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Mensaje

El rey que oyó las Palabras de la Ley

2 Crónicas 34:1-33

Es posible dirigir una nación, una familia o una iglesia sin tener presente la ley de Dios y hasta lograr algunas cosas buenas. Pero solamente escuchando la ley de Dios se puede emprender una reforma espiritual que cambie el corazón del pueblo.

Transcripción automática

Es la historia del rey Josías y veremos aquí el rey que oyó las palabras de la ley. El viernes pasado estuvimos celebrando el día nacional de la Biblia. Tenemos el privilegio de ser una nación que tenga un día nacional de la Biblia, y desde esta porción de la Escritura quisiera mostrarle a la iglesia lo que la Palabra de Dios puede hacer en una nación.

De ocho años era Josías cuando comenzó a reinar, y treinta y un años reinó en Jerusalén. Este hizo lo recto ante los ojos de Jehová, y anduvo en los caminos de David su padre, sin apartarse a la derecha ni a la izquierda. A los ocho años de su reinado, siendo aún muchacho, comenzó a buscar al Dios de David su padre; y a los doce años comenzó a limpiar a Judá y a Jerusalén de los lugares altos, imágenes de Asera, esculturas e imágenes fundidas.

— 2 Crónicas 34:1-3

Una nación sin la ley de Dios

Es una porción singular del Antiguo Testamento, donde vemos una temporada relativamente oscura en la historia de Israel, donde la nación completa se manejaba sin tomar en cuenta la Palabra de Dios. Lo más relevante de este texto es que de manera fortuita, y sabemos que providencial, alguien tropezó en la casa de Jehová con el libro de la ley. Y vaya que fue una gran sorpresa para ellos. Durante generaciones el pueblo de Israel no había escuchado con sus oídos la ley de Dios.

Vemos aquí que es posible dirigir una nación completa sin tener presente la ley de Dios y hasta lograr algunas cosas buenas y agradables a Dios. Pero solamente escuchando la ley de Dios se puede emprender una reforma espiritual que cambie el corazón del pueblo. Josías fue uno de los llamados «reyes buenos» de la nación de Israel. Desde el comienzo de su reinado hizo lo recto ante los ojos del Señor siguiendo el ejemplo de David su padre. Sin tener acceso a la ley de Dios, este hombre comenzó a limpiar Israel de la idolatría. Sin tener acceso a la ley de Dios, comenzó a reparar el templo. Era un hombre que tenía un corazón para Dios, pero no tenía la Palabra de Dios. Concedo que hay personas que no leen la Biblia y aun así, providencialmente, pueden emprender algunos proyectos que son agradables a Dios. Pero cuando una persona llega a tener la Sagrada Escritura, hay algo más allá que el interés común: hay un avivamiento espiritual, hay fibra espiritual, hay una conciencia de que el Dios del pueblo ha estado hablando.

Quisiera que un padre de familia leyera la Biblia y que leyendo la Biblia se dé cuenta de que hay alguien más grande en esa casa que él mismo. Había un rey parecido a Josías, pero diferente, que se llamaba Joás. Joás tenía un sumo sacerdote, Joiada, que le instruyó la ley de Dios, y mientras vivió Joiada, Joás hizo lo correcto. Pero cuando falleció Joiada, Joás perdió su referente. Muchos de ustedes tienen quizás más cultura cristiana que conocimiento objetivo de la ley de Dios. Y las cosas correctas que hacen probablemente las hacen porque han visto que otra persona también las hizo.

Quisiera mostrarles que hay un privilegio de conocer directa y objetivamente la ley de Dios, y aún algo mucho más profundo: conocer la voz del Dios de la ley. Cuando actúas así, ya no tienes un referente de segunda mano, ya no tienes formación cristiana, sino una relación personal con el Dios del libro. Probablemente tu abuelito te dijo que existe algo que se llama las Sagradas Escrituras. Probablemente te dijeron que existe un lugar que se llama iglesia. Y probablemente te mostraron las nubes y te dijeron que allá arriba hay un Dios. Si ese es el conocimiento que tienes de la voluntad de Dios, tienes un asunto general que es bueno, pero estás al nivel que estaba Josías antes de tropezar con la ley.

El libro, no solamente el púlpito

La predicación dominical es un privilegio. En nuestra ciudad es muy común que existan púlpitos, y grandes expositores bíblicos el Señor ha permitido que coincidan en una sola generación. Pero quiero mostrarle al pueblo evangélico que necesitamos más que grandes maestros, más que altos púlpitos. Necesitamos que tú mismo tengas una relación personal con el Dios del libro. Si tu relación con la Palabra del Señor descansa solamente en lo que se te predica el domingo, tienes un asunto muy limitado y estás viviendo como vivía Josías. Sospecho que en muchas iglesias que nos llamamos bíblicas, la enseñanza descansa sobre todo en el púlpito, pero no necesariamente el pueblo mismo tiene pasión por conocer, consumir y permanecer en las Sagradas Escrituras.

Se leen más libros sobre la Palabra que la Palabra misma. ¿Qué estás leyendo en estos días? MacArthur, Piper, Sproul. No es de eso que estamos hablando. Pero Keller, Sproul, Piper, Jonathan Edwards, comieron de primera mano. La meta no es leer grandes libros; la meta es leer el libro. Y cuando permaneces en ese libro, tienes una relación personal con aquel que conocieron los grandes autores que para ti son referentes. Un fundamento no es «porque me mostraron que eso es bueno.» Un fundamento es porque Dios lo dice. ¿Qué hizo Josías antes de tener el libro? Comenzó a buscar el rostro de Dios, quitó físicamente la idolatría y reparó el templo. Muchas cosas estás haciendo tú también sin conocer la ley de Dios.

La ley fue hallada de manera imprevista

Todas estas personas —el rey, el sacerdote, los levitas, los escribas— eran instituciones que la ley había establecido, pero ninguna de ellas hacía sus oficios con un fundamento. Lo hacían por referencia cultural. «¿Por qué tú como cristiano te comportas así?» «Porque mi pastor me enseñó que tengo que vivir así.» Eso no es un fundamento. Necesitas algo más que tu pastor, más que tu abuelita, más que tus amigos cristianos. Necesitas el fundamento de las Escrituras.

Dice el versículo 18: «Leyó Safán delante del rey. Luego que el rey oyó las palabras de la ley, rasgó sus vestidos.» Hay gente que tiene una relación con Dios por imitación, hay gente que tiene cultura general cristiana, que necesita encontrarse con el Dios de la ley. Una cosa es aprender por imitación, una cosa es lo que te dijeron en la escuelita bíblica, una cosa es la predicación del domingo. Y otra cosa es cuando Dios te habla a ti a través de su Palabra.

Yo fui instruido en los caminos del Señor desde muy joven. Fue una temporada de mi vida donde leí la Palabra del Señor y fue real para mí. Ya no tenía lo que mi maestra de escuela bíblica me había enseñado, ni lo que mi pastor predicaba el domingo. Tenía ahora algo nuevo, singular y diferente: había sentido por primera vez en mi vida a Dios hablando a mi corazón a través de su Palabra. Ya no eran datos anecdóticos, ni personajes, ni historias, ni narrativas. Era Dios hablando a su siervo a través de su Palabra. Eso cambió mi perspectiva y cambió mi relación con Dios.

Luego que el rey oyó las palabras de la ley

Las tres instituciones operaban al margen —el rey, el sacerdote y el escriba— pero los tres eran las personas que necesitaban tomarse en serio la ley de Dios. Asimismo es posible gestionar toda una iglesia local sin tener un fundamento. ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Por qué la liturgia? ¿Por qué el orden? ¿Por qué enseñamos como enseñamos? Existe algo que se llama principio regulador de la adoración: Dios ha establecido la manera en que espera que su pueblo le adore.

¿Qué vamos a enseñar? Si aquí podemos enseñar lo mismo que se podría leer en cualquier libro secular, perdimos el rumbo. Son muchos los púlpitos donde se comparte más positivismo, psicología y consejo de negocios que exposición de la Palabra del Señor. Todo cambia cuando encuentras el libro: cuando encuentras la ley de Dios, dejas de adorar como adorabas y comienzas a adorar según el libro. En tiempos de Josías no hubo un esfuerzo intencional para sacar la ley de Dios. Basta con dejarla de usar. Y en la iglesia contemporánea nadie anda buscando las Biblias para quemarlas. Si salimos a buscar en este momento la Biblia de los creyentes, quizá el creyente dice: «Yo sé que tengo una, pero no sé dónde está.» No hay que hacer un esfuerzo intencional para sacar la Biblia de la sociedad. Basta con quitarle la prioridad.

Yo tengo al día de hoy un deseo renovado por el libro físico. ¿Saben por qué? Porque con el libro físico va el que se tropieza. Mis hijos no se van a tropezar con lo que yo tengo en el Kindle. Lo que van a encontrar son los libros que están en mi mesita de noche, en mi escritorio, en el librero, los libros que están rodando por la casa. Tenga alguna Biblia física por ahí, porque quizá alguien tropieza con ella. Y al tropezarse con ella, la lee, y al leerla, Dios habla a su corazón.

La Escritura que se levanta

Luego que el rey oyó las palabras de la ley, rasgó sus vestidos. Rasgar el vestido era una manera de manifestar simbólicamente contrición, arrepentimiento. El rey está diciendo: me siento mal. Frecuentemente, cuando te tomas la Palabra en serio y lees la Biblia, una de las cosas que sientes es un sentimiento de culpa, de vergüenza, de sentirte inapropiado ante el Dios que te dio la Palabra. Es interesante cómo la Palabra del Señor en el corazón de un hombre habla de un modo, y a otra gente le resulta indiferente.

Leí esta semana la biografía de R. C. Sproul. Dice que él era un cristiano que creció en la iglesia presbiteriana. Al ir a la universidad, alguien le llamó a un estudio bíblico. Estaban estudiando Eclesiastés. El versículo con el cual el Señor convirtió su corazón fue la parte B de Eclesiastés 11:3: «Si el árbol cayere al sur o al norte, en el lugar que el árbol cayere, allí quedará.» Sproul sintió que él era como ese árbol, seco, cortado, pudriéndose. Fue a su cuarto y en oración entregó su vida a Cristo. Su amigo también estaba en el estudio, pero al otro día no le interesaba el tema. Es interesante cómo dos personas son expuestas a la Escritura y uno tiene contrición y el otro sigue de manera indiferente. El Señor te conceda no solamente leer la Biblia, sino que Él te lea a ti a través de la Palabra.

Grande es la ira de Jehová

Cuando regalo una Biblia últimamente estoy regalándote un problema. Porque si alguien realmente lee el libro, desolador. Lo más común de la Escritura es, primero, que el Dios que se ha revelado es un Dios realmente santo; y segundo, que no hay justo ni aun uno. La Escritura sin el evangelio no es un libro positivo. Es un libro que te muestra la depravación del hombre por un lado, la santidad de Dios por el otro, y el evangelio en el centro.

Si te tomas en serio la Palabra del Señor, lo que vas a encontrar es que «grande es la ira de Jehová que ha caído sobre nosotros, por cuanto nuestros padres no guardaron la palabra de Jehová.» El estado del hombre sin Dios y sin el evangelio es condenación. En todos los libros de la Escritura el Señor se ha encargado de recordarte que el estado normal del hombre es condenación y que la única esperanza está en Cristo. El Señor primero te desespera y te muestra cuál es tu verdadera condición. Y después Cristo emerge, y cuando Cristo emerge, entonces mi alma descansa. Josías reconoció el peligro: no basta con venir de una familia cristiana, no basta con decir nominalmente que soy cristiano. Hay que vivir de acuerdo a Dios.

Consultad a Jehová por mí

Si Josías, que desde los ocho años estaba haciendo la voluntad de Dios, limpiando Israel y reparando el templo, se sintió así al leer la ley, ¿quién soy yo para sentirme correcto ante la presencia de Dios? Mostró humildad y mandó a consultar a Jehová. Qué hermoso es cuando una persona lee el libro y sale a preguntar, desesperada porque dice que no hay justo ni aun uno, que todos se descarriaron, que la paga del pecado es muerte. Pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Interesante que cuando mandó a consultar, Dios le habló a través de la profetisa Hulda. Pero el Señor pudo haberle mandado a Hulda desde el primer momento. ¿Por qué no lo hizo? Porque si le mandaba primero a Hulda, iba a cambiar la religión de David su padre por la religión de Hulda. Y siempre iba a estar comiendo de segunda mano. Cada vez que Dios habla, Dios es consistente con toda la Escritura. Hulda no le dijo algo distinto a lo que decía la ley. Pero hay gente que no quiere la ley sino que quiere a Hulda: «Dime tú.» El Señor quería que el rey entendiera que había que comer directamente de la Palabra. Y después de la Palabra, Hulda confirmó lo que Dios había dicho.

Dice la profetisa de parte de Jehová: «Por cuanto oíste las palabras de este libro, y tu corazón se conmovió, y te humillaste delante de Dios al oír sus palabras, y rasgaste tus vestidos y lloraste en mi presencia, yo también te he oído, dice Jehová.» ¡Qué descanso! Dios ve nuestra humillación, Él ve nuestra vestidura rasgada espiritualmente hablando.

Leyó a oídos de ellos toda la Palabra

En la historia de los avivamientos no ha habido avivamiento alguno donde no haya un profundo entendimiento de la santidad de Dios y un tomarse en serio las Escrituras. La gente anda buscando un avivamiento como cosas que están en el aire, como sentir cosas, movimientos. Un avivamiento es una profunda conciencia de la santidad de Dios y tomarte en serio lo que dice su Palabra.

El rey ya estaba a salvo. El Señor vio su corazón y recibió su arrepentimiento. Pero Josías dice: ¿y qué hago con mi pueblo? Entonces el rey reunió a todos los ancianos, subió a la casa de Jehová con todos los varones de Judá, los sacerdotes, los levitas y todo el pueblo, «desde el mayor hasta el más pequeño, y leyó a oídos de ellos todas las palabras del libro del pacto.» ¿Por qué predicamos la Palabra? No porque somos cristianos y hay que predicar. Es una labor espiritual. Queremos exponer a todo el pueblo a la Palabra de Dios, porque quizás exponiéndoles sientan lo mismo que sentimos algunos de nosotros.

Yo no puedo darte mi fe ni mi salvación. Josías no le podía dar su fe al pueblo, pero podía darle la ley al pueblo. Se aseguró de que el pueblo completo escuchara la Escritura para que alguien sintiera lo mismo que él había sentido y tuviera la misma misericordia que él había tenido de Dios. Yo no predico la Palabra porque tenga que predicarla. Predico la Palabra esperando que esto salte en el corazón de alguien. Lo que recuerdo es que eran los días del gobierno de Balaguer, donde la luz se iba mucho, y yo leía la Biblia con lámpara. Y cuando leía, sentía que como que se levantaba algo. Desde entonces he querido dedicar mi vida a enseñar la Escritura, esperando que se levante ante alguien más.

Un pacto de vivir de acuerdo al libro

Dice el versículo 31: «Estando el rey en pie en su sitio, hizo delante de Jehová pacto de caminar en pos de Jehová y de guardar sus mandamientos con todo su corazón y con toda su alma, poniendo por obra las palabras del pacto que estaban escritas en aquel libro.» Usted puede ser un creyente que no ha tomado esa decisión todavía. Llega un momento en que no solamente eres salvo, sino que haces pacto con el Señor de vivir de acuerdo a ese libro. Después obligó a Israel a vivir conforme al pacto.

Hay tres instituciones donde eso puede ocurrir: una teocracia como Israel, una familia donde hay una cabeza, o una iglesia local. Lo que anteriormente Josías intentó hacer manualmente, mecánicamente, ahora lo pudo hacer espiritualmente. Tú puedes quitar físicamente los ídolos, pero no puedes quitar al ídolo del corazón. Una reforma espiritual es más que quitar mecánicamente el pecado. El único que puede quitar espiritualmente el pecado es Cristo. Dice el versículo 33: «Quitó Josías todas las abominaciones de toda la tierra de los hijos de Israel e hizo que todos los que se hallaban en Israel sirviesen a Jehová su Dios.» No se apartaron de en pos de Jehová todo el tiempo que él vivió.

¿Cómo se ve aquí el evangelio? Yo leo la historia de Josías y digo: quisiera vivir en un reino así. ¿Quién no quisiera vivir con un rey como Josías? En Cristo hay un rey mejor que Josías. Cristo vivió una vida perfecta. Cristo no tuvo que tropezar con la ley, sino que fue el autor de la ley. Y tiene algo mucho más poderoso que su ejemplo o la fuerza para hacer que vivamos de acuerdo a ella: se llama nuevo nacimiento. La iglesia es un nuevo pueblo. Cristo «nos ha librado de la potestad de las tinieblas y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre y el perdón de pecados.» Oro para que permanezcan en la Palabra, y para aquellos que solamente ven letra, que el Señor permita que vean detrás de la letra al Dios que nos dio la Palabra.