No con ejército, ni con fuerza, sino con mi espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.
— Zacarías 4:6 (RVR1960)
El Espíritu trabaja en silencios largos; Dios no se ha ido cuando el cielo deja de hacer ruido.
Cuando Zorobabel lideraba la reconstrucción del templo, después de que Israel volviera del exilio en Babilonia, el cielo parecía cerrado. En tiempos de Moisés hubo trueno y nube, columna de fuego y mar abierto. En los días de Salomón, la gloria llenó el templo y los sacerdotes no podían ministrar. Para los contemporáneos de Zorobabel, en cambio, los días pasaban sin ninguna señal estridente: piedras pesadas, materiales escasos, oposición política, ánimo flaco. La pregunta corría entre el pueblo: ¿dónde está Dios? Por boca del profeta Zacarías llegó la respuesta. Dios estaba allí, ocupado, trabajando con su Espíritu en una construcción que iba a tardar y cuyo desenlace nadie veía aún.
Esa confusión no se ha ido. Quizás creciste creyendo que Dios siempre obra en lo inmediato, lo abundante y lo visible. Cuando una reunión te conmueve, cuando un problema se resuelve en una semana, cuando alguien te dice una palabra oportuna, concluyes que Dios estuvo en el asunto. El problema viene cuando la semana siguiente pasa en silencio y empiezas a sospechar que él se fue. El Espíritu es una persona real con voluntad propia (no un mueble, ni una energía, ni un interruptor que enciendes con la oración correcta). Trabaja a su propio paso. A veces hace en dos años lo que pediste para el sábado, y casi siempre lo hace por debajo del nivel del ruido.
¿Cómo identificas la obra del Espíritu cuando los signos visibles callan? Hay un termómetro confiable: el Espíritu Santo siempre apunta a la gloria de Dios. Donde hay vanidad, vanagloria o búsqueda de fama, ahí no está él. Donde hay un reconocimiento profundo de Cristo en la cruz y una obediencia sobria, ahí está actuando. El Dios que en los días de Zorobabel bajó el volumen de lo sobrenatural sigue trabajando en casas comunes, en conversaciones tranquilas, en fidelidades que nadie aplaude. Aprende a mirar bajo, lento y largo. Allí suele encontrarse.
Oración: Padre, perdóname por confundir tu cercanía con el ruido y tu ausencia con el silencio. Enséñame a verte donde la mayoría no mira, en lo lento y en lo discreto. Quiero confiar en que tu Espíritu trabaja aunque mis ojos no alcancen a verlo. En el nombre de Jesús, amén.