Lo que me conmueve de nuestra fe es que no ignora el sufrimiento, no lo justifica con frialdad ni lo racionaliza. Jesús mismo, al perder a un amigo, eligió llorar, y nos enseñó que llorar no es falta de fe sino un acto sagrado de amor y humanidad.
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Ha sido esta una de las semanas más tristes en la historia de nuestro país. En el momento, 226 de los nuestros han fallecido. Son hijos, son padres, hermanos, vecinos. Una tragedia tan grande nos ha tocado a todos de una manera o de la otra. Compañeros de estudio de nuestros hijos, clientes, proveedores, gente que quizás, aunque sea visualmente, uno había conocido. Un asunto dolorosísimo, por donde quiera que uno pueda buscarlo.
Mejor es la buena fama que el buen ungüento, y mejor el día de la muerte que el día del nacimiento. Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete, porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón. Mejor es el pesar que la risa, porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón. El corazón de los sabios está en la casa del luto, mas el corazón de los insensatos en la casa en que hay alegría. Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios.
— Eclesiastés 7:1-5
Sabiduría para el momento triste
A veces faltan las palabras y a veces también sobran. Creo que solamente habría algo más doloroso que la pérdida de estas 226 personas: que pasemos muy rápido el momento del duelo y que no reflexionemos, que no haya sabiduría. Son seres humanos que portan la imagen de Dios los que han fallecido. Su vida importa, su vida tiene dignidad. No solamente somos provida ante el nacimiento; realmente estamos a favor de la vida, y dondequiera que la imagen de Dios está representada, lo menos que uno puede tener es el profundo pesar de que vidas únicas e irrepetibles han salido de entre nosotros de manera trágica.
Pocas veces me he sentido yo más satisfecho de ser dominicano que en este momento, pues he visto un pueblo que realmente siente. Parecía que iba a prevalecer esta idea de que ante la muerte lo que tenemos que hacer es aplaudir, beber, celebrar, pero lo que ha prevalecido es la idea de que la vida importa. He visto ciudades completas, funerales multitudinarios, gente compadeciéndose de verdad. Gracias al Señor, poco morbo y mucha compasión. He visto a los seres humanos siendo humanos.
Jesús lloró
El versículo más corto de todo el Nuevo Testamento fue un momento en el que nuestro Señor Jesucristo perdió a un amigo. Y cuando nuestro Señor perdió a un amigo, Él, que es Dios humanado, no pretendió dar un estudio bíblico. ¿Saben lo que dice la Escritura? «Jesús lloró.» Esto me sobrecoge, porque a veces lo que sobra es la filosofía y lo que hace falta es la empatía. Nuestro Señor nos estaba mostrando que hay momentos que son para llorar con el que llora, y que lo más apropiado que puedes hacer es guardar la palabra y dar un abrazo, o por lo menos guardar un silencio respetuoso.
El texto que acabamos de leer es un argumento en contra de la frivolidad ante la muerte. Esa actitud de evitar la tristeza, de evadir los momentos difíciles, de pretender escapar a la realidad de la vida. Hay sabiduría en abrir los ojos en momentos como estos y sobre todo en abrir nuestro corazón para sentir. Es la voluntad del Señor que pensemos aunque sea por un momento al respecto de la muerte. Nos dice que «mejor el día de la muerte que el día del nacimiento.» Al respecto del propósito de que tú seas más sabio de lo que eres, mejor un funeral que un baby shower. Hay lecciones importantísimas que en el momento de la muerte podríamos atesorar.
Pareciera que la gente se muere menos que antes. Se mueren igual; lo que pasa es que se mueren peor. Vivimos en una sociedad indolente que ha hecho de la muerte una transacción. Que ya no hagan velatorios; en las sociedades más avanzadas quieren que los cuerpos sean cremados. Pero aquí estamos el pueblo del Señor para decirle a esta ciudad que realmente la vida humana importa porque tiene la imagen de Dios. Y que dondequiera que haya un doliente, debe haber la oportunidad para llorar a su difunto.
Mejor ir a la casa del luto
La sociedad actual evita hablar de la muerte; cuando llega, esquiva la mirada. Es la voluntad del Señor que nosotros veamos la muerte de frente, que entendamos que hay sabiduría en el asunto. Los niños también necesitan entender que tarde o temprano se van a morir, que la vida humana tiene dignidad. Hoy estuvimos orando por estas familias y veía a los niños también orando y también llorando. Es necesario. Hay sabiduría en pensar en el día de la muerte.
«Mejor ir a la casa del luto que a la casa del banquete, porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón.» ¿Qué podemos aprender en la casa del luto? Que los seres humanos estamos más unidos y nos importamos más de lo que queremos reconocer. Dios nos hizo como seres gregarios, comunitarios. Y este individualismo que nos venden de que todo el mundo es una isla y que tu vida no le importa a nadie, en el luto se suspende. Las cosas se ven distintas a la luz de la muerte. Cuando tienes que ver la muerte a los ojos te das cuenta de que probablemente estuviste importantizando lo que no importaba y soslayando lo que realmente importa.
En la casa del luto podemos darnos cuenta del valor de la esperanza. He visto casos puntuales, hice el esfuerzo de andar con los ojos abiertos. Veía aquellos familiares que tenían esperanza: se ve de manera distinta. Se llamaba Francisco Antonio Scott. Tuvo la oportunidad de hacer una llamada a su familia y quería que supieran que había puesto en Cristo su confianza. Decía él: «Yo tengo la certeza de que voy a salir de aquí, pero en caso de que yo no salga, muchas gracias a toditos ustedes. Dile a mi mamá que yo la amo mucho. A mis hermanas que no se preocupen, que de aquí yo voy al cielo porque yo soy hijo de Dios. Yo entregué mi vida a Cristo un 24 de septiembre, y le entregué mi vida a Cristo hoy 7 de abril.» Qué distinto es despedir a un familiar cuando sabes para dónde va.
Las cosas se ponen en su lugar
Hay sabiduría en el momento del funeral porque las cosas se ponen en su lugar. En el momento del funeral, nadie estaba pensando en su carro, en su empresa, en cerrar un negocio. La gente se hace las preguntas importantes, y la sociedad no está mejor porque la gente ya no tiene los espacios donde hacerse esas preguntas. En las fiestas la gente está pensando en el día a día; en el funeral, las personas están pensando en las cosas que vale la pena pensar. En el momento de la verdad, ¿cuáles son las cosas que importan? ¿A quién quisieras llamar?
En el momento del funeral te das cuenta de que vidas relativamente sencillas pueden tener un impacto enorme. La gente recuerda conversaciones, experiencias, actitudes. Qué hermoso ha sido ver este desfile de seres humanos hablando positivamente de otros seres humanos. En esta sociedad donde parecía que lo único que importa es la influencia, te das cuenta de que una vida muy sencilla tiene un impacto muy alto. La muerte es el gran nivelador del ser humano. «Aquello es el fin de todos los hombres.» El rico y el pobre, el profesional y el lego, los de alta sociedad con el barrio, el pueblo y la ciudad. En la muerte todos nos encontramos. El funeral te recuerda que tú mismo te vas a morir.
Mejor es el pesar que la risa
«Mejor es el pesar que la risa, porque con la tristeza del rostro se enmendará el corazón.» ¿Para qué sirve el luto? El luto reconoce el valor de la vida humana. Cada ser humano es un ejemplar único e irrepetible. No volverá. No hay dos vidas iguales. El ser humano es digno sin importar lo que haga, porque tiene la imagen de Dios. Aun el perverso tiene dignidad según nuestra cosmovisión.
El luto nos lleva a hacernos preguntas. He hecho un esfuerzo intencional esta semana en tener los ojos abiertos, he escuchado los programas. La gente está haciendo preguntas: ¿dónde estaba Dios? ¿Por qué a ellos? ¿Por qué existe dolor? ¿Quién tiene la culpa? Yo creo que esas preguntas son legítimas y no ofenden. Para eso sirve el duelo: para que la gente se haga la pregunta. No quiero hoy responder la pregunta, sino animar a las personas a que se hagan preguntas. «Busqué a Jehová, y él me oyó, y me libró de todos mis temores.» En Cristo hay respuestas para todas tus preguntas, pero no van a llegar tan rápido como uno quisiera.
Dios no se ofende por tus preguntas
¿Por qué a mí? ¿Por qué, Dios? ¿Cómo se conjuga el hecho de que exista un Dios bueno con el hecho de que exista tragedia en este mundo? Dios no se ofende por tus preguntas, por tus dudas. Tu incredulidad no afecta su carácter. He visto algunos hermanos que están prestos a debatir y a defender a Dios. Dios no tiene urgencia. Déjalo que luche, que quizá luchando llegue a conocer a Dios profundamente. Y si llega a conocer a Dios profundamente, es el tipo de consuelo más profundo que puede conocer un ser humano.
La fe cristiana, si es real, tiene respuestas para todos los dilemas de la vida, pero no son respuestas sencillas, porque la vida no es sencilla. La gente quisiera encontrarse con un ministro del Señor que en cinco minutos le explique cómo es que un Dios de amor permite la muerte repentina de 226 personas. Hay respuesta en Dios, pero no va a llegar tan rápido como probablemente estás necesitando. Yo no llegué a ser un creyente comprometido porque fuera simple. Llegué a ser un creyente comprometido porque tenía preguntas difíciles que no me atrevía a veces a verbalizar. Y en tratar de responder esos dilemas he invertido mi vida y he encontrado satisfacción. A cualquier persona que tenga preguntas en este momento le digo: sigue preguntando. «Los que miraron a él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados.»
El luto reta nuestra cosmovisión
El luto valida, cuestiona y corrige nuestra cosmovisión. Todos los seres humanos creen algo. La pregunta que tienes que hacerte en este momento es si tu cosmovisión está siendo satisfactoria en el momento del dolor. ¿Tienes alguna filosofía? ¿Sobre algo está construida tu vida? ¿Fue suficiente en este momento? La muerte reta y desafía tus convicciones: las valida o las corrige. Probablemente en este momento hay una gran cantidad de personas que se han dado cuenta de que sus convicciones no son suficientes para los momentos álgidos.
¿Cuál es el propósito de la vida? ¿Para qué estamos aquí? Los cristianos respondemos: «Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras.» ¿Por qué el ser humano es la única criatura que puede proyectarse para cientos de años pero vivimos una vida tan corta? ¿Por qué podemos soñar tanto y vivir tan poco? Nadie está listo para morirse; la vida siempre es insuficiente. Los creyentes respondemos que no fuimos creados para la muerte, fuimos creados para la vida, y la muerte es una excepcionalidad. ¿Qué dice tu cosmovisión al respecto de la dignidad de la vida? ¿Por qué lloramos a los difuntos? La nuestra dice que el ser humano es digno sin importar lo que haga, porque tiene la imagen de Dios.
En este momento la gente se está haciendo las preguntas importantes. Si eres naturalista, materialista, ¿crees que la gente importa según su contribución? Entonces vamos a llorar solo a veinte. Nosotros decimos que hay que llorar con todo el que está llorando, porque todo ser humano tiene dignidad. Este es un buen momento para ser cristiano. Uno se da cuenta de que vale la pena dedicar su vida a creer estas cosas con convicción, porque en los momentos de dolor nuestra cosmovisión está siendo retada, validada, confrontada.
El luto nos impulsa a atesorar
El mejor honor que podemos dar a estas víctimas es valorar a la gente que todavía tenemos cerca. Este es un buen momento para restaurar una relación, para cerrar una herida, para pedir perdón u otorgarlo. Porque cuando llega la muerte, muchas de las cosas que lo impedían ya no importan. ¿Cuántas serían las personas que quisieran revivir a un muerto para darle un abrazo y decirle: «Tú y yo estuvimos peleando por eso durante años y realmente no importaba»?
Este es un buen momento para hacer una llamada, hacer la visita, tomar ese café. Comentario más recurrente de los amigos: «Ese café se quedó pendiente.» El luto te dice que uno se perdió, pero que hay cientos de personas para las cuales todavía importas. Es un buen momento para cambiar el final de tu historia. De aquí a poco a ti te llegará tu día. ¿Quiénes van a estar en tu funeral? ¿Qué habrá significado tu vida cuando tenga que resumirse? ¿No has pensado que muchas de las personas con las cuales estás gastando tu vida no van a estar en tu funeral? Si eres creyente, escribe tu memorial. Pásame lo que quieres que cantemos. Hay que hablar de la muerte. Hay sabiduría. Quizás cuando pienses en tu memorial te vas a dar cuenta de que hay que vivir de manera más intencional.
Escribe tu testamento
Cuando escribes tu testamento estás pensando en la trascendencia. Recuerdo a mi Señor en la cruz diciéndole a uno de sus discípulos: «Hijo, he ahí tu madre», diciéndole a su madre: «Madre, he ahí tu hijo.» ¿Quién va a cuidar de lo tuyo cuando tú no estés aquí? ¿Tienes un niño pequeño? ¿Quién lo va a criar? ¿Tienes envejecientes? ¿Quién va a cuidarlos? Si realmente te sientes desamparado, deberías revisar tu capital relacional: con quién cuento, quiénes son mis amigos, quién es verdaderamente mi familia.
Cada vez que yo iba a Cuba, un lugar que para mí era un poco agreste, me sentaba con Karla y le escribía de mi puño y letra. Le ponía: no tenemos deudas. Lo chin que tenemos, con eso paga la tarjeta y resuelve lo otro. No intentes mantener la empresa, llama a Stalin y pídele que te ayude. Y al final le ponía: no he mujeriado, tú eras la única mujer. Porque se muere una persona y aparecen cosas. Cuando yo volvía y encontraba que mi familia estaba aquí, rompía el papel y me sentía descansado. Qué confusión produce morirte de repente y no saber qué va a pasar con nada de lo tuyo. Y qué satisfacción da pensar en la trascendencia.
Pregúntate en este momento: ¿realmente estás seguro de tu salvación? No te estoy preguntando si amas a Dios ni si visitas una iglesia. Cuando te das cinco minutos de la muerte, visitar una iglesia no te da seguridad. Pensaba en estas personas que no murieron de repente, que tuvieron que reflexionar con su destino eterno en un par de minutos. ¿Sabes para dónde vas? La muerte es dura para todo el mundo, pero es especialmente dura para el que no tiene esperanza.
El Evangelio en medio del luto
«El corazón de los sabios está en la casa del luto, mas el corazón de los insensatos en la casa en que hay alegría. Mejor es oír la reprensión del sabio que la canción de los necios.» Hay dos cosas aquí: empatía por un lado y la actitud correcta hacia la reprensión por otro. Representamos bien a Cristo cuando vamos donde una persona y le decimos: tu vida me importa, la memoria del difunto cuenta, y hay un Dios en el cielo que tiene control de la historia. El corazón de los sabios está en la casa del luto. Se llama empatía.
El luto dura lo que tiene que durar y hay cosas que nunca se recomponen en el corazón. El pragmatismo de este tiempo te da tres semanas para que te recompongas, pero como cosmovisión cristiana, eso te va a pesar durante muchos años hasta que llegues a la presencia del Señor. Solo Cristo puede llenar ese vacío que deja un familiar en el corazón de un creyente. No trivialices el dolor: mientras ese luto está en el corazón, hay sabiduría que se está produciendo todavía.
¿Cómo se ve el Evangelio en medio del luto? El Evangelio es la buena noticia de que en Cristo no solo hemos vencido la muerte, sino que hemos recibido una nueva manera de mirar la vida, el dolor y al ser humano en su conjunto. El Evangelio no solamente te salva; te hace empático, te hace aún más humano. Lo que antes no veías, ahora lo ves a causa de Cristo. El Evangelio no anula el sufrimiento; nos da sabiduría para atravesarlo y nos vuelve más compasivos ante la fragilidad de los otros.
«Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.» Quienes escuchan en este momento probablemente no entienden del todo. Pero quizá el Señor les deja la idea clavada en su mente: reflexiona al respecto de esto, y en el tiempo llegas a tener consuelo. Es mi oración que cada persona que ha recreado su propio duelo en esta semana, el Señor le permita la gracia de reflexionar en esa verdad y que esa verdad en el tiempo comience a dar satisfacción a su alma. Mis palabras no satisfacen, pero en Cristo hay satisfacción.