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La tarea para la cual fuiste hecho

Bendice, alma mía, a Jehová, y bendiga todo mi ser su santo nombre.

— Salmo 103:1 (RVR1960)

Antes de cualquier rol que asumas en la vida, fuiste creado para llevar gloria al nombre de tu Dios.

Si te preguntaran para qué fuiste hecho, probablemente responderías con tu profesión, con tu rol en la familia o con algún proyecto que llevas en mente. Todas esas respuestas tienen su lugar. Antes de ser hijo, padre, esposa, profesional o emprendedor, fuiste creado para algo más básico: traer gloria al nombre de tu Creador. Todo lo demás se construye sobre esa vocación primaria. Cuando esa vocación se descuida, lo demás también se desordena, aunque por un tiempo lo disimules con productividad.

Fíjate en cómo arranca el salmista. El comienzo es íntimo. David se habla a sí mismo: «Bendice, alma mía, a Jehová.» Se está pastoreando. Sabe que su afecto por el Señor puede enfriarse, que la rutina puede secar lo que un día estuvo vivo, y que si espera a sentirse motivado para adorar, la alabanza nunca llegará en los días difíciles. Por eso toma la iniciativa él mismo. Lo mismo te tocará a ti la mayoría de los días. Nadie va a empujarte hacia la adoración: quizás haya una reunión que comienza temprano, un mensaje pendiente, un cansancio acumulado. En medio de todo eso, alguien tiene que decirle a tu alma lo que necesita escuchar. Es como ese deportista que se prepara cuando todavía está oscuro porque sabe que el entrenador no va a tocar a su puerta. La disciplina interna sostiene lo que la motivación externa no alcanza.

Hay algo más. Tu vida íntima de adoración revela quién eres en realidad. Puedes tener un testimonio piadoso en público y al mismo tiempo una conversación interna donde Dios apenas aparece. Puedes cantar el domingo y pasar el resto de la semana hablando contigo mismo solamente de tus quejas, tus planes y tus heridas. Esa conversación silenciosa pesa más de lo que crees. Es ahí donde se decide si la adoración es un acto que haces de vez en cuando o una vida entera. Por eso vale la pena empezar el día como David: hablándole a tu propia alma.

Oración: Padre, hoy quiero comenzar reconociendo aquello para lo que me hiciste. Me distraigo con mil tareas y olvido que antes de cualquier cosa fui creado para traerte gloria. Tomo la iniciativa: le hablo a mi propia alma con tu Palabra. Bendice, alma mía, al Señor. Sostén en mí esa conversación interna a lo largo del día, para que tu nombre no quede ausente de mis pensamientos. En el nombre de Jesús, amén.