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Adorar en sus términos

Pues por no haberlo hecho así vosotros la primera vez, Jehová nuestro Dios nos quebrantó, por cuanto no le buscamos según su ordenanza.

— 1 Crónicas 15:13 (RVR1960)

La sinceridad y la creatividad nunca sustituyen la obediencia.

Cuando el rey David quiso trasladar el arca del pacto, ese cofre sagrado que representaba la presencia de Dios en medio de Israel, organizó una procesión espléndida. Treinta mil hombres lo acompañaban. Mandó fabricar un carro nuevo. Se dispusieron instrumentos de toda clase, había música, danza, júbilo, y David mismo iba al frente vestido con un éfod, danzando con todas sus fuerzas. Era el evento espiritual de su reinado. Y en medio de aquel esplendor, en un instante, todo se detuvo: Uza, uno de los que guiaban el carro, extendió la mano para sostener el arca cuando los bueyes tropezaron, y cayó muerto. Lo que había fallado era el método. Dios había sido claro siglos antes: el arca se llevaba sobre los hombros, sostenida por varas, cargada por una familia específica de la tribu de Leví. Esas instrucciones estaban escritas y eran conocidas, pero David decidió innovar. Quizás pensó que un carro nuevo era un detalle digno del arca. Quizás pensó que su entusiasmo y su devoción compensarían cualquier desviación. Y Dios no se acerca a quien se acerca a Él inventando el procedimiento.

David no se quedó en el fracaso. Tres meses después, mientras el arca permanecía en casa de Obed-edom, el rey volvió a la Escritura. Leyó con cuidado las instrucciones que ya estaban dadas, reunió a los levitas, y les dijo lo que aparece en nuestro versículo de hoy: «por no haberlo hecho así vosotros la primera vez, Jehová nuestro Dios nos quebrantó, por cuanto no le buscamos según su ordenanza.» Reconoció el error, lo nombró, y lo enmendó. Esta vez no hubo carro nuevo: el arca subió a Jerusalén sobre los hombros de los levitas, sostenida por varas, exactamente como Dios lo había mandado siglos antes. Y la celebración fue todavía mayor, porque ahora era obediente. La diferencia entre el primer intento y el segundo no estuvo en el entusiasmo de David, sino en su disposición a someterse a lo que Dios había dicho.

Esa misma trampa nos persigue hoy. Confiamos en nuestra creatividad, en nuestro entusiasmo, en lo que sentimos. Nos decimos a nosotros mismos: «Dios conoce mi corazón.» «Dios entiende.» «Lo importante es la intención.» Y la sinceridad nunca le ha bastado a Dios para reemplazar la obediencia. Cuando entras a la casa de alguien, te quitas los zapatos si esa es la costumbre de la casa. No discutes que tú siempre andas calzado, ni que tienes los pies muy limpios. Honras las reglas del lugar al que has sido recibido, porque no es tu casa. Acercarse a Dios es algo parecido: Él te recibe en los términos que Él mismo ha establecido.

Aún para acercarnos a Dios en el tiempo presente, después de la revelación objetiva de Dios en Cristo, hay quienes quieren innovar con alternativas propias. La buena noticia es que el Padre nos ha mostrado un camino claro para acercarnos a Él, y ese camino es Cristo. Por su sangre podemos entrar con confianza al lugar santísimo, recibidos en los términos que Dios mismo ha dispuesto. Lo que David tuvo que aprender con tristeza, nosotros lo recibimos como evangelio: hay un modo de adorar al Dios santo y vivir, y ese modo se llama Jesús.

Oración: Señor, enséñame a adorarte como tú has dispuesto. No permitas que mi entusiasmo me lleve a inventar atajos. Gracias porque en Cristo me has abierto el camino. Amén.