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El día de las pequeñeces

Zacarías 4:6-10

Tres tentaciones comunes en el servicio a Dios, extraídas del mensaje de Jehová a Zorobabel: confiar desmedidamente en los recursos humanos, subestimar los instrumentos discretos y menospreciar las pequeñas cosas.

Predicado4 de mayo de 2025
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Dice así la Sagrada Escritura, la palabra del Señor. Libro de Zacarías, capítulo 4, del 6 al 10.

Entonces respondió y me habló diciendo: Esta es palabra de Jehová a Zorobabel, que dice: No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos. ¿Quién eres tú, oh gran monte? Delante de Zorobabel serás reducido a llanura; él sacará la primera piedra con aclamaciones de: Gracia, gracia a ella. Vino palabra de Jehová a mí, diciendo: Las manos de Zorobabel echarán el cimiento de esta casa, y sus manos la acabarán.

— Zacarías 4:6-10

En todo el Antiguo Testamento, un personaje relativamente anónimo o desconocido. Zorobabel fue un gran líder en la nación de Israel, usado por Dios después del cautiverio para poner los cimientos del templo. Sin embargo, es un personaje relativamente anónimo: no es tan conocido como Esdras ni tan conocido como Nehemías. Yo no recuerdo —y fui niño en una iglesia—, no recuerdo una escuela bíblica acerca del personaje Zorobabel; recuerdo mucho del personaje Nehemías. Zorobabel desarrolló su obra de ministerio por muchos años, enfrentando las limitaciones propias de un pueblo que estaba siendo afligido, un pueblo que estaba en pobreza, la oposición de los enemigos de Israel y la oposición de su propio pueblo, que dudaba de que el Señor pudiera reconstruir el templo.

En este mensaje, que fue quizá la cuarta profecía en la que se habla de la persona de Zorobabel, paradójicamente lo que conocemos sobre él es lo que Dios profetizó. Y esto es interesante: para usted conocer a Zorobabel, no va a haber discursos de Zorobabel, no va a haber una narrativa de Zorobabel, sino que tendrá que estudiar las profecías de lo que Dios mismo dijo al respecto de este hombre. Y eso llamó mi atención.

Tres tentaciones comunes en el servicio a Dios

En este mensaje, que fue quizá la cuarta profecía que el Señor envió a Zorobabel para animarle a que emprendiera la construcción, la reconstrucción del templo, llamaron mi atención tres grandes tentaciones que vamos a enfrentar cuando intentemos hacer la obra del Señor. Y fue este un texto que para mí fue refrescante, confrontador, aleccionador en muchos sentidos, por lo que describe aquí, de forma tal que respondió mis aprensiones del momento.

La primera tentación que aquí se responde, o que llama la atención de forma tal que podamos glorificar al Señor, es la tentación de confiar desmedidamente en los recursos humanos. Dijo el Señor: «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos». La otra tentación es la tentación de confiar desmedidamente en líderes fuertes, vocales, estereotípicos, y no atender los instrumentos que el Señor sí nos ha dado. Y la tercera tentación es la tentación de menospreciar las pequeñas cosas, y ahí está uno de los versículos más hermosos de todo el Antiguo Testamento: «Porque los que menospreciaron el día de las pequeñeces se alegrarán», dice el Señor.

Quisiera trasladarles al mundo de Zorobabel, y que vayan conmigo miles de años en la historia a ver al pueblo de Israel, que providencialmente el Señor permitió que saliera de las naciones que le tenían cautivo y regresara al sitio del cual el Señor les había sacado. Pero cuando regresaron no encontraron la ciudad como la habían dejado: era una ciudad arrasada, era una ciudad destruida; donde anteriormente había cosechas fructíferas, lo que quedaban eran rastrojos. El templo ya no existía. La gloria pasada de aquel templo todavía estaba en la memoria, y cuando vinieron las personas que habían presenciado lo que era la gloria del templo anterior y ahora lo compararon con lo que el Señor estaba haciendo, se desanimaron.

En medio de esta situación de desprovisión, de pobreza, de riesgo, el pueblo no tenía todavía murallas ni piedras, y se sentían desprotegidos. Y Zorobabel está diciendo: hay que reconstruir el templo. Y ellos dicen: ¿para qué vamos a intentar siquiera hacerlo? Pues si ponemos la primera piedra, no hay muros, y el templo será derribado. Entonces el Señor envía a profetas como Ageo, profetas como Zacarías, para estimular al pueblo a que haga la obra del Señor, pero no en los términos del pueblo, sino en los términos de Dios.

Estoy persuadido de que el mayor interés de Dios es su propia gloria. Él dijo por medio de uno de sus profetas: «Yo Jehová, este es mi nombre, y no daré mi gloria a otro, ni mi alabanza a esculturas». Dios es celoso de su propia gloria. Y en este momento de abierta desprovisión, en este momento de falta de recursos, en este momento donde no hay entusiasmo, en este momento donde la gente cree que nada va a suceder, el Señor está preparando una obra que es gloriosa. De forma tal que Zorobabel no va a poder decir que lo hizo en sus términos. Zacarías y Ageo van a tener que sorprenderse ellos mismos. Y los que menospreciaron el día de las pequeñeces terminarán reconociendo que Dios estuvo en medio de ellos.

La tentación de depender de nuestros propios recursos

Comienzo mostrando el versículo 6, donde está la tentación de depender de nuestros propios recursos. Dice el Señor: «No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos». La tentación de Israel en este momento de su historia era hacerse aunque sea de un pequeño ejército, era producir alguna fuerza que defendiera los intereses de Israel. El pueblo le recordaba a sus líderes que estaban corriendo riesgos, y los líderes lo sabían. Pero el Señor manda a los profetas, y los profetas dicen: dejen de estar tratando de cuidarse por sus propios medios.

Que así como ustedes no pudieron cuidarse y terminaron siendo desterrados, y así como no pudieron cuidarse durante el cautiverio y por setenta años yo los protegí, ahora tampoco van ustedes a poder cuidarse por sus propios medios; y como nación, yo preservaré la nación de Israel. La tentación aquí es contar con que uno, por sus propios medios, puede hacer que la obra del Señor avance.

No es malo ni inapropiado tener recursos, no es malo ni inapropiado pretender recursos, pero es un asunto pecaminoso entender que nuestros recursos van a darnos seguridad. No es malo ni inapropiado tener algo, no es malo ni inapropiado poner algo a la disposición de la obra del Señor, pero es pecaminoso entender que eso que tú has puesto a la disposición de la obra del Señor es trascendental para lo que Dios quiere hacer.

Yo creo que un pecado común en nuestros días es que confiamos demasiado en los recursos humanos. Y cuando vemos que, probabilísticamente hablando, las cosas están por darse, entonces entendemos que Dios está en el asunto; y cuando vemos que nada está sucediendo, entonces dudamos de que Dios esté. En este tiempo pareciera que el Señor no estaba en el asunto, y el Señor le está diciendo: no con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu.

En cada templo construido previamente, tanto en el tabernáculo como en el templo de Salomón, el Señor hizo que providencialmente sobreabundaran los recursos; pero en el templo de Zorobabel no había recursos. Ellos recordaban las glorias de Israel en los tiempos en que se construyó el tabernáculo, cuando el Señor había permitido que salieran de Egipto y salieran enriquecidos: desde los zarcillos hasta otras prendas se les entregaron, de forma tal que este pueblo salió enriquecido. No es malo tener algo para dar.

Es más, aunque sus recursos fueran apropiados, la forma en que ellos estaban contando con los recursos era una forma pecaminosa. Yo he aprendido, hermano, que en la obra del Señor uno no puede contar como si fuera esto una empresa humana. Y parte del dilema de mi vida, siendo un pastor vocacional, es entender que yo no puedo administrar la obra del Señor como si fuera una empresa. Si usted me dice que lo vamos a hacer, yo miraría el presupuesto; si usted me dice que lo vamos a hacer, yo miraría el recurso humano.

Hay que saber que Dios no está buscando un líder para entrevistarlo. Yo me gozaría, si el Señor lo permite, en que haga una gran obra en medio de nosotros y no haya un gran líder para entrevistar, sino que tengamos a un Zorobabel. Zorobabel no era un líder vocal, no era un líder destacado; de hecho, no sabemos nada de Zorobabel sino datos anecdóticos. Lo que sabemos de Zorobabel es lo que Dios dijo, y lo que Dios dijo es que le iba a usar a él, aunque el pueblo mismo no entendiera que Zorobabel tuviera la capacidad para hacer lo que Dios le había mandado a hacer. Y esa es la clave.

A veces uno mira con qué cuenta y se siente desabastecido. Cuando uno se siente desabastecido es cuando más abastecido podría estar siendo por el Señor. Pues no con ejército, ni con fuerza, sino por su Espíritu. En nuestros días uno mira los líderes que la iglesia tiene en cada departamento y uno dice: mira, ahí estamos bien, tenemos un buen primera base; si fuera baloncesto, un escolta. Perdieron los Lakers, y pareciera que el problema estuvo en el rebote. La gente dice: perdieron los Lakers porque perdieron, que si tuvieran a Anthony Davis, entonces realmente… Ay, hermano, esa no es la obra del Señor. La obra del Señor no gana sus batallas porque tengamos recursos humanos, porque tengamos los mejores líderes, los líderes más fuertes. Con gente anónima como Zorobabel el Señor puede ganar sus batallas.

Y Zorobabel fue utilizado por el Señor precisamente porque pareciera que Zorobabel no debía ser utilizado por el Señor. Si fuera Saúl, si Zorobabel tuviera siete pies, si fuera un líder vocal, si se escribieran cinco libros al respecto de Zorobabel, entonces pareciera que sí. A veces el Señor elige los tiempos precarios para hacer sus obras que son más grandes. Recuerda: tus recursos no son pecaminosos, hermano, pero quiero implicarte. Si tú tienes algo para Dios, dalo; pero no esperes que porque tú des de eso, la obra del Señor va a avanzar.

Escuché una cita esta semana que me llamó la atención, y no sé de quién es. Dice la cita: solamente el que no ha dado lo suficiente entiende que el dinero no da felicidad. ¿Quién dice esta cita? Solamente el que no ha dado lo suficiente entiende que el dinero no da felicidad. Ay, hermano, hay un gozo en la generosidad, hay un gozo en el desprendimiento, hay un gozo en saber que nuestros recursos limitados pueden ser utilizados por el Señor. Pero, por favor, te clarifico: tu recurso no es trascendental para lo que Dios pueda hacer en medio de nosotros.

Y tus recursos no son solamente materiales. Hablaré de un compendio amplio de recursos, porque quiero implicarte. Uno de nuestros problemas como iglesia es que esta es una iglesia que está llena de talento, está llena de recursos, está llena de capacidad, está llena de inteligencia, está llena de sabiduría. Y eso no garantiza que el Señor se vaya a mover en medio de nosotros. De hecho, probablemente, si tuviéramos la mitad de lo que tenemos en cualquier área, humanamente hablando fuera menos seguro, pero la gloria del Señor estuviera más garantizada.

Problema tenemos hasta que nosotros entendamos que si el Señor lo hace, no hay alguien responsable por eso que hizo el Señor. Gozo da saber que el Señor lo hizo y nadie puede atribuirse mérito. Hablo de tus recursos: sabiduría, erudición, conocimiento. Ay, gloria al Señor porque te lo dio. Pero Dios es sabio y sus pensamientos son más altos que nuestros pensamientos, sus caminos son más altos que nuestros caminos. Y que tengamos gente sabia, gente inteligente, gente capacitada, es marginal con relación a lo que el Señor pueda hacer en medio de nosotros. De hecho, con la mitad de lo que cualquiera de nosotros tiene, el Señor hace cosas mucho más grandes.

Ni elocuencia, ni piedad, ni experiencia

«Pastor, ¿estamos entonces ahora en la anti-intelectualidad? Estamos diciendo que eso no importa, estamos diciendo que no estudiemos». Yo me gozo por todos ustedes que han usado horas en formar su mente y su corazón de forma tal que conozcan al único verdadero Dios y puedan enseñárselo a alguien; pero no es otro conocimiento el que va a marcar la diferencia. No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.

Elocuencia. Liderazgo. Hay gente que por temporadas cree que puede reclutar a un pueblo y llevarlo a los propósitos de Dios. ¿De verdad que tú puedes? «Sí, porque yo soy un Moisés contemporáneo que puedo ir». ¿De verdad que tú puedes? «Sí, yo leí todos los libros de Maxwell, yo tengo todo el liderazgo que hay que tener. Yo realmente creo que puedo reclutar a las personas para una visión y moverlas del punto A al punto B». Ok para ti, pero no es con ejército ni con fuerza: tus habilidades de liderazgo tampoco van a hacer la diferencia.

La piedad. Un matrimonio ejemplar, ¿sabe? El matrimonio de los bizcochos, el muñequito de los bizcochos, están ahí agarraditos. Wow, es un matrimonio maravilloso; ellos van a ser útiles al Señor porque son un matrimonio ejemplar. Ay, hermano, si tú tienes un matrimonio ejemplar, gloria al Señor por eso, pero humíllate: por eso no te colocas más cerca ni más lejos de ser útil a tu Señor. Y hay gente que ha servido al Señor con matrimonios que están en abierta crisis. Y lo digo con cuidado, hermano, pero las biografías de grandes creyentes están llenas de matrimonios que estaban haciendo aguas, y aun así el Señor los utilizó. Si usted quiere leer alguna, hable conmigo.

Porque la gente quiere mostrarme como que la vida perfecta y una vida impoluta es lo que va a permitir que yo sea útil o no sea útil al Señor. El Señor es soberano y usa a quien quiera usar. Colapsó mi teología cuando yo entendí que el Señor, que es tres veces santo, para alcanzar su propósito utilizó a Ciro, utilizó a Nabucodonosor. Pilato llegó a la escena y él entendía que la película se trataba de él: wow, hacía muchísimo que estaba por conocerlo, te están grabando, alguien está tomando la foto, porque ahora Pilato va a entrevistar a Jesús. Y cuando Pilato intentó entrevistar a Jesús, el Señor le dijo: tú no estás haciendo nada más ni nada menos que lo que se te mandó a hacer.

Tú eres un personaje secundario. Tú no eres protagónico; tú no eres ni siquiera un personaje secundario. Dentro de lo que Dios está haciendo en la historia, Pilato era un atrezo en una obra de teatro, y tu vida no es tan importante como tú pensabas que era. Y si el Señor utilizó a Pilato, si el Señor utilizó a Nabucodonosor, utilizó a Ciro, ¿de verdad que tú me estás diciendo que porque tengas una vida perfecta entonces el Señor te va a utilizar? El Señor utilizó a Balaam, y usó también a la burra de Balaam, de forma tal que nuestra piedad, nuestro carácter, nuestra profesión, no es tanto una garantía para que el Señor nos use. El Señor usa a quien quiera usar.

Hermano, busque la santidad, busque la piedad. Ahora me va a decir alguno: ¿no?, como el Señor utilizó la burra de Balaam, yo voy a actuar como la burra. ¡No! Ese no es el punto. El punto es, hermano, que nuestros méritos no son trascendentales para lo que Dios quiere hacer, y que cuando parece que no hay nada, el Señor puede hacerlo todo.

Experiencia ministerial. «Ay, ese ministerio nadie puede hacerlo como lo hago yo, tengo diez años ya, quince». Ay, hermano, ahí está tu caída. Cuando tú realmente te creas la película de que nadie va a hacer ese ministerio que tú estás haciendo como lo estás haciendo tú, tú estás al borde del precipicio. «Es que yo tengo ya mucha experiencia haciendo eso, ¡años!». Y el Señor se va a gozar a veces trayendo un nuevo creyente que haga lo que tú pensaste que solamente tú podías hacer. Porque no con ejército, ni con fuerza, sino con su Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.

Hermano, entienda, no es que nos vamos a entregar ahora como que vengan los nuevos creyentes y que lo hagan: queremos que tú lo hagas, pero que lo hagas con la expectativa de que es un privilegio servir a Cristo, y de que el Señor no necesita tus años de ministerio ni tu sabiduría, sino que él va a levantar a quien quiera levantar. Ahora tengo yo, hermano, el peligro, porque con los pastores jóvenes con quienes me reúno, entre todos, yo soy el que más años tengo en el ministerio. Y ahora yo quiero sacar la carta de los diecisiete años, ¿usted sabe? De que espérense, déjenme hablar a mí, que tú tienes tres, tú tienes siete, tú tienes cinco. Hermano, el Señor está utilizando en este momento, a mis ojos y con fruto, a aquellos que tienen un año, dos y tres, más que a mí que tengo diecisiete. No es trascendental. «No, yo tengo ya cuarenta años sirviendo a Cristo, y este solamente tiene cuatro meses y ya tiene el corazón correcto».

Lo que quiero mostrar, hermano, es que no es con ejército ni con fuerza, sino con su Espíritu; y que nuestros recursos humanos y materiales, más que una ventaja, podrían ser un estorbo para lo que Dios quiera hacer en medio de nosotros. Porque daría pena que cuando el Señor lo haga, entonces nosotros le juguemos la carta de que el Señor lo hizo porque tuvimos la constancia y perseveramos por veinte años y el Señor hizo el milagro. Él pudo haberlo hecho en el año uno, o no haberlo hecho nunca desde nuestros ojos. Él es soberano y hará lo que va a hacer cuando él quiera hacerlo. Y que nos use a nosotros es nuestro privilegio.

Buscar la santidad por la razón incorrecta

Durante muchos años, hermano, yo busqué la santidad por la razón incorrecta. Yo decía: yo quiero ser usado por el Señor, de forma tal que yo quiero apartarme del pecado. Y yo me apartaba de determinados pecados; sobre todo… ese es el tema mío de esta temporada, hermano: era la música una de las cosas. Los pecados que yo puedo mencionar sin avergonzar, entre ellos, uno era la música. A mí me gustaba una música que no adoraba al Señor, y yo dejaba de escuchar los casetes, porque eran casetes.

Recuerdo, hermano, que yo tenía un casete de «Las huellas en la arena» que tenía por el otro lado a Playero 37. Ay, hermano, qué tema ese. Yo, que era un creyente, yo tenía un casete que era de mi abuela, que decía: «hay dos huellas en la arena, dibujadas a tu lado, pero al pasar por la arena cuatro huellas van quedando». Y después decía: «Puerto Rico, Puerto Rico, solo quiere fumar, por eso marihuana voy a cultivar». Esa era mi música. Y después volvía: «pero al llegar la tristeza y el dolor, tan solo quedan dos huellas, que son de Cristo».

Entonces yo guardaba el casete o lo borraba, y decía: vamos a ponerle, ya yo me voy a consagrar, voy a buscar, y ahora yo voy a ser usado por el Señor. Ay, hermano, usted puede dejar la música inmoral, usted puede dejar la vida licenciosa, usted puede dejar la promiscuidad sexual, usted puede dejar la mentira, usted puede dejar el ego, el orgullo, y eso no es la moneda por la cual Dios va a cambiar para usarte o no usarte. Santificarnos, consagrarnos para el Señor, es nuestro privilegio.

Nosotros no podemos sugestionar a Dios al respecto de que como yo vencí ese pecado, tú tienes que utilizarme. Ay, hermano, véncelo, por favor, por amor a su Dios, por amor a su alma; pero no entienda que nuestra santidad es lo que va a permitir que el Señor venga. ¿Qué es lo que va a permitir que el Señor nos use más o nos use menos? Pues si el Señor utilizó a Ciro, a Nabucodonosor, a Balaam y a su burra, también puede utilizar a cualquiera de nosotros. De hecho, ser usado por Dios no es una garantía de ser aprobado por Dios: hay cantidad de gente que fue usada por Dios y al mismo tiempo fue desechada. Dios es soberano y usa a quien quiera usar.

Parece extraño esto, hermano, porque nos han vendido la idea de que nuestra santidad es lo que nos coloca en el camino de la grandeza. «¿Por qué el Señor te usó tanto? Porque yo era un hombre dedicado a la oración». Hay personas que se dedicaron a la oración y conocieron a Dios más profundamente, más perfectamente. Pero intentar que nuestra santidad manipule a Dios es lo mismo que un adolescente de quince años que sienta que su papá tiene que comprarle un carrito porque se comió la comida. Tú te tenías que comer tu comida; a ti es que te conviene comerte tu comida, ya tú sabes que necesitas tu comida. Entonces tengo que producir tu comida, tengo que servirte la comida, cocinarte la comida, y ahora tú te comes la comida y sientes que te tengo que dar un regalo porque te comiste la comida.

Ay, hermano, cualquier nivel de consagración que hayas alcanzado para parecerte al Dios que es tres veces santo es por tu bien, es por tu beneficio, es por tu gozo, es por tu deleite. Eso no es la moneda de cambio por la cual Dios te va a usar o no te va a usar. No en nuestras fuerzas, no por fuerza ni por ejército, sino en su Espíritu. Dios usa a quien quiera usar. Y después de pastorear, hoy te digo: busca el rostro del Señor, apártate del pecado y conságrate para el Señor. Pero vas a colapsar cuando te des cuenta de que a personas que vivían en abierta pecaminosidad el Señor se gozó en mostrar que él es tan poderoso que hasta a este tipo de personas él puede utilizar.

Y yo he sido confrontado al respecto de gente que fue usada para mi bendición durante años, y que después se descubrió que a veces eran farsantes, eran personas que vivían vida licenciosa; y después uno colapsa y uno dice: ¿qué pasó?, ¿y cómo era que Dios lo usaba? Si la persona estaba participando en eso, es que Dios es soberano y usa a quien quiera usar. No por ejército, ni por fuerza, sino por su Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.

Dones, habilidades, recursos materiales, disciplina, constancia, persistencia: gloria al Señor por todo eso que le ha dado a su pueblo. Y al mismo tiempo, nada de eso es trascendental o cardinal para lo que Dios quiera hacer. Lo que él quiera hacer, lo hará, con nosotros o sin nosotros, para la gloria suya. El hecho de que Moisés fuera tartamudo, David un hombre violento y Salomón terminara siendo promiscuo es muy lamentable; sin embargo, fue lo que garantizó que la gloria del Señor estuviera segura, pues nadie va a poder decir que lo que hizo David lo hizo porque David era bueno, o que el reino de Salomón fue grande por él. No: es que el Señor quiso hacerlo, hermano, y le da a quien él quiera darle, de forma tal que Dios será siempre glorificado. El Señor es celoso de su gloria.

Zorobabel sentía la tentación de creer que la obra no avanzaba por falta de recursos. Quizá él se daba a sí mismo la excusa de que, mira, nosotros comenzamos la construcción pero no la hemos podido terminar, porque es que nos faltan blocks, nos faltan varillas, nos faltan obreros. La gente nota esto, y el Señor le dice: hey, Zorobabel, el templo se va a hacer, pero no es con los recursos humanos; soy yo el que voy a hacer un templo, y lo haré en medio de sus precariedades.

Probablemente nosotros decimos en otros días: si tan solo tuviéramos un templo más grande, gente más capacitada, gente con mejor actitud. En algún momento en mi ministerio yo pensaba: wow, si el Señor nos diera un lugar de reunión donde podamos… El Señor puede hacer sus obras más grandes cuando estamos al aire libre, a la intemperie, en un parqueo, o cuando la iglesia se reúne en la sala de mi casa, o cuando el Señor nos permita desarrollar un auditorio que parezca una catedral, o cuando no nos lo permita. Cuando tengamos sillas más cómodas, mejor equipo de amplificación, o «con tan solo dos bocinas más lo podríamos»; o si el Señor nos mandara tal tipo de músico. No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.

Lo que estoy mostrando es que los recursos humanos y materiales, los recursos de este lado de la historia, pueden ser usados por el Señor, pero no son lo más importante: el Señor quiere usar a quien él quiera usar. «Cuando alcance tal nivel de comodidad, entonces lo haré. Ay, si tan solo el Señor salvara a mi marido o a mi esposa, yo realmente podría hacer la obra del Señor».

Sino con mi Espíritu

Este es el mensaje central: «sino con mi Espíritu». Y ese Espíritu está ahí con E mayúscula, de forma tal que el Señor está diciendo: soy yo mismo el que lo voy a hacer. Dices: Señor, mira que yo no he podido hacer eso que tú me mandaste hacer porque me falta esto, me falta aquello. Lo mismo decía Moisés, miles de cosas. Y el Señor puede mandarte quince recursos, pero al final él está diciendo: soy yo el que lo voy a hacer.

La idea central: con mi Espíritu. Existe mucha controversia al respecto de la obra del Espíritu Santo. Cuando dice ahí «con mi Espíritu», la gente entonces piensa: bueno, como el Señor lo va a hacer con su Espíritu, significa que no tenemos que leer la palabra, eso significa que lo que va a haber es una estridencia. Uno de los problemas en los días de Zorobabel era que Dios no se había manifestado de manera estridente. En tiempos de Moisés, en tiempos de Salomón, el Señor manifestó visiblemente su presencia: a veces lo hizo con trueno, a veces lo hizo con humo, con una columna de nube, con una columna de fuego. Y el pueblo veía cosas sobrenaturales que anunciaban la presencia de Dios. Pero en días de Zorobabel el Señor como que había bajado el break de lo sobrenatural.

Y lo que ellos tenían aquí era un grupo de ceniza, materiales precarios, poco ánimo, y la gente decía: ¿y dónde está el fuego?, ¿y dónde está la nube?, ¿y dónde está Dios? Zorobabel, esto Dios no lo mandó a hacer, porque si el Señor lo hubiese mandado a hacer, mira, cuando mandó a Salomón, el Señor mandó humo, el Señor mandó fuego, el Señor mandó recursos, el Señor hizo milagros; con Moisés el Señor hizo tal cosa; pero aquí no hay fuego, no hay nada. Ay, hermano, cuando tú dejas de ver lo estridente, a veces también el Señor está actuando. Y no hace falta ver cosas sobrenaturales para entender que Dios está en el asunto. Paradójicamente, ahora el Señor habló de manera profética más que en cualquier otro tiempo, y cuatro veces dijo: construyan, construyan, Zorobabel, yo estoy con ustedes.

Existe controversia; hay que glorificarle. El Espíritu de Dios obra en perfecta armonía y consonancia con la Trinidad. Donde está la obra del Espíritu Santo de manera genuina, el Espíritu Santo siempre está actuando de manera cónsona con el Padre y también con el Hijo, porque ellos son un Dios en tres personas. De forma tal que si el Padre se reveló a nosotros y nos dio su palabra, cuando el Espíritu Santo obra siempre lo hace en consonancia con la palabra de Dios.

Y cada vez que obra el Espíritu Santo, y es una obra legítima del Espíritu Santo, tú te das cuenta de que apunta a la palabra del Señor y también apunta a la obra de Cristo, porque él es una Trinidad. Y el Padre siempre está hablando del Hijo, y el Hijo está hablando del Espíritu, y el Espíritu está hablando del Padre, de forma tal que ellos se retroalimentan. No hay tal cosa como una obra del Espíritu Santo que desconozca la obra del Padre. Si el Padre se reveló en su palabra, lo que el Espíritu Santo haga tendrá consonancia con la palabra y apuntará a la obra de Cristo.

La gente está esperando al Espíritu Santo siempre con estridencia, como un fuego, un estremecimiento. Lo que hace el Espíritu es señalar al Padre, que se reveló en su palabra, y al mismo tiempo señalar la obra de Jesucristo. Y donde hay una obra genuina del Espíritu Santo, hay un profundo reconocimiento de la obra de Cristo en la cruz del Calvario y de cómo el Padre se ha revelado a su pueblo a través de su palabra. Eso lo hace el Espíritu Santo.

El Espíritu de Dios es una persona que es real, que tiene voluntad, tiene personalidad, tiene carácter y puede conocerse. Hablo con cuidado, hermano, pues estoy hablando de la Trinidad, estoy hablando de Dios. El Espíritu Santo no es un mueble, el Espíritu Santo no es una fuerza, no es una energía, no es una batería que te puede desatar una fuerza para hazlo por ahí, hazlo por allá. Eso no es. Es una persona real. Y a las personas que somos reales no nos gusta que nos traten como si fuéramos muñecos.

Como si el Espíritu Santo fuera un hermanito de compañía, que usted lo puede mandar para acá o para allá. Dios hace lo que va a hacer, y el Espíritu Santo es poderoso, el Espíritu Santo es Dios: tiene voluntad, tiene personalidad, tiene planes, tiene agenda. Y no es usted el que lo hace: es el Señor el que lo hace, con su Espíritu. De forma tal que nosotros no estamos llamados a usar el Espíritu Santo como si lo tuviéramos a nuestro servicio; nosotros estamos al servicio suyo. Y donde la gente quiera usar el Espíritu Santo como si el Espíritu estuviera a su servicio, ahí no es.

«No, que aquí somos muy espirituales, tú vas a ver: Espíritu allá, Espíritu acá». Si somos espirituales, es el Espíritu el que dice «Rafael, aquí; Rafael, allí», y yo me pongo y me quito porque me mandó Dios. Cuando el Señor está diciendo «no con espada, no con ejército, no con fuerza, sino con mi Espíritu», lo que él está diciendo es: eso yo lo voy a hacer a la manera mía. No es que usen ustedes al Espíritu Santo como quien dice: ahora te digo, construye un muro, construye el otro. Ay, hermano, esto no es Minecraft, esto es el Señor soberano; esto no es un videojuego.

Sí, porque hay gente que se ha creído esto y como que quieren vivir en una teología del videojuego, como que ellos tienen el control y ponen a Dios a moverse. «Señor, ahora». A veces yo veo a la gente adorando al Señor con esas estridencias: «no, que somos espirituales; Señor, ahora, entra ahora, hazlo ahora». Espérate, que él tiene agenda, no tú. Y Dios hace lo que quiere hacer.

Si el Señor lo va a hacer en su Espíritu, una de las maneras del Espíritu es que tú no sabes cómo obra ni cuándo obra. Tú siempre lo esperas, pero tú no puedes programarlo. La providencia no cabe en una tabla de Excel; tú no puedes ponerle agenda, tú no puedes decir: hoy a las cinco el Espíritu lo hará, mañana a las siete el Espíritu entra, el Espíritu sale. Ay, no, hermano: si es en el Espíritu, es en la agenda de Dios y cuando Dios quiera hacerlo. Cuando él está diciendo que lo hará por su Espíritu, lo que él está diciendo no es «usen el Espíritu Santo como si fuera un peón de la obra», sino: déjense ustedes mover por el Espíritu Santo y estén atentos para cuando Dios quiera hacerlo.

Les dije la semana pasada que yo hablo de estos temas y pareciera que yo ya estoy sentado en una nube y que los ángeles me están sirviendo agua. A mí me encantaría hacerlo, hermano, y a veces intento que con mi oración el Señor lo haga más temprano o más tarde. Pero la oración más piadosa que tú puedas hacer es la oración que hizo el Señor: que se haga tu voluntad y no la mía. Esa es la actitud espiritual. Ay, Señor, yo desearía que tú hagas esta obra en medio de nosotros; qué hermoso sería si tú te manifestaras e hicieras esto. Ay, Señor, pero a tu tiempo y no al mío, a tu manera y no a la mía, a tu modo y no al mío.

Tú te das cuenta de la obra del Espíritu cuando hay un profundo reconocimiento de su dignidad, de su poder y su autoridad, y ya no actuamos nosotros como si fuéramos grandes, sino que reconocemos que él es grande, y que la agenda la traza él y el momento lo traza él. Cuando él está diciendo que no con espada, ni con ejército, ni con fuerza, sino con su Espíritu, lo que él está diciendo también es: es mi agenda. Pero el Espíritu de Dios es inteligente, es ordenado: por su Espíritu se hizo este ecosistema, por su Espíritu se hizo el cuerpo humano, se hizo la mente humana, de forma tal que el Espíritu es ordenado, es sabio, es inteligente, es poderoso. Es Dios. Y lo que él comenzó de forma providencial —inquietando a Ciro y moviendo a un hombre como ese para que dejara ir a su pueblo—, él va a terminarlo de manera providencial.

Cómo se reconoce la obra del Espíritu

¿Cómo puede identificar la obra del Espíritu? Porque a veces se mezcla la obra del Espíritu con el espíritu humano, con este activismo, esta diligencia, o con las obras de Satanás. ¿Cómo uno las diferencia? Porque confunde: uno ve cosas que están sucediendo y no sabe si es el Espíritu en mayúsculas, o si es el ser humano en su fuero interno, o si es Satanás que está obrando.

Usted se da cuenta de que está obrando el Espíritu —y no el espíritu humano, sino el Espíritu de Dios con mayúscula— porque el Espíritu siempre garantiza la gloria de Dios. Si hay vanagloria, no está el Espíritu de Dios; si hay ego, no está el Espíritu de Dios. No me digas que el Espíritu Santo te está utilizando y al mismo tiempo te está utilizando para fantocherías, para vanagloria, para trivialidades, para autoexaltación. Si hay autoexaltación, ese no es el Espíritu de Dios.

Dondequiera que el Espíritu de Dios te está moviendo, hay un profundo reconocimiento de la obra de Dios, de forma tal que nos humillamos, nos recogemos, reconocemos que no nosotros, sino él. Si hay vanagloria, no es el Espíritu de Dios, aunque sea estridente, aunque haya resultado. Una de las maneras más eficientes que el diablo ha utilizado es simular los resultados de la iglesia: uno a veces ve como crecimiento, ve piedad, ve gente reunida, y dice «no, pero Dios está ahí». Espérate, que el diablo confunde y falsea el resultado.

Dondequiera que el Espíritu de Dios está obrando, el Espíritu con mayúscula, la gloria de Dios está siendo garantizada. Y tú te das cuenta de que no solamente hay frutos, sino que también hay reverencia, que también hay humildad, que también hay recogimiento; que no hay ego, sino gloria para el nombre del Señor. Dondequiera que el Espíritu de Dios está obrando, los seres humanos anuncian que no saben cómo comenzó ni saben cuándo terminó.

Yo hablaba con un pastor en Estados Unidos a cuya iglesia el Señor trajo una bendición; fue una iglesia muy fructífera en muchos sentidos. Y yo le decía a él —los seres humanos siempre queremos la fórmula—, yo le decía: ¿y qué fue lo que ustedes hicieron? Y yo estaba esperando la fórmula, ¿saben? Yo quería saber cómo se conseguía la vida extra para ganar las almas: arriba, abajo, arriba, abajo, a ver quién está a la derecha, a ver si él está, y ahí está, cien vidas. Como si fuera Mario 3, hermano; el mundo 3-1 de Mario 1 para coger la vida extra: tú saltas y haces tal cosa. Y la mano de Dios no opera así.

Yo le pregunto al pastor: pastor, ¿y qué fue lo que ustedes hicieron? Dramáticamente, él detuvo el carro y me miró. Me dijo: Rafael, yo no sé. El Señor lo hizo. ¡Esa es la respuesta! Si realmente no es con ejército ni con fuerza, sino con mi Espíritu, y el Señor lo hace, y te preguntan a ti «¿qué fue lo que ustedes hicieron?», ¿sabes qué le tienes que responder? El Señor lo hizo. Porque si fue con su Espíritu y no con el mío, el Señor lo hizo como quería hacerlo.

Y alguien te dirá: el Señor nos usó y nos inquietó a hacer esto o hacer aquello. Pero la iniciativa comenzó con Dios y el resultado lo garantizó Dios, de forma tal que no es replicable. Si la obra es del Espíritu, la obra no es replicable, de forma tal que no hay que escribir los libros. Porque estamos en unos días donde todo el que logra algo un poco fructífero quiere dar conferencia y escribir los libros. Y si realmente fue el Señor el que lo hizo, no es replicable. Es como que tú me digas: el Señor va a reconstruir el templo con Zorobabel como nos sacó de Egipto, o el Señor lo va a hacer como cuando estábamos con Salomón. No: el Señor lo va a hacer como él quiere hacerlo, de forma tal que no se repite la fórmula. Lo único que es consistente es que Dios lo hizo. Esa es la fórmula.

El Espíritu obra en su momento, no en el nuestro

El Espíritu obra en su momento, no en el nuestro. La persona no tiene por qué tener la urgencia de que Dios lo haga ahora. Y es bonito tener la urgencia, hermano, pero el Señor no coge mi presión: él obra en todo tiempo. Algo que a mí me da duro es que la obra del Señor… él es eterno, ¿está bien pensado eso?, y yo soy temporal. Y yo quiero que el Señor haga su gran obra en mi generación, pero lo que el Señor está haciendo trasciende generaciones. De forma tal que a veces uno dice «hemos logrado», y si eso es avanzar mucho o poco, depende de qué tan grande sea la obra. Si estamos cerca o estamos lejos, depende de para dónde tú vas. Sus propósitos son eternos, de forma tal que la obra del Espíritu en medio de nosotros a veces parece insignificante, porque es una obra mucho más grande.

Paradójicamente, Zorobabel no terminó la construcción. El Señor lo utilizó para poner los cimientos y llevar la obra hasta un punto, pero él no vio el resultado. Al resultado había que esperarlo más de quinientos años, pues él estaba construyendo el templo en el cual se concluiría la promesa y llegaría el deseado de todas las naciones. ¿Sabe cuándo esto alcanzó su propósito? Cuando el Señor fue presentado en el templo. ¿Para qué estaba Zorobabel reconstruyendo? Para algo que el Señor iba a cumplir de aquí a los próximos quinientos y pico de años. De forma tal que lo que estamos haciendo hoy es importante para los planes eternos del Señor, aunque nosotros no podamos verlo. Pero nosotros queremos que se construya la casa, que se termine ese mueble y que se viva en la misma generación. A veces los planes del Señor escapan a nuestros ojos y nosotros no podemos dimensionarlos.

La primera tentación que he llamado a tu atención —he invertido un buen tiempo en esto, hermano— es la tentación de entender que nosotros movemos la obra. La obra la mueve Dios, al momento que Dios quiere hacerlo. Ay, hermano, humildemente, queremos que lo haga con nosotros. Qué hermoso sería el testimonio de decir «el Señor nos utilizó»; pero aún más hermoso va a ser el testimonio cuando digamos: el Señor nos utilizó cuando parecía que no había nada, cuando parecía que no había ningún resultado.

La tentación de subestimar los instrumentos discretos

Es interesante que a Zorobabel el Señor le habló directamente a través de los profetas, pues parecía que el pueblo del Señor estaba dudando de que el Señor pudiera hacer esa obra usando a Zorobabel. Zorobabel no aparece como un líder, un gobernante muy carismático, magnético, atractivo o enérgico. No es un Nehemías, no es un Aarón, no es un Pedro: Zorobabel es un líder relativamente discreto. No están documentados los discursos de Zorobabel, entonces no vamos a encontrar ningún discurso. No hay mucho dato biográfico; nadie escribió acerca de la historia de Zorobabel.

Este es el punto: sabemos de Zorobabel principalmente por lo que Dios dijo de él, cuatro veces. Y en este mundo donde todo el mundo está buscando su relevancia, su autoexaltación, ser muy seguido, ser muy consultado, líderes como Zorobabel llaman la atención. Porque lo más importante no es que usted tenga mucho para decir; lo más importante es que Dios tenga mucho para decir acerca de usted. Lo más importante no es que nosotros seamos muy conocidos; lo más importante es que seamos conocidos por él. Y lo que sabemos es que Dios conocía a Zorobabel. ¡Wow! Porque hay cantidad de gente que yo conozco, pero solamente el Señor sabe la gente que él conoce.

Entonces, el tipo de líder anónimo, discreto, como Zorobabel, yo creo que es muy útil para estos días, porque un pecado de nuestra generación es la autoexaltación: todo el mundo vive para promoverse. Me decía alguien el otro día —gracias al Señor que no es un creyente—, me decía él: Rafael, es que tú deberías invertir un poco más en tu plataforma. ¿De qué tú estás hablando? La plataforma: más seguidores, más producción. Bueno, nada de eso está mal; no es pecaminoso ser seguido, no es pecaminoso tener algo que decir. Pero lo que es pecaminoso es entender que porque tengamos un púlpito más alto, entonces el Señor va a hacer cosas que sean más grandes. A veces, en los aparatajes más grandes es donde Dios menos está presente, y en las cosas más precarias el Señor muestra su gloria.

Zorobabel: es bueno que no sepamos mucho sobre él, porque yo creo que podemos imitarlo. Yo no veo a nadie jugando a que yo soy Zorobabel. Tú quieres ser David, así sí. Sansón. Hasta Goliat alguno puede ser, hermano; pero Zorobabel, nadie quiere ser un Zorobabel, porque Zorobabel es un compromiso con ser una figura anónima que es útil para Dios de acuerdo a sus propósitos, que son eternos. Y eso no da likes.

A veces yo veo este fervor: wow, él tiene algo para decir porque él es muy seguido; él tiene algo para decir porque ha escrito muchos libros. Zorobabel no escribió ningún libro. Zorobabel parece que no era muy seguido. Parte del conflicto en sus días era que el pueblo no se sentía representado, al parecer, en la personalidad de Zorobabel, pues los pueblos querían líderes enérgicos y fuertes, y Zorobabel era un gobernante discreto. Pero el Señor le dijo a él, miren el versículo 7: «¿Quién eres tú, oh gran monte? Delante de Zorobabel serás reducido a llanura».

¿De verdad, Señor? Ajá. Oigan lo que Dios está diciendo a Zorobabel. Ay, hermano, mi deleite sería que cualquiera de ustedes fuera usado poderosamente por el Señor cuando yo mismo probablemente no había creído que ustedes tuvieran la capacidad para que Dios hiciera eso. Y cuando el hombre no está creyendo que es posible que Dios te use, a veces ahí es que el Señor quiere usarte. ¿Por qué el Señor está destacando a Zorobabel? Porque el pueblo no le destacaba, porque el pueblo no creía.

El argumento aquí, hermano, es que aunque parezca imposible, el Señor había elegido a Zorobabel para hacer su obra, y el Señor lo haría en el poder de su Espíritu. Y el mensaje extenso es que tampoco es la fuerza de Zorobabel, sino el Espíritu de Dios. Que lo más importante, hermano, no es que seamos los más reconocidos, que seamos los más destacados, los que tienen los dones más marcados; lo más importante es que Dios quiera usarte. Y si el Señor quiere usarte, el Señor lo hará.

Su ministerio no se documenta en textos narrativos: no hay discursos, no hay oraciones, no están sus planes, su visión. O sea, la visión: ahora todo el mundo tiene su visión. Claro. Aun en el ministerio la gente está esperando hacer grandes cosas. Hermoso es cuando tú terminas haciendo grandes cosas y esa no era tu agenda.

¿Cuál es la resolución aquí, hermano? Hay lecciones que uno puede extraer, extrapolar, aprender. La lección es: haz lo que Dios te mande a hacer, aunque la gente no te esté mirando, aunque la gente no te esté entendiendo, aunque la gente no crea que tú vas a terminar haciéndolo; porque tú no estás trabajando para darles la razón ni para demostrarles que no tienen razón: tú estás trabajando para la gloria de Dios. Zorobabel, haz lo que te mandé a hacer aunque no lo crean; hazlo, que ese monte no es nada, porque yo estoy contigo.

Haré de Dios mi único público

¿Cuál es la lección aquí? Haré de Dios mi único público. Con saber que estoy en su mente y en sus planes, me basta. «Wow, es que yo quiero hacer esto para el Señor, pero, wow, si pudiéramos documentarlo de forma tal que podamos eventualmente mostrar lo que el Señor hizo, tú sabes». Ay, hermano, no hay que documentarlo: hazlo ya. Hazlo; eso es lo que están diciendo: hazlo. No hay que esperar a que todo el mundo entienda, no hay que esperar a que todo el mundo…

Todavía hay personas que están esperando que cinco den like para entender que pueden servir a Cristo. «Levanten la mano los que entiendan que yo debo dedicar mi vida a servir al Señor. ¿Ustedes creen? ¿Ustedes creen que yo puedo? ¿Creen que yo tengo el talento? ¿Ustedes creen que yo tengo los dones? ¿Quiénes creen en mí?». Nadie cree en ti. Hazlo. Por favor, hermano, esto no es ahora un argumento en contra de la prudencia, en contra de estas personas que siempre viven queriendo ir contra la corriente. Es un argumento contra aquellas personas que entienden que no tienen capacidad, que no tienen tanto como otros, que siempre hay que esperar a que venga un Nehemías. El Señor va a levantar un Nehemías, pero pasaron setenta años. En este momento, dale tú. «No, es que yo todavía no tengo todo lo que hay que tener». Dale, hazlo.

Aceptaré con gozo el anonimato, la vida discreta, la larga obediencia en la misma dirección. No ambicionaré gloria. Esa es la lección. Aunque yo sea un perfecto desconocido, que el Señor me conozca basta. Hermano, yo lucho con eso, no piensen que a mí no me afecta: luchar con que yo quiero que mi audiencia sea él. Que alguien tenga que venir y decir «wow, lo hiciste bien», que rompamos los cuatrocientos, eso no es lo que basta. El Señor te está mirando, y si el Señor te vio y lo recibió, basta; eso es, que sea él.

He hablado de dos tentaciones: la tentación de confiar en tus recursos, y la segunda, la tentación de subestimar los instrumentos discretos. Llevo un poquito de tiempo sobre esto. No estoy esperando gente para que sirva al Señor que tenga los dones más marcados; no estoy esperando gente que haya sido probada necesariamente en todas las áreas. Asegúrese de seguir a la gente de la que Dios ha dicho que no es en su fuerza ni con ejército, sino en su Espíritu. Con que Dios le haya puesto, con que Dios quiera usarle, basta. Eso es lo necesario.

La tentación de menospreciar las cosas pequeñas

La tercera lección, hermano, es la tentación de menospreciar las cosas pequeñas. Dice el versículo 10: «Porque los que menospreciaron el día de las pequeñeces se alegrarán». Qué versículo más hermoso. El axioma en nuestros días es que todo tiene que ser grande, masivo, monumental; que si algo no es inmenso, entonces no vale la pena. De hecho, vivimos en días en que cuando las cosas no tienen tamaños impresionantes, eso no vale la pena. Ay, hermano, las cosas pequeñas también cuentan, si se hacen para Dios.

Y hablo, hermano, esperando que se sienta en esto un corazón abierto y al mismo tiempo un corazón que ha sido revisado delante de Dios. Yo tengo un ardor por la iglesia pequeña, porque pareciera que el ecosistema de iglesia solamente necesita cuatro árboles grandes, y que si una congregación no es masiva, no es inmensa, parece que no lo está logrando. Ey, en la iglesia pequeña también ahí Dios puede hacer grandes cosas. Y yo estoy persuadido de que el Señor me mandó a mí a pastorear una iglesia pequeña.

Hablaba con pastores y me dicen: no, eso es una actitud derrotista, tú deberías tener ambición espiritual. Y yo: mira, si el Señor quiere que yo pastoree una iglesia más grande que la que me ha dado, que la cuide primero. Yo reconozco que todos ellos han sido comprados a precio de sangre, y que cuidar a dos o tres de los que han sido comprados a precio de sangre es mucho más que cualquier otra cosa.

El templo de Zorobabel no tenía los elementos preciosos que tuvieron los templos anteriores. No había arca. Piensa en lo siguiente: no hay arca, y lo que significaba la presencia del Señor era el arca. No hay humo. Y a los sacerdotes ahora hay que mostrarles cómo es el comportamiento de un sacerdote, qué es lo que debe ser un sacerdote; pero aquí no hay estructura, no hay nada. Hermano, eso es PezMundial en muchos sentidos: una iglesia muy pequeña que tiene un deleite en adorar al Señor, en la exhortación y en la predicación.

Lo que queremos es crecer. Claro que queremos crecer. Pero no con otra fuerza ni con ejército, hermano, sino en su Espíritu. Lo que le estoy mostrando aquí es que las cosas pequeñas también tienen su valor, son cosas que Dios está haciendo; y que ser pequeño no es un asunto que tenga poco mérito, porque aun lo pequeño, si ha sido hecho por Dios, tiene un valor inmenso. Lo pequeño de Dios, hermano, es diez veces más valioso que lo inmenso de los hombres.

«Porque los que menospreciaron el día de las pequeñeces se alegrarán, y verán la plomada en la mano de Zorobabel. Estos siete son los ojos de Jehová, que recorren toda la tierra». Comparativamente con los templos anteriores, esto no valía la pena. El templo de Zorobabel era un templo mucho más precario a nivel de pompa, a nivel de decorados; era un templo más pequeño. Y estos que vienen del cautiverio dicen: no, pero es que aquello era más grande. Bueno, la nostalgia es una maldición: cuidado con el que siempre está comparando hacia atrás.

Yo me administro, hermano, porque yo comencé leyendo un librito que se llamaba Biografías de grandes cristianos, y después me dediqué a ver biografías de lo que el Señor estaba haciendo en diferentes tiempos. Y miren de lo que me di cuenta: lo que se documenta son las cosas grandes. Pero a esos obreros fieles que hicieron cosas pequeñas para el Señor, nadie les escribió un libro. Uno se dedica a ver las biografías y saca lo mejor de cada generación, lo más inmenso, lo más grande; y lo pequeño, ¿alguien lo documentó? No, nadie documenta lo pequeño. Entonces esas biografías del pasado siempre están exageradas.

El problema en tiempos de Zorobabel es que la gente estaba midiendo el fruto de Zorobabel con el fruto de otro tiempo. Decían: no, Zorobabel, es que esto es precario, es mucho más pequeño. En los días de Salomón y de David, el templo se hizo en una era de abundancia; ahora lo que hay es pobreza. Aquí ni muro hay. Materiales más básicos, menos ornamentos, menos rigor técnico. Quiero predicar este año de la construcción del tabernáculo y del templo, y ahí el Señor levantó ingenieros con rigor técnico exquisito: desde cómo se tallaba una roca hasta cómo se transportaba. Y en tiempos de Zorobabel esto se estaba haciendo con elementos del entorno que eran básicos. La gente decía: ¿de verdad eso es un templo? No tendrían arca, no había evidencia sobrenatural.

La gloria postrera de esta casa

«Porque los que menospreciaron el día de las pequeñeces se alegrarán», dice el Señor. De todos los templos que se construyeron, el templo de Zorobabel fue el que fue habitado corporalmente por el dueño del templo. ¿Saben por qué esa obra importó? Porque era la obra más precaria, pero en ese templo fue presentado nuestro Señor Jesucristo.

Dijo Jehová en tiempos de Zorobabel: «Porque así dice Jehová de los ejércitos: De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra». Ellos, que decían que no había humo; ellos, que decían que no había arca; ellos, que decían que no estaba Dios en el asunto. Oigan lo que dice el Señor: «De aquí a poco yo haré temblar los cielos y la tierra, el mar y la tierra seca; y haré temblar a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones, y llenaré de gloria esta casa, ha dicho Jehová de los ejércitos». ¿Sabe cuál fue la gloria del templo de Zorobabel? En ese templo entró Jesucristo.

Y «de aquí a poco», Señor, ¿más o menos cuántos años? ¿Como quinientos? Ahí es que uno colapsa: Señor, no tenemos los mismos números, definitivamente. ¿Qué es lo que va a pasar mañana? Ay, sí. «Mía es la plata y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos». ¿Sabe qué decían ellos? Que el templo no tenía ornamentos, que había poco oro. El Señor les hizo levantar un templo precario, y después levantó a un hombre que se llamaba Herodes; y antes de que el Señor fuera presentado en el templo, Herodes mandó a enchapar todo el frente del templo, de forma tal que había una capa de oro que reflejaba a kilómetros de distancia.

«Mía es la plata y mío es el oro, dice Jehová de los ejércitos. La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos». Ese es Cristo. Hermano, la gloria de una iglesia no es su liturgia, la gloria de una iglesia no es su mobiliario, la gloria de una iglesia no es su tamaño: la gloria de una iglesia es Cristo. Y yo me gozo en ver lugares precarios donde mi Señor se hace evidente. «La gloria postrera de esta casa será mayor que la primera, ha dicho Jehová de los ejércitos; y daré paz en este lugar, ha dicho Jehová de los ejércitos».

Las tres lecciones

Todas esas cosas tienen que ver con el evangelio. Las tres lecciones que les he mostrado son estas. Primera: los recursos materiales no son determinantes para lo que Dios quiere hacer, de forma tal que no contemos con presupuesto. Quizás nuestro problema como iglesia ha estado en que en diecisiete años de ministerio nunca ha faltado el presupuesto. Nunca ha faltado. Quizás si hubiera faltado, estuviéramos orando más, dependiendo más, buscando más del Señor; pero nunca ha faltado. El talento en esta iglesia nunca ha faltado. Qué impresionante.

Segunda lección: no subestimes los instrumentos discretos. Y la tercera: no menosprecies el día de las pequeñas cosas. Yo me gozo de ver a mi Dios hablando, porque cuando habla mi Dios no hay vanagloria. ¿Saben lo que él dice? No dice: cuando yo haga esto, tú vas a ver que le voy a romper el ojo a los que no creían. No es eso lo que él dice. Escuchen lo que dice el Señor. Dice él: «Porque los que menospreciaron el día de las pequeñeces se alegrarán», dice el Señor.

El Señor muestra su carácter, el Señor muestra que está hablando, porque él no tiene ego, sino que él hace sus cosas grandes de forma tal que nos sorprenda a nosotros mismos; y cuando nos sorprende, nos invita a unirnos a su alegría. Oro por la iglesia, hermano, y oro por tu vida, oro por tu ministerio, oro por tu casa, para que confiemos más en el Señor y menos en nuestros propios recursos.

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