Hace unas semanas me llegó un video, supongo que al igual que a ti, de un grupo de jóvenes en cuatro patas, con máscaras de animales, ocupando una plaza pública en alguna ciudad latinoamericana. En estos días los comentarios en las redes sociales están mejores que los contenidos mismos, e hice lo que haría cualquier millennial responsable que tiene su cuenta de Instagram y encuentra un reel gracioso antes de reenviarlo. (Enviar memes es mi lenguaje del amor.) Y valió la pena. Me reí mucho: mucha ironía, mucho ingenio, mucha gente graciosa haciendo recomendaciones. Pero después reflexioné. Esos therians tienen padres, madres, hermanos y quizás hasta pastores, a los que realmente les importa mucho su vida, y como regularmente ocurre en estas cosas, uno se ríe y disfruta mientras a quienes el asunto les toca de cerca se preocupan mucho. Por ahí debe andar una mamá muy preocupada con la foto que le envió una vecina de su hijo vestido de lobo. El sábado pasado el tema surgió en la Escuela Bíblica y agoté un turno para responder con un poco más de sobriedad, algo del tipo: evitemos reírnos —aunque ya yo lo había hecho— y procuremos lamentarnos de que seres humanos creados a la imagen de Dios, humanos jóvenes, estén eligiendo voluntariamente arrastrarse por el piso.
No es la primera vez
Quien tenga más de treinta años recordará a los emos: el mechón sobre el ojo, el maquillaje negro, la melancolía como identidad. Antes estuvieron los metaleros con sus camisetas negras, unas cadenas que salían de un bolsillo al otro y su rechazo a casi todo. Los rastas, con sus converse, dreadlocks y su filosofía de paz importada desde Jamaica. Después llegó el parkour, que convirtió las escaleras del parque en una pista de obstáculos. Más recientemente, el k-pop trajo consigo una estética importada con una devoción casi religiosa por artistas coreanos, y el cosplay: disfrazarse de personajes ficticios, con un nivel de detalle admirable, se convirtió en comunidad. Todos estos movimientos están vinculados a algo que los adultos preferimos olvidar que también vivimos: la búsqueda de identidad, la necesidad de pertenecer a un grupo, y una dosis saludable, o no tanto, de rebeldía. Yo mismo me perdí casi todas esas olas. En mi casa me tenían la soga corta: de niño logré ir al barbero solo una sola vez, le pedí un corte medio raro que vi en un cuadro que tenía en la pared —dame el #6— y al llegar a mi casa me devolvieron a la peluquería de Chuchuro (mi peluquero cuando vivía en Azua) para que me pasaran la cero. Me tocó usar gorra por un mes para que no me dijeran caco pelao. Fue hasta después de adulto, y en pandemia, que pude darme una pelada más o menos caliente que después yo mismo me quité porque me sentía ridículo.
Los therians son la oleada más reciente. No la última; de eso podemos estar seguros. Y si la historia nos enseña algo, es que tarde o temprano el emo se cortó el mechón y se quitó el maquillaje; casi siempre para aplicar a un trabajo de oficina o detrás de una novia seria. (Decían que los rasta no se bañaban.) Siempre quedan algunos rezagados, lo mismo pasó con el metal, pero el fenómeno como movimiento masivo tiende a diluirse. Eso no significa que debamos ignorarlo, pero sí que conviene observarlo con la calma de quien ya ha visto el ciclo repetirse.
La ventaja de la careta
Hay algo que distingue a los therians de movimientos anteriores y que merece atención: la máscara. Un emo era reconocible en la calle, en la escuela, en la casa. Su estética era permanente, o al menos tan permanente como un adolescente puede sostener algo. El therian, en cambio, se pone una careta. Y esa careta le permite algo que el emo no tenía: resguardar su identidad personal. Puede manifestarse en la plaza el sábado, congregarse el domingo y presentarse el lunes en la oficina sin que nadie lo sepa. La máscara protege. Reduce el costo social, laboral y familiar del fenómeno. Esto no lo hace más o menos preocupante, pero sí lo hace diferente, y entender esa diferencia importa antes de emitir un juicio.
Los medios también necesitan su careta
Mientras observamos a los therians, conviene observar también a quienes nos informan sobre ellos. Los medios de comunicación tienen una necesidad estructural de sensacionalismo: un joven con una máscara de lobo caminando tranquilamente no es noticia; veinte jóvenes aullando en una plaza sí lo es. Se habla siempre de «una profunda identificación con el animal», con preocupación, pero dudo mucho que en todos los casos la identificación sea tan profunda o que el comentarista realmente esté tan preocupado. Para algunos será una convicción; para otros, un pasatiempo; para muchos, simplemente una tarde de sábado diferente. Los medios necesitan la versión más extrema del fenómeno. La pregunta es si nosotros, especialmente desde la iglesia, vamos a repetir esa versión sin cuestionarla. Los medios tienen tanto o más deseo de atención que los muchachos.
Más humano de lo que parece
Hay una pregunta que me resulta reveladora: ¿por qué los therians necesitan convocarse? Los animales que imitan no lo hacen así. Un perro callejero anda suelto; un gato no coordina por redes sociales una quedada en la plaza. Pero los therians sí. Necesitan un lugar, una hora, un grupo. No es fácil ser therian solo en medio de una gran ciudad. Esa necesidad de encontrarse, de hacer manada, delata que el fenómeno es profundamente humano. Social. Gregario. Lo que buscan, con careta o sin ella, es lo mismo que busca cualquier persona: no estar solo y ser notado. (También el therian necesita un celular, buena conexión a Internet y una cuenta de TikTok o por lo menos Instagram; FB no, eso es de emos.)
Y hay algo más que me parece fascinante. Ya existen «theriotipos», una clasificación detallada de los distintos tipos de identificación animal, y toda una taxonomía para un fenómeno que apenas tiene notoriedad. Esto no debería sorprendernos. El ser humano, hecho a imagen de Dios para ejercer mayordomía sobre la creación, lo mismo que Adán expresó al ponerle nombre a los animales. Tenemos una necesidad imperiosa de clasificar, ordenar, sistematizar y de encontrar nuestro lugar en la creación. Hasta cuando intentamos dejar de ser humanos, lo más humano se nos sale por los poros.
Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo; mas para Adán no se halló ayuda idónea para él. Entonces Jehová Dios hizo caer sueño profundo sobre Adán, y mientras este dormía, tomó una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar. Y de la costilla que Jehová Dios tomó del hombre, hizo una mujer, y la trajo al hombre.
— Génesis 2:20-22
Sé que mis hermanos quieren ayudar
Les siento mucha velocidad a mis hermanos tratando de dar lecturas espirituales simples a un fenómeno que no es simple. Es cierto que el propósito general del diablo es despojar al ser humano de su identidad primigenia, aquella que Dios le dio cuando lo hizo a su imagen. Es su deseo que todos salgan de esta tierra arrastrándose como salió él del jardín del Edén. Pero también sería entregar el terreno demasiado pronto resumir que todo aquel que se pone una careta y sale a manifestarse a la plaza pública está siendo dominado por una fuerza espiritual. A veces la explicación es más sencilla, gracias a Dios: exhibicionismo, búsqueda de identidad, el deseo de pertenecer, o hasta algo positivo: un sentido de compañerismo que se adquiere, aunque sea de forma efímera, por el efecto multitud. Dos therians quizás se conocen hoy saltando mientras pretenden ser ovejas, o chivos, y mañana forman familia: no todo está perdido, el amor está en el aire. No todo lo que nos incomoda es demoníaco; a veces es simplemente humano, y lo humano también merece ser comprendido antes de ser condenado.
Los Sapeurs del Congo siguen ahí. Esos hombres invierten cantidades desproporcionadas de tiempo y dinero en vestirse con una elegancia extraordinaria en medio de una pobreza igualmente extraordinaria. Nos recuerdan que la necesidad de expresarse, de construir una identidad visible, de ser alguien ante los demás, no tiene fronteras económicas ni culturales. La forma cambia; la necesidad no.
La iglesia puede ser el lugar
Existen mejores vías para canalizar la creatividad, la búsqueda de espacio y el protagonismo legítimo que toda persona joven necesita. Con mucho menos dolor de espalda y mucha más dignidad. La Iglesia de Cristo fue el espacio donde muchos jóvenes, como yo cuando lo era, encontramos lugar para expresarnos: a través de la música, del arte, del liderazgo, de la gestión, del servicio. El hobby de disfrazarte, si para ti realmente lo es, probablemente tenga poco valor dentro de veinte años. Pero dedicar ese mismo tiempo a aprender un instrumento musical, una herramienta de diseño o un lenguaje de programación —me muevo con cuidado, pero hasta esto concedo, hasta aprender de criptomonedas— puede tener un impacto incomparablemente mayor en tu vida que aparentar ser un lobo.
La iglesia no debe responder al fenómeno therian con histeria ni con desprecio. Puede responder siendo lo que siempre debió ser: una comunidad donde la identidad no se construye con una máscara sino con el conocimiento de quién te hizo y para qué te hizo. Un lugar donde pertenecer no requiere disfraz, y donde la creatividad tiene cauces que producen fruto, no solo espectáculo. Al escribirlo y leerlo me sonó medio idealizado, quítele usted lo que entienda que le sobre.
Una nota final, y que conste
Me quejo públicamente, y quiero que quede registrado, ante el sesgo y los prejuicios que tienen los therians con relación al tipo de animal que eligen representar. Casi todos quieren ser lobos o animales exóticos. Pero hay muy pocos therians viralata. Pocos pollitos. Estos fenómenos son bien snob: pasó con el capibara, que se posicionó como un meteorito en el olimpo de las tendencias. Estuve en un parque acuático el año pasado y ya nadie quiere tomarse foto con los delfines, mientras los capibaras, que no son acuáticos, acaparaban las miradas. Los niños hacían filas mientras los adultos, sin entender, hacían su fila para seguir tocando el tiburón.
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