque la recompensa terrenal de Dios es buena y la recompensa celestial es mucho mejor. Les pongo este caso, en el libro de Mateo:

Después de mucho tiempo vino el señor de aquellos siervos, y arregló cuentas con ellos. Y llegando el que había recibido cinco talentos, trajo otros cinco talentos, diciendo: Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes, he ganado otros cinco talentos sobre ellos. Y su señor le dijo: Bien, buen siervo y fiel.

— Mateo 25:19-21

Miren, el Señor es más generoso con los elogios que cualquier jefe terrenal que ustedes puedan tener. Ustedes saben lo difícil que es que uno bote el forro sirviéndole a uno de estos señores de este mundo, para que ni siquiera le den las gracias. Y oigan cómo el Señor, cuando llamó a su siervo, le dijo: «Ven, buen siervo y fiel». Ahí a uno le da como un cosquilleo por dentro: «Ay, eso es lo que el Señor está diciendo de mí».

Y no solamente esto, hermano; después le dijo: «Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré». Hermano, las dos cosas terrenales que nos da el Señor cuando administramos bien las cosas suyas son reconocimiento y un mayor nivel de responsabilidad, según administremos las cosas que de Él hemos recibido. Y lo segundo, la verdad es que eso no tiene precio: Él le dijo: «Entra en el gozo de tu señor». Hermano, administrar las cosas del Señor no solamente te da reconocimiento, no solamente te da un nivel de responsabilidad mayor según tu nivel de gestión, sino que también te permite disfrutar de un gozo que es eterno.

Tres beneficios del mayordomo, hermano. El mayordomo administra unos recursos que son inagotables, si su Señor es el Señor Creador del cielo y de la tierra. El mayordomo, al mismo tiempo, puede beneficiarse de esos recursos que están en la casa. Y también el mayordomo es reconocido, tiene niveles de administración cada vez más grandes y tiene un gozo que es eterno. Cuando los cristianos decimos que somos mayordomos de Dios, eso es lo que estamos diciendo: que ya lo que tenemos lo administramos como si fuera de Él, porque realmente es de Él.

Ocho normas de etiqueta para los mayordomos del Señor

Ustedes, yo sé que están aprendiendo y comienzan a hacerse a la idea: «Mira, yo podría ser un mayordomo del Señor. A mí me gustaría administrar los recursos inagotables del Señor, a mí me gustaría tener un gozo permanente, a mí me gustaría tener estas cosas». Si te estás haciendo a la idea de llegar a ser un mayordomo del Señor, me gustaría darte, así corticos, un cursito rápido de normas, de etiqueta y protocolo para los mayordomos.

Si te fueran a contratar en una casa así, imagínate una casa grande, te dicen: «Ven, que tú vas a ser mi mayordomo». Quizás te den alguna inducción y te digan: «Mira, trata de hacer esto, no hagas aquello, hay que ponerse el corbatín». Yo me lo pongo; lo que hay que hacer, yo lo hago. Hermano, te doy algunas normas para que, si te vas haciendo a la idea de llegar a ser un mayordomo del Señor, tú comiences a seguirlas para que te vaya bien.

Ocho normas, etiquetas y protocolos para ser un mayordomo en el reino de Dios.

La primera: justifica tu petición. Cualquier cosa que tú le vayas a pedir al Señor, justifícala en su gloria antes que en tus deleites, a pesar de que en su gloria Él te ha permitido deleitarte. Que tú trates de justificar tu petición con su gloria, porque dice la palabra de Dios en el libro de Santiago:

Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.

— Santiago 4:3

Yo te pregunto, hermano: ¿cuándo fue la última vez que tú pediste algo en oración, con insistencia, que contribuía más a la gloria de Dios que a tu satisfacción personal? Yo me puse a preguntarme eso, hermano. Yo vi que en mi listado de oración, a veces yo digo: «¿Y en qué contribuye esto a la gloria del Señor?». En nada. Lo que contribuye es a que Rafael Pérez se sienta más cómodo. Dice la Escritura que nosotros pedimos y no recibimos porque pedimos mal. Si quieres ser un buen mayordomo en el reino del Señor, cada vez que vayas donde tu Señor a pedir, trata de mostrar cómo tu petición de oración contribuye más con la gloria de Dios que con tu deleite, aunque al final se nos conceda deleitarnos.

Segunda norma: valora lo que tienes como asignación del Señor

Otra norma de etiqueta y protocolo, hermano: valora lo que tienes como una asignación de tu Señor. Lo más importante no es el valor actual —mucho o poco—, sino la encomienda. Eso significa confianza, oportunidad, dedicación.

Miren, todos nosotros hemos recibido cosas de Él. ¿Alguien se anima a decir cosas que ha recibido de Dios? Grande o pequeña, ¿quién se anima? Padre, ¿qué tú has recibido del Señor? Su talento lo recibió del Señor. ¿Quién más ha recibido cosas del Señor? Aquí: tu esposa la recibiste del Señor. ¿Y quién más? Aquí, Rocío: su hijo lo recibió del Señor. Y Julio: su hijo lo recibió del Señor. Me están diciendo cosas profundas, hermano, pero también el Señor nos ha dado otras cosas más menudas. Su carro lo recibió del Señor.

Miren este par de zapatos, que son zapatos que solamente le calzan a los pies de Rafael Pérez: los recibí yo del Señor. Mi camisa es del Señor, hermano; el reloj es del Señor. Mira, tú te puedes ir quitando cosas así de encima, y cada vez tú puedes decir: «Lo recibí del Señor». Y eso puede ser mucho, puede ser poco; pueden ser cosas más trascendentales o pueden ser cosas más superficiales, pero todo es de Dios.

Miren, hubo un caso en Israel de un rey que se sentía insatisfecho. El rey podía tener la mejor tierra que había en Israel: el rey Acab. ¿Pero qué pasó con el rey Acab? Que quería el pedacito de tierra que el Señor le había dado a Nabot.

Y Acab habló a Nabot, diciendo: Dame tu viña para un huerto de legumbres, porque está cercana a mi casa, y yo te daré por ella otra viña mejor que ésta; o si mejor te pareciere, te pagaré su valor en dinero.

— 1 Reyes 21:2

Y Nabot le respondió a Acab que no, porque esa era la heredad de sus padres. El Señor me dio a mí una esposa; parece que me tuvo confianza, que me dio una de las suyas para que se la administre. Porque miren, dice la Escritura que el que halla esposa halla el bien y alcanza la benevolencia del Señor. ¿Usted se pone a pensar lo que es que el Señor le dé un hijo? Que el Señor entienda que usted tiene su confianza para administrar un hijo suyo, porque los hijos no son suyos, sino del Señor. Miren, es una cosa grande que el Señor te dé un esposo, una esposa, que el Señor te dé un hijo.

Hermano, tú te pones a pensar lo que es que el Señor te dé a ti algo. Eso significa que el Señor te tiene confianza, que el Señor te está dando una oportunidad de que le glorifiques con eso que te ha dado, que el Señor espera que tú manifiestes dedicación en esas cosas. Tarde o temprano, como dice el libro de Eclesiastés, hermano, todas las cosas terrenales te terminan hastiando; pero uno encuentra un gozo profundo al saber que, mucho o poco, lo recibió del Señor. Quizás no sea la viña más grande, pero esa es mi viña. Quizás no sea la casa más grande, pero es la que el Señor me dio.

Deleitarse en las cosas pequeñas

Yo varias veces les he hecho la anécdota, hermano, y yo espero pronto darles un testimonio. Yo no sé cuándo, pero yo espero que el Señor me permita dar ese testimonio. Yo le pedí al Señor en oración que me permitiera vivir en una casa con patio adelante y patio atrás. Y Él me la dio alquilada. Pero yo me propuse, hermano —miren, cuando yo me metí en esa casa, yo no quería vivir ahí, la verdad, pero tenía patio adelante y patio atrás, y quienes conocieron esa casa antes de que nosotros nos mudáramos, miren, eso daba miedo—. Y cuando yo me metí, yo tomé la resolución: «Yo voy a administrar esta casa como un recurso que recibí del Señor. Y voy a tener satisfacción, y voy a tener gozo, y me voy a deleitar en mi casa».

Miren, este fin de semana —no es que yo esté triste, es que estoy cansado— yo me metí en el patio, hermano, y de allá y del frente corté cosas. Y nada de eso es mío. Pero tampoco es del que cree que es el dueño de la casa; tampoco es de él. ¿Saben de quién es la casa? La casa es del Señor. Esa es la actitud, hermano, que tiene un mayordomo. O sea, ¿saben cuál es la ansiedad de uno? «Mira, yo tengo tal cosa, pero no es mía totalmente, todavía la estoy pagando». Hermano, administra todo lo que usted tiene como que sea del Señor.

«Te daré por ella otra viña mejor que ésta». «No, rey, porque esta es mi viña». La tragedia de Acab le vino después de ese asunto: después de eso el rey Acab cayó en picada, hermano. Había un hombre satisfecho, que era Nabot. Nabot había recibido una viña que era más pequeña que la del rey, pero era la viña que el Señor le había dado a Nabot.

Yo te animo, hermano: ¿cuáles de las cosas que el Señor te ha dado te están dando insatisfacción porque son chiquitas? ¿Te están dando insatisfacción porque todavía el Señor no te ha dado el título de propiedad? ¿Te están dando insatisfacción porque fulano tiene una más grande? Hermano, esa es la tuya, y siéntete satisfecho, porque esa es tu viña. Quiero animarte a que en esta semana comiences a deleitarte en las pequeñas cosas.

Yo estaba medio tristón hace un tiempo, cosas normales de la humanidad, lo mismo que ustedes; yo sentía como que me faltaban cosas. ¿Saben qué yo hice? Yo lavé mi carro y fui a Casa Ideas —miren, llegó una tienda muy bonita, se llama Casa Ideas— y yo compré un perfumito que cuesta 40 pesos, y eso me ha dado a mí unos gustazos que ustedes no se imaginan. O sea, una cosa sencilla, pero es el carro que el Señor me dio para alegrarme en él. Y yo le oré al Señor por ese vehículo. Yo quisiera tener otro, sí, como todo ser humano yo quisiera tener otro, pero ese es el que tengo.

En mi casa los candados me estaban dando lucha, hermano. ¿Saben qué? Yo fui y compré un aceite tres en uno y le eché a todos los candados de mi casa, y ahora abro la puerta con una facilidad. Parecen cosas ridículas, hermano, parecen cosas muy pequeñas, pero en esas cosas pequeñas es que el Señor nos ha permitido deleitarnos. «Ay, que mis trastes no son los mejores». Pero si tú pones bonitos los trastes que el Señor te ha dado, tú le coges el gustico. ¿Ustedes han visto una cocina que quizás no tiene mucho asunto de tupperware, pero tiene unos trastes que están bien brilladitos, hermano, y colocados en clavitos, uno al lado del otro? Se administra esa cocina como que es un regalo del Señor. Da gusto cocinar ahí.

Hermano, yo te estoy animando hoy a que te deleites con las cosas que ya tú tienes. Y esto no es vacío, hermano, porque lo que tú tienes te lo permitió el Señor. Con tu clóset: gózate en las ropitas que el Señor te ha dado, mucha o poca. Con tu familia: hay una insatisfacción que la gente tiene porque comienza a ver que «mira, tal familia, yo quisiera una familia así». Hermano, esta es la tuya, esta es tu viña; gózate en tu familia. Cuando tú entiendes que tu familia —corta o larga, perfecta o imperfecta— es la familia que el Señor te ha dado, eso te da una satisfacción especial y comienzas a glorificar al Señor con lo que tienes.

Quiero animarte a que te administres como un mayordomo del Señor, que recibas las cosas que Él te haya dado como una encomienda, una asignación de tu Señor. No es que sea muy grande, no es que sea permanente; es que es del Señor y el Señor me lo dio a mí. Cada cosa que tú tengas, desde el cordón de tus zapatos hasta tus hijos o tus padres, reconócela como una posesión de Dios, y encontrarás en Él una satisfacción que es muy profunda.

Tercera norma: mejora tus habilidades antes que tu patrimonio

Otra más: preocúpate más en aumentar tus habilidades como administrador que en aumentar tu patrimonio. Recibir recursos sin tener sabiduría lleva a la pobreza. Miren, todo cristiano tiene que tener el anhelo de administrar cada vez mejor lo que está recibiendo del Señor. Dice la Escritura que se apresura a ser rico el avaro, y no sabe que le ha de venir pobreza.

¿Saben por qué razón el Señor no nos da más? Porque no nos va a hacer bien. Yo estoy convencido de eso, hermano. El Señor nos permite administrar sus recursos de acuerdo a nuestra capacidad. Yo no sé qué a ti te falta. Yo no sé si a ti te falta un marido. Si a ti te falta un marido, yo te pregunto, joven cristiana, hermana cristiana: tú andas buscando un marido, ¿estás preparada tú para recibir un marido del Señor? «Ay, que me falta una esposa, yo quisiera tener una esposa». Yo te pregunto: ¿estás preparado tú para tener una esposa del Señor y rendirle al Señor cuentas por tu esposa o por tu esposo?

«Ay, es que a mí me falta un dinerito más en el banco». ¿Y ya tú sabes cómo vas a glorificar al Señor con ese dinerito que el Señor te puede poner en el banco? «Ay, es que yo no tengo una casa propia, es una casa alquilada». Yo te pregunto: ¿y en la casa donde tú vives ahora mismo se le está dando la gloria al Señor? Hermano, esas son las cosas de mayordomía. Le estamos pidiendo al Señor por una casa propia, pero en la casa alquilada donde vivimos no se está glorificando al Señor.

«Ay, es que yo me siento muy triste porque todavía no tengo un carrito». ¿Y ya tienes claro cómo un carro va a contribuir con la gloria de Dios más que con tu satisfacción personal? «Ay, que yo todavía no tengo un hijo». ¿Y tú te estás preparando para tener un hijo? ¿Tú te estás preparando para administrar un hijo como si el hijo fuera del Señor? «Ay, que todavía no tengo el aumento, todavía no tengo la promoción, el trabajo». ¿Pero te estás preparando para glorificar al Señor en eso?

Preocúpate más por mejorar tus habilidades como administrador que por aumentar tu patrimonio. Hermanos, dice la Escritura que el Señor, cuando administramos bien lo que nos da, eventualmente nos aumenta el nivel de responsabilidad. ¿Saben por qué el Señor quizás no nos da más? Hay muchas razones por las cuales quizás no nos lo ha dado, pero entre esas razones está que todavía no sabemos qué vamos a hacer con eso. Todavía no sabemos cómo esa cosa va a contribuir con la gloria del Señor.

Cuarta norma: sé un canal de bendición, no un pozo

Otra más, la cuatro: no acapares, multiplica y distribuye; conviértete en un canal de bendición para toda la casa de tu Señor. Aspira a construir un canal más ancho, no un pozo más profundo. Dice la Escritura que nosotros debemos ser canal de bendición. Y una vez les hice una pregunta a todos ustedes, se las repito de nuevo: cuando el Señor llena tu vaso, ¿a quién tú mojas? Si el Señor quisiera bendecir a veinte familias sobre esta tierra, ¿tú serías un canal de bendición? Si el Señor quisiera bendecir a mucha gente a través de una persona, ¿tú serías esa persona?

Hermano, hay gente que es canal y hay gente que es pozo. ¿Sabe lo que pasa con el pozo? Cuando recibe el agua, la guarda para él. Y el agua se pudre. ¿Y el canal qué hace cuando recibe? La pasa. Esa es la actitud: miren, los cristianos podemos —o debemos poder— desprendernos con facilidad, porque sabemos que nosotros no pudimos haber adquirido eso por nuestros propios medios.

¿Y cómo es que un cristiano puede desprenderse tan fácilmente de las cosas? ¿O cómo debería poder desprenderse tan fácilmente de las cosas? Porque él sabe que está conectado a la fuente. «Yo sé dónde hay. Yo sé dónde hay». ¿Y por qué puedes dar así, con generosidad? Es que yo sé que por mis propios medios no tengo agua; que el agua a mí me viene de la fuente, que soy un canal de bendición.

Hermanos, canal de bendición: eso es un mayordomo. Te hago de nuevo la pregunta: ¿qué tan ancho es tu canal? ¿Con qué facilidad tú te desprendes? Hay gente que cuando recibe algo del Señor lo que hace es guardarlo. No seas un pozo, hermano, no seas un pote; sé un canal de bendición, que cuando el Señor a ti te bendiga, mucha gente reciba.

Miren, Abraham fue un canal de bendición. El canal de bendición más grande que aparece en las Escrituras es Abraham. ¿Saben lo que el Señor le dijo a Abraham? «En ti serán benditas todas las naciones de la tierra». José en Egipto fue un canal de bendición: el Señor le dio una inteligencia especial y le dio a administrar recursos especiales, y José, como canal de bendición del Señor, salvó a dos pueblos al mismo tiempo. Daniel fue canal de bendición.

Yo te pregunto, hermano: ¿qué tanto puedes tú regar lo que recibes de Dios? Si somos administradores del Señor, si somos mayordomos del Señor, nosotros entendemos que si acaso se agota, el Señor trae la compra a fin de mes; que si acaso se agota, el Señor vuelve y lo pone; que nosotros solamente administramos, pero que la fuente es Él.

Quinta norma: no trabajes por dinero, sino por su gloria

Son normas generales, normas que ayudan. Vamos a la norma cinco. Miren, esta norma, hermano, yo quisiera que todos los jóvenes de PezMundial la atesoraran. Aquí hay personas que están entrando al mercado laboral. Si tú eres un joven cristiano que está entrando al mercado laboral, quiero animarte de lo profundo de mi corazón a que hagas de este principio tu norma para trabajar: no trabajes por dinero.

No hay una cosa más triste que una persona que trabaja por dinero. «Rafael, ¿pero qué tenemos que comer?». Sí, el Señor dijo que el que no trabaja, que no coma; pero no trabajes por dinero. Trabaja por su gloria.

Qué triste es esto, hermano: que hay personas que han elegido una carrera universitaria no de acuerdo a las habilidades que han recibido del Señor, sino de acuerdo a qué tan bien paga esa carrera en el mercado laboral. Y después se encuentran con que no han podido cometer un rulo en esa carrera, y dicen: «¿Qué es lo que pasa?». Que no estudiaste lo que convenía para la gloria del Señor, sino que estudiaste dominado por la avaricia. ¿Cuántas personas tienen hoy vidas insatisfechas porque no han estudiado aquello que el Señor les permitió estudiar?

No trabajes por dinero, sino por su gloria, según el don que recibiste de Él. Si lo haces bien, Dios te permitirá disponer de los recursos necesarios para que lo sigas haciendo. Dice la Escritura:

Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.

— 1 Pedro 4:10

Cada uno de nosotros recibimos cosas del Señor. Yo he hablado con personas que terminaron estudiando informática y les digo: «Fulano, ¿a ti te gusta? ¿Tú sabes lo que es el mundo de la informática? Eso es un mundo un poco abstracto, eso es trabajar a veces en asuntos donde te tiene que gustar la matemática, te tiene que gustar la ciencia. Y tienes que ser muy paciente para enseñarle cosas a la gente, porque un informático tiene a veces que enseñarle conceptos técnicos a personas que no los manejan». Y hablando, hablando: «¿Y por qué tú estudiaste eso?». «No, es que esa carrera da dinero». ¿Cuántas personas hay que tienen vidas insatisfechas porque al elegir una carrera universitaria no pensaron en la gloria del Señor, sino que pensaron en aumentar su patrimonio? ¿Cuánta gente está haciendo un trabajo que no quiere?

Hermano, yo tengo la convicción de que cuando uno hace aquello que el Señor le ha permitido hacer —porque dice el libro de Eclesiastés: «Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas»—, yo tengo la convicción de que cuando tú haces aquello para lo cual el Señor te diseñó, tarde o temprano el Señor te va a permitir administrar los recursos necesarios para que lo sigas haciendo. Dice la Escritura: «No pondrás bozal al buey que trilla», y «digno es el obrero de su salario».

Ahora, les pongo un caso. Hay gente, por ejemplo, a quien el Señor le ha permitido desarrollar habilidades artísticas, pero cuando habla con una persona y le dice que va a estudiar arte, le dicen: «¿Qué? Tú te vas a morir de hambre». Ahora, yo te pregunto: ¿vas a estudiar arte para tu propio patrimonio o vas a estudiar arte para contribuir a la gloria de Dios? Si vas a estudiar arte para contribuir a la gloria del Señor, hermano, miren, tarde o temprano el Señor te va a permitir desarrollar alguna actividad productiva, y Él no pondrá bozal al buey que trilla.

No trabajes por dinero, trabaja por su gloria. Y cuando tengas que escoger entre la gloria del Señor y tu beneficio temporal, pon la gloria del Señor, que eso paga su precio en el tiempo.

Sexta norma: trabaja siempre como para tu Señor

Voy a la seis: trabaja siempre como para tu Señor, aunque el que tengas al frente no te motive. A veces el servicio es indirecto y la recompensa viene de más arriba. Y eso da lucha, hermano —miren, yo predico esto la verdad con mucha sinceridad—: a mí eso me da lucha, y yo sé que a ti también. Es difícil hacer el trabajo como para el Señor cuando el jefe que uno tiene ante los ojos no motiva. Es difícil hacer las cosas para el Señor cuando la misma tarea que estamos haciendo no motiva.

Ahora, a veces hay que hacer como un trabajo indirecto, y decir: «Mira, es a él que yo estoy mirando, pero no es para él que lo estoy haciendo». Dice la Escritura:

Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.

— Colosenses 3:23

¿Saben a quiénes les escribieron eso? En el tiempo en que se escribió esa carta a los colosenses, todavía la esclavitud era una realidad, y esa fue una carta escrita para hermanos que vivían en esclavitud. Y el apóstol está diciendo: cuando ustedes vayan a servir a sus señores, que quizás con lo que les pagan es con el látigo, no lo hagan para ese señor con minúscula; háganlo como para el Señor con mayúscula, sabiendo que del Señor recibirán la recompensa.

Hermano, quizás tú no puedas cambiar tu jefe por lo pronto, pero tú puedes cambiar la actitud hacia tu jefe. Quizás tú no puedas cambiar tu trabajo por lo pronto, pero tú puedes cambiar el objeto de tu trabajo ahora mismo. Quizás tú pienses: «Este trabajo es muy rutinario», pero es para la gloria del Señor, hermano; es para la gloria del Señor, no para la gloria de ningún señor humano.

Eso lo hace un mayordomo: sin importar quién está frente de mí, yo lo estoy haciendo de manera indirecta para uno que está por encima de él. Y cuando la gente te pregunte: «Fulano, ¿y qué fue? ¿Fue que te aumentaron?», «No, es que ahora yo lo estoy haciendo como para el Señor. Y la recompensa no viene de él, la recompensa viene de más arriba».

Séptima norma: sé organizado, porque el Señor pedirá cuentas

Principios, hermano. Voy al penúltimo. Este yo lo voy a coger para mí; es más, si ustedes quieren yo no les predico este, porque este es para mí, este yo lo escribí para mí.

En Dios se combinan dos atributos, hermano, que nos jalan para un lado y para el otro: es extremadamente generoso y en extremo celoso. Es extremadamente generoso y te permite administrar cosas que tú ni te acuerdas que te las dio el Señor. Pero al mismo tiempo es celoso y está atento a cada cosa que da. Yo tengo la convicción de que hasta cada respiración, cada vez que tú llenas los pulmones, el Señor está atento a eso. Dice la Escritura que de tu cabeza no cae un cabello sin que el Señor lo sepa.

Estamos sirviendo a un Señor que es en extremo generoso y nos permite administrar con libertad sus posesiones, pero al mismo tiempo estamos sirviendo a un Señor que es en extremo celoso y está muy atento a todo lo que ha dado. Por eso: sé muy organizado. Recuenta con frecuencia los recursos de tu Señor y supervisa su desarrollo, evitando que se desaprovechen o se desperdicien. Tú olvidas, pero Él está muy atento y pedirá cuentas. Dice Proverbios:

Sé diligente en conocer el estado de tus ovejas, y mira con cuidado tus rebaños.

— Proverbios 27:23

Miren, hay cosas que un cristiano nunca debería permitir. Los alimentos son del Señor: un cristiano nunca debe permitir que un alimento se dañe en su despensa. Nunca. ¿Por qué? Porque eso es del Señor. Eso hay que comérselo o darlo. O lo uso o lo distribuyo, pero eso es del Señor. Un cristiano nunca debería permitir que la polilla destruya las posesiones que tiene en su casa guardando ropa, guardando objetos, guardando electrodomésticos que no se usan. ¿Por qué? Porque eso es un uso ocioso, y el Señor espera un aprovechamiento.

Cosa que tú tengas en tu casa que tú piensas que no la vas a usar pronto, órale al Señor y dile: «Señor, mira, yo tengo esto aquí hace mucho. Enséñame dónde ponerlo, dónde se use mejor que aquí». Triste es cuando las cosas se dañan en la casa de un cristiano, porque eso es un desaprovechamiento. Qué lamentable es que en las casas se desperdicie.

Doy un truco ahí, hermano, miren: cuando tú limpias tu clóset y dejas solamente lo que usas. Eso da lucha, no hay una cosa que dé más lucha, porque uno está pegado emocionalmente a la ropa. Yo tengo algunos años, hermano, en que solamente tengo en mi clóset la ropa que yo uso: cuatro pantalones, dos pares de zapatos. «Rafael, ¿y tú con dos pares de zapatos hasta ahora sí?». Uno es tenis. No te digo, hermano, que tú tengas tan pocas cosas como yo. Lo que estoy diciendo es que si en tu casa hay cuarenta pares de zapatos, tú solamente tienes dos pies —perdón, un par de pies—. Que si tú estás acaparando cosas ahí porque te quieres quedar con eso, lo más probable es que el Señor no te lo dio a ti para que lo uses, sino para que lo distribuyas.

Y te voy a animar, hermano, a que no des las cosas ya cuando estén acabadas. Hay veces, cuando uno está en la iglesia animando la generosidad y la gente trae un grupo de cosas, yo me pregunto: «¿Y este se pondría esto él?». Por regla general, hermano: no dé nada que no se pondría usted. No dé nada que no usaría usted. Salvo en condiciones especiales; por ejemplo, te regalan una cosa que a ti no te gusta, bueno, tú no la vas a usar. Lo que te quiero decir es que no des las cosas ya cuando sean desechos. Da las cosas cuando todavía puedan dar utilidad, y cuando eso se use, la gloria de tu Señor será aumentada.

Cuando tú limpias tu clóset, tú vas a encontrar dos cosas. Lo primero, que vas a ser más agradecido de las cosas que ya tienes del Señor. Y lo otro, que te vas a poder vestir más rápido: vas a pensar menos. No hay una cosa que dé más lucha que estar apartando ropa de un clóset: «No, que también hay que apretar; no, que le falta un botón». No, hermano, saca todo eso de ahí y quédate solamente con lo que te cabe en el cuerpo. Truquito aquí de fin de año: si ustedes están esperando rebajar para volver a usar esa ropa, dénsela a otra gente; y cuando ustedes bajen, hermano, que el Señor se la dé, porque hay que vestirse mientras tanto.

Octava norma: sirve a tu Señor con exclusividad

Me muevo rápido porque me falta la última parte. Pero el último principio: sirve a tu Señor con absoluta exclusividad. Que nada compita en tu corazón. Abandona tus propios intereses para servir a los suyos. Que tu prioridad sea Él. No te bifurques, no tengas dos intereses, no tengas dos haciendas, no tengas dos casas. Esta es la casa: la casa del Señor.

Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio.

— Marcos 10:29

Hago una pausa aquí, hermano. Dejar tus hijos no significa olvidarte de ellos, no; es cambiar la prioridad: primero el Señor y después los hijos. Dejar la mujer no es separarte de tu pareja, no; es primero el Señor y después la mujer. Dejar la casa no significa venderla o hipotecarla; dejar la casa es primero el Señor de la casa y después la casa. Dejar la madre o el padre es primero el Señor y después mamá o después papá.

Que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna.

— Marcos 10:30

Díganme ustedes qué es lo que dice. Bueno, el Señor no vendió un sueño, el Señor no vendió un asunto ideal. El Señor le dijo: «Mira, tú vas a tener todo eso, pero con persecuciones». La verdad es que sí, el Señor nos va a permitir administrar muchas cosas, pero la realidad de este tiempo presenta la incertidumbre: uno hoy tiene y mañana no tiene; uno está hoy seguro y mañana como que no está.

Eso es normal. El Señor dice: «Van a tener todo eso, pero con persecuciones». El asunto es que la gente ha querido tener los recursos de Dios sin la persecución que Dios dijo que venía junto con ellos.

Lidiando con la insatisfacción

En esta vida —eso lo explicó Eclesiastés—, a Salomón el Señor le dijo: «Prueba tu corazón en diferentes cosas». Y le dio placeres, le dio propiedades, le dio poder. Y al final le dijo: «Nada de eso da satisfacción». Ahora, les confieso que el problema mío está en que yo sé que nada de lo de esta tierra, yo sé que nada, nada, nada, nada me da una satisfacción completa. Yo sé que no hay dinero que me dé una satisfacción completa. Yo sé que no hay casa que me dé una satisfacción completa. Yo sé que no hay placer sobre esta tierra que me dé una satisfacción completa. El asunto es que yo quiero probarlo. Yo quiero saberlo: «Señor, permíteme, como a Salomón, permíteme ver que realmente no lo da».

Es el dilema de la humanidad, hermano. Tú sabes que en el fondo no da satisfacción, pero tú quieres probarlo. «Yo quiero ver si es verdad que no da satisfacción». Eso es la humanidad, es el dilema del ser humano. Esto me da cabida a la última parte de mi tema. Lo primero es que somos mayordomos y vamos a recibir algunas cosas del Señor; pero lo segundo que te diré es que en todas esas cosas hay siempre un nivel de insatisfacción natural.

Lidiando con la insatisfacción: nuestro contacto con el mundo hace que tengamos expectativas de satisfacción irreales y que olvidemos las promesas de Dios. Miren, uno puede recibir muchas cosas del Señor, pero al final la insatisfacción siempre viene de la mano.

Las tres mentiras que producen expectativas irreales

La mayoría de las personas conducen su vida siguiendo tres mentiras principales. La primera mentira es: «esta vida es una fiesta». La gente dice eso: la vida es una fiesta, la vida es para gozarla, este mundo es muy bueno. Y lo saborean así. Es una mentira; la verdad es que la vida no es una fiesta, y ustedes verán que la vida no es una fiesta. La segunda mentira es: «merezco participar en ella». Hay gente que se menea a veces y dice: «Yo merezco ser feliz». Y la tercera: «si me esfuerzo lo suficiente podré lograrlo». Son tres mentiras existenciales: la vida es una fiesta, yo merezco participar en esa fiesta, y si me esfuerzo lo suficiente podré lograrlo.

Esas tres mentiras producen expectativas irreales de bienestar y satisfacción que ningún hombre podrá llenar, por lo menos no en esta tierra después de Adán. Miren, realmente hubo un momento en que esta vida era casi eso. Miren, cuando el Señor hizo el mundo no había que trabajar con dificultad, todas las cosas estaban en su lugar, esto era perfecto, hermano.

Pero después de la caída, la verdad es que la fiesta se acabó. Y no solamente se acabó la fiesta, sino que quedamos en problemas con el dueño de la casa. Y podemos ser racionalmente felices, hermano, pero eso no es lo que la Biblia enseña. La Biblia enseña que esta vida dejó de ser una fiesta, que terminamos en enemistad con el dueño de la casa, que nada volverá a ser igual —por lo menos no ahora—, y que aun así tenemos ahora mismo mucho más de lo que merecemos: paz con Dios y gozo de sus promesas, y no tuvimos que trabajar para lograrlo.

¿Saben qué era lo que nosotros merecíamos según la Escritura? ¿Alguien sabe lo que merecíamos? Dice la Escritura que lo que nosotros merecíamos era ser destruidos. Dice la Escritura que lo que nosotros merecíamos era la total destrucción. Nosotros tenemos ahora mismo mucho más de lo que merecíamos, y no tuvimos que trabajar para lograrlo.

Un poco de insatisfacción es normal y hasta saludable

Termino con esto, hermano. Miren, un poco de insatisfacción por las limitaciones terrenales es normal y hasta saludable. Yo les voy a pedir que cuando ustedes vean a alguno de sus hermanos que está bregando con la vida… ¿saben lo que es bregar con la vida? Es lidiar con esta existencia.

Hay gente que piensa que los evangélicos no se ponen tristes. Sí, hermano, miren: a uno de vez en cuando se le olvida la promesa del Señor. Como decía Lenny, uno deja de mirar para arriba y comienza a mirar para abajo, y se entristece. Eso es normal. Yo siento que a veces, cuando uno está triste y uno le dice a la gente: «¿Cómo tú estás?». «Triste». Eso es como un escándalo. Ay, eso es normal, hermano; lo que pasa es que la gente no lo dice. ¿Cuántas veces tú no te has levantado con el cuerpo como medio revolteado? ¿Cuántas veces tú no te has levantado como que no quieres subir los brazos para arriba? ¿Cuántas veces tú no te has sentido como que te falta algo, aunque tú sabes que tienes más de lo que necesitas, pero tú sientes que te falta algo?

Esa es la humanidad. La insatisfacción, hasta cierto nivel, es un asunto saludable: nos permite desear las cosas que vendrán después. Sin embargo, te quiero advertir: un cristiano no se abandona en ese asunto. Tarde o temprano los cristianos miramos para arriba y recordamos la promesa del Señor. Quien no cuenta con la promesa del Señor, la verdad es que tiene razones para estar triste. Dice la Escritura: «Déjenle el vino a esos». Miren, quien no tiene las promesas de Dios, la verdad es que tiene razones ahora mismo para estarse metiendo whisky en la cabeza; tiene razones. Los cristianos de vez en cuando nos ponemos tristes, perdemos la expectativa, pero tarde o temprano la encontramos, hermano; uno mira para arriba, tarde o temprano.

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. Por la fe Abraham, siendo llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba. Por la fe habitó como extranjero en la tierra prometida como en tierra ajena, morando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa; porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.

— Hebreos 11:1, 8-10

Hermanos, «porque esperaba», «porque esperaba»: no era que lo tenía, sino que lo esperaba.

Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra.

— Hebreos 11:13

Habitamos en tiendas, caminamos hacia la ciudad

Miren, cuando a ti te falta demasiada cosa, tú miras para arriba y dices: la verdad es que toda la vida da dolor de cabeza, porque uno habla con la gente y cada quien piensa que su problema es el problema más grande porque le faltan dos pesos en los bolsillos. A cualquiera le faltan dos pesos en los bolsillos de vez en cuando. Hay gente que piensa que se le está acabando el mundo porque están enfermos. Miren, todo el mundo se enferma, eso es de la vida de la gente. La diferencia es que los cristianos miramos para arriba y contamos con las firmes promesas de Dios.

Dice la Escritura que vivimos como en tiendas. ¿Usted sabe lo que es vivir en tiendas? Las tiendas son asuntos temporales. Quien habitaba en tiendas, hermano, ¿qué sabía? «Mira, esto no es para mucho tiempo, esto es temporal». Habitaban en tiendas, eran como nómadas. Aparte de esto, hermano, era un asunto de transición: la tienda era lo que usabas mientras llegabas de un lugar a otro. Al mismo tiempo, en la tienda tú estabas expuesto a las condiciones del clima, al vandalismo. La tienda tiene sus limitaciones.

Nosotros en esta tierra somos peregrinos y somos extranjeros. Nosotros los cristianos habitamos en tiendas. Hay cosas que no vas a tener —y gloria al Señor por eso, porque somos sus mayordomos—, hay cosas que no vamos a tener. Y estate tranquilo, que estás caminando hacia la ciudad de cimientos sólidos. Aun en medio de las tiendas el pueblo fue multiplicado, fue protegido y sustentado por Dios.

Las limitaciones de nuestra vida terrenal no son excusa para la mayordomía. Mucho o poco en esta tierra, hermanos, adminístralo así, con gusto, como para el Señor, sabiendo que del Señor recibiremos la recompensa.

Tres pasos para recuperar el gozo

Si a ti te pasa lo que a mí, que de vez en cuando se te olvida la promesa del Señor, eso es normal. Si a ti te pasa lo que a mí, que de vez en cuando ves que tienes más mes que presupuesto, eso es normal. Si a ti te pasa lo que a mí, que cada cierto tiempo ves gente que está más para adelante que tú, eso es normal. Si a ti te pasa lo que a mí, que cada cierto tiempo lo que tú sientes que te correspondía no te lo dan, eso es normal.

Yo quiero que tú hagas solo tres pasos. Lo primero: disfruta lo que ya tú tienes —mayordomía—. Lo segundo: ajusta tu expectativa a la realidad, porque esta es una vida temporal, esto es limitado y estamos en un mundo caído. Y lo tercero: medita las promesas de Dios. Mira, yo esta semana, al igual que testificaba Lenny, comencé a disfrutar de nuevo la Escritura; yo miré para arriba.

Y cuando llegues al punto 3 y todavía no te llegue el gozo, entonces repites los pasos del 1 al 3 hasta que vuelva el gozo. Es sencillo, ¿verdad? O sea, ¿cómo uno puede tener satisfacción en esta tierra? Así: del paso 1 al 3 hasta que vuelva el gozo. Tú comienzas de nuevo a decir: «Mira, ya yo tengo algunas cosas; no tengo aquello, pero tengo esto que el Señor me ha dado». La verdad es que esta existencia es pasajera, eso es normal, eso le pasa a la gente. Y lo tercero: yo medito la firme promesa del Señor. Y si no ha llegado el gozo, vuelvo al punto número uno, y así hasta que vuelve, hermano; tarde o temprano vuelve.

Tarde o temprano vuelve el gozo. Eso lo tenemos los cristianos cuando uno se ve medio tristecito. Termino aquí, hermano, miren: es normal. Tú no eres el primero. Decía el salmista que él estaba desesperado y que sentía que los huesos se le estaban saliendo del cuerpo. Es normal. Pero tarde o temprano uno medita la firme promesa del Señor y le vuelve el gozo. Del punto uno al punto tres, hasta que vuelva el gozo.

Oración final: dale gracias por las cosas pequeñas

Vamos a orar al Señor y pidámosle a Él que nos permita administrar las cositas que tengamos, mucha o poca, y sobre todo que encontremos satisfacción. Cierra tus ojos ahí. Dale las gracias al Señor, hermano, por las cosas pequeñas. No te pongas a dar gracias por las tres cosas grandes que tú tienes; dale gracias por las quinientas cosas chiquitas que tú tienes.

«Señor, gracias por el reloj. Gracias por las medias, gracias por la ropa, Señor. Gracias por la comidita que me he podido comer, gracias por el desayuno si lo tuve, gracias por la galletita que me comí ahorita, gracias por el vaso de agua, gracias por el aire, gracias porque tengo una iglesia, gracias por mis hijos, gracias por mi esposa, gracias por mi esposo, gracias por mis padres, gracias por mi casa alquilada, gracias porque tengo una cama, ay, gracias, Señor, porque tengo algo más que una tienda. Gracias por la computadora, por el celular, por los cien pesos de tarjeta que le metí». Ay, hermano, mira, que no te dé risa; dale las gracias al Señor por esas trivialidades, que son cortas provisiones del Señor a favor tuyo.

«Gracias, Señor, porque tengo gente que se preocupa por mí. Gracias porque puedo respirar, gracias porque tengo la vista». Dale las gracias al Señor, hermano, porque todo lo que tenemos es de Él.

Permíteme orar ahora por ti. Señor, satisface a mis hermanos. Permite que cuando esta existencia pasajera, Señor, este habitar en carpas que tenemos, no llene sus expectativas, que anhelen aún más la Jerusalén celestial, el lugar donde habrá cielos nuevos y tierra nueva. Permítenos, Señor, mirar hacia arriba y no hacia abajo. Ay, Padre, recuérdanos, recuérdanos tus promesas. Gracias, Señor, porque tenemos firmes promesas; las saludamos desde lejos. Permítenos tener satisfacción en el trabajo; si no tenemos trabajo, permítenos tener satisfacción en la casa. Mira a mis hermanos que tienen peticiones, Señor, y si es tu voluntad y te pudieran glorificar con eso, respóndeles y dáselo ahí, en su humanidad, Señor, como me lo das también a mí. Sobre todo, Padre, permite que nuestro gozo dependa de ti y no de nuestras posesiones. Permite, Señor, que nuestro principal deleite sea nuestra salvación; devuélvenos el gozo de la salvación.

En el nombre de Dios, amén. Para tu gloria. Levanta mayordomos aquí, Señor, que lo hagan para la gloria tuya y no para la propia. Todo esto te lo pedimos en el nombre de Jesús. Amén.

Que el Señor les bendiga, que se satisfagan en las cosas que tienen. Nos vemos el miércoles para nuestro curso y el domingo para nuestro culto regular.

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