Colosenses 3:5-11, para mostrar desde esta porción de la Escritura cómo luchar contra el pecado. Dice así la Sagrada Escritura, la Palabra de Dios.
Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas. Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno, donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.
— Colosenses 3:5-11
Todos luchamos contra el pecado
Pueden sentarse, mis hermanos. Quisiera mostrarte de esta porción de la Escritura cómo un creyente lucha contra el pecado. Y quisiera implicarte en la predicación, pues todos estamos luchando, consciente o inconscientemente. Se ha creado la idea de que solamente los creyentes luchamos contra el pecado. Todo ser humano lucha contra el pecado. Si alguien no luchara contra el pecado, aunque fuese una lucha mínima, hace rato que hubiese sido destruido, pues el diablo no anda buscando el bien de nadie: el propósito general del pecado es la destrucción del ser humano.
Todos luchamos contra el pecado, pero el creyente lucha contra el pecado por razones que son las razones correctas. Y sobre todo, el creyente puede tener victoria en su lucha contra el pecado. Esta es la diferencia. Yo no solamente quisiera que usted luche: yo quisiera que usted luche por las razones correctas, y al mismo tiempo que en esta lucha usted venza el pecado.
Se nos muestra aquí la manera en que el creyente combate el pecado. Y el creyente no combate el pecado como si fuera un combatiente desesperado que está perdiendo la batalla. El argumento general de la carta de Pablo a los colosenses es que para nosotros esta lucha no es una lucha donde hay probabilidades de ganar, sino que por fe ya nosotros estamos sentados con Cristo en las regiones celestiales. Nuestra lucha contra el pecado no es la lucha del inconverso, no es la lucha del incrédulo: la lucha del creyente es la lucha de aquel que pertenece al pueblo victorioso. Luchamos, pero no luchamos contra el pecado para obtener nuestra salvación: luchamos contra el pecado porque hemos sido salvados en Cristo.
A mí particularmente esto me cambió toda la perspectiva. Durante muchos años yo intenté vencer el pecado porque entendía que cuando yo venciera el pecado entonces iba a ser amado por Dios, iba a tener el favor de Dios, iba a tener la vida eterna. En este momento he entendido que Cristo logró por nosotros todas estas cosas, y que la lucha de un santo contra el pecado no es la lucha por nuestra salvación: es una lucha para glorificar al Señor, para que su voluntad prevalezca en nuestras vidas. No es un acto de ganarnos el favor del Señor; el favor del Señor lo ganamos ya por gracia.
Nosotros hacemos morir el pecado, pero lo hacemos morir porque hemos nacido de nuevo en Cristo y estamos ya plenamente satisfechos en Cristo. De hecho, la razón por la cual el creyente puede vencer el pecado es que ha encontrado una satisfacción mayor en Cristo que la satisfacción que encontraba en el pecado. Esta es la regla general para vencer el pecado: entender que en Cristo tú tienes la plenitud, y que cualquier sucedáneo que el pecado te estaba ofreciendo ya no es necesario para ti.
Estaré hablando de la lucha del creyente contra el pecado, pero sería un despropósito, después de predicar un sermón de la carta de Pablo a los colosenses, volver a la ley. Yo no quisiera ahora darte un checklist y decirte: mira todos estos pecados, aquí hay once, lucha con ellos. No, no. Yo quiero mostrarte un listado de pecados y decirte que para cada uno de esos pecados ya Cristo ha logrado para ti una provisión mucho más satisfactoria, mucho más amplia, permanente, y sobre todo que tiene bendición eterna en vez de castigo eterno.
Yo no quisiera identificarte con el pecado y que tú digas: ah, míralo ahí, el pecado que me avergüenza, el pecado que me domina. Yo quisiera mostrarte el pecado para mostrarte ahora cómo Cristo satisface permanentemente, plenamente, de forma tal que el pecado para ti ya no sea una opción y puedas hacerlo morir. Te estaré invitando a que mates el pecado, pero vas a matar el pecado porque encontraste algo mucho más permanente que el pecado.
Yo tendría mucho cuidado de decirle a una persona que no ha encontrado a Cristo que mate el pecado en él, pues él necesita ese pecado. ¿Sabe por qué lo necesita? Porque no ha conocido a Cristo. Ahora, si tú has conocido a Cristo, ya tú no necesitas el pecado. El pecado sigue siendo una opción para ti, pero ya no es la opción necesaria. Ya el pecado no domina en ti, ya tú estás satisfecho en Cristo, aunque no lo sepas. De hecho, más que persuadirte de que luches contra un pecado, lo que quiero es persuadirte de que te satisfagas en Cristo a un punto tal que el pecado ya no sea una opción. Que estés tan pleno, tan lleno, que puedas hacer una renuncia definitiva, una renuncia completa, y asumir un estándar mucho más alto.
Una renuncia definitiva
Comienza Pablo hablándole de una renuncia definitiva. Dice él: «Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros.» Háganlo morir, dice él. Las palabras son duras. Es un imperativo: Dios quiere que tú renuncies a tu pecado.
Y a mí me rompía la cabeza el hecho de que fui salvo por gracia, pero que aun habiéndome salvado el Señor, todavía quiere que yo luche contra el pecado. Se me ocurren, hermano, las ilustraciones más inverosímiles. Pero mirando los programas de naturaleza: hay algunos animales que cuando tienen cachorros luchan contra el enemigo que quiere destruir a sus cachorros, pero después de que ya el enemigo está maniatado, ya debilitado, entonces permiten que el cachorro luche. Y cuando el cachorro lucha y vence, no lo venció él: lo vencieron sus padres.
Y es la misma lucha del creyente contra el pecado. Nosotros no luchamos contra el pecado y vencemos porque seamos poderosos: nosotros vamos contra el pecado con la expectativa de que Cristo en la cruz ya ha vencido al mundo. Y ahora, cuando el creyente vence un pecado, él solamente está haciendo una extensión de la obra de Cristo, de forma tal que prueba que realmente Cristo es poderoso y que él está en el Señor. Háganlo morir, pero no lo hagan morir como si ustedes tuvieran la capacidad: entiendan que están satisfechos en Cristo, entiendan que Cristo ya ha vencido el pecado, y terminen de lidiar con el asunto.
Le decía que a mí me rompía la cabeza, porque yo decía: si el Señor realmente me ha justificado, ¿por qué no permite que la santificación opere en mí de la misma manera que operó la justificación? Si Él me justificó de repente, ¿por qué no me santificó de repente? El Señor quiere que yo participe en mi santificación, porque la santificación para un creyente no es solamente una transacción: es un acto de glorificación al nombre del Señor. Cada vez que un creyente tiene victoria en alguna particularidad de su vida, hay gloria para el nombre de su Padre, y al mismo tiempo es un acto de adoración.
Cuando el creyente está venciendo el pecado, no está solamente haciendo una diligencia legal: está trayendo gloria para el nombre de su Dios, y al mismo tiempo está experimentando el poder de la resurrección. El mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos es el poder que me levanta a mí de la impotencia espiritual y me permite vencer al pecado. El Señor quiere que tú experimentes esto.
No creo que sea presión de grupo. «Pastor, háblele para que suelte eso.» Ay, no, hermano: es un acto de adoración de tu corazón. Yo no creo que el seguimiento pastoral vaya a traer la santificación a tu vida. La santificación vendrá como consecuencia de entender que ya has sido justificado en Cristo y que hay un camino mucho más alto. La presión de grupo no te hará vencer el pecado; el seguimiento pastoral tampoco; el esfuerzo humano solamente, tampoco. Es el poder de Cristo que está operando en ti.
Y yo quisiera que tú descubras esta semana el poder de Cristo trayendo pequeñas victorias sobre diferentes áreas de pecado, y que con cada una de ellas haya gloria para el nombre de tu Padre y al mismo tiempo la experiencia de que tú eres realmente del Señor. Cada vez que un creyente vence su pecado, grande o pequeño, él confirma su salvación. Cada vez que tengo una pequeña victoria y en mi vida logro hacer la voluntad del Señor, yo resuelvo y me digo dentro de mí: tú eres suyo. Porque la única explicación posible para que pudieras tener victoria sobre áreas donde normalmente había vergüenza es que tú no estás luchando contra el pecado por tus propios medios, sino por el poder de la resurrección. Este es el argumento: no es esfuerzo humano, es poder de Dios.
Renunciar a satisfacernos en el pecado es un asunto intencional, definitivo y al mismo tiempo radical. «Hacer morir», te está diciendo. Hey, este era tu mecanismo anterior de satisfacción, y aquí está Cristo: ¿a cuál de los dos vas a matar? Esa es la elección. Adentro tuyo hay un impulso, adentro tuyo hay una necesidad, y aquí hay dos opciones: aquí está Cristo y aquí está tu pecado. Tú abrazas a Cristo y matas tu pecado; o tú matas a Cristo, le crucificas de nuevo, como argumenta Pablo en otra carta, y abrazas de nuevo el pecado. Lo que te están diciendo es: no mates a Cristo, mata el pecado.
La muerte es un estado irreversible, la muerte es un estado definitivo. Aun la muerte con madurez y entendimiento es una transacción difícil: morir no es fácil. Pero hay que morir al pecado. Me reía esta semana mirando a un humorista —ellos hacen humor, hermano, de las cosas más…—. Decía él: yo no creo que haya vida después de la muerte, yo estoy seguro de que hay vida de este lado de la muerte. Pero pareciera que el Papa no se quiere ir. Y bromeaba: al Papa lo van a entrar por el área VIP, el Papa es un santo, y el Papa se aferra a la vida; yo también me aferro a la mía. Decía él: señores, morirse no es fácil, ni siquiera para el Papa. Y uso yo su humor: es una transacción difícil.
Pero cuando un creyente ha entendido que tiene vida en Cristo, él puede sacrificar las cosas más difíciles, comenzando por nuestro pecado y después por nuestra vida humana, porque entendemos que Cristo es nuestra vida y que en Él estamos seguros. Pero morirse no es fácil: hay añoranza, hay nostalgia, hay costumbre. Es un trago amargo matar al pecado. Tú sabes que te hace daño, tú sabes que el pecado te afecta, tú sabes que ofende a Dios, tú sabes que acarrea consecuencias, pero es difícil hacer morir el pecado. Se hace morir el pecado por convicción.
Es interesante el argumento, porque el apóstol Pablo les dice: en estos pecados ustedes andaban anteriormente, porque vivían en ellos; pero ahora, hagan morir el pecado en ustedes. El asunto es que ellos se habían apartado del pecado, pero todavía no habían matado el pecado definitivamente. Lo que les está diciendo es: ustedes se apartaron en otro tiempo de ese pecado, pero ahora que se apartaron, destrúyanlo. Si ya no están viviendo allá, si ya se han apartado del pecado, que el pecado no sea una opción para ustedes.
Y es posible que ya tú no practiques el pecado, es posible que ya tú no vivas el pecado, pero que el pecado siga siendo una opción para ti. El argumento aquí es: no solamente dejen de pecar, sino dejen de pecar y maten el asunto, destrúyanlo. Hace rato que tú no vas, tú dijiste que ya tú no vas a vivir ahí: entonces destruye el asunto. Hermano, hay un nivel de madurez cristiana cuando tú no solamente dejas de practicar un pecado, sino que lo matas definitivamente, y a ti mismo, a tu conciencia y a tu Dios le dices: ya eso no es una opción para mí. Y aunque tú vivas en santidad, aunque te hayas apartado nominalmente del pecado, si el pecado todavía vive en tu corazón, tú no eres completamente libre.
Cómo sé que el pecado todavía vive en mí
Hablaba con un hombre joven hace unos meses, que es rico, y me hablaba de su patrimonio. Además, no es una persona ostentosa, no es un fantoche que habla de dinero, pero me decía: yo me di cuenta de que ya era un hombre rico cuando dejé de contar. Y me dice: yo recuerdo que en tal año ya yo dejé de calcular cuánto necesitaba para llegar a fin de mes, ya dejé de calcular cuánto hacía falta. Cuando yo dejé de contar, entonces me di cuenta de que yo era rico.
Tú sabes que venciste el pecado cuando tú dejas de contar. Si todavía tú dices «tengo dos días que no peco, tres semanas, cinco días, un año», todavía está vivo. ¿Cómo sé que el pecado todavía vive en mí? Porque tú no lo estás practicando, pero todavía estás contando. Si tú estás todavía en esa resistencia de decir «tengo ya dos meses y como que me ahogo», parece que el pecado no lo está practicando, pero todavía vive en ti. Era el caso de los colosenses: él les decía, ustedes apartaron ese pecado, pero ahora mátenlo.
¿Cómo sé que el pecado todavía vive en mí? Porque vivo atemorizado, porque siento que declino hacia allá, porque aún no me siento seguro. Yo entiendo que uno se aparta del pecado y lo destruye, y uno no quiere visitarlo; pero si todavía te genera una aprehensión muy fuerte que el pecado te pase por un lado, probablemente ese pecado todavía está vivo en ti. Y hay oportunidad para que tu corazón esté más lleno de Cristo.
Cualquier pecado: las bebidas, el alcohol, las drogas. Yo entiendo que una persona que tuvo un trasfondo de drogas evita el mundo de la drogadicción, pero no a un punto tal que viva en una paranoia. «No, que mi pecado es la fornicación, pero ahora cada vez que veo a una mujer yo tengo que cerrar los ojos y ponerme así para no ver.» El pecado todavía vive en ti. Yo sé, hermano, que un creyente no se expone; pero tú te das cuenta de que mataste el pecado definitivamente cuando ya no vives en ese miedo, sino que vives en la libertad gloriosa de los hijos del Señor.
Recuerdo en Azua, hermano, las fiestas patronales. En Azua había que hacer reuniones, porque los creyentes no podían pasar por el parque. Ponían la carpa de Brugal, de Barceló, y los creyentes hacían otras rutas: «no podemos pasar por el parque». Ay, hermano, si todavía tú no puedes pasar por el parque, ese pecado todavía está vivo en ti. No has vivido en libertad, todavía estás atemorizado, todavía sientes que te va de lado. Y si sientes que te va de lado, probablemente necesitas todavía más de Cristo.
¿Cómo sé que el pecado está vivo en mí? Porque todavía el pecado es mi refugio. Mi refugio primero ante la frustración, mi refugio primero ante la alegría, o mi refugio primero ante la inactividad. ¿Hacia dónde va tu corazón cuando estás contento? Ay, hermano, hay personas que todavía, cuando sienten alegría, necesitan el alcohol. «Wow, estoy contento y no hay alcohol.» ¿Todavía estás preso? Esclavo. ¿Hacia dónde va tu corazón cuando estás triste? En medio de la frustración, ¿a dónde te refugias? ¿A dónde vas cuando no estás ocupado? ¿Has visto a estas personas que para mantenerse en santidad tienen que tener una agenda muy apretada, que siempre tienen que estar como distraídas para no pecar? Todavía no eres libre.
No te están diciendo aquí «negocia con el pecado, administra el pecado». Lo que te están diciendo es: ¡mátalo! Haced morir lo terrenal en ustedes. Mátalo, y mátalo a causa de que tú tienes algo mucho más grande que el pecado, y eso que es mucho más grande que el pecado es Cristo.
¿Cómo sabes que está vivo? Porque lo defiendes, lo atesoras, lo justificas, reduces su urgencia. Hay personas que dicen: eso no es tan importante, esas son cositas. Si fueran cositas, no lo defendieras tanto. Si realmente tuvieras victoria sobre ese pecado, si el pecado no estuviera vivo en ti, no lo defenderías; pero lo soslayas, lo defiendes, lo atesoras, lo justificas, reduces su urgencia, porque todavía está viviendo en ti.
Ese «pues» lo informa todo
Interesante, hermano: «Haced morir, pues.» Y ese «pues» es lo que informa todo el texto. Este es un texto donde, para que entiendas lo demás, tienes que entender ese «pues». Esa pequeña partícula le da todo el sentido al texto. ¿Cuál es el «pues»? Desde el versículo 1 hasta el versículo 4 está hablando de la victoria de Cristo en el creyente. Dice el versículo 1 que nosotros habíamos resucitado con Cristo; dice el versículo 2 que tenemos que tener puesta la mira en las cosas de arriba; y dice el versículo 4 que Cristo es nuestra esperanza y que lo perfecto tarde o temprano va a llegar. Y si ese «pues» es real para ti, entonces tú puedes hacer morir lo terrenal en ti.
Haced morir, pues. ¿A causa de qué? A causa de que Cristo resucitó y tú resucitaste con Él. A causa de que tú tienes esperanza en Cristo. A causa de que estás satisfecho en Cristo: mátalo.
Hay gente que realmente fue salva, pero todavía no ha matado el pecado: el pecado sigue siendo un plan B o un plan C. Perdóname, hermano, que ilustre así, pero quiero ir al punto: ¿has visto a otra persona que terminó una relación, comenzó otra, pero no ha terminado con la relación anterior? Es lo mismo que pasa con el pecado. Anteriormente tú estabas relacionado con el pecado, y ahora te has relacionado con Cristo. Y como te has relacionado con Cristo, tú vas a tener que borrar la foto, borrar el teléfono, dejar de frecuentarlo. «Ay, pero es que no tenemos que ser enemigos.» ¿Viste esa justificación? «Que no hay que ser enemigos.» Esa es la justificación del pecado en el hombre. Háganlo morir, es lo que están diciendo. Mátalo ya. Tú estás en Cristo. Ese «pues» significa que tú estás en Cristo, que tus ojos están puestos en otra parte, que tú realmente tienes esperanza.
Cinco pecados escandalosos
Después se muestran cinco pecados públicos y escandalosos. Te digo que son públicos y escandalosos porque luego muestra otro listado de pecados que como que no escandalizan; pero en estos nadie quisiera ser vinculado. Hablaba de esto unos cuantos domingos atrás y les decía que esos pecados son la alternativa del mundo a la satisfacción que hay en Cristo. Cualquier forma de pecado que es atractiva para mí es un sucedáneo de algo que en Cristo reside de manera perfecta y permanente, algo que es glorioso. Cualquier forma de pecado es la versión, la copia, la alternativa del mundo a lo que solamente reside de manera plena en Cristo.
De hecho, cuando tú maduras en los caminos del Señor y un pecado es atractivo para ti, lo que haces es salir a buscar a Cristo. Y te preguntas: ¿por qué eso me atrae? Eso me atrae porque en Cristo hay algo que me satisface plenamente que yo todavía no tengo. De forma tal que tú dices: yo tengo a Cristo, y si yo tengo a Cristo, yo voy a salir a buscar en Cristo lo que reside permanentemente en Él.
¿Cuáles son los pecados? El pecado de la fornicación, el pecado de la impureza, los afectos desproporcionados, los afectos que son directamente pecaminosos, y la avaricia, que dice la Escritura que es idolatría. Y aquí la gente dice: ¿y eso es malo? Sabes que el pecado no es malo solamente porque sea pecado: el pecado es malo porque reemplaza a Cristo en algún sentido. Es un asunto de que Cristo quiere satisfacerte, pero tú no esperas; tú te desesperas y no llegas a recibir lo que Cristo quiere darte. Pero para cada uno de esos pecados yo te aseguro, te garantizo, que en Cristo hay una opción que es perfecta, que es plena, que permanece y que no tiene castigo eterno.
¿Qué es fornicación? Es la búsqueda del placer sexual. ¿El placer sexual es malo? No, no es malo: el Señor quiere dártelo de manera legítima. De hecho, si una persona se entrega a la fornicación, a lo que se está entregando es a la insatisfacción sexual. Toda forma de satisfacción sexual fuera del plan de Dios para el hombre lo que termina es dañando el mecanismo. La gente piensa que los creyentes nos oponemos a la fornicación porque estamos en contra del sexo. Estamos muy a favor del sexo: del sexo legítimo, del sexo que perdura, del sexo que trae plenitud, del sexo que trae gozo, que glorifica al Señor y satisface al hombre. Y la única versión posible de eso es el sexo dentro del pacto matrimonial, tal cual Dios lo ha diseñado. ¿Qué es la fornicación? Es buscar eso mismo, pero fuera de Dios.
Impureza, dice la Escritura. ¿Qué es impureza? Son diferentes formas de transgresión moral que reducen la voluntad de Dios para buscar un deleite. Cualquier intento de buscar un deleite fuera de la voluntad de Dios es impureza.
Afectos desproporcionados. Voy un poco rápido, hermano, porque tiempo atrás ya expuse estas mismas cosas. ¿Pero qué son afectos desproporcionados? También lo traduce Reina-Valera como «pasiones desordenadas». Cuando la gente lee «pasiones desordenadas» siempre va al sexo; no es sexo solamente. Cualquier impulso muy fuerte en tu corazón que no pasa por Cristo, que no glorifica a Dios, es una pasión desordenada, porque Cristo debe ser el todo del hombre. Cualquier impulso descontrolado —«yo quiero, no puedo vivir sin eso, lo necesito, lo necesito»— que no pasa por Cristo, es una pasión desordenada. ¿Cómo ilustro esto, hermano? Es que hay cosas que no son malas en sí mismas: son malas porque se desproporcionaron, porque crecieron desmedidamente, y sobre todo porque crecieron fuera de Cristo. Asimismo, hay asuntos que son malos por defecto: malos deseos, dice la Escritura. Cosas en las cuales no hay nada bueno.
Después menciona la avaricia. Clarifico que la avaricia apunta al dinero, pero es deseo de posesión en general, pues el dinero es una expresión de la posesión. Cualquier intento de poseer cosas para buscar la satisfacción que deberías haber encontrado en Cristo es avaricia. ¿Por qué la avaricia es idolatría? Porque le da al ser humano una percepción de las cosas que solamente se encuentran plenamente en Cristo: te produce una percepción de seguridad, una percepción de satisfacción, una percepción de crecimiento, y te va a dejar cada vez más vacío. No está mal poseer; lo que está mal es atesorar cualquier cosa por encima de lo que tú atesoras a Cristo.
Hoy en la escuela bíblica de adultos estuvimos hablando del joven rico. El problema de la riqueza no es la riqueza en sí misma, es el corazón: ¿hacia dónde va? Tú quieres tener posesiones: atesora a Cristo. Mientras más tú atesores a Cristo, más vas a poder poseer cualquier cosa en esta tierra sin atesorarla, porque tu prenda más valiosa es Él.
Dice el 7: «En las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo, cuando vivíais en ellas.» Es interesante que a los creyentes se les diga: ya esa no es la realidad de ustedes; lo que ustedes tienen que hacer es matar eso definitivamente. Fulano, ya no lo usas: mátalo, ya no lo necesitas. Un creyente no anda mirando la puerta del pecado ni proyectando una alternativa; él ya no se asocia con eso. La intención no es «eviten, apártense»: es mátenlo.
Una renuncia completa
Muestra ahora, desde el versículo 8 al 9, una renuncia que sea completa. Dice el 8: «Pero ahora dejad también vosotros todas estas otras cosas.» Después del listado anterior pareciera que esos son los únicos pecados. No: esos son los pecados que ustedes vencieron. Es interesante, hermano, que cuando un creyente ha tenido una lucha contra un pecado, con facilidad se entrega a otros pecados secundarios. Él dice: ya yo vencí aquí, y como vencí ahí, entonces estoy seguro en lo demás. Después de mostrarles estos pecados donde ya ellos tuvieron victoria —lo que hacía falta era que los mataran—, les está mostrando: hey, no se circunscriban solamente a esos pecados, hay muchos otros.
En los noventa pareciera que los únicos pecados eran las mujeres, el alcohol y el cigarrillo. Y los creyentes con facilidad se entregaban a la blasfemia, a la palabra deshonesta, a la mentira, porque los pecadores eran los otros. Lo que él está diciendo es: esos pecados públicos escandalosos, que son inmorales aun para los inconversos, hay que apartarse de eso; pero hay otros pecados, pecados sutiles, pecados privados, que probablemente todavía están pendientes en su corazón. Esta es la vida de un creyente, hermano: cuando usted tiene la victoria sobre los pecados grandes, usted también quiere destruir los pecados pequeños.
Muestro aquí que estos pecados, a menos que usted sea una persona espiritual, que haya nacido de nuevo y que vea la vida desde la perspectiva de Dios, usted no va a entender que son pecado. De hecho, a lo que aquí se describe, en el mundo laboral le llaman habilidades blandas. De un buen profesional se esperaría que tenga esa serie de cosas, en lo humano, en lo carnal, en lo terrenal. Estos son los pecados que no escandalizan, pero que hacen el mismo daño.
Por ejemplo, tener un elemento de ira y de enojo: pareciera que tú eres una persona competitiva. ¿Quiénes son los que llegan? Los que tienen esa agresividad, como una furia. «¡Wow, qué persona más competitiva!» Dice la literatura de negocios que hay que tener ese elemento de malicia, que no se puede ser demasiado sano. La mentira, la falsedad, el engaño, la distorsión: eso es un deporte. O sea, que los pecados que aquí se describen no son los pecados de los que un creyente, de manera natural, por cultura general, se apartaría, sino los pecados de los que tú te apartas a causa de que estás sirviendo a un Dios que es tres veces santo, a causa de que el Espíritu Santo está en ti. Y con facilidad tú podrías ser un creyente que se autopercibe maduro porque venció los pecados grandes, pero que todavía sigue atesorando las cosas pequeñas.
Ira, enojo, malicia
Comienza hablando de la ira, del enojo. Yo vi esos pecados, hermano, y mientras los estudiaba, dije: wow, pero ese soy yo. Esa emoción profunda en el corazón. De hecho, tú puedes ser un creyente dominado por la ira y no levantar ninguna alerta. Eso como que no nos sale en el radar: «no, eso es una cosa así, esa es mi personalidad». Tanta gente dice: es cultural, es que los latinos somos así. No es personalidad, no es cultura, no es folclórico: es pecado, y ofende a Dios.
¿Qué es la ira? Una furia intensa. Hay algo que se va acumulando y que puede explotar en cualquier momento. El término proviene de algo que se está hinchando, que va como cogiendo aire. Tú puedes ser pasivo o agresivo. ¿Has visto a este personaje que habla poco, pero que por dentro como que se hincha? Algunos tenemos unos rostros que hablan; una vena ahí, hermano, se te sale. Y tú lo ves que está callado, pero está por explotar. Hay gente que tú la ves y dices: no, yo no puedo abordarle en este momento, está lleno de ira contenida.
¿Cómo está tu corazón? ¿Tu corazón se hincha así cada cierto tiempo? ¿Produce esa impotencia, esa furia contenida? Es un pecado, y dice la Escritura que te apartes también de eso. «Ay, hombre, yo pensé que esa era mi personalidad, mi formación familiar, mi cultura, que somos así.» No: es pecado y ofende a Dios. Apártate también de estas.
¡Enojo! Se parece a la ira, pero más que un acumulado, es como una reacción hacia las cosas. Enojado, siempre así, con el ceño fruncido. Hay gente que ya se habituó a operar en enojo; dicen que él es medio aburrido, esa es su forma. Eso es pecado, dice la Escritura.
Frecuentemente, lo que hay detrás del enojo es un deseo de control. Y como no puedes controlarlo, porque no eres Dios, entonces te enojas. Cada cierto tiempo, hermano, ese me visita. «Háganlo morir», es lo que te están diciendo. Deja de enojarte, deja de sentir que tú controlas el mundo. Lleva eso delante del Señor, es lo que te puedo decir. Sobre todo, llénate de Cristo: mientras más llenos estemos de Cristo, menos deseo vamos a tener de controlar las cosas grandes y las cosas pequeñas. Y no es que te vuelvas una persona sin personalidad, sin criterio: es que cuando tú reacciones, ya no reacciones por el impulso, sino por la convicción. Y digas lo que tienes que decir, ya no porque el enojo te domina, sino porque eso glorifica al Señor y sirve a los hombres.
Quienes viven en ese pecado son volubles, impredecibles, conflictivos. ¿Has visto a otra persona que genera conflicto por donde quiera que pasa? Enojo. Lo que hay en su corazón es un deseo de controlar a los otros, un deseo de que el mundo funcione a su manera. Perdóname, hermano: recuerda que yo estoy hablando más de mí que de ti, porque todos estos pecados son las habilidades blandas del mundo, son de las cosas que a uno fácilmente hasta le caracterizan. Cantidad de creyentes son gente dominada por el enojo y dominada por la ira, y tú te das cuenta de cómo ese corazón se va inflando: si lo puyan, explota.
Después se describe la malicia. Malicia es una actitud perversa, una disposición interna a hacer daño. Ser malmovido. Qué tranquilidad da vincularse con gente que es movida por el bien, y tú dices: wow, esa persona no maneja malicia. Puede ser que no esté de acuerdo conmigo, pero yo sé que en su corazón no hay maldad. Qué hermoso es eso. Y qué pesado y qué peligroso es estar con una persona de la que tú, en los ojos, te das cuenta de que tiene una agenda, que tiene maldad, que anda buscando hacer el mal. Señores, hay gente que se recrea en la maldad deportivamente, sin tener ningún beneficio, solamente porque le gusta. ¿Has visto a esa persona que hace daño de balde? Y tú dices: pero, fulano, eso a ti ni te conviene ni te perjudica.
¿Cuál es tu chiste favorito? Hay personas cuyos chistes son todos chistes de maldad. «No, que eso es tan cómico.» Malvado y perverso. No se deleite en la maldad, no se deleite en las cosas que son perversas, que ofenden a Dios y dañan al ser humano.
Blasfemia y palabras deshonestas
Blasfemia: hablar de manera injuriosa contra Dios o contra otras personas, predisponer a otros con palabras. Eso es casi un superpoder en estos días: tú le das dos minutos a alguien y te predispone. ¿No ves a estas personas cuya única manera de abrirse paso es predisponer a alguien contra alguien? Proverbios está lleno, hermano, de advertencias al respecto de eso: de gente que pone discordia entre hermanos, de personas que hablan cuando no tienen que hablar. Blasfemos.
Palabras deshonestas de nuestra boca, dice la Escritura. El término original transmite un sentido de obscenidades, lenguaje soez, palabras sucias; malapalabroso, lo decimos. ¿Quién es el que solamente sabe acentuar con mala palabra? «Bueno, pero no hay que ponerle un San Antonio a cada cosa.» A cada cosa hay que ponerle como el acentico, eso es como lo que le da el sabor. No, hermano: sazona tu palabra con otra cosa. En el lenguaje eso es una palabra deshonesta. ¡Wow, hermano, qué interesante que esos pecados como que no entran en el radar! Casi nadie dice: «no, fulano, mira, deja de hablar así». Si no que dicen: «¡wow, él sí es libre, él sí usa el lenguaje, eso es libertad, él es muy libre, él habla así!»
No mintáis los unos a los otros
Dice: «No mintáis los unos a los otros.» Y aquí le dedican más palabras: «habiéndoos despojado del viejo hombre». Mentira es falsedad, engaño, distorsión; algo que es muy común. Así se vive en estos días: un mundo de mentira, de falsedad. En nuestro país hay un término para eso, hermano: el bang, el bulto, la llanta, el movimiento. Simular, generar percepciones.
Exagerar los hechos para ser más atractivos es mentir. «¿Qué? Para que el cuento sea bueno hay que ponerle un poquito.» Es mentir. Y si es un cuento, di que es un cuento. ¿Entienden la diferencia? Si tú tienes humor y vas a contar una historia y la vas a desproporcionar, tú dices: mira, esto es un cuento, esto es una historia, le voy a poner un poquito para el humor. «No, pero va a dañar el chiste.» Pues por lo menos dilo al final.
¿Disimular algo en perjuicio de los demás es mentir? Bueno, hermano: el primer carro que iba a comprar —el Señor me libró ahí— era un Toyota Corolla del 92. Y fui con mi tío Luis a comprar el carro. El hombre puso el anuncio: «un carro en perfectas condiciones». Y fuimos a una bomba por ahí por Venezuela, hermano, a ver el carro. Y cuando fuimos a verlo, el hombre nos estaba esperando de este lado del carro, y nos mostró el carro por ese lado. Abrió las puertas y toda la cosa: «este carro está en perfectas condiciones». Y sobaba el carro: «ay, mi carro, voy a tener que venderlo, el pobre». Por esa misma puerta del lado del pasajero, lo encendió y demás. Y después le dimos la vuelta al carro. Y del otro lado el vehículo tenía tres proyectiles. Tres balas.
Y yo veo el carro y digo: amigo, ¿y qué es esto? «Ay, sí, mi pobre carro, que me lo robaron.» O sea, tenía tres balazos el carro. Y digo: amigo, pero eso tú no lo pusiste en el anuncio. Y me dice mi tío: este no es. En el mundo a eso se le llama ser sagaz, tener astucia. ¿Te enseño el carro de este lado? ¿Quién compra un carro que de entrada te lo muestran de un solo lado?
Disimular algo, exagerar o desproporcionar la propia condición, es mentir. Una entrevista laboral, una entrevista consular, donde tú dices cosas que no son reales, es mentir. Ante un cliente, mostrar la experiencia que no se tiene, mostrar el servicio que no se da. «¿Y ustedes dan ese servicio?» No lo dábamos, pero ya usted está aquí. «¿Y usted sabe de eso?» Yo no sé de eso, pero yo salgo al camino. Describir algo con características que no tiene, falsa publicidad: todo eso es mentira, hermano. Y dice: apártate de esta también.
Cristo es el estándar
Todo esto apunta, más que a apartarnos mecánicamente, a llenarnos de Cristo y a usar a Cristo como un estándar. Dicen los versículos 10 y 11: «Y revestido del nuevo» —de un nuevo hombre—, «el cual, conforme a la imagen del que lo creó» —de Cristo—, «se va renovando hasta el conocimiento pleno, donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo y en todos». La clave es tener a Cristo como tu estándar.
Aquí se introduce el concepto de vestirse, al que volveré con el favor del Señor el próximo domingo. Pero nos muestra que Cristo es nuestra regla, que nos vamos conformando a Cristo. Y nos vamos conformando a Cristo porque Él hizo en nosotros algo nuevo, y ese nuevo se llama nuevo nacimiento. No es algo inmediato, sino progresivo, pero alcanza un conocimiento pleno. Y esa es nuestra esperanza.
Aclaro hoy, hermano, que esto no está limitado por patrones culturales. Si realmente el estándar es Cristo, ya tú eres más cristiano que latinoamericano. «No, que yo soy dominicano»: primero cristiano y después dominicano. El cristianismo no anula tu etnia, no anula tu cultura, pero te da un estándar mucho más alto. «No, que los azuanos somos así.» Primero, los cristianos somos así. La gente acusa su apellido, el apellido de la abuela: «los de fulano somos así». Esto es más fuerte que un valor familiar, es más fuerte que un asunto cultural, es más fuerte que lo folclórico. Ya Cristo es el estándar.
Y ese estándar, según el versículo 11, no se limita a patrones culturales. Muestra el griego y el judío: ya tú eres más cristiano que griego y más cristiano que judío. Los griegos eran la cultura dominante, la cultura más admirada; eran culturalmente fuertes, pero moralmente débiles. El griego era la persona que cultivó desde la arquitectura hasta tallar estatuas, pero al que no le importaban mucho los valores morales; para ellos eran referentes secundarios. «No, que los griegos somos así.» Los cristianos somos así. ¿Y los judíos, quiénes eran? Los judíos eran legalmente fuertes, pero espiritualmente débiles. Ellos tenían los mejores códigos, pero el código no era suficiente para cambiar su corazón. De forma tal que ahora, más que judío o que griego, tú eres cristiano.
Mano, te estoy mostrando que Cristo es tu estándar y no tu familia; que Cristo es tu estándar y no tu cultura; que Cristo es tu estándar y no tu barrio. En el barrio tú deberías ser luz y ser sal. Y en tu etnia, tú deberías ser luz y ser sal.
Después muestra circuncisos e incircuncisos. Entre los judíos había personas que no eran legalmente judías, no eran parte del pacto, pero eran temerosas de Dios. Ahí está cómo se vence el pecado: haciendo que Cristo sea el centro de tu identidad, que Cristo te marque más que cualquier otra cosa.
Menciona bárbaros o escitas. Los bárbaros se consideraban legos, no instruidos; pero los escitas eran un pueblo violento, aún más bárbaros que los bárbaros. Y te está diciendo: tú puedes ser parte del pueblo más violento de esta tierra, pero tú eres ahora de Cristo. Mano, qué dulce, qué satisfactorio es tener en Cristo una nueva identidad. Porque para vencer el pecado ayuda mucho saber que ya a ti no te define lo que te definía. Muchas personas se aferran al pecado porque confunden su pecado con su identidad, y dicen: si yo mato eso, ¿voy a dejar de ser quien soy? Cuando tú mates eso, tú te vas a parecer a Cristo más de lo que te parecías antes.
Después muestra siervos o libres. Siervos son esclavos, y libres son los ciudadanos romanos, la clase pudiente o dominante. No importa tu clase social: tú eres de Cristo. Qué hermoso. Y después, la supremacía de Cristo sobre toda cultura: «donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo». Wow, hermano: Cristo. Ya no tu etnia, ya no tu cultura, ya no tu formación, sino que Cristo es el todo y en todos.
El pecado como proveedor
Termino como comencé, hermano: yo no puedo matar el pecado por ti. Tú vas a tener que matar tu propio pecado, progresivamente. Primero lo más grande, después lo más pequeño; o primero lo más pequeño, después lo más grande, según el que te aparezca en medio. Pero el pecado hay que matarlo. Y tú puedes matar el pecado porque ya tú tienes a Cristo.
Yo lo escribí, hermano. A veces yo escribo mucho; sigo escribiendo, aunque publique poco, pero lo escribo. Yo escribí esto:
El pecado me visita, me invita, hace de mí su cliente y me aborda con una oferta que brilla. Como proveedor, el pecado es muy confortable, pero como amigo es falso. El pecado tiene los mejores precios y las peores condiciones; ofrece mucho y cumple poco. El pecado aparece siempre en el momento oportuno y sabe lo que superficialmente necesito. Me atiende bien, pero no me ama. Su sonrisa es grande, exhibe una personalidad magnética que llama mi atención. El pecado es elegante, es astuto, está siempre dispuesto. Pero después que le compro, inmediatamente lo rechazo con todas mis fuerzas. El pecado sonríe para que le compre, y se burla de mí cuando le pago, como quien sabe que logró que alguien hiciera un mal negocio. Mientras más le compré al pecado, más sucio me sentí. La costumbre me dice que lo deje entrar, pero ya yo no lo necesito. Él lo sabe, aunque me sigue visitando. Han sido tantos los años en que el pecado me sirvió, en los que yo le serví a él, que ahora no encuentro las palabras para despedirlo, y él tampoco quiere irse. El pecado dice que me esperará, que estará disponible, que yo soy suyo y que solo me dejará si lo mato. Tendré que matarlo. El pecado sigue vivo, pero yo ya estoy muerto, por lo menos para él; y él está muerto, por lo menos para mí. Me seguirá esperando, pero ya me perdió. Morí con Cristo, resucité con Cristo, y por primera vez me siento vivo y plenamente satisfecho.
Oro por la iglesia, para que experimente la libertad gloriosa de los hijos del Señor.