Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras.
— 1 Corintios 15:3
El evangelio no se cambia, se recibe y se transmite.
Cuando Pablo dice «lo que asimismo recibí», está usando un término técnico del mundo rabínico en el que creció. No es una expresión informal ni un giro retórico. Es el lenguaje de la cadena de custodia: alguien me entregó esto, exactamente así, y yo te lo entrego exactamente así. Antes de ser apóstol de Jesucristo, Pablo era un principal entre los fariseos y estudió a los pies de Gamaliel, el más reconocido maestro de su época. Lo mismo que Gamaliel, nieto y discípulo de Hilel, recibió de su escuela y le entregó a Pablo, Pablo lo tenía que recibir para luego buscar sus propios discípulos y enseñarles lo mismo. Y usa ahora ese mismo concepto, transmitir, cargado de seriedad y significado, para entregar el evangelio a los corintios. Nadie en esa cadena le agrega ni le quita nada. El mensaje no pasa por el filtro de la personalidad del mensajero.
Los maestros judíos, cuando buscaban discípulos, buscaban sobre todo fidelidad: personas capaces de memorizar con exactitud (muchos de ellos memorizaban la Torá completa) y de transmitir sin alterar lo que habían recibido. No era una búsqueda de robots; era una búsqueda de personas lo suficientemente formadas en la humildad como para entender que lo que se les confiaba era demasiado valioso para alterarlo. El cartero no reescribe la carta. La antena no inventa la señal. El testigo no cambia lo que vio. Pablo no está siendo creativo, está siendo fiel.
Eso va en contra de una de las inclinaciones más naturales del ser humano: la de mejorar lo que recibe. Hay algo en nosotros que quiere añadir, editar, actualizar, hacer más relevante o más interesante aquello que nos entregan. Pero el evangelio no es una propuesta abierta a mejoras. No es autoexpresión (mi identidad, mis pensamientos, mis sentimientos o mi personalidad), es la proclamación de un hecho objetivo: Cristo murió por nuestros pecados. No es una receta que admite variaciones según el gusto del cocinero. Es una carta que hay que entregar con fidelidad, tal como se recibió.
La implicación es directa para la manera en que compartimos la fe. No deberíamos preguntarnos si el evangelio resulta atractivo para el pecador en su forma más pura; no lo hará, pues es poder de Dios, no retórica. Dios puede bendecir la proclamación del evangelio y abrir los ojos para que el hombre lo entienda y venga a salvación. Si lo sustituimos por versiones más accesibles pierden su poder, pues Dios bendice su palabra, no las nuestras. El evangelio no depende de nuestra creatividad para ser efectivo. Depende de que lo entreguemos como lo recibimos: que Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día. Eso, solo eso, tiene poder para salvar.
Oración: Señor, guárdame de la tentación de mejorar el evangelio. Que yo sea fiel en transmitir lo que recibí, sin adornos que lo distorsionen ni temor que me lleve a guardarlo. Que el mensaje llegue íntegro, no filtrado por mi necesidad de aprobación ni por mi miedo a la reacción de los demás. Amén.