Observa a alguien con un reloj inteligente. Cada pocos segundos aparece el tic: levantar la muñeca, leer un mensaje de WhatsApp, probablemente irrelevante, y bajarla. Te quita la mirada y luego te la regresa, tratando de reconectar con la conversación en curso. Otra vibración, otra interrupción. Ahora piensa en la última vez que fuiste al cine. Dos horas frente a una pantalla enorme, en silencio, sin interrupciones, siguiendo una sola historia de principio a fin. En el mejor de los casos lo logras y lo disfrutas, en el peor te la pasas luchando con la necesidad de sacar el celular para darle aunque sea una miradita discreta. Tengo una sospecha: el tamaño de la pantalla condiciona lo que sacamos de ella. Las más pequeñas (relojes, celulares) son muy prácticas, pero nos entregan fragmentos. Las medianas (una tablet, una laptop) son difíciles de transportar, pero permiten algo más sostenido: un documental, un curso, una lectura larga, producir. Las grandes nos exigen presencia. Y lo que obtienes en cada una es proporcional al enfoque que te permite.
Yo también veo videos cortos. Quizás mañana tenga un smartwatch y el mío venga con el mismo tic. Del hábito de sacar el celular una vez por minuto para ver si «aparece» algo nuevo ya no nos salvamos ninguno, es tan común que nos acostumbramos. No escribo esto para advertir sobre una tecnología. Escribo para señalar algo más preocupante. Crecer en el conocimiento de Dios es un camino de descubrimiento. Podemos conocerle porque Él se ha revelado a nosotros, pero Dios también desea ser buscado intencionalmente por la criatura. Y la inmensidad de su persona requiere tiempo, enfoque y diligencia. Para conocerle, necesitamos enfoque. Y aquí lo que parece trivial deja de serlo: el tamaño de una pantalla, el tiempo de uso, el tipo de formato en el que consumimos contenido.
Como predicador, veo la lucha que tienen muchos creyentes para mantenerse enfocados o seguir un argumento. Más allá del minuto siete hace falta una pausa, y después de veinte minutos infiero que es poco lo que se retiene. Al escuchar a otro predicador no me va mejor: me muevo de un lado al otro en mi silla (aunque no son incómodas) y con frecuencia pierdo el hilo. La respuesta de reglamento es que estamos cansados después de una semana de trabajo, o que el predicador fue muy plano, que no me mantuvo estimulado. Me inclino por una combinación de cosas, pero no puedo dejar de pensar en la siguiente: hemos sido condicionados por los algoritmos para enfocarnos durante 90 segundos y obtener pronto la dopamina. No estamos preparados para lo que requiere conocer a Dios: reflexión, enfoque y tiempo.
No vale la pena un ayuno de redes sociales o comprar celulares más tontos; eso es más simbólico que real, tan ilusorio como pensar que una nueva aplicación te ayudará a poner tu vida en orden. Tampoco sirve culpar a las grandes empresas que compiten por nuestra atención. El pecado no está en el algoritmo, está en nosotros. La decisión no es cambiar la plataforma, sino cambiarte tú. Y así como fuimos perdiendo la capacidad de enfocarnos poco a poco, poco a poco la iremos recuperando. Necesitamos hacerlo para seguir creciendo en nuestro conocimiento de Dios. Una razón de mucho peso.
Un camino, no un atajo
No hay recetas, no hay atajos, no hay aplicaciones que hagan magia asistidas por IA. Estas recomendaciones las estoy intentando aplicar para mí mismo sin dramatismos ni estridencias.
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Reconoce el problema. Es real, no es una falsa alarma. Los mismos dispositivos que usamos tienen mecanismos que nos permiten ser más conscientes. Algunas redes sociales te muestran el tiempo que inviertes en ellas y algunos celulares tienen una sección de bienestar digital con gráficos comparativos de tu uso. Revisé mi estadística hace un minuto y me avergüenza compartirla; solamente diré que ese tiempo se pudo haber empleado en propósitos más significativos. Mira tus números, haz conciencia.
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Elige intencionalmente el esfuerzo intelectual y posterga la gratificación. Un meme, una cita que alguien comparte o un video corto donde el contenido se despojó de todo lo secundario para ir directamente al impacto son más estimulantes que un libro, una conferencia o una conversación profunda. Pero llegar a ser un lector, a acompañar a un expositor en su argumento o a tener amigos ha sido una inversión enorme y valiosa, que hace falta proteger y poner en valor. Lo mismo pasa en la iglesia: adultos a los que tenemos que entretener con dopamina como si fueran niños que luchan por mantenerse sentados durante hora y media. Entre las cosas que estoy haciendo para esforzarme intelectualmente están volver a leer narrativa y escribir con más constancia. Tengo en este momento tres capítulos listos de un nuevo recurso. ¡Esfuérzate!
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Mira a largo plazo. Si tus niveles de atención están tan comprometidos que ver un capítulo completo de una serie se siente como ver una película y que un artículo se siente como leer un libro, no te liberes volviendo al mismo proceso que drenó tu atención. Comienza lentamente a extender tus niveles de enfoque. Si inviertes horas en el tránsito, en vez de un programa ligero prefiere un podcast; luego muévete a un audiolibro. Vuelve al cine, donde no es posible poner pausa, y disfruta la experiencia junto a otros. Programa momentos del día donde harás tareas concretas: responder mensajes, revisar pendientes. No mires un pendiente que sabes que no puedes accionar; es mejor no verlo hasta que puedas hacer algo con él. Apaga las notificaciones.
Entonces vuelvo al tema de las pantallas. Dado que las más pequeñas sirven principalmente para notificación y consumo, prefiere las más grandes. Es una ecuación sencilla: pantalla pequeña, consumo y desenfoque; pantalla grande, producción y enfoque. Será inevitable que en los próximos años pasemos cada vez más tiempo frente a ellas; la clave es usarlas a nuestro favor y no en contra. Limita el uso pasivo (entretenimiento, distracción, scroll a la deriva) y potencia el uso productivo: aprendizaje, trabajo, consumo activo. Es muy superior gastar dos horas viendo una película bien hecha en el cine, mejor si es acompañado, o leyendo un libro en una tablet, que invertir el mismo tiempo en mensajitos cortos por un grupo de WhatsApp o haciendo scroll sin rumbo.
Si encuentras difícil terminar ese libro o una prédica de 40 minutos, piensa en lo siguiente: Dios es eterno, muy grande, y tú tienes que disciplinarte para llegar a conocerlo. Tu deleite no está en el estímulo efímero que produce el entretenimiento, sino en esforzarte para aguzar todos tus sentidos para conocerle a Él, obedecerle y adorarle. Todo lo anterior era preparación: el entretenimiento, el scroll, la distracción, un sucedáneo; los libros, las conversaciones profundas y el trabajo enfocado, un entrenamiento para un propósito mayor.
¿Es correcto tomar dos veces la Cena del Señor el mismo día?
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