Y cuando los que llevaban el arca de Dios habían dado seis pasos, él sacrificó un buey y un carnero engordado.
— 2 Samuel 6:13 (RVR1960)
Lo que un día significó muerte por contacto con la santidad de Dios, hoy es comunión a través de la sangre de Cristo.
Tres meses antes, el rey David había intentado trasladar el arca del pacto, ese cofre sagrado que representaba la presencia de Dios en medio de Israel, a la ciudad de Jerusalén. La procesión había terminado en tragedia: Uza, uno de los hombres que acompañaban el carro, extendió la mano para sostener el arca cuando los bueyes tropezaron, y cayó muerto al instante. Cuando David finalmente se atrevió a reanudar el traslado, lo hizo distinto. Esta vez el arca fue cargada por los levitas, sobre los hombros, con varas, conforme a la ley. Y la Escritura registra un detalle que hace toda la diferencia: a los seis pasos, David se detuvo y sacrificó. Luego al llegar, sacrificó otra vez. La sangre nunca faltó.
¿Por qué la sangre? Porque entre un Dios santo y un hombre pecador siempre hubo distancia, y esa distancia solo podía cubrirse con sacrificio. La sangre representaba un intercambio: para que el adorador pudiera vivir en presencia del Dios santo, otro tenía que morir en su lugar. Toda la ley del Antiguo Testamento, con sus animales degollados y sus rituales precisos, anunciaba esa misma verdad por adelantado. La sangre de los toros y los carneros nunca fue el destino final del asunto. Era sombra. Era promesa. Apuntaba hacia un sacrificio mayor, definitivo, suficiente, que estaba por venir.
Ese sacrificio mayor es Cristo. Lo que David alcanzó con bueyes y carneros, Jesús lo cumplió de una vez para siempre cuando ofreció su propia sangre en la cruz. Cuando alguien construye un puente sobre un abismo a un costo enorme, los que vienen detrás cruzan por allí. No intentan abrir su propio paso. El que ya está abierto les basta. Cristo es ese puente, y su sangre fue el costo. Lo que para Uza significó muerte por contacto con lo santo, para nosotros se ha vuelto comunión con el Padre por la sangre del Cordero, como la Escritura llama a Cristo. Acércate con temor y con asombro. Confía en lo que Jesús ya hizo por ti, ora en su nombre, y vive descansado en su obra terminada. El camino que un día costó la vida de un hombre por un gesto pequeño, hoy está abierto de par en par para ti.
Oración: Padre, gracias por el camino abierto por la sangre de tu Hijo. Acércame con asombro y confianza al trono de tu gracia, y que nunca pierda de vista el costo de mi acceso ni la magnitud de tu amor. Amén.