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Artículo

¿Qué lugar tiene el arte en la iglesia?

Ayer, mientras escribía un devocional, me surgió la idea (uso la expresión con intención) de escribir un criterio de hasta dónde debería llegar la creatividad en la vida de la iglesia, dónde y cómo hace esquina con la proclamación fiel del mensaje del evangelio. No creo que haya logrado establecer un «criterio», pero este artículo puede ser un punto de partida.

El arte, desde el principio

El arte ha estado en nosotros desde siempre. Esta creación está llena de artistas, aunque no todos seamos igualmente conscientes ni igualmente buenos: queremos expresarnos, dejar una huella, decir que vivimos, que estuvimos aquí. Nos emocionamos al ver a alguien pintar, ya sea en forma figurativa o abstracta, o ejecutar un instrumento. Algo se mueve en nosotros cuando nos exponemos al arte. Y así mismo, todo el que hace arte quiere mover algo en alguien, ahora o luego, pero pretende incidir, quiere ser notado, busca perpetuarse, aunque sea durante un rato en nuestros pensamientos. Absalón no hizo nada importante con su vida; su mayor logro fue su aspecto físico, «perfecto de la cabeza a los pies» y con una cabellera impresionante. Sabía que su memoria sería borrada, entonces construyó un obelisco: un objeto inútil pero memorable que por su tamaño sería visto y llamaría la atención hacia su autor. El impulso creativo es parte de la imagen de Dios en nosotros y comunica lo que el artista tiene por dentro: así se expresó Lamec, un poeta malvado cuyo estribillo quedó documentado en las primeras páginas del Génesis:

Y dijo Lamec a sus mujeres: Ada y Zila, oíd mi voz; Mujeres de Lamec, escuchad mi dicho: Que un varón mataré por mi herida, Y un joven por mi golpe. Si siete veces será vengado Caín, Lamec en verdad setenta veces siete lo será.

— Génesis 4:23–24

Se siente el poder de sus palabras y la emoción de sus ideas; pero igualmente se siente su promiscuidad y su violencia. Su arte violento tiene un propósito claro: persuadir. Comienza por sus mujeres, eleva su propio nombre y deja constancia de que existió y de cómo vivió (aquí nos encontramos hablando de él). Para lograrlo, construye un dicho pensado para repetirse (como el coro de una canción), apela a lo histórico (con Caín) y a lo contemporáneo (a los jóvenes de su tiempo). Sobre todo, su arte pretende transmitir una emoción. (No la describiré, pero al leerlo varias veces podrás sentirlo). ¡Eso es arte! Mal arte, pero arte al fin. Si Lamec hubiese vivido en el siglo 21, en el caribe insular, precisamente en algún barrio de Santo Domingo, estuviera produciendo un dembow, uno de nuestros ritmos populares con temática similar. ¡El arte también puede ser redimido! Siempre estamos a la espera de que se levanten nuevos Lamecs, con su misma potencia emocional pero que lleven nuestras mentes por mejores sitios.

La iglesia como potencia cultural

Durante dos mil años, con altas y bajas, la iglesia cristiana ha sido una potencia cultural, un lugar luminoso dentro de diferentes culturas donde florecen las mejores expresiones de nuestra humanidad, entre ellas las artes. En los lugares más deprimidos puedes encontrar una pequeña iglesia con música en vivo, un discurso relativamente alto, sentido del orden y del decoro, y algún criterio estético para su institución: una cultura en miniatura. No hemos tenido un dominio sobre el arte, pues Dios en su gracia común no limitó este regalo a la humanidad redimida, sino que lo entregó a la humanidad en su conjunto. El arte hace más llevadera la vida: le pone color a un entorno gris, aleja una jornada difícil con música de fondo, nos une, pues donde quiera que un artista se expresa está incidiendo en quienes consumen su arte, aunque sea en una pequeña medida. El arte te saca una lágrima o una sonrisa; te eleva a las alturas o te entierra en el abismo, facilita la propagación de las ideas e impulsa un movimiento; no es neutral, sino poderoso, para el bien y para el mal. Precisamente por eso vale la pena preguntarse qué lugar ocupa en la vida de la iglesia y hasta dónde debería llegar.

Instrumentos musicales variados en exhibición
Aunque no es la única, ni imprescindible, la música ha sido una expresión muy visible de la iglesia. Grandes músicos comenzaron siendo músicos de iglesia, y la congregación de una iglesia tiene un lugar privilegiado en su sociedad: es expuesta en cada reunión a un tipo de arte elevado, emocionante y significativo. Foto de Zekeriya Sen en Unsplash.

El centro no es negociable

La iglesia de Cristo es más que arte. La creatividad tiene mucho espacio, pero no es el centro: en el centro está Cristo, la verdad objetiva que se proclama por medio del evangelio, no en una forma particular. No es tensión entre uno y lo otro, sino prioridad de uno antes que lo otro, pues podemos tener el mejor arte y no haber alcanzado el propósito más alto de la iglesia; y del mismo modo, después de alcanzarlo, podemos y queremos expresar esa nueva realidad con todas las formas de arte que tengamos a mano. La creatividad es subjetiva; el evangelio es objetivo: en una se requiere improvisación y personalidad, en el otro, fidelidad y persistencia. La proclamación se hace desde nuestro testimonio, con nuestras propias palabras y experiencia, pero no para llamar la atención hacia nosotros, sino como evidencia de que el poder del evangelio abrió nuestros ojos y llegamos a ver la salvación de Dios. Esa objetividad del evangelio tiene una consecuencia práctica que vale la pena examinar: cambia la manera en que el creyente se relaciona con el arte, tanto para consumirlo como para producirlo.

Arte y evangelio

Un artista muy comprometido podría afirmar que el arte salvará la humanidad. Un creyente dirá que el arte no salva, que no hay salvación fuera de Jesucristo; que la única razón por la que se sigue buscando la salvación en las formas es porque se desconoce el nivel de descanso que encuentra el alma cuando se encuentra con Dios. Sabe que todo buen arte es vestigio o reclamo de algo mayor que ningún artista podrá alcanzar por madurez estética. Un creyente no niega el espacio al arte, protege el espacio del evangelio, y desde el evangelio, redime el arte. Hay cierta discusión antigua que cada cierto tiempo vuelve a surgir con diferentes ángulos: ¿hasta qué punto debería un creyente participar de la cultura? La respuesta corta es: debe hacerlo abiertamente, pero también debe hacerlo responsablemente. Sería impropio de un hombre culto que haga o consuma arte en su momento de madurez como lo había hecho al inicio, o que se sienta representado en sus primeras obras como se gozará en las últimas. Ya no es el mismo hombre ni el mismo artista, su criterio maduró, y él mismo no se siente representado. Algo muy parecido le ocurre a cualquier creyente que ha madurado en el evangelio. Si realmente tus ojos fueron abiertos a causa del evangelio no producirás o consumirás arte del mismo modo. Lo anterior ya no te satisface, ya no te representa; si no fuera por integridad, en algunos casos quisieras hasta combatirlo. (Este fue el caso de León Tolstoi con una parte importante de su obra después de un momento de transición a finales de los 1870).

Una advertencia a la iglesia

No intentes ser creativo, artístico o innovador al comunicar el evangelio, ya seas predicador, músico o maestro. Así como los recursos retóricos no marcarán la diferencia, tu personalidad única, tu estridencia o tres compases ingeniosos tampoco lo harán. Cristo primero: esta es nuestra encomienda principal. Al presentar el evangelio, hazlo con toda la objetividad y claridad que tus capacidades te lo permitan. No ocultes a Cristo detrás de una cortina, no lo envuelvas en un celofán elegante, no lo justifiques, no lo disculpes; no lo sugieras, ¡proclámalo! La verdad se sostiene por ella misma, tú solamente portas el mensaje. No seas confuso, no seas difuso, no seas etéreo ni vaporoso; la salvación de los hombres requiere más precisión que arte. Quien está realmente desesperado necesita urgentemente a Cristo, no un poema. Entonces, ya salvado, ese hombre tendrá espacio para el arte, para la creatividad y los adornos. Cristo es el fundamento, y después que la casa está firme, podemos pensar en la fachada. Los bomberos encienden la música cuando termina el rescate: en el momento hace falta enfoque.

Este es el lugar del arte: es una celebración de la obra objetiva de Cristo en la vida de la iglesia. Alegra nuestra jornada, embellece nuestras reuniones, hace más llevadera nuestra misión. Queremos buen arte, mucho arte, compases ingeniosos, pero queremos mucho más a Cristo. ¡Cristo es nuestra vida! Todo el arte reunido no podrá producir la vida que está solamente en Él. Y cuando llegue el momento del arte, no construyamos un obelisco. Que nuestro arte no esté vacío de sentido, que sea más que un sentimiento. El mejor arte es el que lleva la mente de la criatura lo más cerca posible del ideal de su creador. Para nosotros, ya no se trata de nosotros, se trata de Él.