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Mensaje

Los términos de nuestra reconciliación

Colosenses 1:21-23

Nuestra reconciliación con Dios tiene tres términos: aceptar que éramos extraños, enemigos y malvados; reconocer la necesidad del sacrificio de Cristo en su cuerpo de carne; y confirmar nuestra salvación por medio de la perseverancia en la fe.

Transcripción automática

Colosenses es una de las cartas escritas por el apóstol Pablo desde la prisión. Es relativamente corta y se enfoca en que los hermanos de la ciudad de Colosas comprendan el evangelio con el cual fueron salvados. La semana pasada vimos la supremacía de Cristo sobre todas las cosas, sobre la creación y en la redención. Hoy veremos en esta porción de la Escritura cuáles son los términos de nuestra reconciliación.

Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él. Si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo, Pablo, fui hecho ministro.

— Colosenses 1:21-23

Las capitulaciones de nuestra reconciliación

Asumo que gran parte de ustedes ya han sido salvados y que tienen gozo en su salvación. Quiero comenzar con una pregunta retórica: tú eres salvo, pero ¿cómo llegaste a ser salvado? La mayoría responderá que hizo una oración, Dios perdonó sus pecados y llegaron a ser salvados. Otros dirán que hicieron una oración, se apartaron de sus pecados y así fueron salvos. Todo eso es verdad, pero la respuesta más completa son las capitulaciones de nuestra reconciliación.

Al terminar una guerra, los ejércitos se reúnen —los vencedores y los vencidos— y se firma un tratado de paz. Recuerdo la Primera Guerra Mundial, donde se sentaron en un salón de París las grandes potencias y firmaron el Tratado de Versalles. No solamente se establecía quién ganó y quién perdió, sino que se documentaba formalmente cómo se ganó y cómo se perdió, y cuáles serían las consecuencias. Nuestra condición anterior trataba de prevalecer, pero Cristo ha vencido en la vida de cada verdadero creyente. Yo quisiera que no solamente digas «yo soy salvo,» sino que puedas describir objetivamente cuáles son las capitulaciones de tu salvación.

Tiempo después se levantó Hitler, cuestionó el Tratado de Versalles y de ahí vino la Segunda Guerra Mundial. Usted puede ser realmente salvo y después comenzar a cuestionar la forma en que Dios le ha salvado. Por eso no solamente necesita ser salvo; necesita confirmar su salvación siguiendo en la perseverancia de aquellas verdades que le pasaron de la muerte a la vida. Hoy quisiera mostrar tres términos de nuestra reconciliación. El primero es que tenemos que aceptar la realidad de nuestra condición anterior.

Éramos extraños, alienados de Dios

Comienza Pablo diciendo: «Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado.» Una parte necesaria de nuestra salvación es un reconocimiento objetivo de nuestra falta, nuestro pecado y nuestra necesidad de un Salvador. Más personas no crecen en el evangelio porque quieren ir directamente a la paz sin entender qué dio origen a esta guerra, por qué estábamos luchando y qué fue lo que Cristo objetivamente hizo por nosotros.

Hay tres términos en que se describe nuestra anterior condición. Primero, éramos extraños. Algunas traducciones lo traducen como extranjeros; la versión King James utiliza el término «alienados»: completamente separados. No había comunión. El pecado general de los hombres es pretender que tienen una relación con Dios cuando no es así. La mayoría asume que tiene algún tipo de relación con Dios. Hace unos veinte años, yo me reunía con personas, les dibujaba un hombre y una cruz, y les preguntaba: ¿qué tan lejos o cerca crees que estás? Casi absolutamente nadie se reconocía como alienado de Dios, separado de Dios o en enemistad con Dios. Difícilmente el hombre natural reconoce que es enemigo de Dios.

La gran tarea de toda la Escritura es demostrarle a hombres que tienen presunción de salvación que realmente no son salvos. Los dos temas centrales de la Biblia son: primero, que el hombre está radicalmente depravado, que no es justo ni aun uno; y segundo, que hay un gran Salvador. La cultura te hace creer que Dios es menos de lo que realmente es y que tú eres más de lo que realmente eres. Dios es mucho más santo de lo que los hombres creen, y los hombres son peores de lo que ellos mismos están dispuestos a confesar.

Nuestros méritos no alcanzan

Muchos de ustedes, a pesar de haber sido salvos, todavía no reconocen la distancia. Y como no reconocen la distancia, no reconocen el milagro. Tu salvación no produce tanto gozo como debería porque realmente no entiendes que la necesitabas tanto como la necesitabas. Para que Cristo se presente ante nosotros como un gran Salvador, necesitamos reconocer que somos grandes pecadores. Cuando hubo pecado en el jardín del Edén no fue un asunto sencillo. Nuestra relación con Dios se destruyó, y se evidenció dramáticamente con la expulsión del jardín, la colocación de ángeles y los hombres escondiéndose del Creador.

El día pasado fui a la tienda con mi hija. Ella llevó su alcancía y quería comprar unos objetos. Abrió la alcancía y comenzó a contar moneda por moneda. Cuando terminó, nos dimos cuenta de que lo que había ahorrado durante más de un año no era suficiente para pagar ni siquiera el 10% de lo que costaba aquel objeto. Ella tomó las monedas, las puso en la alcancía y le dijo a su mamá: paga tú. Lo que terminó ocurriendo es que sus padres pagaron lo que su esfuerzo, constancia y disciplina no pudo lograr. Si dices que tienes paz con Dios, por favor no entiendas que tú has llenado la alcancía. Lo que se pagó en la cruz fue el 100% de tu deuda. Los méritos que habías podido acumular no habían cubierto ni siquiera una pizca del amplio abismo de separación entre la criatura y el Creador.

Hay algo en psicología que se llama niveles de incompetencia. La ignorancia es atrevida: hay un hombre aparentemente feliz porque no sabe lo que no sabe. Por eso dice Eclesiastés: «En la mucha sabiduría hay mucha molestia, y quien añade ciencia añade dolor.» Una de las primeras cosas que sentimos cuando abrimos los ojos a la realidad del evangelio es que somos peores de lo que creíamos. El evangelio nos lleva a un nivel de incompetencia consciente, donde reconocemos nuestra incapacidad para obedecer la ley de Dios, nuestra impotencia ante el poder del pecado y nuestra indignidad para presentarnos ante Dios. Dependemos completamente de Cristo para cualquier forma de bien.

Enemigos en nuestra mente

Tú no estabas pasivamente alejado de Dios. Dice la Escritura: «Y enemigos en vuestra mente.» El hombre natural vive en un aparente estado de neutralidad y dice: «Yo no estoy ni a favor ni en contra.» Pero el texto infiere un tipo de enemistad que no es explícita. En la parte medular de tu existencia, realmente tenías un pleito con Dios. Ese pleito quizá no es objetivo, quizá no es explosivo, quizá nadie más lo sabe, pero dentro del ser humano hay una guerra que tiene diferentes nombres y en el fondo es enemistad contra Dios: temor, ocultación y acusación. ¿Recuerdan lo que Adán le dijo al Señor? «La mujer que tú me diste.» Tu diseño falló. Dentro de un ser humano sin Dios hay una profunda persuasión de que realmente no es completamente responsable de su condición.

Esas formas veladas de enemistad contra Dios evidencian que no has conocido el evangelio. Son cuestionamientos de sus designios: «Yo no lo intento porque es confuso.» «Dios no ha sido claro.» Recuerden aquella parábola del siervo al cual le dieron un talento, que dijo: «Yo sé que tú eres un señor duro, que cosechas donde no sembraste.» «Yo no lo hice porque te tenía miedo.» Enemigos en su mente. Otros acusan a Dios de inconsistencia, de ser muy exigente, de injusticia o de ambigüedad. Otros disminuyen su persona, su carácter, su voluntad, su soberanía. Reducir la santidad de Dios es una manera de rebeldía, y esa rebeldía manifiesta enemistad. «Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí.» ¿Cuántas personas pueden tener palabras bonitas hacia Dios y una conversación interna contraria a su soberanía, su carácter o su Palabra? Son enemigos en su mente.

La parábola del Señor habla de quienes invadieron una viña. El invasor parece agradable al principio. Pero cuando viene el dueño y le dice que salga de su tierra, ya no se muestra con una sonrisa sino como realmente es: un enemigo que trata de usurpar lo que no es suyo. El hombre sin Dios se constituye enemigo de Dios pues se pasea por la creación de Dios como si fuera suya. Y cuando Dios intenta reclamar su terreno, el hombre agrede.

Haciendo malas obras

Tus obras no son malas porque sean objetivamente ofensivas. Tus obras son malas porque no alcanzan la justicia de Dios. El espíritu de nuestros días es celebrar la intención o el esfuerzo, aunque no se reúnan los requisitos. Pero Dios no se parece a nosotros. Él es santo, perfectamente santo. Él es justo, absolutamente justo. Santiago dice que fallar en un solo mandamiento de Dios te hace culpable de todos los demás.

Recuerdo una clase donde el profesor daba un examen: a cada fila le asignaba tres preguntas distintas. Yo pensé que si daba doce preguntas en total, por lo menos había tres que podía contestar y así sacaba cien. Anoté preguntas de otras filas y las respondí. Pero el profesor tenía control de las preguntas asignadas a cada fila. Me dijo: «Usted respondió la pregunta correcta, pero no respondió lo que yo le estaba preguntando.» Ese es el dilema del hombre delante de Dios. «Yo tengo buenas obras, una familia bonita, no le hago daño a nadie.» Esa no es la pregunta. Aquí está la ley completa: ¿has cumplido objetivamente con toda la ley de Dios?

Otros muestran el resultado y dicen: «Yo hice lo mismo.» Pero no lo hicieron por las mismas razones. Colosenses 3:23 dice: «Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.» Las únicas obras que valen la pena son las que se hacen con el poder del Señor y para la gloria suya. Hay personas que muestran las mismas obras que deberían mostrar los cristianos, pero la razón por la cual las hicieron no era la correcta. Hasta que no entiendas cuál era tu verdadera condición, no vas a entender qué grande es tu Salvador. Se peca por comisión y también por omisión, y lo que no procede de fe es pecado.

El sacrificio de Cristo en su cuerpo de carne

El primer término de nuestra salvación es que firmamos y aceptamos cuál era la realidad de nuestra condición anterior: alejados, enemigos y malvados. ¿Usted está dispuesto a firmar eso? Si te consideras cristiano y todavía tratas de poner cualquiera de esas cosas en duda, no te has entregado. Uno se da cuenta que nació de nuevo cuando puede negarse a sí mismo, reconociendo profundamente que no hay justicia propia, que no había cercanía y que realmente hay maldad.

El versículo 22 dice que fuimos reconciliados «en su cuerpo de carne, por medio de la muerte.» Si estamos diciendo que Dios es justo, que la paga del pecado es muerte y que Él no obviará la falta, ¿cómo es que dijo que la paga del pecado era muerte y tú no moriste y fuiste salvado? Tu salvación no es solamente un asunto poético; es un hecho real que ocurrió en un punto geográfico, en un momento puntual de la historia. En la cruz del Calvario algo se hizo a tu favor. Alguien pagó aquel pecado por el cual tú deberías morir.

Cristo no adulteró los registros. No es que el estudiante no aprobó pero lo vamos a aprobar. Es que alguien aprobó por él. Se llama imputación. Doble imputación: a Cristo le fueron imputados nuestros pecados, y la justicia de Cristo nos fue imputada a nosotros. Tu salvación no fue un asunto administrativo; la justicia que no pudiste cumplir, alguien la cumplió por ti. Cristo estaba en la cruz pagando la muerte que todos nosotros merecíamos. El justo por los injustos para que tengamos vida eterna. Esto debería alejarnos del pensamiento de que un creyente es simplemente una persona mejorada. A ti se te ha imputado una justicia que no pudiste obtener por tus propios medios, y en eso hay gloria para Dios, humillación para ti y gozo.

La santificación es obra de Cristo

Pablo dice que el sacrificio de Cristo opera para «presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él.» La cruz de Cristo no solamente sirve para nuestra justificación, sino también para nuestra santificación. Corrijo aquí el pensamiento de muchos hermanos que piensan que fueron salvados por fe pero que se santificarán por obras. La carga de la acción no recae sobre ti, sino sobre Cristo. Él está trabajando para presentarnos santos, Él está trabajando para presentarnos sin mancha y Él está trabajando para que seamos irreprensibles.

Ese mismo que es supremo, poderoso y muy grande, es el mismo que está trabajando en tu santificación. El poder está en Él y no en nosotros. Yo puedo vestirme de una justicia que está en Cristo, pero descarta completamente que puedas ser justificado por fe y al mismo tiempo perfeccionado por obras. Él pone en nosotros tanto el querer como el hacer por su buena voluntad. Recordaba al hombre llamado Aspenaz, a quien le pusieron a Daniel y a sus amigos bajo su cuidado. El rey le dijo: aliméntamelo, cuídamelo y preséntamelo. Aspenaz tenía que rendir cuenta ante el rey por ellos. De la misma manera, nosotros no nos encaminamos a encontrarnos con Dios con nuestro propio diseño ni nuestra propia nutrición. Él mismo nos está presentando, Él mismo nos está perfeccionando, Él mismo nos está santificando.

Si he logrado algún tipo de avance en los caminos del Señor, no ha sido mi fuerza, ha sido para su gloria y las fuerzas suyas. «Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.» Si podías producir ese fruto por tus propios medios, podías producir la misma justicia por tus propios medios. Pero como no pudiste producir la justicia, tampoco vas a poder producir la santificación. Las tres cosas mencionadas —santos, sin mancha, irreprensibles— tienen como agente a Cristo. Esto me da mucha esperanza. Me cuida de la vanagloria ante Dios y al mismo tiempo me cuida del envanecimiento ante los hombres.

El carbón encendido del altar

Cuando Isaías se miró en la presencia de un Dios santo, dijo: «¡Ay de mí! Soy un hombre de labios inmundos y habito en medio de un pueblo de labios inmundos.» ¿Y sabe lo que hizo el ángel? Tomó un carbón encendido del altar y lo puso sobre sus labios. No fue que le dijeron: te damos tres meses para que dejes de hablar así, ve y resuelve. Lo que hizo el Señor fue tomar un carbón de su altar y purificar sus labios. Tú debes anhelar que el Señor tome el carbón encendido y lo ponga sobre tu pecado. Señor, produce en mi corazón lo que mis propias fuerzas jamás han podido producir. No lidies con tu pecado como si fueran categorías psicológicas o niveles de perfeccionamiento que están a tu alcance. Lidia con tu pecado sabiendo que el Señor está trabajando para presentarte santo, sin mancha e irreprensible delante de Él.

El pecado ya no debe definirte. Muchas personas se aferran al pecado porque confunden su pecado con su identidad. Pero el Señor está trabajando contigo para presentarte. Al ver la determinación del Padre al sacrificar al Hijo en la cruz para lograr nuestra reconciliación, tengo la confianza de que tendrá el mismo compromiso para nuestra perseverancia. «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?»

¿Cuáles son «todas las cosas»? No son los negocios ni los ascensos. El mismo capítulo lo dice: «Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conforme a la imagen de su Hijo.» Esas son las otras cosas. Lo que está diciendo Pablo es: si Dios clavó a su Hijo en una cruz para salvarte, ¿cómo no va a utilizar ese mismo poder para santificarte? Las otras cosas son la santidad, el perfeccionamiento, la vida victoriosa. Cuando el pecado te amenaza y te dice que vas a volver a ser esclavo, mira la cruz de Cristo y di: si a mí me dieron a Cristo, el que no escatimó ni a su propio Hijo, ¿cómo no me va a dar el poder para sobreponerme a ese pecado?

Permanecer fundados y firmes en la fe

He mostrado dos términos. El primer término: aceptar nuestra verdadera realidad. El segundo: reconocer la necesidad de un sacrificio que nos presenta santos, sin mancha e irreprensibles. El tercer término dice: «Si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio.» Usted no será salvo por muchas obras. Será salvo si en verdad permanece fundamentado y firme en la fe y sin moverse de la esperanza. La santificación no es un requisito para tu salvación; lo que es requisito es permanecer fundado y firme en la fe y sin moverte de la esperanza del evangelio. No confundamos los medios con los fines. Nosotros no somos salvos porque permanecemos; permanecemos porque hemos sido salvados.

El detalle está en que hay cantidad de profesiones de fe irreales, superficiales, fingidas, que la gente confunde con fe genuina. Y cuando esa fe manifiesta que no era real, entendemos que la persona no logró conservar su salvación. Pero el texto no dice que vas a conservar tu salvación apartándote del pecado; dice que Cristo nos presentará santos, sin mancha e irreprensibles, y que lo que nosotros tenemos que hacer es permanecer fundados, firmes en la fe y sin movernos de la esperanza. Tu fuerza no está en la obra, sino en la esperanza. La meta de un creyente es mantener su fe firme y mantener viva la esperanza.

Cada día que paso en el Señor confirmo más que realmente he sido salvo. Si del versículo 21 al 22 se especifica que fuimos reconciliados cuando estábamos alejados, enemigos y en malas obras, ¿usted cree que lo de adelante va a ser por nosotros mismos? «Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.» No está diciendo que Cristo murió por los fuertecitos; cuando éramos débiles, Él murió por los impíos para justificarles. La permanencia no es lo que salva. Somos salvos por la elección y la permanencia confirma que realmente hemos sido salvos. Permanecer tiene dos implicaciones: estar fundado y firme en la fe, sin perder tus distintivos, y no moverte de la esperanza del evangelio, sin buscar otro salvador.

Si todavía estás tratando de aumentar tu patrimonio para sentirte más acepto, estás reduciendo la esperanza de tu salvación. Si todavía andas buscando el aplauso de los hombres y no la aprobación de Cristo, estás buscando otro salvador. Evita ser definido por cualquier otra cosa. El evangelio es la buena noticia de que nosotros, que en otro tiempo éramos extraños y enemigos, ahora hemos sido reconciliados. El evangelio es la noticia de que la reconciliación tuvo un precio alto: el sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario. Y el evangelio es la buena noticia de que no perseveramos por nuestros propios medios, sino que el que comenzó la buena obra la irá perfeccionando hasta el final. Si confesamos nuestros pecados, el Señor es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad.