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La tristeza que se convierte

De cierto, de cierto os digo que vosotros lloraréis y lamentaréis, y el mundo se alegrará. Pero aunque vosotros estéis tristes, vuestra tristeza se convertirá en gozo.

— Juan 16:20

En medio de la aflicción, Cristo nos anima a mirar hacia adelante: el gozo reemplazará la tristeza.

Hay un momento muy particular cuando ves una película por segunda vez. Sabes lo que va a pasar. El protagonista está en el momento más oscuro de la historia, acorralado, sin salida aparente, y tú lo ves desde una perspectiva completamente distinta. Lo que en la primera vista producía angustia, ahora se recibe con otra calma, porque sabes algo que el protagonista todavía no sabe: que eso no es el final. La misma escena, una experiencia diferente, porque tienes más contexto.

Eso es, en parte, lo que significa leer la pasión de Cristo como creyente. Los discípulos lo vivieron en tiempo real, sin saber lo que vendría después. El hombre en quien habían puesto toda su esperanza estaba siendo ejecutado como un criminal, entre ladrones, mientras la multitud se burlaba. Todo aquello a lo que habían dedicado los últimos tres años parecía desmoronarse frente a sus ojos. Su tristeza era genuina, profunda y completamente comprensible. Cristo mismo la anticipó y la validó: «Lloraréis y lamentaréis.» Les dijo la verdad sobre lo que sentirían, sin pedirles que lo ocultaran.

Pero los llevó más lejos: «Vuestra tristeza se convertirá en gozo.» La misma situación que producía el lloro terminaría produciendo algo completamente distinto, porque el contexto cambiaría. El que estaba muerto resucitaría. El aparente fracaso sería la victoria más grande de la historia. Y una vez que lo vieran con sus propios ojos, dice Cristo, nadie podría quitarles ese gozo. Los mismos discípulos que se dispersaron aterrorizados aquella noche proclamaron la resurrección después con una valentía que no tenía explicación natural.

Hay algo de eso que aplica a los momentos oscuros de cualquier creyente hoy. Un dolor con fecha de vencimiento, aunque todavía duela, se atraviesa de manera distinta a uno que parece no tener salida. Cristo prometió que el lloro cedería su lugar a algo que nadie podría arrebatar. Esa promesa cambia cómo se recibe la aflicción: ya que el gozo viene, vale la pena mirar hacia él.

Oración: Señor, en los momentos donde todo parece oscuro y no veo el camino, ayúdame a mantener la mirada en el gozo que prometiste. Que la aflicción no me cierre los ojos a lo que viene después. Que pueda afirmarme en que la tristeza cederá su lugar, porque ya lo demostraste una vez para siempre. Amén.