Colosenses 1, desde el versículo 21 y hasta el 23. Tenemos ya unas cuantas semanas en esta carta. Solamente pongo el contexto: fue una de las cartas escritas por el apóstol Pablo desde la prisión, es una carta relativamente corta, como lo son aquellas cartas escritas desde la prisión, y se enfoca en un tema, y es que los hermanos de la ciudad de Colosas comprendan el evangelio con el cual fueron salvados. La semana pasada vimos la supremacía de Cristo sobre todas las cosas, la supremacía de Cristo sobre la creación y la supremacía de Cristo en la redención. Y veremos hoy, en esta porción de la Escritura, cuáles son los términos de nuestra reconciliación.
Dice así la Palabra del Señor, versículo 21 en adelante del capítulo 1 de Colosenses. Escribe el apóstol Pablo y le dice a la iglesia, después de mostrar la supremacía de Cristo sobre todas las cosas:
Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él; si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído, el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo; del cual yo Pablo fui hecho ministro.
— Colosenses 1:21-23
Pueden sentarse, mis hermanos. Si se fijan, los tres versículos son una sola oración, y en esta sola oración el apóstol Pablo le resume a la iglesia cuáles son los términos de nuestra reconciliación.
¿Cómo llegaste a ser salvo?
Asumo que gran parte de ustedes ya han sido salvados. Sé que tienen un gozo en su salvación. Quiero hacer hoy lo que frecuentemente no hago, y es comenzar con una pregunta retórica. La pregunta es: tú eres salvo, pero ¿cómo llegaste a ser salvado? Tú no tienes que ser preciso para tener una salvación real, pero la pregunta importa. No tienen que responderme. Trata tú de responder la pregunta en tu mente en este momento. Tú eres salvo, profesas la fe cristiana. ¿Cómo llegaste a ser salvo?
La mayoría de ustedes responderá que hizo una oración, que Dios perdonó sus pecados y llegaron a ser salvos. Eso es verdad; a grandes rasgos es lo que ha ocurrido. Otros dirán que hicieron una oración, se apartaron de sus pecados y así llegaron a ser salvos. También es verdad. Pero la respuesta más completa son las capitulaciones de nuestra reconciliación.
Y la manera en cómo se describe aquí nuestra reconciliación es que llegamos a aceptar la realidad de nuestra condición anterior —alejados de Dios, enemigos suyos y malvados— para ser reconciliados con Cristo. Y que después reconocemos la necesidad del sacrificio de Cristo, que ha sido hecho justicia por nosotros en la cruz, con su cuerpo de carne, como dice la Palabra. Y después confirmamos todo lo anterior por medio de nuestra perseverancia.
Las capitulaciones de una guerra terminada
Al terminar una guerra, los ejércitos frecuentemente se reúnen. Se reúnen los vencedores y al mismo tiempo se reúnen los vencidos. Y cuando se reúnen se escribe un documento legal, formal: es el tratado de paz. Recuerdo ahora la Primera Guerra Mundial, donde se sentaron en un salón de París las grandes potencias y firmaron un tratado que se llama el acuerdo de Versalles, o el tratado de Versalles. No solamente se estaba diciendo quién ganó y quién perdió, sino que se estaba documentando formalmente cómo se ganó y cómo se perdió, y cuáles serían las consecuencias.
Esos documentos legales parece que no tienen sentido, pues ya tú perdiste. Pero Dios convoca a la humanidad, porque quiere que la gente se siente a una mesa, y ahí, sentado en la mesa, tú firmas el documento. Ahí viene la expresión de que la historia la escriben los vencedores. Y es que no solamente se quiere decir que se ganó la batalla, sino que queremos ponernos de acuerdo en cómo la batalla se ganó.
En nuestra salvación hubo un pleito cósmico, en nuestra salvación hubo una tensión. Nuestro viejo hombre se imponía, nuestra condición anterior trataba de prevalecer, pero Cristo ha vencido en la vida de cada verdadero creyente. Y yo quisiera que ustedes no solamente digan «yo soy salvo», sino que puedan describir objetivamente cuáles son las capitulaciones de su salvación. Yo creo que aquí están; son los términos. «El Señor perdonó mis pecados.» «Yo hice una oración y el Señor me salvó.» Todo eso es verdad, pero no es completo.
En el acuerdo de Versalles no solamente se dijo quién ganó y quién perdió, sino quién ganó y cómo ganó. Tiempo después se levantó otro hombre, fue Hitler, que cuestionó el acuerdo de Versalles. Y él dijo: eso se firmó, pero eso no estuvo bien, eso no fue verdad. Y de ahí vino la Segunda Guerra Mundial. Usted puede ser realmente salvo y, después de usted ser salvo y aceptar su salvación, comenzar a cuestionar la forma en que Dios a usted le ha salvado. Por eso usted no solamente necesita ser salvo; usted necesita ser salvo y confirmar su salvación siguiendo en la perseverancia, perseverancia y confirmación de aquellas verdades que le pasaron de la muerte a la vida.
Primer término: éramos extraños
Yo quisiera mostrar hoy tres términos de nuestra reconciliación. El primero de ellos es que tenemos que aceptar la realidad de nuestra condición anterior. Comienza Pablo diciendo: «Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado.» Entonces dice alguno: pero el Señor perdonó mis pecados, ¿para qué tenemos que hablar de eso? Una parte necesaria de nuestra salvación es un reconocimiento objetivo de nuestra falta y nuestro pecado, y sobre todo de nuestra necesidad de un salvador. Yo creo que muchas personas no crecen en el evangelio porque quieren ir directamente a la paz sin entender qué dio origen a esta guerra, por qué estábamos luchando y qué fue lo que Cristo objetivamente hizo por nosotros.
Hay tres términos en que se describe aquí nuestra anterior condición. Le escribe Pablo a la iglesia y le dice: «y vosotros también, que erais en otro tiempo extraños». Eso es lo primero: éramos extraños; algunas traducciones lo traducen como extranjeros. Después dice: «y enemigos en vuestra mente». Segunda característica: enemigos en vuestra mente. Y lo tercero: «haciendo obras malas». Y después dice: «ahora os ha reconciliado». No habrá gozo en tu salvación a menos que aceptes objetivamente que esas tres descripciones te incluyen a ti. Y hasta que una persona está matizando su anterior condición, está evidenciando o que no ha nacido de nuevo o que no ha entendido el evangelio.
Comenzaré mostrando cada una de ellas. La primera condición con que se describe nuestra situación es que éramos extraños. Me gusta mucho cómo la traducción en inglés, la King James, lo traduce: el término que utiliza es alienados, completamente separados. No había comunión. El pecado general de los hombres es pretender que tienen una relación con Dios cuando no es así. La mayoría de las personas asumen que tienen algún tipo de relación con Dios.
Hace muchos años atrás, quizás veinte, yo me reunía con las personas y les dibujaba dos cosas. Les dibujaba un hombre, les dibujaba una cruz. Y les preguntaba: ¿qué tan lejos o cerca tú crees que estás? La mayoría de las personas lo ponían en un grado de separación. Decían: bueno, yo estoy lejos, pero no tanto. Otros apelaban a su moralidad y me decían: yo visité la iglesia este fin de semana.
Había otros que decían: yo realmente leo la Biblia. Pero todo el mundo asumía que tenía algún nivel de cercanía con Dios. Quizá no estaban tan cerca como para decir que somos amigos, pero nadie, casi absolutamente nadie, se confesaba o se reconocía como que estaba alienado de Dios, separado de Dios o en enemistad con Dios. Difícilmente el hombre natural reconoce y confiesa que es enemigo de Dios. De hecho, la gran tarea en toda la Escritura es demostrarle a hombres que tienen presunción de salvación que realmente no son salvos.
Recuerden los dos temas centrales de la Biblia. El primer tema central es que el hombre está entregado a su pecado, que el hombre está radicalmente depravado. Ese es el primer tema: que no hay justo, ni aun uno. Y lo segundo es el evangelio: que hay un gran salvador. Y para usted llegar a entender los términos de su salvación, usted primero debería entender cuál era su verdadera condición delante de Dios. «Y vosotros también, que erais en otro tiempo extraños.»
La cultura te hace creer que Dios es menos de lo que realmente es y que tú eres más de lo que tú realmente eres. Casi todo el mundo piensa que tiene una relación con Dios porque ocurre esto: ha reducido a Dios o se ha aumentado a sí mismo. Pero cuando vemos toda la Escritura nos damos cuenta de que Dios es mucho más santo de lo que los hombres creen, y que los hombres son peores de lo que ellos mismos están dispuestos a confesar. Y que si tuvieras que graficar la separación que hay entre tú y Cristo, no hay gráfica.
De hecho, tú no saldrías en la gráfica. Yo le dije a las personas: dibuja al hombre, ponlo ahí en la línea, ¿dónde estás tú? Y todo el mundo se colocaba en la línea. Si tú realmente crees lo que dice la Palabra, tú no sales en la foto. La separación que hay es tan grande entre la criatura y el Creador, que se puede describir que también nosotros éramos en otro tiempo extraños. Tengo que abundar aquí, hermano, lo hago por necesidad. Y es que muchos de ustedes, a pesar de que han sido salvos, todavía no reconocen la distancia. Y como no reconocen la distancia, entonces no reconocen el milagro. Tu salvación no produce tanto gozo como debería producir, pues tú realmente no entiendes que la necesitabas tanto como realmente la necesitabas.
Ni una pizca de bondad
Para que Cristo se presente ante nosotros como un gran salvador, realmente nosotros necesitamos reconocer que somos grandes pecadores. Y nuestro primer elemento de separación es que estábamos extraños a Dios. Apelo al jardín del Edén. Hermano querido, cuando hubo pecado en el jardín no fue un asunto sencillo, como que estamos guapitos con el Creador. No fue como que nuestra relación con Dios cambió. Es que nuestra relación con Dios se destruyó, y dramáticamente se evidenció esta destrucción expulsándonos del jardín del Edén, colocando ángeles y haciendo que los hombres se escondieran del Creador. Si cualquier persona cree que todavía sale en la gráfica de separación entre la criatura y el Creador, es porque no ha entendido el evangelio.
Hermano, yo admito que tú puedes ser salvo y todavía no reconocer la distancia; pero tú vas a ser salvo y vas a ser gozoso cuando seas salvo y reconozcas de dónde tú fuiste traído para que te puedas encontrar con Cristo. El esfuerzo del hombre históricamente ha sido pretender que está cerca de Dios. Los falsos profetas te crean una percepción de seguridad. Hablo aquí del movimiento de autoestima de los años setenta y ochenta. Psicólogos y educadores hablaban de refuerzo positivo, frases empoderadoras, aceptación incondicional, enfocarte en tus fortalezas. Tú realmente no eras tan malo. Tú tienes alguna fortaleza. Tú no estás tan dañado como se dice. Realmente tú tienes algún tipo de valor.
Hermano, no hay una pizca de bondad en el hombre que sea capaz de cubrir la gran deuda que tenemos delante de Dios. Y si acaso nosotros hemos sido acercados, no hemos sido acercados por mérito, hemos sido acercados por gracia.
Recuerden que estoy baneado de hablar de la niña, ya no me dejan ilustrar con ella, pero el otro día fui a la tienda y ella llevó su alcancía. Quería comprar unos objetos, dijo: yo los voy a comprar, yo tengo ahorros. Tomó su alcancía, fue conmigo y con su madre, y fuimos a la tienda los tres. Y dramáticamente, delante de los empleados, abrió la alcancía y sacó todas las monedas. Ella preguntó cuánto cuesta, y le dieron el precio. Ella comenzó religiosamente a contar peso tras peso. Yo me preguntaba por qué no las iba contando de 25 en 25. Estuvo ahí durante minutos, con una vendedora esperándonos, en el esfuerzo de contar moneda tras moneda. Y cuando contó moneda tras moneda, primero su papá y después ella se dio cuenta de que lo que había ahorrado durante más de un año no era suficiente: no tenía ni siquiera para pagar el 10% de lo que costaba aquel objeto que ella quería.
Yo no sé si fue que lo entendió o se entregó, pero ella tomó la moneda, la puso en la alcancía y le dijo a su mamá: paga tú con mi alcancía. Parece que entendía que si estaba todo reunido dentro del recipiente, entonces tenía algún tipo de valor mucho más alto. Lo que terminó ocurriendo es que sus padres pagaron lo que su esfuerzo, constancia y disciplina no pudo lograr.
Ay, hermano, si tú dices que tienes paz con Dios, por favor no entiendas que tú has llenado la alcancía. La realidad es que lo que se pagó en la cruz fue el 100% de tu deuda. Y los méritos que tú habías podido acumular para pretender estar cerca de Dios no habían cubierto ni siquiera una pizca del amplio abismo de separación que existía entre la criatura y el Creador. Por lo cual nosotros podemos testificar que «vosotros también, que erais en otro tiempo extraños», hemos sido acercados al Señor.
El moralismo te dice que tú eres bueno. La exaltación de tu cultura: toda cultura tiene un triunfalismo. Nosotros somos mejores que tal cultura, pues nosotros somos mejores que ellos. En ninguna manera, decía Pablo, pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Mientras los hombres aumentan y defienden su supuesta relación con Dios, solamente están confirmando su ignorancia del evangelio y su abierta necesidad de un salvador. Nuestros méritos no nos salvan, nuestros ahorros morales no nos salvan, y mientras más nosotros pretendemos acercarnos por nuestros propios medios, más descubrimos que nuestros esfuerzos solamente logran alejarnos un poco más del Creador.
Hay algo que se utiliza en psicología que se llama niveles de incompetencia, consciente o inconsciente. La ignorancia es atrevida. Hay un hombre que es aparentemente feliz, y lo es de hecho en la práctica: es un hombre que no sabe lo que no sabe. Por eso dice el libro de Eclesiastés, en el capítulo 1 y versículo 18:
Porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia; y quien añade ciencia, añade dolor.
— Eclesiastés 1:18
Tú te sientes cómodo, te sientes tranquilo, porque todavía no reconoces tu nivel de ignorancia. Pero una de las primeras cosas que llegamos a sentir cuando realmente abrimos nuestros ojos a la realidad del evangelio, es que nosotros somos peores de lo que nosotros creíamos que éramos. Que no es un asunto sencillo, que no es un mejoramiento, que es un abismo de separación. Y que lo único que puede acercarnos a Dios y romper la extranjería, romper la lejanía, es el sacrificio de Cristo.
Lo resumo así, hermano. El evangelio nos lleva a un nivel de incompetencia consciente, donde reconocemos nuestra incapacidad para obedecer la ley de Dios, nuestra impotencia ante el poder del pecado y nuestra indignidad para presentarnos ante Dios. Dependemos completamente de Cristo para cualquier forma de bien. El intento humano por relacionarse con Dios o satisfacer su justicia fuera de Cristo es un nivel de incompetencia inconsciente. Una de las primeras cosas que tú reconoces cuando el Señor te está salvando es que tú no podías salvarte por tus propios medios. Que tú no podías pagar, que no te daba, que era insuficiente. Y por eso nuestra salvación brilla tanto.
Enemigos en vuestra mente
La primera cosa que se describe aquí de nuestra anterior condición es que estábamos alejados de Dios, pero eso no es suficiente. Tú no estabas pasivamente alejado de Dios. «Y enemigos en vuestra mente» es la segunda característica. El hombre natural vive en un aparente estado de neutralidad y dice: yo no estoy ni a favor ni en contra. Tú le dices a una persona «tú estás constituido como enemigo de Dios» y la persona te dice: ¿quién, yo? No. Quizá yo no soy amigo, pero tampoco soy enemigo, yo soy neutral. ¿Qué es lo que muestra la Escritura? Que erais en otro tiempo extraños; no solamente eran extraños, también eran enemigos en vuestra mente.
La expresión es elaborada. El texto infiere un tipo de enemistad que no es explícita; es como quien simula o aparenta. Enemigos en vuestra mente. Lo que te está diciendo es que en lo más profundo de tu ser, en la parte medular de tu existencia, realmente tú tenías un pleito con Dios. Ese pleito con Dios quizá no sea objetivo, ese pleito con Dios quizá no sea explosivo, ese pleito con Dios quizá nadie más lo sepa, pero adentro del ser humano hay una guerra, y esa guerra tiene diferentes nombres, pero en el fondo es enemistad contra Dios. Temor, ocultación y también acusación. ¿Recuerdan a Adán en el jardín, lo que le dijo al Señor? «La mujer que tú me diste»: tu diseño falló. Adentro de un ser humano sin Dios hay una profunda persuasión de que realmente él no es completamente responsable de su condición, sino que él puede argumentar algo delante de Dios.
Enemigos en tu mente, es lo que dice la Escritura. Esas formas veladas de enemistad contra Dios también evidencian que tú no has conocido el evangelio. Son cuestionamientos de sus designios. El Señor ha establecido designios, ha dicho objetivamente lo que espera del hombre, pero el hombre cuestiona ese designio. «No, yo no estoy diciendo que no estoy de acuerdo; yo lo que estoy diciendo es que eso es difícil de entender.» Está cuestionando el designio. ¿Han visto al que alega confusión? «Yo no lo intento porque eso es confuso.» Dios no ha sido claro. Recuerdan aquella parábola en la cual el Señor le dio talentos, y aquel dijo: yo sé que tú eres un señor duro, que cosechas donde no sembraste; yo no lo hice porque te tenía miedo. Enemigos en su mente.
Hay otros que acusan a Dios de inconsistencia, de ser muy exigente, de injusticia, o hasta de ambigüedad. «Yo no lo sé, pero es que hay contradicción.» ¿Han visto al que quiere pescar en río revuelto? Hay contradicción. La contradicción está en tu mente y en tu corazón. Una profunda enemistad contra Dios que quizá no es explosiva, que quizá no es evidente, quizá no es objetiva, pero es real. Otros disminuyen su persona, su carácter, su voluntad, su soberanía: «oye, es que ustedes toman demasiado en serio las cosas, Dios no es tan grande». Esa es la enemistad contra Dios. Escucha: reducir el carácter, la soberanía, la santidad de Dios es una manera de rebeldía, y esa manera de rebeldía está manifestando enemistad.
Parece que son amigos. Estaba yo con un grupo de personas y llegó alguien. Era una persona de otra empresa, y cuando la persona llegó, alguien que estaba al lado mío le saludó con una profunda sonrisa, le dio un abrazo y una palmadita en la espalda; y cuando la persona se retiró, la sonrisa se le cayó. Y en su gesto y su simulación está demostrando que realmente no es amigo sino enemigo, y que hay una agenda en su corazón. «Este pueblo de labios me honra, pero su corazón está lejos de mí.» ¿Cuántas son las personas que pueden tener palabras bonitas hacia Dios y una conversación interna respecto de la soberanía de Dios, del carácter de Dios, de la perfección de Dios o de la Palabra de Dios? Son enemigos en su mente.
Una parábola del Señor habla de quienes invadieron una viña. El invasor parece primero agradable cuando tú vas a preguntar por tu tierra. «No, yo se la estoy limpiando.» Yo no te pedí que me la limpies. Vuelves la segunda vez y ya está instalado. ¿Y por qué estás construyendo? «No, es que por aquí pasaba gente, yo la estoy cuidando.» Yo no te pedí que me la cuides. Y después, cuando viene el dueño y te dice que salgas de su tierra, ya tú no te muestras con una sonrisa, ya tú no te muestras agradable, sino que tú te muestras realmente como tú eres. Tú eres enemigo suyo porque tú estás tratando de usurpar un asunto que no es tuyo.
El hombre sin Dios se constituye enemigo de Dios, pues se pasea por medio de la creación de Dios como si la creación de Dios fuera suya. Y cuando Dios intenta reclamar su terreno, entonces el hombre agrede. Recuerda que estoy hablando de un tipo de enemistad elaborada; no es el tipo de enemistad burda que estamos acostumbrados a ver. Ese es el enemigo en tu mente: cumplir en la esfera pública mientras en lo privado vamos en contra de Dios. Primer elemento: éramos extraños, alienados, extranjeros. Segundo elemento: teníamos un pleito interno. Ya no hay duda alguna, esta era la anterior condición.
Haciendo malas obras
«Y vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras.» Mis obras realmente no son malas, dicen los hombres. ¿Sabes por qué tú entiendes que tus obras no son malas? Porque tú has reducido el requisito de Dios. Me río y sufro al mismo tiempo, pero al día de hoy en la primaria se vive en este juego donde nadie reprueba. El espíritu de nuestros días es celebrar la intención o el esfuerzo, aunque no se reúnan los requisitos. «Pero él no lo hizo.» Aplauden. «Pero todavía no ha llegado.» Pero lo intentó. «Pero él está lejos del requisito.» Pero no importa, él está aquí.
¿Qué es lo que Dios nos dice? Dios no se parece a nosotros. Él es santo, perfectamente santo. Él es justo, absolutamente justo. Y la participación en cuanto a la voluntad de Dios no disculpa. No estamos en la primaria. «Pero él vino todos los días, él merece algo.» Pero él no lo hizo. Haciendo malas obras. Tus obras no son malas porque sean objetivamente ofensivas; tus obras son malas porque no alcanzan la justicia de Dios. Y si tú no has entendido que tus obras eran malas, o tu salvación no está produciendo tanto gozo como debería producir, o tú deberías abrirte a que realmente todavía no has entendido el evangelio. Si tú entiendes que has venido delante de Dios con un conjunto de méritos que son tus buenas obras, y que tus buenas obras entonces pueden cumplir con la justicia de Dios, significa que tú no has entendido el evangelio.
Se cambia el mandamiento. Yo lo he hecho. Recuerdo una clase donde el profesor daba un examen de la siguiente manera. Éramos cuatro filas de alumnos, y a cada fila él le dictaba un examen para que respondiera unas preguntas.
Leía tres preguntas para esta fila, tres para esta, tres para esta y tres para aquella. De manera perspicaz, yo ideé una estrategia. Si él va a darle tres preguntas a esta fila, tres preguntas a esta, tres preguntas a aquella y tres preguntas a aquella, él va a dar doce preguntas en total. Y de las doce preguntas, por lo menos hay tres de ellas que yo debo poder contestar, de forma tal que saque un cien. Él le dijo a la primera fila, donde estaba yo: primera fila, estas son tus tres preguntas. Hizo tres preguntas, yo anoté una. Segunda fila, tus tres preguntas; yo anoté la siguiente. En mi opinión, yo saqué cien de cien, pero no sabía que el profesor tenía control de las preguntas que le asignaba a cada fila. «Usted respondió una pregunta correcta, pero no respondió lo que yo le estaba preguntando.»
Ese es el dilema en que viven los hombres delante de Dios. Yo tengo buenas obras, yo tengo una familia bonita, yo no le he robado a nadie, no le hago daño a nadie. Esa no es la pregunta; aquí está la ley completa. ¿Has cumplido objetivamente con la ley de Dios? Con algunas partes: aquí yo estoy bien, pero ahí estoy más o menos. Dice Santiago que fallar en uno solo de los mandamientos de Dios te hace culpable de todos los demás mandamientos. Probablemente tú entiendas que no estabas tan lejos. Probablemente tú entendías que realmente no eras enemigo de Dios. Yo quisiera mostrarte que nadie ha logrado cumplir objetivamente con el 100% de los mandamientos. De forma tal que la labor principal que tiene la ley es hacer aún más grande nuestra salvación. Era tan alta la demanda y tan poca la capacidad, que nosotros solamente podemos darle gloria y gracias a este salvador tan grande.
Otros muestran el resultado y dicen: yo hice lo mismo, yo logré lo mismo que lograste tú. Ay, pero es que no lo hicimos por las mismas razones. De hecho, lo que dice el mismo libro de Colosenses en el capítulo 3 y versículo 23 es:
Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.
— Colosenses 3:23
«Es que yo he vivido en integridad.» ¿Has vivido en integridad por la razón correcta? «Es que yo he vivido en integridad porque a mí me daría mucha vergüenza que mis hijos me vieran como un delincuente.» Esa no es la razón correcta.
«Yo nunca he hecho eso.» ¿Por qué razón? «Yo nunca he hecho eso porque yo tuve formación en valores y en mi casa me enseñaron que eso no se hace.» Esa no es la razón correcta. Las únicas obras que valen la pena son las obras que se hacen con el poder del Señor y para la gloria suya, donde nosotros no tenemos una autoexaltación sino que es exaltado Él, pues nosotros reconocemos nuestra disminución y nuestra incapacidad. Hay personas que muestran las mismas obras que deberían mostrar los cristianos, pero cuando tú buscas la razón por la cual lo hizo, no era la razón correcta. Y hagamos todas las cosas, todo lo que hagáis, hacedlo de corazón.
«Oye, ¿lo hiciste de corazón?» No, yo lo hice mecánicamente. No vale. «Yo obedecí el mandamiento.» ¿Pero lo obedeciste con un corazón para Dios? No, no lo obedecí así. Entonces no vale. Yo sé, hermano, que estas cosas tienden a ser áridas, pero aquí está tu gozo. Hasta que tú no entiendas cuál era tu verdadera condición, tú no vas a entender qué grande es tu Salvador. Tú probablemente has hecho todo lo que hay que hacer. Hay personas que oran, hay personas que leen la Biblia, hay personas que viven en integridad, pero no lo hacen por la razón correcta. Lo que no procede de fe es pecado. Otros dicen: yo objetivamente no pequé. Se peca por comisión y también por omisión. Hay gente que circunscribe y dice: mira, estos son los cinco que hay que vivir. ¿Y qué vas a hacer con el resto? Era necesario hacer eso, sin dejar de hacer lo otro.
No es que quiero traer mala conciencia; lo que quiero traer es gozo. Esa es la tarea del diablo, traer culpabilidad al creyente. Yo no quiero traer a tu corazón, a tu mente, culpabilidad. Yo lo que quiero traer a tu mente es la satisfacción de que tú tienes un gran salvador en Jesucristo, que te has reconciliado con Dios. «Y vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado.» El primer término de nuestra salvación es que nosotros firmamos y aceptamos cuál era la realidad de nuestra condición anterior. Y la realidad de nuestra condición anterior era: alejados, enemigos y malvados. Y ya que estábamos alejados, ya que éramos enemigos y que éramos malvados, entonces necesitábamos ser reconciliados por Cristo.
Segundo término: la necesidad del sacrificio
¿Usted está dispuesto a firmar eso? «Bueno, yo sé que perdí la batalla, pero yo no quiero firmar eso.» Tú todavía tienes rebeldía. Si tú te consideras un cristiano y todavía tratas de poner cualquiera de esas cosas en duda, en cuestionamiento, tú no te has entregado. Uno se da cuenta de que nació de nuevo cuando uno puede negarse a uno mismo. Y negarse a uno mismo es un profundo reconocimiento de que realmente no hay justicia; es un profundo reconocimiento de que realmente no hay cercanía; un profundo reconocimiento de que realmente hay maldad y llaga podrida, como dice la Escritura.
Ok, ya lo acepto, lo firmo. Hablemos un poco más. Dice el versículo 22. No solamente dice que nos ha reconciliado, sino «en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentarnos santos y sin mancha e irreprensibles delante de él». Espérate, ya eso es otra cosa. Hay cantidad de gente que realmente ha sido salva, pero todavía no entiende que el sacrificio de Cristo era necesario.
Le muestro hoy a pecadores perdonados que realmente nuestra salvación no es solamente una salvación administrativa; que nuestra salvación fue una salvación costosa, y que un creyente no solamente entiende que sus pecados han sido perdonados, sino que reconoce que sus pecados fueron perdonados por el sacrificio de Jesucristo en la cruz del Calvario. Y que el sacrificio de Cristo no es un decorado, que el sacrificio de Cristo no es un atrezo, no es utilería, que el sacrificio de Cristo no es una dramatización, que el sacrificio de Cristo es un asunto real. De hecho, es el único sacrificio posible y agradable a Dios. Por eso destaca Pablo y pone: «en su cuerpo de carne». Hay creyentes que hablan de su salvación solamente en términos poéticos. Tú les preguntas: ¿cómo fuiste salvado? El Señor perdonó mis pecados. Pero ¿cómo los perdonó?
Si estamos diciendo que Él es justo, y que la paga del pecado es muerte, y que el Señor no obviará la falta. Si estamos diciendo que Él es perfecto, si estamos diciendo que Él es consistente, si estamos diciendo que Él no se contradice, ¿cómo es que Él dijo que la paga del pecado era muerte y tú no moriste y fuiste salvado? Hermano, tu salvación no es solamente un asunto poético, no es un drama de la salvación; es un hecho real y ocurrió en un punto geográfico, en un momento puntual de la historia. En la cruz del Calvario algo se hizo a favor tuyo. Y de eso que se hizo a favor tuyo, al día de hoy probablemente tú eres consciente. Pero alguien pagó aquel pecado por el cual tú deberías morir.
Cristo no adulteró los registros. «Mira, el estudiante no aprobó, pero yo lo voy a aprobar.» Eso no es. El estudiante no aprobó, pero alguien aprobó por él. Se llama imputación. Doble imputación. A Cristo le fueron imputados nuestros pecados, y la justicia de Cristo nos fue imputada a nosotros. De forma tal que nuestra salvación no es solamente un asunto de un asiento contable que se hizo. Hablo como los contadores. A veces no hay forma de justificar una transacción, y a ellos les gusta tener una cuenta: ajuste del resultado del ejercicio anterior. ¿Cuál ejercicio? La contabilidad por partida doble: si hay débito, hay crédito; y si hay crédito, hay débito. ¿Contra quién giramos? Se lo sacan de la manga: ponlo contra esa cuenta, ajuste de resultados del ejercicio anterior. Hermano, yo soy pastor, no contador, solamente ilustro.
Lo que te estoy mostrando es que tu salvación no fue un asunto administrativo, no fue un asunto solamente en libros. La justicia que tú no pudiste cumplir, alguien la cumplió por ti. Y esa justicia a ti te fue imputada. Eso es distinto. Faltó algo, aquí está. Se está describiendo aquí para evitar que entendamos que esto es una dramatización, que es un asunto simbólico, que es figurativo. No es figurativo, es real. Por lo cual se describe que fue en su cuerpo de carne. Cristo no estaba aquí haciendo mímicas; Él estaba aquí viviendo la justicia que tú y yo no pudimos vivir.
Cristo no estaba en la cruz haciendo mímica; Él estaba pagando la muerte que todos nosotros merecíamos tener. El justo por los injustos, para que tengamos vida eterna. Un creyente no habla de salvación solamente como asunto administrativo. ¿Mis pecados fueron perdonados? No: mis pecados fueron perdonados en la cruz, en el cuerpo de Cristo. Esto debería alejarnos del pensamiento de que un creyente es una persona que ha sido mejorada, como psicológicamente, emocionalmente. Esto no es refinamiento. A ti se te ha imputado una justicia que tú no pudiste obtener por tus propios medios. En eso hay gloria para Dios, humillación para ti y gozo. Esto debería mostrar la severidad de Dios con el pecado y evitar trivializar la discusión.
El pecado es algo real, la justicia de Dios es algo real. Y es tan real como que el Padre clavó a su Hijo en una cruz. Hablo en este momento a las personas que están esperando la misericordia de la última hora. El que no escatimó ni a su propio Hijo, escuche: si el sacrificio de Cristo es real, nos está mostrando que Dios se toma en serio el pecado. Si el sacrificio de Cristo es real y Él pagó con su cuerpo de carne por nosotros, esto significa que hay un lugar donde hay una justicia que tú puedes encontrar. Ay, hermano, ¿realmente usted cree que una persona va a llegar a la presencia del Señor y va a poder apelar a la misericordia del Señor de última hora, cuando ha obviado olímpicamente cuál es el único medio que ha provisto Dios en Cristo para salvación?
De hecho, esto debería alejar también a los incrédulos. Gálatas 5:11 le llama a esto el escándalo de la cruz. Y es que muchas personas pueden recibir el perdón del pecado, pero no quieren entender que un cuerpo fue clavado a una cruz y que murió en tu lugar; que el pecado tiene consecuencias y tú deberías sentirlo. Después dice: «por medio de la muerte». Cristo realmente experimentó la muerte. Son asuntos, hermanos, quizás un poco técnicos, pero el apóstol Pablo está respondiendo a una herejía que había en la iglesia. Había personas que decían que Cristo realmente no había padecido, que todo era como un asunto simulado, que él no vio la muerte. Y él está mostrando que realmente nosotros fuimos adquiridos a precio de sangre.
Santos, sin mancha e irreprensibles
Después él habla de que el sacrificio de Cristo opera tanto en forma pasiva como en forma activa. Dice él: «para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él». Aquí le muestro a la iglesia que la cruz de Cristo no solamente sirve para nuestra justificación sino también para nuestra santificación. Corrijo aquí el pensamiento que tienen muchos hermanos míos, que piensan que ellos fueron salvados por fe, pero que se santificarán por obras. Interesante que la carga de la acción no recae sobre ti, sino sobre Cristo. Dice aquí que Él está trabajando —Él, no nosotros— para presentarnos santos; que Él está trabajando, no nosotros, para presentarnos sin mancha; y que Él está trabajando, no nosotros, para que seamos irreprensibles.
Aquí siempre hermanos míos levantan la mano y dicen: no, yo tengo que cuidar mi salvación, yo tengo que buscar la santidad. Hermano, si tú no pudiste buscar la primera parte, tampoco vas a poder buscar la segunda. Yo me sentiría realmente desesperado si el Señor me hubiese salvado a mí por fe, pero hubiera entregado la garantía de mi perfeccionamiento a mis obras. Si yo he demostrado consistentemente que no pude hacer la justicia de Dios para mi justificación, ¿usted cree que voy a lograrlo para mi santificación? No quiero transmitir aquel ideal, hermano, de que somos objetos absolutamente pasivos. Lo que quiero mostrarle es que la gloria no es nuestra y el poder tampoco es nuestro.
De hecho, yo acabo de predicar la supremacía de Cristo sobre todas las cosas. Solamente les recuerdo, hermano, estoy en el versículo 17:
Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten; y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia, él que es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que en todo tenga la preeminencia; por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud, y por medio de él reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz.
— Colosenses 1:17-20
Y luego entonces lo conduce y dice: «y vosotros también». Y luego llega hasta donde nos dice que en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentarnos santos y sin mancha e irreprensibles.
Ese mismo que es supremo, ese mismo que es poderoso, ese mismo que es muy grande, es el mismo que está trabajando en tu santificación. Yo sé, hermano, que el Señor quiere que nosotros queramos. Yo sé que Él quiere —y uso el término, hermano, y quizá estoy concediendo mucho— que haya en esto por lo menos algún tipo de cooperativismo. Pero definitivamente el poder está en Él y no en nosotros. Yo puedo hacer la receta con los ingredientes que vienen de la cruz de Cristo. Yo puedo vestirme de una justicia que está en Cristo. Ahora, por favor, hermano, descarta completamente que tú puedas ser justificado por fe y al mismo tiempo que puedas ser perfeccionado a través de las obras.
Él pone en nosotros tanto el querer como el hacer por su buena voluntad. Estoy mostrando que la justicia es suya y al mismo tiempo estoy mostrando que la santidad es suya. Cuando leí este texto recordaba a un hombre que se llamaba Aspenaz, aquel bajo cuyo cuidado pusieron a Daniel y a sus amigos. El rey le dijo: aliméntamelos, cuídamelos y preséntamelos. Y el hombre tenía una ansiedad de que se vieran robustos. Y Daniel le dice: haz conmigo una concesión, déjame comer vegetales. Y él le dice: no, espérate, porque es que a ti te han puesto bajo mi cuidado. Yo sé que tengo que nutrirte, yo sé que tengo que decorarte, yo sé que tengo que formarte, porque tú te vas a presentar delante del rey. Yo, Aspenaz, tengo que rendir cuenta ante el rey por ti.
Vamos, nosotros no estamos caminando a encontrarnos con Dios con nuestro propio diseño, con nuestra propia nutrición, con nuestro propio refinamiento. Él mismo nos está presentando, Él mismo nos está perfeccionando, Él mismo nos está santificando. Tú debes querer vestirte de toda justicia, pero no de la justicia que tú te puedes hacer por tus propios medios; es de la justicia de Cristo. Él no solamente te ha salvado por fe, al mismo tiempo te va a santificar con el poder suyo. Son muchos los creyentes que confían en Cristo para su justificación y en ellos mismos para vivir en santidad. No se logra. Las tres cosas aquí mencionadas tienen como agente a Cristo. Dice: para presentarnos, para presentarnos. Esto me da mucha esperanza. Me cuida de la vanagloria ante Dios y al mismo tiempo me cuida del envanecimiento ante los hombres.
Si yo he logrado algún tipo de avance en los caminos del Señor, no ha sido mi fuerza; ha sido para su gloria y con las fuerzas suyas. Es así mismo la Palabra, Romanos 6:22:
Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.
— Romanos 6:22
Yo te pregunto: ¿tú puedes producir ese fruto en tus propios términos? Si tú podías producir ese fruto por tus propios medios, podías producir la misma justicia por tus propios medios. Pero como no pudiste producir la justicia, tampoco vas a poder producir la santificación. No somos salvos por obras, pero tampoco las obras podemos hacerlas por nuestros propios medios.
Tres cosas. Presentarnos santos. Aquí me evoca a Aspenaz presentando a Daniel y a sus amigos delante del rey: rey, aquí están, están listos. Cristo quiere que tú seas presentado santo y Él hará lo que haga falta por tu santificación. De forma tal que, sin que sea un cliché, hermano, podemos decir el versículo de siempre: que aquel que comenzó en nosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el final, hasta el día de Cristo.
Lo otro, sin mancha. Y cuando me menciona «sin mancha», no puedo evitar recordar a Isaías mirándose en la presencia de un Dios santo:
¡Ay de mí!, porque soy hombre de labios inmundos, y habito en medio de pueblo que tiene labios inmundos.
— Isaías 6:5
¿Y saben lo que hizo el ángel? Que tomó un carbón encendido del altar y se lo puso sobre sus labios. No fue que le dijeron a Isaías: Isaías, te vamos a dar tres meses para que dejes de hablar mala palabra; nos vemos en invierno, ya tú tienes que ir de santo, ¿verdad? Ve y resuelve. Y habla con tu pueblo, a ver si esa gente también deja de decir mala palabra. Si eran eso los labios inmundos, hermano; quizás eran cosas mucho más complejas. No, hermano, lo que hizo el Señor con Isaías para resolver el problema es que el Señor mismo tomó un carbón del altar, lo tocó en los labios y purificó sus labios.
Tú debes anhelar que el Señor tome el carbón encendido y lo ponga sobre tu pecado. Hermano, tú debes anhelar, en vez de que el Señor te dedique razonamientos, consejería, la ruta crítica, tú deberías anhelar ahí: Señor, toma un carbón encendido de tu altar y produce en mi corazón lo que mis propias fuerzas jamás han podido producir. Señor, permíteme tener una victoria definitiva sobre ese pecado; permite, Señor, que cuando tenga victoria sobre ese pecado, solamente haya espacio en mi corazón para la gloria tuya y no para mi vanagloria. Isaías no va a decir que él dejó de hablar mala palabra. Isaías no va a decir que él se envolvió en un proceso de refinamiento, de perfeccionamiento.
Isaías dirá: el Señor tomó un carbón encendido y lo puso sobre mis labios. Lidia así con tu pecado. No lidies con tu pecado como si fueran categorías psicológicas. No lidies con tu pecado como si fueran niveles de elevamiento moral. No, no lidies con tu pecado como que son niveles de perfeccionamiento que están a tu alcance. Lidia con tu pecado como que el Señor está trabajando para presentarte santo, sin mancha e irreprensible delante de Él. No yo, no en mis fuerzas. El mismo que adquirió mi justificación es el mismo que está adquiriendo mi santificación. Hermano, me gozo en que el Señor nos permita participar de esto, quererlo, anhelarlo, caminar en ese camino, pero al mismo tiempo me gozo en que nosotros no tengamos que hacerlo en nuestras propias fuerzas. Y me alegro en que no hay espacio para nuestra vanagloria. No a nosotros, no a nosotros, sino a tu nombre da gloria.
He estado mostrando, hermano, que los términos de nuestra salvación: el primero, tenemos que aceptar nuestra verdadera realidad; y el segundo término es reconocer nuestra necesidad de un sacrificio. Y un sacrificio que produce en nosotros presentarnos santos, sin mancha, y también irreprensibles. Esa es una palabra, hermano, que usted debe subrayarla: irreprensible. Usted quiere llegar a la presencia del Señor siendo irreprensible. Ay, hermano, tú no eres irreprensible —solamente clarifico— porque no seas falaz, ni porque tengas en este momento una vida perfecta. Tú eres irreprensible porque se te ha imputado una justicia que no es tuya. De forma tal que dice Romanos 8: ¿quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. Escuche el término: ¿quién acusará a los escogidos de Dios?
Ya yo no vivo en listas, hermano. Vivir en listas era como yo vivía en mi adolescencia, que yo vivía buscando los pequeños pecados y haciendo una oración cada tres minutos para que el Señor perdonara ese nuevo pecado. Yo vivo mirando la cruz. Y yo quiero apartarme del pecado, hermano, pues ya el pecado a mí no me define. El Señor está trabajando conmigo como estaban trabajando con Daniel y sus amigos para presentarme santo, sin mancha, irreprensible. El pecado ya no debe definirme. Pero al mismo tiempo yo sé que esos recursos no están en mí, que están en Él, en la cruz de Cristo. Al ver la determinación del Padre al sacrificar al Hijo en la cruz para lograr nuestra reconciliación, yo tengo la confianza de que tendrá el mismo compromiso para nuestra perseverancia. Romanos 8:32:
El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?
— Romanos 8:32
Y mis hermanos ven «todas las cosas» y me dicen: pastor, ¿y cuáles son? Son todas las cosas. Ah, claro: los viajes, los carros, la ropa, el apartamento, la segunda casa. Ay, hermano, esas no son las otras cosas. ¡Qué desperdicio! Hablar del sacrificio de Cristo en una cruz y del compromiso del Padre al clavar a Cristo en una cruz, para entender que las otras cosas son un negocio que tú estás por cerrar. «Hermanos, fulano está por cerrar el negocio, vamos a orar al Señor, porque el que no escatimó ni a su propio Hijo, ¿cómo no nos dará también el Señor, en Cristo, ese negocio? Tú vas a ver que se aprueba.» Ay, hermano, no.
¿Qué son las otras cosas? Un ascenso. «Sí, yo ya apliqué, estoy aplicando ahora para ser gerente. Entonces, yo sé que el que no escatimó ni a su propio Hijo, ¿cómo no nos dará también el Señor todas las cosas? La gerencia.» Ay, hermano, por favor, no entienda así. Ya usted está comiendo carne de verdad, no salga con chucherías. El mismo texto dice cuáles son todas las cosas, del mismo capítulo, del 29 al 31. Las otras cosas son estas:
Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo.
— Romanos 8:29
Esas son las otras cosas. Aquello con lo cual el Padre está comprometido no es que tú cambies el carro en este año, sino que seamos hechos conformes a la imagen de su Hijo. Lo que está diciendo Pablo es: pero si Él clavó a su Hijo en una cruz para salvarte, ¿cómo no va a utilizar ese mismo poder para santificarte? Para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos.
Hermanos:
Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó. ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?
— Romanos 8:30-31
Esas son las otras cosas. Las otras cosas son la santidad, las otras cosas son el perfeccionamiento, las otras cosas son la vida victoriosa. De forma tal que cuando el pecado está amenazando, que te está respirando en la nuca y te dice que tú vas a volver a ser esclavo del pecado, recuerda Gálatas 3:
¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó para no obedecer a la verdad, a vosotros ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado? Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe? ¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu, ahora vais a acabar por la carne?
— Gálatas 3:1-3
¿Cuál era el problema de los gálatas? Que ellos habían sido salvos por fe, pero querían lograr su santificación por sus propios medios. Toda la gloria de nuestra salvación será dada a Él.
Tercer término: permanecer fundados y firmes
He mostrado, hermanos, dos términos. El primer término de tu salvación, las capitulaciones: firme aquí, usted perdió la batalla. Mi hombre natural perdió la batalla, pero a veces él se incorpora y él quiere volver a reinar. Adentro de todo hombre hay un pequeño trono en su corazón y un rey que es él mismo. Y el viejo hombre quiere de nuevo dominar, el viejo hombre quiere entronarse y decirte: el Señor me salvó, pero yo también puse de mi parte. Él me salvó, pero yo puse de mi parte. ¿Qué pusiste tú? ¿Qué pusiste tú?
Supe de un empresario que involucró en un negocio a un amigo suyo. Él no tenía capital, pero él disfrutaba del compañerismo de su compadre e involucró al compadre en el negocio. Oh, pero el compadre se envaneció. Y hubo que decirle: tranquilo, espérate, que la única razón por la cual tú estás aquí es porque te trajeron. No haga fuerza, no intente ahora sacar pecho, mostrar que usted es mejor que nadie. Usted es salvo por fe y usted está siendo santificado también por la fe. Toda la gloria será dada a su nombre. Y como yo sé que todo esto es verdad: gran parte de la cristiandad está envanecida, pero también gran parte de la cristiandad está engañada.
Dice el 23: «Si en verdad permanecéis fundados y firmes en la fe, y sin moveros de la esperanza del evangelio que habéis oído.» Mire aquí, hermano. Usted no será salvo porque usted haga pechadas, marineros, sentadillas, muchas obras. Usted será salvo si en verdad permanece fundamentado y firme en la fe y sin moverse de la esperanza. Mis hermanos quieren hacer obras; el Señor quiere que usted se mantenga firme en convicciones. Cuando usted llegue a la presencia del Señor, usted no debe decirle: «Señor, yo te serví por 30 años»; «Señor, yo vencí ese pecado»; «Señor, yo soy acepto porque yo realmente tuve victoria». Eso no es mérito. Si en verdad, si en verdad… Te santificas, hermano querido, pero la santificación no es un requisito para tu salvación.
Lo que es un requisito para tu salvación es permanecer fundado y firme en la fe y sin moverte de la esperanza del evangelio. «Pastor, entonces no hacen falta las obras.» Te estoy diciendo que son la consecuencia, te estoy diciendo que son el fruto, te estoy diciendo que son el destino. Ahora, no confundamos los medios con los fines. El Señor te salvó. Nosotros no somos salvos porque permanecemos; permanecemos porque hemos sido salvados. ¿Ven la diferencia? La ecuación no es que como tú has permanecido te ganaste la salvación, no. La ecuación es que como tú fuiste ganado en la cruz del Calvario, tú vas a permanecer. El detalle está en que hay cantidad de profesiones de fe irreales, superficiales, fingidas, que la gente confunde con fe genuina.
Y cuando esa fe manifiesta que no era real, entonces entendemos que la persona no logró conservar su salvación. Aquí no te está diciendo que vas a conservar tu salvación apartándote del pecado. Aquí te estamos diciendo, versículo 22, que en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, Él nos presentará santos, sin mancha e irreprensibles. Y que lo que nosotros tenemos que hacer es permanecer fundados y firmes en la fe y sin movernos de la esperanza. Tu fuerza no está en la obra, está en la esperanza. No hagas fuerza en la obra, haz fuerza en la fe. La meta de un creyente es mantener su fe firme. La meta del creyente es mantener viva la esperanza. El texto infiere que algunos podrían estar engañados, creyendo que son salvos sin realmente serlo.
Él les dice: «si en verdad permanecéis fundamentados». Hay cantidad de gente, hermano, que dice que nació de nuevo y no nació de nuevo. «Ah, esas son doctrinas que ustedes tienen…» Ay, hermano, es la Palabra; lucha con la Palabra.
Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros.
— 1 Juan 2:19
«No, eso no, eso no, yo no creo eso.» Es que el problema no soy yo que lo digo, lo dice el Señor. La perseverancia de los santos es una doctrina central en las Escrituras. No son predicadores de los mil setecientos que se lo inventaron. Yo le pregunto a usted: ¿usted cree que Israel eligió a Dios? ¿Israel salió a buscar a Dios? Dios buscó a Israel. Yo le pregunto: ¿usted cree que Adán buscó a Dios cuando pecó?
No fue que Adán salió por el huerto a gritar: Dios, ¿dónde estás tú? Fue Dios que fue al huerto, precisamente donde estaba Adán, y le dijo: Adán, ¿dónde estás tú? «Aquí estoy escondido porque tuve miedo», dijo él. ¿La criatura buscó al Creador o el Creador buscó a la criatura? Es la doctrina de la elección, con la cual luchan los pecadores, porque todo el mundo quiere ganar los juegos olímpicos o los paraolímpicos. No hay justo, ni aun uno. Y si tú has sido salvo y estás siendo santificado, por favor, no te envanezcas. Humíllate. Grande es Dios para salvarte, grande es Dios para santificarte y grande es Dios para preservarte hasta el final. No te creas mejor que los tuyos.
De hecho, si tú realmente entiendes tu salvación, tú deberías amar más profundamente a tus familiares que no han creído. Yo bromeo, hermano, se lo digo en serio y también en verdad: a mis familiares que no han venido en arrepentimiento y fe a Cristo, yo les voy a amar ahora mismo porque es la única ocasión que tengo. Y yo les digo: te voy a dar el cariño que te puedo dar ahora, porque yo me estoy preparando a largo plazo y tu vida es muy corta. Pero yo no soy mejor que tú; he sido salvo por gracia, la misericordia del Señor me alcanzó. Y usted le dice a Israel: Israel, siéntate en una piedra y comienza a llorar por Canaán, porque ellos fueron destruidos y tú fuiste salvado. No; ellos merecían su destrucción y tú no la merecías.
No hay en el texto nada que infiera que nuestra permanencia nos salva. Lo que infiere el texto es que nuestra permanencia confirma nuestra salvación. Pensar así es muy común: es una forma de salvación por obras, es como una salvación potencial. Es como que Cristo, es verdad, te dio la capacidad de competir, pero vamos a ver si llegas hasta el final. Oye, qué fuerte es eso, hermano: que a ti te pusieron en la carrera, pero que ahora tú tienes que terminar la carrera por tus propios medios, y si la ganas, entonces eres salvo. Ay, no, hermano, esa no es la carrera que yo quiero correr.
Yo quiero correr la carrera que me dice que por fe yo estoy sentado con Cristo en los lugares celestiales. Y que ya esto pasó. Que de aquí a poco estamos en su presencia. «No, yo todavía no sé.» Cada día que yo paso en el Señor, yo confirmo más que yo realmente he sido salvo, y tengo más confianza en mi salvación. Yo veo que el Señor está trabajando en mí. Si del versículo 21 hasta el 22 se especifica que nosotros fuimos reconciliados cuando estábamos alejados, enemigos y en malas obras, ¿usted cree que lo de adelante va a ser por nosotros mismos? Romanos 5, del 6 al 10. Dice el 6:
Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos.
— Romanos 5:6
Escuche, no está diciendo que Cristo murió por los fuertecitos.
Cuando éramos débiles, a su tiempo, Él murió. ¿Por los justos? No, Él murió por los impíos, para justificarles. ¿Entienden la ecuación del evangelio? Romanos 9, del 11 al 13, él ilustra con Jacob y Esaú. Y dice la gente: ¿y por qué el Señor seleccionó a Jacob? Algunos dicen: no, lo que pasa es que el Señor tiene un preconocimiento de todas las cosas, y él sabía que Jacob iba a terminar obteniendo la primogenitura y que Esaú iba a manifestar que no amaba a Dios, y como el Señor conoce todas las cosas… No es lo que dice Romanos 9 en el versículo 11 de Jacob y Esaú. Dice que aún no habían nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, cuando uno de ellos fue elegido por el Señor. Lo que te estoy clarificando con esto es que la permanencia no es lo que salva. Somos salvos por la elección, y la permanencia confirma que realmente hemos sido salvos.
«Ay, pastor, yo quiero sentir la seguridad de mi salvación.» Permanece fundado y firme en la fe y no te muevas de la esperanza. Permanecer tiene dos implicaciones. Estar fundado y firme en la fe: no perder tus distintivos. Cuando un creyente pierde sus distintivos, duda de su salvación. No los pierdas. El otro: no te muevas de la esperanza del evangelio, no busques otro salvador. Tú confirmas tu salvación cuando Cristo brilla en toda su gloria, en todo su esplendor. Entonces, Él es mi salvador. El dinero no salva. Pero si tú dices que fuiste salvo en Cristo Jesús, y que en Cristo Jesús fuiste reconciliado, y todavía estás tratando de aumentar tu patrimonio para sentirte más acepto delante de los hombres o delante de cualquiera, estás reduciendo la esperanza de tu salvación.
El reconocimiento no salva. Pero si tú todavía andas buscando el aplauso de los hombres y no andas buscando la aprobación de Cristo, estás buscando otro salvador y estás perdiendo la esperanza del evangelio. Evita ser definido por cualquier otra cosa. En todas estas cosas, hermano, he querido resumir que la salvación es del Señor, no de nosotros.
Aquí hay gente que necesita escuchar el evangelio. Dice: «la esperanza del evangelio que habéis oído». Ay, hermano, el evangelio es esperanza, no es aflicción. El evangelio es descanso. «La esperanza del evangelio que habéis oído.» Y después dice: «el cual se predica en toda la creación que está debajo del cielo». ¡Wow! Por todas partes. «Del cual yo, Pablo, fui hecho ministro.»
Hay gente que necesita escuchar el evangelio. ¿Cómo se ve aquí el evangelio? El evangelio es la buena noticia de que nosotros, que en otro tiempo éramos extraños y enemigos de Dios en nuestra mente y andábamos en malas obras, ahora hemos sido reconciliados. El evangelio es la buena noticia de la reconciliación, pero al mismo tiempo el evangelio es la noticia de que la reconciliación tuvo un precio, y fue alto: el sacrificio de Cristo en la cruz del Calvario. Y el evangelio es la buena noticia de que nosotros no perseveramos por nuestros propios medios; que el que comenzó en nosotros la buena obra, la irá perfeccionando hasta el final. Esa es la esperanza que tú necesitas escuchar. Que tú no vas a poder salvarte por tus propios medios, ni hacerte acepto por tus propios medios, sino que vas a tener que confiar en la justicia de Cristo y en la provisión que se ha hecho en Cristo.
Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
— 1 Juan 1:9