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Mensaje

Preparación para la Cruz

Juan 16

Antes de ir a la cruz, nuestro Señor Jesucristo estuvo preparando a sus discípulos de forma tal que al verle padecer no tuvieran tropiezo. Les mostró una expectativa realista de persecución, la conveniencia de su partida con la llegada del Espíritu Santo, un gozo permanente después de la resurrección y la confianza de que podían orar directamente al Padre en su nombre.

Transcripción automática

Comienza hoy lo que se denomina la Semana Santa. Este tiempo donde, imagínense ustedes hermanos, si el mundo mismo recuerda, aunque sea formalmente la Semana Santa, qué mal haríamos nosotros si por lo menos no lo mencionáramos. Siempre hay movimientos de personas que se oponen a estas cosas. Hay algunos que no quisieran que se celebre la Navidad, otros que se oponen a la Semana Santa y a cualquier otro tipo de festividad porque encuentran que todo esto es tradición. Sí, tiene su componente de tradición, pero indudablemente, hermano, nuestro Señor resucitó. Y podemos nosotros como creyentes ser obedientes a esto y hacer memoria, porque es lo que se nos ha demandado.

A modo de preámbulo les diré, hermanos, que hay más historicidad en celebrar la Semana Santa que en celebrar la Navidad. Y debemos celebrar las dos cosas, hermanos, pero hay más consistencia histórica en el hecho de que nuestro Señor Jesucristo, de que hay evidencia escritural de que más o menos para este tiempo nuestro Señor ya estaba caminando hacia la cruz. Y que no solamente estaba caminando hacia la cruz, sino que llegó a la cruz, murió y resucitó también. No estaré hablando en este momento de la resurrección porque tenemos culto de resurrección el próximo domingo. Pero permítanme mostrarles cómo nuestro Señor Jesucristo estuvo preparando a sus discípulos para que la cruz no fuera un tropiezo para ellos, sino que les aprovechara la cruz.

Estas cosas os he hablado para que no tengáis tropiezo. Os expulsarán de las sinagogas, y aún viene la hora cuando cualquiera que os mate pensará que rinde servicio a Dios. Y harán esto porque no conocen al Padre ni a mí, mas os he dicho estas cosas para que cuando llegue la hora os acordéis de que ya os lo había dicho. Esto no os lo dije al principio porque yo estaba con vosotros, pero ahora voy al que me envió y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas? Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya, porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí; de justicia, por cuanto voy al Padre y no me veréis más; y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido juzgado. Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar, pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Y él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío y os lo hará saber. Todavía un poco y no me veréis, y de nuevo un poco y me veréis, porque yo voy al Padre. […] Pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo. En aquel día no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.

— Juan 16:1-24

Cuatro cosas que Cristo preparó

Antes de ir a la cruz, nuestro Señor Jesucristo estuvo preparando a sus discípulos de forma tal que al verle padecer no tuvieran tropiezo. Este era un tema que los discípulos preferían evitar, pues aún no habían entendido la necesidad de su sacrificio y la conveniencia de su partida. Su resistencia a la idea era tan fuerte que Pedro primero intentó convencer al Señor de que no padeciera y luego agredió a los que lo apresaron. Cristo comprendía la incertidumbre que tenían ellos y les consoló mostrándoles, en primer lugar, una expectativa realista de su vida durante su ausencia: ellos serían perseguidos. En segundo lugar, la conveniencia de su partida con la llegada del Espíritu Santo. En tercer lugar, puso sus ojos en un gozo permanente que experimentarían después de la resurrección. Y en cuarto lugar, les expresó que aunque él no estuviera físicamente con ellos, aunque estuviera ausente, podían orar con confianza y recibirían respuesta.

Lo que nuestro Señor ha estado haciendo es preparando a sus discípulos. Faltaba ya muy poco tiempo para que nuestro Señor fuera a la cruz a padecer y sus discípulos no estaban preparados para ver a su Maestro padeciendo. A mí me emociona saber que nuestro Señor conoce nuestros corazones y conoce nuestras emociones y él se anticipa a lo que nosotros podemos necesitar. Sus discípulos habían estado viviendo con él, habían estado acompañados por él, pero él sabía que si no advertía lo que sucedería, sus discípulos iban a tropezar. Él les dijo, «yo les he estado diciendo estas cosas a ustedes no para entristecerlos innecesariamente, sino para que con la cruz no tengan tropiezo.»

Este anuncio de sufrimiento fue reiterativo de nuestro Señor. En medio de su ministerio, él les dijo que iba a padecer, y al final de su ministerio también les recordó que iban a padecer. Sin embargo, parece que los discípulos o se habían hecho de oídos sordos o no querían entender esta realidad. Para ellos era algo inconcebible que su Maestro, que era Dios, y que ellos estaban ya persuadidos de que era Dios mismo, tenga que padecer. Para nosotros es más fácil verlo en retrospectiva, hermano, pero para ellos era un asunto excepcional. Si realmente los discípulos de Cristo estaban convencidos de que estaban siguiendo al Hijo de Dios, ¿era esto, que el Hijo de Dios iba a terminar en una cruz? Si realmente era tal cual ellos creían, que este era el libertador del mundo, era el Mesías prometido, ¿va a ser que el Mesías prometido tenga que padecer?

La cruz: tropiezo para los que se pierden

Pedro parece desproporcionado, pero yo entiendo a Pedro. Cuando el Señor habló estas cosas, Pedro se acercó a él y trató de persuadirle. Los sufrimientos de Cristo, los padecimientos de Cristo, el Cristo que está aparentemente debilitado en una cruz, eso es tropiezo para los que se pierden. Los discípulos con toda seguridad tropezarían con la cruz. Con esto le diré, hermano, y solamente a fin de preámbulo, que así como la cruz es fortaleza para el que ha creído, la cruz es tropezadero para los que se pierden.

Un ejemplo de esto es Judas. Con lo que tropezó Judas fue con la cruz. Cuando nuestro Señor comenzó a hablar de padecimiento, cuando nuestro Señor comenzó a hablar de que el reino no sería un reino físico y material, que el reino no sería un reino de tranquilidad y prosperidad, en ese momento Judas hizo crisis. Y lo que Judas resolvió fue, «si de esa manera es que terminará el Maestro, entonces no hay un reino material, y si no hay un reino material, entonces vendamos a Cristo.» Cuando nuestro Señor estaba padeciendo un sufrimiento y Pedro también tuvo que compartir, aunque sea un poco del sufrimiento de Cristo —Cristo iba a la cruz y Pedro lo que tenía que haber hecho era confesar a Cristo, quizás ser afrentado por los otros, ser burlado por los otros, o ser expulsado del lugar donde estaba— Pedro no afirmó a Cristo, sino que negó a Cristo.

Una expectativa realista del padecimiento

El Señor está hablando en este momento de la forma en que tomaría esa persecución y les menciona dos cosas distintas. En primer lugar le dice, «os expulsarán de las sinagogas.» Y como usted no es un judío, usted no entiende por qué es que ellos no querían ser expulsados de la sinagoga. Quizá ustedes piensen que una sinagoga era como un culto entre nosotros. «Bueno, si me expulsan de una iglesia yo puedo ir a otro lugar o voy a otro pueblo.» Una sinagoga no es un culto como el de nosotros. La sinagoga era el centro de la vida nacional en Israel. Un judío, su vida giraba en torno a la sinagoga. La sinagoga no solamente era un lugar de culto, también era un lugar de instrucción y de formación. Era un lugar de vida social. Se desarrollaba allí. En una sinagoga se educaba, se socializaba, se instruía, se daba culto al Señor. El Señor les dice a los discípulos que serán expulsados, que no se van a quedar aislados solamente, sino que también vendrá violencia física contra ustedes, y que cuando lo hagan pensarán que le están rindiendo un servicio al Señor.

Esto se cumplió de manera evidente con Saulo de Tarso, que perseguía a la iglesia pensando que rendía un servicio al Señor. Pero se ha estado cumpliendo, hermano, en todas las épocas de la iglesia. No hay cristianismo sin persecución. Y cada vez que usted afirma a Cristo, usted será perseguido. Y esto no terminó después de la resurrección. La realidad es que Cristo resucitó y después de Cristo resucitado la iglesia siguió siendo perseguida. Y seguirá siendo perseguida hasta el día de hoy. Me llama la atención mucho esto, hermano, de que ambas persecuciones vienen como desde adentro. Algunos para servir al Señor le perseguirán y desde la sinagoga, que es donde supuestamente se adora al Señor, también los expulsarán. Y es que la persecución más fuerte que ha tenido la iglesia de Cristo en todos los momentos de su historia ha venido de aquellos que supuestamente están sirviendo al Señor.

Quiero mostrar aquí que hay que tener una expectativa realista acerca de la vida cristiana, porque si no hay una expectativa realista tropezarás con el sufrimiento. La realidad es que Cristo padeció en la cruz, pero todo creyente padece hasta cierto punto por la causa de Cristo. Él les dijo a sus discípulos, «si esto lo han hecho conmigo, que soy el padre de la casa, ¿qué no harán con ustedes? Si eso es a mí que me lo han hecho, ¿qué no harán contigo?» Hermano, tenemos que tener una expectativa realista de la vida cristiana, porque esas expectativas ilusorias es lo que terminan defraudando al Señor. Y si tú no entiendes que el cristianismo requiere hasta cierto punto padecer —no vas a padecer tanto como Cristo, pero hasta cierto punto padecer— entonces tropezarás con los sufrimientos.

Os conviene que yo me vaya

Luego el Señor pasa a mostrarles cuál es la conveniencia de su partida. Él dice, «a ustedes les conviene que yo me vaya.» Cristo está hablando de su partida no como un asunto que es un mal necesario, sino como algo que debe ser anhelado. Él dice, «a ustedes les conviene mucho que yo me vaya.» Estoy en el versículo 5: «Pero ahora voy al que me envió y ninguno de vosotros me pregunta: ¿A dónde vas?» En el caso de los discípulos, el Señor les dice, «ya yo me voy, y ustedes se dan cuenta que esto se está acelerando, pero ninguno me pregunta.» Es que no queremos preguntarte, lo que queremos es que tú te quedes.

Pónganse ustedes esto, hermano: están militando tres años con nuestro Señor Jesucristo. Usted ha vivido al lado suyo, ha dormido junto a él, usted se ha recostado en él. ¿Quién de los discípulos se atrevería a preguntarle al Señor, «Señor, cuándo es que te van a crucificar, cuándo es que vas a padecer»? Nadie. Es más, que si alguno se atreve a preguntar, otro le clava el codo y le dice, «no traigas ese tema, que eso no lo estamos esperando.» El Maestro lo está diciendo. «Yo voy, y ninguno de ustedes me pregunta a dónde vas.» Es que no queremos preguntarte, Señor. Lo que queremos es que tú te quedes. «Antes, porque yo os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón. Pero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya.»

Escuchen cómo nuestro Señor Jesucristo habla acerca de su padecimiento, habla acerca de su partida física. Les dice, «es a ustedes mismos que les conviene que yo me vaya.» Me llama la atención esto, hermano, que se hace evidente el afecto sincero que le tenían a su Maestro. Realmente ellos querían al Señor. Querían tanto al Señor, que estaban aferrados al Señor. No querían que el Señor se vaya. Sin embargo, el Señor les dice, «a ustedes les conviene que yo me vaya.»

Y quiero darles algunas razones, hermanos, puntuales por las cuales los discípulos ganaban si nuestro Señor se iba. Y de nuevo, me pude identificar emocionalmente con los discípulos: yo tampoco quisiera que él se vaya. Pero a lo largo del camino sabíamos que era necesario y no solamente necesario sino que era conveniente. No era solamente la necesidad, sino la conveniencia. A ellos les convenía, hermano, porque lo más extraordinario no fue la encarnación, sino que fue la muerte y la resurrección. Es más, que la resurrección de Cristo es un asunto más glorioso y extraordinario a la luz de la Escritura que su mismo nacimiento. Y ellos no habían visto al Señor resucitado, ya sabían que el Señor había nacido. Pero ver al Señor crucificado y después resucitado es un asunto aún más extraordinario. Claro, para ver eso es necesario el padecimiento.

El Consolador: más deseable que la presencia física

Pero también les dice, «si yo me voy, yo les voy a dar el Consolador.» Ese Consolador casi siempre se traduce con C mayúscula, porque está hablando ahí de Dios el Espíritu Santo. Él les dice que el Espíritu Santo es aún un asunto más apetitoso que tenerle a él físicamente en medio de ustedes. Y yo creo que como iglesia no hemos hecho el énfasis necesario en la relevancia que tiene la tercera persona de la Trinidad. Dios el Padre, Dios el Hijo y Dios el Espíritu Santo. Y Dios el Hijo decía que tener al Espíritu Santo entre nosotros es algo aún más deseable que tener al Señor en medio nuestro.

El Espíritu Santo es una compañía todavía más profunda. Y no era una cosa pequeña tener al Cristo encarnado en medio de nosotros, era una gran cosa. Pero dice el mismo Cristo encarnado que una cosa todavía más deleitosa, una cosa todavía más conveniente es tener al Consolador, el Espíritu Santo. Viene como desde adentro y permanece en nosotros. Por eso el consuelo que un creyente tiene es un consuelo que viene como desde adentro, ya no es desde afuera. Además, había una experiencia espiritual que ellos no habían podido todavía conocer. En Lucas dice que cuando el Señor ya resucitado vino, le abrió los ojos, le abrió el entendimiento. Los discípulos habían estado viendo la Escritura, habían estado escuchando los discursos de Jesús. Y digo esto con cuidado, pero la media de los creyentes tiene en este momento más claridad en la enseñanza de Jesús que la que tuvieron sus discípulos cuando la recibieron, porque nosotros tenemos al Espíritu Santo.

Es más, que cuando Cristo terminó su ministerio, él dice que cuando se encontró con ellos —Lucas 24:45— «entonces les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras.» O sea, que todavía ellos no habían comprendido las Escrituras. Ellos habían escuchado las Escrituras, ellos habían escuchado el testimonio de Cristo, pero hasta que Cristo no abrió su entendimiento, definitivamente por medio de su Santo Espíritu, ellos no llegaron a comprender puntualmente las implicaciones de las Sagradas Escrituras. Y cuando él abrió sus ojos, dice que «ahora entendemos todas estas cosas.»

La iglesia: superior al templo y a la sinagoga

También era conveniente, porque una nueva institución nacería cuando Cristo padeciera. Ellos habían conocido la sinagoga, y miren, la sinagoga era un asunto muy interesante. Los judíos tenían al templo y tenían la sinagoga, y eran cosas distintas: en las dos se daba culto al Señor, pero el templo era más para el ritual, era más para el sacrificio, era más la representatividad, era lo formal. Pero la sinagoga, ahí estaba la palabra del Señor, se leían los rollos, todo el mundo participaba. Cristo dijo que él estaba por comenzar algo que era todavía más grande que la sinagoga. Eso se llama la iglesia del Señor. La iglesia de Cristo nació el día de Pentecostés con el derramamiento del Espíritu Santo. Los discípulos conocieron la iglesia del Señor tiempo después. Ellos conocían la sinagoga. Ahora la iglesia es superior al templo y superior a la sinagoga.

El momento más glorioso del templo, ¿cuál creen que fue? Si ustedes recuerdan el Antiguo Testamento, ¿cuál fue el momento de más esplendor en el templo? Cuando la gloria del Señor descendió en el templo. Ese fue el momento, hermano. Yo imagino quienes presenciaron aquello. ¿Ustedes saben lo que es un asunto físico así, que está siendo lleno, así cubierto de la gloria? Dice que la gloria del Señor llenó el templo. ¡Wow! El tabernáculo lo mismo, miren, eso era una tiendecita medio humilde, pero cuando la presencia del Señor llenó el tabernáculo, qué sublime aquello, imagínense quienes presenciaron eso. La iglesia es superior al templo, la iglesia es superior al tabernáculo, la iglesia es superior a la sinagoga. ¿Saben por qué? Porque la iglesia tiene la promesa de que la presencia del Señor no desciende en la iglesia en un momento del pasado, sino recurrentemente, frecuentemente, cada vez que la iglesia se reúne. Es Dios en medio de su iglesia.

Los discípulos no conocían la iglesia todavía. La iglesia vino después con el derramamiento. Usted sabe lo que es a Cristo mismo habitando en medio de su pueblo. En cada reunión de su pueblo: «donde estén reunidos, ahí estaré yo en medio de ellos.» Ya no había que esperar un momento. Ya la iglesia, cada vez que se reuniera, tenía más… La sinagoga tenía las Escrituras y eso era lo importante. La iglesia tiene las Escrituras y también tiene la presencia del Espíritu Santo en medio de la iglesia, en cada reunión de la iglesia. Por eso el Señor dijo, «si yo no cayera, si yo no muriera, si el grano de trigo no cae a la tierra y se pudre, entonces no da mucho fruto.» Es necesario padecer porque Cristo tenía la iglesia guardada en su corazón. Os conviene que yo me vaya.

La encarnación señaló el pecado, la resurrección lo venció

Esto es importante, hermano, y a mí me emociona. Porque en su encarnación el Señor señaló el pecado. Y señaló tanto pecado, hermano, que todo ser humano quedó confrontado, todo ser humano quedó condenado. La enseñanza de Cristo confronta al pecador. Pero la realidad, hermanos, es que el poder para lidiar con el pecado no está en la enseñanza. En su encarnación, Cristo pudo señalar el pecado. Pero en su resurrección, Cristo venció el pecado y posibilitó nuestra liberación del pecado. «Os conviene que yo me vaya,» porque ustedes no solamente quieren saber que son pecadores, ustedes también quieren el poder para poder lidiar con el pecado y vencer el pecado. Por eso dice Romanos capítulo 8:

Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de entre los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.

— Romanos 8:10-11

La encarnación de Cristo señaló el pecado, pero la resurrección de Cristo destruyó el pecado. Los discípulos de Cristo, hermano, eran débiles para luchar contra el pecado, eran entregados a ese asunto, pero en la resurrección fueron envalentonados, fueron capacitados para hacer la voluntad del Señor. Cuando Cristo estaba en su ministerio terrenal, ¿hizo o no hizo milagros? ¿Era poderoso? Ahora, cuando Cristo fue resucitado, dice él que «ya yo no solamente tengo determinado poder para obrar determinados milagros, sino que toda autoridad me ha sido dada.» Por eso el Cristo glorioso, el Cristo resucitado, hermano, impresiona más. El Cristo de Apocalipsis impresiona aún más que el Cristo de los evangelios, porque el Cristo de Apocalipsis es un Cristo todopoderoso. Toda autoridad ha sido dada. Ya en él no había limitación alguna. Y eso nos alienta a nosotros como sus discípulos.

Así, hermano, le doy una ñapa y le digo, os conviene que yo me vaya. Él les dijo, «porque ustedes harán cosas todavía más grandes de las que yo he hecho.» Y no significa eso, hermano, que nosotros seamos más grandes. Él dijo que haríamos cosas todavía más grandes que las que él ha hecho, porque la realidad es que Cristo habita en el creyente. Y un Cristo resucitado, un Cristo con toda autoridad que habita en creyentes como nosotros, con un cascarón como este, puede hacer cosas más grandes que las que hizo cuando estuvo entre nosotros. Por eso los apóstoles de Cristo, después que Cristo fue crucificado, hicieron obras todavía más grandes que las mismas obras que hizo Cristo. Yo le pregunto, hermano, ¿cuántos eran los discípulos del Señor? Eran doce. Pedro solamente, en el primer discurso, eran miles que venían. ¿Y cuál es la diferencia? Es que el que estaba operando en Pedro no es que Pedro era más grande que el Señor. Es que el que estaba operando en Pedro era un Cristo todopoderoso, con toda autoridad y sin ningún tipo de limitación. Nosotros podemos hacer cosas aún más grandes que las que él hizo en medio nuestro. Porque cuando él hizo esas obras en medio nuestro, teníamos un Cristo que voluntariamente se había despojado y se había limitado.

La obra del Espíritu Santo

Y el versículo 8 dice que «cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio.» ¿Qué hace el Espíritu Santo en este tiempo? Convencer al mundo. Lo primero que hace al convencer al mundo, en todas estas cosas Cristo está como el centro: convencerá al mundo de pecado. Algo que tiene el ser humano, hermano, en su pecado, es que tiene la conciencia entenebrecida, endurecida y no entiende estas cosas. Lo que hace el Espíritu Santo es que posibilita que el mundo sea convencido de pecado. Todo creyente es una persona que el Espíritu Santo le ha convencido de pecado. Y el pecado más grande es el pecado de la incredulidad. Se le convencerá de pecado por su incredulidad ante Cristo. Esto es porque la raíz de todo otro pecado, hermano, es la incredulidad, y eso es lo que causa condenación.

Al mismo tiempo le convencerá de justicia, pero de la justicia que tenía Cristo. Cristo fue condenado injustamente. No hubo pecado, no hubo engaño en su boca, y porque fue condenado injustamente, los judíos entendían que estaban haciendo un servicio al Señor cuando crucificaron a Cristo, pero Cristo fue juzgado injustamente. El Espíritu Santo lo primero convence al hombre es de su pecado, después le convence de la justicia de Cristo, de que Cristo es justo, el justo por los injustos. Por eso en el arrepentimiento siempre hay una conciencia de que se ha cometido un error. Eso me recuerda a aquel centurión que estaba en la cruz, y parece que el Espíritu Santo ya estaba obrando ahí porque dijo ese centurión, «definitivamente este era el Hijo de Dios.» El centurión, ante la crucifixión, después de todas estas cosas, él vio las señales, él vio todo lo que sucedió y ese hombre dijo que el Espíritu Santo estaba obrando en su corazón. Lo que debe confesar es eso: «ahora yo me doy cuenta que yo estaba en el camino incorrecto, ahora me doy cuenta que he cometido un error.»

Pero también le convencerá, hermano, de que el juicio es real. Le convencerá de pecado, le convencerá de justicia —la justicia de Cristo— y le convencerá también del juicio. Y ese juicio es Cristo que lo lleva. Porque dice Juan capítulo 5, versículo 22: «Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo.» El primero que ya fue juzgado fue el diablo. Cristo, el Espíritu Santo, hace esa obra en el corazón del hombre: le enseña primero su condición de incredulidad, después le enseña la justicia, la impecabilidad de Cristo, y después le enseña la realidad de un juicio. En ese juicio, usted sabe que el primero que va… Usted está en la fila de los que son condenados. Y esa fila está encabezada por el príncipe de este mundo que ya ha sido juzgado.

Pero así mismo como hace todo eso en el mundo, también el Espíritu Santo obra en los creyentes. Y dice que hace cosas muy puntuales. Dice el versículo 12: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero aún no las podéis sobrellevar.» Hermanos queridos, sobrellevar la enseñanza cristiana es un hecho sobrenatural que lo posibilita el Espíritu Santo. Por eso toda enseñanza cristiana cuando ha sido bien trazada, el hombre dice, «eso no puede ser posible.» ¿No fue eso lo que le dijeron los discípulos después que el joven rico se fue? Vino un hombre rico ante el Señor, dice que tenía bienes, le dijo, «Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?» El Señor le dijo unas cuantas cosas y a él no le gustó lo que el Señor le dijo. Y ese que tenía muchos bienes dice que se fue. Y cuando ese se fue con sus bienes, porque no estaba dispuesto a renunciar a eso, los discípulos le dijeron, «Señor, pero la verdad es que esto nadie lo pudo soportar. Esto es un asunto muy duro.» El Señor no le dijo que eso era fácil. Le dijo, «sí, es verdad. Ustedes solos no pueden sobrellevar esas cosas.» Por eso también dice Pedro que los indoctos les gusta torcer la ley porque no pueden sobrellevarla. Sobrellevar la enseñanza cristiana, eso es algo que los capacita, los posibilita el Espíritu Santo.

Un creyente verdadero no solamente ama la palabra del Señor, sino que también puede sobrellevarla y eso le hace sentido. Mire, todo lo que ha ordenado el Señor, cuando una persona no tiene el Espíritu Santo, eso le parece imposible de vivir. Los indoctos piensan que eso nadie lo hace, por eso lo doblan, porque no pueden sobrellevarlo. Y el Señor lo sabía, les dijo, «todavía tengo que enseñarles unas cosas, pero ustedes no pueden sobrellevarlo. No puedo cargarlos con eso ahora mismo.» ¿Qué más hace el Espíritu Santo entre nosotros? Lo que él les dijo a sus discípulos fue que lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Dice el versículo 13 que el Espíritu Santo nos guía a la verdad: «Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir.» El Espíritu Santo nos lleva a la verdad. Ningún creyente es tan inteligente como para permanecer en la verdad. Ningún creyente tiene tanto carácter como para no desviarse de la verdad. El Espíritu Santo nos guía.

Dos principios sobre el Espíritu Santo

Hermano, el Espíritu Santo es Dios. Y no solamente eso, sino que debemos anhelar el Espíritu Santo. Cristo dijo que era conveniente, que el Espíritu Santo es más anhelable que el Cristo encarnado. Hay dos extremos. El primer extremo es el desorden: atribuirle cualquier emoción al Espíritu Santo. Y el otro extremo es no hablar del Espíritu Santo porque eso trae desorden. Me gustaría darle dos principios a mi iglesia con relación al Espíritu Santo. ¿Cómo podemos honrar a Dios y a la tercera persona de la Trinidad evitando caer en desorden?

Entienda lo siguiente, miren: cada vez que el Espíritu Santo habla, habla para mostrar a Cristo. Lo que hace el Espíritu Santo es revelar a Cristo, que veamos a Cristo más claramente. Por eso ninguna manifestación del Espíritu Santo opaca a Cristo. Ninguna manifestación del Espíritu Santo contradice a Cristo. Ninguna manifestación del Espíritu Santo se opone a Cristo. «Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda verdad, porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo hará saber.» ¿Qué es lo que hace saber el Espíritu Santo? Cristo. Él toma de lo mío y se lo revela a ustedes. Por eso, donde quiera que haya una manifestación genuina del Espíritu Santo, hay una mejor revelación de Cristo. Usted comprende mejor a Cristo. Usted ve más claramente a Cristo. Lo que hace el Espíritu Santo es tomar de lo mío, él decía, «tomar de mí y mostrárselo a ustedes.»

Y lo segundo: dice que el Espíritu Santo «me glorificará.» Cada vez que hay una manifestación genuina del Espíritu Santo y un conocimiento más claro de Cristo, al mismo tiempo hay gloria para Cristo. Por eso, si hay una manifestación del Espíritu Santo que lo que termina haciendo es exaltando al hombre, exaltando a la iglesia, no se parece a Cristo. No está glorificando a Cristo. Dos principios, hermano. Cada vez que hay obra del Espíritu Santo, Cristo se ve más claramente que nunca. Y Cristo es más glorificado y exaltado que nunca. Lo que hace el Espíritu Santo es mostrar a Cristo y exaltar a Cristo. Y usted me dirá, «pastor, y esas otras cosas que uno ve, que ni glorifican a Cristo ni muestran a Cristo,» muchas veces son emociones, muchas veces son exaltaciones, muchas veces son pasiones desordenadas que se confunden con la manifestación genuina. Pero tenga cuidado desechando lo genuino con lo que no lo es.

Y si usted me dijera, ¿cuál de los dos extremos es más peligroso? Es más peligroso ignorar al Espíritu Santo. A veces por un genuino deseo de evitar el desorden y evitar las manifestaciones espurias del Espíritu Santo, no dejemos, hermanos, de exaltar a Cristo. No dejemos, hermanos, de desear la dirección y guianza del Espíritu Santo. Dos cosas que hace el Espíritu Santo: nos muestra a Cristo, nos da de Cristo. Es como que enfoca a Cristo y glorifica también al Señor.

Una tristeza temporal y un gozo permanente

Después entonces el Señor habla del versículo 16 en adelante de una tristeza temporal y de un gozo permanente. Y hace una diferencia entre el mundo que estará temporalmente en alegría y los discípulos que estarán en lloro y estarán en lamento. Él dice que lo que sucederá es que el mundo se alegrará. Cuando vengan los padecimientos de Cristo, cuando nuestro Señor sea humillado, dice, «el mundo se va a alegrar.» Él sabía que el mundo se iba a alegrar. El mundo es un sistema. A veces se llama mundo, a veces se llama anticristo, pero es un sistema que se burla de Dios, que se opone a Dios, que persigue a Cristo.

Él les dijo, «el mundo se alegrará, y ustedes llorarán y se lamentarán.» La realidad es que el mundo hasta disfruta burlarse de Cristo, perseguir a Cristo. Por eso no hay un deleite más pecaminosamente genuino que tenga el inconverso que encontrar una ocasión para atacar la iglesia del Señor. A veces hasta por asuntos que son… porque a veces, hermano, uno no está a la altura del testimonio del Señor. Pero no hay un deleite más profundo que le dé el impío: encontrar una oportunidad para decir, «míralo ahí, que yo sabía. Esos son los cristianos, esa es la iglesia.» Eso produce en el pecador, hermano, como una exaltación, un deleite. Pero ¿de dónde le viene ese deleite? ¿Por qué es que ese morbo por buscar falta en la iglesia? Es que el sistema del mundo se opone a Cristo y ellos son parte de ese sistema. Ellos son los que se alegran cuando Cristo sufre. Ellos son los que se alegran cuando el nombre del Señor es marchitado. El impío se alegra de eso. Que una noticia donde aparece un pastor, una noticia donde aparece un cristiano, hay como una… pero espérate, ¿por qué es que lo disfrutan tanto? Es que el impío, hermano, ese sistema diabólico, ese sistema caído, encuentra eso una gran satisfacción.

Los padecimientos de Cristo, hermano, cualquier cosa que ponga como en contra, aunque sea aparente falta en Cristo… La realidad es que los judíos pensaban que ese que estaba ahí era un pecador, ese que estaba ahí era alguien que habían encontrado, «por fin lo estamos crucificando.» Aunque sea por error, ellos lo disfrutan.

De cierto, de cierto os digo que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará. Pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo.

— Juan 16:20

Nosotros lloramos por un tiempo, hermano, pero nuestro gozo permanece. Y había razones puntuales. Por ejemplo, a María, cuando a María le llamaron para darle esta encomienda de que sería el instrumento utilizado por el Señor para encarnarse, Simeón le dijo a María, «una espada atravesará tu propia alma.» O sea que ni siquiera María podía argumentar que estaba esperando tranquilidad. A María le dijeron, «una espada va a traspasar tu propia alma.» ¿Por qué era esto, hermano, que los discípulos iban a tener lloro y lamento? La pérdida misma de un ser querido afecta mucho. Ver un ser querido, perder un ser querido es algo que duele. Ahora imagínese usted lo que es perder un ser querido en medio de la burla de todo un pueblo. Perder un ser querido a través de un sufrimiento. Una cosa es perder un ser querido por salud. Otra cosa es ver al Maestro clavado en una cruz desangrándose. Ver eso, hermano, que nuestro Maestro está haciendo el escarnio del mundo, que nuestro Maestro está siendo maltratado.

Imagínate lo que es ver un ser querido. Imagínate cuando un familiar tuyo está siendo difamado. ¿Cómo te sientes tú? Eso te da como, «oye, mi ser querido.» Imagínate al Maestro: lo están difamando. Está siendo tratado en este momento como un delincuente. Está siendo crucificado. Está caminando hacia allá. Está entre ladrones. Sí, ellos iban a llorar, se iban a lamentar. Otra cosa, hermano: ellos por un momento iban a estar cubiertos de oscuridad y parecía que las promesas del Señor no se cumplirían. Yo esta semana mientras analizaba eso, oigan el pensamiento que me surgió. Imagínate, Rafael, si por un momento tú albergaras serias dudas de que todo esto fuera una ilusión. De que nada de esto sería concretado, de que las promesas de Dios no se cumplirían, de que no tenemos en el Señor esperanza, de que todo esto a lo cual hemos entregado nuestra vida no se concretará. Por un momento los discípulos de Cristo pensaron que todo había quedado en el olvido, que no iba a ser posible. Sí, iban a llorar y se iban a lamentar.

El centro de su identidad ya era Cristo. Si usted le preguntara a Pedro, «Pedro, ¿qué tú eres?» «Pescador de hombres con Cristo.» «Pedro, ya tú no eres pescador.» «No, ahora yo soy un discípulo de Cristo. Ahora yo soy pescador de hombres.» Y Jacobo, «¿a qué tú te dedicas?» «No, que yo tengo un barco, un negocio de pesca.» «No, Jacobo, tú eres discípulo de Cristo.» Y ahora, lo que era el centro de su identidad era la vergüenza del pueblo. Pongo ilustraciones de eso, hermano, que son un poco pobres pero he tratado de ilustrar el asunto. Imagínate tú que tú le dedicaras cuatro años a una universidad y después la universidad quedara desacreditada. Y lo que es tu esfuerzo, lo que fue tu tiempo, entonces ese título ahora mismo no vale nada. Eso es vergüenza. Se demostró que esa universidad no tiene validez, que todo fue una ilusión, que yo perdí mi tiempo en eso. Los discípulos de Cristo pensaron por un momento que nada de eso valdría la pena. Lloro y lamento en lo que hay. Falta de propósito. Es más, que los discípulos de Cristo estaban juntos porque Cristo estaba ahí. Pero la verdad es que usted saca a Cristo y pareciera, hermano, «¿qué vamos a hacer nosotros?» Dice así mismo, «ustedes van a ser desperdigados, se van a desagregar.» Impotencia. Sí, hermano, es razón para lloro y lamento.

Identificarse correctamente con el sufrimiento de Cristo

Y hago aquí la alerta de que el catolicismo romano a veces trata de que la gente experimente las llagas de Cristo, que experimente su dolor. Y hay de eso toda una subcultura. Yo no sé si en Santo Domingo eso se usa. Pero he visto reportajes donde las personas en Semana Santa se flagelan el cuerpo, se dan golpes y demás. No llegue a ese extremo, hermano. No llegue a eso porque Cristo fue quien padeció. Usted no es Cristo. ¿Usted me entiende? Identificarse con el sufrimiento de Cristo no significa aporrearnos, clavarnos, traspasarnos las manos para sentir. Eso no es lo que usted debe sentir.

La verdad es que el sentimiento más profundo que uno puede tener ante los padecimientos de Cristo es el siguiente. Cristo fue clavado en una cruz. Cristo, siendo el justo, fue tratado como injusto. Cristo fue tratado como un delincuente. Y la razón es que quien envió a Cristo a la cruz fue mi pecado. Y si tú te vas a identificar con el sufrimiento de Cristo, si tú vas a identificarte con Cristo, identifícate en esto: Cristo murió porque yo pequé. Podemos cargarle el dado a los judíos y decir, «los judíos crucificaron a Cristo,» pero la realidad es que en última instancia quien crucificó a Cristo fue el Padre, y lo crucificó por ti. Si nosotros no hubiéramos añadido pecado sobre pecado, generación tras generación, no era necesario Cristo, pero Cristo fue necesario porque nosotros pecamos.

Es como que alguien tiene que ir en tu lugar. Tú no estás contento, tú te sientes un poco avergonzado, sientes agradecimiento, pero al mismo tiempo sientes como cierta incomodidad. Fue nuestro pecado lo que hizo que Cristo tuviera que ir a una cruz. Y la tristeza que vale la pena no es pensar en traspasar las manos, sino pensar que realmente fueron nuestros pecados que crucificaron a Cristo. Y por eso se ve tan feo cuando un creyente, después de aceptar el sacrificio de Cristo, vuelve a entregarse al pecado. Si ya Cristo pagó por tu pecado, ¿vas a volver a crucificar a Cristo? Si tu redención costó el sacrificio de Cristo, ¿vas a volver a crucificar a Cristo? El sentimiento que es genuino con relación a la cruz es entender que fueron nuestros pecados que llevaron a Cristo al Calvario. Y eso debería no llevarnos a traspasar la mano, sino llevarnos a apartarnos del pecado. Por eso murió mi Señor. Si por eso fue avergonzado mi Señor, eso no puede ir conmigo.

Pero también le matizo diciendo que el propósito puntual que tenía el Señor era que sus discípulos no se entristecieran desmedidamente. Y hay una tristeza artificial que es producida en este tiempo de Semana Santa. Hay películas que te ponen donde te enseñan —por ejemplo, Mel Gibson tuvo mucho éxito en eso— las escenas de la flagelación. Eso produce un morbo superficial en el ser humano, como que le incomoda un poco. Pero eso no es sentir las implicaciones de la muerte de Cristo. Cristo murió porque nosotros pecamos y nuestros pecados llevaron a Cristo a la cruz.

Es viernes, pero el domingo viene

Aún así, hermano, es sabio entender y no obviar así abiertamente la tristeza. En primer lugar les he estado mostrando: hay que tener una expectativa realista acerca del padecimiento. Un discípulo de Cristo va a padecer. Padecieron los primeros y padeceremos nosotros. La razón por la cual padecemos es que somos discípulos de Cristo. El otro punto es la conveniencia de su partida. En el libro de la resurrección de Cristo, en ningún momento de la Escritura se menciona como asunto triste. Ni Pedro, ni Pablo, ni ninguno de los apóstoles escribió acerca de Cristo de manera como sufriéndolo. Y es que si tú has visto la resurrección, esto se matiza un poco. Es como una película en la cual ya te contaron el final. El protagonista muere, pero después se da cuenta de que no, de que no pudieron terminar con él, sino que se levantó. Tú cuando ves la película, ya tú no puedes sufrirlo tanto. Tú dices, «ahí murió, pero ya yo sé qué…»

Un creyente cuando lee la pasión de Cristo, él lo lee con los ojos puestos en la resurrección. Él dice, «yo sé que esto termina en resurrección.» Les mencioné en una ocasión este poema que decía, es un predicador, de estos predicadores morenos estadounidenses, que él decía: «Es viernes, pero el domingo viene.» Y dice, «a Cristo lo han negado, a Cristo lo han vendido, el asunto es que es viernes.» Pero él decía siempre, «el domingo viene, el domingo viene, el domingo viene.» Toda esta historia termina con la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

Confianza para la oración

Cristo pone en nosotros también la confianza. Había una duda, el Señor estaba como conociendo el corazón de sus discípulos. Y parece que pensó que ellos estaban tristes porque se iba y ya no iban a poder depender de él. Durante tres años el Señor respondió sus preguntas, durante tres años el Señor proveyó para ellos, durante tres años el Señor les acompañó. Pero ahora que se va corporalmente, dice que podemos encontrar todavía confianza para la oración. Dice así el versículo 23: «En aquel día —o sea, cuando ya yo no esté con ustedes— no me preguntaréis nada. De cierto, de cierto os digo que todo cuanto pidáis al Padre en mi nombre, os lo dará.»

Dice dos cosas aquí. Ya no tendremos que ir físicamente a él para que responda nuestras preguntas. ¿Y por qué no? Porque el Espíritu Santo nos está llevando a la verdad. Antes, si un discípulo quería algo, ellos primero discutían entre ellos y después iban donde el Maestro. El Maestro daba la respuesta. Ahora, hermano, usted le ora al Señor y el Espíritu Santo primero le da respuestas a través de su palabra y también concede sus oraciones. Una invitación a orar directamente al Padre en su nombre y una promesa de que cuando lo hagamos así, al mismo tiempo recibiremos respuesta de él.

Leo también el versículo 24: «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.» ¿Por qué ellos no podían pedir en su nombre? Porque él estaba ahí. Si un discípulo quería algo, iba donde el Señor. Ahora les está diciendo, «aunque yo no esté corporalmente entre ustedes, yo estaré ante el Padre. Y ustedes podrán al mismo tiempo tener respuestas y después podrán pedir con mucha libertad.» «Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido.» También dice el versículo 26: «En aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí de Dios.» El Señor ahora nos está como conectando directamente al Padre. Él dice, «yo estoy saliendo, yo me estoy despidiendo, pero yo no los dejaré solos, les daré el Consolador. Yo responderé sus preguntas, el Espíritu Santo estará ahí. Y al mismo tiempo ustedes podrán pedirle al Padre directamente en mi nombre.»

Él es y tiene una posición de mediador exclusiva. Por eso dice así mismo la Escritura que hay un solo Dios y un solo mediador entre Dios y los hombres, que es Jesucristo hombre. «¿Y si me arrepiento, a dónde voy? ¿Cómo le pido perdón al Señor?» Por ejemplo, Pedro pudo ir donde el Señor personalmente. Pero ¿y nosotros qué hacemos? Dice la Escritura: «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis. Y si alguno hubiese pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el Justo.» Fíjense que todo esto está cambiando y pasamos de tener una presencia corporal a una presencia espiritual. Pasamos de ir donde el Señor con nuestras necesidades, a ir directamente con nuestras necesidades delante del Padre.

La fe que crece y se afirma

El Señor terminó todas estas cosas con una reprensión. Uno esperaría que termine de manera positiva, pero aún en su tristeza los discípulos fueron reprendidos. Y uno lee eso y uno dice, «oye, pero qué duro el Señor.» Los discípulos están sufriendo por su partida. Él les hace una pregunta y se da cuenta que están todavía dubitativos y termina reprendiéndolos.

Leo hasta el final desde el versículo 25: «Estas cosas os he hablado en alegorías. La hora viene cuando ya no os hablaré por alegorías, sino que claramente os anunciaré acerca del Padre. En aquel día pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros. Pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado y habéis creído que yo salí del Padre. Salí del Padre y he venido al mundo. Otra vez dejo el mundo y voy al Padre.» Le dijeron sus discípulos, «he aquí, ahora hablas claramente y ninguna alegoría dices.» Ahí se convencieron. Dijeron, «ahora te estamos entendiendo.» Y es verdad, hermano, primero el Señor en dos ocasiones recientemente ha identificado su corazón: «Yo veo que ustedes están preguntando, yo veo que tienen dudas, yo veo que tienen tristeza y no se acercan a mí.» Dicen ellos, «porque yo pude identificar los secretos de su corazón y saber lo que ustedes estaban preguntando. Ahora, ahora creemos.» Y sobre todo dicen, «por eso es que nosotros creemos, por eso es que ustedes están creyendo.»

Entonces Jesús les respondió, «¿ahora creéis?» ¿Y qué es lo que yo estaba haciendo en medio de ustedes? ¿Y mis milagros qué? ¿Y mi carácter impecable qué? Los discípulos tenían fe así, que a veces estaban muy seguros de que Jesús era el Cristo, y a veces como que dicen, «ahora, a partir de este momento, yo creo.»

La fe de los discípulos se parece a la fe de uno. Los ríos: usted sigue el cauce del río y parece que el río a veces se devuelve. El río va y después se devuelve. No, el agua siempre va hacia adelante y después sigue su curso. Nosotros venimos a Cristo, hermano, y ponemos en él nuestra confianza, pero a veces uno siente como que se está devolviendo. Y después coge su curso de nuevo y después da la vuelta y vuelve el río y sigue caminando. Los discípulos eran así, hermano, como que su convicción acerca de Jesús como que iban y venían y a veces estaban muy seguros. Pero Pedro mismo en un momento dijo, «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios viviente.» Pero y ahora que están creyendo. Y no indica que ahora que están creyendo, que la fe de los discípulos es como la fe de uno, hermano, que se va acrecentando.

¿Cómo se puede convencer de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios? Por su sabiduría. Él tenía la mente de Dios. Él hablaba de eso como si fuera suyo. Podemos hacerlo por sus milagros. Los milagros que Cristo hizo, hermano, nadie ha replicado ese asunto. Podemos creer que Jesús es el Cristo por su carácter perfecto o podemos creer que en él se cumplieron las profecías. Usted pone todos los personajes del evangelio juntos. Juntos. Y Cristo se ve como 500 pisos más para arriba que todos ellos. En su carácter, en su sabiduría. Cristo como que resalta. Y yo fui impresionado por Cristo, pero fue realmente tarde en los caminos del Señor que yo pude venir a convencerme de que Isaías habló 600 años antes, que Oseas… Todas esas personas hablaron de Cristo. En Cristo se cumplieron las profecías. Por eso le digo, hermano, la fe se va aumentando, se va concretando, se va reverdeciendo, se pone más robusta.

Los discípulos tenían fe así, que a veces estaban muy seguros de que Jesús era el Cristo, y a veces como que dicen, «ahora, a partir de este momento, yo creo.» Y sucede, y no sé si estoy ayudando a los discípulos con esto, que a veces uno ve una evidencia tan trascendental de que Jesús es el Cristo, que uno dice, «hombre, yo verdaderamente creo.» A veces uno llega como a ponerle un nudito a la convicción. Uno viene creyendo desde antes, hermano. Pero en ese momento es tan contundente la evidencia cuando dice, «ahora verdaderamente yo creo que Jesús es el Cristo.»

Lo que te mantendrá firme

En medio del padecimiento, hermano, en medio de la lucha que está por venir, lo que te mantendrá a ti firme en los caminos del Señor es un profundo convencimiento de quién es Jesús. «Y aquí la hora viene y ha venido ya en que seréis esparcidos.» Cuando se han esparcido, lo único que a usted le va a preservar es saber que ustedes han creído que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Y en medio del sufrimiento, cada uno por su lado, «y me dejaréis solo.» Aún ahí, en los momentos donde tú estás casi, hermano, a una milla de apostatar, en ese momento lo que te puede hacer prevalecer es que tú estás convencido en tu corazón de que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios. Por eso es «ahora que ustedes están creyendo.» Miren a ver si se afirman en estas cosas que han sido ciertísimas, porque estas cosas serán las que mantengan su cabeza segura cuando vengan los padecimientos.

Pero en su corazón él les afirmaba. Es que todos, dice, se desparramaron, hermano, pero ese convencimiento, ahí estaba. Cuando estamos convencidos de que verdaderamente Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, podemos soportar la persecución, podemos soportar la hora amarga, la desmotivación. A veces tú te vas a sentir descorazonado, pero tú dices que yo estoy convencido de que él es el Cristo. A veces la voluntad del Señor te parecerá imposible, pero tú estás convencido de que Jesús es el Cristo. Afiánzate en estas cosas, hermano, porque el padecimiento es real.

Permite, Señor, que los sufrimientos tuyos y, en consecuencia, los sufrimientos que padeceremos en tu nombre, no sean tropiezos. Permite, Padre, que un convencimiento profundo de quién eres tú sea lo que nos mantenga a flote en medio de la persecución. Que cuando todo se vea oscuro, Señor, en medio de la oscuridad podamos afirmar, «he creído que Jesús es el Cristo.» Te pido, Señor, en esta semana de pasión que fortalezcas la convicción de esta iglesia local. De que has puesto su confianza en esto que es seguro, en estas piedras angulares: que Jesús es el Cristo. Míranos, Padre, que somos como tus discípulos, como que avanzamos y retrocedemos. Y a veces estamos muy firmes en estas cosas y a veces como que dudamos. Ten con nosotros las mismas misericordias que tuviste con ellos, Señor. El Señor es el que vuelve a dar evidencia de que tú eres el Cristo.

Mira mis hermanos que por alguna razón están siendo atribulados, están siendo perseguidos, están siendo afligidos. Permite, Señor, que cuando falte la motivación, que cuando falte el aliento de otro creyente, que esté presente, Señor, esa convicción de que Jesús es el Cristo. Jesús no es un hombre común y corriente. Ya sea por su sabiduría, ya sea por sus milagros, ya sea por su carácter, por la manera en que se cumplieron de manera puntual en él las profecías.

Eso es un cristiano: alguien que ha recibido a Cristo, alguien que está persuadido de que Jesús es el Cristo. Dice el Evangelio de Juan en el capítulo 1, que «a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.» Si tú hoy puedes poner en el Señor tu confianza, si tú puedes persuadirte hoy de que Jesús no es solo un hombre, de que es Dios hecho hombre, yo te invito a que lo confieses, que admitas tu error. En un momento, en esta Escritura, dice que los hombres verán a aquel que crucificaron. Tú puedes decir, «yo no clavé un clavo,» tú puedes decir, «yo no levanté la cruz.» Pero aquellos que crucificaron a Cristo son aquellos que permanecen en su incredulidad, que permanecen en sus pecados. Y aunque tú mismo no hayas clavado el clavo, si en este momento estás en incredulidad, estás contra Cristo.

Dice la Escritura que si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos, limpiarnos de toda maldad. El pecado más grave que el hombre puede confesar es el pecado de la incredulidad, el pecado de no haber creído en Dios, el pecado de haber sido sabio en tu propia opinión. Esa Escritura dice que si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad. Si aquí hay alguien hoy que pueda confesar su incredulidad ante el Señor, confesar que ha vivido de espaldas a él, confesar que no se había detenido en la perfección, en la justicia de Cristo, yo te invito a que te arrepientas de tu pecado y lo confieses ante el Señor. Dice la Escritura que el que creyere y fuere bautizado será salvo.

Oro de nuevo por mis hermanos. Permite, Señor, que aumente nuestra fe. Permite, Señor, que seamos reverdecidos en esto. Permite, Padre, que si acaso falla cualquier cosa, que no nos falte esta sincera convicción de que hemos puesto nuestra confianza en ti y que no seremos defraudados. Que en el momento más oscuro, Señor, como tal cual vivieron tus discípulos, que no nos falte la fe. Amén.