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Advertencia sobre la parcialidad

Santiago 2:1-13

La parcialidad contamina nuestra fe, daña el modelo del reino y transgrede la ley de Dios. La clave para superar este pecado es que Cristo sea tan glorioso para nosotros que ningún ser humano despierte una impresión más fuerte que la suya.

Predicado23 de marzo de 2025
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Mantener una iglesia unida requiere convicción, más que experiencias. Podemos tener lugares donde nos reunamos, donde estemos juntos, pero se requiere convicción. Y lo que el Señor ha permitido que florezca en medio de nosotros, no asumamos que siempre va a ser así. Tenemos que volver a poner la convicción. Qué hermoso es vernos como hermanos y saber que esto entre nosotros no es un problema, pero tenemos que hablar en contra de la parcialidad para que el Señor siempre nos mantenga.

Esta es quizá la introducción, el contexto: ¿por qué predico este texto y me salgo de mi serie? Para celebrar algo que el Señor ha permitido que ocurra entre nosotros —ser una iglesia heterogénea— y al mismo tiempo preparar a la iglesia para que esta actitud siempre sea lo que nos caracterice. Dice la Escritura, Santiago capítulo 2. Es una advertencia sobre la parcialidad.

Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas. Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos? Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman? Pero vosotros habéis afrentado al pobre. ¿No os oprimen los ricos, y no son ellos los mismos que os arrastran a los tribunales? ¿No blasfeman ellos el buen nombre que fue invocado sobre vosotros? Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis; pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores. Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. Porque el que dijo: No cometerás adulterio, también ha dicho: No matarás. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho transgresor de la ley. Así hablad, y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad. Porque juicio sin misericordia se hará con aquel que no hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre el juicio.

— Santiago 2:1-13

El pecado que todos sufren y nadie confiesa

Pueden sentarse, mis hermanos. Este es uno de los pecados que todo el mundo siente que se cometen contra él, pero nadie siente que practica. Este es uno de esos pecados donde todo el mundo se siente una víctima, pero nadie se siente victimario. Cuando uno está llegando a un lugar, todo el mundo tiene esta aprehensión: no quiero ser rechazado, no quiero ser marginado.

Sin embargo, los prejuicios y la parcialidad han sido rasgos inherentes a la humanidad desde la caída. Todos hacemos acepción de personas, en toda época y en toda cultura. No hay nadie que pueda decir «yo no». Todos denigramos, tenemos sesgos, gente que preferimos y gente que no preferimos, aunque no lo hagamos explícito. Para luchar con pecados como este, el primer paso es reconocer que uno lo está practicando. A gran escala o a escala pequeña, pero todos estamos discriminando.

Si tú eres un ser humano, adentro tuyo hay juicios, hay escalas de valor, hay personas que tú clasificas. A menos que seas un destemplado, no vas a hacer público tu juicio, pero tienes una opinión. Quizás ellos no lo saben, pero hay alguien a quien tú estás evitando intencionalmente. De manera natural y casi automática todos hacemos acepción de personas; en lo que debemos ser intencionales es en evitarlo. El mecanismo está en mí, y cuando siento el mecanismo, necesito el evangelio. Si me guiara solamente por mi buen juicio y dejara de lado el evangelio, terminaría cometiendo el pecado de la parcialidad.

Sin Dios, el ser humano tiende a buscar la aprobación y el favor de aquellos a quienes considera superiores, sintiéndose atraído por los que tienen dinero, poder o reconocimiento. Basta con observar a un grupo de personas cuando entre ellos llega alguien notable, para que ustedes vean cómo el ser humano se acomoda. Estamos todos reunidos, pero llega una persona que tiene dinero, poder o reconocimiento, y usted siente cómo las personas se incorporan, sonríen, se arreglan la ropa, se muestran especialmente cordiales. Ese es el ser humano, en vivo y en directo. Tú puedes sentir cuando llega alguien poderoso. Y tú dices: pero ¿qué ha sucedido? ¿Por qué el silencio? ¿Por qué el acomodo?

Hermanos míos, dice Santiago, si llegara un rico en medio de ustedes y tuviera los códigos de riqueza que te hagan notar a ti que realmente lo tiene, ¿cómo reaccionas? Y cuando llega una persona que se parece a ti, o que tiene menos que tú, ¿cómo reaccionas? La advertencia sobre la parcialidad comienza implicándote a ti en este pecado, y diciéndote que en gran medida o en pequeña medida todos estamos participando, y que necesitamos ser intencionales para glorificar al Señor en este asunto.

Santiago, que era hermano del Señor, escribió a los cristianos judíos esparcidos por el Imperio Romano para advertirles sobre esta actitud. En su condición de dispersos, era comprensible que se sintieran atraídos, que tuvieran preferencia por los ricos, quienes podían favorecerles, mientras ignoraban a los pobres, dañando así el testimonio de la iglesia del Señor.

Estas personas que estaban en la dispersión eran judíos que habían sido desterrados primero, luego se convirtieron en cristianos, y cuando se convirtieron en cristianos fueron expulsados de la sinagoga, y ahora llegan a la iglesia. Y cuando llegan a la iglesia están siendo marginados por su condición material. Terrible marginación. Este es el contexto: el contexto del destierro, el contexto de la marginación. Y la advertencia de Santiago es directa. Él dice: esto es un pecado, es algo que ofende al Señor, esto es mostrar preferencia. Y ustedes tienen que comenzar a considerarlo.

La parcialidad contamina la fe

Los valores contrarios al reino, como la parcialidad, contaminan la fe, dañan el modelo del reino y son una violación a la ley de Dios. Comienza mostrando que la parcialidad contamina la fe, y esta descripción con la cual introduce es necesaria. Dice él: «Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas.»

Es interesante, porque la carta de Santiago es muy práctica y uno se siente un poco incómodo cuando la lee, porque Santiago va al cuello directamente. Es una carta corta, compacta, pero se siente cierta urgencia. Y él va directamente al asunto, y el asunto es que entre ellos estaban haciendo acepción de personas. Y si eran ellos, ¿no lo estaremos haciendo nosotros? «No, yo como que no lo noto.» Ese es el detalle con el pecado: el pecado se cuela en uno y llega un momento en que tú ni siquiera te das cuenta. ¿Por qué es que este hermano es mi deleite y este otro hermano es mi estrés? ¿Por qué aquí yo me administro con tanto cuidado y aquí me entrego abiertamente?

Comienza diciendo «hermanos míos». Interesante. Recuerden que Santiago era el hermano natural de Jesús, uno de sus hermanos, que después de la resurrección de Cristo vino y llegó a ser un líder entre la iglesia primitiva. Sin embargo, él, que era hermano natural de Jesús, no está utilizando su título para mostrarse superior a los hermanos de la iglesia, sino que les dice «hermanos míos», y dos veces se lo repite. Él se introduce a sí mismo en el capítulo 1 diciendo: «Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo.» Este, que si acaso podía alguien gloriarse era él, les está llamando a todos ellos hermanos y se muestra a sí mismo como un siervo, un esclavo del Señor Jesucristo.

Él pudo haberse convertido en una celebridad en la iglesia. De hecho, era un líder entre los creyentes; tanto Pedro como Pablo le consideraban un principal. Pero no está jugando esa carta, la carta de «yo soy el gran líder», la carta de «yo sí conocí al Maestro desde que era un niño». No está jugando la carta de que a él sí hay que darle un reconocimiento, sino que les llama a todos ellos hermanos míos. En vez de reclamarse hermano del Señor, se denomina hermano de ellos.

Mientras más glorioso se vea Cristo

Después dice él: «Que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo.» Y esa expresión tiene toda la intención del mundo. Porque cuando tú andas buscando el favor de los hombres, eso significa que tú no estás contemplando adecuadamente la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Cuando una persona ha reconocido a Cristo como glorioso, ya no hay ningún otro ser humano que despierte en él el entusiasmo que despierta Cristo. De forma tal que en la raíz del problema, detrás de la adulación hacia los hombres, hay una carencia de adoración en el lugar donde la adoración debe conducirse. Y mientras más glorioso se ve tu Señor Jesucristo, más común se ve todo hombre.

«Glorioso», dice él. Digno de honor, de honra, de admiración: el lugar que ellos mismos le estaban dando a los ricos. El que tiene el anillo, el que tiene la vestidura, no es el glorioso. El glorioso es nuestro Señor Jesucristo. Tú estás manifestando pleitesía hacia ellos porque entiendes que te pueden favorecer, pero lo único que puede favorecerte es Jesucristo.

Hay toda la intención del mundo. Mientras más glorioso se vea Jesucristo, más normal, más natural vas a ser tú en medio de la gente. Y cuando llegue aquel que parece que te puede favorecer, tú vas a decir: «Es que yo estoy contemplando a mi glorioso Señor Jesucristo, de forma tal que en mi mente y en mi corazón no hay espacio para adularte a ti.» Mano, por favor, que no se vuelva ahora que huyendo de un pecado terminas en la otra cosa. Hay una alegría cuando tú ves a tus hermanos, hay un deleite, hay un regocijo. Lo que no deberías buscar en ninguno de tus hermanos es lo único que deberías buscar en tu glorioso Señor Jesucristo. Y cuando estás esperando que venga el que te puede favorecer, estás dejando de ver al único que puede mostrarte su favor.

«Señor»: alguien que ejerce poder, que tiene supremacía, autoridad. Él es el Señor. Y si te vas a sentir admirado hacia alguien, sobrecogido ante alguien, si te vas a acotejar para que alguien te vea, que sea Jesucristo. «Ay, que llegó fulano, déjame reaccionar.» ¡Cuántas veces veo eso, hermano, en todos los ambientes!

Estaba yo en un entrenamiento donde había un instructor de México, y vino una persona de Estados Unidos que fue quien lo contrató. Era un instructor muy natural, una persona muy afable; pero cuando llegó la persona que le había contratado, el hombre como que se transformó. Se le metía como una risita, y se movía hacia acá y hacia allá. ¿Y qué es lo que ocurre? Que llegó el que te había mostrado un favor y tú estás buscando el segundo favor.

Ay, hermano querido, mientras más glorioso se vea Jesucristo, más natural vas a ser tú ante cualquier ser humano. Tú no me puedes favorecer más de lo que yo he sido favorecido en Cristo. Tú no generas en mí una impresión más fuerte que la impresión gloriosa que está generando Jesucristo. Tú no eres mi salvador; Él es mi salvador. Eso es lo que significa Jesucristo: Jesús significa «Jehová salva», y Cristo es Mesías, Libertador. Si voy a poner mi confianza en alguien, no va a ser en ti, por mucho que brillen tus vestiduras.

La clave para dejar la adoración a los hombres y tratar a los hombres como seres humanos —que se los van a comer los gusanos— es que Cristo brille, que Cristo se vea glorioso, que Cristo se vea admirable. El argumento es que si tienes parcialidad, significa que tu fe en Cristo no está completa. ¿Te está sobrando algo o te está faltando algo? Cualquier complemento que supuestamente requiera tu fe es un elemento contaminante. Hay falsos salvadores, falsa trascendencia, falsa seguridad, falso gozo, falsa paz. Mira a Cristo. Y mientras más tú mires a Cristo, menos vas a necesitar mirar a otro ser humano.

No, hermano, que nos vamos a tirar ahora hacia el anarquismo. Tu jefe requiere, dado su rol, determinado elemento de admiración; se le da su chin, se le mira hasta cierto punto. Nuestros líderes, nuestros padres, quienes nos presiden, requieren cierto nivel de honra apropiado, pero no desbordado. ¿Cuándo te desproporcionas? ¿Cuándo te desbordas? Cuando dejas de mirar a Cristo. Esa es la clave: relacionarse con Cristo de manera extraordinaria. Mientras más glorioso se vea Jesucristo, más natural vas a ser tú ante los seres humanos.

Cristo ha mostrado su favor hacia ti. Y quien ha sido favorecido por Dios, ¿anda buscando el favor de ningún hombre? Esta es la clave, hermano, para resolver el asunto. Santiago va desde el versículo 1 y te dice: si Cristo es glorioso, si Cristo es Señor, si Él es Jesucristo, los hombres son seres humanos comunes y corrientes. Ya su vestido no impresiona tanto. Y alguien te va a decir «fulano entró», y tú estás mirando a Cristo. ¡Mira, llegó! Y te clavan el codo: ¡llegó!

Maravilloso

Creo que es mi canción favorita, hermano: Maribel Soto y Tito Lara cantando Maravilloso. «¡Maravilloso es! No lo puedo creer, maravilloso es, más que mi corazón. Él va después de mi pensar, y grandes sueños, todo es para Él. Más asombroso, más que fantástico, grandioso: eso es Cristo para mí», dicen ellos.

Mientras más grande se vea Cristo para ti, los seres humanos van a notar que están colocados en el lugar correcto. «Don Fulano, ¿cómo está usted? Muy bien.» Porque Cristo es maravilloso para mí. Y alguien te va a decir: «Por ahí viene Don Fulano», y tú le vas a decir: «Yo acabo de ver a Cristo.»

Yo veo la ansiedad de la gente para encontrarse con los poderosos del mundo, con los famosos del mundo. Llega alguien al lugar y alguien dice: «Él tiene muchos seguidores», y la gente anda buscándolo, a ver cuántos son los que tiene. Y cuando ve que tiene muchos dice: «Ay, yo quiero una foto.» Y tú le ves el nerviosismo. Aquí está Cristo, y Él es maravilloso, Él es asombroso, Él es más que fantástico. Él es todo para mí. Si Cristo es todo para mí, los hombres están en su lugar correcto.

Se dan cuenta, hermano, de que la parcialidad no es tanto un asunto de desfavorecer o no favorecer, sino de glorificar a Cristo. Y cuando tú glorificas a Cristo, tú puedes tratar bien a todo ser humano, porque ya tú le estás glorificando a Él. El tema de la parcialidad es cuando tú tienes ese vacío en tu corazón; cuando tu corazón no está llenado por quien debe llenarse, ese vacío es aprovechado por el que no debe aprovecharlo. Falsos salvadores, falsa trascendencia, falso gozo. Mira a Cristo.

Yo estoy convencido de que no hay posibilidad alguna de ser más digno de lo dignificado que yo he sido en Cristo. En Cristo yo he alcanzado mi nivel superlativo de dignidad, de forma tal que no hay dignidad más grande fuera de Cristo. Y si te dieran la posesión, y si te dieran el título, y si te dieran el cargo… ya yo tengo a Cristo, y Cristo es todo para mí. De forma tal que recibimos el cargo, la posesión y hasta el aumento —por favor, mándenlo, que se recibe—, pero esa no es mi vida.

¿No entienden, hermano, que cuando usted puede administrarse en esta tierra con cordura, su mente es para Cristo? Y si se cae ese negocio, esa no es mi identidad. Hablaba el día pasado, me llamaba ayer mismo una persona que está por perder un negocio, y le decía: mira, ese negocio puede ser que se pierda, pero tú tienes a Cristo. Y tu identidad no está ahí, está en Cristo. Y Él es todo para ti; Él va más por delante de tu pensamiento, Él es toda tu aspiración.

No puedo ser más ni menos amado de lo que he sido amado en Cristo. No hay recurso alguno que capture más mi imaginación que la gloria de Cristo. Yo trabajo con tecnología, y cuando la tecnología me hace decir «wow», yo miro hacia arriba y digo: maravilloso, más que fantástico, eso es Cristo para mí. La tecnología no impresiona tanto como Cristo. «Y mira el feature, y mira ahora lo que hace, ya acaban de lanzar la última versión.» Yo tengo a Cristo. No hay recurso que compita.

La gente quiere medir su patrimonio; los gringos hablan de cuánto vale fulano, de su patrimonio neto. Cristo es sumamente valioso, Él es digno de ser atesorado. La gente quiere destacar los logros; yo quiero hablar de las obras de Cristo. Quieren contar su historia, de la pobreza a la opulencia; yo quiero hablar de Cristo, del pesebre a la cruz y de la cruz hacia la gloria. Ahí es que hay que mirar.

Lo que pasaba en el culto

Este ejemplo que describe Santiago pareciera algo por lo menos verosímil, pero pareciera algo real. Él está describiendo lo que pasaba en el culto; su pensamiento está en el culto congregacional. Dice: «Porque si en vuestra congregación entra un hombre.» No está hablando aquí de tu casa, está hablando de la iglesia. En la iglesia primitiva había personas que venían, y cuando las personas venían alguien las medía, y cuando las medía las estaba evaluando, y cuando las evaluaba determinaba dónde se debían sentar.

Y como brilla, y como tiene anillo… La verdad es que el que es poderoso, hay algo, eso está en la piel, se nota. Hay unos brillitos. La gente que está cogiendo lucha no brilla igual, yo entiendo eso, hermano. Eso se nota, en la piel hay algo. Materialmente, el que está bien se nota, es verdad. Y la gente lo ve y dice: «No, pero está cogiendo mucha lucha. Siéntalo atrás. A fulano ponlo adelante.» Esa es la carnalidad que ellos estaban practicando.

Los códigos siempre han existido

Yo sé que ya los anillos y la vestidura no son. Pero toda sociedad, toda cultura ha tenido sus códigos que destacan. ¿En qué vino? Un daño tremendo han hecho los chinos, hermano: ayúdese con Shein, con Temu, móntese en lo que pueda. Pero las marcas se notan, hermano. Hay gente que ya educó el ojo para ver el anillo y ver el ropaje; personas que no tienen que ver la marca, ya conocen el corte. «No, mira ese, cuesta tanto.» El reloj. La terminación profesional, el reloj: hey, espérate, ¡Patek Philippe! La gente lo ve y piensa: era una réplica. Y calcula: cuesta tanto, yo no creo que él pueda. Y si puede, cuidado, si es que es muy discreto.

En eso vive el ser humano: midiéndose los unos a los otros, juzgando —dice Santiago— los unos a los otros. En qué vino montado. Recuerdo que hace mucho tiempo trabajaba allá abajo, tres calles más hacia allá, y alguien vino vendiendo un proyecto, y mi jefe salió y vio el carro. Y vio el carro y me dijo: «Eso no es verdad lo que él está vendiendo.» Yo le digo: «Pero ¿cómo no?» «No: una persona que vende un proyecto de esa envergadura no anda en ese tipo de vehículo.» Así evalúa el ser humano sin Dios: midiéndose. Midiendo la ropa, midiendo el cutis, midiendo el vehículo, midiendo dónde vive, midiendo dónde come, midiendo lo que hace, para ver cómo va a ser tratado. Y esos no son los valores del reino.

El relato confirma el asunto que está pasando en medio de nosotros, que ha pasado siempre. Eso era lo escandaloso del cristianismo: que el cristianismo no le daba a las personas el trato según su condición. Recuerden, la gente piensa que eso es algo nuevo. Hermano, en el Imperio Romano hacer acepción de personas era un deporte; para eso se vivía. Se hablaba del código de vestimenta: por ejemplo, los romanos podían usar togas, pero si usted no era ciudadano romano, o era un esclavo, usted no podía usar toga. Y si usted osaba usar una toga: una multa primero, un azote después, y después podía ser hasta desterrado del Imperio Romano, porque usted no merecía usar una toga. O sea que si una persona entraba por ahí con una toga: ¿consiguió la ciudadanía? ¡Wow! ¡Brilla! «¡Fulano, tú te ves bien con toga!»

Las mujeres de sociedad usaban una estola, de forma tal que al arroparse dejaba ese vuelo. ¡Wow! Los perfumes. Todo lo han tenido; los códigos siempre han existido. Las fiestas a las cuales te invitaban. Sin embargo, en Hechos capítulo 2 dice que los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas, y adoraban al Señor juntos, con alegría y sencillez de corazón.

Qué distinto el pueblo del Señor. Y eso le molestaba a los romanos: «Esta gente ha venido a subvertir el orden popular. ¿Cómo va a ser que ya las personas no valgan de acuerdo a si tienen o no tienen, si tienen o no tienen anillo? Valen por otras cosas.» Esa es la iglesia del Señor, una novedad en el mundo antiguo. Una comunidad horizontal donde la gente no se destacaba, de forma tal que tú llegabas y preguntabas «¿dónde está el pastor?» y no sabías. Y probablemente afuera era el esclavo, pero aquí era el diácono. Esa era la iglesia del Señor: una comunidad horizontal donde la gente no destacaba de acuerdo a sus posiciones, sino que todos habían sido comprados por la misma sangre de Cristo, y su dignidad no estaba en su posesión, sino en la posición de la cual ellos eran. Ellos son de Cristo, y por eso son sumamente valiosos.

He estado mostrando que la parcialidad contamina la fe, pues reemplaza a Cristo. En cuanto a dignidad, hermano querido, tú no vas a ser más digno de lo que fuiste hecho en Cristo. La paradoja de la parcialidad es que frecuentemente es el pobre, y no el rico, quien rechaza a otro pobre. Esto es lo que a mí me rompe la cabeza: el desarrapado marginando al desarrapado. «Fulano, pero tú y yo los dos tenemos una mano delante y otra atrás; no me la pongas difícil.» Ese es el ser humano, eso somos nosotros sin Dios.

Doy un chancecito, hermano, tratando de implicar; porque si tú sientes que te están siempre marginando, tú vas a entender que tú nunca marginas. Y todos lo hacemos. Todos medimos, todos contamos. Y cuando tú te des cuenta, tú vas a tener que mirar a Cristo. Y cuando tú miras a Cristo, tú te devuelves.

Ante el rico se muestra adulación —«siéntate en un buen lugar»— y ante el pobre se muestra dominancia: «bajo mi estrado, allá abajo». Porque tú y yo los dos estamos en las mismas, pero yo por lo menos soy el que pone a la gente a sentarse. Como yo pongo a la gente a sentarse, tú te vas a sentar debajo de mí. Ese es el ser humano sin Dios: pleitesía hacia arriba y dominancia hacia abajo. Quien no tiene su identidad en Cristo siempre va a buscar la aprobación de algún rico, y siempre va a buscar dominar a algún igual.

Ahí se ve el nuevo jefe o el nuevo rico. Estábamos en un pasillo de supermercado, y parece que entre los góndoleros había pasado alguna cosa, y estaba uno diciendo: «Fulano, desde que le dieron el cargo, yo no sé lo que él se cree.» Y viene el otro y se le une. Y ya había cinco opinando. Y yo: bueno, qué duro ese jefe. Porque todo el que quiere ser jefe quiere probar la vara, para que se sienta. No es para que tú te sientas jefe, sino para que los demás sientan que tú eres el jefe. Ese es el ser humano sin Dios.

Formas de parcialidad que no se nombran

Este ejemplo sigue siendo relevante, pero quiero llevarlo aún más profundo. ¿Cuál es el ejemplo? Admirar al que te supera y marginar al que te es igual. Pero la parcialidad es un asunto mucho más amplio. Hay actitudes que están en tu corazón, actitudes de parcialidad, que quizás tú no notas.

Esto se hace evidente en la parcialidad de estos días: evitar compartirte. ¿Has visto ese tipo de personas que siempre está como en su lugar? «Yo estoy aquí y todo el mundo allá, pero yo soy el distinto. Yo soy el que no me junto, yo soy el que no me comparto.» Tú eres el que tiene una medición según la cual entiendes que los demás no merecen compartir contigo. Sentir que necesitas un set de hermanos diferente porque estás diferenciado intelectual o económicamente: «esta gente no me corresponde, a mí me toca otra cosa».

Evitar mostrar tu iglesia local porque no alcanza los referentes de tu círculo social aspiracional. Son cosas, hermano, que ni aun se nombren entre ustedes, pero ocurren. «Guau, si me aguantaran a la hermana fulana, yo pudiera invitar a mi jefe.» Y nos sentimos avergonzados.

En eso vivía yo, hermano, cuando era joven. Yo trabajaba en un sitio, y mi iglesia, la verdad es que a mí me daba un poco de aprehensión. Porque era una iglesia muy balanceada, pero había como unos aspavientos de vez en cuando que me hacían sentir un poco avergonzado. Y yo decía: si yo traigo a mi compañero de trabajo y predica fulano, él va a sentir que yo soy como fulano. Porque si él es mi predicador y yo soy su compañero de trabajo, entonces los dos somos una misma cosa. Y yo estaba buscando el momento, pues yo quería invitarlo, pero no cuando predicara fulano. Estridencias y cosas parecidas, y yo decía: bueno, es que… Ay, hermano, si tú tienes a Cristo, muestra a Cristo. Y no te sientas avergonzado por Él.

Otra manera de marginar, de mostrar parcialidad, es exagerar tu fortaleza y marginar al que no la tiene. Tú entiendes que tú fortaleces el moralismo y dices: «Fulano no tiene los puntos morales que tengo yo, yo soy mejor que él.» Maneras: mostrar tu organización, tu ahorro, tu puntualidad, tu cumplimiento. «Yo sí, fulano no.» Tu pertinencia —hay gente, yo no sé si eso se usa todavía, pero antes se decía que eran impertinentes; hablando de un impertinente: gente que habla mucho, que manotea mucho, que habla cuando no tiene que hablar, que llama la atención hacia sí misma—. Y tú te sientes superior a él, porque tú sí lo eres. Tu diligencia y tu esfuerzo: «Yo soy muy trabajador, a mí me gusta pasar tiempo con gente trabajadora.» Son maneras de mostrar parcialidad.

La iglesia tiene gente en todos los puntos del espectro, que está caminando hacia Cristo, no hacia nosotros. La meta de mi hermano no es volverse compatible para mí; la meta de mi hermano es parecerse a Cristo, de forma tal que cuando él se parezca a Cristo yo voy a tener que amarle, porque yo amo a Cristo. Y la meta mía no es volverme potable para ti: yo quiero parecerme a Cristo, y cuando yo me parezca a Cristo tú me vas a amar, porque ya tú amas a Cristo. La manera en que se supera el pecado de la parcialidad es atesorando a Cristo. No es que la gente se parezca a ti, es que se parezcan a Cristo.

La parcialidad daña el modelo del reino

Del 5 al 7 él muestra ahora que la parcialidad daña el modelo del reino. Dice el versículo 5: «Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman? Pero vosotros habéis afrentado al pobre. ¿No os oprimen los ricos, y no son ellos los mismos que os arrastran a los tribunales? ¿No blasfeman ellos el buen nombre que fue invocado sobre vosotros?»

La parcialidad daña el orden de la iglesia, pues refuerza los valores del mundo. En el mundo, la gente importa de acuerdo a lo que representa para mí. ¿Por qué eres importante en el mundo? Por lo que representas para alguien. ¿Y por qué eres importante en la iglesia? Por lo que tú representas para Cristo. La parcialidad daña a la iglesia porque cambia tu escala de valores: hace que las personas sean más o menos valoradas por lo que significan para mí. «Mire, estos son mis amigos de la iglesia, que tienen tales características que yo sé que para usted son potables. Déjeme mostrarle.»

En el versículo 5 dice que el orden ha sido subvertido, de forma tal que quien es atesorado en la iglesia está ahí: «No ha elegido Dios a los pobres de este mundo para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman.» Lo que se atesora en la iglesia del Señor es que son ricos en fe, herederos del reino, y que aman a Dios. Y si una persona reúne esas características, ya tiene los elementos por los cuales debe ser preferida por ti.

Estos versículos le hacen ruido a mucha gente, pero hay una intencionalidad en el Nuevo Testamento hacia los pobres. Esto no es una caricatura, no es una exageración. Usted lee los evangelios y va a darse cuenta de que el Señor ministró a ricos y a pobres, pero siempre comenzó por los pobres. Nació en Belén, no en Roma. ¿Han pensado eso? ¿Qué era Belén? Lo más profundo del campo. ¿Y por qué no nace en Roma? Comenzó y terminó su ministerio en Galilea —Galilea de los gentiles—, no en Jerusalén. ¿Y por qué en Galilea? De donde la gente no esperaría que saliera algo. Interesante que la gran comisión se la dio en Galilea.

Se encarnó en una familia pobre. Nació en un pesebre. Fue poco popular con relación al mundo. Los creyentes vemos los evangelios y entendemos que Cristo era una celebridad. No, hermanos queridos. La celebridad era Séneca; la celebridad era Platón, Sócrates y esa gente. De hecho, Pilato al final dijo que él quería como saber de Él: «yo quería verte», le dijo. No es que Cristo era un personaje global, una gran influencia. Fue un ministerio popular hasta cierto punto.

Levantó una iglesia —dice 1 Corintios 1— con el desecho del mundo. O sea, no fue que Cristo salió a buscar lo más granado para comenzar su iglesia; dice que a lo desechado del mundo escogió Dios.

Mirad, pues, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.

— 1 Corintios 1:26-29

El argumento de Santiago es: fue a los pobres, a los desechados, que el Señor eligió. Y ustedes están haciendo acepción de personas. Aquí hay una alerta, hermano. Dice el 5 que los escogió para ser ricos en fe, herederos del reino, y porque amaban a Dios. Y si esa gente realmente no es admirable para ti, si sientes que a esa gente aún le falta algo para ser aceptable para ti, entonces deberías considerar si Cristo realmente es glorioso para ti como dices que lo es. Porque si Él escogió a esa gente, o tú eliges a Cristo y los eliges también a ellos, o tú te quedas solo y te quedas sin Cristo. Si Él ya se identificó con ellos y tú aún no puedes hacerlo, entonces concluimos que tú no estás realmente identificado con Cristo.

Y le digo a toda la iglesia: tú no tienes que cambiar tu oficio, no tienes que dejar de ser esclavo, ni comprar un carro, no tienes que tener diez puntos morales para ser recibido por Cristo. De hecho, dice el apóstol Pablo, escribiendo a los corintios, que cada uno en el estado en que fue llamado, así se quede. «Tú fuiste llamado siendo esclavo —dice él—, quédate así.» Lo que te está diciendo es que tú no necesitas mejorar socialmente para ser amado en Cristo. Y después dice: pero si puedes liberarte de la esclavitud, libérate.

Los seres humanos tenemos esa escala para decir: «Yo te voy a preferir siempre y cuando tú tengas o no tengas.» Lo que Pablo está diciendo es: tengas o no tengas, ya Cristo te prefirió. Tú andas a pie y puedes comprar un carrito: cómpralo, son cosas. Tú estás desempleado y puedes conseguir un trabajo: búscalo. Ay, hermano, pero en eso no es que está tu logro, en eso no es que está tu mérito. Tu mérito está en que Cristo te ha enriquecido. Tú eres heredero del reino y tú eres de aquellos que aman a Dios. Ahí es que está tu riqueza.

La parcialidad transgrede la ley de Dios

La última parte del argumento. La primera es que el pecado de la parcialidad contamina nuestra fe. Lo segundo es que la parcialidad daña el modelo del reino. Lo tercero es que transgrede la ley de Dios. Dice el 8: «Si en verdad cumplís la ley real conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis; pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado y quedáis convictos por la ley como transgresores.»

Escucha, esto es categórico. Usted está diciendo: la parcialidad es pecado, y ya. «No, eso es una actitud. Es que yo soy así. Es que yo no me junto con todo el mundo.» Usted está diciendo: si tú estás teniendo parcialidad, estás transgrediendo la ley y eres convicto ya. Ese es el argumento de Santiago. Clarifico aquí: hay cantidad de gente que a este tipo de cosas les llama actitud, que le llama personalidad, que dice «es que yo tengo una formación familiar».

Es un reto ser iglesia. Te pastoreo aquí, hermano: cuando tú estás en tu zona de confort y comodidad, con gente que se parece a ti, gente que tiene tu referente, tu formación, tu personalidad, tu oficio, tu patrimonio, eso es cómodo. Comparado con eso, ser una iglesia bien mezclada, como aspiramos a ser, es estresante. Si todos viviéramos juntos, si estuviéramos en los mismos barrios, si tuviéramos lo mismo… La hermosura de la iglesia está en esa mixtura, en ser heterogénea. Tú no tienes que salir a hacer algo para ser amado, tú no tienes que bajar de lo que tenías para ser amado. Tú eres recibido en Cristo tal como tú estás. El libre con el esclavo, el judío con el gentil.

Un dato interesante: Jacobo no piensa en la ley como algo del Antiguo Testamento, sino como algo que es de nuestro rey. Dice «la ley real», la ley del rey. Si ustedes la cumplen, están cumpliendo la ley de su rey, porque son ciudadanos del reino.

Al parecer, lo que estaba ocurriendo es que quienes eran parciales entendían que eran parciales porque estaban amando al prójimo. «No, es que yo tengo que amar a los ricos, él también merece ser amado.» Y en ese sofisma viven algunas personas. Y tú dices: «Fulano, pero tú pasas tiempo con este.» «Es que con él también hay que pasar tiempo, él es mi prójimo.» Oye, pero también hay otro tipo de prójimo, es lo que te están diciendo. Ellos vivían este sofisma: «Es que yo tengo que amar a mi prójimo como a mí mismo, por eso yo prefiero pasar tiempo con fulano.» Muy bien, pero el otro también está al lado tuyo y no lo estás mirando.

Ese sofisma sigue siendo popular. Dicen algunos: «Los ricos también necesitan a Cristo, es que yo no hago acepción de personas.» Alguien dice: «Es por mi trabajo, yo tengo que cultivar esas relaciones porque son necesarias.» Alguien me dijo: «A mí ni siquiera me gusta pasar tiempo con esa gente; yo lo hago por ellos, no por mí.» ¿Qué es lo que está sucediendo? Tú le estás concediendo al rico que conozca a un pobre: «yo soy el ejemplar que ellos van a conocer».

El diagnóstico es categórico: si haces acepción de personas, cometes pecado, y ya. Y él ilustra el punto con dos pecados que no son socialmente aceptables, sino que son pecados grotescos: lo ilustra con el adulterio y lo ilustra con el asesinato. O sea que hacer acepción de personas es algo tan complicado como eso.

La ley de la libertad

Es una expresión muy característica y singular en Santiago: él habla de la ley de la libertad. No es la meta de Santiago que nosotros salgamos ahora a vivir con la compulsión de la ley. No: «la ley de la libertad», dice él. Dice el 12: «Así hablad y así haced —díganlo y háganlo— como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad.» Escuchen la expresión: la ley de la libertad. No la ley del Antiguo Testamento, sino la ley real, la ley del reino.

¿Cuál es la ley de la libertad? Si me pidieran que la exprese con una fórmula, esta es la fórmula de la ley de la libertad: es la justicia de Cristo que ha sido imputada a nosotros, más el ejemplo de Cristo que resuena profundamente en nuestro corazón, más una nueva naturaleza que nos permite hacer lo que es correcto por las razones correctas. Ya no es que yo tengo que amar a este y amar a aquel para ganar mi salvación, sino que, dado que Cristo murió en la cruz por mi pecado, dado que Cristo amó a ese tipo de personas, dado que el Señor me dio a mí una nueva naturaleza, ahora yo utilizo mi libertad y elijo hacer esto por las razones correctas. Ya no es «si yo no lo hago entonces voy a perder mi salvación», sino «dado que soy salvo, entonces yo quiero hacer esto». ¿Y qué es lo que quiero hacer? Quiero compartirme, quiero ser abierto, quiero ser paciente, quiero preferir a quien Cristo prefiere.

¿Cómo se ve el evangelio en este asunto? El evangelio es la buena noticia de que hemos sido reconciliados con Dios por medio de Cristo. El evangelio nos impulsa a valorar a Cristo sobre todas las cosas, a hacer de Él nuestra esperanza, nuestra seguridad y nuestra identidad. Y al encontrar nuestra identidad en Cristo, somos capaces de relacionarnos con los demás sin hacer acepción de personas.

Termino, hermano, como comencé: no asumas que no lo haces. Asume que con la ayuda del Señor y para su gloria tú puedes suspender tus prejuicios para amar a quien Dios ama. Oro por la iglesia, para que esto que ha florecido entre nosotros siga siendo siempre la actitud predominante.

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