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Cuando lo sagrado se vuelve cotidiano

Cuando llegaron a la era de Nacón, Uza extendió su mano al arca de Dios y la sostuvo, porque los bueyes tropezaban.

— 2 Samuel 6:6 (RVR1960)

La cercanía mal cuidada con las cosas santas termina robándoles su asombro.

En el Antiguo Testamento, el arca del pacto era un cofre sagrado que representaba la presencia de Dios en medio de su pueblo. Allí dentro estaban las tablas de la ley, una porción del maná y la vara de Aarón. Israel acampaba alrededor de ella, y nadie podía tocarla sin morir. Durante varias décadas el arca estuvo guardada en la casa de un hombre llamado Abinadab, y allí creció su hijo Uza, junto a ella, como quien crece junto a un mueble familiar. Cuando el rey David decidió finalmente trasladarla a Jerusalén, fue Uza quien acompañaba el carro. En el camino los bueyes tropezaron, el arca se sacudió, y él extendió la mano para sostenerla. Cayó muerto al instante. Su gesto fue confianza desenfadada, la confianza de quien ya no se asombra de lo que tiene delante. Cuando lo sagrado se vuelve cotidiano, deja de tratarse como sagrado.

Hay una clase de daño que solo le ocurre al que vive cerca. El que pasa años en la iglesia, el que ha servido en algún ministerio, el que ha estudiado la Biblia con disciplina, el que dirige, el que predica, el que canta. Mientras más cerca estás de las cosas santas, mayor es el riesgo de que se te vuelvan ordinarias. La Biblia que abres todos los días puede convertirse en un libro que ya no escuchas. La oración puede volverse un trámite. El servicio puede volverse rutina. El nombre de Dios puede empezar a salir de tu boca con la misma ligereza con que sale cualquier otra palabra.

La pérdida del asombro es lenta y silenciosa. Llega en pequeñas familiaridades acumuladas, en gestos casuales que antes habrían sido impensables. Un día estás cantando y ya no escuchas lo que cantas. Otro día estás predicando y la gloria del texto te resbala. Otro día tomas la mesa del Señor y tu mente está en otra parte. Y todo eso pasa precisamente porque estás cerca. El antídoto está en volver a mirar lo que tienes delante con los ojos del que recién llega. Recuérdate qué representa lo que estás tocando. Recuérdate de quién estás hablando cuando hablas de Dios. Recuérdate qué te costó a ti y qué le costó a Cristo el acceso que ahora ejerces con tanta soltura. La presencia de Dios es algo grande. Tan grande, que el que se acostumbra a ella sin temblar es precisamente el que está en mayor peligro.

Oración: Señor, no permitas que la cercanía contigo me robe el asombro. Devuélveme los ojos del primer día, cuando todo en ti me parecía grande y santo. Que nunca toque lo tuyo con la confianza torpe del que ha olvidado quién eres tú. Amén.