Lectura del pasaje
Estén conmigo en el libro de Números en el capítulo 20. Es el libro de Números en el capítulo 20.
Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto de Sin, y acampó el pueblo en Cades. Y allí murió María y allí fue sepultada. Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón. Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: «Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová. ¿Por qué hiciste venir la congregación de Jehová a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestras bestias? ¿Y por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar? No es lugar de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas, ni aún de agua para beber.»
Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros. Y la gloria de Jehová apareció sobre ellos. Y habló Jehová a Moisés, diciendo: «Toma la vara y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias.»
Entonces Moisés tomó la vara de delante de Jehová, como él le mandó. Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo: «¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña?» Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación y sus bestias.
Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: «Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado.» Estas son las aguas de la rencilla, por las cuales contendieron los hijos de Israel contra Jehová, y él se santificó en ellos.
— Números 20:1-13
Cuarenta años después, el mismo punto de partida
Estamos ahora 40 años después de donde comenzamos. El pueblo de Israel se ha estado moviendo en sus jornadas por el desierto. Ya antes habían estado en este mismo lugar y ahora regresan al punto de inicio. 40 años después y en gran sentido, una generación después, Israel vuelve a sus pecados de siempre. La queja, la murmuración, el cuestionamiento abierto a sus líderes, y el Señor vuelve a hacer por Israel lo mismo que ha hecho siempre: darles agua, provisión y tierno cuidado. No se confundan, no estamos hablando del mismo relato.
Esta era otra generación 40 años después del éxodo. Era la generación que estaba por entrar a la tierra prometida. Y la generación que estaba por entrar a la tierra prometida seguía cometiendo los mismos pecados de la misma generación que había sido sacada de la esclavitud de Egipto. En este mismo punto, en este mismo desierto, Israel antes dudó de Dios y cuando estaban a punto de entrar a la tierra prometida, ellos no creyeron que iban a entrar y el Señor les castigó. Ahora Moisés se encuentra con el pueblo en el mismo punto y en este mismo punto vuelve a lidiar con las mismas cosas. En muchos sentidos los sucesos de este capítulo son una repetición, no porque se narre lo mismo, sino porque el pueblo vuelve a sus actitudes de siempre.
El momento emocional
Murmurar, dudar de Dios y cuestionar. Sin embargo, para Moisés sí era un hecho diferente. Moisés tampoco era el otro hombre. Este era un hombre distinto. Se esperaría que fuera un hombre maduro. 40 años después de los mismos episodios se esperaría que fuera un hombre ya viejo, entrado en años, quizás cansado de luchar con las mismas cosas y habiendo esperado durante 40 años para ver la tierra prometida.
El registro emocional de Moisés era otro. Ya no era este hombre que salió de Egipto con entusiasmo, sino que se esperaría que fuera un hombre que tuviera, por lo menos en lo emocional, algo desgastado. Comienza a perder sus seres queridos, muere María, su hermana. Tiempito después moriría Aarón y después también moriría él. El hecho parece el mismo, pero los personajes son diferentes. Algo que sucede cuando uno está exponiendo la escritura es que da saltos de años, de décadas, cientos de años, y pareciera la misma gente. Por ejemplo, Israel no es el mismo pueblo y Moisés no es el mismo líder.
Este momento para él debió ser especialmente agotador. Acababa de perder a su hermana. El pueblo no guarda luto, tampoco hay evidencia de que compartieran su dolor, y en medio de la tristeza lo que le traen es más murmuración. Hermano, yo quiero implicarte porque uno no peca en los momentos de paz, uno peca en los momentos de agotamiento. Te estoy preparando para mostrarte que Moisés no terminó deshonrando al Señor y golpeando dos veces la roca por curiosidad. Lo hizo por cansancio, lo hizo por estar agotado. 40 años caminando en un desierto, cualquiera llega un momento que pierde la paciencia.
Este relato tiene diferentes capas. Las escuelas bíblicas para niños solamente te van a mostrar que el hombre golpeó la roca. Yo quisiera que tú veas que el hombre acaba de perder a su hermana, que ya es un hombre viejo, que está cansado de lidiar con un pueblo y que se le siguen quejando de las mismas cosas. Llega un momento que uno mismo dice, «Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta dónde?» Y yo sé que el Señor es paciente, pero yo no tengo lo que tiene el Señor. Y yo sé que yo represento al Señor, pero yo no tengo esta paciencia que él tiene.
Yo me imagino que cuando Israel volvió a murmurar y el Señor no castigó a Israel, Moisés se debió haber sentido un poco desairado. Y de verdad que el Señor solamente le va a dar el agua y la tierra no se va a abrir, hermano. Perdónenme, no quiero yo ponerle la palabra, pero yo creo que al golpear la roca, Moisés estaba haciendo figuradamente lo que él entendía que Dios debía estar haciendo por el pueblo. Esto no puede ser tan sencillo como que se quejen, murmuren, no guarden el luto conmigo, yo vaya al Señor y el Señor les dé agua. Y eso es solamente: el Señor no les va a reprender. Son como varias capas.
Tus emociones no son pecado, pero te llevan a pecar
Primero, un momento emocional. Luego un pecado que aparentemente da resultado, pues el agua sale, y después una afrenta contra la santidad de Dios que tendremos que hacer un esfuerzo de explicar por qué el Señor se siente ofendido. De hecho, una lectura ligera pareciera que Israel pecó y se castigó a Moisés. No fui yo que murmuré. O sea, que ellos van a entrar y yo no. Estoy dando una vuelta larga, hermano, para implicarte en el relato. Pues esta es la justicia de Dios. Un pueblo completo murmura, el Señor le da agua, yo obedezco y me quedo fuera.
Y este es Moisés. Nosotros no somos Moisés conduciendo al pueblo hacia la tierra prometida, pero sí somos hombres y mujeres que buscamos cumplir el propósito de Dios en nuestras propias batallas. Quizás sacar hacia adelante una familia, quizás amar con paciencia, criar hijos, servir al Señor fielmente, el llamado de Dios sigue siendo el mismo. Y nuestro enemigo aquí no es el faraón y tampoco el pueblo. El enemigo somos nosotros mismos, nuestro ego, nuestro corazón, nuestro desfallecimiento. Ay, hermano, yo no puedo evitar que tú desfallezcas.
Ahora yo te puedo advertir que seas cuidadoso cuando te sientes especialmente cansado, debilitado y desesperado, porque en esos momentos es que probablemente perdemos el privilegio de entrar a la tierra prometida. Hablemos del momento emocional. Está nuevamente en el desierto de Sin. Allí conocí esa tierra. Llega un momento en la vida que uno dice, «¿Cuántas veces vamos a ver los mismos pedregalitos repetidos? ¿Cuántas veces las mismas vueltas? ¿Cuántas veces las mismas quejas? ¿Cuántas veces los mismos cuestionamientos?» Es como que tú tengas que repetir el curso, no una vez, sino 40 veces. Señor, ¿cuándo es que vamos a entrar? ¿Cuándo esta gente va a dejar de quejarse? Ey, Señor, por mucha agua que tú le des, tú le has dado agua ya cuatro veces y ellos siguen pidiendo más.
Una pérdida importante. ¿Quién era María para Moisés? Era su hermana. La hermana que le cuidó. ¿Recuerdan que en aquel momento cuando la mamá le puso en la canastita, en las aguas del Nilo, fue María que se quedó a la distancia para verlo? Era una muchacha vivaz, era una profetisa en Israel, era su hermana.
Y ahí es cuando se desproporciona, cuando tú estás viviendo tu dolor y la gente es indolente al respecto de tu sentimiento. Tú no sabes lo que yo estoy viviendo. «Ah, no, que deme lo que hay que darme.» Si tú te dieras cuenta de lo que yo estoy viviendo, al mismo tiempo reconocieras la superficialidad de lo que tú estás exigiendo. En este momento ustedes quieren agua, pero yo estoy llorando y Aarón también. Y Miriam, ¿qué significa para ustedes? Miriam y María es el mismo nombre. ¿Qué significa para ustedes María?
Paren el luto que tenemos. Hermano, colócate en la situación de Moisés. Tú acabas de tener una pérdida personal importante. Tú tienes los mismos 40 años que ellos. Y en este momento el pueblo vuelve a quejarse sobre ti y vuelve a demandarte a ti y vuelve a cuestionar tu liderazgo y te viene a acusar a ti de indolencia. Un pueblo indolente que es ingrato te está acusando a ti de indolencia.
Parece que te estoy provocando. Es que hay que colocarse en la situación emocional porque ahí es que uno deshonra al Señor. Ey, los momentos donde tú eres más vulnerable son los momentos donde tú tienes menos paciencia, son los momentos donde estás más cansado, son los momentos donde estás más frustrado. Que llega un momento que tú golpeas, no dos veces la roca y no las rocas, sino otras cosas.
No le pongo el texto, hermano, pero yo creo que no era la roca que él quería golpear. Hermano, tus emociones no son pecados, no son pecaminosas. No hay pecado en tu emoción, pero tus emociones te pueden llevar a pecar. El problema no es que tú tengas sentimiento, el problema es a dónde te van a llevar tus sentimientos. Yo no puedo evitar tener emociones. De hecho, el Señor me hizo a mí con emociones.
Ahora yo puedo evitar colocarme en la posición donde mis emociones me terminen dominando. Y si hay algo que se le podría criticar —como si nosotros pudiéramos hacerlo— a Moisés, es que Moisés era un hombre manso, pero al mismo tiempo un hombre de emociones profundas. Y por momentos se desesperaba a un punto tal que mataba al egipcio, rompía las tablas de la ley o golpeaba dos veces la piedra. Y tú dices, «Pero este hombre era manso.» Realmente manso. Sí, dice la escritura que era un hombre manso. Pero el mismo manso que mató un egipcio con sus manos, dominado por una emoción profunda, el mismo manso que descendiendo tomó las tablas de la ley que Dios había escrito con su propia mano y las rompió.
Y el Señor —no hay evidencia que se lo haya reclamado—, pero en este momento él no rompe la tabla de la ley, sino que golpea dos veces una piedra cuando debía hablarle, y el Señor se lo toma en cuenta. Hermano, cuidado con tus emociones porque llega un momento que tú te habitúas a obrar así y por temporadas el Señor podría no tomar en cuenta tu falta, pero te podrían evitar entrar en la tierra prometida. Tú me dices, hermano, después de romper las tablas de la ley con su propia mano, ¿qué era haber golpeado una roca dos veces? Las dos tablas las rompí yo. Pero Moisés, cuidado, que Dios está mirando.
Hermano, no quiero pastorearte al respecto de tus acciones. Quisiera pastorearte al respecto de tus sentimientos. Nuestros sentimientos importan, pues nos colocan en la situación de cometer acciones. Recuerda, no hay pecado en la emoción, sin embargo, tu emoción te lleva a actuar y en tu actuar hay pecado y el pecado tiene consecuencias y esas consecuencias permanecen. ¿Cuántas veces hemos querido devolver las palabras, pegar la ley, revivir al egipcio o alejarnos de la roca? Vas a tener la tentación de golpearla en vez de la necesidad de hablarle. ¿Cuántas consecuencias estamos viviendo nosotros hoy de momentos donde la emoción nos llevó a golpear lo que no había que golpear o romper lo que no había que romper? Y tú dices, «Yo no soy de plástico, yo soy de carne y hueso.» Yo sé, pero usted vive para la santidad de Dios, para la gloria de Dios. Usted está representando a Dios con sus acciones y tus emociones no te disculpan. Moisés no le puede decir al Señor, «Señor, tú sabes que se me acaba de morir María. Tú sabes.»
Es interesante que no hubo deliberación con relación al castigo. Moisés no le puede decir al Señor, «Señor, es que este pueblo me tiene desesperado. Se me acaba de morir mi hermana. Aarón ya también está de palo para leña y yo mismo me estoy muriendo y no he visto la tierra prometida.» No hay argumento. Lo que hay es decreto desde el cielo. Y el decreto desde el cielo es: no entrarás en la tierra prometida. El momento donde tú puedes cuidar el asunto es hoy, cuando todavía está a nivel de emoción y sentimiento.
Cuida tu emoción: pensamientos cautivos a Cristo
¿Cuáles son estas emociones? El duelo, la ira, la consternación, la vergüenza, el cansancio. ¿Cuándo es que eres más vulnerable? Cuando estás cansado. Ey, por momentos las cosas más santas que tú puedes hacer es no salir de tu casa si tú puedes. El martes pasado yo me devolví reverentemente.
No, reverentemente, hermano, pues estaba cansado, probablemente iba a hacer más daño que bien. Y yo creo que en mi casa guardado con la puerta cerrada pude glorificar al Señor mejor que estando en la esfera pública. Hay momentos donde usted tiene que quedarse callado, quedarse encerrado, no salir o no hablar, pues usted es débil, como débil era Moisés. Que te libre el Señor de matar a un egipcio, de romper la ley o de golpear dos veces la roca. Hay santidad en eso. Hay momentos que tú no estás para la gente. Reúnanse ustedes que yo no estoy todavía listo.
De hecho, me puedo desproporcionar. Me estaban invitando a una reunión los días pasados. Fue una reunión donde a mí frecuentemente me gusta ir, pero yo sé que es una reunión exigente en lo emocional, pues tengo que guardar silencio y hasta guardar los gestos, porque recuerden que hay rostros que hablan. Entonces, cuando tú tienes un rostro con subtítulo, tú en medio de una reunión donde la gente te pregunta cosas y tú estás hablando y los ojos hablando, y yo le dije a un amigo querido, «Mira, esa reunión no es necesaria y yo creo que esta yo me la puedo saltar.» Y tú te quedas. Recuerda, tu emoción no es pecaminosa, pero tus emociones te llevan a actuar y las acciones sí son pecaminosas y tienen consecuencias.
Y las emociones se pueden devolver, las consecuencias no. Porque tú sentirte dispuesto o no dispuesto, alegre o no alegre, ese asunto baja y sube. Ahora, las consecuencias son las consecuencias, no son negociables. No hay atenuante para esto. Cuando estás así, te permites libertades que en otro estado emocional tú no te concedieras. Hay cosas que tú no dirías, pero cuando te sientes exigido, te sientes en el derecho de decirlo. Hay un fragor ahí que tú sientes cuando algo se va calentando y eso va subiendo y eso va subiendo. Llega un momento que tú te apartas porque tú no confías en ti mismo. Tú sabes que tú eres mecha corta. Tú sabes que con facilidad ya entraste a romper lo que no has debido romper y es mejor apartarse. Estoy hablando de mí, hermano. Manéjate tú.
Los grandes errores de mi vida son esos. O sea, ese dejarme envolver en ese fragor, en ese fragor, en ese fragor y después lo hago como un cuento y me río, pero las consecuencias están ahí. Ese momento donde te desproporcionaste, ese momento donde no guardaste silencio, ese momento donde no retuviste las manos. Cuida tu emoción, cuida la emoción del triunfalismo, cuida la emoción del decaimiento. Cuando tú estás en luto, estás en luto. Y cuando tú estás muy alegre, también tú estás muy alegre y tú sabes que esa alegría te podría llevar a otras cosas. Entonces, hay que saber tener mayordomía de la emoción y el sentimiento para no terminar pecando, porque los pecados tienen consecuencias. Y un hombre como Moisés tuvo consecuencias.
A veces tú estás haciendo unos soliloquios pecaminosos, peligrosos. Eso todavía no es pecado, pero termina ya. Y tú te das cuenta cuando estás en tu soledad cavilando cosas que no debes cavilar. Y ahí es que uno va a Filipenses.
Todo lo verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre: si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad.
— Filipenses 4:8
Todo lo verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo que es de buen nombre, si hay virtud alguna, si algo es digno de alabanza, en esto pensad, pues. Por donde van tus pensamientos terminarán yendo tus acciones y por donde van tus acciones van tus consecuencias. Amén. Y tú te lo repites de nuevo. Todo lo justo, todo verdadero. Yo no quiero cavilar la mentira, no quiero cavilar el error, yo quiero cavilar la verdad.
Amén. Bueno, tú no siempre vas a tener alguien para que te pastoree. Hay que hacer esta disciplina. Uno pastorea su corazón. Amén. Y decirle, «Rafael Pérez, no te vuelvas loco, estate tranquilo. Por ahí no dejes de estar pensando en ese asunto, que por ahí no se llega. Matas al egipcio, rompes las tablas de la ley y terminas golpeando dos veces la roca y pierdes el privilegio de entrar a la tierra prometida.» En esos momentos tú justificas actos que no tienen asidero alguno. ¿Has visto eso? Él me dijo, ella me dijo y yo le respondí, pero que yo tuve que responderle. Y así, hermano, tú te has encontrado a ti mismo pensando, tirando brinquitos y para acá no. Y yo, ¿qué es lo que pasó? Pues después ya vas en tres caminos, en tres esquinas de camino. «Yo debía haberle dicho tal cosa.» Gente hasta se devuelve: «También esto y lo otro y los otros.»
En nuestra carne, golpear dos veces la roca hace que se libere algo así como un alivio. Tú te sientes tan bien. Yo veía a Moisés ahí y por momentos decía, «Wow, eso se siente tan chulo. Un pueblo entero ahí.» Tú decirle así, «Dale con la vara.» Es que esa vara significaba algo. Es que tú significas algo y ese pueblo significa algo. De forma tal que esto no es un juego. Tú no puedes estar actuando como si tú fueras libre. Tú estás representando al Señor en tus acciones. No es Moisés que está hablando, es el representante del Señor.
Y llega un momento que tú tienes que agarrar tu pensamiento y llevarlo cautivo, como dice la escritura, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios. Frecuentemente esa altivez está en tu propio corazón y el argumento está en ti. Tú te das cuenta que tú estás caminando y quieres madurar los caminos del Señor cuando tú estás en un pleito abierto contra ti mismo y tú estás derribando tu propio argumento y tú dices, «Yo sé que yo quiero decirme que eso es así, pero yo en Cristo sé que eso no es así. Todo lo justo, todo lo verdadero, todo lo que tenga buen nombre, virtud alguna, en esto pensad.» Y tú agarras el versículo, hermano, y te lo predicas a ti mismo derribando argumento, toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo. Yo sé que estoy loco por darle y mi pensamiento hace rato que le dio.
Yo sé, hermano, que tú eres violento. Tú eres violento. Sé que hace rato que tú lo enterraste, pero llegó el versículo: llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo. En mi propio hombre, en mi vuelta anterior y mi jornada antigua yo lo hubiese hecho, pero en este momento llevo cautivo a la obediencia de Cristo todo pensamiento. No lo figure, hermano, que si lo figura lo va a hacer. Y si lo hace, el Señor te lo tomará en cuenta. Antes de que las cosas lleguen a tu mano, llegan primero a tu mente, a tu corazón. Tú interiorizas, lo disfrutas. No lo disfrutes. Sí, porque tú dices, «No, yo no he matado ningún egipcio.» Yo sé que no lo has matado con tus manos, pero esa película, hermano, eso es clasificación C, esa película que tú tienes en tu mente, en tu corazón, eso no da para gente que nació de nuevo. Eso no debe proyectarlo. Demasiada violencia, demasiada.
Hermano, recuerda, el momento emocional es ese. Estamos nuevamente en el mismo punto de partida. Has tenido una pérdida personal importante. Aquí hay una transición generacional. Esa gente ya no es la misma gente. Dice, «Pero yo estaba esperando que nacieran los muchachos nuevos y estos son los nuevos y es más de lo mismo. Esa misma lucha la cogí yo con el papá tuyo y ahora la voy a tener también contigo. 40 años esperando que se levante una generación nueva, se levante una generación buena y vuelvan a hacerme lo mismo que hicieron en las aguas amargas de Mara.» Es que eso somos los seres humanos. Este mundo de pecado, de injusticia y de maldad está lleno de decepciones, está lleno de pecado. Y el que está esperando de que pase el tiempo para vivir mejor, está perdiendo el tiempo. Tú piensas de manera diferente.
Un pecado que parece dar resultado
Después él comete un pecado que parece que da resultado. Interesante, hermano. A mí me sorprende de esto: que salió el agua y salió mucha agua. Él no golpeó la roca y la roca se quedó seca, sino que golpeó la roca y de la roca salió agua. Y si de la roca salió agua, fue porque el Señor sacó agua de la roca. O sea, que el Señor concedió el milagro y condenó el instrumento. Oh, sí. Yo voy a hacer milagro, le voy a dar el agua al pueblo y a ti te voy a castigar.
Casi cada pecado que se comete en esta tierra resulta. La gente piensa que el pecado siempre fracasa. Casi cada pecado que se comete en esta tierra, aunque sea temporalmente, resulta. Tú lo hiciste y te fue bien, pero tú sabes que eso no debías hacerlo. No, no era lo que debía hacerse, pero ya lo hice y me fue bien. Es interesante que desde el cielo nadie habló. El pueblo no se dio cuenta que el Señor había condenado el pecado de Moisés y el de Aarón, pero el Señor se lo tomó en cuenta.
Recuerda el meme, hermano. ¿Se te quitó o no se te quitó la falla? ¿Salió o no salió el agua? El agua salió, ¿puedo no estar de acuerdo? No, a veces el Señor hace que el agua salga y no está de acuerdo. De forma tal que el pragmatismo y la funcionalidad no pueden ser nuestro testimonio. «Pero funcionó.»
Si funcionó, que el Señor está con nosotros. Eso está funcionando hace rato y probablemente siga funcionando y el Señor no te está aprobando. El espíritu de nuestra era es que las cosas son verdaderas o falsas siempre y cuando las cosas funcionen o no funcionen. Y si algo es popular, si algo es elaborado, si algo es muy seguido, muy difundido, parece que eso es verdad. Hay cantidad de agua que sale de cantidad de piedra que el Señor no está de acuerdo en cómo fue sacada esa agua.
Y la gente me dice, «Pero eso funcionó, pastor. Yo lo hice, no como usted me decía que Dios dice que se haga. Yo lo hice a la manera mía, pero parece que el Señor está de acuerdo porque míralo ahí.» Hermano, hay algo en el pecado que es peligrosísimo y es que el Señor no siempre te interrumpe en vivo, a veces lo hace en diferido. Y lo que tú entendías que era un jonrón por los 400, después te das cuenta, hermano, que te ponchaste y no solamente te sacaron de la primera, sino que te sacaron del juego, del play, y que ya no van ni siquiera a jugar béisbol. «Pero yo, mira, yo tengo el resultado, me está yendo bien, hermano.» Los pecadores estamos llenos de resultado. No quiero llenarlo de referencias. Pero cuando David pecó con Betsabé esa semana, hermano, yo creo que él hasta atesoró ese pecado y él pensaba, «Su marido no lo supo, nadie parece que se dio mucha cuenta, esto está bien.» De hecho, quizás ya estaba poniendo su calendario para repetirlo, pero el Señor lo vio. Que el Señor no te interrumpa en el momento no significa que el Señor te esté aprobando. De forma tal que nuestras emociones, nuestros actos, nuestras decisiones tienen consecuencias, pero no siempre las consecuencias están en el momento.
Escuchen lo que aquí ocurrió. Le dice el Señor —en el versículo 8—, «Toma la vara. Reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos.» El Señor quería que el milagro sucediera mientras Moisés hablaba delante del pueblo. ¿Para qué? Para que el pueblo entendiera que Dios, milagrosa y providencialmente, le había dado agua. No Moisés.
La gente dice, «¿Qué es lo que eso tiene de malo?» Ahí es que tú te das cuenta, por ahí va el camino, el camino del ingenuo. ¿Y qué eso tiene de malo? De malo tiene tu actitud, de malo tiene tu ira, de malo tiene tu emoción desproporcionada y también de malo tiene que no fuiste preciso al cumplir el mandamiento. Pero salió el agua.
La euforia del milagro pudo haber disculpado el asunto. El pueblo entero estaba contento. Ya bebimos agua. Hasta Moisés bebió agua. Esto es más que agua, hermano. Dice, «Y salieron muchas aguas.»
Reflexiona ahí un poco, hermano, al respecto de tus decisiones. Recuerda, tus decisiones no siempre tienen una consecuencia inmediata o pública. Yo le temo al pecado público, pero en lo privado el Señor está mirando y él condena en lo privado. Y hay cosas que uno no sabe ni por qué ocurrieron. Es que el Señor estaba mirando el corazón. Él no necesitó difundir la idea entre el pueblo de que Moisés no iba a entrar. Todavía el pueblo quizás entendía que Moisés iba con ellos, pero ya el Señor le habló a Moisés y Aarón y le dijo que no, que había condenado su pecado.
El juicio silencioso de Dios
A veces el Señor confronta en privado, a veces hace un juicio silencioso. Yo le tengo miedo a ese juicio silencioso del Señor. Tú creer que te la estás comiendo delante de Dios —figuradamente hablando— y que el Señor tenga una imagen negativa de lo que tú acabas de hacer y tú no lo sabes.
Recuerda, eso es David pecando con Betsabé y el Señor haciendo un juicio silencioso. Eso es Acab celebrando que le quitó la viña a Nabot y Jezabel diciéndole, «Eso es tuyo, está listo. Resolvió el problema.» Y el Señor ya está llamando al profeta para que vaya a reprenderlo. Y el profeta no ha llegado, pero ya el juicio en la presencia del Señor sucedió.
Son los hijos de Elí que el Señor toleró durante años en un juicio silencioso. Y a su momento entonces el Señor intervino. Juicio silencioso. Yo te pregunto, hermano, ¿qué tú prefieres? Tú prefieres el castigo público, la confrontación privada, el juicio silencioso. Mirándolo ahí en perspectiva, hermano, pareciera que la confrontación pública inmediata es mejor que el juicio silencioso, porque temprano, por lo menos tú subes la mano y pides misericordia.
La desobediencia: hablar al pueblo en vez de a la roca
¿Cuál fue el asunto aquí? El asunto aquí fue desobediencia. Sin embargo, a causa de nuestra propia maldad, luchamos con ver qué es lo que aquí está sucediendo. Lo que aquí está sucediendo se llama desobediencia. Y es que el Señor les dijo que hicieran una cosa y en su ira, en su emoción interna, él terminó haciendo otra.
¿Cuál fue el mandamiento? Hablad a la peña. Es interesante aquí que Moisés se muestra como un hombre enérgico, resuelto. Yo recuerdo a Moisés los primeros años que era dubitativo, temeroso. Aarón tenía que hablar por él. Ahora él habla. Oh, wow. Parece que maduró. Hermano, ten cuidado con tu madurez, porque en tu madurez probablemente tú te concedes cosas que anteriormente no te las concedías. Y lo que anteriormente tú no hacías, ahora haces. En la confianza es que está el peligro. «Yo tengo 40 años lidiando con esto. Yo sé cómo se hace.»
No, tú no sabes cómo se hace. El Señor te dijo que le hablaras a la roca. Háblale. ¿Qué es lo que él hace? Él no le habla a la roca, sino que le habla al pueblo para reprenderle. A ti no te mandaron a reprender al pueblo. Que la verdad es que desahogarse con la roca no es tan estimulante como decirle tres cosas al pueblo.
Yo me pongo —hermano, ahora defiendo yo a Moisés—. Yo he estado en situaciones donde yo sé que mi palabra no va a marcar la diferencia, que es un simple desahogo, que el otro va a agarrar eso y lo va a tirar por allá. Pero yo me siento en la necesidad de decírselo. Yo digo, «¿Para qué se lo voy a decir? Si yo sé que mi palabra sobra, ¿por qué?» Porque ese desahogo da un gutico.
Es como decirlo. A Moisés no le mandaron a reprender al pueblo, pero él entendía que el pueblo necesitaba una reprensión. Pero el pueblo no es tuyo, es el pueblo del Señor. «Pero el pueblo merece la reprensión.» Yo sé, pero el Señor no te mandó a reprender al pueblo, te mandó a que le hablaras a la roca para el Señor darle agua. Es que el Señor no hace las cosas cuando tú entiendes, cuando tu emoción manda. Tú has visto un segundo que siempre quiere que el jefe tenga la mano dura. «Don, usted lo que debe hacer es lo otro.» Estate tranquilo que él hace lo que él quiere hacer. Tú eres un segundo. «No, como él no se lo dijo, déjame decírtelo yo.» Moisés, estate tranquilo que el pueblo no es tuyo.
El Señor le dijo que le hablara a la roca y él le habla al pueblo. El Señor le dice que le dé agua al pueblo para manifestar su benevolencia, su gracia, su carácter. Él reprende al pueblo. Él le reprende duro. Dice el versículo 10, «Oíd, rebeldes.»
Un protagonismo peligroso
Y tú me dices, «¿Se lo merecen o no se lo merecen?» Se lo merecen, pero no se lo digas tú. Ese es el dilema: se lo merecían, se lo merecían, pero no es eso lo que te mandaron a hacer.
Lidiar con el pueblo del Señor tiene una dignidad particular. Y es que los líderes siempre somos tenidos como muy duros o muy laxos, pero es que el pueblo no es de nosotros. Y si el Señor quisiera reprenderle, le reprende. Y si el Señor quisiera consumirle, le consume. Y si el Señor quisiera hacer un hoyo y que se lo trague la tierra, como se tragó 250 hombres en la rebelión de Coré, lo hace. El que no debo hacerlo soy yo, a menos que el Señor me mande.
El Señor le dijo que le hable a la roca y él habló al pueblo y reprendió al pueblo. «Oíd ahora, rebeldes.» Hermano, ese nivel de protagonismo es peligroso, porque si Moisés le hubiera hablado a la piedra para que Dios hiciera lo que iba a hacer, Moisés no se ve tanto. Pero en este momento él se sube en una plataforma y alcanza una importancia que no debía de tener nunca y un protagonismo que no le corresponde. Ya el problema no es entre el pueblo y Dios, sino que es entre Moisés, Aarón y el pueblo. Y en sus palabras se siente que hay hasta ostentación: «¿Os hemos de hacer salir agua de esta peña?» Yo estando ahí le digo, «No, ¿y quién eres tú?»
La dinámica en esto es que no es Moisés que va a hacer un milagro, pero él se colocó en la posición de que pareciera que él iba a hacer un milagro, y al golpear dos veces la roca pareciera que fue Moisés que sacó el agua. Pan, pan y ahí está el agua. Yo me imagino, hermano, así como yo me lo vengo imaginando. Moisés, no eres tú, no es tu fuerza, no son tus palabras. El Señor es el que quiere darle agua a su pueblo, a la manera del Señor, no a la manera tuya, hermano. Lo más fuerte es que salió agua y salió mucha. Señor, si tú no estabas agradado en que esto sucediera, ¿por qué permites que salga el agua? Y así como tú no entiendes cómo el Señor le da agua a un pueblo murmurador, tú tampoco vas a entender cómo el Señor utiliza un hombre desobediente como Moisés y Aarón para hacer el milagro. Ahora, lo que tú debes recordar es que Dios te use para hacer algo no significa que Dios te esté aprobando.
Y en esta tierra hay cantidad de piedras de las cuales hoy están saliendo agua que yo no tengo explicación de por qué esa agua sale de esa fuente. Y la gente quiere que yo vaya a tapar la piedra. Dicen, «Ve y tápala para que no salga el agua.» Ay, hermano, si el Señor quiso sacar agua de esa piedra, que la siga sacando a borbotones. Ahora, que el Señor te utilice a ti para sacar agua de una piedra no significa que el Señor te esté aprobando a ti. Está muy figurado, hermano. Se entendió el asunto. Uno ve todos los días cosas que uno sabe que no están bien, pero el agua está saliendo, y alguien dice, «No, eso no es agua lo que de ahí sale.» Sorpréndase que es agua.
El pragmatismo no es nuestro camino
El Señor utiliza instrumentos que yo mismo me rompo la cabeza. Y hay gente: «Explícame cómo de ahí sale el agua.» ¿Y quién soy yo para dar explicaciones? Hoy tú sabes que el Señor es soberano y que su providencia hace cosas que son como levantar una serpiente. Escuchen, una serpiente fue levantada en el desierto y cuando el pueblo miraba la serpiente tenía salud. Yo digo, «Pero la serpiente, ¿y por qué la serpiente?» Hermano, no trate usted de explicar las cosas que ocurren en esta tierra, que usted no tiene esa capacidad. Ahora cuide usted su corazón y hágalo a la manera del Señor, porque a usted el Señor se lo condenará.
Interesante: esa gente entró y Moisés no. ¿Me pongo yo de juez para decir si eso es bíblico o no es bíblico? Bíblico no es, pero de que hay fruto, hay fruto. Edad tiene, pregúntenle a él. ¿Y por qué me traen a mí el problema?
Recuerden, la practicidad y el pragmatismo. Si eso funciona, es verdad. Cada vez que hay un maestro prudente que quiere advertir sobre algún desorden, aparece el argumento de los números. «Pero si eso no es bíblico…» «Porque eso tiene millones de visitas.» Pero mira ahí, y después te dice, «Sí, tú tienes razón, tú estás seco, pero mira el charco tan grande que hay aquí y mira el poco de agua que hay allá. Si el Señor saca más agua por aquí que por allá, entonces el Señor está aquí y no allá.» Hermano, no se lleve de eso que el Señor hace cosas que son grandes y misteriosas.
Ahora, el argumento de la funcionalidad, el pragmatismo, no es nuestro camino. Si el Señor mandó a que se hable, se habla. Y cuando el Señor le manda a darle un golpe, dele uno. Y si el Señor le manda a darle tres, dele tres. Ahora, si el Señor no te mandó a golpear la roca, aléjate de la roca. Aléjate, aléjate, que tus manos no lleguen, porque tú vas a tener la tentación de golpear la roca.
Una afrenta contra la santidad de Dios
Del versículo 12 al 13, hay una afrenta contra la santidad de Dios. Escucha el término. El Señor no le dijo solamente que desobedecieron, sino que pecaron contra la santidad de Dios.
Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón: «Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado.»
— Números 20:12
Dice el 12. «Y Jehová dijo a Moisés y a Aarón» —wow, a ellos dos solamente. Todo el mundo bebiendo agua, saciado y todas las cosas. Déjenme hablar con ustedes dos solamente—. Interesante, hermano, que el Señor no se desproporciona. Moisés acaba de golpear la roca con ira. Y el Señor lo acaba de sacar de la tierra prometida y no se ve en él ni rayo, ni fuego, nada parecido. Un decreto, un memo. «Ey, sepan ustedes dos, mi estimado, saludos cordiales.»
«Y Jehová dijo a Moisés y Aarón: Por cuanto no creísteis en mí para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado.» Es cuanto. Y ya, la gente siempre está esperando el castigo de Dios como asunto dramático, porque el ser humano siempre anda buscando tener protagonismo y espera que si el Señor te va a castigar, como que te va a castigar y va a poner primero el foco en ti. «Ey, todo el mundo que deje de beber agua que en este momento tengo algo que decir. El foco en ti.» No. Moisés, Aarón, a ellos parece que el Señor le habló a su corazón o a sus oídos, pero a ellos dos solamente, y con poca palabra, hermano, le quitó el sueño de 40 años.
Y ahí yo sé que van a venir ustedes: «Ay, Señor, déjalo entrar.» Nombre, Señor. Eso fue un momento. Ey, Moisés y Aarón, es que ustedes representan algo los dos y me están representando.
Mayor conocimiento, mayor responsabilidad
El mismo Señor que soportó el pecado del pueblo ahora condena a Moisés y Aarón. Y es que un mayor nivel de conocimiento y experiencia con Dios aumenta tu nivel de responsabilidad ante Dios. Tú estás cuidando de un pueblo que probablemente en muchos sentidos es un pueblo ignorante, pero tú no eres ignorante. Tú no debiste comportarte a la altura del pueblo. Tú debiste elevar al pueblo y tú sí me conoces. Y yo acabo de verte en el santuario y te cubrí.
De forma tal que tú no puedes disculparte. La satisfacción de estar en la presencia de Dios debió menguar en ti esa ira y ese desazón que había en tu alma. Y es verdad, hermano, a veces tú puedes estar con una profunda ira, pero tú vas a la presencia del Señor y tú ves el privilegio que es tener acceso a la presencia del Señor y algo en ti cambia. Tú dices, «Ya eso no se ve igual.» De hecho, cuando tú acabas de ver la santidad de Dios, la gloria de Dios, y escuchar a Dios que te está hablando a ti, tú no podrías escudarte en que el pueblo es incrédulo, que está murmurando. Cuando tú ves la santidad de Dios, tú deberías entender que ese pueblo es bueno o es malo, pero el Señor mandó hacerlo y hazlo y ya.
Recuerda, hermano, no confíes en tu madurez, no confíes en tu sabiduría, no confíes en tus 40 años. En cuanto al cuidado de la santidad de Dios, sé siempre novato. A mí me gusta la gente que trabaja con electricidad porque son de los oficios donde la gente se va volviendo progresivamente sabia. Y cuando tú estás entrando al mundo eléctrico, probablemente tomaste la electricidad como juego, pero cuando tú ves que ya cayeron dos, cayeron tres, que la tierra se tragó a 250, que a María en un momento el Señor le llegó lepra por cuestionar… Moisés, tranquilo, madura, entiende que Dios es preciso, riguroso y que espera que sea santificado delante de su pueblo.
¿Qué significa santificar a Dios?
Dice él, «Por cuanto no crees en mí para santificarme.» ¿Y por qué santificarme? ¿Qué tiene que ver la santidad de Dios con esta desobediencia? Lo anoté, hermano, porque las palabras a veces traicionan y es un tema delicado, es la santidad de Dios. Mira, la santidad de Dios es más que la ausencia de pecado. Él tiene este atributo de impecabilidad. Dios no puede contaminarse. Él no puede pecar.
Cuando decimos que Dios es santo, no solamente estamos diciendo que él está ausente de pecado, ausente de mácula, ausente de daño. Estamos diciendo mucho más. Pues eso es obvio. Cuando decimos que Dios es santo, no solamente estamos diciendo que en él no hay pecado, que en él no hay maldad. Estamos hablando de que él es completamente distinto a cualquiera de nosotros. Cuando tú dices que Dios es santo, tú lo que estás diciendo es que él está en un nivel de particularidad, de singularidad, que Dios no puede ser comparado a ningún ser humano. De forma tal que Dios no piensa como nosotros pensamos. Él no actúa como nosotros actuamos, ni tiene nuestro carácter.
Moisés y Aarón fallaron al no santificar a Dios porque actuaron como si su ira personal y sus palabras humanas pudieran expresar correctamente el carácter divino. Dios no fue bien presentado o bien representado por sus líderes delante de su pueblo. Al golpear la roca, en vez de hablarle, ellos hicieron ver a Dios como si Dios fuera impulsivo, como si estuviera airado, cuando en realidad él quería mostrarse santo, paciente y fiel delante de su pueblo. Ese drama de palabra de condenación no era lo que Dios quería hacer.
Dios quería mostrarse como él realmente es, cómo él se mostró reiteradamente delante de Israel con paciencia, con provisión, que no devuelve mal por mal, porque ese es Dios. Pero adentro nosotros nos resistimos a la idea de que puede existir un ser que sea así, un ser que sea paciente, un ser que no sea voluble. Si Dios cedió y le va a dar agua, ¿cómo va a ser que aquí no se va a dar ni siquiera un grito? Dos veces hay que darle a la piedra para que el pueblo entienda. Dios no quería que lo vean así.
Su pecado no fue simplemente desobediencia en el nivel técnico, sino una mala representación del carácter de Dios delante de Israel. Dios quería glorificarse y ellos hicieron que el foco estuviera en ellos. ¿Qué era lo que el Señor quería hacer? Aparentemente mostrarle a Israel que la murmuración del pueblo no impedía que le diera agua. Ahora yo te pregunto, ¿tú tienes problema alguno? ¿Tú tienes algún problema en que el Señor le dé agua al que murmura?
¿O quizás tú crees que hay que darle un pequeño discurso? Hay hermanos míos que cuando ven que alguien es salvo, cuestionan la salvación. «No, si él es salvo, él debería darle tres vueltas al play para que entonces podamos ver.» Hermano, si el Señor le salvó, le salvó. No hay que dar un discurso, no hay que golpear la roca, eso es gracia. Representar bien a Dios es santificarle delante de su pueblo.
Representar bien a Dios es santificarle
Y nosotros mismos hoy podríamos cometer el mismo pecado de afrentar la santidad de Dios. Recuerda, Moisés y Aarón fueron investidos de una autoridad por Dios. Desde sus vestimentas particulares hasta la manera de vivir particular anunciaba que ellos tenían un rol singular ante el pueblo. De forma tal que cuando Aarón y Moisés estaban hablando, Dios estaba hablando al pueblo, y como ellos actuaran, el pueblo iba a conocer a Dios a través del accionar de ellos. Y si el pueblo entendía que Dios era violento, entonces Dios iba a parecerse a los dioses de los cananeos, de los amorreos, dioses volubles.
¿Cómo podemos hacerlo nosotros? Cada vez que tú tratas las cosas de Dios como cosas comunes, estás fallando contra la santidad de Dios. Cada vez que tú adoras a Dios como si Dios fuera igual, estás disminuyendo la gloria de Dios. ¿Recuerdan a Uza? Predicábamos de Uza en días pasados y cómo el Señor condenó el pecado de Uza. Él intentó que agarrando el arca él podría hacerlo y el Señor le cortó en el momento. Es que Dios es santo. Cada vez que tú desarrollas tu ministerio como si fueran cosas normales, estás fallando contra la santidad de Dios. Hay algo en el accionar del pueblo de Dios que debería anunciar que detrás de nosotros alguien más grande que nosotros está siendo representado.
Vivimos en tiempos, hermano, donde la gente que representa instituciones como que ha perdido la dignidad. Pero anteriormente usted veía una persona que encabezaba una institución, esa persona tenía un decoro, esa persona tenía un porte que anunciaba que estaba representando la institución, de forma tal que empresarios, gobernantes, embajadores tenían un trato y un porte porque ellos entendían que tenían que representar a la institución que estaban encabezando. El espíritu de nuestros días es que la gente actúa como actúa y que el otro es el otro. Cuando tú estás representando a Cristo, tú deberías actuar como que su nombre ha sido puesto sobre nosotros. Y cada vez que tú te llamas públicamente como un cristiano, pero tú vives de una manera desordenada, donde Dios no está siendo representado en tu manera de vivir, estás pecando contra la santidad del Dios que puso sobre ti su nombre. Moisés, Aarón, ustedes no son parte del pueblo común. Ustedes son hombres singulares, pues están representándome a mí delante del pueblo. Me están santificando, están trayendo gloria para mi precioso nombre, de forma tal que no tienen libertad de actuar como ustedes entienden.
Cada vez, hermano, que tú pones el enfoque en ti de manera desproporcionada, estás fallando contra la santidad de Dios. Eso frecuentemente ocurre con desavenencias, con problemas, con discordancia dentro del pueblo del Señor, que la gente se da el permiso de dejarse llevar y permitir que se trate de ellos y no de Dios. ¿Ha visto ese hermano que siente que hay algo, pero él quiere que ahora paremos toda la adoración, todo el programa de la iglesia del Señor porque yo no me siento bien? Yo digo, hermano, ¿realmente tú importas tanto? Yo después te pregunto, ¿realmente tú quieres tener el foco sobre ti? Hermano, de verdad, ¿tú eres tan importante que tú entiendes que podemos suspender el culto cristiano que se da para la gloria de un Dios tan grande para que nos dediquemos a resolver los pequeños conflictos de tu corazón?
Cada vez que nosotros fallamos al representar a Dios correctamente delante de su pueblo o al hacer que la gloria de Dios esté siendo resguardada, estamos fallando contra la santidad de Dios. Alguien dirá, «No es mucho.» Solamente un poquito de gloria. Tan solo un poco, hermano. Tan solo un poquito de atención innecesaria que estás trayendo sobre ti. Estás haciendo que la santidad de Dios se encuentre afectada.
El evangelio en este texto
¿Cómo se ve el evangelio en estos textos? Hermano, el evangelio es la buena noticia de que Dios ha provisto en Cristo todo lo que su pueblo necesita. No porque el pueblo sea bueno, sino porque bueno es él. Amén.
El evangelio es buena noticia porque en el evangelio nosotros hemos encontrado en Cristo lo que realmente necesitamos para nuestra subsistencia. Y no es porque lo hayamos pedido de la manera apropiada, sino porque Dios es bueno. Así como Israel bebió agua, no porque lo pidiera de la manera correcta, sino porque Dios amó primero a Israel antes que Israel pudiera actuar. Lo mismo es el evangelio. El evangelio es la buena noticia de que nosotros hemos sido provistos en Cristo, amados en Cristo, aún antes de que nosotros pudiéramos pedir las cosas correctamente.
¿Cómo se ve el evangelio? El evangelio no necesita nuestra estridencia, no necesita nuestros golpes. Es más, el evangelio no necesita ni siquiera nuestras reprensiones. Hay gente que se ha habituado a que el predicador como que lo haga sentir en exceso culpable, responsable, para que pueda ser salvado. Y Moisés no tiene que golpear la piedra ni siquiera una vez para que el Señor quiera amarte en Cristo de la manera que él en Cristo puede amarte. Al evangelio no le hacen falta esas estridencias. No hay que poner, hermano, más drama del drama que sucedió en la cruz del calvario. El evangelio es una buena noticia porque nosotros solamente podemos proclamarlo en nombre de Cristo en la manera en que Cristo nos mandó a proclamarlo. Y cada vez que usted intenta ponerle al evangelio un poco más o un poco menos, está restando la santidad de Dios.
El evangelio es glorioso porque un pueblo pecador entrará en la tierra prometida. El evangelio es glorioso porque el pueblo que no merecía entrar terminó entrando. El evangelio es glorioso porque el Señor no nos ha dado según nos corresponda, sino que nos ha dado en Cristo más abundantemente de cualquier cosa que nosotros pudiéramos pensar. Solamente por su santidad y por su gracia. Amén. En el evangelio, Dios es ampliamente glorificado, pues no depende de Moisés, no depende de Aarón ni de ninguno de nosotros, depende de la gracia de Dios y su buena disposición para con su pueblo. Oro por la iglesia para que la iglesia pueda saber cuándo guardar silencio y que represente a Cristo adecuadamente.