¿Hasta qué punto sería prudente dejarse asistir por una inteligencia artificial? ¿Cuál es el límite entre dejarse asistir y perder el criterio? ¿Sigue siendo nuestro el arte cuando la parte mecánica (crear una paleta de color, limpiar los pinceles, salir a buscar un error gramatical o ajustar el ritmo de un párrafo) ya no representa el reto que representaba antes? Estas preguntas estaban en mi mente en agosto del año pasado. Había tenido un mes completo de vacaciones en las tareas de enseñanza de la iglesia, y parte de ese tiempo lo dediqué a escribir un borrador extenso (unas 20 mil palabras) sobre la bendición del trabajo, un recurso en el que sigo trabajando. Aunque no publique tanto, nunca he dejado de escribir: tomo una gran cantidad de notas para mi propio consumo, y parte de mi labor diaria consiste en producir contenidos con distintos propósitos. Y cerca de cincuenta sermones al año para los que también genero mucho contenido.
Esta vez coincidió con un hecho nuevo: es la primera vez que debo producir tanto material después de la llegada de la inteligencia artificial generativa: ChatGPT, Gemini y herramientas similares. Me vi en la necesidad de establecer un criterio personal, y al considerar que también podría ser útil para otros, ya sea que produzcan o consuman contenido, ahora lo comparto.
Cómo escribo
Primero, quiero resumir el flujo de trabajo que sigo desde hace muchos años para producir contenido. Si fuera un artesano, este sería mi taller, solo que el mío se va moviendo: ocurre mientras me transporto, mientras tengo reuniones pastorales o visito un cliente. Todo comienza con una gran cantidad de notas. Tengo dos pizarras, una en la oficina de la iglesia y otra en la casa, que suelo llenar de anotaciones desperdigadas. Antes de borrarlas les tomo fotos con el celular y luego las consulto en una pantalla grande. (Se sincronizan.) También escribo observaciones al margen de los libros que leo y, con mayor frecuencia, me dicto a mí mismo largas notas de voz que más adelante transcribo. Antes usaba servilletas. Casi siempre se trata de oraciones o párrafos dispersos que, llegado el momento, organizo para darles coherencia dentro de una línea de argumento.
De esa manera voy componiendo artículos cortos, ensayos, capítulos o la introducción de un sermón. Cuando el contenido ya se parece a un borrador, utilizo una herramienta que convierte texto en voz, y yo mismo lo escucho y edito. No sé si alguien más use este mismo método, pero a mí me resulta sumamente útil. He comprobado que es más fácil encontrar errores gramaticales, ortográficos o de estilo escuchando un texto en voz alta que leyéndolo en silencio: los oídos suelen ser más confiables que los ojos en esta tarea.
Así llego a una versión final del material, que entonces envío a alguien o publico en Internet. Tiempo después puedo volver a revisarlo ya desconectado de la versión original, y en ese momento lo edito de nuevo, lo amplío o lo corrijo. (Este consejo lo tomé de Floyd C. Woodworth: poner el escrito a dormir, dejar de verlo hasta que podamos editarlo con neutralidad.) Puede parecer un proceso largo y tedioso, pero para mí es algo natural: está interiorizado en mi manera de trabajar desde el 2003, y refleja lo que implica escribir, editar y finalmente publicar.
Lo que ha cambiado con la IA
¿Qué ha sido diferente esta vez? Primero, debo aclarar que trabajo en el área de tecnologías de la información y adopté la inteligencia artificial en mis tareas diarias casi desde el primer día. Para dar un ejemplo concreto: al redactar, tengo un modelo entrenado que funciona como un corrector ortográfico y de estilo sumamente potente. Tanto así, que ya me ahorro un paso en mi flujo de trabajo anterior: ya no necesito convertir el texto a voz para autoeditarme y detectar errores. Podría decirse que, al menos en lo gramatical, alcancé con esta herramienta el nivel de un corrector de estilo. Otra cosa que hice fue reunir todo lo que había escrito desde 2003 hasta el 2025 y analizarlo con una aplicación para encontrar patrones y el tono de «mi voz». Con esa información entrené otro modelo que me permite cortar textos largos en partes más pequeñas manteniendo el estilo del autor, que en este caso soy yo. Al describirlo parece ciencia ficción, pero en unos cuantos meses serán procesos tan normales en la edición de contenidos como usar el autocorrector de Word.
Ahora bien, el aporte de la inteligencia artificial va más allá. Es, en el fondo, una poderosa herramienta de autocompletado: no crea contenido original, sino que ensambla ingeniosamente piezas en base al material con el cual fue entrenada. La calidad de lo que recibimos depende, en gran medida, del insumo que le proporcionamos y del dominio que tengamos de nuestro propio conocimiento. Quien tiene un alto dominio en el área donde está siendo asistido irá mucho más rápido; quien quiere que la IA generativa le lleve de la mano terminará muy perdido. Por ejemplo, me resultó sorprendentemente rápido obtener referencias bibliográficas de tres teólogos holandeses, pero al final eso me llevó a leer por completo dos libros de casi 300 páginas cada uno. La IA funciona como un gran rastreador que facilita encontrar fuentes específicas, pero no sustituye el esfuerzo de leer personalmente, discernir el contenido, interiorizarlo y luego construir un argumento propio.
El sentido de propiedad sobre lo que escribimos
Los que trabajamos en programación enfrentamos dilemas muy parecidos a los que se presentan en el mundo de la escritura. Queremos la asistencia de una guía, pero no le confiaríamos la elaboración de un proyecto enorme que nosotros mismos tendremos que mantener después, por lo menos ahora mismo y el estado actual de la tecnología, pues la curva de mejora de su calidad es exponencial. Hay líneas de código que escribí hace más de doce años y, con una lectura rápida, puedo recordar su lógica. De manera semejante, una línea de argumentación que un autor desarrolla en un documento hace que ese pensamiento le pertenezca. Ese sentido de propiedad sobre nuestro contenido o nuestro código me parece sumamente necesario defenderlo. En mi caso, puedo admitir que una IA me sugiera la mejor manera de definir una variable o me recomiende una optimización técnica. También puedo aprovecharla para corregir errores de tipeo o dar formato adecuado a una cita en estilo APA. Pero no quiero que piense por mí ni que resuelva lo que, como profesional, me corresponde discernir. Y lo mismo me sucede con la escritura: agradezco su ayuda como asistente, pero no quiero delegar en ella la lectura, la reflexión ni la producción del contenido. Estoy listo para permitir que una IA programe y lo haga mejor que yo, pero no estoy listo para que me preste sus palabras o argumente en mi lugar.
Contenido con alma
Y aquí vamos a lo que considero más importante: quien escribe, si realmente es un autor, no solamente aspira a colocar contenido frente a una audiencia, también busca tener una voz. Voz que regularmente encontró después de poner juntas muchas palabras. De hecho, la razón por la cual preferimos leer a un autor y no a otro es que reconocemos en su manera de expresarse una voz familiar. Las voces de Truman Capote, Dostoievski y Mario Puzo me resultan familiares. Conozco su vocabulario, su imaginería, sus giros. En sus palabras hay una impronta, unas referencias, una carga, un ardor que no se pueden imitar ni sustituir. Un lector atento percibe con facilidad cuándo lo que tiene frente a los ojos posee alma y cuándo no. Y yo quiero que quien me lee sienta que estoy aquí.
Un lector atento percibe con facilidad cuándo lo que tiene frente a los ojos posee alma y cuándo no.
No es solamente un asunto práctico; también es un asunto teológico. Los seres humanos fuimos creados a imagen de Dios, y nuestro estándar más alto debería ser conocerle a Él y parecernos a Él: ahí está nuestra grandeza. Sintetizar la suma del conocimiento humano para intentar producir nosotros belleza, conocimiento o deleite no es el camino. Apuntar a Dios lo es. Dios no es un algoritmo ni se relaciona con nosotros de forma mecánica. El buen arte tiene sensibilidad, belleza, patrones que no son sintéticos sino orgánicos, y que son vestigios o pistas para conducirnos a Dios. La IA generativa, en el mejor de los casos, es un compendio del nivel más alto al cual los hombres caídos hemos podido llegar. No nos llevará más hacia adelante, sino al punto más alto que el conjunto de los pecadores alcanzó. Al ver los avances en la música, la arquitectura o hasta las letras, no puedo evitar pensar en el gran desarrollo cultural que tuvieron los hijos de Caín: desarrollaron rápidamente una cultura, pero lo hicieron de espaldas a Dios, y en vez de ser hermosa terminó siendo grotesca. Lo que comenzó fundando ciudades, produciendo instrumentos musicales y forjando herramientas de bronce terminó con un diluvio. La cultura sin Dios no se eleva sino que desciende.
La tecnología no es necesariamente moral, pero potencializa lo que hay en la persona. Con la misma tecnología con que Noé construyó una barca, sus descendientes edificaron la torre de Babel.
Creo que el gran reto de los próximos años será enfrentarnos a una avalancha de contenidos (imágenes, videos, artículos, software) técnicamente correctos pero vacíos de sustancia, de opiniones y comentarios que parecerán ser muy sentidos y personales pero que serán generados por un algoritmo. Leeremos párrafos tras párrafos que no conducirán a ningún lado y nos preguntaremos al final si realmente ha valido la pena. Paradójicamente, en este escenario soy optimista: estoy convencido de que el contenido con alma, empatía y sinceridad, que hable con pertinencia a una audiencia real, tendrá más valor y más impacto que nunca antes. No quiero generar contenido sintético. Comencé escribiendo en una máquina Olivetti mecánica que mi mamá tenía en su trabajo. Había que hacer una presión enorme sobre cada letra del teclado para impulsar la palanca, en la que estaba tallada cada letra. La palanca se levantaba ante mis ojos y, al impactar la hoja, hacía un ruido seco. ¡Clac! He terminado escribiendo en un chat que, en absoluto silencio, me quiere prestar sus palabras. Pero realmente tengo un deleite en escribir, sobre cualquier tema, apuntando a Dios.
Recibe cada semana contenido que transforma tu manera de ver la fe y el trabajo
Reflexiones del pastor Rafael Pérez, directo a tu correo
Cada semana enviamos las últimas publicaciones sobre fe, trabajo y vida cristiana. Reflexión, ministerio práctico y cultura general. Suscríbete para no perdértelas.
Un correo semanal. Sin spam. Puedes cancelar en cualquier momento.