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Bendiga todo mi ser

Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre.

— Salmo 103:1 (RVR1960)

Adorar a Dios con todo el ser implica traer cuerpo, palabra y atención al mismo lugar al mismo tiempo.

Cuando David escribe «bendiga todo mi ser su santo nombre», sabe exactamente lo que está pidiendo. Ha experimentado lo que es presentarse parcialmente delante de Dios. Está consciente de que se puede tener el cuerpo en un lugar y la mente en otro, los labios en una canción y el corazón en una preocupación, los ojos cerrados en oración y el pensamiento en la lista del supermercado. Por eso se obliga a involucrar todas las capas de su humanidad: su voz, su atención, sus afectos, su postura, todo junto en el mismo acto.

Todos hemos estado al otro lado de esa experiencia. Te has sentado frente a alguien que estaba físicamente ahí pero ausente: revisando el celular, mirando por encima de tu hombro, esperando que la conversación terminara. Sabes cómo se siente. Ahora considera lo que le ofrecemos a Dios cuando llegamos al culto con el cuerpo y dejamos en casa la atención. Él lo nota. Quien te creó conoce la diferencia entre tu presencia y tu mera asistencia.

Adorar con todo el ser exige preparación. Una persona que se prepara para una entrevista decisiva duerme temprano la noche anterior, llega ensayada, deja el celular en silencio. Si tratamos el culto del domingo como algo que se improvisa entre el desayuno y el almuerzo, estamos diciendo (sin decirlo) qué lugar ocupa en nuestra escala. La presencia del ser entero comienza la noche anterior, cuando decides a qué hora te acuestas, qué consumes, qué conversaciones cargas hasta la mañana siguiente. Y se sostiene durante el culto. Las manos pueden adorar, la mirada puede adorar, el silencio entre las canciones puede adorar. Cuando descubras que estás físicamente sentado pero mentalmente lejos, no te avergüences de darte un golpecito interno y de repetirte la frase del salmista: «Bendiga todo mi ser su santo nombre.» Esa orden a uno mismo es parte legítima del trabajo de adorar.

Oración: Padre, hoy te traigo todo lo que soy. Tómame entero: mi cuerpo, mis pensamientos, mis afectos, mi atención. Cuando me distraiga, recuérdame regresar. Que mi presencia delante de ti sea verdadera y completa, ofrecida con todo lo que pusiste en mí. En el nombre de Jesús, amén.