El que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias.
— Salmo 103:4 (RVR1960)
Cada hoyo del que has salido es un argumento nuevo para no callar la alabanza.
Cuando David enumera los beneficios del Señor, habla de cosas que él mismo había vivido. Una de ellas es ese momento en el que la vida se hunde y uno no encuentra cómo salir. La Biblia lo llama «el hoyo». Quien ha estado ahí no necesita explicación. Es ese punto en el que ni adelante ni atrás parecen viables, donde el horizonte se cierra y uno empieza a calcular cuánto tiempo más puede aguantar. David conoció varios de esos a lo largo de su vida.
Hubo el hoyo del olvido familiar. Cuando el profeta Samuel fue a ungir al próximo rey de Israel, el padre de David presentó a sus otros hijos y dejó al menor cuidando ovejas, como si no contara. Y hubo, años después, el hoyo más íntimo de su propio orgullo, cuando quiso contar sus tropas para apoyarse en el tamaño de su ejército y el Señor lo disciplinó. Entre uno y otro pasó por hoyos de peligro físico, de traición, de desánimo. Cada hoyo era distinto. Cada hoyo planteaba la misma pregunta: ¿saldré de aquí?
Una vida de setenta años incluye una buena cantidad de hoyos. Algunos los recuerdas con nombre y fecha. Otros prefieres mantenerlos guardados porque todavía duelen. Ahí están. Y si haces el ejercicio de mirarlos uno por uno, descubrirás que en cada uno hubo una mano que te sacó. Saliste, porque hoy estás aquí leyendo. Lo que falta es detener la marcha lo suficiente para reconocer quién te sacó. Piensa en alguien que estuvo a punto de ahogarse y fue levantado por una mano que al principio ni siquiera vio. Cada vez que esa persona se acerca al agua, recuerda esa mano. Trae hoy a la memoria un hoyo del que el Señor te sacó, uno que casi no compartes con nadie. Esa memoria, en silencio o en voz alta, ya es alabanza.
Oración: Padre, hoy te quiero agradecer por los hoyos de los que me has sacado. Algunos los olvidé, otros me da pena recordarlos. Tráelos a mi mente uno por uno y permíteme reconocer tu mano detrás de cada rescate. Y donde todavía estoy en el hoyo, sostenme con la certeza de que tampoco esta vez me dejarás ahí. En el nombre de Jesús, amén.