Lectura del Salmo 103
Póngase ahí un momento sobre sus pies y abra la Sagrada Escritura en el libro de Salmos. Hermano, qué experiencia ver un pueblo exaltando el nombre del Señor a viva voz, sentir lo que estamos haciendo, no solamente pronunciarlo. Qué cosa más hermosa y qué apropiado un domingo.
Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios. Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias, el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias, el que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila. Jehová es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia. Sus caminos notificó a Moisés, y a los hijos de Israel sus obras. Misericordioso y clemente es Jehová, lento para la ira y grande en misericordia. No contenderá para siempre, ni para siempre guardará el enojo. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades, ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen. Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones. Como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen, porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo. El hombre, como la hierba son sus días; florece como la flor del campo, que pasó el viento por ella y pereció, y su lugar no la conocerá más. Mas la misericordia de Jehová es desde la eternidad y hasta la eternidad sobre los que le temen, y su justicia sobre los hijos de los hijos, sobre los que guardan su pacto y los que se acuerdan de sus mandamientos para ponerlos por obra. Jehová estableció en los cielos su trono, y su reino domina sobre todos. Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto. Bendecid a Jehová, vosotros todos sus ejércitos, ministros suyos, que hacéis su voluntad. Bendecid a Jehová, vosotras todas sus obras, en todos los lugares de su señorío. Bendice, alma mía, a Jehová.
— Salmo 103
La tarea esencial de la criatura
La tarea de la criatura, nuestro trabajo esencial sobre esta tierra, aquello por lo cual todos nosotros hemos sido creados. Nuestro propósito principal es traer gloria al precioso nombre del creador. Eso es alabanza, eso es bendecir, eso es exaltar el nombre del Señor. Esa es nuestra tarea esencial. Esa tarea requiere palabras de alabanza. Probablemente tú conoces algunas canciones que podrías cantar delante del Señor. Eso requiere actitudes, que nuestro ser completo, nuestra alma, nuestro hombre interior, pero sobre todo esto necesita una experiencia y tú podrías tener las palabras correctas y hasta la actitud correcta, pero la correcta adoración necesita que salga de adentro de ti la vocación de un recuerdo, de una razón poderosa que se tiene que poner en palabras y se tiene que poner en actitudes. Este salmo tiene más de 20 razones por las cuales el pueblo del Señor ha de exaltar el nombre de su Dios.
Si te falta contenido, aquí hay 20. Cuando la adoración consiste solamente en palabra, se vuelve plástica. Usted podría recitar cada una de las cosas, pronunciar un estribillo, pero sobre todo usted debería sentir esas cosas. Usted podría manifestar la actitud correcta delante de Dios, dejar caer la cabeza quizás hacia un lado, levantar tus manos y es correcto y prudente inclinar tu rostro y levantar las manos. Pero antes de levantar las manos o inclinar tu rostro, es necesario levantar el afecto en tu corazón, apelar a la memoria de forma tal que tú tengas una razón poderosa para decirte a ti mismo, alma mía, alaba a Jehová, bendice su nombre. El pueblo del Señor necesita palabras hermosas. El pueblo del Señor necesita actitudes apropiadas, pero sobre todo necesitamos contenido. Y ese contenido son las amplias misericordias de nuestro Dios. Lo que este salmo tiene es una evocación a las extensas misericordias, a la experiencia de salvación, a los momentos donde nuestro Dios nos ha rescatado del hoyo. Y cuando se combina el contenido puesto en palabras apropiadas y pronunciado con la actitud correcta, entonces podemos decir que hemos hecho lo que se indicaba el salmista a él mismo. Bendice, alma mía, a Jehová.
Adoración sin contenido es plasticidad
Y no olvides ninguno de sus beneficios. Voy a repetir dos veces lo mismo porque yo creo que el pueblo necesita interiorizarlo. Las palabras aprendidas no bastan. Repetir la canción por repetirla no significa que la estás sintiendo. Tú necesitas saberte salvado, reconocerte salvado, verte objeto de la misericordia de este Dios para que la bendición salga de la manera correcta. Las actitudes por sí solas no son adoración. Importan las actitudes, pero nuestra actitud necesita un contenido y el contenido es nuestra propia salvación. Tú haces memoria de las misericordias reiteradas de Dios sobre tu vida, colocas esto en las palabras correctas y lo pronuncias en la actitud apropiada y estarás adorando al Señor. Adoración sin contenido es plasticidad. Eso no llega al trono del Señor. Es un poema que tú no escribiste.
Tú necesitas hacer memoria con 20 razones que están aquí para que cuando las palabras salgan, salgan con la actitud apropiada. Todo lo demás es falseado, insustancioso y es como el enamorado que se siente pretendido con las palabras ajenas. De tu corazón debería salir tu propia adoración. Te podríamos prestar algunas palabras, pero esas palabras necesitan ser llenadas con tus propios sentimientos. Tú necesitas hacer memoria de la misericordia del Señor. Y cuando hagas memoria de la misericordia del Señor, entonces la alabanza saldrá de la manera correcta.
Lo memorable del Antiguo Testamento
Llegamos aquí después de una larga serie de sermones a donde acompañamos al pueblo de Israel a través del desierto y vimos reiteradamente las misericordias de Jehová. Después de más de ocho exposiciones del Antiguo Testamento, donde vimos la misericordia del Señor sobre Israel. Si tú recuerdas más sobre Israel que sobre la misericordia del Señor, vuelve a leer los mismos textos.
Tú no eres un experto en Israel. Nosotros no leemos el Antiguo Testamento tratando de sacar datos anecdóticos. Leemos el Antiguo Testamento para seguir las pistas de este Dios que en misericordia se estuvo revelando a la nación de Israel. Y lo que debería permanecer en nuestra memoria después de haber acompañado a Israel en el desierto es que Dios es bueno y para siempre son sus misericordias. La cosa más grande que tú debes recordar no son las peripecias de Israel. La cosa más grande que tú debes recordar son las misericordias de un Dios que extendió su gracia sobre Israel y que Israel volvía a murmurar y el Señor volvía a extender sus misericordias.
No leas mal las escrituras. No se trata de personajes bíblicos, no se trata de historias aisladas, se trata de un Dios misericordioso. Uno no lee la escritura con la expectativa de esta curiosidad en la historia humana. Uno lee la escritura con la expectativa de conocer a nuestro gran Dios que nos ha visitado con misericordia. Y lo que debe ser más memorable al leer el Antiguo Testamento es que Dios ha extendido sus misericordias sobre su pueblo. Si tú todavía lo que recuerdas es agua de la roca, eso no es lo que hay que recordar. Es que Dios le sacó agua de la roca y que no le pagó conforme a sus iniquidades, sino que cuando ya tocaba destrucción, el Señor volvió a extender sus misericordias.
Una progresión: de lo personal a lo cósmico
En este salmo hay una progresión natural. Comienza el salmista hablándose a él mismo y es un llamado particular para su propio corazón. Después termina haciendo un llamado al pueblo y después no se conforma y llama hasta los ejércitos celestiales y les convoca para exaltar el grande nombre de nuestro Dios. Comienza él diciéndose, «Bendice, alma mía, a Jehová y bendiga todo mi ser su santo nombre.» Él está hablando con él mismo. Él se está predicando a él mismo. Retomo fragmentos de cosas que en los últimos sermones hemos expuesto. No siempre tendrás una persona que te invitará a que exaltes el nombre del Señor. Regularmente tú tendrás que hablar contigo mismo y decirte a ti mismo, «Alma mía, alaba a Jehová. Bendice su nombre.» No siempre tendrás una persona que te dirigirá en la actitud o en el contenido o en las palabras. Frecuentemente tendrás que hacer como el salmista desde el versículo 1 al versículo 5 que tuvo una conversación intensa con él mismo donde se impulsaba a que bendijera el nombre de Jehová. Hermano, no siempre te vamos a ayudar. A veces tú tienes que ayudarte a ti mismo, tener tu propia reflexión, disponer tu alabanza, porque tú sabes que es justo, tú sabes que él es digno, tú sabes que él merece la adoración. De forma tal que aunque nadie te invita a que exaltes el nombre del Señor, de ti debería salir una provocación personal, una lucha contigo mismo a exaltar el nombre del Señor.
Esa conversación interna, esa conversación privada es gran parte de tu reflexión. Nosotros pensamos más conversando que lo que hablamos. Es más la conversación que sucede a lo interno que la conversación que llega a salir de nosotros. Y en esa conversación interna es donde tú necesitas tú mismo pastorearte de forma tal que dispones tu alma para alabar el nombre del Señor. No puede haber pasividad en esto, no puede haber falta de expresión en esto, no puede haber falta de contenido en esto. El contenido debe salir de adentro
Tu conversación interna
tuyo. Si él es digno de alabanza, si él ha hecho algo a favor tuyo, de ti mismo debería salir la adoración. Reflexiona al respecto, revisita tus pensamientos. ¿De qué se trata tu conversación interna? Tú podrías ser un cristiano con un testimonio piadoso en la esfera pública de tus conversaciones y tener una conversación interna impía, centrada en ti mismo, egocéntrica, donde Dios no tiene lugar. Tú puedes aparentar piedad en esa esfera y seguir siendo impío en tu reflexión privada. Y tu reflexión privada es gran parte de tu conversación.
Ey, cuando tú estás hablando contigo mismo, surge el nombre de tu Dios. Tu Dios está presente en tu reflexión privada. Tú puedes decirte cuando hace rato que Dios no informa tu conversación, alma mía, bendice a Jehová.
Quizás tus pensamientos privados son pensamientos de merecimiento, de autoexaltación, de protagonista. ¿Quién es el protagónico en tu conversación interna? Quizás tú puedes ser un simple en tu autorreflexión, pensando solamente en ti, pasando balance en forma carnal. El asunto no es si tú hablas mucho de Dios con otros, el asunto es si tú hablas mucho de Dios contigo mismo. El asunto no es si tú incitas a los otros, el asunto es si te incitas a ti mismo. Tus actitudes, tu cuerpo, tus pensamientos deben ser canalizados, deben ser enfocados.
Y poner el enfoque hacia el lugar correcto es un asunto muy piadoso. Él no solamente quiere alabar, dice él que él quiere llegar a hacerlo con todo su ser. Bendiga todo mi ser, su santo nombre.
Bendiga todo mi ser su santo nombre
No nos pongamos demasiado filosóficos, pero los seres humanos somos seres complejos, no somos sencillos. Nosotros somos más que materia. Es verdad que venimos del polvo, pero por la misericordia del Señor hemos llegado a ser más que polvo y todo lo que el Señor te ha permitido ser debería ser redimido, debería ser rendido a la exaltación de su precioso nombre. No solamente tu cuerpo, tu lenguaje corporal debería anunciarlo, no solamente tus pensamientos, tus pensamientos deberían anunciarlo, tus emociones también. Bendiga todo mi ser su santo nombre, hermano. El Señor no está esperando una alabanza que salga solamente de labios que se mueven y articulan palabras. Él está buscando que todo el ser, que todo el ser humano, que el ser humano completo, pleno, no solamente esté aquí, sino que esté aquí y esté presente. Y yo creo que todos nosotros podemos reconocer que por momentos en medio de la alabanza del pueblo del Señor, podemos tener aquí el cuerpo, pero no los pensamientos. O podemos tener el pensamiento, pero no el cuerpo. O podemos tener el pensamiento y el cuerpo, pero no las palabras. Hacen falta palabras, hacen falta pensamientos, hace falta todo nuestro ser para exaltar el nombre de nuestro Dios. Porque él te dio todas esas capas de tu ser, de forma tal que todas las capas de tu ser puedan ser rendidas a la alabanza de su precioso nombre.
Adoración es adoración porque estamos involucrados completamente. Tu lenguaje corporal debería anunciarlo, tus palabras deberían anunciarlo y tu reflexión debería anunciarlo también. Y cuando no lo anuncia, entonces tú deberías decirte, «Bendice, alma mía, a Jehová.» No te margino, hermano, yo me pongo en tu lugar. Tu lugar es también el mío. Por momentos yo estoy en medio de la alabanza del pueblo, estoy reflexionando en otras cosas y tengo que clavarme el codo a mí mismo. Ey, estoy aquí, estoy presente, aquí está lo mejor de mis pensamientos y aquí está lo mejor de mi palabra y está también lo mejor de la actitud de mi cuerpo.
Tu Dios está esperando que todo tu ser exalte su santo nombre. Él no está esperando solamente tus palabras. Él quiere tu lenguaje corporal, quiere tu actitud. Yo creo que todos podemos sentir cuando estamos compartiendo con alguien que no está interesado. Probablemente te estás tomando un café y la persona está mirando a otro lado, desinteresado, ausente y tú, ey, ey, ey, ¿estamos aquí o no estamos aquí?
El asunto no es congregarse, es congregarse con todo su ser. Amén. Gloria a Dios. El asunto no es venir, es venir con todo lo que nosotros somos y sobre todo con lo mejor de nosotros. Y a veces para venir con lo mejor de nosotros no puede comenzar el culto a las 10 del domingo, o si el Señor lo permite el año entrante tendremos dos servicios, quizás uno a las 9 y otro a las 11. Venir a las 9 eso soñoliento no es probablemente disponer nuestra adoración desde días antes, como cuando te preparas para una reunión importante.
Hablaba con unas personas de negocio que se reúnen para levantar fondos y decían, «¿Cómo se preparan para una reunión de levantamiento de fondos?» Y dicen las personas, «Cuando vamos a hacer una ronda de inversión, tratamos de dormir, nos preparamos, que toda nuestra mente esté en eso, no salir en la noche, dormir temprano, ¿por qué?» Porque es una reunión importante. El culto a nuestro Dios es una reunión importante de forma tal que no se vale estar soñoliento, no se vale estar sin palabras y sobre todo no se vale estar sin contenido. Te podemos dar alabanzas que han sido escritas, pero en medio de las letras de esa alabanza, tú deberías dejar colar tu propia adoración y revestir esas palabras con tus propios sentimientos. Bendice, alma mía, a Jehová. Ellos lo están haciendo, pero yo quiero hacerlo también. El compositor de ese himno alabó el nombre del Señor, pero yo quiero usar su himno para alabar al Señor.
Quizás tú usaste los poemas de José Ángel Buesa. Si lo va a mandar, ponlo por lo menos con tu propia letra, y hay que ver cuál es. ¿Cuál usaste? Pasarás por mi vida sin saber que pasaste. Pasarás en silencio por mi amor y al pasar fingiré una sonrisa como un dulce contraste del dolor de tenerte y jamás lo sabrás. Con otros quizás pases, con otro que te diga al oído aquellas cosas que nadie como yo te dirá. Y ahogado para siempre mi amor inadvertido, me secará la lágrima y jamás lo sabrás.
Había un muchacho en la escuela que él se dedicaba a escribir con una letra muy bonita, poemas. No era yo, hermano, por mi letra no me ayuda. Pero el que permita que otro le escriba su poema está corriendo el riesgo de que ese otro se lleve la muchacha. Exacto. Porque quizás ella lo que le llama la atención son las letras o el contenido. Hermano, no está mal exaltar el nombre del Señor con la alabanza que alguien escribió, pero trata de hacerlo con tu propia letra, trata de ponerle tu propio sentimiento. Trata de llenar el espacio de esa alabanza con tu propia emoción. Que no se sienta que es el problema de otro. Haz lo tuyo. Dilo con tanta convicción que el Señor sienta que eso salió de tu corazón. Amén. Y cuando no lo estás logrando, entonces repréndete y di, «Bendice, alma mía, a Jehová, recuerda sus beneficios.»
Bendiga todo mi ser su santo nombre, hermano. Es completo. Cuando tú estás envuelto en la alabanza, tu cuerpo lo está anunciando, tus manos lo están anunciando, tus palabras lo están anunciando, tus ojos hablan. La mirada, la mirada, la mirada: el Señor la está mirando y tu mirada puede decir que tú estás reconociendo la santidad de ese gran Dios al cual tú estás exaltando en este momento. Y eso se siente. Y si tú crees que eso no se siente, recuerda esa reunión que tuviste con una persona que no estaba presente. Recuerda esa cita que tuviste con una persona que no estaba interesada en ti. Recuerda ese desperdicio de tiempo donde tú mismo querías no tener que esperar el postre y salir desde la entrada. Y recuerda ese otro momento cuando una persona estaba tan presente en esa conversación activa y estaba tan interesada en tu persona que realmente tú querías extenderlo más para allá y pedir otro café después del café. Ay, hermanos, que nuestra alabanza no sea la alabanza acartonada de las personas que pronuncian palabras, sino que sea una alabanza sentida, pronunciada al Señor, no solamente con nuestros labios, sino con todo nuestro ser, desde la actitud corporal hasta las palabras y sobre todo las expresiones, que aun sean las expresiones que alguien haya escrito, que podamos bañar esas expresiones con las propias.
La santidad de su nombre
No soy demasiado quisquilloso, hermano, porque todas las palabras aquí importan. Él no está alabando solamente un nombre, sino un nombre que es santo. Recuerda que santidad no es solamente ausencia de pecado. Santidad es distinción. Es ser tan diferente del otro que generas una admiración. Cuando decimos que el nombre del Señor es santo, estamos diciendo que su nombre es tan alto, que su nombre es tan especial, es tan distinto a nosotros que genera admiración.
De forma tal que las palabras salen con el sentimiento porque sabemos delante de quién estamos. La actitud principal con la cual en más de 2000 años de historia la iglesia cristiana se ha movido es que Cristo está en medio de la alabanza de su pueblo. Porque él ha dicho que donde estén dos o tres reunidos en su nombre, ahí está él en medio de ellos. Y si esa persona tan especial, si ese nombre tan grande está en medio de nosotros, nuestro cuerpo debería sentirse como un poco electrizado, maravillado, no ausente. Tus ojos deberían querer verle, tocarle, sentirle.
Cuando hablamos de Cristo es difícil cualquier ilustración porque no hay ilustración apropiada para describir la grandeza del nombre de nuestro Dios. Cualquier ejemplo que pueda darte se quedará pobre porque él es muy grande. De hecho, si no fuera por ilustrar sería una irreverencia utilizar cualquier objeto para hacer un parangón con relación a la santidad del nombre de nuestro Dios. Un hombre que es tan grande, tan santo, tan especial. Pero siendo un adolescente, a mí me prepararon para recibir a Vincho Castillo. Yo trabajaba con un grupo de voluntarios en el Consejo Nacional de Drogas, era el Consejo Juvenil Preventivo y él era el director del Consejo Nacional de Drogas y nos dijeron, «Vamos a recibir un personaje muy distinguido.» Yo no sabía quién era Vincho Castillo, era un político muy renombrado. Pero durante un mes nos hicieron interiorizar el protocolo. Usted se va a parar así y él va a entrar asá. Y no había llegado todavía el hombre, pero durante un mes estuvimos repitiendo ese protocolo. Había unos actos protocolares que se debían hacer y fue tanto lo que nos cantaletearon de la dignidad de este hombre que yo recuerdo que cuando entró por la puerta llegó un vehículo oscuro y con seguridad. La primera vez que yo vi hombres hablando como por el toque y cosas parecidas y yo me sentía como un poco electrizado porque iba a saludar a Vincho Castillo. Nos dijeron, «Él le va a saludar, pero tienen que esperar que le extienda la mano.» Wow. Estábamos todos los muchachitos así derechos y cuando el hombre entró se sentía como una atmósfera de que alguien importante había entrado en la sala. Ay, hermano querido, si eso es de un hombre igual que nosotros que se lo van a comer los gusanos.
¿Qué sería estar en la presencia de este Dios que es tan grande, de este ante el cual se inclinan los ejércitos celestiales? Amén. Gloria a Dios. Adore todo mi ser su santo nombre. Como que conocemos el nombre de Jehová. El nombre es más que el denominativo. El nombre es la identidad, el nombre es el poder. El nombre es su autoridad, su grandeza. Y si el nombre de Jehová es grande, yo creo que el pueblo del Señor debería sentir el peso de su nombre cuando le está adorando.
Un hombre que es santo, especial, particular, distinto a nosotros. ¿Sabes qué? Lo que llama la atención es lo distinto. Por eso cuando estás al lado de una persona que ha cometido alguna proeza, tú te sientes un poco pequeño y te sientes muy distinguido. Hay un punto tal que discretamente tú sacas el celular y te quieres tomar el selfie. Recuerdo que me encontré con Pedro Martínez en un aeropuerto, un lanzador de Grandes Ligas, no solamente Grandes Ligas, Salón de la Fama. Y Pedro estaba con una gorra, andaba como con una hija, estaban ahí sentados muy discretamente y alguien lo notó.
No olvides ninguno de sus beneficios
En el dos, él se impone la tarea de hacer memoria. Dice, «Y no olvides ninguno de sus beneficios.» Casi siempre te desenfocas porque te estás olvidando de algo. Podemos hablar de su santidad, pero también podemos hablar de sus beneficios sobre nosotros. Él se recuerda a él mismo todos los beneficios del Señor y comienza a listarlos desde el versículo 12 hacia adelante. Él es el que perdona todas tus iniquidades. Ey, hermano, ¿cómo ha sido tu caminar con el Señor? ¿Has caminado recto? No has caminado recto. Reconoces que en ti hay iniquidad. Él perdona todas tus iniquidades.
Dice un comentarista que probablemente David escribió este salmo ya entrado en años, o sea, que tenía un compendio de cuáles eran objetivamente todas las iniquidades que el Señor había perdonado. ¿Qué tiempo tienes tú caminando al lado de un Dios que es tan grande y tan santo? ¿Cuántas son las imperfecciones que el Señor no tomó en cuenta? ¿Cuántas son las veces que objetiva o subjetivamente tú te apartaste del Señor? ¿Cuántas son las veces que el Señor te restauró? ¿Cuántas veces tú murmuraste y el Señor te dio agua? ¿Cuántas veces murmuraste y te dio pan? ¿Cuántas veces tú murmuraste? Alguien entendió que tú no necesitabas de la gracia y quiso hasta agredirte y el Señor reprendió a la persona, le dijo, «No, es agua lo que le toca.» Si tú haces memoria de tus iniquidades y las comparas con la santidad del Dios al cual tú estás sirviendo, entonces tú vas a decirte, «Bendice, alma mía, a Jehová. Y no olvides ninguno de sus beneficios.» Ninguno es ni uno.
El que sana todas tus dolencias
Sus dolencias también las menciona. Él es que perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias. Y no me vuelvo aquí demasiado técnico, pero gran parte de tu dolencia tiene que ver con tus iniquidades. Y yo me gozo en servir a un Dios que no solamente perdona mis iniquidades, sino que hace hasta más soportables mis dolencias y las consecuencias de mi pecado. En su misericordia él las matiza, las gradúa y a veces no me las quita, pero hace que se vuelvan tolerables. Y un hombre como David sabe que el pecado tiene consecuencias. Pero al mismo tiempo sabe que Dios es bueno y puede matizar y hacer llevaderas aun las consecuencias.
Hermano, tú estás sirviendo a un Dios que castiga el pecado, pero al mismo tiempo estás sirviendo a un Dios que perdona el pecado. Y el pecado tiene consecuencias y aun en los casos donde Dios no anula las consecuencias de tu pecado, por lo menos las hace llevaderas. Y tú dices, «Yo no solamente digo que él perdona todas mis iniquidades, sino que también sana todas mis dolencias.» Qué Dios tan bueno es este, hermano, que en su justicia él castiga al pecador, le hace llevar la consecuencia del pecado, pero hace que él pueda sobrellevar también esa adversidad y guarda su alma. Hoy leíamos Primera de Pedro en la escuela bíblica. En Primera de Pedro él dice que el Señor nos ha guardado en nuestra salvación. O sea, tenemos aflicciones variadas, pero hemos sido guardados por el poder del Señor.
No abrumo si menciono alguna. David pecó. Cuando el Señor vio el pecado de David, le reprendió por medio del profeta Natán y le dijo que su pecado iba a tener consecuencia. Él oró para ver si el Señor matizaba esa consecuencia del pecado. El Señor dijo, «Esa consecuencia no.» Esa toca, pero el Señor no soltó a David. Ay, hermano, qué hermoso es este Dios que él no soporta el pecado, sino que él quita el pecado de su criatura porque él no soporta el pecado, pero te soporta a ti. Él quita el pecado y después administra las consecuencias de nuestros pecados. No fue que después de pecar David se volvió un hombre perverso, entregado a la maldad, sino que fue interrumpido providencialmente de su pecado y el Señor siguió teniendo comunión con él. Y lo más hermoso, el Señor dijo que David era un hombre conforme a su corazón. O sea, que el pecado no fue lo que definió a David. El Señor te ama a un punto tal que él perdona tus iniquidades. Él sana todas tus dolencias y él hace que sea sobrellevada la consecuencia de tu maldad. Él le dijo, «Ey, la espada no se apartará de tu propia casa.» Pero no se apartó la espada, pero tampoco se apartó el nombre de Jehová. Gloria a Dios. Y yo quiero soportar la consecuencia de mi pecado con un Dios al lado ahí, hermano, que me ayude. Y yo sé, Señor, yo sé que mi pecado tiene consecuencia. Voy a tener que vivir con ella, pero yo sé que tú eres mi Dios y que tú seguirás supliendo para mí y que no me darás más carga de la que yo puedo soportar. Amén.
Si me diera lo que yo me merezco, el Señor me destruiría con mi pecado. El Señor destruyó mi pecado, me dejó el recordatorio de que mi pecado tiene consecuencia y me siguió amando. De forma tal que yo digo que él perdona todas mis iniquidades y al mismo tiempo yo puedo decir que él sana todas mis dolencias. El castigo fue duro, pero en el Salmo 51 él dice que el Señor le devolvió el gozo de su salvación y un espíritu noble. Me pastoreó. Qué hermoso. O sea, es verdad que la consecuencia está ahí, pero el gozo también está ahí. Y qué hermoso es un creyente que ha sido bien disciplinado por su Dios y que como a Jacob el Señor lo dejó un poco quebrado, pero siguió cuidando de él y le dio promesas que son eternas. Hermano, yo estoy dispuesto a entrar en la presencia del Señor aunque sea medio doblado, como entró Jacob. Lo que no estoy dispuesto es a vivir sin la presencia de mi Dios. Amén. Él no solamente quiere perdonarte, él al mismo tiempo quiere sanar tu dolencia. Si uno lo ve así, hermano, aquí hay contenido para decirle al alma, «Bendice, alma mía, a Jehová.» Aquí hay contenido. Aquí hay carne.
El que rescata del hoyo tu vida
El que rescata del hoyo tu vida. En una vida de 70 años, por lo menos 20 veces tú te vas a sentir en el hoyo. ¿Y qué es el hoyo? El hoyo hay que estar ahí porque tú sabes lo que es el hoyo. Cuando tú no puedes salir, ahí ni para adelante ni para atrás. Cuando tú sientes que todo se terminó, cuando tú sientes que ya esto es para el tiempo, que no hay esperanza, el Señor viene con su poderosa mano y te levanta y tú dices con David, «El que rescata del hoyo mi vida.» Cada quien tiene su hoyo, hermano. No estoy hablando del tuyo, hablo del mío. Los hoyos son muy variados, pero en la vida de David se documentan muchos hoyos. Dice que él rescata del hoyo tu vida y te corona de favores y misericordia. Pero él está hablando a David todavía. David, él rescata del hoyo tu vida y te corona de favores y misericordia.
¿Y cuál era el hoyo de David? Mire, David fue rescatado del hoyo de los ostracismos familiares. Ni su papá ni sus hermanos daban mucho por él. Y cuando la batalla estaba en el fragor, el Señor permitió providencialmente que el muchacho que estaba cuidando los animales viniera y ganara la batalla y matara al gigante. Y cuando a su propio papá le dijeron que el Señor le mandó a ungir un rey, él no consideró a David, mostró sus mejores hijos y le dice el profeta, «¿Y no habrá otro por ahí?» Hay uno. Sí.
Ay, hermano, pero no contaban con él. Pero de esos ostracismos familiares, cuando los hermanos le decían, «Tú lo que eres un imprudente que viniste para acá, estás mirando lo que no tienes que mirar. Tú no eres un soldado como nosotros, vete para allá a cuidar los animales.» Y de los ostracismos familiares, cuando sus hermanos y sus padres no daban mucho por él, de ahí lo sacó el Señor. De forma tal que él puede decir con propiedad, «El que rescata del hoyo mi vida.» Aleluya. Quizás tú te sientes así como que nadie te considera, nadie te toma en cuenta. La gente no te nota. En el cielo hay un Dios que puede notarte y cuando él te note, tú te vas a decir a ti mismo, «Bendice, alma mía, a Jehová.» Porque cuando el hombre no te miró, él te estaba mirando.
Y el hoyo del peligro. Sí, porque uno lo ve en la escuelita bíblica y eso parece maravilloso que con una piedra mató al gigante. Fájese usted con el gigante diciéndole improperios.
Le decía el gigante, «¿Con eso es que tú vienes?» Se reía. «¿Acaso seré yo un perro?» Le decía él, «¿Para que vengas con palos y con piedras?» Del peligro. Ey, no estaba supuesto que David matara a Goliat. Lo que estaba supuesto es que a David le arrancaran la cabeza y que sus hermanos y su papá dijeran, «Ve, por afrentoso.» Pero el Señor le salvó, le preservó la vida milagrosamente.
Después de matar a Goliat, se levantó Saúl. Ustedes saben lo difícil que es tirarse un rey perverso. Él le mandaba canciones y Saúl le mandaba flechas; él le mandaba los mejores acordes y él agarraba y le mandaba lanzas. Ese es mi cariño, ahí va todo, te quiero. Y de ahí le sacó el Señor. Tú dices, ¿cómo podía el rey David torear las intrigas de la corte del rey Saúl? Porque el Señor rescataba del hoyo su vida. Después tuvo que verse por allá en la corte del rey Aquis. Y si Saúl no le arrancó la cabeza en el territorio de Israel, que era su pueblo, imagínese lo que era el rey Aquis, enemigo de Israel, teniendo ahí a David, que tenía la profecía sobre él. Y aun en la corte del rey Aquis, el Señor también le preservó, le rescató de los ostracismos, le rescató del peligro, le rescató del desaliento. En un momento los amalecitas secuestraron el campamento, se llevaron las mujeres, se llevaron las propiedades y él se sentía deprimido y le decían sus propios soldados, «Fue por culpa tuya.» Y ahí en medio del desaliento, el Señor volvió a rescatar a David.
Quizás tú te sientes profundamente desalentado a un punto tal que estás viviendo en piloto automático. Tú dices, «Ni para adelante ni para atrás, yo creo que hasta aquí llegué. Yo no sé si voy a seguir caminando.» De ese hoyo también, del hoyo del desaliento, de ahí el Señor puede rescatarte. Y cuando el Señor te rescate del desaliento, tú vas a tener que decir al principio y al final, «Bendice, alma mía, a Jehová y no olvides ninguno de sus beneficios.» Él no solamente perdona todas tus iniquidades, sino que sana tu dolencia y rescata del hoyo tu vida. Y el pecado, hermano, varias veces pecó: al principio, pecó en medio y pecó al final. Y el Señor le rescató al principio, lo rescató en medio y lo rescató al final. Bueno es Dios, no David. Sí, porque la gente piensa que David fue bueno. No fue bueno. Bueno es Dios que sacó a David del hoyo.
La traición. Su propio hijo se rebeló contra él, Absalón, y conspiraba desde adentro y después desde afuera. Y llegó un momento que se hizo con el reino y tú veías saliendo así disminuido al rey David y sus propios sirvientes gritándole improperios. Malvado, hombre sanguinario, le tiraban cosas. La traición. No queremos vivir, hermano, en esa novela, como que siempre nos están persiguiendo. Mis haters me están tirando. No hay que vivir así. Pero la traición es real. Y la gente que tú amas normalmente te daña y tú te das y el otro te daña y tú te entregas a los otros y los otros te maltratan. Y la traición es real. Y no hagamos eso una película de vivir ahora como si nosotros fuéramos protagónicos, pero traición todos vamos a vivir. Traiciones del cercano, del más o menos cercano, del que tú no lo esperabas. En este mundo de pecado, de injusticia y de maldad, está lleno de dolor y de traición. Y eso duele mucho, la traición de su propio hijo.
Para colmo, cuando el Señor entonces dispuso e hizo justicia, él tuvo que llorar a su propio hijo también. Eso duele muchísimo y de ahí le rescató el Señor. No fue como que después que murió Absalón, David se quedó como inválido emocionalmente con los brazos para abajo. Probablemente aquí ya había llorado su propio hijo y él dice, «Bendice, alma mía, a Jehová porque ahí también me rescató el Señor.»
He hablado, hermano, de muchos hoyos. Uno más y me muevo. Hoyo tras hoyo, hermano. El orgullo es real y todos vamos a caer en el hoyo del orgullo en algún momento. Solamente hay que tener un pequeño avance para que tú comiences a medir y a decir lo que tú tienes. Ya en su postrimería, cuando el Señor le había dado el reino, David quiso hacer un censo por las razones incorrectas y el Señor notó su corazón, el orgullo, la presunción. Dice, «Yo quiero ver cuántos carros tengo, cuántos soldados tengo, cuánta tierra.» Y ey, David, no hay problema alguno con hacer un censo, pero así no. Él quiso mostrar lo que él tenía y el Señor lo castigó. Y cuando lo castigó el Señor, ¿sabe qué hizo? Que el mismo que le castigó le sacó de ahí y le rescató.
Por profundo que haya sido el hoyo, a ti el Señor te rescató del desprecio humano, del peligro físico, de la confusión espiritual, de la pérdida material, de la caída moral, del dolor familiar y del propio juicio de Dios. Por eso dice la escritura que cuando un hombre cae, el Señor levanta por la mano. De forma tal que podemos decir que no olvidamos ninguno de sus beneficios.
El que sacia de bien tu boca
En el cinco, hermano, él habla que el Señor sacia de bien su boca. Y no hablaré demasiado sino solamente la palabra: sacia. No es solamente que el Señor provee, es que sacia. Es algo mucho más profundo. No es como «toma eso», sino «toma eso, lo que de verdad a ti te satisface». Él está tomando un término que es la boca y está tomando algo que es figurado, que es el bien. Es un término poético que no queda tan claro y tampoco yo tengo la capacidad de explicarlo, pero te está diciendo que eso que tú piensas que tú necesitas, el Señor bien puede dártelo, no solamente como un accesorio o una provisión secundaria, sino de forma tal que tú termines saciado.
Es algo más grande que comer. Es saciar, es colmar, es satisfacer, es hacer que algo sea no solamente bueno, sino plenamente bueno para ti. Eso yo me lo digo, hermano, en mi discurso de la temporada: el único que verdaderamente me conoce es el único que verdaderamente puede saciarme. Yo fui creado para él y hasta que en él yo no encuentre lo que yo estoy buscando, yo estaré deambulando en este mundo. Y cuando yo lo encuentre en él, entonces yo diré que él ha saciado de bien mi boca. Amén.
Tú no solamente comiste, sino que comiste en verdad, comiste bien, te sientes satisfecho. Y la bendición de Jehová es la que prospera y no añade tristeza con ella. Amén.
Jehová hace justicia a los que padecen violencia
Del 6 al 18 ya él deja de hablarse a sí mismo y comienza a invitar a Israel. Jehová es el que hace justicia y derecho a todos los que padecen violencia. A ti el dolor físico te duele menos que las injusticias. Lo que más aflige es que tú sientes que no solamente se te dañó, sino que se te cometió injusticia. Y ahí también el Señor satisface. Es el abuso, la impotencia, la desconsideración. Esa es gran parte de nuestra aflicción, la percepción de injusticia. De hecho, los seres humanos toleramos más las carencias materiales que la carencia de justicia. No es que no te está llegando lo material, es que tú sientes que se te está dejando algo, se te está quitando algo. Israel clamando a Dios con el yugo de Egipto. Me gusta como lo traduce la NTV. Dice, «El Señor hace justicia a los que son tratados injustamente.» Cada vez que tú te sientas vejado, cada vez que tú te sientas desconsiderado, el Señor puede hacer justicia. Amén.
La singularidad de Israel
Dice el siete que Jehová se reveló y se dio a conocer a su pueblo, sus caminos a Moisés y a los hijos de Israel sus obras. Y esa es la grandeza que tenía Israel. A mí me decepcionó mucho saber lo poco importante políticamente que fue la nación de Israel, porque yo crecí creyendo que Israel era el centro de la historia. Recuerdo que en la escuela me hablaban de Egipto, me hablaban de los persas, me hablaban de Babilonia y un chin de Israel. Es que realmente Israel, humanamente hablando, fue un chin. Ahora a ese chin le tocó algo muy grande: fue la nación que siendo una nación pequeña y poco preponderante, la nación sobre la cual Dios quiso revelarse y poner su nombre, y ahí está su grandeza.
La grandeza de Israel no fue una grandeza militar, no fue una grandeza política. Grande fue Egipto, grande fue Babilonia, grande fue Grecia, grande fue Roma. Israel era el patio de todos los imperios. Y en el patio de todos los imperios, mientras en otras partes pasaban las cosas importantes, el Señor estaba en un monte revelándose a Israel. Qué grandeza, hermano, esa es tu grandeza. Me puse a hacer las comparaciones de fecha y más o menos en la misma fecha que Dios estaba en un monte revelándose a su pueblo, Egipto se consolidaba como potencia militar y religiosa a pesar de Israel. Salga a buscar la historia de Egipto y la salida de Israel no fue tan importante como se ve desde la perspectiva de Israel. Egipto siguió siendo Egipto, poderoso, grande. En el mismo momento que Dios estaba revelándose a Israel sobre un monte, Canaán ocupaba la tierra prometida y alcanzaba no solamente su punto de mayor desarrollo, sino su punto de mayor degeneración. Cuando otras naciones ya estaban desarrollándose, Israel todavía estaba en el monte recibiendo la ley. Asiria y Babilonia para la misma fecha se consolidaban, desarrollaban la cultura de las letras, los relatos, las epopeyas como la de Gilgamesh, el Enuma Elish, grandes relatos. Israel estaba esperando que bajara el profeta y que trajera la ley.
En India comenzaban los Vedas, en China la dinastía Shang con cantidad de inventos. En Mesoamérica, lo que hoy es México, por ahí estaban los olmecas haciendo una cabeza como de 3 metros. Hicieron 17 de esas, unos cabezones que hacían, hermano, como de 3 metros. Y en el mismo momento que los olmecas estaban haciendo sus cabezas, que todavía estamos haciendo grupos de estudio para ver qué es lo que significaban, Israel estaba recibiendo la ley. Quizás los olmecas tenían un desarrollo por encima del desarrollo que Israel tenía en ese momento. Lo que te estoy mostrando es que la grandeza del pueblo del Señor no era que era el pueblo más fuerte, no era que era el pueblo más grande, es que era el pueblo singular sobre el cual Dios puso su nombre.
¿Y qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos, como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?
— Deuteronomio 4:8
Hay gente que es más grande que ti en lo intelectual. Hay gente que tiene mejor patrimonio, hay gente que tiene mejores condiciones. Hay gente que tiene mejores casas, mejores cuerpos. Bueno, hay que admitirlo. Hay gente que le tocaron mejores cuerpos, desde lo funcional a lo estético. Hay cuerpo y hay cuerpo. Pero a ti te tocó que el Dios grande se reveló a ti. Amén. ¿Y cuál es nuestra grandeza? Que tenemos comunión con este Dios que es tan grande. ¿Y cuál es nuestra hermosura? Que Dios ha querido poner sobre nosotros su nombre. Esa es nuestra distinción.
Misericordioso y clemente es Jehová
Dice el ocho, y lo leo rápido, del ocho hacia adelante. Misericordioso y clemente es Jehová, lento para la ira y grande en misericordia. Israel conoció eso. No contenderá para siempre, ni para siempre guardará su enojo. No ha hecho con nosotros conforme a nuestras iniquidades. Y él está hablando corporativamente: ni nos ha pagado conforme a nuestros pecados. Porque como la altura de los cielos sobre la tierra engrandeció su misericordia sobre los que le temen. Tres figuras. La primera, como está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones. La segunda, como el padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen. Dice él, porque él conoce nuestra condición. ¿Cuán lejos está el oriente del occidente? Hizo alejar nuestras rebeliones. El Señor lo ha hecho. Israel debe alabarle no solamente por sus grandes obras, sino también por su misericordia. Que él es misericordioso y que él es clemente. Su carácter es la bondad y su disposición es escucharte. Nosotros no estamos sirviendo a un Dios que es solamente temible, estamos sirviendo a un Dios que se inclina y te escucha. Y ese temor reverente en nosotros, eso es lo que produce. Tú dices, «Es que yo sé que él tiene el poder para destruirme, pero eligió no destruirme, sino escucharme.» Cuando no me tocaba gracia, me dio gracia.
Del ámbito personal al cósmico
Esos versículos, del 19 al 22, nos superan. Pues David, después de haberse dicho a él mismo, «Alma mía,» y después de haberle recordado a Israel la misericordia, él dice, es que él es más grande. Él es más grande que yo y él es más grande que mi pueblo. Él está por encima de todos nosotros. Y él sale ahora de lo personal y corporativo y se va a lo cósmico, a lo universal. Él dice que Dios no es grande solamente para mí. Él no es grande solamente para Israel.
Dice el 19, Jehová estableció en los cielos su trono y su reino domina sobre todos. Ya él sale de lo privado, ya él sale de lo corporativo y se va a lo cósmico. Él dice que sobre todo él gobierna a los ángeles. Bendecid a Jehová vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra obedeciendo la voz de su precepto. Hermano, si los ángeles adoran al Señor, ¿qué vas a hacer tú? Si los astros existen para la manifestación de su gloria, ¿qué vas a hacer tú que eres polvo?
Dice que los ángeles… nosotros fuimos hechos un poco inferiores a los ángeles, pero que el Señor nos coronó de gloria. Nos coronó de gloria porque se reveló a nosotros. La dignidad de esta criatura hecha de polvo es que Dios, que es eterno, puso en nosotros su imagen y también nos adoptó en comunión. Esa es nuestra hermosura. Esta parte a mí me impresiona y también me alerta. Dios no necesita mi adoración. El ejército del cielo está disponible. Ay, no, porque es que si nosotros no le estamos adorando, las piedras van a hablar si hace falta. Y los ángeles son militares en su forma. Los ángeles no son como nosotros. Los ángeles cuando hacen las cosas las hacen militarmente. Dice, «Obedeciendo la voz de su precepto.» O sea, en su presencia hay querubines diciendo, «Santo, santo, santo.» Yo tengo que decirme, «Rafael Pérez, alaba a Jehová.» Los ángeles lo hacen de manera militar.
Cuando tú pienses que en este momento los astros, los ángeles y toda la creación está dando gloria al nombre del Señor, tú dices, «¿Qué hago yo pensando en mí mismo? ¿Y qué hago yo ensimismado? ¿Y qué hago yo distraído? ¿Y qué hago yo con este lenguaje corporal tan pobre? ¿Y qué hago yo con tan pocas palabras y tan pocos contenidos?» Él vuelve a decir al final, «Bendice, alma mía, a Jehová.»
El evangelio en el salmo
O sea, que él se lo dijo a sí mismo, después se lo dijo a Israel, después lo hizo a nivel cósmico y después terminó de nuevo en sí mismo. «Hey, bendice, alma mía, a Jehová.» Más de 20 razones para hacerlo. ¿Cómo se ve aquí el evangelio? Miren, el evangelio es la buena noticia de que Dios en Cristo ha provisto una salvación completa y una misericordia que es abundante. El evangelio es la buena noticia de que el Señor no solamente te salvó, sino que te salvó y al mismo tiempo puso el repuesto necesario de forma tal que él te va a seguir salvando. No veas tu salvación solamente como un momento donde el Señor te llamó. Mira tu salvación: el Señor llamó a Israel y le sacó de Egipto. Y en el camino el Señor le siguió salvando. Y cada vez que el Señor te siga salvando, síguele tú adorando y dile, «Señor, tú no solamente me salvaste por allá, sino que al día de hoy, en el tiempo presente, todavía yo necesito misericordia. Todavía tú sigues cubriendo mis iniquidades.» El evangelio no es solamente una noticia para un momento, es una noticia para la vida. Nosotros vivimos a la luz de esta verdad: que el mismo Dios que nos salvó continúa extendiendo su misericordia y que la única respuesta posible para la realidad del evangelio es nuestra adoración.
Hermano, tú no puedes pagar con nada lo que el Señor ha hecho por ti y sigue haciendo. Y si tú crees que ha sido mucha su misericordia, lo que falta todavía es más de quizás lo que tú has recibido. De forma tal que tú te lo vas a decir al principio y tú te lo vas a decir al final. Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguna de sus misericordias. Ante una gracia exuberante, la única respuesta posible es la alabanza. Un corazón así, un corazón que bendice, una boca que alaba y una vida que exalta los méritos de Dios.
El pueblo que ha sido salvado es el pueblo que debe bendecir su nombre. Bendice, alma mía, a Jehová. Oro por la iglesia para que el pueblo pueda sentir estas verdades, bañar con su experiencia la palabra y llenar el trono de la gracia de adoración. Oh.