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Mensaje

El día de las pequeñeces

Zacarías 4:6-10

Tres tentaciones comunes en el servicio a Dios, extraídas del mensaje de Jehová a Zorobabel: confiar desmedidamente en los recursos humanos, subestimar los instrumentos discretos y menospreciar las pequeñas cosas.

Transcripción automática

Un personaje poco frecuentado del Antiguo Testamento, un personaje relativamente anónimo. Zorobabel fue un gran líder en la nación de Israel, usado por Dios después del cautiverio para poner los cimientos del templo. Sin embargo, no es tan conocido como Esdras ni como Nehemías. Zorobabel desarrolló su obra de ministerio por muchos años, enfrentando las limitaciones propias de un pueblo que estaba siendo afligido, un pueblo que estaba en pobreza, la oposición de los enemigos de Israel, y la oposición de su propio pueblo que dudaba de que el Señor pudiera reconstruir el templo utilizándolo a él.

Entonces respondió y me habló diciendo: Esta es palabra de Jehová a Zorobabel, que dice: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos. ¿Quién eres tú, oh gran monte? Delante de Zorobabel serás reducido a llanura; él sacará la primera piedra con aclamaciones de gracia, gracia a ella. Vino palabra de Jehová a mí, diciendo: Las manos de Zorobabel echarán el cimiento de esta casa, y sus manos la acabarán; y conoceréis que Jehová de los ejércitos me envió a vosotros. Porque los que menospreciaron el día de las pequeñeces se alegrarán, y verán la plomada en la mano de Zorobabel.

— Zacarías 4:6-10

Tres tentaciones en el servicio a Dios

Eran días de dificultad; venían del posexilio. Aunque Zorobabel, Esdras y Nehemías son tres grandes líderes de la nación de Israel, algunos están más documentados que otros. No tenemos muchas descripciones de la persona de Zorobabel. Paradójicamente, lo que conocemos sobre él es lo que Dios profetizó, y esto es interesante: para conocer a Zorobabel no vas a encontrar sus discursos ni una narrativa extensa sobre él. En este mensaje, que fue quizá la cuarta profecía que el Señor envió a Zorobabel para animarle a que emprendiera la reconstrucción del templo, llamaron mi atención tres grandes tentaciones que vamos a enfrentar cuando intentemos hacer la obra del Señor.

La primera tentación es la de confiar desmedidamente en los recursos humanos. Dijo el Señor: «No con ejército ni con fuerza, sino con mi espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.» La segunda es la tentación de confiar desmedidamente en líderes fuertes, vocales, estereotípicos, y no atender los instrumentos que el Señor nos ha dado. Y la tercera es la tentación de menospreciar las pequeñas cosas, donde encontramos uno de los versículos más hermosos de todo el Antiguo Testamento: «Porque los que menospreciaron el día de las pequeñeces se alegrarán.»

El escenario de Zorobabel

Quisiera trasladarles al mundo de Zorobabel. El Señor permitió que salieran de las naciones que les tenían cautivos y regresaran al sitio del cual les había sacado. Pero cuando regresaron no encontraron la ciudad como la habían dejado. Era una ciudad arrasada, destruida; donde anteriormente había cosechas fructíferas, lo que quedaban eran rastrojos. El templo ya no existía. La gloria pasada de aquel templo todavía estaba en la memoria, y cuando vinieron las personas que habían presenciado la gloria del templo anterior y lo compararon con lo que se estaba construyendo, lloraron.

En medio de esta situación de desprovisión, de pobreza, de riesgo —el pueblo no tenía todavía murallas—, el Señor envía a profetas como Hageo y Zacarías para estimular al pueblo a que haga la obra del Señor, pero no en los términos del pueblo, sino en los términos de Dios. Estoy persuadido de que el mayor interés de Dios es su propia gloria. Él dijo por medio de uno de sus profetas: «Yo Jehová; este es mi nombre, y a otro no daré mi gloria.» Dios es celoso de su propia gloria, y en este momento de abierta desprovisión, donde no hay entusiasmo, donde la gente cree que nada va a suceder, el Señor está preparando una obra gloriosa. De forma tal que Zorobabel no va a poder decir que lo hizo en sus términos. Los que menospreciaron el día de las pequeñeces terminarán reconociendo que Dios estuvo en medio de ellos.

No con ejército ni con fuerza

La tentación de Israel en este momento de su historia era hacerse aunque sea de un pequeño ejército, producir alguna fuerza que defendiera sus intereses. El pueblo le recordaba a sus líderes que estaban corriendo riesgos, y los líderes lo sabían. El Señor manda a los profetas y los profetas dicen: dejen de estar tratando de cuidarse por sus propios medios. Así como no pudieron cuidarse y terminaron siendo desterrados, y así como durante el cautiverio por setenta años Dios los protegió, ahora tampoco van a poderse cuidar por sus propios medios.

La tentación es contar con que nuestros propios medios pueden hacer que la obra del Señor avance. No es malo tener recursos ni ponerlos a la disposición de la obra del Señor, pero es pecaminoso entender que esos recursos son trascendentales para lo que Dios quiere hacer. Yo creo que un pecado común en nuestros días es que confiamos demasiado en los recursos humanos: cuando vemos que probabilísticamente las cosas están por darse, entendemos que Dios está en el asunto, y cuando nada está sucediendo, dudamos de que Dios esté. En cada templo construido previamente, tanto en el tabernáculo como el templo de Salomón, el Señor hizo que providencialmente sobreabundaran los recursos, pero en el templo de Zorobabel no había recursos. Ellos recordaban las glorias de Israel cuando se construyó el tabernáculo: el Señor permitió que salieran de Egipto enriquecidos. Recordaban la riqueza en tiempo de David y Salomón, y decían: «Es que ahora mismo no se puede hacer la obra porque no hay recursos.» Y el Señor le dice: «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi espíritu.»

La lección es que a veces el Señor providencialmente permite que sintamos la carencia para asegurar su gloria. Pareciera que cuando nada va a suceder, el Señor está haciendo de todo, y nuestros ojos no son buen indicador del avance de la obra de Dios. La obra del Señor no depende del recurso humano, ni del recurso financiero, ni del recurso intelectual. La obra del Señor depende del Señor de la obra. Y Dios hará lo que quiera hacer cuando quiera hacerlo. Nuestro recurso humano y material podría ser un estorbo, pues si el Señor lo hiciera con abundancia de medios, todos trataríamos de atribuir su gloria a otra cosa.

Nuestros recursos no son trascendentales

Hablo de tus recursos en un compendio amplio. Sabiduría, erudición, conocimiento: gloria al Señor porque te lo dio, pero Dios es sabio, y sus pensamientos son más altos que nuestros pensamientos, sus caminos son más altos que nuestros caminos. Que tengamos gente sabia, inteligente y capacitada es marginal con relación a lo que el Señor puede hacer en medio de nosotros. Elocuencia, liderazgo: hay gente que cree que puede reclutar un pueblo y llevarlo a los propósitos de Dios. Tus habilidades de liderazgo tampoco van a hacer la diferencia. Un matrimonio ejemplar tampoco te coloca más cerca o más lejos de ser útil a tu Señor. Las biografías de grandes creyentes están llenas de matrimonios que estaban haciendo aguas y aun así el Señor los utilizó. La gente quiere mostrar como que la vida perfecta y una vida impoluta es lo que va a permitir que sea útil o no al Señor. Dios es soberano y usa a quien quiera usar.

Experiencia ministerial: cuando realmente te creas la película de que nadie va a hacer ese ministerio como lo estás haciendo tú, estás al borde del precipicio. El Señor se va a gozar a veces trayendo un nuevo creyente que haga lo que pensaste que solamente tú podías hacer. No es con ejército ni con fuerza, sino con su Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos. Nuestros recursos humanos y materiales, más que una ventaja, podrían ser un estorbo para lo que Dios quiere hacer en medio de nosotros. Daría pena que cuando el Señor lo haga, nosotros juguemos la carta de que fue por nuestra constancia. Él pudo haberlo hecho en el año uno o no haberlo hecho nunca desde nuestros ojos. Él es soberano y hará lo que va a hacer cuando Él quiera hacerlo.

Santificarnos y consagrarnos para el Señor es nuestro privilegio, pero no podemos sugestionar a Dios pensando que como vencimos un pecado, Él tiene que utilizarnos. Si el Señor utilizó a Ciro, a Nabucodonosor, a Balaam y a la burra de Balaam, también puede utilizar a cualquiera de nosotros. De hecho, ser usado por Dios no es una garantía de ser aprobado por Dios. Hay cantidad de gente que fue usada por Dios y al mismo tiempo fue desechada. Cualquier nivel de consagración que hayas alcanzado para parecerte al Dios que es tres veces santo es por tu bien, por tu beneficio, por tu gozo. Eso no es la moneda de cambio por la cual Dios te va a usar o no.

El hecho de que Moisés fuera tartamudo, David un hombre violento y Salomón terminara siendo promiscuo es muy lamentable. Sin embargo, fue lo que garantizó que la gloria del Señor estuviera segura, pues nadie va a poder decir que lo que hizo David lo hizo porque David era bueno. El Señor quiso hacerlo y le da a quien Él quiera darle, de forma tal que Dios será siempre glorificado. Zorobabel sentía la tentación de creer que la obra no avanzaba por falta de recursos. Y el Señor le dice: el templo se va a hacer, pero no con los recursos humanos; soy yo que voy a hacer un templo, y lo haré en medio de sus precariedades.

La obra del Espíritu Santo

Uno de los problemas en los días de Zorobabel era que Dios no se había manifestado de manera estridente. En tiempos de Moisés y de Salomón, el Señor manifestó visiblemente su presencia: a veces con trueno, a veces con humo, con columna de nube, columna de fuego. Pero en los días de Zorobabel, el Señor como que había bajado el breaker de lo sobrenatural. Lo que ellos tenían era un grupo de ceniza, materiales precarios y poco ánimo. La gente decía: «¿Dónde está el fuego? ¿Dónde está la nube? ¿Dónde está Dios?» Cuando dejas de ver lo estridente, a veces también el Señor está actuando. No hace falta ver cosas sobrenaturales para entender que Dios está en el asunto.

Donde hay una obra genuina del Espíritu Santo hay un profundo reconocimiento de la obra de Cristo en la cruz del Calvario y de cómo el Padre se ha revelado a su pueblo a través de su palabra. El Espíritu de Dios es una persona real que tiene voluntad, personalidad y carácter. El Espíritu Santo no es un mueble, no es una fuerza, no es una energía, no es una batería. Es una persona real, y a las personas reales no nos gusta que nos traten como si fuéramos muebles. Donde la gente quiere usar al Espíritu Santo como si el Espíritu estuviera a su servicio, ahí no es. Nosotros somos los que estamos al servicio suyo.

Hay gente que quiere vivir en una teología del videojuego, como que ellos tienen el control y ponen a Dios a moverse. Si el Señor lo va a hacer en su Espíritu, una de las características del Espíritu es que tú no sabes cómo obra ni cuándo obra. Tú siempre lo esperas, pero no puedes programarlo. La providencia no cabe en una tabla de Excel. La oración más piadosa que puedes hacer es la que hizo el Señor: «Que se haga tu voluntad y no la mía.» Cuando hay un profundo reconocimiento de la dignidad del Espíritu, de su poder y su autoridad, ya no actuamos nosotros como si fuéramos grandes, sino que reconocemos que Él es grande y que la agenda la traza Él.

Cómo identificar la obra del Espíritu

¿Cómo puede uno identificar la obra del Espíritu? Porque a veces se mezcla la obra del Espíritu con el espíritu humano, con el activismo, la diligencia, o con las obras de Satanás. Uno se da cuenta de que está obrando el Espíritu de Dios —con mayúsculas— porque el Espíritu siempre garantiza la gloria de Dios. Si hay vanagloria, no es el Espíritu de Dios. Si hay ego, no es el Espíritu de Dios. No me digas que el Espíritu Santo te está utilizando y al mismo tiempo te está utilizando para fantocherías, para autoexaltación. Dondequiera que el Espíritu de Dios te está moviendo hay un profundo reconocimiento de la obra de Dios, de forma tal que nos humillamos y reconocemos que no nosotros, sino Él.

Si la obra es del Espíritu, la obra no es replicable, de forma tal que no hay que escribir los libros. Estamos en unos días donde todo el que logra algo un poco fructífero quiere dar conferencia y escribir libros. Si realmente fue el Señor el que lo hizo, no es replicable. Lo único que es consistente es que Dios lo hizo: esa es la fórmula. El Espíritu obra en su momento, no en el nuestro. Sus propósitos son eternos, y la obra del Espíritu en medio de nosotros a veces parece insignificante porque es una obra mucho más grande de lo que podemos dimensionar.

Paradójicamente, Zorobabel no terminó la construcción. El Señor lo utilizó para poner los cimientos y llevar la obra hasta un punto, pero él no vio el resultado. Había que esperar más de quinientos años, porque estaba construyendo el templo en el cual se concluiría la promesa y llegaría el deseado de todas las naciones. ¿Cuándo alcanzó esto su propósito? Cuando el Señor fue presentado en el templo. Lo que estamos haciendo hoy es importante a los planes eternos del Señor, aunque nosotros no podamos verlo. Pero nosotros queremos que se construya la casa, se termine, se amueble y se viva en la misma generación. A veces los planes del Señor escapan a nuestros ojos.

No subestime los instrumentos discretos

Lo más importante no es que nosotros seamos muy conocidos; lo más importante es que seamos conocidos por Él. Lo que sabemos de Zorobabel es que Dios lo conocía. No están documentados sus discursos, no hay mucho dato biográfico, nadie escribió acerca de su historia. Sabemos de Zorobabel principalmente por lo que Dios dijo de él cuatro veces. En este mundo donde todo el mundo está buscando su relevancia, su autoexaltación, líderes como Zorobabel llaman la atención. Porque lo más importante no es que tengas mucho para decir; lo más importante es que Dios tenga mucho para decir acerca de ti.

Cuando el hombre no está creyendo que es posible que Dios te use, a veces ahí es que el Señor quiere usarte. El pueblo no le destacaba a Zorobabel, no creía en él. El argumento es que aunque parezca imposible, el Señor lo había elegido para hacer su obra y lo haría en el poder de su Espíritu. Lo más importante no es que seamos los más reconocidos ni los más destacados; lo más importante es que Dios quiera usarte. Y si el Señor quiere usarte, el Señor lo hará.

La lección es: haz lo que Dios te mande a hacer, aunque la gente no te esté mirando, aunque no te estén entendiendo, aunque no crean que vas a terminar. No estás trabajando para darle la razón a nadie; estás trabajando para la gloria de Dios. Haré de Dios mi único público. Con saber que estoy en su mente y en sus planes, me basta. Aceptaré con gozo el anonimato, la vida discreta, la larga obediencia en la misma dirección. No ambicionaré gloria.

No menosprecie el día de las pequeñeces

Dice el versículo 10: «Porque los que menospreciaron el día de las pequeñeces se alegrarán.» Qué versículo más hermoso. El axioma en nuestros días es que todo tiene que ser grande, masivo, monumental; que si algo no es inmenso, no vale la pena. Las cosas pequeñas también cuentan si se hacen para Dios. Tengo un ardor por la iglesia pequeña, porque pareciera que el ecosistema de iglesia solamente necesita cuatro árboles grandes y que si una congregación no es masiva, parece que no lo está logrando. En la iglesia pequeña también Dios puede hacer grandes cosas.

Estoy persuadido de que el Señor me mandó a pastorear una iglesia pequeña. Si el Señor quiere que yo pastoree una iglesia más grande que la que me ha dado, que cuide primero a los que ha puesto bajo mi cuidado, reconociendo que todos ellos han sido comprados a precio de sangre. Cuidar dos o tres que han sido comprados a precio de sangre es mucho más de lo que merecemos. Lo que debemos es ser fieles en la misma dirección. Claro que queremos crecer, pero no con otra fuerza ni con ejército, sino en su Espíritu. Lo pequeño de Dios es diez veces más valioso que lo inmenso de los hombres.

El templo de Zorobabel era un templo mucho más precario a nivel de pompa y de decorados. Era un templo más pequeño, y la gente comparaba con el pasado: «En los días de Salomón y de David el templo se hizo en una era de abundancia.» La nostalgia es una maldición. El problema en tiempo de Zorobabel era que la gente estaba midiendo su fruto con el fruto de otro tiempo. Lo que se documenta son las cosas grandes, pero esos obreros fieles que hicieron cosas pequeñas para el Señor, nadie les escribió un libro. El templo no tenía arca ni evidencia sobrenatural, pero de todos los templos que se construyeron, el de Zorobabel fue el que fue habitado corporalmente por el dueño del templo.

La gloria postrera de esta casa

Dijo Jehová en tiempo de Zorobabel, según el profeta Hageo: «De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca, y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el deseado de todas las naciones, y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos.» ¿Cuál fue la gloria del templo de Zorobabel? En ese templo entró Jesucristo. Decían que el templo no tenía ornamentos, que había poco oro. El Señor le hizo levantar un templo precario y después levantó un hombre llamado Herodes, y antes de que el Señor fuera presentado en el templo, Herodes mandó a enchapar todo el frente con una capa de oro que reflejaba a kilómetros de distancia.

Mía es la plata y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos. La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos, y daré paz en este lugar, dice Jehová de los ejércitos.

— Hageo 2:8-9

La gloria de una iglesia no es su liturgia, no es su mobiliario, no es su tamaño: la gloria de una iglesia es Cristo. «Porque los que menospreciaron el día de las pequeñeces se alegrarán», dice el Señor. Él no tiene ego. Hace sus cosas grandes de forma tal que nos sorprenda a nosotros mismos, y cuando nos sorprende nos invita a unirnos a su alegría. Las tres lecciones son estas: los recursos materiales no son determinantes para lo que Dios quiere hacer; no subestime los instrumentos discretos; y no menosprecie el día de las pequeñas cosas. Oro por la iglesia, por tu vida, por tu ministerio, por tu casa, para que confiemos más en el Señor y menos en nuestros propios recursos.