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La nueva vestimenta del cristiano

Colosenses 3:12-15

Después de mostrar una lista de pecados de los que debemos despojarnos, el apóstol Pablo nos introduce al concepto de una nueva vestimenta: expresiones del corazón que deben distinguir al cristiano en virtud de su nueva identidad como escogidos, santos y amados.

Predicado6 de abril de 2025
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

En este capítulo, el capítulo 3, a partir del versículo 12, para considerar desde aquí la nueva vestimenta que debería adornar el carácter de un cristiano. Es Colosenses capítulo 3, versículo 12 y hasta el 15. Dice así la Sagrada Escritura, la palabra del Señor.

Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.

— Colosenses 3:12-15

Siéntense, mis hermanos, y veamos en esta porción de la Escritura la nueva vestimenta del cristiano. El domingo pasado estuvimos considerando la parte negativa de este texto, con una serie de actitudes pecaminosas que un creyente debería evitar, y no solamente evitar, sino que deberíamos matar en nosotros. Ahora veremos la parte positiva: cuáles son las actitudes o virtudes que deberían adornarnos. Esto es que, después de mostrar una lista de pecados de los que deberíamos despojarnos y hacer morir, el apóstol nos introduce ahora el concepto de una nueva vestimenta.

Y clarifico que está hablando en un lenguaje figurado: no está hablando de tu ropaje externo, está hablando de la actitud de tu corazón. Pero para hablar de tu ropaje interno, él se auxilia de algo que todos nosotros podemos ver, que es nuestra vestimenta. En este lenguaje figurado se describen aquellas expresiones del corazón que deben distinguir al cristiano en virtud de su nueva identidad. Desde el versículo 12 y hasta el versículo 15 se ocupa de esto: en el 12 primero nos recuerda quiénes somos en Cristo —escogidos, santos, amados—, y luego se nos presenta una serie de piezas básicas que se corresponden con esta nueva identidad.

La ropa es un asunto sensible

Quiero mostrar que la ropa es un asunto sensible. En gran medida tú sientes que tú eres tu ropa: tu ropa te representa, tu ropa te identifica, tu ropa te calza de manera cómoda, te resulta familiar. Y para lograr esto, que es un cambio en tu clóset —y estoy hablando de tu alma—, que es lo que me propongo, con la ayuda del Señor, que tú decidas hacer, se necesita una razón de peso, un nuevo entendimiento y, sobre todo, un ejemplo, modelos en los cuales tú te puedas ver, por lo menos verosímilmente, después de que te sientas cómodo.

Los predicadores hablamos de estas cosas y la gente piensa que sabemos de todo eso. Yo investigo un chin. Las personas que se dedican a hacer cambios de clóset, con lo que primero luchan no es con salir a la tienda a comprar una nueva vestimenta: es con inculcarle a la persona, en su mente, en su psiquis, que probablemente esa vestimenta que está usando ya no se corresponde con su momento de vida.

El trabajo duro no es salir a comprarte nuevas piezas; el trabajo duro es inculcarte en tu mente que ya no eres una chica o un chico de doce años, que deberías dejar de vestir como un niño o como una niña y asumir tu edad en tu vestimenta. Y las personas dicen: no, difícil. Quizás persuadirte de que seguir forzando la talla no es conveniente, y que cuando tú comiences a vestir ropa de la talla que te corresponde, no solamente te vas a ver más esbelto, sino que al mismo tiempo será un asunto más cómodo y vas a dejar de hacer el ridículo.

No es mi tarea de hoy ayudar a un creyente a que cambie el clóset externo. No estoy hablando de las ropas externas, estoy hablando de tu alma. Y reconozco que todos nosotros estamos aferrados a asuntos en los que entendemos que ahí está nuestra identidad. Ay, yo recuerdo un momento, hermano, en que dejé de usar las pulseritas, y la cosita, y los adornitos; y llega un momento en que tú dices: ya esto no me representa, estoy como aferrado a un momento de mi vida, ya no es lo mío, necesito otro referente.

Ay, hermano, yo quisiera que tú mires hoy tu carácter y que de ti salga una resolución de vestirte de una manera distinta. Y quiero mostrarte ejemplos de elegancia, de que te vas a ver bien cuando lo hagas. La semana pasada invertí un gran tiempo en tratar de despojarte, en tratar de desnudarte, en tratar de que hagas morir asuntos a los cuales probablemente tú te encuentras atado. Y ahora yo quisiera mostrarte que la voluntad del Señor para ti no es que te quedes desnudo, no es que te quedes neutral: es que asumas un nuevo estilo, una nueva vestimenta, que otra cosa te represente. Y todo comienza con asumir una nueva identidad.

La vestimenta sigue a la identidad

En el versículo 12 se nos muestra que la vestimenta es una expresión de nuestra nueva identidad: «Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados». No solamente te están diciendo que cambies piezas en tu clóset: te están diciendo que cambies piezas en tu clóset a causa de que tienes una nueva identidad. Ya tú no eres la persona que eras. Y de hecho esta nueva identidad es mejor que la anterior, pero tienes que asumirlo; todo comienza en tu mente. Tú comienzas a proyectarte de manera diferente, y cuando te proyectas de manera diferente, entonces te vistes en tu carácter también de una manera diferente.

Pero si no ha cambiado tu identidad, tampoco va a cambiar tu vestimenta. La vestimenta sigue a la identidad. La pregunta clave no es cómo tú te vistes; la pregunta clave es quién tú realmente crees que eres. Y si tú crees que eres lo que tu vestimenta no está anunciando, entonces tú haces el cambio. Yo creo que el problema está en que nosotros tratamos de disfrazar a la gente primero y después que asuma la identidad. Y no funciona: tú primero asumes la identidad. ¿Y cuál es la identidad?

Aquí se repite esa expresión: «pues». Dado lo anterior, entonces esto nos conecta con lo que hemos visto desde la semana pasada. Quiero mostrar que el discipulado funciona tanto por sustracción como por adición: no se trata solamente de dejar cosas, se trata de integrar cosas. Un creyente no es una persona que se está despojando; un creyente está viviendo un gran intercambio. Te vamos a quitar una cosa para ponerte una cosa que es mejor, pero en este gran intercambio primero tú sustraes y después entonces tú adicionas.

La gente piensa que no puede despojarse de determinada vestimenta porque piensa que va a quedar neutral, que va a quedar desnuda. Dice: pero entonces yo no voy a tener ninguna identidad, esa es mi identidad. Yo te quiero mostrar que ya esa no es tu identidad, que Cristo es tu identidad; y cuando tú interiorizas a Cristo, tú comienzas a proyectarte de manera diferente. La trampa está en buscar la proyección sin tener la identidad. Para tú renunciar a lo anterior tienes que tener la esperanza de un nuevo vestido.

El creyente coopera activamente rindiendo diferentes áreas de su vida. Nuestra justificación es por una decisión soberana de Dios, pero nuestra santificación es una serie de elecciones. Tú todos los días eliges cómo te vas a vestir, y lo que estás eligiendo, más que tu ropa, es la representación de tu identidad. Cuando alguien dice que no tiene ropa, la persona regularmente tiene ropa; lo que está diciendo es: yo no tengo ropa que me proyecte, que me identifique como yo quiero identificarme.

Y alguien te va a mostrar tu guardarropa y te va a decir: sí, tú tienes ropa. Pero lo que tú no quieres decir es que no tienes la ropa que quisieras tener para que represente aquello que tú quieres representar. Cooperamos activamente vistiéndonos todos los días de manera intencional. No hay una cosa más intencional en el ser humano que vestirse. La gente se ve en el espejo más de una vez y dice: ya realmente yo me parezco a lo que yo quiero proyectar. Y si la persona no se siente bien, le daña el día; y quizá nadie lo note, pero tú sabes lo que tú querías proyectar. A veces te faltó ese accesorio, a veces la prenda no estaba lista, a veces algo no estaba dispuesto.

Es una senda de decisiones intencionales lo que nos hace parecernos a Cristo. ¿Qué es nuestra santificación? Son elecciones que tomamos todos los días, donde probablemente tú te vas a poner la ropa anterior y te la quitas y dices: ya esa no, vamos a la otra. Y en esa renuncia hay un gran crecimiento. Qué hermosa es una persona que se despojó del ropaje anterior, y vuelve y se lo pone, y dice «wow», y después que se lo pone dice: ya no me representa, dame la que va ahora con mi nueva identidad. Y esta nueva identidad es un hecho, es un hecho concreto, es un hecho definitivo; tu ropa solamente lo expresa.

Escogidos, santos y amados

Voy a hablar un poco de tu identidad, porque ahí es que está el asunto. No logramos más porque tratamos de que la gente actúe como cristiana, pero las personas todavía no se asumen como cristianos. Tú tienes que asumirlo. ¿Y qué es lo que yo quiero que tú asumas? Cosas que ya son. Si realmente tú has nacido de nuevo, si tú has participado hoy de la mesa del Señor y has dicho que realmente eso tiene significado para ti, entonces tú no eres una persona común y corriente, tú eres una persona muy distinta. Y esa persona muy distinta que tú eres todavía no la estás expresando tanto como la debes expresar, pero tienes que comenzar a hacerlo.

¿Y cuál es la persona que tú eres en este momento? En este momento tú eres escogido, eres santo y eres amado en Dios. Qué rápido se dice. ¿Cuánto costó? Escogidos: un profundo sentido de pertenencia en Dios. ¿Quién tú eres? Escogido. Santo. Escucha tú, que probablemente en tu sumatoria, en tu aritmética, estás teniendo un rendimiento mediocre: a ti te están concediendo el hecho de llamarte santo. ¿Y quién es alguien que es santo? Es alguien que ha sido separado para Dios, es alguien que ha sido elegido para cosas mucho más grandes. Santos eran los instrumentos del santuario, eran instrumentos muy dignos. Y a ti te están diciendo: muy digno.

Como el mismo apóstol Pablo le escribe a los corintios en el capítulo 1, versículo 2: les dice «a ustedes santos, llamados a ser santos». Primero te habla de tu identidad y después te habla de tu progreso, porque la identidad ya la tienes. Después te dice «amados», y ser activamente amado, afirmado y protegido es un asunto que tú tienes que sentir para comenzar a vestirte de manera diferente, porque en gran medida te estás vistiendo como te vistes en tu casa.

De verdad que la gente está buscando un carácter, pero está buscando fuera de Cristo lo que fuera de Cristo no se puede encontrar. Detrás de toda capa superficial, externa, de identidad, hay un reemplazo de Cristo. Y las personas lo que están buscando realmente es ser amadas, aceptadas y protegidas. Por eso, cuando tú vienes a Cristo tú comienzas a comportarte de manera diferente, porque en Cristo ya tú has conseguido, de golpe y porrazo —por decirlo de manera clara—, lo que en el mundo tú nunca vas a conseguir. No hay un momento donde tú te sientas más amado, más protegido, donde sientas más sentido de pertenencia, que cuando tú sabes que realmente has sido amado por Dios en Cristo.

Si realmente tú te sabes escogido, tú te sabes amado, tú te sabes santo, entonces tú te vas a vestir, como una consecuencia natural, de una manera diferente. La carreta no se pone delante del caballo: primero va el caballo, y el caballo es el evangelio. Cristo triunfó en ti, y como Cristo ha triunfado en ti, tú te puedes despojar de todo lo anterior; tienes una nueva identidad.

¿Se recuerdan de que hice la tarea? Investigué un poco: quienes más gastan en moda, en la industria de los accesorios, son los que están más vacíos. Y realmente, cuando una persona está llena, se viste con menos. Si realmente tú estás satisfecho en Dios, tú vas a buscar menos tu satisfacción en las cosas de este mundo. Él es tu nueva identidad. Detrás de cada elección de vestimenta anterior había una búsqueda de amor, una búsqueda de aceptación, una búsqueda de pertenencia y afirmación.

¿Tú quieres que alguien te afirme? Todo el mundo se viste para alguien. Se dice: «no, a mí no me gusta que me vean». Todo el mundo se viste para alguien. La gente se pone hasta trafalario y después no quiere que lo miren. Una muchacha tenía unos tatuajes —y eran hasta unos tatuajes muy bonitos, pero muy visibles—, y anda como si fuera una pancarta, y todo el mundo se queda mirando; entonces se siente mal porque la están mirando. ¿Pero por qué te lo pones? ¿Por qué te lo pusiste?

Si te pones tu accesorio de trafalario, no esperes que no te vayan a mirar: te van a mirar. Todo el mundo se viste para alguien; tú querías que te miraran. «No, yo quiero pasar desapercibido». ¿Para qué te lo pusiste? Todo el mundo está modelando ante alguien, todo el mundo baila para alguien. La pregunta es para quién tú estás bailando, para quién te estás vistiendo, para quién tú estás tratando de hacerte admirable, para quién estás tratando de hacerte potable, de quién tú estás esperando el aplauso. Esa es la pregunta: para quién tú te estás vistiendo —y hablo de tu carácter, hablo de tu alma, hablo de tu corazón, no hablo de tu ropaje—, de quién estás esperando el aplauso. Y si te vistes para el mundo, entonces vas a tener las actitudes que vimos la semana pasada; y si te vistes para Cristo, estas son tus actitudes, esta es tu vestimenta, este es tu nuevo guardarropa.

Aun en la violencia, los hombres paradójicamente están buscando amor. ¿Por qué se inscriben los muchachos en una banda? Porque ahí me dan seguridad, ahí me dan identidad, ahí me dan un sentido de pertenencia. Mi identidad, mi sentido de pertenencia, está en Cristo, de forma tal que ya no me visto como se viste mi banda: yo me visto como se viste Cristo. Yo me parezco a él.

He estado hablando de una nueva identidad, y esa nueva identidad llega un momento en que hace armonía con una nueva vestimenta. Cuando tú cambias para adentro, entonces tú comienzas a expresarlo para afuera. No gastaré pólvora, hermano, tratando de que el cambio venga de afuera: el cambio comienza en tu mente, en tu corazón. Como tú te sabes, entonces tú te proyectas; y si tú te sabes escogido, si tú te sabes amado, si tú te sabes santo, entonces tú te proyectas en consecuencia. Eso es lo que es la armonía.

Hablaré de las piezas básicas y también de los dos accesorios exclusivos. Recuerda: la intención no es dejarte desnudo, sino vestirte. No sé en qué año fue; estuve haciendo cálculos, hermano, quizás fue por el 98 o 99. Una tía viajante —esa mitad de la familia a la que le decimos «tía»— vino de Estados Unidos y trajo unos Jordan 1. Y ahí yo tenía el pie más o menos grande, yo calzaba como 10, pero el tenis era como 7; y yo me lo puse.

Y yo estuve buscando ayer la fecha en que salieron esos tenis, y parecía que eran unos tenis fake, ni siquiera eran originales. Pero yo me puse esos tenis y yo me sentía realmente como Jordan. Yo recuerdo que me puse los tenis, yo iba para la cancha de Lucerna, jugaba a basket, y yo metí unos cuantos tiros libres, hermano, hice así como Jordan. Yo hice el aéreo así, hermano, y la donqueé. En mi mente, en mi mente, yo la estaba donqueando. Porque es que eso es lo que te da la vestimenta, eso es lo que te dan las marcas: un sentido de percepción, un sentido de irrealidad. Te hacen sentir que realmente tú tienes la dignidad que el modelo es el que la está usando. ¿Por qué lo estaba usando? Yo me sentía como Michael Jordan.

Yo te quiero mostrar hoy que tú no solamente te vas a poner la vestimenta de Cristo, sino que realmente tú tienes el carácter de Cristo, y que tú no tienes que simularlo, que realmente para ti es un asunto real, que es consistente, que tú deberías usar esa vestimenta porque tú tienes la capacidad de vestir así y al mismo tiempo tienes la capacidad de actuar así en Cristo. El secreto mejor guardado es que todo aquel que ha pasado de muerte a vida en Cristo tiene la vida de Cristo en él. Y esto no es solamente un disfraz, esto no es un ropaje: es una nueva naturaleza que permite que tu vestimenta, que tu proyección, sea consistente con tu nueva realidad.

Yo no vengo aquí a mostrarte ahora unos ejemplos para que te pongas los tenis como me puse yo esos Jordan 1 que quizás eran falsos, para que te sientas como Michael Jordan. Yo quiero mostrarte que si realmente tú has pasado de muerte a vida con Cristo, ya esto está en ti, y lo que tienes es que comenzar a vestirlo y comenzar a usarlo.

Entrañable misericordia

Esta es tu ropa. ¿Cuáles son las piezas básicas? Dice el versículo 12: «Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia». Lo primero. El Señor quiere que la misericordia entrañable te vista, que eso a ti te represente, que te caracterice, que nunca se te quede en tu casa cuando tú salgas. Interesante que no solamente habla de misericordia, sino de misericordia entrañable. Y la etimología del término viene de ahí mismo, de donde estás pensando: de tus entrañas.

Hay algo que te sale de adentro: que la misericordia para ti no sea un papelón, que la misericordia para ti no sea la responsabilidad social, empresarial o personal, que la misericordia para ti sea un asunto entrañable, que se te ha integrado como en tus entrañas, que eso salga desde adentro, que eso a ti te caracterice; que tú no solamente seas misericordioso, sino que tú seas la persona más empática de tu entorno, que la empatía que había en Cristo también te caracterice a ti. No solamente misericordia: misericordia entrañable.

«Ay, es que yo no soy así». De verdad, si la vida de Cristo está en ti, en ti hay capacidad para una misericordia entrañable, y eso debería caracterizarte. Es mucho más que la disposición favorable hacia las necesidades de los otros: es una profunda empatía. Alguien que no solamente se mueve a misericordia porque tiene algo que dar, sino que siente lo que otros no sienten, que ve lo que otros no ven; y que mientras está dando, está sintiendo. Y dar y sentir es una de las cosas más costosas que existen en esta tierra.

Cualquiera da, pero no da sintiendo. De hecho, mucha gente da para no tener que sentir; mucha gente da para no tener que ver. El Señor quiere que tú des con empatía, el Señor quiere que tú des con los ojos abiertos. No solamente que te pongas la mano en la cartera, sino que realmente tú puedas sentirlo en el corazón: ahí hay necesidad. Yo me muevo a misericordia no solamente porque tengo el recurso; yo me muevo a misericordia porque tengo el corazón. Esto es entrañable misericordia.

Esto no es filantropía, esto no es una fundación: este es el corazón de Cristo operando dentro del creyente. Y esto llega a caracterizarte. Tú puedes decir que eres generoso, puedes decir que eres misericordioso; yo quisiera que tú seas como Cristo. Y Cristo era de una misericordia que era entrañable. ¿Y más o menos cómo se ve esa prenda? Aquí está el Pinterest. Yo quiero comprarlo. ¿Con qué combina? ¿Cómo se ve? Yo quiero mostrarte cómo se ve la misericordia entrañable.

Eso aparte, hermano, para que tú sepas cómo eso luce. Yo aprendí a hacerle el nudo a una corbata cuando lo necesité: yo me estaba proyectando y me di cuenta de que eso tenía un elemento de elegancia, y aprendí a hacerle el nudo a la corbata. ¿Cómo se mide? ¿Cómo se ve? Más o menos así se ve la misericordia entrañable: se ve como se veía en Cristo. Ante una necesidad, tu primera intención no es ponerte la mano en el bolsillo: tú quieres escuchar.

Escuchar. La gente dice: no, no me dé play. Y bromeo con eso: la gente dice «¿cómo estamos?», y tú andas buscando rápido cómo cambiar el tema. Es como que no le doy play a tu necesidad, porque yo puedo tener tanta misericordia, pero no estoy dispuesto a tener misericordia entrañable. «¿Cómo estamos? ¿Bien?». Uy, ¿tú realmente quieres saber cómo estamos? ¿Tú quieres que te lo diga? Porque si tú quieres que te lo diga, eso es la misericordia entrañable.

Ay, hermano, que eso nos caracterice, que nos movamos a compasión. Cristo no solamente actuó: él se encarnó, él se identificó profundamente. Manifestó todo el caleidoscopio de las emociones humanas: la tristeza, el desamparo, la frustración. Y yo veía al Señor buscando la necesidad con los ojos, y yo me veo a mí caminando por esta ciudad con los ojos más o menos cerrados. Y si tú has cerrado los ojos, también estás cerrando tu corazón.

Es Jesús con la mujer que fue sorprendida en adulterio: le dijo «yo no te condeno, vete y no peques más». ¡Wow! La misericordia entrañable. Esa mujer pensaba que la iban a apedrear en ese momento; en ese momento nació de nuevo. Vete y no peques más.

Jesús ante un leproso que había sido aborrecido por todo el mundo, que había sido expulsado, que no podía vivir en medio de la sociedad. El leproso le dijo: ay, si tú quieres, tú puedes limpiarme. ¿Sabe lo que le dijo el Señor? Quiero. ¡Ay! ¡Quiero! ¡Sé limpio! Qué cosa hermosa. El Señor no solamente hacía misericordia como si fuera por bluetooth, por infrarrojo o por lo que fuera, sino que el Señor permitía que el otro expresara su necesidad, y después entonces él le respondía con compasión entrañable, con misericordia. Mirándose así: ¡quiero, sé limpio! Ese hombre no solamente recibió el milagro, él recibió la empatía del Señor, la compasión, la misericordia entrañable: salió de adentro.

Es la viuda de Naín, que cuando él la vio se compadeció de ella, dice la Escritura, y le dijo: no llores. Ay, ay, ay. ¿Han visto a esa persona? Es como un niño que dice: ay, no llores, no llores. Tú la ves a ella sufriendo. ¿Sabes? Era una viuda desamparada, su único hijo murió; y al morir su hijo perdía su sustento, perdía su futuro, y ya no solamente sería viuda, sino que estaría completamente desamparada. ¿Sabes lo que el Señor le dijo a esa viuda? No llores. Entrañable misericordia. Señor, no gastemos pólvora mostrando empatía, el milagro ya, que se levante el muerto. No: el Señor quería que ella sintiera que realmente le estaba amando. Yo no solamente quiero hacer un milagro, no solamente quiero manifestar mi poder; al mismo tiempo quiero manifestar mi carácter y toda mi compasión en ella.

Jesús en la cruz, entendiendo la ignorancia de los hombres, diciendo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Y yo leo el texto y digo: se irá. No: desde adentro, clavado en la cruz, está mirando a los que le clavaron en la cruz y está teniendo una sincera compasión ante la ignorancia de todos ellos. La misma compasión que tuvo con nosotros, y nos soportó pacientemente cuando nosotros vivíamos en la ignorancia de Cristo.

Recuerda, hermano, lo que estoy haciendo aquí: mostrándote el modelo, a ver cómo se ve. En Amazon, en Temu, en Shein muestran a la gente con el vestido, cómo se le ve. Más o menos se ve así: cuando tú te vistes de entrañable misericordia, más o menos tú te ves así. Jesús tratando pacientemente a sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan, hijos del trueno; a Judas lavándole los pies. Señor, ¡pero es que te va a entregar y tú lo sabes! Entrañable misericordia contigo, Judas. Yo me imagino, hermano, que a Judas lo que le dio fuerte en la cabeza fue eso: pero es que realmente, si él es Dios, si él lo sabía, si él es quien es, realmente lo sabía en todo momento. Él lo vio, y él me miró, y él me sirvió, y él me amó como amó a todos los otros. Entrañable misericordia se llama eso.

Esa es la primera prenda, hermano, lo básico en el creyente. Tú sales de tu casa y te pones la entrañable misericordia; y cuando tú no te pones la entrañable misericordia, tú te devuelves: se me quedó. Vestido de entrañable misericordia. Póntelo aunque sea en el carro. Cuando yo caminaba en el Botánico, caminaba en contra del flujo de los vehículos: venían hacia mí y yo iba caminando hacia ellos, y no podía evitar ver a la gente que venía en el carro, preparándose. La gente quitándose el tubi, el maquillaje y demás. A veces, hermano, tú te vas poniendo la entrañable misericordia. Dices: mira, me va a dar lucha, pero tengo que bañarme, tengo que vestirme de entrañable misericordia. Tengo que representar a Cristo, tengo que encarnar a Cristo.

Benignidad

La otra es tan sencilla que parece hasta difícil de explicar: benignidad. ¿Qué es eso? Lo contrario a lo que te expliqué anteriormente, que era la malicia. Así como hay gente que tiene una predisposición a la maldad y se deleita en la maldad, hay gente que tiene una predisposición a lo bueno y se deleita en lo bueno, a un punto tal que eso le caracteriza, y esa gente llega a ser benigna. Y resaltan: así como hay gente que resalta por sus prendas, por sus decorados, ellos resaltan por su benignidad.

Quien es benigno tiene como primera intención hacer el bien y no el mal. Se deleita sinceramente en la bondad y cultiva una aversión a la maldad. Por eso, el que es benigno, o está tratando de ser benigno, cuida la prenda. Y a veces, en las series de televisión que se vuelven muy violentas, tú dices: mira, es que yo no quiero que mi conciencia se destemple, y lo adelanta un poco. Tú dices: ¿por qué lo adelanta? Porque si me someto a esa maldad y me meten la maldad ahí tridimensionalmente, por los ojos, por los oídos, me involucro en esa historia de maldad, yo voy a querer practicar la misma maldad que ellos. Entonces yo no quiero, ya yo no me deleito con eso; yo, para verlo, tengo que adelantar un chin. Eso es lo que hace una persona benigna.

Cuando el tema se pone bueno y tú te sales… ¿tú has visto a la gente que bota la pelota, que están hablando de una cosa y él saca otro tema, porque él sabe que la conversación ya se está tornando hacia la maldad? Y tú conoces el tráiler de la mentira, todo el mundo sabe cómo llega, y te muestran el asunto y te dicen: mira, primero esto, después esto, y vamos a terminar ahí regurgitando la maldad. Y tú te apeas. Eso es lo que hace la gente benigna. No es solamente una predisposición, es una aversión a lo malo. No actúa por conveniencia o por presión, sino que la dirección de su corazón es hacia lo bueno.

Yo veo eso y digo: Señor, yo quiero tener eso. Yo quiero que mi corazón, en su dirección natural, vaya hacia la virtud, hacia las cosas que son buenas, de forma tal que no me deleite la maldad, sino que me deleite lo bueno. Esa gente que se viste así es benigna. ¿Cómo se viste un benigno? Cristo era benigno. Sus círculos cercanos, los que convivieron con él —veíamos hoy en la escuela bíblica que los discípulos querían morar con el Maestro— no encontraron falta alguna en su carácter. O sea, la gente que vivió al lado del Señor: impecabilidad. Él es benigno. Él generó una admiración porque el que convivió con él dice: es verdad.

Los familiares del Señor no creían que él era Dios, pero después de su resurrección terminaron creyendo. Hablo de sus hermanos, entre ellos Santiago. Wow, ¿sabes lo que es que tus hermanos digan «mira, él es benigno»? No es que él está actuando, no es que él está metido en un personaje: es lo que dice el personaje realmente, es así. Qué cosa más hermosa. Lo dijeron la madre del Señor y sus familiares cercanos. Los enemigos del Señor, cuando lo evaluaron, no encontraron falta alguna; intentaron, le hacían preguntas y buscaban, y tuvieron que acusarlo con engaño, porque no hubo manera. Y los romanos, cuando lo evaluaron: ¿no hay falta alguna en él?

Bueno, hermano, Pedro era curioso y tenía una personalidad; si alguien iba a encontrar algo, era Pedro. Pedro tenía la personalidad de la gente que sale a buscar algo y lo encuentra. Y si alguien iba a encontrar una falta en el carácter del Maestro, era Pedro. Y dijo Pedro del Señor: «Para esto fuisteis llamados, porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca». Yo estuve ahí al lado de él. Pedro, ¿de verdad que nunca hubo engaño en él? Nunca salió nada, nada, nada. Era benigno. Que cuando le maldecían no respondía con maldición; cuando padecía no amenazaba, sino que encomendaba la causa al que juzga justamente.

Recuerdo aquella canción que dice: «ella fue una creyente en verdad, y bondadoso era su corazón». Qué hermoso es que digan eso de ti. Yo, hermano, yo tengo amigos creyentes que son benignos; por amor a ustedes y a ellos no los menciono, pero de lo que yo me gozo es de tener algunos amigos creyentes de los que yo digo: wow. Es que de esas personas no sale el engaño en su boca, no intentan predisponerme, no intentan llevarme a la maldad. Y cuando yo esté en la presencia del Señor, cuando esté en el cielo, habrá mucha gente así.

Voy rápido, hermano. He mostrado dos prendas del clóset. Cuando tú te pongas la benignidad, tú vas a sentir como que te aprieta un poco. Tú te vas acomodando.

Humildad

Humildad. Ese es otro término, hermano. Todo el mundo piensa que es humilde. Normalmente el que dice que es humilde no es humilde; no hay que decirlo. Es una actitud mental hacia tu propia persona. Quien es humilde no es quien miente al respecto de su valor, de su dignidad. Hey, te estoy diciendo que tú eres elegido, tú eres santo, tú eres amado en Cristo; no te estoy diciendo que mientas, que digas «no, yo no tengo nada, a mí él no me ama, yo no tengo ninguna dignidad». El que es humilde sabe su valía, pero rechaza intencionalmente autoexaltarse, autopromoverse. Él elige exaltar y promover a alguien más, y ese alguien más es Cristo.

Ser humilde no es vivir en negación, no es vivir en mentira, no es autoconmiseración, no es tirar la cabeza un poco para el lado y decir «yo no tengo nada importante, yo no soy nadie». Tú eres mucho, pero quien de verdad es mucho es Cristo. Eso es lo que es la humildad. Humildad no es negar, humildad no es mentir. Romanos 12:3: «Digo, pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno».

¿Qué es lo que te está diciendo? Que tengas un concepto de ti ajustado a la realidad, con cordura. Quien es humilde no anda desproporcionándose. Y eso da mucha lucha, porque mientras más conciencia tienes de tu valor en Dios, cuando alguien destaca esa vestimenta tuya en Dios y te dice «¡wow!, pero te queda bonito», tú dices: ¡eso es chulísimo! ¡Claro! Y yo sé dónde hay, tú también te puedes vestir así. Es el carácter de Cristo el que me está adornando, ¡claro! Eso es lo que es humildad.

Lo que no es humildad es utilizar lo que Cristo está haciendo en ti, que por tus propios medios tú nunca pudiste hacer, y autoexaltarte por eso: yo sí soy manso, yo sí soy bondadoso, yo sí soy humilde. No eres nada de eso. Hermoso es cuando alguien te destaca la prenda y tú dices: wow, me queda bonita, ¿verdad? ¿Te gusta? Yo te llevo. Donde yo me vestí, te puedes vestir tú también. Eso es lo que es humildad: una persona que no se autopromociona, no se autopromueve.

Un buen referente de ese asunto: Pablo. A Pablo le quedaba bien la humildad. Pablo sabía quién era, pero no se desproporcionaba. Él decía: yo sé quién yo era, yo sé lo valioso que soy en Cristo. Decía Pablo en todas sus cartas: «Pablo, apóstol de Jesucristo». A la hora en que Pablo dijera «no, yo soy un don nadie, yo no tengo nada, estoy aquí en la inopia, nadie me da bola», eso no es Pablo. Pablo, apóstol de Jesucristo. Al mismo tiempo dice que todo lo que para él era ganancia lo ha estimado por pérdida, por basura, por amor a Cristo. Pablo encontró que su razón de exaltarse era que había sido llamado por Cristo.

Dice: como a un abortivo, pero me llamó. Qué hermoso: una persona que rechaza cualquier asunto superficial y hace de su identidad y de lo destacable a Cristo. Y en eso tampoco se desproporciona, sino que es agradecido. Rápido, hermano: aquí está el Pinterest de esto. Wow, yo salí a ver cómo se ve la humildad, alguien que tenga humildad. En sus relaciones personales, evita medirse y destacarse. Cosa incómoda.

Están todas estas personas: cada vez que vamos a tomar un café, vamos a hablar, y siguen haciendo la pregunta para ver quién está mal, tomando bajito, te están como midiendo. Pero ya, dejémonos de eso, vamos a hablar de Cristo. Tuve una reunión de casi dos horas con un amigo querido esta semana, y parte de mi satisfacción en la reunión es que no surgieron los temas del trabajo, de que si tiene o no tiene el apartamento, de qué carro tiene o no tiene, sino que hablamos de Cristo. Y yo después de la reunión me sentí tan bien y descansado, como: wow, realmente uno puede tener conversaciones piadosas con la gente, donde no surja el tema de que si tienes el ascenso, de que si tienes lo otro, de que si tú lo estás logrando, de que si viajaste.

¿Han visto esas conversaciones carnales donde todo el mundo anda buscando cómo medirse y compararse? El que es humilde no anda en eso. Reconoce discretamente su dignidad en Cristo y, en vez de ufanarse, busca que los demás también la tengan. ¿Lo notaste? Eso es lo que hace alguien que es humilde. ¿Lo notaste? Yo mismo estoy sorprendido: yo antes no tenía de eso y ahora lo tengo, y yo sé dónde hay, eso está en Cristo. Eso es lo que es humildad. Humildad no es mentira; humildad es destacar a Cristo por encima de ti.

No tiene la fama, la popularidad, el ser cool, el recibir likes o seguidores como su fin en la vida. Cristo. Tú no estás tratando de ser popular, tú estás tratando de promover a Cristo, tú estás tratando de exhibir a Cristo, de destacar a Cristo. Eso es. Requiere un juicio razonado: soy digno, y hay un referente más alto, a causa de Cristo. Eso es lo que es humildad. Esta me da duro a mí, hermano, porque estamos todavía trabajando y me aprieta un poco. Son esos rasgos del carácter de Cristo, cuando dices: wow, pero Cristo se lo ponía y le quedaba bien; yo me lo pongo, hermano, como que no me cuadra todavía del todo, pero lo seguimos intentando.

Mansedumbre

La mansedumbre. Ay, ay, ay: vestidos de mansedumbre. «Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre». Vestirnos de mansedumbre. La gente piensa que un hombre manso es una persona débil, sin criterio, apagada, una persona como sin ganas. Un manso es como una hoja que se la lleva el viento: «ay, él sí es manso». Eso no es mansedumbre, eso es debilidad. Mansedumbre es otra cosa.

La diferencia entre mansedumbre y debilidad es que cuando tú tienes mansedumbre, tú conservas y atesoras toda tu fuerza, pero la contienes y la canalizas en la dirección correcta. Alguien que es manso no es una persona débil, no es una persona apagada: alguien que es manso tiene todo su vigor, todo su brío, todo su carácter, pero ya no hace daño; ya lo sabe canalizar de la manera apropiada. El ejemplo universal que se pone para describir la mansedumbre es un caballo: tiene toda su musculatura, toda su energía, todo su vigor, pero el caballo ya sabe caminar como hay que caminar, y sabe utilizar su energía para propósitos que son más altos.

Si no lo he entendido del todo, hay un hombre en la Escritura del que se dice que era el más manso entre los hombres que han pisado esta tierra. Dice Números 12:3: «Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra». Esas son dos figuras enigmáticas: una, que me digan que Moisés es manso, según los términos del mundo, porque la gente dice «manso», ¿Moisés?; y la otra, que me digan que David tenía un corazón conforme al corazón de Dios, y uno dice: ¿David? Hay que hacer el estudio, hermano, del carácter de Moisés para darnos cuenta de lo que es mansedumbre.

Porque Moisés se enfrentó al faraón. Moisés fue a recibir las tablas de la ley; cuando llegó, encontró al pueblo en sus desórdenes y él rompió la ley. Él fue el que quemó el becerro y se lo puso a que se lo comieran. ¿Qué hombre manso es ese? Intercedió por el pueblo. En un momento el Señor le dijo: mire, ese pueblo tuyo es un pueblo malo, de corazón duro; vamos a destruirlo para darte otro pueblo. Y yo veo eso y digo: wow, Moisés es un héroe. A cualquiera de nosotros nos dicen eso y decimos: sí, señor, dame uno nuevo. Mira, yo vi de camino aquí, había un pueblecito allá; consúmalo, Señor, entiérrelos a todos y dame uno nuevo. Mira, yo vi uno allá.

No, no, no: Moisés era un hombre manso. Ay, Señor, no, no lo haga, Señor, porque qué van a decir los egipcios, que tú sacaste a tu pueblo para venir a dejarlo tendido en el desierto. Manifestó compasión, entereza de carácter, valentía. ¿Sabes lo que es decirle a Dios «Señor, no haga eso»? Cualquiera no lo hace. Tú probablemente no te atreves a ir delante de Dios a defender a un pueblo entero, que tú mismo sabes que es un pueblo malvado. O sea que manso no es decir «no, que me da vergüenza». No, no: mansedumbre es tener todo tu brío, todo tu vigor, pero contenido, de forma tal que cuando eso sale, sale en la dirección en que debe salir.

Él tuvo temor, hermano, pero le dijo el Señor «coge para Egipto», donde él acababa de matar a un hombre, y él cogió para Egipto de nuevo. Los hijos de Coré —y esos eran fuertes, hermano— se rebelaron contra Moisés, y él enfrentó la rebelión de los hijos de Coré. O sea que no era un hombre de «no, quédense ustedes con el liderazgo, yo no aspiro a nada, yo soy un hombre manso». No, no, no: yo sé lo que Dios me mandó a hacer, y no lo que ustedes están diciendo que es. Vamos a ver quién tiene la razón; Dios dirá quién tiene la razón. Sus hermanitos queridos, Miriam y Aarón, en un momento quisieron medir fuerzas: dijeron, no, todos nosotros hemos escuchado a Dios y aquí todo el mundo puede profetizar, y esto no puede ser que sea solo Moisés, vamos a hacer una democracia. Lepra, hermano, le mandó el Señor.

Le estoy mostrando, con todos estos casos, que Moisés pudo canalizar su fuerza para buscar el mejor interés de su Señor. Eso es lo que es un hombre manso: no un hombre que deja que le digan cualquier cosa, que asume cualquier cosa como verdad, que entrega con facilidad. ¿Han visto esa falsa concepción de la mansedumbre, como que un hombre manso entrega todo aunque no tenga la razón? Dicen: no, como el mal es manso, vamos a darle la razón. No, no, no, no es verdad. Manifestó su mansedumbre porque en todos esos casos pudo canalizar toda su fuerza en el mejor interés de su Dios. Y el caso donde no fue manso fue cuando canalizó su fuerza de manera egoísta.

En un momento el Señor le dijo a Moisés: háblale a la roca. Y él le golpeó la roca. Wow, hermano: o sea, se le salió ahí ese brío, ese carácter, y en vez de glorificar al Señor con su fuerza, lo que hizo fue ofenderle. Eso es lo que es mansedumbre y falsa mansedumbre. Tú te das cuenta de que no eres manso cuando cualquier cosa a ti te hace sacar chispas, cuando cualquier cosa te saca de tu enfoque, cuando en cualquier asunto te desproporcionas. Eso no es mansedumbre. Un hombre manso es un hombre que tiene, como un caballo, todo su vigor, toda su fuerza, pero que sabe hacia dónde va y va a usar su vida de forma tal que glorifique a Dios y busque el mejor interés de su Señor. Eso es mansedumbre.

Paciencia

Paciencia. ¿Cuántas veces he explicado el término, hermano? Es que la Escritura se reitera. Una buena traducción de paciencia es longanimidad: una capacidad de resistencia. Y es lo contrario a la ira, al enojo, a esa persona que con facilidad explota. Una persona que es paciente es una persona que tiene la capacidad de aguante. A cada uno, hermano, le he traído un modelo; el mejor modelo de paciencia es Dios Padre. Él es un Dios paciente. Es tan paciente que ha permitido que la historia continúe. Señores, esto hace rato que había que apagarlo. Esto se dañó, y él todavía, hermano, sigue permitiendo que la historia continúe.

Y mientras tanto pasa una hora, mientras tanto pasa un minuto, un segundo, un milisegundo, un año, una década, y el Señor está mostrando su paciencia, su longanimidad, y él no se sale de sus planes. La paciencia de Dios está hermanada a su soberanía, y la paciencia del hombre está hermanada a que nosotros entendemos la soberanía de Dios. Como yo no soy Dios, como él está en control y no yo, entonces yo no pierdo mi proporción, no me desproporciono. Por momentos pareciera que el mal triunfó, pero el Señor sigue en control.

Yo veo al Señor en un barco con una tormenta y yo digo que él es Dios. Él en esa barca, rodeado de sus discípulos, es lo mismo que él en su trono, rodeado de todas sus criaturas. Cuando viene la tormenta, y todos están sacando agua y pensando que se van a morir, él estaba durmiendo. Dicen: Señor, ¿no tienes cuidado que perecemos? Pero estaba durmiendo. Esa es la paciencia de Dios: que en esta tierra se hacen cantidad de cosas que no están de acuerdo con él, y la gente dice: ¿dónde está Dios? ¿Dónde está Dios? Aparentemente dormido, pero manifestando esta hermosura de su carácter: es que él es un Dios paciente. Y la agenda del hombre no va a afectar la agenda de Dios. Esto comenzó cuando Dios quiso que comenzara y terminará cuando Dios diga que termine. El evangelio es soberano, Dios es paciente. Le sigue mandando su sol a justos y a injustos, sigue permitiendo que los impíos prosperen. Se describe como rico en benignidad, en paciencia y en longanimidad. Y eso hace posible que avance el evangelio.

Las dos prendas de gala: amor y paz

He hablado, hermano, de lo básico del clóset. Ahora yo quiero mostrarte como la vestimenta de gala del creyente: que cuando tú te pones eso, tú dices «definitivamente ese es de Dios». Que cuando tú exhibes esas dos piezas, tú dices: mira, hay prendas que más o menos se le parecen, pero quien tiene esas dos, las tiene porque es de Cristo. Y las dos prendas que caracterizan a un cristiano de manera exclusiva, esas que si alguien las tiene tú tienes que decir que realmente es de Dios… dice él: sobre todo, tengan esta.

Dice el 14: «Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto». Vestidos de amor. Y quien está vestido de amor está mostrando una prenda que es un asunto muy característico de los hijos de Dios. Y la segunda prenda se llama paz: «la paz de Cristo more en abundancia en vosotros». Wow. El término paz en griego es irene, en hebreo es shalom, y eso es más que ausencia de conflicto: es un estado en el alma de la persona. Cuando tú ves a una persona que alcanzó ese estado de paz, de shalom, de irene, tú dices: ¿ese es de Dios? Porque yo sé que en este mundo la gente compra vestimentas parecidas y parece que son cristianos; pero quien alcanza eso, paz con Dios que se refleja en armonía en tu relación con los hombres, eso, hermano, es una prenda de gala del creyente. Que cuando tú ves a alguien vestido así, tú casi le haces el saludo. Tú dices: eso se parece a mi Dios, es así.

Paz que gobierna y controla nuestros corazones. Hay personas de las que tú sientes que están siendo controladas desde el cielo, y tú dices: no, es que esa persona ya no está al nivel de los mortales, realmente su vida está siendo controlada desde el cielo. Es una exhibición entre los hombres que glorifica el nombre de Dios. «Esa paz gobierne vuestros corazones». ¡Wow, hermano! Que te gobierne eso.

Ese irene, ese shalom, es un estado general de bienestar y armonía, como un pueblo próspero que no teme la guerra. Es falta de fisuras, unidad, cohesión, un muro bien construido. Es concreción, es plenitud; es más que una idea filosófica o abstracta, es una realidad palpable. Es una persona que vive en ese irene, en ese shalom, en esa paz; y el que está alrededor de ellos dice: pero es que él se ve de manera distinta, ¿qué es lo que él tiene? Y tú vas a mostrar: tengo a Cristo.

Cuánto sentido guarda esto. Cuando le escribió Pablo a otra iglesia, la iglesia de los filipenses, le dijo: «Y la paz de Dios» —esa irene de Dios, ese shalom de Dios, ese estado de plenitud, de bienestar de Dios—, «que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». Es que un creyente que está siendo gobernado por la paz, que está siendo guardado por esa paz, por ese shalom de Dios, es un creyente que vive en un estado de bienestar, de plenitud, de concreción, y definitivamente eso se hará notar. Quien tiene esa prenda, tú tienes que concluir que tiene a Cristo. Son dos prendas muy exclusivas: el amor de Cristo y la paz de Cristo.

¿Cómo se ve aquí el evangelio?

Y todas estas cosas anuncian el evangelio. ¿Cómo se ve el evangelio? El evangelio se presenta como una nueva identidad en Cristo que nos impulsa a vestirnos de manera diferente. Es esta nueva identidad, que se define por ser escogidos, santos y amados, y se manifiesta en el vestir del creyente con virtudes que imitan el carácter de Cristo. El vestido no hace al cristiano, pero sí refleja lo que Cristo ha hecho en él. Tú no eliges tu ropa: tú eliges a Cristo, y Cristo te viste de una manera diferente.

Oro hoy por cualquier persona que quiera vestirse de Cristo. Tú no eliges la ropa: tú eliges a Cristo, y Cristo te viste de manera diferente. Gracias, Señor, por tu palabra.

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