Mensaje

Cuando Dios nos dio su ley

Éxodo 19

Lectura de Éxodo 19

Pues si hemos cantado, cuán grande es él, yo quisiera que leamos hoy qué grande es nuestro Dios. Es Éxodo en el capítulo 19 para ver en esta porción de la escritura aquel momento glorioso cuando Dios nos dio su ley.

Es libro de Éxodo en el capítulo 19. Hemos estado acompañando a Israel desde la salida de Egipto en esta primera parte de su viaje, de su peregrinar en el desierto y llegamos hoy hasta la montaña.

En el mes tercero de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, en el mismo día llegaron al desierto de Sinaí. Habían salido de Refidim y llegaron al desierto de Sinaí, y acamparon en el desierto; y acampó allí Israel delante del monte. Y Moisés subió a Dios, y Jehová lo llamó desde el monte, diciendo: Así dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a los hijos de Israel: Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí. Ahora, pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos; porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa.

— Éxodo 19:1-6

La revelación progresiva de Dios

Creo que el predicador no necesita esforzarse desmedidamente para transmitirle al pueblo más allá de las ideas gloriosas que en este capítulo 19 del libro de Éxodo se nos manifiestan. El Señor ha querido documentar en este capítulo de la escritura no solamente que él existe. Creo que en esta porción de la escritura el pueblo del Señor puede percibir al Dios que está sirviendo a este pueblo. Israel había estado conociendo a Dios. Había conocido hasta este momento que Dios era bueno y que tenía cuidado de ellos. Israel hasta este momento había sabido que Dios podía proveer para todas las cosas que ellos pudieran necesitar en su caminar por el desierto, pero jamás Israel había visto a Dios tan glorioso como en este momento llegó a verlo. Al leer estos capítulos desde el 15 en adelante me doy cuenta que el Señor se ha estado progresivamente revelando a su pueblo. Él no solamente quiere darle la ley. Aún antes de darle la ley, el Señor quiere darse a sí mismo y que ellos estén correctamente impresionados antes de recibir la ley, de forma tal que la ley se reciba con la actitud correcta.

La primera parte del viaje de Israel culmina en el monte Sinaí. Dios está por darles la ley, pero antes de entregarla, primero les rodeó de bienes. Le mostró que tiene tierno cuidado sobre ellos, como una águila cuida de sus crías. Y en el mismo momento que la ley iba a ser dada, entonces el Señor desplegó todo su poder, toda su gloria y toda su grandeza. Y esta combinación es lo que hace que el pueblo del Señor madure. Es una combinación entre entender que Dios es realmente bueno y tiene cuidado de ti, pero al mismo tiempo entender que el Señor es glorioso, muy santo, que él no es como tú.

Estos son los dos elementos que llevan al pueblo del Señor a la madurez. No solamente entender que Dios es bueno y tiene cuidado sobre ti, sino que Dios es poderoso, fuerte, que su voz truena.

Israel había estado recibiendo los detalles de Dios, pero ahora recibiría la presencia de Dios. Un Dios que es tres veces santo y que no hay lugar en esta tierra que le pueda contener. Creo que el pueblo del Señor no madura más porque ama la palabra de Dios, pero no está tan impresionado con el Dios que le dio la palabra como debería de estarlo.

Más que un interés intelectual

Testifico aquí un poco. Estoy en ese momento de la vida donde uno comienza a pasar balanza y a mirar hacia atrás. Y recuerdo que cuando tenía cerca de 19 años, trabajaba en una oficina muy pequeña, quizás a tres cuadras de este mismo lugar, unos cuantos metros, y tenía un apartado postal ahí en el Huacalito y yo salía en mi hora de almuerzo, iba al Huacalito y revisaba si me había llegado alguna correspondencia. Mi emisora favorita era Radio Transmundial. Y en Radio Transmundial había un programa que se llamaba La Hora de la Reforma. Este programa daba su dirección postal, uno enviaba una carta y ellos te enviaban literatura.

Me dediqué a buscar entre los libros en mi casa, hermano, y encontré la literatura que me llegó en ese momento. Era un folletico de la hora de la reforma que hablaba acerca de Éxodo capítulo 19. Y yo era un muchacho que tenía amplio interés en la palabra, pero era un interés intelectual. Yo puedo decir que amaba la palabra del Señor. Tenía cierto entusiasmo al respecto de leer la Biblia. Comenzaba a leer la Biblia y podía permanecer horas leyendo la palabra.

Pero hasta ese momento yo había tenido una aproximación a la palabra y hacia Dios, que era principalmente intelectual. Me sobrecogía su armonía, me sobrecogía la hermosura de la palabra de Dios. Pero ese día en mi hora de almuerzo, yo salí, fui al Huacalito, abrí mi apartado postal y había un paquete de la Hora de la Reforma donde me enviaron una literatura y la primera parte de esa literatura era una exposición detallada de Éxodo capítulo 19. Recuerdo que habían unos bancos ahí en el Huacalito, bancos de cemento. Me senté en el banco y ahí mismo lo leí. Y cuando yo leí esto, yo recuerdo que adentro de mí no fueron palabras, pero hubo como un estremecimiento.

Yo sabía que la palabra de Dios era maravillosa, pero yo no había visto de manera tan maravillosa al Dios de la palabra. Y en ese momento, en esa exposición de Éxodo capítulo 19, algo cambió en mi mente. Ya yo no solamente quería leer la palabra de manera intelectual, no solamente quería conocer la escritura. Yo había leído el Pentateuco, había leído ese mismo capítulo 19 del libro de Éxodo, pero no me había detenido a pensar que cuando Dios se reveló a Israel en su palabra, primero le dio un susto. Israel debía sentirlo, debía escucharlo, debía verlo, debía olerlo. Esto es una teofanía. Dios es espíritu, pero cuando Dios se manifiesta, se manifiesta por medios físicos. Y aquí hay una experiencia inmersiva al pie de una montaña donde Israel está rodeado de la presencia de Dios y puede oler, puede sentir, puede escuchar, puede anticipar y puede sentir que Dios es realmente grande. La gente quiere llegar a Éxodo 20, los 10 mandamientos. Pero aún antes de darte un mandamiento, el Señor quiere que tú sientas quién es que te está dando el mandamiento. Estoy persuadido que la manera en que tú recibes la palabra cuenta. No solamente cuenta el contenido, cuenta la atmósfera, como se le dice hoy. Y el Señor creó la atmósfera necesaria para que el pueblo entienda que él tenía la autoridad de darle mandamientos.

La tiranía de lo práctico

Invitó a Israel a una relación de pacto. En nuestros días vivimos en la tiranía de las cosas prácticas. La gente quiere, ¿y qué es lo que tenemos que hacer? Vamos a lo que vamos. La tiranía de las cosas prácticas te dice que todas las cosas deben ser los tres pasos para lograr esto, los 10 mandamientos, la voluntad de Dios para tal área de mi vida. Lo que hay aquí no son pasos prácticos. Lo que está aquí es el mismo Dios que creó el cielo y la tierra con el poder de su palabra. El mismo Dios que lo había creado a ellos como nación, que en este momento se está manifestando. La gente dice, «Yo quisiera sentir la presencia de Dios.» Yo te pregunto, «¿Hasta dónde?»

Él le dijo a Israel, «Encuéntrense conmigo, vengan, caminen.» Y cuando ellos llegaron al borde del monte y sintieron el humo y vieron el fuego y la voz de trompeta, le dijeron a Moisés, «Moisés, habla tú con Dios. Tú hablarás con él y nos dirás cualquier cosa que Dios diga.» Ay, si realmente Dios te permitiera ver aunque sea un poco de su santidad, de su poder, de su grandeza, probablemente tú no pedirías tres días para santificarte, sino tres meses. Y tú mismo le dirías, «Señor, manifiéstate, pero no con tanto poder, no con tanta gloria, porque yo no puedo resistirlo.» ¿Quién está listo para un encuentro con Dios?

Les decía que vivimos en la tiranía de lo práctico, pues la gente quiere que le digan directamente qué es lo que Dios quiere que hagamos. En este momento Dios no quiere que tú sepas lo que él quiere que tú hagas. Dios quiere que tú sepas quién él es. Y cuando tú llegas a entender quién es Dios, tú llegas a obedecer de manera diferente. Yo estoy seguro que si tú hubieras recibido el evangelio en medio de rayos, en medio de truenos, tú estuvieras sirviendo a Cristo de manera diferente. Esto no es solamente reflexión intelectual, es una emoción profunda que nos hace ver lo grande que es Dios, lo pequeños que estamos nosotros y el privilegio que es entrar con Dios en una relación de pacto. Dios está por invitar a Israel a que entren con él en una relación de pacto, pero le está mostrando a Israel qué gran privilegio es que este Dios elija amarnos y no destruirnos.

«Os he traído a mí»

Comienza el capítulo 19 describiendo lo que Dios ya había hecho. En el mes tercero de la salida de los hijos de Israel de la tierra de Egipto, en el mismo día llegaron al desierto de Sinaí. Es el mismo monte de Horeb que se menciona al principio. Habiendo salido de Refidín, llegaron al desierto de Sinaí y acamparon en el desierto, y acampó Israel delante del monte. Ellos vieron primero el monte apagado y después lo vieron encendido. De hecho, ellos vienen caminando y a la distancia estaban viendo el monte, pero no así. Ahora el monte suena.

Estoy en el tres. Y Moisés subió a Dios y Jehová lo llamó desde el monte diciendo, «Así dirás a la casa de Jacob y anunciarás a los hijos de Israel: Vosotros visteis lo que hice a los egipcios y cómo os tomé sobre alas de águila y os he traído hasta aquí.» Él te está diciendo, «Yo estoy cuidando de ustedes.» Recuerden, hermano, que es una combinación de una conciencia del cuidado de Dios y una conciencia sobre el poder de Dios que te va a llevar a madurar. Ustedes han visto, le está diciendo, «¿Recuerdan que les llevó a un oasis? ¿Recuerdan que salió agua de la roca? ¿Recuerdan que llovió maná? ¿Recuerdan que volaron codornices? Yo he estado cuidando de ustedes. No quiero matarlos. Yo quiero salvarlos.» Este monte, el monte Sinaí, era un lugar especial. Pues en ese mismo lugar, tres meses atrás, el Señor se presentó a Moisés en una zarza ardiente. Y cuando él vio la zarza ardiente, el Señor le dijo, «Quita el calzado de tus pies porque el lugar que estás pisando es un lugar santo.» Y ahora ya no es solamente una zarza ardiente, es un monte ardiente completo.

O sea, que el Señor que se comenzó revelando por medio de una zarza, un pequeño arbolito, ahora se está mostrando de manera aún más gloriosa. Hermano, hay lección espiritual desde aquí. Si tú piensas que ya Dios es tan glorioso como él es, Dios se puede ver aún más glorioso que en una zarza. Hay gente que lucha por decir, «¿Realmente el Señor abrió el mar en dos?» Y su pueblo pasó. Hermano, si tú luchas para creer que Dios abrió el mar en dos, piensa lo siguiente. Él no solamente abrió el mar en dos, sino que al mismo tiempo el monte está humeando. O sea, que con usted resolver lo extraordinario del primer momento, no resuelve lo del segundo. Dios es extraordinario.

Dios está revelando su fidelidad. Dice, «Yo les he librado de Egipto. Yo les he tomado sobre las alas del águila.» Dice el versículo 4: «Vosotros visteis lo que hice a los egipcios y cómo os tomé sobre alas de águila y os he traído a mí.» Ay, hermano, y ese «a mí» yo lo leo con gozo. El Señor no solamente te ha traído a un lugar, él te está trayendo a él mismo.

¿Sabes lo que le está diciendo a Israel? «Pronto lloverán truenos. Pronto ustedes van a oler el humo. Pero yo no les traje a un monte. Yo estoy buscando que ustedes vengan a mí.» Esto no es solamente un sobrecogimiento superficial. El Señor quiere que entremos con él en una relación de pacto, pero él quiere que entremos con él en una relación de pacto entendiendo realmente quién es él.

«Yo no estoy buscando la manera de llevarlos a la tierra prometida. Yo estoy buscando la manera de traerlos a mí para que vivan conmigo en la tierra prometida.» Y esta es la clave de la interpretación bíblica. No se trata de que Dios te va a llevar a un lugar, que Dios te va a llevar a un momento. La cosa más grande que puede suceder en tu vida es que Dios te lleve a él mismo. Pues el deleite más grande de la criatura no es la tierra prometida, no es el momento de Sinaí; el deleite más grande de la criatura es llegar a entrar con Dios mismo en una relación de pacto. Él no te está dando vueltas para llevarte a lugares. Él te está dando una dirección para llevarte a él mismo.

Yo creo, hermano, que ese «a mí», ese «os he traído a mí», es lo que le da sentido a este texto. Este no es un viaje en dirección a lugares, es un viaje con dirección a Dios. Y yo creo que esto también informa toda la vida de un creyente. El viaje en la vida de un creyente no es un viaje en destino a un momento de prosperidad, a un asunto que cambió. Es un viaje en destino hacia Dios mismo, a encontrarnos con él en el monte Sinaí, en Canaán y donde Dios esté. Yo creo que aquí hace sentido cuando Moisés oró en un momento, le dijo, «Señor, si tú no vas con nosotros, no nos saques. Nosotros no queremos ir a un lugar, queremos ir a ti mismo.» Hermano, esa es la madurez. Es entender que nosotros no estamos buscando que el Señor no nos castigue, no estamos buscando que el Señor nos provea o no nos provea, estamos buscando conocer a Dios por él mismo y utilizar toda su revelación para conocerle aún mejor.

La oferta del pacto

Del 5 al 6, el Señor presenta el pacto. Esto no es extraño. El vocabulario con que se describen aquí las cosas es el mismo vocabulario con que se hacían pactos los pueblos antiguos. Primero se ofrecía un pacto, se hacía un preámbulo, se hablaba de cuáles eran las partes, cuáles eran las condiciones. Este todavía no es el pacto. De hecho, cuando el Señor le da la ley, ellos confirman que van a cumplir la ley. En este momento lo que el Señor le está diciendo es, «Yo quiero entrar con ustedes en una relación de pacto.» ¿Ustedes están dispuestos o no están dispuestos? Todavía no saben cuáles son las leyes. Todavía no han recibido los 10 mandamientos. Lo que han recibido es la oferta de entrar con Dios en una relación de pacto. Dice el cinco y el seis.

Ahora, pues, si diereis oído a mi voz y guardareis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa.

— Éxodo 19:5-6

«Porque mía es toda la tierra y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.» Creo que pueden entenderme que esto es un anteproyecto. Esto es una declaración de intención. Todavía no hay contenido, todavía no estamos firmados. Lo que te estoy preguntando, te estoy prospectando. ¿Tú estás dispuesto a entrar con Dios en una relación de pacto? «Moisés, pregúntale.» Es lo que Dios está diciendo. Y ellos respondieron como respondería cualquiera de nosotros. «Pero claro que sí. ¿No fue él el que nos sacó de Egipto, no fue él el que nos llevó?»

Espérate, que eso es que tú has entendido a Dios en su provisión, pero tú todavía no has entendido a Dios en su santidad, a Dios en su poder, en su autoridad, en su soberanía. Entrar con Dios en una relación de pacto es algo mucho más profundo que dejarte servir por Dios. Probablemente los ancianos de Israel lo que están entendiendo en este momento es que el Señor le está diciendo: el agua que haga falta, las codornices que hagan falta, el maná que haga falta. Y Dios les dice, «¿Y el Dios que hace falta?»

Relación de pacto, no de provisión

«Quiero sacarte de este infantilismo espiritual de solamente estar esperando las provisiones de Dios, las respuestas de Dios, la dirección de Dios, y darte el carácter de Dios y el poder de Dios y la autoridad de Dios.» El pueblo que entraría con Dios en una relación de pacto, no solamente va a recibir los medios de Dios, va a recibir a Dios mismo en un pacto.

No hay ilustración más apropiada para este asunto que el matrimonio mismo. Yo sé que el muchacho te agrada, te dio una vueltica, comieron algo, hay un entusiasmo. La pregunta no es si tú puedes compartir con él en un restaurante, no es si está dando un regalo o el otro. Un detalle: ¿tú estás dispuesto a entrar con él en una relación de pacto? Ah, es otra cosa, hermano. El matrimonio es un pacto. Y así como tú no solamente te casas porque él te regaló unas flores o porque entiendes que ella tiene un potencial, tú te casas con el carácter, tú te casas con la personalidad, tú te casas con el rol. Israel se está por casar con Dios. Y Dios le está diciendo, «Ustedes probaron que yo puedo ser poderoso para sacarlos de Egipto, ¿verdad? Y para darles agua y para darles comida y hasta alguna batalla militar, ¿verdad? Sí. Y hasta compañerismo y todas las cosas así. Ahora mira quién yo realmente soy y pregúntate si tú estás dispuesto a entrar conmigo en una relación de pacto.»

Ahí yo creo que mucha gente que ha recibido el evangelio y que ha entendido, todavía no entiende tan profundamente con quién fue que entró en una relación de pacto. Porque mientras usted le siga diciendo «Papito Dios», sin ver los rayos, sin ver los truenos, sin ver el humo, sin sentir el fuego, probablemente usted todavía está en el noviazgo. Esos tres meses fueron tres meses de amores que Israel vivió con Dios en el desierto. Y ahora se está revelando. Le dice, «Mira, esta es mi gloria. Yo soy Dios temible, soberano, poderoso. No soy un Dios aniñado, que cada vez que tú murmures voy detrás de ti a decirte ‘agua, quita el dulce’, sino que soy el Dios todopoderoso que hago que la montaña más grande tiemble. ¿Quieren entrar conmigo en una relación de pacto?»

Eso es. El Señor está presentando un pacto, hermano, y esto es un asunto que es necesario entenderlo para seguir madurando en la vida cristiana, porque nosotros no solamente fuimos salvos, nosotros estamos con Cristo en una relación de pacto. Y una relación de pacto es mucho más fuerte que un sentimiento. Si tú todavía estás en un evangelio de sentimiento, tú todavía no entiendes que entraste con Cristo en una relación de pacto.

El próximo domingo tendremos la mesa del Señor. Y cada vez que leemos el texto, el texto dice las mismas cosas. «Tomad, comed, este es mi cuerpo.» Después dice de la sangre. ¿Y cómo le dice a la sangre? Sangre del nuevo pacto. O sea, que él te está diciendo: esto no es solamente de si tú lo sientes o no lo sientes. No es solamente de si yo puedo o no puedo. ¿Qué tipo de relación ustedes como pueblo tienen conmigo? ¿Tú tienes una relación de provisión con Dios o tienes una relación de pacto con Dios? Es distinto. Una relación de provisión con Dios es: yo oro, él me responde, yo le agradezco. Yo vuelvo y oro. Él vuelve y me responde. Yo vuelvo y le agradezco. Una relación de pacto es: él no me atrajo hacia un monte, él me atrajo hacia sí mismo. Y ahora yo soy suyo.

Para bien y para mal en el sentido emocional. Soy suyo. Es que ahora yo estoy en sus manos. Ahora él habla y yo atiendo. «Ahora pues, si dieres oído a mi voz y guardareis mi pacto, vosotros me seréis especial tesoro.» Ay, yo quiero ese especial tesoro. Relación de pacto.

Lo que da el pacto

Mis hermanos, Dios en su misericordia y su gran bondad puede proveer para cualquier pueblo. Pero al pueblo de Israel lo que él le proveyó fue una relación de pacto. Dios en su infinita bondad y misericordia puede responderle motivo de oración a mucha gente, pero con nosotros él tiene una relación de pacto y una relación de pacto es infinitamente mejor que una relación de provisiones. Una relación de pacto tiene una base objetiva que produce seguridad, especialmente para la parte más débil. Cuando usted se casa, usted deja de mirar la puerta y usted dice, «Ya, esto no es como él me encontró, aquí me tiene.» Y como yo lo encontré a él, aquí también lo tengo. «Ah, que yo todavía no estoy muy seguro.» Pues usted no se ha casado. ¿Por qué usted entra en una relación de pacto?

Una relación de pacto tiene una vocación de permanencia, quita el temor. Recuerden el capítulo 17, cuando Israel pidió agua, pidió agua para probar a Dios. Y Moisés evidenció lo que había en el corazón del pueblo y le dijo… Decían ellos, «¿Está pues Jehová entre nosotros o no?» En una relación de pacto, Jehová siempre está entre nosotros porque somos suyos y él es nuestro. Una relación de pacto es mucho mejor que una relación de provisión, porque Dios a cualquiera le da un consejo, le da unas cuantas cosas, un chin de agua, pero a nosotros él se dio a sí mismo y nosotros nos hemos entregado completamente a él. Yo creo que aquí es que uno entiende su salvación. Yo no solamente digo que él me ama, que él me quiere; yo digo, yo estoy con él en una relación de pacto.

Recuerden que estoy ilustrando el matrimonio con el pacto de Dios con Israel y tres meses hasta el Sinaí como los tres meses de amores. Sería muy inmaduro el que se casa y siempre está preguntando lo mismo. «¿Tú me quieres? ¿Tú me amas?» Yo no pregunto eso, ni me gusta que me lo pregunten. Y si me preguntan, digo, «¿Tú me amas?» Pues estoy aquí, yo soy tuyo y tú no me ves. «Dímelo de nuevo. Tú me quieres, tú me…» Bueno, no, no es que perdamos el romanticismo, es que dejemos el infantilismo de estar siempre probando a ver si tenemos o no tenemos un pacto. Hermano, usted no tiene un sentimiento con Dios, tiene una relación de pacto. Y no hay que estarle preguntando todos los días, «Señor, tú no me vas a dejar varado en el desierto, tú vas a completar la buena obra.» El que entró contigo en una relación de pacto, comenzó en ti una buena obra y la seguirá perfeccionando hasta el final. Entrar con Dios en una relación de pacto aleja el temor. Ya no es un asunto de si el Señor buscará a otro pueblo o el Señor seguirá con nosotros; él seguirá con nosotros. Es un pacto, no es una emoción, no es un sentimiento, hay una vocación de permanencia, hay un compromiso. Dios está comprometido con nosotros.

También el pacto tiene legitimidad social. Israel podía decir abiertamente, «Somos el pueblo de Dios.» Y otra nación va a decir, «Yo también.» Cállese usted, que usted no tiene pacto. Nosotros sí. ¿Cuál fue tu monte? ¿Dónde ustedes dijeron que sí? ¿Dónde el Señor se lo ofreció? ¿A ustedes no les ofrecieron pacto? A nosotros sí. Israel tiene el sano orgullo de decir que entró con Dios en una relación de pacto. A diferencia de Egipto, a diferencia de Babilonia y a diferencia de cualquier otra nación. El pacto da legitimidad a la relación y lo mismo el matrimonio. Porque ahora mismo todo el mundo dice «mi esposo, mi esposa». Hermano, hablo con cuidado y espero no ser despectivo, pero en otro momento a eso le decían, usted es mujer de él, pero no esposa. Porque la gente ahora se te presenta, «Que esta es mi esposa, mira, te presento mi señora.» Y tú dices, ¿qué es lo que me estás diciendo?

Mudar la novia no es pacto. Reflexionen un poco, hermano. Yo les dejo la idea.

Pacto es pacto. El pacto da legitimidad a la relación. Cuando nosotros decimos que somos el pueblo del Señor, no estamos hablando en términos poéticos, románticos. Somos el pueblo de Dios. Nosotros somos legítimamente, legalmente el pueblo de Dios porque hemos sido adoptados por él y entramos con él en una relación de pacto. El pacto te da seguridad, el pacto te da emoción profunda y certera, el pacto te da vocación de permanencia y también te legitima. Cuando usted dice, «Yo soy de Cristo», usted no solamente está diciendo que usted ama a Cristo, que yo le digo cosas bonitas o que Cristo te ha dado algunas cosas, no. Usted está diciendo, «Yo estoy con él en una relación de pacto.»

Esto es un punto alto en la Biblia porque aquí es que tú entiendes a Israel. Si tú le quitas esta parte de cuando Dios le dio la ley y entró con ellos en una relación de pacto, Israel parece un grupo de gente entusiasmada que anda por el desierto diciendo que Dios es de ellos. «¿Pero qué autoridad tienen ellos para estar diciendo? Ellos creen que son los únicos.» Y no es mentira. De hecho, nosotros fuimos injertados en esa misma relación. Y cualquier persona que va a tener con Dios una relación de pacto, el Señor eligió que esa relación de pacto sea una extensión de las promesas dadas a la nación de Israel.

Aguanten, que Israel no fue arrastrado por Dios para que firme. Él los trajo con cuerda de amor hacia él mismo. Ellos no fueron obligados, no fueron maniatados. Esta no es una relación de vasallo donde «firma ahí». El Señor primero le quitó el yugo de Egipto, después le dio agua, después le dio un oasis, después le dio carne, después le dio compañerismo, después le dio seguridad y después le ofreció un pacto. Le dijo, «Pregúntale a los ancianos si realmente van a firmar.»

¡Qué elegancia hay en un pacto! Y uno lucha con estas ideas que están en tensión porque uno dice, «No, realmente yo firmé un pacto con Dios.» No, él firmó un pacto contigo. Y aquí es que se entiende la salvación, que la gente quiere decir, «No, yo me salvé.» Tú no te salvaste. Israel no se salvó. Dios le sacó de Egipto, les atendió en el desierto y después les ofreció un pacto y ellos firmaron.

Y tú no saliste del mundo por tus propias manos, ni entraste con Cristo en una relación de adopción tampoco por tus propios medios. De forma tal que decimos que la salvación es del Señor y el privilegio es nuestro. No fuimos nosotros que negociamos con Dios. A ti te trajeron a la mesa y esta es una mesa tan digna que tú dices, «¿Cómo yo digo que no, Señor? Lo que usted quiera.» El Señor te salvó y entró contigo en una relación de pacto. El Señor salvó a Israel y entró con Israel en una relación de pacto. Pero no fue que él los obligó, él los atrajo hacia él mismo. No fueron arrastrados a vincularse con Dios. Entraron voluntariamente.

Me gusta el salmo, creo que el 110, que dice que tu pueblo se te ofrecerá voluntariamente.

Israel confirmó el pacto

Israel en este momento está en la posición de que mira, no es que te están amenazando, no es que estás pasando hambre, están bien. «Sí, estamos bien.» Y ahora con todo su juicio, miren al Dios que se ha revelado a ustedes. ¿Ya lo han conocido un poco? «Sí, yo le conocí en la zarza ardiente.» Ustedes lo han conocido en la primera parte del desierto. ¿Van a firmar o no van a firmar? «Vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa. Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.» Entonces vino Moisés y llamó a los ancianos del pueblo y expuso en presencia de ellos todas las palabras que Jehová le había mandado.

Y todo el pueblo respondió a una, y dijeron: Todo lo que Jehová ha dicho, haremos.

— Éxodo 19:8

Y Moisés refirió a Jehová las palabras del pueblo. Mira la hermosura de la salvación de Israel. Mira la hermosura de la adopción de Israel y piensa en tu propia salvación. Él nos amó primero cuando en nosotros no había nada deseable y nos sacó del mundo y nos atrajo de forma tal que un creyente nunca se siente obligado. El creyente siente que voluntariamente se ha rendido delante de su Dios y dice, «Pero, ¿qué otra cosa tengo yo? ¿Volver a Egipto o seguir rondando en el desierto?» Esa es la salvación.

La ley, el pecado y la gracia

Es Romanos 5:13. Aquí hay un dilema porque Dios le iba a dar leyes y uno dice, «Pero, ¿y para qué le va a dar leyes?» Para seguir formándolos. Él no quiere relacionarse con un pueblo ignorante. Él no quiere relacionarse con un pueblo ligeramente. Él no quiere relacionarse con un pueblo poco instruido. Él quiere relacionarse con un pueblo que realmente conoce, y le dio altas leyes. ¿Y para qué el Señor le está dando leyes? Dice Romanos así mismo: «Pues antes de la ley había pecado en el mundo, pero donde no hay ley no se inculpa pecado.» Hay una responsabilidad ahora como nación, porque pecado ha habido siempre, pero el pecado que inculpa es el pecado que objetivamente puede ser identificado a la luz de la revelación de Dios.

Dice, «La ley se introdujo para que el pecado abundase. Mas cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia. Para que, así como el pecado reinó para muerte, así también la gracia reine por la justicia para vida eterna mediante Jesucristo, Señor nuestro.» ¿Y por qué el Señor le está dando ley al pueblo? Porque él quiere seguirle dando gracia. El Señor hace que objetivamente el pueblo pueda sentir que Dios es muy santo y ellos son muy pecadores, de forma tal que la provisión del Señor en gracia nunca se va a detener.

Recuerda, es pacto. Ahora él viene con cuáles son las estipulaciones del pacto. Ellos tenían que hacer algo y Dios iba a hacer otra cosa. Es un pacto. Creo que pueden verlo en el texto, hermano. Lo que Israel tenía que hacer: primero dar oído. Dice el cinco, «daréis oído». Eso es más que leer, eso es más que escuchar. Darle oído. Uno dice, así mismo como parte de nuestro lenguaje coloquial, «dale mente a eso». Piénsalo detenidamente. «¿Por qué es que ustedes leen tanto la Biblia? Vamos a adorar solamente.» Es que Dios quiere relacionarse con un pueblo instruido, con un pueblo que le conoce, porque él es muy grande. Tú entraste en una relación de pacto y probablemente tú no eras digno. La persona tenía más dignidad que tú, pero él te está elevando en tu dignidad a través de la ley. Daréis oído.

Guardaréis mi pacto. ¿Recuerdan que cada vez que los profetas le hablaban a Israel decían, «El pacto, el pacto»? El pacto es que Dios se está relacionando objetivamente con su pueblo. Hay un pacto. Y después lo que Dios haría. ¿Qué es lo que Dios haría? Él esperaba que le dieran oído, que guardaran el pacto y él haría esto: «Seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos.» Por un pacto.

Y alguien dice, «¿Y por qué? ¿Y por qué sobre todos los pueblos?» Él dice también, «Porque mía es toda la tierra.» No es que el Señor está renunciando a los demás pueblos. El Señor está colocando a Israel en un rol protagónico para bendición de todas las naciones de la tierra, que fue lo mismo que le dijo a Abraham, para que le sean una nación de sacerdotes y gente santa. Ahora el pueblo confirmó. Dice el ocho: «Y todo el pueblo respondió a una y dijeron, todo lo que Jehová ha dicho haremos.» Nos gusta. ¿Estamos de acuerdo? Aquí viene alguien y dice, «Yo sí, yo repetí la oración.» Hermano, no está mal repetir la oración, pero si tú has repetido la oración es porque a ti se te ha ofrecido un pacto.

Claro que debemos orar, claro que debemos aceptar, claro que debemos confesar nuestro pecado, pero si acaso lo podemos hacer es porque el Señor ya antes ha abierto nuestro entendimiento. Ya antes el Señor nos ha traído hacia él. Un pacto ha sido colocado delante tuyo.

Israel firmó rápido

Yo creo que Israel respondió muy rápido. Ni le digo que respondió muy rápido porque tú dices, «Pero tú has sido un pueblo murmurador, tú has sido un pueblo ignorante hasta este momento. Tú necesitas conocer a Dios.» Una persona prudente, por lo menos lee la letra chiquita. Y desde Éxodo 19 hasta Números 10, que es cuando Israel ya comienza a caminar hacia la tierra prometida, son más de 50 capítulos y el libro de Levítico completo. O sea, que tú estás firmando, tú no sabes lo que estás firmando, pero es que te han rodeado de bienes. Así mismo acepté yo a Cristo, hermano. Cuando yo acepté a Cristo, yo todavía no entendía lo santo que él era. Todavía no entendía lo bueno que él era. Yo no entendía lo grande que él era y él se ha ido revelando en medio y me ha ido ayudando en medio también. Sí, porque la gente dice, «No, denme tiempo para estudiar el libro de Levítico completo y yo firmo.» Te vamos a dar tiempo para que tú entiendas que Dios es bueno y tiene cuidado de ti y que él es poderoso para hacer que tú cruces ese desierto, y en medio el Señor te seguirá ayudando.

Porque hay un sofisma en este detalle de la gente que quiere ser muy precisa con relación al mandamiento. «Yo voy a ser cristiano, pero a mí hay que explicarme claramente ese mandamiento.» A ti lo que hay que explicarte claramente es que Dios es poderoso y que Dios también es bueno. Amén. Y que el que te sacó de Egipto cuando tú no podías, te sacará de tu propia maldad también cuando tú no puedas. Eso es lo que hay que entender. «Cuando yo entienda el libro de Números completo, la ley en su detalle, cuando yo sea un jurista experto, entonces yo voy a seguir a Dios.» No. Cuando tú entiendas que él es bueno, que él es poderoso, que tiene autoridad y que tú tienes un alto privilegio de seguirle, entonces tú pones en Cristo tu confianza. Porque ahí es que se engaña a la gente, siempre con que «cuando yo lea la Biblia completa…» No. Cuando usted entienda, aunque sea parcialmente, al Dios que te dio la Biblia, tú dices, «Señor, hacia adelante con la ayuda tuya.»

Prepárense para un encuentro

El pueblo confirmó, firmó, firmó rápido. Recuerden que este es el preámbulo, porque el pacto después le dan el mandamiento, el pueblo confirma, pero ellos dicen, «En intención estamos aquí, somos tuyos y tú eres nuestro.» Y después le dice Dios, «Okay. Entonces ahora prepárense para un encuentro.» Dice el nueve: «Entonces Jehová dijo a Moisés: He aquí, yo vengo a ti en una nube espesa para que el pueblo oiga mientras yo hablo contigo.» Esto se va poniendo de manera peligrosa. Porque me dijeron que él podía entrar conmigo en una relación de pacto, pero no me dijeron que yo iba a tener que estar cerca de él.

Hermano, si usted realmente va a ser un cristiano es para vivir en la intimidad con Dios, para vivir cerca de él, no es para estarlo estudiando de lejos. El pueblo dice, «Ah, pero que hay que caminar para donde está Dios ahora.» Pero ¿no viste que tú vas con él? Moisés está llevando la novia delante del novio. «Ven que vamos a llevarte.» Me recuerda mucho cuando mandó el patriarca a su siervo Eliezer que le buscara la esposa a su hijo y se fue y se lo presentó. Le dijo, «Mira, mi señor me mandó a buscarle una esposa y le mandó estos bienes.» Le pusieron las prendas a la muchacha y a la muchacha le preguntaron, «¿Tú quieres irte con él?» Ella que tenía ya los zarcillos puestos y todas las cosas, dijo, «¿Cómo no me voy a ir con él?» Pero claro, ¿hasta tú quieres irte conmigo, no? Esa es la salvación, esa es la salvación de Jehová. O sea, el Señor nos rodea de bienes, nos llena de su amor, nos da entendimiento, nos da temor. Después entonces nos invita y uno dice que sí, que va con él. Y después cuando uno dice que va con él, dice, «Bueno, pero entonces prepárense porque hay que tener un encuentro con él.»

Del versículo 9 hasta el 15 es la preparación para un encuentro con Dios. Y uno dice, «Pero esto no era así como había sucedido antes, ¿no? Porque antes tú tenías una relación con él de provisión, ahora tú vas a tener una relación de pacto.» Ah, okay. Pero hay cantidad de gente que quiere la salvación de Dios sin relación con Dios. ¿Tú realmente quieres entrar con Dios en relación de pacto? Hay que caminar hacia el monte y estar en su presencia. Voy rápido del nueve en adelante. Jehová le dijo, «He aquí, yo vengo a ti en una nube espesa para que el pueblo oiga mientras yo hablo contigo, también para que te crean para siempre.» Y Moisés refirió las palabras del pueblo a Jehová. Y Jehová dijo a Moisés, «Ve al pueblo y santifícalos hoy y mañana y laven sus vestidos y estén preparados para el día tercero.» Esta es la clave, hermano, de que uno pone en el Señor su confianza y después se da cuenta que hay cantidad de cosas que hay que dejar. No, «santifícate primero». No. Tú primero llega a él, el Señor ve tu corazón y tú comienzas a dejar lo que haya que dejar.

Muestro aquí que el Señor quería que el pueblo realmente creyera en Moisés. Y es porque Moisés iba a documentar las palabras de Jehová en la ley, lo que nosotros conocemos como el Pentateuco. Y después de haber visto la presencia del Señor, después de haber visto el poder del Señor, después de haber visto que Jehová confirmó a Moisés con poder, entonces el pueblo del Señor quiso obedecer. La gente dice, «¿Cómo Israel llegó a entender que el Pentateuco era palabra de Dios?» Pero tú no estás escuchando los truenos en la montaña. Tú no estás mirando el fuego, el humo y todas las cosas. Los ancianos de Israel completos que están aquí mirando esto, ¿quién va a dudar que realmente es Dios que le está dando la ley a Moisés? «No, esos son documentos, tradiciones de los hombres.» Esto no es tradición. Esta gente no quería la ley. Ellos no pidieron esa ley. Dios se la dio, los sometió a su ley. Primero les amó y después les dio.

En este encuentro, Moisés representa al pueblo ante Dios en un pacto y es un tipo de Cristo. ¿Qué es lo que hace Cristo con nosotros? Nos está preparando para un encuentro con el Padre. De hecho, nosotros nos relacionamos con Dios a través de Cristo. Él es nuestro mediador. Moisés iba y hablaba y venía y nos decía. Él iba y hablaba y venía y nos decía. ¿Qué es lo que es Cristo? Hay un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre. Cristo, así como Moisés mediaba entre un Dios muy santo y un pueblo muy perverso, es Cristo que media entre un Dios que es absolutamente santo y nosotros que nos vamos perfeccionando.

Tú dices, ¿cómo nosotros podemos tener comunión con Dios? A través de Cristo. Porque nosotros como Israel nos quedamos ahí a la falda de la montaña y decimos, «No puedo, no resisto.» Tomando en cuenta la dignidad, grandeza y santidad de Dios, cualquier preparación que hiciera Israel era insuficiente. Yo me imagino la gente en esos tres días lavando esa ropa. «Fulano, dale un chin, ¿tú crees que todavía? No, todavía.» Y ahora imagínense lo que es una multitud lavando vestimenta, porque se va a encontrar con un Dios que es fuego, un Dios que es rayo, que es trueno, un Dios que humea. Imagina esa gente ahí dándole a su ropa. «Fulano, ¿qué tú crees? Ya.» Pero está igualito. Eso somos nosotros. Cualquier preparación de un creyente para estar acepto en la presencia de un Dios que es tres veces santo es insuficiente. Pero santifíquese. Y sabes qué va a pasar, que el Señor te mirará a través de Cristo.

Del mismo modo que miró Israel a Dios a través de Moisés. Sí, porque hay un pragmatismo en decir, «¿Quién puede estar en la presencia de Dios?» Nadie. Pero báñese, lave la vestimenta. «¿Y para qué lo vamos a lavar si como quiera es fuego?» No, hermano, lave. No sea pragmático con la santidad de Dios. Él tiene una dignidad demasiado alta y tú tienes una imperfección que te hace demasiado bajo. Pero de todos modos lava tu vestidura.

Moisés santificaría al pueblo. «Ve al pueblo, santifícalos hoy y mañana. Laven sus vestidos», dice el Señor en el 10, «y estén preparados para el día tercero, porque al tercer día Jehová descenderá a ojos de todo el pueblo.» Ay, hermano. ¿Y quién resiste ese examen? Piensa quién resiste ese examen. En la iglesia donde yo conocí al Señor había un mural que decía, «Prepárate para un encuentro con Dios.» Una cita del libro de Amós. ¿Quién está listo para encontrarse con Dios? ¿Cuántas veces hay que lavar la ropa? ¿Cuánto hay que lavar el cuerpo? ¿Cuántas veces hay que lavar la mente para enfrentar la santidad de un Dios que se está revelando así?

El Señor quiere que nosotros sintamos nuestra impotencia para que podamos dimensionar adecuadamente su gracia. Porque tú no sacas pecho delante de Dios diciendo, «Aquí estoy yo, Señor. Acepto.» No, tú dices, «Señor, aquí estoy yo humildemente con la ropita esta más o menos lavada, y ten misericordia. Pero apelo al pacto. Tú dijiste que no nos destruirías, que seríamos tu especial tesoro.» Esa es la oración humilde de un creyente, donde él no saca pecho con altivez en la presencia de Dios, sino que es un creyente humilde.

Los límites del monte

Esa expectativa de manifestación dice «a ojos de todo el pueblo». «Wow, pero con estos ojos yo voy a ver a Dios.» El 12 y el 13 también son necesarios porque al pueblo hay que ponerle límite. Es impresionante. Pero parece que en Israel había curiosos que entendían que podían ver a Dios. Había necios que entendían que ellos estaban listos porque querían transgredir los límites. Hay gente temeraria en lo espiritual que tú dices, «Pero fulano, ¿y de verdad tú crees?» «Claro, pues tú vas a ver. Yo voy, porque si Moisés fue, yo también.» No sea temerario en lo espiritual. Dice el 12, «Señalarás término al pueblo en derredor, diciendo: guardaos, no subáis al monte, ni toquéis sus límites. Cualquiera que tocare el monte, de seguro morirá.» O sea, el Señor va a venir y tú lo vas a poder ver, pero no intentes transgredir, ir más para allá de lo revelado.

Hay gente que en lo intelectual es temeraria. «No, yo tengo que saber.» Tú no tienes la capacidad para poder aprehender a Dios, para poder comprender a Dios completamente. Tú vas a entenderlo de acuerdo a lo que Dios se reveló a ti. Es verdad que él va a venir para que tú le veas, para que tú le escuches, pero no intentes transgredir los límites. Les digo que eran temerarios porque después, ya cuando el pueblo estaba listo, el Señor le dijo a Moisés, «Ven.» Y cuando Moisés subió, le dijo, «Dile que no traspasen, que va a caer multitud de ellos.»

Dice el 20, «Y descendió Jehová sobre el monte Sinaí, sobre la cumbre del monte, y llamó Jehová a Moisés a la cumbre del monte. Y Moisés subió. Y Jehová dijo a Moisés: Desciende, ordena al pueblo que no traspase los límites para ver a Jehová, porque caerá multitud de ellos.» O sea, parece que estaban intentando. Yo me lo imagino. «Deja que cruza un pie. Pasó algo, crucé.»

Ay, hermano, lo que te estoy diciendo es: no juegues con la santidad de Dios. No juegues pretendiendo que tú eres digno porque no lo eres. No entiendas que tú puedes por tus propios medios. Y aún más gravoso: dice el 22, «Y también que se santifiquen los sacerdotes que se acercan a Jehová para que Jehová no haga entre ellos estrago.» Fulanos que no se santificaron. Hay gente que hay que hablarle dos veces, comenzando por los sacerdotes, pero tuvieron tres días para prepararse. Y el Señor llama a Moisés, le dice, «Dile al pueblo que deje de estar transgrediendo.» Y a los sacerdotes, que pareciera que ellos entendieron como que eso era para el pueblo. «Eso no es para nosotros. Eso es para el pueblo llano, gente común.» Nosotros no; el sacerdote también. Lo que el Señor te está mostrando es que tu prestancia, tu título no te exime de preparar tu vestidura para un encuentro con tu Dios y que el hecho de que tú seas sacerdote no te disculpa. Dice, «Señor, dile a los sacerdotes, para que no les haga estrago en medio de ellos.»

La manifestación de Dios

Del 16 al 25, hermano, es la manifestación de Dios. Una de las manifestaciones más gloriosas; se llama teofanía. Se llama teofanía o manifestación, pues Dios no tiene una existencia como la nuestra. Él entra en el tiempo y el espacio y se manifiesta, pero cada vez que Dios se manifiesta, se manifiesta con estruendo, con poder, con fuego. Te está hablando de que él es poderoso, que él es grande, que él es santo. Manifestaciones visibles, audibles de la presencia de Dios. En el 16: «Aconteció al tercer día, cuando vino la mañana, vinieron truenos y relámpagos y espesa nube sobre el monte y sonido de bocina muy fuerte, y se estremeció todo el pueblo que estaba en el campamento.» Dice que se estremeció. Estremecimiento. Ay, que el Señor permita que tú te estremezcas con su santidad, con su poder, su grandeza, de forma tal que tú des oído a su palabra y cuides el pacto. «No, porque yo soy salvo.» Y como yo soy salvo y yo estoy en una relación de pacto, honra el pacto.

Dice el 17 que Moisés sacó al pueblo a recibir a Dios. Moisés sacó del campamento al pueblo. Es como alguien que está entregando la novia. La preparación se hizo. Tres días de preparación, Dios sigue siendo santo. Vamos ahora, yo me imagino: «Tú primero. ¿Quién está listo?» Vamos juntos. Estamos caminando y cada vez más cerca de Dios. Estremecimiento. Yo estoy escuchando cosas y mientras más me acerco, más fuerte suena. Y Moisés sacó del campamento al pueblo para recibir a Dios y se detuvieron al pie del monte.

Una pausa, una pausa dramática, reflexiva. Piensa que ahí está la santidad de Dios, ahí está el poder de Dios, y del lado tuyo está el pacto, está su amor, está su misericordia, está su especial tesoro. Dice el 18 que todo el monte humeaba porque Jehová había descendido sobre él en fuego. El 19, un sonido de bocina. Esto era como un cuerno de carnero, como una trompeta fuerte y que iba aumentando en extremo. Humo, humo, humo. Y tú sientes la gente, tú has sentido cuando alguien está atemorizado y tú dices, «Yo también.» Estamos estremecidos todos.

Dice el 19, Moisés hablaba. Imagino a Moisés: «Señor, ya nos santificamos. Estamos al pie del monte.» Y Dios le respondía con voz tronante. Y dice el 20: «Y descendió Jehová sobre el monte Sinaí, sobre la cumbre del monte.» Cada vez el Señor más cerca, más cerca. «Y llamó Jehová a Moisés a la cumbre del monte y Moisés subió.»

¿Qué es lo que el Señor está haciendo en este momento? El Señor está mostrando que el pacto es un privilegio, que él es bueno y tiene misericordia de Israel, pero al mismo tiempo que él es grande y que es temible y que cuando Dios habla su pueblo escucha.

El evangelio en el preámbulo del pacto

Lo que sigue después de esto es el mandamiento. Pero, ¿cómo se ve en este preámbulo el evangelio? Aquí el evangelio se figura, se esboza, se anuncia. El evangelio nos dice que Dios salva primero, pero que también establece un pacto. Si el Señor te salvó de Egipto, no te salvó de Egipto para dejarte siempre en modo provisión y oración. El Señor quiere entrar con nosotros en una relación de pacto. Eso es el evangelio.

El evangelio nos muestra a un pueblo que es incapaz de acercarse a Dios por sí mismo, una gloria que sobrecoge y un mediador que para nosotros es Cristo, que hace posible esta relación. Israel le dijo más adelante a Moisés, «Moisés, ve tú y habla con él.» ¿Qué es el evangelio? El evangelio nos muestra que Dios es absolutamente santo, que nosotros somos pecadores y que necesitamos un mediador, y ese mediador es Jesucristo. Si una persona realmente ha entendido que por sus propios medios no está lista ni apta para un encuentro con Dios, esa persona necesita a Cristo. Primera de Timoteo 2:5.

Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.

— 1 Timoteo 2:5

Porque hay un solo Dios. Dios santo, Dios poderoso, Dios temible. Y un solo mediador entre Dios y los hombres; hombres pecadores, hombres insuficientes, hombres que necesitan limpiar su vestidura. Y ese mediador es Jesucristo. Cierra tus ojos ahí un momento y quiero orar en dos sentidos: para que si tú tienes con Cristo una relación de pacto, el Señor permita que tú puedas ver el privilegio, la hermosura de poder tener comunión con Dios; y que si tú no tienes una relación de pacto, tú entiendas que el mismo Dios que te ha mostrado hasta aquí misericordia es Dios grande y temible.