La parcialidad contamina nuestra fe, daña el modelo del reino y transgrede la ley de Dios. La clave para superar este pecado es que Cristo sea tan glorioso para nosotros que ningún ser humano despierte una impresión más fuerte que la suya.
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Mantener una iglesia unida requiere convicción, más que experiencias. Podemos tener lugares donde nos reunamos, donde estemos juntos, pero se requiere convicción. Y lo que el Señor ha permitido que florezca en medio de nosotros, no asumamos que siempre va a ser así. Tenemos que volver a poner la convicción. Qué hermoso es vernos como hermanos y saber que esto entre nosotros no es un problema, pero tenemos que hablar en contra de la parcialidad para que el Señor siempre nos mantenga.
Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas. Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso, y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado; ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos?
— Santiago 2:1-4
Todos hacemos acepción de personas
Este es uno de los pecados que todo el mundo siente que se cometen contra él, pero nadie siente que practica. Es uno de esos pecados donde todo el mundo se siente víctima, pero nadie se siente victimario. Los prejuicios y la parcialidad han sido rasgos inherentes a la humanidad desde la caída. Todos hacemos acepción de personas, en toda época y en toda cultura. No hay nadie que pueda decir «yo no.» Todos tenemos sesgos, gente que preferimos y gente que no preferimos, aunque no lo hagamos explícito.
Para luchar con pecados como este, el primer paso es reconocer que uno lo está practicando. A gran escala o a escala pequeña, pero todos estamos discriminando. De manera natural y casi automática, todos hacemos acepción de personas. Lo que debemos es ser intencionales para evitarlo. El mecanismo está en mí, y cuando lo siento, necesito el evangelio. Sin Dios, el ser humano tiende a buscar la aprobación y el favor de aquellos a quienes considera superiores, sintiéndose atraído por los que tienen dinero, poder o reconocimiento. Basta con observar un grupo de personas cuando entre ellos llega alguien notable: las personas se incorporan, sonríen, se arreglan la ropa, se muestran especialmente cordiales. Tú puedes sentir cuando llega alguien poderoso.
Santiago, hermano del Señor, escribió a los cristianos judíos esparcidos por el Imperio Romano para advertirles sobre esta actitud. En su condición de dispersos, era comprensible que sintieran preferencia por los ricos quienes podían favorecerles, mientras ignoraban a los pobres dañando así el testimonio de la iglesia. Eran judíos que habían sido desterrados, luego se convirtieron en cristianos, fueron expulsados de la sinagoga, y cuando llegan a la iglesia están siendo marginados por su condición material. Santiago es directo: esto es pecado, es algo que ofende al Señor.
Vuestra fe en nuestro glorioso Señor
«Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas.» Esa expresión tiene toda la intención del mundo. Cuando andas buscando el favor de los hombres, significa que no estás contemplando adecuadamente la gloria de nuestro Señor Jesucristo. Cuando una persona ha reconocido a Cristo como glorioso, ya no hay ningún otro ser humano que despierta en él el entusiasmo que despierta Cristo. Esta es la raíz del problema detrás de la adulación hacia los hombres: hay una carencia de adoración en el lugar donde la adoración debe conducirse.
Mientras más glorioso se ve tu Señor Jesucristo, más común se ve todo hombre. El glorioso no es el que tiene el anillo ni la vestidura; el glorioso es nuestro Señor Jesucristo. Tú le estás manifestando pleitesía a ellos porque entiendes que te pueden favorecer, pero el único que puede favorecerte es Jesucristo. Si te vas a sentir admirado ante alguien, sobrecogido ante alguien, que sea Jesucristo. Él es glorioso, es Señor, es Jesucristo. Mientras más glorioso se vea Jesucristo, más natural tú vas a ser ante cualquier ser humano. Tú no me puedes favorecer más de lo que yo he sido favorecido en Cristo. Tú no generas en mí una impresión más fuerte que la impresión gloriosa que está generando Jesucristo.
El argumento es que si tienes parcialidad, significa que tu fe en Cristo no está completa. Cualquier complemento que supuestamente requiera tu fe es un elemento contaminante. Hay falsos salvadores, falsa trascendencia, falsa seguridad, falso gozo, falsa paz. Mira a Cristo. Y mientras más mires a Cristo, menos vas a necesitar mirar a otro ser humano buscando lo que solo Él puede darte.
Mientras más glorioso se vea Cristo
La parcialidad no es tanto un asunto de desfavorecer o no favorecer, sino de glorificar a Cristo. Cuando glorificas a Cristo, puedes tratar a todo ser humano bien, porque ya le estás glorificando a Él. El tema de la parcialidad es cuando tienes ese vacío en tu corazón, cuando tu corazón no está lleno de quien debe llenarse, y ese vacío es aprovechado por quien no debe aprovecharlo.
Estoy convencido de que no hay posibilidad alguna de ser más digno de lo dignificado que he sido en Cristo. En Cristo he alcanzado mi nivel superlativo de dignidad, de forma tal que no hay dignidad más grande fuera de Él. No puedo ser más o menos amado de lo que he sido amado en Cristo. No hay recurso alguno que capture más mi imaginación que la gloria de Cristo. La gente quiere medir su patrimonio; Cristo es sumamente valioso. La gente quiere destacar sus logros; yo quiero hablar de las obras de Cristo. Quieren contar su historia de la pobreza a la opulencia; yo quiero hablar de Cristo desde el pesebre a la cruz y de la cruz hacia la gloria.
Los códigos de este mundo
El ejemplo que describe Santiago pareciera algo real. Él está describiendo lo que pasaba en el culto congregacional. Cuando una persona entraba, alguien la medía, la evaluaba y determinaba dónde debía sentarse. Como brilla y tiene anillo, se le sienta adelante; al que está cogiendo lucha, se le sienta atrás. Toda sociedad y toda cultura ha tenido sus códigos que destacan: las marcas, el reloj, el vehículo, dónde vive, dónde come. El ser humano sin Dios vive midiéndose, juzgándose los unos a los otros.
En el Imperio Romano, hacer acepción de personas era un deporte. Los ciudadanos romanos podían usar togas; si no eras ciudadano o eras esclavo, no podías usarlas. Sin embargo, en Hechos capítulo 2 dice que los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas, y adoraban al Señor con alegría y sencillez de corazón. Qué distinta la iglesia del Señor: una novedad en el mundo antiguo, una comunidad horizontal donde la gente no se destacaba de acuerdo a sus posiciones, sino que todos habían sido comprados por la misma sangre de Cristo.
La parcialidad es pleitesía hacia arriba y dominancia hacia abajo. Quien no tiene su identidad en Cristo siempre va a buscar la aprobación de algún rico, y siempre va a buscar afirmación dominando a algún igual. ¿Cómo se hace evidente la parcialidad en nuestros días? Evitando compartirte. Sintiendo que necesitas un grupo de hermanos diferente porque estás diferenciado intelectual o económicamente. Evitando mostrar tu iglesia local porque no alcanza los referentes de tu círculo social aspiracional. Exagerando tus fortalezas y marginando al que no las tiene. Son maneras de mostrar parcialidad. La iglesia tiene gente en todos los puntos del espectro, caminando hacia Cristo, no hacia nosotros. La meta de mi hermano no es volverse compatible para mí; la meta de mi hermano es parecerse a Cristo.
La parcialidad daña el modelo del reino
«Hermanos míos amados, oíd. ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman?» La parcialidad daña el orden de la iglesia, pues refuerza los valores del mundo. En el mundo eres importante por lo que representas para alguien; en la iglesia eres importante por lo que representas para Cristo.
Hay una intencionalidad en el Nuevo Testamento hacia los pobres. Esto no es una caricatura. El Señor ministró a ricos y a pobres, pero siempre comenzó por los pobres. Nació en Belén, no en Roma. Comenzó y terminó su ministerio en Galilea, no en Jerusalén. Se encarnó en una familia pobre, nació en un pesebre, fue poco popular con relación al mundo. Levantó una iglesia, dice 1 Corintios 1, con el desecho del mundo: «Lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia.»
Lo que se atesora en la iglesia del Señor es que son ricos en fe, herederos del reino y que aman a Dios. Si una persona reúne esas características, ya tiene los elementos por los cuales debe ser preferida por ti. Y si esa gente no es admirable para ti, deberías considerar si Cristo realmente es glorioso para ti como dices que lo es. Porque si Él los escogió, o tú eliges a Cristo y los eliges también a ellos, o te quedas solo.
La parcialidad transgrede la ley de Dios
«Si en verdad cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis. Pero si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y quedáis convictos por la ley como transgresores.» Es categórico: si estás teniendo parcialidad, estás transgrediendo la ley y eres convicto. No es una actitud, no es personalidad, no es formación familiar. Es pecado.
Al parecer, quienes eran parciales entendían que estaban amando al prójimo. Vivían un sofisma: «Es que yo también paso tiempo con los ricos; ellos también merecen ser amados.» Ese sofisma sigue siendo popular. Algunos dicen que los ricos también necesitan a Cristo, que es por su trabajo que cultivan ciertas relaciones. Pero el diagnóstico de Santiago es categórico: si haces acepción de personas, cometes pecado. Y lo ilustra con dos pecados que no son socialmente aceptables —el adulterio y el asesinato— para mostrar que la parcialidad ofende a Dios en la misma medida que cualquier transgresión a su ley.
La ley de la libertad
«Así hablad y así haced, como los que habéis de ser juzgados por la ley de la libertad.» ¿Cuál es la ley de la libertad? Es la justicia de Cristo que ha sido imputada a nosotros, más el ejemplo de Cristo que resuena profundamente en nuestro corazón, más una nueva naturaleza que nos permite hacer lo que es correcto por las razones correctas. Ya no es que tengo que amar para ganar mi salvación, sino que, dado que Cristo murió en la cruz por mi pecado, dado que el Señor me dio una nueva naturaleza, ahora yo utilizo mi libertad y elijo hacer esto por las razones correctas.
¿Cómo se ve el evangelio en este asunto? El evangelio es la buena noticia de que hemos sido reconciliados con Dios por medio de Cristo. El evangelio nos impulsa a valorar a Cristo sobre todas las cosas, a hacer de Él nuestra esperanza, nuestra seguridad y nuestra identidad. Y al encontrar nuestra identidad en Cristo, somos capaces de relacionarnos con los demás sin hacer acepción de personas. No asumas que no lo haces. Asume que con la ayuda del Señor y para su gloria puedes suspender tus prejuicios para amar a quien Dios ama. Oro por la iglesia para que esto que ha florecido entre nosotros siga siendo siempre la actitud predominante.