Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto. Bendecid a Jehová, vosotros todos sus ejércitos, ministros suyos, que hacéis su voluntad. Bendecid a Jehová, vosotras todas sus obras, en todos los lugares de su señorío. Bendice, alma mía, a Jehová.
— Salmo 103:20-22 (RVR1960)
Ante una gracia tan grande, la adoración es la única respuesta posible que la criatura puede ofrecer.
El Salmo 103 cierra donde abrió. Después de hablarle a su propia alma, después de invitar a Israel, después de subir hasta los ángeles y los ejércitos del cielo y todas las obras del Señor, David regresa al lugar donde comenzó: «Bendice, alma mía, a Jehová.» El círculo no es accidental. Es como si quisiera decir que, cuando todo el cosmos está adorando, sería un escándalo que tu propia alma se quede callada. Los ángeles bendicen a Dios con disciplina militar (cumpliendo su palabra al instante). Los ejércitos celestiales hacen su voluntad sin titubear. Cada cosa creada, en cada rincón de su señorío, está dando gloria. En medio de toda esa sinfonía, hay un puesto vacío que nadie más puede ocupar: el tuyo. Tu Dios no necesita tu adoración para ser Dios. Te invita a unirte porque sabe que para eso te creó.
¿Y por qué adoramos así? Porque hemos recibido lo que nunca podríamos pagar. El evangelio es la noticia de que Dios, en Cristo, proveyó una salvación completa para gente que no la merecía. Y el mismo Dios que te salvó por allá sigue extendiendo misericordia hoy: cubre iniquidades nuevas, sana dolencias nuevas, te saca de hoyos nuevos. Esa gracia es una corriente que no deja de fluir sobre tu vida.
Imagina que alguien te entregara un regalo tan desproporcionado que cualquier intento de pagarlo sería ofensivo. Lo único que cabe es agradecer. Eso es la adoración: la respuesta posible a una gracia que excede toda medida. Antes de cerrar este día, no esperes que alguien te empuje. Háblale a tu propia alma como David, recuerda lo que el Señor ha hecho contigo, y deja que esa memoria se convierta en alabanza. Esa es la respuesta para la que fuiste hecho, y la única que está a la altura de lo que has recibido.
Oración: Padre, gracias por una salvación que no merecía y por una misericordia que no se ha agotado. Cuando miro la inmensidad de tu gracia, entiendo que la única respuesta digna es alabarte. Une mi voz hoy con la del cielo entero. Que mi vida sea, desde hoy hasta el último día, una sola palabra repetida con muchas formas: bendice, alma mía, a Jehová. En el nombre de Jesús, amén.