Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.
— 1 Corintios 15:3-4
Un credo sencillo puede alimentar la reflexión de toda una vida.
Los romanos hervían el mosto de uva hasta reducirlo a la mitad de su volumen, produciendo un denso jarabe más fácil de transportar. Los soldados lo llevaban en pequeñas raciones durante las campañas y lo mezclaban con agua al beberlo. Menos volumen en la marcha, misma esencia en el vaso. Un buen credo funciona de manera parecida: tiene poca agua y mucha sustancia. Pocas palabras, enorme densidad. Caben en dos versículos, pero dentro de ellos cabe toda una teología. Los estudiosos del Nuevo Testamento señalan que Pablo no estaba componiendo en el momento de escribir estas palabras, sino citando una fórmula que la iglesia primitiva ya repetía. Era el credo de los primeros creyentes, anterior incluso a los evangelios escritos.
Los creyentes de los primeros siglos, muchos de ellos sin acceso a la escritura, sin la posibilidad de tener un texto en sus manos, se aferraban a fórmulas breves y verdaderas como esta, no por falta de profundidad, sino por sabiduría. Como quien lleva en el bolsillo las coordenadas del tesoro. Decían el credo, lo repetían, lo meditaban, y cada vez que volvían a él encontraban algo nuevo. Una semana podían quedarse con la palabra «Cristo». La siguiente, con «murió». Después, «por nuestros pecados». El credo no se agota; se profundiza.
Hay una tendencia que percibimos con frecuencia: la búsqueda de cosas nuevas en la fe, de revelaciones adicionales, de palabras frescas. No hay nada de malo en querer crecer. El problema es cuando esa búsqueda viene acompañada de un aburrimiento con lo fundamental, como si «Cristo murió por nuestros pecados y resucitó» ya fuera un asunto resuelto que no merece más atención. Quien siente eso no ha entendido todavía la profundidad de lo que tiene en las manos. No le falta información nueva; le falta tiempo con la antigua.
Lo que tú meditas con regularidad termina dando forma a lo que deseas y a la manera en que te diriges a Dios. Alguien que se repite constantemente la buena noticia del evangelio ora diferente. No solo dice «gracias por los alimentos»; dice «gracias por morir en mi lugar». No solo pide sanidad; pide que «el poder que levantó a Cristo de los muertos acompañe la aflicción». El credo no es un texto para memorizar y archivar; es alimento para el alma que aprovecha durante muchos años.
Oración: Señor, enséñame a contentarme con las palabras que ya tengo. Que no busque novedades para escapar de la profundidad de lo que ya me diste. Que pueda volver una y otra vez a lo sencillo y encontrar cada vez que hay más de lo que pensaba. Amén.