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Esperando junto a la tumba

Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados.

— 1 Corintios 15:17

Desde la tumba de Cristo, nuestra espera tiene otro nombre: anticipación.

Un elemento fundamental del evangelio es el hecho de que Cristo fue sepultado. Llama la atención lo mucho que recalca Pablo este aspecto de la obra de Cristo cuando escribe a los Corintios y lo poco que, proporcionalmente, se le dedica a la sepultura en la predicación. La muerte tiene mucho material: la crucifixión, la corona de espinas, las últimas palabras. La resurrección tiene el drama del domingo en la mañana. Pero la sepultura parece un espacio vacío entre dos eventos importantes, un paréntesis sin contenido. Sin embargo, ese silencio sepulcral tiene mucho que decir al creyente en su situación actual.

La sepultura confirmó que la muerte fue real. No fue una dramatización. Fue atestiguada: José de Arimatea prestó la tumba, los romanos la sellaron y los discípulos fueron a ungirlo. Nadie podría decir después que no hubo muerte; hubo un cuerpo inerte que se quitó de una cruz para ponerlo en un lugar concreto. La sepultura es el acta de defunción que hace posible que la resurrección sea una noticia y no un rumor. Y si la resurrección es real, entonces la muerte de Cristo por nuestros pecados es también real, verificable, confiable.

Pero hay algo más en esos tres días. Zacarías Ursino, uno de los autores del Catecismo de Heidelberg, escribió que con su sepultura Cristo transformó nuestras tumbas en lugares de quieto reposo, donde descansaremos hasta que suene la trompeta. Esa perspectiva cambia la relación con la espera. Hay esperas que desesperan porque no tienen ninguna promesa al otro lado. La espera del creyente es diferente: somos acompañados por alguien que ya esperó antes, tres días bajo tierra, completamente en manos del Padre. Precisamente como estamos nosotros.

La tumba hoy está vacía, pero en algún momento estuvo llena. Y cuando estuvo llena, del lado nuestro estaba la incertidumbre. Los discípulos estaban dubitativos y se preguntaban si acaso se había esfumado su esperanza. No entendían todavía que el silencio de esos tres días era la preparación que haría aún más gloriosa la resurrección. Y cuando llegó el momento que el Padre determinó, no hubo ceremonia, no hubo anuncio previo. Simplemente, se levantó. Así también nosotros. La resurrección de Cristo no solo venció la muerte; confirmó que el cuerpo le pertenece a Dios, que la creación importa, que lo que él hizo no fue un error que hay que corregir sino una obra que él mismo rescatará. Lo que parecía el final era el umbral. Nuestra espera, cuando la vemos desde la tumba, está anticipando nuestro gozo.

Oración: Señor, en los momentos en que la espera se siente eterna, recuérdame que tú también esperaste. Que la tumba de Cristo no fue el final sino la confirmación de que todo lo que él prometió es cierto. Que pueda vivir esta espera con la confianza de quien sabe que el Padre tiene el momento exacto en sus manos. Amén.