Después de mostrar una lista de pecados de los que debemos despojarnos, el apóstol Pablo nos introduce al concepto de una nueva vestimenta: expresiones del corazón que deben distinguir al cristiano en virtud de su nueva identidad como escogidos, santos y amados.
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El domingo pasado estuvimos considerando la parte negativa de este texto, con una serie de actitudes pecaminosas que un creyente debería evitar, y no solamente evitar, sino hacer morir en nosotros. Ahora veremos la parte positiva: cuáles son las actitudes o virtudes que deberían adornarnos. Después de mostrar una lista de pecados de los que deberíamos despojarnos, el apóstol nos introduce ahora al concepto de una nueva vestimenta. Y clarifico que está hablando en un lenguaje figurado: no está hablando de tu ropaje externo, sino de la actitud de tu corazón. Pero para hablar de tu ropaje interno, se auxilia de algo que todos podemos ver: nuestra vestimenta.
Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto. Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo; y sed agradecidos.
— Colosenses 3:12-15
La nueva vestimenta del cristiano
En este lenguaje figurado se describen aquellas expresiones del corazón que deben distinguir al cristiano en virtud de su nueva identidad. En el versículo 12 primero nos recuerda quiénes somos en Cristo: escogidos, santos y amados. Luego se nos presenta una serie de piezas básicas que corresponden a esta nueva identidad. Después nos muestra dos vestimentas más que son, por decirlo de un modo, exclusivas en la vida de un creyente: el vínculo del amor, que es el vínculo perfecto, y la paz de Dios que debe gobernar nuestro corazón.
Reconozco que es una tarea difícil. Todo el mundo se viste de alguna manera, se aferra a su vestimenta. Una de las cosas más difíciles que existen es cambiarle el clóset a una persona. La ropa a veces ya ni siquiera te sirve, pero quieres guardarla. En gran medida, tú sientes que eres tu ropa: te representa, te identifica, te calza de manera cómoda. Las personas que se dedican a hacer cambios de clóset saben que el trabajo duro no es salir a la tienda a comprar una nueva vestimenta; es inculcarle a la persona en su mente que probablemente ya esa vestimenta que está usando no se corresponde con su momento de vida. El engaño de la vida es aferrarnos a un momento pasado.
Esta es mi tarea de hoy: ayudar a un creyente a que cambie el clóset. Y no estoy hablando de las ropas externas; estoy hablando de tu alma. La semana pasada invertí un gran tiempo en tratar de despojarte, en tratar de que hagas morir asuntos a los cuales probablemente te encuentras atado. Ahora quisiera mostrarte que la voluntad del Señor para ti no es que te quedes desnudo ni neutral, sino que asumas un nuevo estilo, una nueva vestimenta, que otra cosa te represente. Y todo comienza con asumir una nueva identidad.
La vestimenta sigue la identidad
En el versículo 12 se nos muestra que la vestimenta es una expresión de nuestra nueva identidad. «Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados.» No solamente te están diciendo que cambies piezas en tu clóset; te están diciendo que lo hagas a causa de que tienes una nueva identidad. Ya tú no eres la persona que eras, y de hecho esta nueva identidad es mejor que la anterior. Pero tienes que asumirlo: todo comienza en tu mente, te proyectas de manera diferente, y cuando te proyectas de manera diferente, te vistes en tu carácter también de una manera diferente. Si no ha cambiado tu identidad, tampoco va a cambiar tu vestimenta. La vestimenta sigue la identidad.
La pregunta clave no es cómo te vistes; la pregunta clave es quién realmente crees que eres. El discipulado funciona tanto por sustracción como por adición. No se trata solamente de dejar cosas; se trata de integrar cosas. Un creyente no es una persona que solo se está despojando; un creyente está viviendo un gran intercambio. Para renunciar a lo anterior tienes que tener la esperanza de un nuevo vestido. El creyente coopera activamente rindiendo diferentes áreas de su vida. Nuestra justificación es una decisión soberana de Dios, pero nuestra santificación es una serie de elecciones. Todos los días eliges cómo te vas a vestir, y lo que estás eligiendo, más que tu ropa, es la representación de tu identidad.
¿Cuál es la persona que eres en este momento? Eres escogido, eres santo y eres amado en Dios. Qué rápido se dice. Escogido: un profundo sentido de pertenencia en Dios. Santo: alguien que ha sido separado para Dios, elegido para cosas mucho más grandes. Santos eran los instrumentos del santuario; eran instrumentos muy dignos. Y a ti te están diciendo: muy digno. Amado: ser activamente amado, afirmado y protegido. Si realmente te sabes escogido, te sabes amado, te sabes santo, entonces te vas a vestir como una consecuencia natural de una manera diferente. La carreta no se pone delante del caballo; primero va el caballo, y el caballo es el evangelio.
¿Para quién te vistes?
Quienes más gastan en moda son los que están más vacíos. Cuando una persona está llena, se viste con menos. Si realmente estás satisfecho en Dios, vas a buscar menos tu satisfacción en las cosas de este mundo. Él es tu nueva identidad. Detrás de cada elección de vestimenta anterior había una búsqueda de amor, de aceptación, de pertenencia y afirmación. Todo el mundo se viste para alguien. La pregunta es: ¿para quién te estás vistiendo? ¿Para quién estás tratando de hacerte admirable? ¿De quién esperas el aplauso?
Si te vistes para el mundo, entonces vas a tener las actitudes que vimos la semana pasada. Si te vistes para Cristo, estas son tus actitudes, esta es tu vestimenta, este es tu nuevo guardarropa. Los muchachos se inscriben en una banda porque ahí les dan seguridad, identidad, sentido de pertenencia. Mi identidad y mi sentido de pertenencia están en Cristo, de forma tal que ya no me visto como se viste mi banda; me visto como se viste Cristo. El cambio comienza en tu mente, en tu corazón. Como te sabes, te proyectas. Y si te sabes escogido, amado y santo, te proyectas en consecuencia. Hablaré de las piezas básicas y también de los dos accesorios exclusivos.
Entrañable misericordia
Dice el versículo 12: «Vestíos de entrañable misericordia.» El Señor quiere que la misericordia entrañable te represente, que te caracterice, que nunca se te quede en tu casa cuando salgas. La etimología del término viene de ahí mismo: de tus entrañas. Es algo que te sale de adentro. Que la misericordia para ti no sea un papelón ni la responsabilidad social; que sea un asunto entrañable, que esto se haya integrado en tus entrañas. Es mucho más que la disposición favorable hacia las necesidades de los otros: es una profunda empatía. Alguien que no solamente se mueve a misericordia porque tiene algo que dar, sino que siente lo que otros sienten y ve lo que otros no ven. Cualquiera da, pero no da sintiendo. Mucha gente da para no tener que sentir. El Señor quiere que des con empatía, con los ojos abiertos.
¿Cómo se ve la misericordia entrañable? Se ve como se veía en Cristo. Ante una necesidad, tu primera intención no es ponerte la mano en el bolsillo; quieres escuchar. Cristo no solamente actuó: se encarnó, se identificó profundamente, manifestó todo el caleidoscopio de las emociones humanas. Es Jesús con la mujer sorprendida en adulterio: «No te condeno, vete y no peques más.» Es Jesús ante el leproso: «Quiero, sé limpio.» Es la viuda de Naín, cuando al verla se compadeció de ella y le dijo: «No llores.» No solamente quería hacer un milagro; quería que ella sintiera que realmente le estaba amando. Es Jesús en la cruz: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.» Clavado en la cruz, mirando a los que le clavaron, teniendo sincera compasión ante la ignorancia de todos ellos.
Benignidad
La segunda pieza: benignidad. Lo contrario a la malicia. Así como hay gente que tiene una predisposición a la maldad, hay gente que tiene una predisposición a lo bueno y se deleita en lo bueno, a un punto tal que eso le caracteriza y llega a ser benigna. Quien es benigno tiene como primera intención hacer el bien y no el mal. Cultiva una aversión a la maldad. Por eso cuida la prenda: cuando la conversación se torna hacia la maldad, se apea. Cuando el tema se pone bueno y tú te sales, no es porque seas débil, sino porque reconoces la dirección que lleva. La benignidad no es solo una predisposición; es una aversión a lo malo.
No actúa por conveniencia o por presión, sino que la dirección de su corazón es hacia lo bueno. ¿Cómo se viste un benigno? Cristo era benigno. Sus círculos cercanos que convivieron con Él no encontraron falta alguna en su carácter. Los familiares del Señor después de su resurrección terminaron creyendo. Pedro, que tenía una personalidad de los que salen a buscar algo y lo encuentran, dijo del Señor: «El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente.» Qué hermoso que digan de ti que de ti no sale engaño, que no intentas predisponer a nadie, que da gusto compartir contigo.
Humildad
Todo el mundo piensa que es humilde. Normalmente el que dice que es humilde, no lo es. El que es humilde sabe su valía, pero rechaza intencionalmente autoexaltarse y autopromocerse. Elige exaltar y promover a alguien más, y ese alguien más es Cristo. Humildad no es vivir en negación, no es autoconmiseración, no es tirar la cabeza para el lado y decir «no soy nadie.» Tú eres mucho, pero quien de verdad es mucho es Cristo. Romanos 12:3 dice: «A cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura.»
Un buen referente es Pablo. Le quedaba bien la humildad. Sabía quién era, pero no se desproporcionaba. Decía en todas sus cartas: «Pablo, apóstol de Jesucristo.» Al mismo tiempo dice que todo lo que para él era ganancia lo estimó como basura por amor a Cristo. Encontró que su razón de exaltarse era que había sido llamado por Cristo. Dice: el común abortivo, pero me llamó. Qué hermosa una persona que rechaza cualquier asunto superficial y hace de lo destacable a Cristo. En sus relaciones personales, evita medirse y destacarse. No tiene la fama, la popularidad ni los seguidores como su fin en la vida. Tú no estás tratando de ser popular; estás tratando de promover a Cristo.
Mansedumbre
La gente piensa que un hombre manso es una persona débil, sin criterio, apagada. La Escritura nos muestra otra cosa. La diferencia entre mansedumbre y debilidad es que cuando tienes mansedumbre, conservas y atesoras toda tu fuerza, pero la contienes y la canalizas en la dirección correcta. El ejemplo universal es el caballo: tiene toda su musculatura, toda su energía, todo su vigor, pero ya sabe caminar como hay que caminar y usa su energía para propósitos más altos.
Hay un hombre en la Escritura que se describe como el más manso entre los hombres. Dice Números 12:3: «Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra.» Moisés se enfrentó al Faraón. Recibió las tablas de la ley y cuando encontró al pueblo en desorden, rompió las tablas, quemó el becerro y se los puso a beber. Intercedió por el pueblo cuando Dios quería destruirlo. Enfrentó la rebelión de los hijos de Coré. Enfrentó a sus propios hermanos, Miriam y Aarón, cuando quisieron medir fuerzas. En todos esos casos pudo canalizar toda su fuerza buscando el mejor interés de su Dios. Y el caso donde no fue manso fue cuando canalizó su fuerza de manera egoísta: cuando golpeó la roca en vez de hablarle. Un hombre manso es un hombre que tiene todo su vigor, toda su fuerza, pero sabe hacia dónde va y la usa de forma tal que glorifique a Dios.
Paciencia
Una buena traducción de paciencia es longanimidad: una capacidad de resistencia. El mejor modelo de paciencia es Dios Padre. Es tan paciente que ha permitido que la historia continúe. Pasa una hora, un minuto, un año, una década, y el Señor sigue mostrando su paciencia, su longanimidad, sin salirse de sus planes. La paciencia de Dios está hermanada a su soberanía, y la paciencia del hombre está hermanada a que entendemos la soberanía de Dios. Como yo no soy Dios, como Él está en control y no yo, no pierdo mi proporción.
Veo al Señor en un barco con una tormenta y digo que Él es Dios. Él en esa barca rodeado de sus discípulos es lo mismo que Él en su trono rodeado de todas sus criaturas. Cuando viene la tormenta y todos están sacando agua pensando que se van a morir, Él estaba durmiendo. Dios es paciente. Le sigue mandando su sol a justos y a injustos, sigue permitiendo que los impíos prosperen, se describe como rico en benignidad, en paciencia y en longanimidad. Y eso hace posible que avance el evangelio.
Las prendas exclusivas: amor y paz
He hablado de lo básico del clóset. Ahora quiero mostrarte la vestimenta de gala del creyente: cuando alguien la exhibe, dices definitivamente que es de Dios. Dice el versículo 14: «Y sobre todas estas cosas, vestíos de amor, que es el vínculo perfecto.» Y la segunda: «La paz de Dios gobierne en vuestros corazones.»
El término paz en griego es eirene, en hebreo es shalom, y es más que ausencia de conflicto. Es un estado en el alma de la persona. Cuando ves a alguien que alcanzó ese estado de paz, de shalom, dices: «Este es de Dios.» Es falta de fisuras, unidad, cohesión. Es concreción, es plenitud; más que una idea filosófica, es una realidad palpable. El que está alrededor dice: «Es que él se ve de manera distinta», y pregunta: «¿Qué es lo que tiene?» Tiene a Cristo.
Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.
— Filipenses 4:7
Un creyente que está siendo gobernado por esa paz vive en un estado de bienestar, de plenitud, que definitivamente se hará notar. Quien tiene esa prenda, tienes que concluir que tiene a Cristo. Son dos prendas exclusivas: el amor de Cristo y la paz de Cristo. ¿Cómo se ve el evangelio? El evangelio se presenta como una nueva identidad en Cristo que nos impulsa a vestirnos de manera diferente. El vestido no hace al cristiano, pero sí refleja lo que Cristo ha hecho en él. Tú no eliges tu ropa; tú eliges a Cristo y Cristo te viste de manera diferente.