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Mensaje

Cómo luchar contra el pecado

Colosenses 3:5-11

El creyente no combate el pecado como un contrincante desesperado, sino como quien pertenece al pueblo victorioso de Cristo. No luchamos para obtener nuestra salvación; luchamos porque hemos sido salvados y podemos matar el pecado porque realmente ya no lo necesitamos.

Transcripción automática

Quisiera mostrarte de esta porción de la Escritura cómo un creyente lucha contra el pecado. Todos estamos luchando, consciente o inconscientemente. Se ha creado la idea de que solamente los creyentes luchamos contra el pecado, pero todo ser humano lucha contra el pecado. Si alguien no luchara, aunque fuese una lucha mínima, hace rato que hubiese sido destruido, pues el propósito general del pecado es la destrucción del ser humano. Todos luchamos contra el pecado, pero el creyente lucha por razones correctas y puede tener victoria. Esa es la diferencia.

Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría; cosas por las cuales la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia, en las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo cuando vivíais en ellas. Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, blasfemia, palabras deshonestas de vuestra boca. No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno, donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.

— Colosenses 3:5-11

La lucha del creyente contra el pecado

Yo no solamente quisiera que luches; quisiera que luches por las razones correctas y que en esta lucha venzas. El creyente no combate el pecado como un combatiente desesperado que está perdiendo la batalla. El creyente lucha contra el pecado con la convicción de que Cristo ya fue por delante y venció el pecado en nombre nuestro. Somos el pueblo de Cristo que después de la batalla —la batalla ocurrió en la cruz— va recorriendo el campo de batalla recogiendo los despojos. Nosotros entramos, no con expectativa de que vamos a luchar, sino con la convicción de que Cristo ya luchó por nosotros.

Nuestra lucha contra el pecado no es la lucha del inconverso. La lucha del creyente es la lucha de aquel que pertenece al pueblo victorioso. Luchamos, pero no luchamos contra el pecado para obtener nuestra salvación; luchamos contra el pecado porque hemos sido salvados en Cristo. A mí particularmente esto me cambió toda la perspectiva. Durante muchos años intenté vencer el pecado porque entendía que cuando lo venciera iba a ser amado por Dios, iba a tener su favor, iba a tener la vida eterna. Ahora he entendido que Cristo logró por nosotros todas estas cosas y que la lucha de un santo contra el pecado no es la lucha por nuestra salvación, sino una lucha para glorificar al Señor. La razón por la cual el creyente puede vencer el pecado es que ha encontrado una satisfacción mayor en Cristo que la que encontraba en el pecado.

Yo no quisiera darte un checklist de pecados y decirte «lucha con ellos.» Quiero mostrarte un listado de pecados y decirte que para cada uno de ellos Cristo ha logrado para ti una provisión mucho más satisfactoria, permanente y que tiene bendición eterna. Cualquier forma de pecado que sea atractiva para mí es un sucedáneo de algo que en Cristo reside de manera perfecta. Cuando maduras en los caminos del Señor y un pecado te atrae, lo que sales a buscar es a Cristo, preguntándote: ¿por qué eso me atrae? Me atrae porque en Cristo hay algo que me satisface plenamente y todavía no lo tengo del todo.

Haced morir lo terrenal

«Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros.» Las palabras son duras. Es un imperativo. Dios quiere que renuncies a tu pecado. A mí me rompía la cabeza el hecho de que fui salvo por gracia pero el Señor todavía quiere que luche contra el pecado. He visto en los programas de naturaleza que hay animales que cuando tienen cachorros y luchan contra un enemigo, después que el enemigo ya está debilitado, permiten que el cachorro luche. Y cuando el cachorro lucha, siente que venció al enemigo. No lo venció él; lo vencieron sus padres.

Es la misma lucha del creyente contra el pecado. No luchamos y vencemos porque seamos poderosos. Vamos contra el pecado con la expectativa de que Cristo en la cruz ya ha vencido. Cuando el creyente vence un pecado, solamente está haciendo una extensión de la obra de Cristo. El mismo poder que levantó a Cristo de entre los muertos es el poder que me levanta de la impotencia espiritual y me permite vencer el pecado. El Señor quiere que experimentes esto. La presión de grupo no te hará vencer el pecado. El seguimiento pastoral tampoco. El esfuerzo humano solo tampoco. Es el poder de Cristo operando en ti. Cada vez que un creyente vence un pecado, grande o pequeño, confirma su salvación. Cada vez que tengo una pequeña victoria y logro hacer la voluntad del Señor, resuelvo dentro de mí: tú eres suyo.

¿Y el «pues»? Ese pues informa todo el texto. Desde el versículo 1 hasta el 4 se habla de la victoria de Cristo en el creyente: resucitamos con Cristo, tenemos puesta la mira en las cosas de arriba, Cristo es nuestra esperanza. Y si ese pues es real para ti, entonces puedes hacer morir lo terrenal en ti.

El pecado hay que matarlo

Morirse no es fácil. Es una transacción difícil. Pero cuando un creyente ha entendido que tiene vida en Cristo, puede sacrificar las cosas más difíciles, comenzando por su pecado. Hay añoranza, hay nostalgia, hay costumbre. Es un trago amargo matar el pecado. Sabes que te hace daño, que ofende a Dios, que acarrea consecuencias, pero es difícil hacerlo morir. Se hace morir el pecado por convicción.

Es interesante: el apóstol Pablo les dice que en esos pecados ellos andaban anteriormente, que vivían en ellos, pero que se habían apartado. Ahora les dice: háganlo morir. Pareciera que se habían apartado del pecado pero todavía no lo habían matado definitivamente. No solamente dejen de pecar, sino destruyan el asunto. Hay un nivel de madurez cristiana cuando no solamente dejas de practicar un pecado, sino que lo matas definitivamente de forma tal que ya no es una opción para ti. Aunque vivas en santidad, si el pecado todavía vive en tu corazón, no eres completamente libre.

¿Cómo sabes que el pecado todavía vive en ti? Porque todavía estás contando. Como aquel hombre joven que me decía: «Me di cuenta de que era rico cuando dejé de contar.» Tú sabes que venciste el pecado cuando dejas de contar. Si todavía estás en esa resistencia de decir «tengo ya dos meses y como que me ahogo», el pecado no lo estás practicando, pero todavía vive en ti. ¿Cómo más se sabe? Porque vives atemorizado, porque el pecado sigue siendo tu refugio ante la frustración, ante la alegría o ante la inactividad. ¿Hacia dónde va tu corazón cuando estás contento? ¿Hacia dónde cuando estás triste? ¿A dónde vas cuando no estás ocupado? Si para mantenerte en santidad tienes que tener una agenda apretada y estar siempre distraído, todavía no eres libre. No te están diciendo negocia con el pecado; te están diciendo ¡mátalo!

Cinco pecados públicos

Se muestran cinco pecados públicos y escandalosos, pecados con los que nadie quisiera ser vinculado. Para cada uno de ellos, en Cristo hay la opción perfecta, plena, permanente y sin castigo eterno. Fornicación: la búsqueda de placer sexual fuera del plan de Dios. ¿El placer sexual es malo? No. El Señor quiere dártelo de manera legítima. Si una persona se entrega a la fornicación, lo que se está entregando es a la insatisfacción sexual. Toda forma de satisfacción sexual fuera del plan de Dios termina dañando el mecanismo. La gente piensa que nos oponemos a la fornicación porque estamos en contra del sexo. Estamos muy a favor del sexo legítimo, del sexo que perdura, del sexo que trae plenitud y glorifica al Señor.

Impureza: diferentes formas de transgresión moral que reducen la voluntad de Dios para buscar un deleite. Pasiones desordenadas: cualquier impulso muy fuerte en tu corazón donde Dios no está, que no pasa por Cristo, que no le glorifica. No es solo sexo; es cualquier impulso descontrolado que crece fuera de Cristo. Avaricia: clarifico que apunta al dinero, pero es deseo de posesión en general. Cualquier intento de poseer cosas para buscar la satisfacción que deberías haber encontrado en Cristo es avaricia. Por eso se llama idolatría, porque te da una percepción de seguridad, de satisfacción, de crecimiento, y te va a dejar cada vez más vacío. No está mal poseer; lo que está mal es atesorar cualquier cosa por encima de lo que atesoras a Cristo. Mientras más atesores a Cristo, más vas a poder poseer cualquier cosa en esta tierra sin atesorarla.

Los pecados que no escandalizan

«Pero ahora dejad también vosotros todas estas cosas.» Después del listado anterior pareciera que esos son los únicos pecados. No; esos son los pecados donde ya tuvieron victoria. Cuando un creyente ha tenido una lucha contra un pecado grande, con facilidad se entrega a otros pecados secundarios. En los noventa parecía que los únicos pecados eran las mujeres, el alcohol y el cigarrillo, y los creyentes con facilidad se entregaban a la blasfemia, a la palabra deshonesta, a la mentira, porque «los pecadores eran los otros.» Estos pecados sutiles, a menos que hayas nacido de nuevo y veas la vida desde la perspectiva de Dios, no los vas a entender como pecado. De hecho, en el mundo laboral les llaman «habilidades blandas.»

Ira: una furia intensa, algo que se va acumulando y puede explotar en cualquier momento. El término proviene de algo que se está hinchando. Puedes ser pasivo-agresivo: hablas poco, pero por dentro te hinchas. Tanta gente dice que es personalidad o cultura. No es personalidad ni cultura ni folclore; es pecado y ofende a Dios. Enojo: se parece a la ira, pero más que un acúmulo es una reacción habitual. Hay gente que se habituó a operar en enojo, siempre con el ceño fruncido. Frecuentemente, lo que hay detrás del enojo es un deseo de control. Y como no puedes controlarlo porque no eres Dios, te enojas. Mientras más llenos estemos de Cristo, menos deseo vamos a tener de controlar las cosas. Malicia: una actitud perversa, una disposición interna a hacer daño. Qué tranquilidad da vincularnos con gente que no maneja malicia, gente en cuyo corazón no hay maldad.

Palabras deshonestas y mentira

Blasfemia: hablar de manera injuriosa contra Dios o contra otras personas, predisponer a otros con palabras. Proverbios está lleno de advertencias sobre la gente que pone discordia entre hermanos. Palabras deshonestas: obscenidades, lenguaje soez. Tanta gente que solo sabe acentuar con mala palabra. No es libertad; es palabra deshonesta.

«No mintáis los unos a los otros.» Mentira es falsedad, engaño, distorsión. Exagerar los hechos para hacerlos más atractivos es mentir. Recuerdo el primer carro que iba a comprar: un Toyota Corolla del 92. El hombre puso en el anuncio «un carro en perfectas condiciones.» Fuimos a verlo, nos lo mostró de un solo lado, lo sobaba con cariño. Cuando le dimos la vuelta, del otro lado el vehículo tenía tres proyectiles. Disimular algo en perjuicio de los demás es mentir. Una entrevista laboral donde dices cosas que no son reales, ante un cliente mostrar la experiencia que no tienes: todo es mentira. Dice la Escritura: apártense también de estas cosas.

Cristo es el todo y en todos

La clave es tener a Cristo como estándar. Se introduce el concepto de vestirse del nuevo hombre, «el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno.» Si el estándar es Cristo, ya eres más cristiano que latinoamericano. El cristianismo no anula tu etnia ni tu cultura, pero te da un estándar mucho más alto. «Donde no hay griego ni judío»: los griegos eran culturalmente fuertes pero moralmente débiles; los judíos eran legalmente fuertes pero espiritualmente débiles. Más que judío o que griego, ahora eres cristiano.

En otra carta Pablo lo lleva aún más fuerte: «No hay en Cristo varón ni hembra, libre ni esclavo.» Ya tampoco puedes refugiarte en que «las mujeres somos así» o «los hombres somos así.» Bárbaros y escitas: puedes ser parte del pueblo más violento de esta tierra, pero ahora eres de Cristo. Siervos o libres: no importa tu clase social, eres de Cristo. Qué dulce y satisfactorio es tener en Cristo una nueva identidad. Vencer el pecado ayuda mucho cuando sabes que ya no te define lo que te definía. Muchas personas se aferran al pecado porque confunden su pecado con su identidad y dicen: «Si mato eso, dejo de ser quien soy.» Cuando lo mates, te vas a parecer a Cristo más de lo que te parecías antes.

Tendré que matarlo

El pecado me visita, me invita, hace de mí su cliente y me aborda con una oferta que brilla. Como proveedor, el pecado es muy confortable, pero como amigo es falso. Tiene los mejores precios y las peores condiciones; ofrece mucho y cumple poco. Aparece siempre en el momento oportuno y sabe lo que superficialmente necesito. Me atiende bien pero no me ama. Pero después que le compro, inmediatamente lo rechazo con todas mis fuerzas. El pecado sonríe para que le compre; se burla de mí cuando le pago.

Han sido tantos los años en que el pecado me sirvió —en los que yo le serví a él— que ahora no encuentro las palabras para despedirlo, y él tampoco quiere irse. El pecado dice que me esperará, que estará disponible, que yo soy suyo y que solo me dejará si lo mato. Tendré que matarlo, aunque fuera para mí. El pecado sigue vivo, pero yo ya estoy muerto, por lo menos para él. Y él está muerto, por lo menos para mí. Me seguirá esperando, pero ya me perdió. Morí con Cristo, resucité con Cristo, y por primera vez me siento vivo y plenamente satisfecho. Oro por la iglesia para que experimente la libertad gloriosa de los hijos del Señor.