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Mensaje

Un alma en paz

Salmo 131

Un salmo corto de leer pero largo de aprender. David describe tres cosas a las que renunció voluntariamente —la vanidad, la altivez y la ambición desmedida—, el efecto que esto produjo en su alma, y concluye con un llamado comunitario a la esperanza. Esta es la canción de un hombre que, con la ayuda de su Dios, alcanzó la paz.

Transcripción automática

Salmo 131 es el salmo de un hombre cuya alma está en paz. Es un salmo corto, tres versículos de la Escritura, y describe el estado del alma de un hombre que con la provisión del Señor y la esperanza ha alcanzado la paz. En medio del ajetreo de la vida, en medio de nuestros dilemas, en medio de nuestras circunstancias, es refrescante cuando te introducen a una persona que con el favor del Señor, su alma llegó a tener paz.

Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; ni anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí. En verdad que me he comportado y he acallado mi alma; como un niño destetado de su madre, como un niño destetado está mi alma. Espera, oh Israel, en Jehová, desde ahora y para siempre.

— Salmo 131

Tres renuncias voluntarias

Este salmo es corto en palabras, pero extenso en el conjunto de emociones y circunstancias que puede expresar. Sabemos que es un salmo de David, uno de los personajes bíblicos más extensamente documentados. Sin embargo, en este salmo, el salmista no habla de sus circunstancias ni de sus pecados, sino que describe algo mucho más profundo: el estado de su alma, cómo llegó su alma a tener ese estado y cuál ha sido la consecuencia. Después invita a todo el pueblo a que espere en el Señor.

Es una oración discreta que providencialmente se documentó. Una oración privada entre el salmista y su Dios. Aquí el carácter del salmista se deja ver con completa transparencia. Todos nosotros queremos paz, quietud, tranquilidad. Esto es quizá la parte más profunda del alma. Describe el salmista tres cosas a las cuales voluntariamente renunció, describe cómo está su alma después de haber renunciado a esas cosas, y después nos invita a todos a que esperemos en Jehová.

Una cosa es lo que los demás creen de nosotros y otra cosa muy distinta es lo que nosotros sabemos de nosotros mismos. Eso es lo que tiene la oración: es la cosa más privada que tiene un ser humano. Cuando tú estás delante de tu Dios, del que te conoce profundamente, ya no tienes que impostar, no tienes que actuar. Son emociones profundas que están en el centro del alma, y en cada una de ellas David hizo una renuncia voluntaria.

Se ha creado la imagen de que la única manera de llegar a la santidad es luchando, como que las personas siempre están aferradas a actitudes y hay que quitárselas con violencia. Hay personas como David que renuncian voluntariamente. Me doy cuenta de que hay personas que llegaron a entender que realmente hay una manera más alta de vivir y que esa manera más alta de vivir tiene consecuencias muy favorables sobre nuestra alma. No toda la batalla contra el pecado es una batalla sangrienta. Hay personas que miraron cuál era un camino y cuál era el otro y se apartaron.

El creyente es un tipo singular de persona que no solamente se aparta, no solamente reconoce la vanidad del mundo, sino que ha guardado todo su corazón para ser satisfecho solamente por Jehová. El cristiano dice: «Espera, oh Israel, en Jehová, desde ahora y para siempre.» Yo no vengo a insistirte en que te apartes del pecado; vengo a insistirte en la idea de que en Dios realmente tú puedes ser satisfecho.

No se ha envanecido mi corazón

«Jehová, no se ha envanecido mi corazón.» El salmista está manifestando que ha renunciado voluntariamente a esa actitud de orgullo interno que caracteriza a todos los hombres antes de que conozcan a Dios. Ese orgullo interno es difícil de verbalizar porque usted puede ser una persona sumamente orgullosa y parecer un creyente maduro. Son actitudes profundas del corazón. Esto es como el sistema operativo. Uno se distrae con las aplicaciones y lo que hace falta es ir más abajo.

Aún no se verbalice, aún no se haga público, todos tenemos una película interna: nos decimos «yo soy, yo tengo, yo merezco.» Y en esa película interna él está diciendo: mi corazón, que es lo que los hombres no ven pero tú lo ves, no se ha envanecido. Yo veía eso y decía: yo quisiera llegar a un momento en que pueda sincera y abiertamente orar a la presencia del Señor y decir que en mí no encontré vanidad.

Interesante: las personas piensan que para no envanecernos hay que no tener la ocasión de estar en eminencia o de tener bienes. Pero este hombre fue rey de Israel y no hay evidencia de que haya renunciado al trono. El camino para lidiar con la vanidad no es tener pocas cosas ni tener una vida completamente anónima. Usted puede ser una persona en la esfera pública y al mismo tiempo tener el corazón correcto delante de Dios.

La receta para evitar el envanecimiento no es negar o reducir tus cualidades, sino ver a Dios en el asunto. Romanos 12:3 dice: «Digo pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.» David tenía una casa grande, siervos, poder, un lugar de preponderancia en Israel, pero puede decir abiertamente delante del Señor: «Mi corazón no se ha envanecido.» El problema no está en tu posición; el problema está en tu corazón.

Hago aquí un parangón: mira el corazón del rey David y mira el corazón del rey Nabucodonosor. Los dos fueron levantados por Dios, pero David en su corazón tenía una actitud y Nabucodonosor tenía la otra. ¿Qué decía Nabucodonosor? «Esta es la gran Babilonia que yo he creado por mis propias manos.» Hermano, tú ves a Nabucodonosor y te parece muy lejos, pero todos tenemos una película interna que nos hace decir: «Esta es mi casa que yo he creado con mis propias manos.» Eso es envanecimiento. Y te advierto que mientras más has recibido de Dios, más peligro corre tu alma en este asunto.

Ni mis ojos se enaltecieron

¿Cuál era la oración de David? En 1 Crónicas 29 dice: «Se alegró mucho el rey David y bendijo a Jehová delante de toda la congregación. Y dijo David: Bendito seas tú, oh Jehová, Dios de Israel nuestro padre, desde el siglo y hasta el siglo. Tuya es, Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor.» Cada vez que pretendas honor, gloria o posiciones sacando a Dios de la ecuación, es envanecimiento. David no se había envanecido porque tenía todas esas cosas, pero Dios seguía teniendo el centro.

Después dice: «Ni mis ojos se enaltecieron.» Son dos actitudes: vanidad y altivez. Una es hacia adentro y otra es hacia afuera. ¿Quién es el hombre altivo? Es el hombre que está mirando hacia afuera para medir, para comparar, para evaluar: mirar a los demás hacia abajo o por encima del hombro. Una necesidad por códigos y formas que te hagan sentir grande, superior, distinguido. Primera actitud hacia adentro, segunda actitud hacia afuera.

Ni anduve en grandezas

La tercera renuncia: la ambición desmedida. Dice: «Ni anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí.» Este hombre es grande y dice que no anduvo en grandeza. Este hombre tuvo la oportunidad de probar las cosas sublimes y dice que no anduvo en cosas sublimes. Hermano, ¿cómo podemos tener los medios y al mismo tiempo retener el corazón? Ese es el dilema de la vida cristiana.

Ese término «grandeza» alude a gran ambición, grandes proyectos, sueños grandes. Lo que he encontrado sabio es entender por convicción que nuestra ambición más grande no está en los medios sino en la fuente, y la fuente es Dios. Desear más a Jehová que los medios que Jehová pueda darte. Yo te pregunto: ¿tú eres saciable? ¿Cuánto es suficiente? Intenté responder esa pregunta y me dio miedo. Miro hacia atrás y reconozco cómo el Señor ha estado supliendo todas mis necesidades, pero cada vez que el Señor suple una necesidad, como en los videojuegos, se desbloquea un mundo nuevo de necesidades. Mientras más ambicionas, más desesperado estás. La única respuesta apropiada es: Dios es suficiente. «Nos creaste para ti, Señor, y nuestra alma no va a tener sosiego hasta que se encuentre contigo.»

Comparo a David con el corazón de Salomón. Eclesiastés es la fatalidad de un hombre que asumió como programa de vida probar hasta dónde llegaba su corazón. Salomón dijo: «Dije yo en mi corazón: ven ahora, te probaré con alegría, y gozarás de bienes… Engrandecí mis obras, edifiqué para mí casas, planté para mí viñas… No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno. Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.»

La diferencia entre Salomón y David es que David tuvo la inteligencia espiritual de saber que su corazón solamente iba a tener sosiego y reposo en Dios. Aunque el Señor le dio los medios, no intentó probar si su corazón se iba a satisfacer a través de ellos. Él sabía que no. ¿Quién es el hombre seguro en esta tierra? Es un hombre al que el Señor le da uno o le da dos medios, pero él dice: «Señor, dame cien y mi corazón todavía estará en el mismo punto.» Fuimos creados para Dios y lo único que satisface el corazón del hombre es Jehová. Por eso el salmo comienza y termina con Jehová.

Cosas demasiado sublimes

«Ni en cosas demasiado sublimes para mí.» Algo maravilloso, algo sorprendente, algo extraordinario, algo que produzca asombro. ¿Sabe el problema que hay en la electrónica de consumo en estos días? Que los usuarios han perdido la expectativa de que una nueva versión del mismo aparato les va a satisfacer. El único asombro que va a satisfacer permanentemente es cuando digas: «Espera, oh Israel, en Jehová.» Y el único «wow» que permanece desde ahora y para siempre es el que sale del alma del hombre cuando se impresiona con el Creador de su alma. Tú no necesitas el nuevo teléfono; tú necesitas a Cristo.

Los tragos no satisfacen tanto, sin importar los años que tenga el pote. La naturaleza, el arte, una profesión, la realización, el poder, la influencia: puedes probar todas las cosas y vas a decir «Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron, ni anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí.» Quiero desencantarte, y sé que el argumento es complicado porque todo el mundo quiere probar. Generación va y generación viene, mas la tierra siempre permanece. ¿De verdad tú eres el que va a lograr encontrarle el tapón a tu alma? Nadie ha logrado ese proyecto. Nuestra satisfacción está en Jehová.

Como un niño destetado

«En verdad que me he comportado y he acallado mi alma. Como un niño destetado de su madre, como un niño destetado está mi alma.» En el original, «me he comportado» tiene que ver con nivelar, con ordenar, con corregir. Es una persona que encuentra que hay una falla en su corazón y dice: la filtración se resolvió, encontré dónde estaba la falla, me he calmado. El resultado del orgullo, de la altivez y de la ambición desmedida es el desasosiego. Santiago 4 lo muestra como un pleito: sus miembros combaten adentro de ustedes por sus pasiones desordenadas. Cuando uno llega a tener control de esas cosas internas y se lo ofrece al Señor como una ofrenda, el resultado es que uno llega a calmarse, a nivelarse.

«He acallado mi alma.» El problema que tenemos no es este pecado o el otro; es que nuestra alma está inquieta. Y cuando tu alma está inquieta, andas buscando una cosa u otra. Como cuando vas a la nevera y reconoces que no tienes hambre: «¿Qué es lo que busco?» Tú no tienes un problema de posesión; tienes un problema con tu alma.

La ilustración del niño destetado es poderosa. Es esa edad entre seis meses y tres años donde un niño tiene que dejar el seno. Es doloroso, pero es un rasgo de madurez. El niño piensa que sin eso no vive. Y después entiende que aunque ya no le den el seno, su mamá todavía está ahí, que existen otros alimentos y que no se muere. Cuando dejas de buscar tu satisfacción en las cosas de este mundo, eres como un niño que está siendo destetado: vas a reclamar, vas a llorar, vas a sentir ansiedad, pero tarde o temprano le vas a decir al Señor: «Maduré. Ya entendí.»

No asuman que David logró esto de un día para el otro. El proyecto de la vida del creyente es encontrar su satisfacción en Cristo y desmeritar otras fuentes de satisfacción. Tú puedes mirar tus pecados hacia atrás, buscar tu pecado más reciente, y te darás cuenta de que volvieron a dejarte insatisfecho. Y tú volviste a participar y tu alma volvió a sentirse más vacía que antes.

Espera, oh Israel, en Jehová

El versículo 3 habla de la esperanza. Aquí está la clave de la vida piadosa. «Espera, oh Israel, en Jehová, desde ahora y para siempre.» Un versículo corto, pero la clave está ahí: espera. Cualquier forma de pecado es un intento del hombre de adelantarse a la provisión de Dios. Espera: no te vas a morir. Yo sé que te sientes como el niño destetado al que le acaban de quitar la fuente de sustento y piensas que te vas a morir. No te mueres.

Ese «oh» es una interjección de preocupación al ver que alguien está caminando hacia un peligro, hacia la vanidad, hacia donde no hay nada. Te están diciendo: espérate un ratico, que Dios cuida más de ti de lo que te cuidas tú. Interesante que David no llama la atención hacia su experiencia o hacia su persona, sino hacia Jehová. «Espera, oh Israel, en Jehová.» Y después dice: «Desde ahora y para siempre.» La convicción es que Jehová no defrauda, y que el único bien permanente que hay para tu alma es esperar en Él.

¿Cómo se ve el evangelio en este texto? Si nosotros hemos recibido el evangelio realmente, nuestra salvación en Cristo nos satisface hoy y nos seguirá satisfaciendo mañana. Dice Romanos 5: «Justificados pues por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.» Tú estás firme hoy y te estás esperando en la esperanza de la gloria de Dios. Espera en Jehová, que Jehová puede satisfacerte.