Domingos 9:30 AM y 11:30 AM Gazcue, Santo Domingo
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Sabiduría en medio del duelo

Eclesiastés 7:1-5

Lo que me conmueve de nuestra fe es que no ignora el sufrimiento, no lo justifica con frialdad ni lo racionaliza. Jesús mismo, al perder a un amigo, eligió llorar, y nos enseñó que llorar no es falta de fe sino un acto sagrado de amor y humanidad.

Predicado13 de abril de 2025
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Ha sido esta una de las semanas más tristes en la historia de nuestro país. En el momento, 226 de los nuestros han fallecido. Doscientos veintiséis. Son hijos, son padres, hermanos, vecinos. Una tragedia tan grande nos ha tocado a todos nosotros de una manera o de la otra: compañeros de estudio de nuestros hijos, clientes, proveedores, gente que quizás, aunque sea visualmente, usted había conocido, conocía su nombre. Un asunto dolorosísimo, por donde quiera que uno pueda buscarlo.

A veces faltan las palabras y a veces también sobran las palabras. Creo que solamente habría algo más doloroso que la pérdida de estas 226 personas: que pasemos muy rápido el momento del duelo, que no reflexionemos, que no haya sabiduría. Son seres humanos que portan la imagen de Dios los que han fallecido. Su vida importa, su vida tiene dignidad. Yo creo que este es el significado más grande de uno decir que es provida: que no solamente somos provida ante el nacimiento, sino que realmente estamos a favor de la vida, y donde quiera que la imagen de Dios está representada, lo menos que uno puede tener es el profundo pesar de que vidas únicas e irrepetibles han salido de entre nosotros de manera trágica, sumamente dolorosa.

Quisiera que me acompañen al libro de Eclesiastés, en el capítulo 7, para que con la ayuda que solamente el Señor da podamos buscar sabiduría para el momento triste. Sabiduría en medio del duelo. Dice así la Escritura, la palabra del Señor:

Mejor es la buena fama que el buen ungüento; y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento. Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón. Mejor es el pesar que la risa; porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón. El corazón de los sabios está en la casa del luto; mas el corazón de los insensatos, en la casa en que hay alegría. Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios.

— Eclesiastés 7:1-5

He visto a los seres humanos siendo humanos

Pueden sentarse, mis hermanos. Creo que el momento es propicio para que pensemos en aquello que los seres humanos de manera habitual no queremos pensar. Nosotros somos caracterizados por ser una nación alegre, por ser un pueblo contento, por ser un pueblo de fiesta. Y pocas veces me he sentido yo más satisfecho de ser dominicano que en este momento, pues he visto un pueblo que realmente siente.

Parecía que iba a prevalecer esta idea de que ante la muerte lo que tenemos que hacer es aplaudir, beber, celebrar; pero lo que ha prevalecido es la idea de que la vida importa. Y yo creo que en este momento nosotros hemos sido más gente que en cualquier otro momento. He visto ciudades completas, he visto funerales multitudinarios, he visto a la gente realmente compadecerse. Gracias al Señor: poco morbo y mucha compasión. A diferencia de otras tragedias donde las personas se dan el permiso, yo he visto a la gente hasta haciendo un esfuerzo intencional de no ver lo que no hay que ver y de consolar donde hay que consolar. He visto prudencia, y en eso me gozo. He visto a los seres humanos siendo humanos.

Jesús lloró

El versículo más corto de todo el Nuevo Testamento fue un momento en el que nuestro Señor Jesucristo perdió a un amigo. Y cuando nuestro Señor perdió a un amigo, Él, que es Dios humanado, no pretendió dar un estudio bíblico. Pudo haberlo hecho; no pretendió dar un nuevo sermón. ¿Saben lo que dice la Escritura? Lo que dice la Escritura es: «Y Jesús lloró.»

Y esto a mí me sobrecoge, porque a veces lo que sobra es la filosofía y lo que hace falta es la empatía. Nuestro Señor Jesucristo nos estaba mostrando en ese momento que hay momentos que son para llorar con el que llora, y que lo más apropiado que usted pueda hacer es guardar la palabra y dar un abrazo, o por lo menos guardar un silencio respetuoso.

El texto completo que acabamos de leer es un argumento en contra de la frivolidad ante la muerte: esa actitud de evitar la tristeza, de evadir los momentos difíciles, de pretender escapar a la realidad de la vida. Y la realidad de la vida incluye también la muerte. Yo creo que hay sabiduría en abrir los ojos en momentos como estos, y sobre todo en abrir nuestro corazón para sentir. Es la voluntad del Señor que pensemos, aunque sea por un momento, al respecto de la muerte. Y si para algo va a servir la vida de estas personas que fallecieron en un instante, que sirva para que su pueblo reflexione.

Nos dice aquí que mejor el día de la muerte que el día del nacimiento. Nos está diciendo que aquí hay algo valioso. ¿Mejor en qué sentido? El libro de Eclesiastés se trata de que el hombre simple deje de ser simple y alcance sabiduría. Y al respecto del propósito de que tú seas más sabio de lo que eres: mejor un funeral que un baby shower. Hay lecciones importantísimas que en el momento de la muerte nosotros podríamos atesorar.

Se mueren igual; lo que pasa es que se mueren peor

De hecho, quizás no alcanzamos más sabiduría porque el acontecimiento de la muerte es un acontecimiento que progresivamente se ha ido soslayando. Pareciera que la gente se muere menos que antes. Se mueren igual: lo que pasa es que se mueren peor. Vivimos en una sociedad indolente, una sociedad insensible, que ha hecho de la muerte una transacción. Que ya no hagan velatorios. En las sociedades más avanzadas quieren que los cuerpos sean cremados. Aparecerá un loco que sugiera que en esta tragedia los cuerpos sean echados en una fosa común.

Pero aquí estamos el pueblo del Señor, los creyentes, para decirle a esta ciudad que realmente la vida humana importa, porque tiene la imagen de Dios. Y que donde quiera que haya un doliente, debe haber la oportunidad para llorar a su difunto. No podía evitar sentirme compungido, pero al mismo tiempo me sentía raramente gozoso al ver a estos familiares demandando que se les entregaran sus cuerpos. Y alguien dirá: ¿para qué quieren los cuerpos? Porque son los cuerpos de sus dolientes. Los rezos, las horas santas, los funerales: todo eso tiene sentido. Probablemente la gente expresará el duelo y el luto de una manera que tú no compartes, pero lo están haciendo.

Me tocó dos veces ir a servicios funerales esta semana, y vi una funeraria inmensa donde no cabía un alma. Y yo veía a las personas rezando el rosario: están haciendo su duelo. Creo que hay sabiduría intencional en uno presenciar estas cosas.

La sociedad actual evita hablar de la muerte; cuando llega, esquiva la mirada. Es la voluntad del Señor que nosotros veamos la muerte de frente, que entendamos que hay sabiduría en el asunto. Repito: la gente se muere igual que antes, pero ahora se muere en soledad. «La verdad es que los niños no deberían ver eso, la funeraria no es un lugar para los niños.» ¿Y en qué momento, entonces, es que los más jóvenes van a entender que tarde o temprano se van a morir? ¿En qué momento van a aprender ellos que la vida humana tiene dignidad?

Hoy estuvimos orando por estas familias que están sufriendo de manera especial, y veía a los niños también orando y a los niños también llorando. Y es necesario. Hay sabiduría en pensar en el día de la muerte.

Qué se aprende en la casa del luto

Dice el versículo 2: «Mejor ir a la casa del luto que a la casa del banquete, porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón.» ¿Qué es lo que podemos aprender en la casa del luto? Podemos aprender que los seres humanos estamos más unidos y nos importamos más de lo que queremos reconocer. Dios nos hizo como seres gregarios, comunitarios. Y este individualismo que nos venden —de que todo el mundo es una isla, de que tu vida no le importa a nadie y de que la vida de los otros no te importa— en el luto se suspende.

Quizá he sido yo un privilegiado, que ninguno directamente relacionado conmigo estaba ahí presente; pero yo no he podido evitar sentir con los que sienten, y sentirme profundamente unido a personas que probablemente no son mis familiares directos, pero con quienes compartimos esto que nos dignifica, y es que portamos la imagen de Dios.

Las cosas se ven distintas a la luz de la muerte. Cuando ves que la vida terminó, te das cuenta de que probablemente tus opiniones estaban desproporcionadas, tus afectos estaban desproporcionados, y se ponen las cosas en su lugar. Cuando tienes que ver la muerte a los ojos, te das cuenta de que probablemente estuviste importantizando lo que no importaba y estuviste soslayando lo que realmente importa.

El valor de la esperanza

En la casa del luto creo que podemos darnos cuenta del valor de la esperanza. He visto casos puntuales; hice el esfuerzo de andar con los ojos abiertos. Y veía a aquellos familiares que tenían esperanza: se ve de manera distinta. No abuso, hermano, al tomar las palabras; creo que es propicio el momento. Su historia importa. Se llamaba Francisco Antonio Scott. Tuvo la oportunidad de hacer una llamada a su familia.

«Habíamos pedido que pudiera ser rescatado; lamentablemente —dice ella— partió con el Señor.» Hay una llamada de él que se grabó, y él decía: «Yo tengo la certeza de que voy a salir de aquí, pero en caso de que yo no salga, muchas gracias a toditos ustedes. Dile a mi mamá que yo la amo mucho. A mis hermanas, que no se preocupen, que de aquí yo voy al cielo, porque yo soy hijo de Dios.» Decía él en su llamada: «Yo entregué mi vida a Cristo un 24 de septiembre.» Y dice después: «Y le entregué mi vida a Cristo hoy, 7 de abril.» Y después dice: amén.

Qué distinto es despedir a un hermano, despedir a un familiar, cuando tú sabes para dónde va. Ahí decía él: «Muchas gracias toditito a ustedes, y dile a mamá que la quiero.»

Las cosas se ponen en su lugar

Hay sabiduría en el momento del funeral, porque las cosas se ponen en su lugar. ¿En qué tú pensarías? Uso esto y lo contrapongo: antes de ayer salieron a buscar los carros, que no habían aparecido las llaves, y fueron almacenando estos carros, carros valiosísimos; pero ninguna de las personas que estaban ahí estaba pensando en ese momento en su carro. Nadie estaba pensando en su empresa. Nadie estaba pensando en cerrar un negocio.

En el momento del funeral la gente se hace las preguntas importantes, y la sociedad no está mejor porque la gente ya no tiene los espacios donde hacerse esas preguntas. En las fiestas, en los banquetes, la gente está pensando en el día a día; en el funeral, las personas están pensando en las cosas que vale la pena pensar. En el momento de la verdad, ¿cuáles son las cosas que importan? ¿A quién quisieras llamar? ¿Con quién quisieras hablar?

En el momento del funeral te das cuenta de que vidas relativamente sencillas pueden tener un impacto enorme. La gente recuerda conversaciones, experiencias, actitudes. Qué hermoso ha sido ver este desfile de seres humanos hablando positivamente de otros seres humanos. En esta sociedad donde parecía que lo único que importa es la influencia, el que tiene muchos seguidores, te das cuenta de que una vida muy sencilla tiene un impacto muy alto en la vida de la gente. Y que tú vivas en medio de nosotros importa, a causa de que tú eres un ser humano y los seres humanos nos retroalimentamos mutuamente.

Que te muestre el funeral, el momento del dolor, que la muerte es el gran nivelador del ser humano. Dice el versículo 2: «Aquello es el fin de todos los hombres.» Nadie quiere pensar en la muerte, pero todos nos vamos a morir, y tarde o temprano todos tendremos el mismo destino: el rico y el pobre, el profesional y el lego, los de alta sociedad con el barrio, el pueblo y la ciudad, el católico con el evangélico. En la muerte todos nos encontramos.

El funeral te recuerda que tú mismo te vas a morir. Hay dos momentos en que la gente piensa en la muerte: en la clínica, con un diagnóstico, o cuando está en una funeraria. El funeral no solamente honra la memoria del difunto; dice la Escritura: «el que vive lo pondrá en su corazón». Hay algo que tú deberías estar pensando en este momento, hay reflexiones que deberías estar haciendo, hay cosas que deberías estar guardando en el corazón. Mi temor es que pronto se suba de nuevo la música, volvamos de nuevo a la fiesta, y la sociedad siga como iba.

Para qué sirve el luto

El versículo 3 nos muestra que hay un valor en el luto: «Mejor es el pesar que la risa, porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón.» ¿Para qué sirve el luto? ¿Para qué sirve el duelo? El luto y el duelo reconocen el valor de la vida humana. Miren, cada ser humano es valiosísimo en dignidad, en creatividad, en capacidad. Cada ser humano es un ejemplar único e irrepetible. No volverá. No hay dos vidas iguales. Uno trata de buscarle los accesorios morales: «este es bueno por tal cosa». Es bueno porque porta la imagen de Dios, y eso basta. Fue creado por Dios, y a su manera toda criatura, en algún sentido, contribuye a exaltar la grandeza de aquel que la creó. Eso vale.

El luto nos lleva a hacernos preguntas. He hecho un esfuerzo intencional esta semana en tener los ojos abiertos: he escuchado los programas, he visto a la gente teniendo debates, conversaciones. La gente está haciendo preguntas, y son preguntas legítimas, y son sus preguntas. Preguntas del tipo: ¿dónde estaba Dios? ¿Por qué a ellos? Yo creo que sus preguntas, primero, son legítimas, y en segundo lugar, yo creo que no ofenden. Para eso sirve el duelo: para que la gente se haga la pregunta. ¿Por qué existe dolor? ¿Por qué hay tragedia? ¿Quién tiene la culpa?

Es el momento de consolar, pero la gente tiene preguntas, y son preguntas sinceras, legítimas. ¿Por qué hay tanto dolor en el mundo? Decían los dolientes: «Dios, ¿qué yo hice?» Y decía otro: «No metan a su Dios en el asunto.» El ser humano en este momento está reflexionando. Yo no quiero hoy responder la pregunta, sino animar a las personas a que se hagan preguntas.

Leíamos al comienzo de nuestro culto el Salmo 34:

Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores. Los que miraron a él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados. Este pobre clamó, y le oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias.

— Salmo 34:4-6

Yo no puedo garantizártelo, pero en Cristo hay respuestas para todas tus preguntas; solo que no van a llegar tan rápido como yo quisiera que lleguen. A veces, como creyentes, cometemos la injusticia de esperar que aquellos que no han dedicado sus vidas como las has dedicado tú a pensar en las cosas que realmente importan obtengan la satisfacción que encontramos nosotros en Cristo. En Cristo hay satisfacción, pero probablemente no tan rápido como las personas quieren que llegue.

Dios no se ofende por tus preguntas

¿Por qué a mí? ¿Por qué, Dios? ¿Cómo se conjuga el hecho de que exista un Dios que es bueno con el hecho de que exista tragedia en este mundo? Dios no se ofende por tus preguntas, por tus dudas. Tu incredulidad no afecta su carácter. He visto a algunos hermanos míos que están como prestos a debatir y a defender a Dios. ¡Hey! Dios no tiene urgencia. Déjalo que luche, que quizá luchando llegue a conocer a Dios profundamente. Y si llega a conocer a Dios profundamente, es el tipo de consuelo más profundo que puede conocer un ser humano. Y probablemente, al tener la oportunidad de hacer la pregunta difícil, y al darse el permiso en el luto de preguntar lo que en otro contexto no preguntaría, quizás el Señor se goce en dar satisfacción a su alma y en que encuentre las respuestas que estaba buscando.

La fe cristiana, si es real —como yo creo que es—, tiene respuestas para todos los dilemas de la vida; pero no son respuestas sencillas, porque la vida no es sencilla, el dolor no es sencillo. La gente quisiera encontrarse con un ministro del Señor que de manera rápida, en cinco minutos, le explique cómo es que un Dios de amor permite la muerte repentina de 226 personas. Y dímelo rápido. Hay respuesta en Dios, pero no va a llegar tan rápido como probablemente tú estás necesitando.

Algo que me satisface de mis convicciones cristianas es que nunca me han dejado corto. Yo no llegué a ser un creyente comprometido porque fuera simple. Yo llegué a ser un creyente comprometido porque tenía preguntas, y eran preguntas difíciles que a veces yo no me atrevía a verbalizar. Y en tratar de responder esos dilemas he invertido yo mi vida, y he encontrado satisfacción. A cualquier persona que tenga preguntas en este momento yo le digo: sigue preguntando. «Los que miraron a él no fueron avergonzados. Este pobre clamó, y lo oyó Jehová, y lo libró de todas sus angustias.»

Quizás la angustia de tu alma en este momento es cómo es que, si tú eres un creyente, te ocurrió; cómo es que, si tú eres bueno, eso pasó; y cómo es que gente tan buena como esa tiene un final tan trágico como ese. Tu pregunta no avergüenza, es una pregunta legítima: síguela haciendo. El Señor puede responderte. Y quizás cuando el Señor te responda, tú testifiques conmigo que realmente este pobre clamó y el Señor lo libró de todas sus angustias.

Quisiera invitar a mis hermanos a que no sean simples. Tus compañeros de trabajo, tus familiares, quieren en este momento que tus convicciones les respondan rápido. Sé completamente abierto y diles: yo también tengo preguntas, yo también lucho con esos dilemas, y yo sé que en el Señor hay respuesta, pero quizás no será una respuesta tan sencilla como la que tú estás esperando.

El luto reta tu cosmovisión

El luto valida, cuestiona y corrige nuestra cosmovisión. Todos los seres humanos creen algo. La pregunta que tú tienes que hacerte en este momento es si tu cosmovisión está siendo satisfactoria en el momento del dolor. ¿Tú tienes alguna filosofía? ¿Sobre algo está construida tu vida? ¿Tu filosofía fue suficiente en este momento? ¿En qué tú crees? Aun el que dice que no cree en nada, en algo cree. En este momento, ¿qué tal tus convicciones? La muerte reta y desafía tus convicciones: las valida o las corrige. Y probablemente en este momento hay una gran cantidad de personas que se han dado cuenta de que sus convicciones no son suficientes para los momentos álgidos.

Parte de lo que debe responder una creencia, una religión o una filosofía —y si no lo responde, cámbiala y busca otra— es cuál es el propósito de la vida. ¿Para qué estamos aquí? ¿Qué dice tu cosmovisión al respecto de esto? ¿Por qué estamos vivos? Los cristianos respondemos muy rápido: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras.» Eso me da satisfacción a mí, después de años de reflexionar en eso.

¿Por qué el ser humano es la única criatura que puede proyectarse desde aquí para cientos de años, pero vivimos una vida tan corta? ¿Por qué podemos soñar tanto y vivir tan poco? ¿Qué dice tu cosmovisión, tu filosofía, al respecto de eso? Nadie está listo para morirse; la vida siempre es insuficiente. Los creyentes respondemos que nosotros no fuimos creados para la muerte: fuimos creados para la vida, y la muerte es una excepcionalidad.

¿Qué dice tu cosmovisión al respecto de la dignidad de la vida? ¿Por qué lloramos a los difuntos? ¿Los lloramos porque son buenos, o los lloramos por algo más? Estamos de acuerdo en que quienes han muerto han sido seres humanos con dignidad. ¿Por qué tú crees que ellos tenían dignidad? Alguien te dirá: él tiene dignidad porque era un gran cantante, la voz más alta del merengue; él tiene dignidad porque salvó tantos juegos en Grandes Ligas. ¿Y el otro no tenía dignidad? En este momento tu visión está siendo retada.

Y cuando yo veo mi cosmovisión, yo le pregunto a los demás: ¿qué dice tu materialismo? ¿Qué dice tu ateísmo? ¿Qué dice tu escepticismo al respecto de la vida? ¿Qué dice al respecto de la muerte? Este es un buen momento para ser cristiano. Uno se da cuenta de que vale la pena dedicar su vida a creer estas cosas con convicción, porque en los momentos de dolor uno se da cuenta de que su cosmovisión está siendo retada, está siendo validada, está siendo confrontada. «No, que yo lo que soy es un folclorista, un tradicionalista.» ¿Qué dice tu santería al respecto de la vida? ¿Qué dice al respecto de la muerte? ¿Qué dice al respecto de la eternidad? Cuando te encuentres tú en el dilema de que estás saliendo ya, desapareciendo del mundo de los vivientes, ¿qué sentirás tú, hacia dónde vas?

El luto nos impulsa a atesorar

El mejor honor que podemos dar a estas víctimas es valorar a la gente que todavía tenemos cerca. Este es un buen momento para restaurar una relación. Es un buen momento para cerrar una herida. Este es un buen momento para pedir perdón u otorgarlo, porque cuando llega la muerte muchas de las cosas que lo impedían ya no importan. ¿Y cuántas serían las personas que quisieran en este momento revivir a un muerto para darle un abrazo y decirle: mira, tú y yo estuvimos peleando por eso durante años y realmente no importaba, porque de todos modos nos vamos a morir?

Este es un buen momento para hacer una llamada, para hacer la visita, para tomar ese café. El comentario más recurrente de los amigos: ese café se quedó pendiente. El luto te dice que uno se perdió, pero que hay cientos de personas para las cuales tú todavía importas. Haz la llamadita, haz la visita, mantente cerca de tu gente. Es un buen momento para cambiar el final de tu historia, para retroceder, para girar el guía, para cambiar tu destino. Cuando tú estés en el lugar de él, para ti ya no será posible; pero en este momento todavía tu historia puede cambiar.

El luto proyecta nuestra propia muerte. De aquí a poco a ti te llegará tu día. Yo te pregunto: ¿quiénes van a estar en tu funeral? ¿Tú has pensado en eso? Proyecta el momento: tú eres un ser humano y la muerte es parte de la vida. ¿Quién va a estar en tu funeral? ¿Qué habrá significado tu vida cuando tenga que resumirse? ¿Qué diríamos sobre ti? «Ay, pastor, yo no quiero pensar en esas cosas.» El necio no quiere pensar, pero el sabio piensa, proyecta, siente. ¿Quiénes estarán ahí y quiénes no? ¿No has pensado que muchas de las personas con las cuales tú estás gastando tu vida en este momento no van a estar en tu funeral?

Escribe tu memorial

Hey, si tú eres un creyente, escribe tu memorial. Pásame lo que tú quieres que cantemos. «Ay, eso es un poco sádico, un poco creepy.» Ey, hay que hablar de la muerte. Hay sabiduría. «Mejor es el pesar que la risa, porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón.» Quizás cuando tú pienses en tu memorial te vas a dar cuenta de que hay que vivir de manera más intencional.

Yo estaba pensando en eso, hermano. Cuando yo muera, si me voy primero que ustedes, a mí me gustaría que en mi memorial se canten Porque Él vive y Estoy bien con mi Dios; y dos canciones que, si alguien puede tocarlas al piano, las toquen al piano: Soberano Dios, que dice «tus planes son perfectos, tú no me olvidarás» —que la canten a favor de mis dolientes, hermano, que ya yo estoy en la presencia del Señor—, y cántenle también Él me sostendrá. Que se predique el evangelio en mi memorial. Y que se brinde café. Y yo no creo en eso, hermano, pero si no me brindan café y no se predica el evangelio, les voy a jalar los pies a ustedes de noche.

Son cosas sencillas, hermano, pero cuando tú te pones a pensar en tu memorial, probablemente vivas hoy de manera más intencional. Porque nos vamos a morir, ¿sabían eso? El secreto mejor guardado: que todos nos vamos a morir. Y hay que tratar de morirse bien, esa es la clave. Ay, no te mueras solo. Qué hermoso es tener dolientes y darnos cuenta de que nuestra vida significa algo para alguien más.

Escribe tu testamento

Escribe tu testamento. «No, ¿para qué yo escribo un testamento?» Cuando tú escribes tu testamento, tú estás pensando en la trascendencia. Recuerdo a mi Señor en la cruz diciéndole a uno de sus discípulos: «Hijo, he ahí tu madre»; y diciéndole a su madre: «Madre, he ahí tu hijo.» ¿Quién va a cuidar de lo tuyo cuando tú no estés aquí? ¿Tienes un niño pequeño? ¿Quién lo va a criar? ¿Tienes envejecientes? ¿Quién va a tener cuidado de ellos?

Hermano, yo me gocé esta semana pensando en que tengo gente que podría cuidar de los míos, que no están completamente desamparados. Y si tú realmente te sientes completamente desamparado, tú deberías revisar tu capital relacional en este momento: decir con quién yo cuento, quiénes son mis amigos, quiénes son mis hermanos, quién es verdaderamente mi familia. «El corazón de los sabios está en la casa del luto, mas el corazón de los insensatos en la casa en que hay alegría»: la fiesta, la cháchara, todo el mundo la quiere. Reflexionar de manera profunda, la gente lo evita. ¿Quién va a criar a tus hijos? ¿Qué vamos a hacer con tus bienes?

A mí me fue de bendición una jornada que tuve de muchos viajes internacionales a Cuba. Cuba es un lugar que para mí es un poco agreste, es como un lugar un poco incierto. Y cada vez que yo iba a Cuba me sentaba con Caro y le decía: mira, voy a un viaje en tal fecha. Y le escribía de mi puño y letra. Entre las cosas que yo le escribía le ponía: no tenemos deudas. De puño y letra, delante de ella, con una letra rara, hermano —yo escribo feo—, pero yo le ponía en un papel, ocho y medio por once, así mismo: no tenemos deudas. Lo chin que tenemos, con eso paga la tarjeta y resuelve lo otro.

Yo le decía: no intentes mantener la empresa, suelta eso. Llama a Stalin —Stalin es un ingeniero que tiene quince años trabajando conmigo—, llama a Stalin y pídele que te ayude, no intentes empujar todo ese asunto. Si te dan algo, agárralo. Y perdóname la indelicadeza, pero se lo ponía de mi puño y letra: no he mujeriado, tú eras la única mujer con quien yo… Porque se muere una persona y aparecen cosas.

Ay, hermano, y cuando yo volvía y encontraba que mi familia todavía estaba aquí, que todo estaba bien, rompía el papel y me sentía descansado. Pero qué confusión produce morirte de repente y no saber qué va a pasar con nada de lo tuyo. Y al mismo tiempo, qué satisfacción da pensar en la trascendencia, decir: si yo faltara, ¿qué? «No, no hable de la muerte, que te puedes morir.» Espérate, hermano, que aquí es que está la sabiduría y aquí es que hay que atesorar.

Escribe tu testamento, escribe tu memorial. Y pregúntate en este momento: ¿tú realmente estás seguro de tu salvación? Yo no estoy diciendo si tú amas a Dios, no estoy diciendo si tú visitas una iglesia. Porque cuando tú te das cinco minutos de la muerte, el visitar una iglesia no te da seguridad. Perdóname, hermano, de nuevo, que utilice el momento duro para traer sabiduría, pero pensaba yo en estas personas que no murieron de repente, que tuvieron ahí que reflexionar sobre su destino eterno en un par de minutos. «Ya me estoy despidiendo, estoy por morirme.» ¿Yo sé hacia dónde voy? Ya no te estoy diciendo que si tú eres adventista, que si tú eres testigo de Jehová, mormón: te estoy diciendo si tú sabes para dónde vas. La muerte es dura para todo el mundo, pero es especialmente dura para el que no tiene esperanza.

Empatía y reprensión

«El corazón de los sabios está en la casa del luto, mas el corazón de los insensatos en la casa en que hay alegría. Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios.» Aquí hay dos cosas, hermano: empatía por un lado, y la actitud correcta hacia la reprensión por el otro.

No todo ha sido esta tragedia, hermano. La gente, por las causas comunes, se ha seguido muriendo. ¿Ustedes han pensado en eso? Porque pareciera que solamente ha sido esta tragedia dolorosísima. Murió esta semana la madre de Pablo González, abuela de María Eugenia. Y fui a la funeraria a darle el pésame; la funeraria, hermano, abarrotada de gente por diferentes razones. Y le di un abrazo a mi amigo Pablo, y me dio esta alegría de abrazarle. Y después yo digo: wow, qué lucha me da a mí este tipo de cosas, no me gusta. Pero dice la Escritura que el corazón de los sabios está en la casa del luto. Hay que ir.

«No, ya lo importante son los vivos.» Hey: hay que ir a dar un pésame, hay que ir a un funeral, hay que moverse. Yo creo que representamos bien a Cristo cuando vamos allá donde una persona y le decimos: hey, tu vida me importa, la memoria del difunto cuenta, y hay un Dios en el cielo que tiene control de la historia. Eso es un pésame. «Ay, a mí no me gusta dar el pésame, no me gusta.» Quizás porque no te gusta ese tipo de cosas no eres más sabio de lo que deberías ser. El corazón de los sabios está en la casa del luto. Se llama empatía.

Después, la actitud correcta, que es aceptar la reprensión y evitar trivializar el dolor con fiestas. El luto dura lo que tiene que durar, y hay cosas que nunca se recomponen en el corazón. Y mi cosmovisión también admite eso. El pragmatismo de este tiempo te da tres semanas para que te recompongas, y después ya no se usa para hablar del tema; pero como visión del cristiano, eso te va a pesar durante muchos años, hasta que tú llegues a la presencia del Señor. Solamente Cristo puede llenar ese vacío que deja un familiar en el corazón de un creyente.

Y algo que ha producido este luto es que el luto nuevo te despierta el luto viejo. Tú comienzas a llorar a tu gente, comienzas a recrear la historia, a repensar en tus pérdidas; y en todo eso hay sabiduría. Que el Señor les ayude. Acepta esa reprensión en el corazón y evita trivializar el dolor. Trivializarlo es decirle: ya es suficiente, ya pasaron los dos meses, ya te puedes quitar eso. Espérate: ese es su luto, y eso va a su ritmo. Y mientras ese luto está en su corazón, hay sabiduría que se está produciendo todavía. Y probablemente esa espinita que tú todavía tienes clavada en el corazón es un recordatorio de que todavía hace falta reflexionar más al respecto de la vida y al respecto de la muerte.

Cómo se ve el evangelio

¿Cómo se ve el evangelio en medio del luto? ¿Cómo se ve nuestra cosmovisión en medio del dolor? El evangelio es la buena noticia de que en Cristo no solo hemos vencido la muerte, sino que hemos recibido una nueva manera de mirar la vida, el dolor y al ser humano en su conjunto. El evangelio no solamente te salva: el evangelio te salva y al mismo tiempo te hace empático, te hace aún más humano. Gente que anteriormente no te importaba, cuando llega Cristo comienza a importarte. Lo que antes tú no veías, ahora lo ves a causa de Cristo. El evangelio no anula el sufrimiento: nos da sabiduría para atravesarlo y nos vuelve más compasivos ante la fragilidad de los otros.

Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

— Juan 11:25

Aquellos a quienes el Señor se lo dijo en ese momento no estaban en la capacidad de entenderlo. Y quienes escuchan en este momento probablemente tampoco lo entienden. Pero quizá el Señor les deja la idea clavada en la mente: reflexiona al respecto de esto, y en el tiempo llegarás a tener consuelo. Jesucristo dijo que Él era —escuchen: ante seres humanos como nosotros, que vamos a morir todos— «yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá».

Es mi oración que cada persona que ha recreado su propio duelo en esta semana, que cada persona que ha tenido un nuevo duelo en esta semana, el Señor le permita la gracia de reflexionar en esa verdad, y que esa verdad en el tiempo comience a dar satisfacción a su alma. Mis palabras no satisfacen, pero en Cristo hay satisfacción. «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.» Que esto se quede clavado en tu corazón, que en el tiempo tenga sentido para ti y que eventualmente produzca consuelo.

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