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El Dios que se nos revela

Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió allí mismo Dios por aquella temeridad, y cayó allí muerto junto al arca de Dios.

— 2 Samuel 6:7 (RVR1960)

El creyente maduro deja que la Escritura corrija al Dios que tiene en la mente.

Uza era uno de los hijos de Abinadab, el hombre en cuya casa había estado guardada el arca del pacto durante varias décadas. Cuando David decidió trasladar el arca a Jerusalén, Uza acompañaba el carro. En el camino los bueyes tropezaron, el arca se sacudió, y él extendió la mano para sostenerla. Fue cuestión de segundos. En medio de treinta mil personas que celebraban con instrumentos y danzas, ese gesto pequeño pasó desapercibido para todos. Para todos menos para Dios. Y allí mismo, junto al arca que había intentado proteger, Uza cayó muerto.

Esta historia incomoda. Algo dentro de nosotros se resiste a ella. ¿Por qué un castigo tan severo a un hombre que tenía buenas intenciones? ¿Por qué no una reprensión, una advertencia, una segunda oportunidad? La incomodidad es legítima y el texto no la disimula. Pero la incomodidad debería llevarte a una pregunta más honda: ¿qué dice mi reacción a esta historia sobre el Dios que tengo en la cabeza?

Vivimos en una época que da por sentado que ya conoce a Dios. Cuando la Escritura presenta a Dios endureciendo el corazón de Faraón, hiriendo a los primogénitos de Egipto, prohibiendo a Moisés entrar a la tierra prometida o cortando a Uza junto al arca, mucha gente responde lo mismo: «Ese no es el Dios que yo conozco.» Y la pregunta correcta es esa, exactamente: ¿de dónde sacaste tú al Dios que conoces? Si lo construiste a partir de tus preferencias, tus expectativas o tu cultura, lo que tienes en la mente no es Dios sino una caricatura cómoda. El Dios verdadero se ha revelado en su Palabra, y se ha revelado completo, sin recortes.

Aquí es donde empieza la madurez espiritual. Cuando la teología que traías colapsa frente al texto bíblico, cuando los dioses falsos que cargabas se quiebran, cuando la incomodidad te lleva a estudiar más que a juzgar a Dios, ahí estás creciendo. El Dios de la Biblia no se acomoda a tus categorías. Eres tú quien debe acomodarse a las suyas. Y la buena noticia es que ese Dios santo, el mismo que cortó a Uza, es también el que tuvo misericordia de ti.

Oración: Señor, yo no quiero adorar al Dios que cabe en mi cabeza. Quiero conocerte tal como te has revelado en tu Palabra, aun cuando me incomode lo que encuentre. Corrige en mí toda imagen falsa que me haya hecho de ti y dame un corazón dispuesto a aprender. Amén.