Bendice, alma mía, a Jehová, y no olvides ninguno de sus beneficios.
— Salmo 103:2 (RVR1960)
El recuerdo concreto de lo que Dios ha hecho es el ancla de toda alabanza verdadera.
Hay un tipo de adoración que parece adoración y no termina de serlo. Las palabras son correctas, la postura apropiada, la canción se sabe de memoria, y aun así uno se queda con la sensación de haber repetido un guion. El salmista anticipa esto. Por eso, después de pedirse a sí mismo bendecir a Jehová, se da una segunda orden: «no olvides ninguno de sus beneficios.» Y la memoria que él trae es bien específica: él perdona todas tus iniquidades, sana todas tus dolencias, rescata del hoyo tu vida. Cada beneficio es un ancla. Cada ancla le da peso a la siguiente palabra que sale de su boca. Cuando él canta, canta una historia que conoce de cerca.
Piensa en la diferencia entre dos notas de agradecimiento. La primera dice: «Gracias por todo lo que has hecho por mí.» La segunda dice: «Gracias por la recomendación que diste de mí para esa oportunidad de trabajo, gracias por acompañarme al médico, gracias por estar a mi lado en silencio en medio de esa aflicción.» La segunda nota tiene vida porque está cargada de memoria. La primera parece algo genérico, uno de esos mensajes que no tienen alma ni sentimiento.
Una de las razones por las que cantamos sin alma es que cantamos prestado. Tomamos las palabras de un himno que alguien escribió desde su propia historia con Dios y las pronunciamos sin traer nuestra historia a llenarlas. La forma está, pero el contenido es ajeno. No hace falta escribir nuevas canciones. Lo que tenemos que hacer es reflexionar más mientras cantamos. Hay un ejercicio sencillo que ayuda. Antes de orar hoy, escribe tres beneficios concretos del Señor en tu vida durante el último año. Hechos concretos, personas con nombre, momentos específicos. Cuando vuelvas a abrir la boca para alabarle, esos tres recuerdos te respaldarán.
Oración: Padre, perdóname las veces que he repetido tu nombre sin sentirlo. Reconozco que es más fácil cantar prestado que cantar desde mi propia historia contigo. Quiero que cada vez que mi alabanza se vacíe hoy, regrese a la memoria de tu fidelidad y vuelva a tener peso. Sostén ese hábito en mí. En el nombre de Jesús, amén.