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Un alma en paz

Salmo 131

Un salmo corto de leer pero largo de aprender. David describe tres cosas a las que renunció voluntariamente —la vanidad, la altivez y la ambición desmedida—, el efecto que esto produjo en su alma, y concluye con un llamado comunitario a la esperanza. Esta es la canción de un hombre que, con la ayuda de su Dios, alcanzó la paz.

Predicado11 de mayo de 2025
PredicadorRafael Pérez
TranscripciónAutomática

Pónganse un momento ahí sobre sus pies para leer la Sagrada Escritura. Salmo 131. Titulan algunas traducciones este salmo con el título «Confiando en Dios como un niño», y este salmo es el salmo de un hombre cuya alma está en paz. Es un salmo corto, tres versículos de la Escritura, y describe el estado del alma de un hombre que con la provisión del Señor y la esperanza ha alcanzado la paz.

Leeré la Escritura, hermano, en un momento. Solamente quiero implicarte. En medio del ajetreo de la vida, en medio de nuestros dilemas, en medio de nuestras circunstancias, es refrescante cuando te introducen a una persona que con el favor del Señor su alma llegó a tener paz. Este es el caso. Salmo 131 es un salmo de David. Dice así la Sagrada Escritura:

Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; ni anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí. En verdad que me he comportado y he acallado mi alma; como un niño destetado de su madre, como un niño destetado está mi alma. Espera, oh Israel, en Jehová, desde ahora y para siempre.

— Salmo 131

Un salmo corto en palabras y extenso en emociones

Este salmo es un salmo corto en palabras, pero es un salmo extenso en el conjunto de emociones y circunstancias que en pocas palabras puede expresar. Hay salmos que son inmensos, llenos de texto. Este salmo es un salmo corto. Sabemos que es un salmo de David, y David es uno de los personajes bíblicos más extensamente documentados.

Sin embargo, en este salmo el salmista no habla de sus circunstancias, no habla de sus pecados, no habla necesariamente de sus deseos, sino que lo que describe es un asunto mucho más profundo. Él está describiendo cuál es el estado de su alma, cómo llegó su alma a tener ese estado, cuál ha sido la consecuencia, y después invita a todo el pueblo a que esperen en el Señor.

Reconozco que cuando uno habla de estas cosas que parecen subjetivas, etéreas, no es tan fácil que uno se sienta implicado. De hecho, este es un salmo muy pocas veces predicado, el Salmo 131. Permanece como discreto dentro de todo el salterio. No se nos describen pecados en específico, circunstancias, situaciones. Lo que se describe es el estado del alma de una persona que con el favor del Señor alcanzó paz. Él dice: mi alma está callada, está contenida.

En el alma del hombre hay una necesidad de paz, de quietud, de tranquilidad. Esto es quizá la parte más profunda en el alma. Describe el salmista tres cosas a las cuales voluntariamente renunció, describe cómo está su alma después de haber renunciado a esas cosas, y después nos invita a todos nosotros a que esperemos en Jehová.

La oración es el alma transparente

Preámbulo aquí, hermano: una cosa es lo que los demás creen de nosotros y otra cosa muy distinta es lo que nosotros sabemos de nosotros mismos. Eso es lo que tiene la oración. La cosa más privada que tiene un ser humano son sus momentos de oración. Porque cuando tú estás delante de tu Dios, del que te conoce profundamente, ya tú no tienes que impostar, tú no tienes que actuar. Y todos actuamos, todos dramatizamos; de eso se trata vivir. Todo el que está en la esfera pública tiene cosas que comparte y cosas que se queda para sí mismo. Pero cuando tú estás orando, la oración es alma transparente, pues tu Dios te ve como las cosas realmente son. No hay oportunidad para impresionar, no hay una oportunidad para simular. Dios te conoce como las cosas realmente son. Y aquí está la oración.

En esta semana, en uno de los días, Caro llevó a los muchachos al colegio, y uno como que atesora cuando tiene un niño pequeño y la casa se queda vacía y uno puede orar. A mí me gusta orar en voz alta. Y cuando estaba orando ahí en voz alta —ahora tienen estos sistemas de cámara que suben las cosas a la nube y demás— yo veo un lucecito rojo que está encendido. Y me preocupé por un momento. Y yo pienso: esa misma cámara me ha visto a mí con ropa, medio desnudo, me ha visto en mi momento más alto y más bajo, pero yo no quiero que grabe mis oraciones. Pues nuestras oraciones son los momentos de transparencia delante de nuestro Dios, cuando podemos presentarnos como nosotros realmente somos.

Llama la atención que David, en este momento de su vida, cuando se presentó delante del Señor, no está tratando de impresionarnos a nosotros, sino que está diciendo tres cosas delante de su Dios de las cuales él intencionalmente se apartó. Y no son asuntos necesariamente pecaminosos —de hecho, ahí está la complicación del salmo—. Son emociones profundas que están en el centro del alma, y en cada una de ellas él hizo una renuncia voluntaria.

Hay quien renuncia sin pelear

Se ha creado la imagen, el prejuicio, de que la única manera de llegar a la santidad es como luchando. Como que las personas siempre están aferradas a actitudes, a pecados, y que hay que quitárselas como con violencia. Hay personas como David que renuncian voluntariamente. Y esto para mí ha sido nuevo, pues me doy cuenta de que hay personas como David que llegaron a entender que realmente hay una manera más alta de vivir, y que esa manera más alta de vivir tiene consecuencias que son muy favorables sobre nuestra alma.

No toda la batalla contra el pecado es una batalla sangrienta. Hay personas que miraron cuál era un camino y cuál era el otro y se apartaron. Hay gente que sin conocer a Dios se apartó por razones prácticas. Hay personas que entendieron que el pecado tiene consecuencias y eligieron no pecar. Esto a mí me rompe la cabeza, pero sí: hay personas que vieron las consecuencias del pecado y dijeron «por ahí no se llega; yo no sé por dónde se llega, pero por ahí no es». Hay otros que perdieron el interés en las cosas del mundo por experiencia. Dijeron: «Yo probé eso, probé lo otro, y todavía yo no estoy satisfecho, pero yo sé que eso no satisface.»

El creyente es un tipo singular de persona que no solamente se aparta. Que no solamente se aparta por las consecuencias del pecado. Que no solamente se aparta porque perdió la esperanza de que en el mundo se pueda encontrar satisfacción, sino que ha guardado todo su corazón para ser satisfecho solamente por Jehová. Lo raro en nosotros es que esperamos en el Señor. El cristiano no solamente se ausenta, el cristiano no solamente reconoce la vanidad del mundo: el cristiano dice «Espera, oh Israel, en Jehová, desde ahora y para siempre».

Ay, hermano, yo no vengo a insistirte, no vengo a persistir en esto de que te apartes del pecado. Yo vengo a insistirte y a persistir contigo en la idea de que en Dios realmente tú puedes ser satisfecho. ¿Y qué es eso que estás buscando fuera de Dios? Si hay personas que se ausentaron de eso por razones prácticas, yo creo que tú tienes razones mucho más poderosas para dedicar tu alma solamente a ser satisfecha en Dios.

Este salmo comienza y termina en Jehová. Yo tengo cierta preocupación, y es que veo que la filosofía cristiana se ha vuelto popular y que hay una gran cantidad de personas que se han acercado a los caminos del Señor por razones prácticas. Ellos dicen: «Yo sé que los creyentes viven de una manera diferente, yo quiero vivir de esa manera.» Yo quiero clarificar que los creyentes no solamente vivimos de una manera diferente porque esa sea la manera conveniente, sino que lo hacemos como un acto de adoración, y estamos esperando como un niño en Dios nuestra satisfacción. Buscar las consecuencias de la vida cristiana por razones secundarias no es el camino. El salmo comienza y termina en Jehová.

No se ha envanecido mi corazón

Tres renuncias voluntarias. Dice él: «Jehová, no se ha envanecido mi corazón.» El salmista está manifestando que ha renunciado voluntariamente a esa actitud de orgullo interno que caracteriza a todos los hombres antes de que conozcan a Dios. Ese orgullo interno es un asunto que es difícil de verbalizar, porque usted puede ser una persona sumamente orgullosa y parecer un creyente maduro, y parecer una persona que tiene hasta una vida comunitaria. Son actitudes profundas del corazón.

Esto es como el sistema operativo. Uno se distrae con las aplicaciones y lo que hace falta es ir más abajo. O el sustrato de las plantas: a mí me gusta la jardinería y a veces yo veo las plantas por fuera, pero cada cierto tiempo saco la planta del tarro y veo lo que hay abajo. En este momento estamos viendo lo que hay abajo, y él está diciendo que lo que había abajo era vanidad.

Aún no se verbalice, aún no se haga público, todos tenemos una película interna; nos decimos «yo soy, yo tengo, yo merezco». Y en esa película interna él está diciendo: mi corazón, que es lo que los hombres no ven pero tú lo ves, mi corazón no se ha envanecido. Yo veía eso y yo decía: yo quisiera llegar a un momento en que pueda sincera y abiertamente orar en la presencia del Señor y decir que en mí me ausculté y no encontré vanidad. Antes de luchar con los pecados secundarios, con ese tipo de cosas con las que se lucha, ahí es que está el camino al gozo. Ahí está el camino al deleite y está el camino a la paz.

Interesante: las personas piensan que para no envanecernos, para no creernos superiores, lo que hay que hacer es no tener la ocasión de estar en superioridad, de estar en eminencia o de tener bienes. Interesante, este hombre fue rey de Israel y no hay evidencia de que haya renunciado al trono. Estoy mostrando que el camino para lidiar con la vanidad no es tener pocas cosas, no es tener una vida completamente anónima. Usted puede ser una persona que está en la esfera pública y al mismo tiempo tener el corazón correcto delante de Dios.

La receta para evitar el envanecimiento no es negar o reducir tus cualidades, sino ver a Dios en el asunto. Este es uno de los versículos de mi vida, es Romanos 12:3.

Digo pues, por la gracia que me es dada, a cada cual que está entre vosotros, que no tenga más alto concepto de sí que el que debe tener, sino que piense de sí con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno.

— Romanos 12:3

Lo que te están diciendo no es que niegues tus cualidades, lo que te están diciendo no es que asumas como que no tienes nada, sino que tengas un criterio de ti mismo que se ajuste a la realidad y que veas a Dios en el asunto. La receta del envanecimiento no es desprenderte y vivir como han pretendido algunos: «yo solamente tengo lo mínimo». David tenía muchas cosas. Él tenía una casa grande, tenía siervos, tenía poder, tenía un lugar de preponderancia en Israel. El problema no está en tu posición, el problema está en tu corazón. Es el sistema operativo del alma. No es hacia afuera, sino hacia adentro. Revisa tu corazón y mira cómo está delante de tu Dios.

David era un hombre muy dotado. Era un buen músico, era guerrero, fue ungido por el Señor, tenía privilegios excepcionales al ser rey, y era un hombre que estaba muy consciente de su rol. No hay un momento en la vida de David donde él niegue para qué Dios le llamó. Él decía: yo sé para qué Dios me llamó. No era una persona que vivía en negación, era una persona que vivía ejecutando lo que Dios le mandó a ejecutar, pero que también cuidaba su corazón de forma tal que su corazón no se envaneciera.

¿Qué es esto de envanecimiento? Literalmente el término alude a algo que está creciendo. ¿Y creciendo hasta qué punto? Creciendo hasta el punto de que tu Dios o no se ve, o se ve muy pequeño. O sea que la clave para evitar el envanecimiento es mantener a Dios dentro del asunto, de forma tal que tú siempre puedas vivir para su gloria y no para tu vanagloria. Un corazón envanecido se eleva, rivaliza con Dios, pretende gloria, reconocimiento, admiración.

David y Nabucodonosor

Hago en esto un parangón: mira el corazón del rey David y mira el corazón del rey Nabucodonosor. Los dos fueron levantados por Dios, pero David en su corazón tenía una actitud y Nabucodonosor tenía la otra. ¿Qué decía Nabucodonosor? «Esta es la gran Babilonia que yo he creado por mis propias manos.» Esta era su película interna.

Hermano, tú ves a Nabucodonosor y te parece muy lejos. Pero todos nosotros tenemos una película interna que nos hace decir: «Esta es mi propia casa que yo he creado con mis propias manos. Este es mi testimonio que yo con esfuerzo he podido cuidar. Este es el trabajo donde yo he podido escalar. Esta es la carrera profesional admirable. Estos son los méritos, estos son los premios.» Eso es envanecimiento. Y es un deporte en medio de nosotros.

Te advierto, hermano, que mientras más has recibido de Dios, más peligro corre tu alma en este asunto. Mientras más talento, mientras más oportunidad, mientras más bienes tienes, es más fácil que te autoexaltes a través de estas cosas y que saques a Dios de la ecuación. David, rey de Israel, rico, poderoso, está diciendo: «Jehová, mi corazón está en el carril correcto.»

Aun orar, hermano, es una característica. Tú te das cuenta de cuándo te vas envaneciendo: cuando tú dejas de hablar con aquel que te ha hecho rey, con aquel que te ha dado recursos, con aquel que te ha rodeado de seguridad y de bienes. El hecho de que David pudiera orar, y orar así delante del Señor, es un testimonio de que su corazón es el corazón correcto. ¿Cuál era la oración de David? Primera de Crónicas 29 dice así:

Se alegró mucho el rey David y bendijo a Jehová delante de toda la congregación. Y dijo David: Bendito seas tú, oh Jehová, Dios de Israel nuestro padre, desde el siglo y hasta el siglo. Tuya es, Jehová, la magnificencia y el poder, la gloria, la victoria y el honor.

— 1 Crónicas 29:10-11

Hermano, cada vez que tú pretendas honor sacando a Dios de la ecuación, es envanecimiento. Cada vez que tú pretendas gloria sacando a Dios de la ecuación, es envanecimiento. Cada vez que tú pretendas posesiones, bienes, sacando a Dios de la ecuación, es envanecimiento. David no se había envanecido, porque tenía todas esas cosas pero Dios seguía teniendo el centro.

Y él sigue:

Porque todas las cosas que están en los cielos y en la tierra son tuyas. Tuyo, oh Jehová, es el reino, y tú eres excelso sobre todos. Las riquezas y la gloria proceden de ti, y tú dominas sobre todo; en tu mano está la fuerza y el poder, y en tu mano el hacer grande y el dar poder a todos.

— 1 Crónicas 29:11-12

Compara el corazón de David con el corazón de Nabucodonosor. Compara esta oración con «esta es la gran Babilonia que yo he creado por mis propias manos». Todo ser humano tiene una película interna, y en la película interna de tu corazón el protagonista debe ser Dios.

Ni mis ojos se enaltecieron

He mencionado lo primero. La primera cosa de la que él se apartó, dice: «No se ha envanecido mi corazón.» Después dice: «Ni mis ojos se enaltecieron.» Voy a ir aquí un poco rápido, pero son dos actitudes: vanidad y altivez. Una es hacia adentro y otra es hacia afuera.

¿Quién es el hombre altivo? ¿Quién es el hombre que está corriendo peligro? Es el hombre que está mirando hacia afuera para medir, para comparar, para evaluar. El primero mira hacia adentro, hacia su corazón; ahora él mira hacia afuera, dice «mis ojos». Mis ojos se enaltecieron. Es un interés desmedido por ver cómo están los otros, mirar a los demás hacia abajo o por encima del hombro. Una necesidad de códigos y formas que te hagan sentir grande, superior, distinguido, respetado. Un deseo por esas cosas. Altivez.

Primera actitud hacia adentro, segunda actitud hacia afuera. Y estamos hablando de un hombre poderoso. Yo digo, hermano: ¿cómo se puede conjugar tener toda la influencia que tuvo David y no ser visitado por ese tipo de cosas? Yo estoy seguro de que esas cosas lo visitaron, porque uno ve el salmo muy rápido, pero solamente David sabe los años que luchó con su corazón para que el Señor siguiera teniendo el primer lugar.

Ni anduve en grandezas

A la tercera renuncia, hermano, quisiera llegar aquí y detenerme un poquito. Es la ambición desmedida. Dice él: «Ni anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí.» Resolvió todo el problema, hermano. Este hombre es grande y dice que no anduvo en grandeza. Este hombre tuvo la oportunidad de probar las cosas sublimes y dice que no anduvo en cosas sublimes.

Hay hermanos míos que han pensado que el único camino a la piedad es la ausencia de los medios. Yo creo que la piedad se prueba especialmente en los medios, y lo realmente evidente es cuando existen los medios y todavía persiste el corazón correcto. Estamos de acuerdo en que David era grande, hermano. Estamos de acuerdo en que un rey vive cosas que son sublimes, que tiene acceso a cosas que ninguno de nosotros probablemente jamás va a pensar ni siquiera que existan. Este hombre probó esas cosas y al mismo tiempo su corazón fue probado. Y cuando su corazón fue probado, él dice que no anduvo en grandezas ni en cosas demasiado sublimes para él. ¿Cómo podemos tener los medios y al mismo tiempo retener el corazón? Ese es el dilema de la vida cristiana.

Ese término «grandeza» alude a gran ambición, grandes proyectos, sueños grandes. En lo material, hermano, es pretender cosas siempre, buscar más. Interesante: yo veo casos específicos donde David ambicionó cosas, pero dice: mi corazón ahora es el corazón correcto. Todos ambicionamos, todos deseamos.

No quiero volverme demasiado filosófico, pero lo que he encontrado sabio al respecto de estas cosas es entender por convicción que nuestra ambición más grande no está en los medios, sino que está en la fuente, y la fuente es Dios. Que nuestra ambición principal no es que el Señor nos dé determinadas cosas, sino tener al Señor de las cosas. Es desear más a Jehová que los medios que Jehová pueda darte. Y los medios no están malos.

Yo te pregunto, hermano: ¿tú eres saciable o no eres saciable? La única persona que es saciable es la persona que tiene un límite. Y uno de los problemas de la humanidad es que nosotros fuimos diseñados para la plenitud, de forma tal que nadie tiene un límite. Tú dices: ¿dónde es que te satisfaces? ¿Cuánto es suficiente? La pregunta no es retórica, realmente te invito a que intentes responder: ¿cuánto es suficiente?

Yo intenté responder esa pregunta y me dio miedo. Pues miro hacia atrás y reconozco cómo el Señor ha estado supliendo para todas mis necesidades, pero cada vez que el Señor suple una necesidad es como los videojuegos, que se desbloquea un mundo nuevo de necesidades. Y yo digo: ¿cuánto es suficiente? Mientras más ambicionas, más desesperado estás. Mientras más ambicionas, más desprovisto te sientes. Cualquiera de ustedes mira hacia atrás y se da cuenta de que al día de hoy hay asuntos en su vida que anteriormente no estaban, hay medios que anteriormente no existían. Yo te pregunto: ¿cuánto es suficiente?

La única pregunta apropiada para eso es: ¿Dios es suficiente? Pues nuestro corazón no tiene límite. «Nos creaste para ti, y nuestra alma no va a tener sosiego hasta que se encuentre contigo», dijo un pensador antiguo.

Administro mis ilustraciones, hermano, porque los abrumo con las mismas cosas. Recuerden que mi musical favorito es Hamilton. Y te vas a preguntar: ¿por qué es que te gusta el musical Hamilton? Porque Hamilton era un hombre ambicioso, insatisfecho. Ves el musical y gran parte de las escenas es eso, es el corazón de un hombre que anda buscando cada vez cosas más grandes, cosas más sublimes. Hamilton, ya estás dirigiendo el tesoro, ¿qué más quieres hacer? Mano, si tú no tienes tu gozo en Dios, lo único que satisface al hombre sin Dios es tener el lugar de Dios. Si no hay límites, si nuestro corazón es un asunto ilimitado, entonces ¿cuál es el medio de satisfacción?

Salomón probando su corazón

Comparo a David con el corazón de Salomón. ¿Recuerdan Eclesiastés? El libro de Eclesiastés es un libro difícil de leer, pues cuando las personas leen el libro de Eclesiastés tratan de leerlo de manera muy inocente, como tratando de buscar lecciones espirituales en cada versículo. En gran medida el libro de Eclesiastés es una fatalidad. Es la fatalidad de un hombre que asumió como su programa de vida probar si su alma tenía un límite.

Así como juegan ustedes con la gasolina del carro, a ver hasta dónde llega, hay otros que juegan a ver hasta dónde llega el corazón, y dicen: «Si yo al corazón le pongo esto, qué tal; y si le pongo lo otro, qué tal.» Eclesiastés 2 es Salomón probando su corazón para ver dónde está el límite:

Dije yo en mi corazón: Ven ahora, te probaré con alegría, y gozarás de bienes. Mas he aquí esto también era vanidad. A la risa dije: Enloqueces; y al placer: ¿De qué sirve esto? Propuse en mi corazón agasajar mi carne con vino, y que anduviese mi corazón en sabiduría, con retención de la necedad, hasta ver cuál fuese el bien de los hijos de los hombres, en el cual se ocupasen debajo del cielo todos los días de su vida. Engrandecí mis obras, edifiqué para mí casas, planté para mí viñas; me hice huertos y jardines, y planté en ellos árboles de todo fruto. Me hice estanques de aguas, para regar de ellos el bosque donde crecían los árboles. Compré siervos y siervas, y tuve siervos nacidos en casa; también tuve posesión grande de vacas y de ovejas, más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén. Me amontoné también plata y oro, y tesoros preciados de reyes y de provincias; me hice de cantores y cantoras, de los deleites de los hijos de los hombres, y de toda clase de instrumentos de música. Y fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalén; a más de esto, conservé conmigo mi sabiduría. No negué a mis ojos ninguna cosa que desearan, ni aparté mi corazón de placer alguno, porque mi corazón gozó de todo mi trabajo; y esta fue mi parte de toda mi faena. Miré yo luego todas las obras que habían hecho mis manos, y el trabajo que tomé para hacerlas; y he aquí, todo era vanidad y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol.

— Eclesiastés 2:1-11

«Pastor, es que yo quiero probarlo yo.» Es el dilema del hombre. La diferencia entre Salomón y David es que David tuvo la inteligencia espiritual de saber que su corazón solamente iba a tener sosiego y reposo en Dios. Y aunque el Señor le dio los medios, él no intentó probar si su corazón se iba a satisfacer a través de los medios. Él sabía que no.

¿Quién es el hombre que está seguro en esta tierra? Es un hombre al que el Señor le da uno o le da dos medios, pero él dice: «Señor, dame cien, y mi corazón todavía estará en el mismo punto.» Nosotros tenemos una situación por diseño, y es que fuimos creados para Dios y lo único que satisface el corazón del hombre es Jehová. Por eso el salmo comienza y termina con Jehová.

Cosas demasiado sublimes

Dos cosas: primero se apartó de la vanidad, después de la altivez, y después viene la tercera. ¿Cuál es la tercera? La ambición y los deleites desmedidos. Dice él: «Cosas demasiado sublimes.» Yo leía esto, hermano, en la semana, y no puedo negar que yo no puedo orar como David. Yo todavía ando buscando algo un poquito más sublime, quiero probar algo. Y cuando yo veo esto, yo digo: yo sé que por diseño no va a haber algo que satisfaga mi paladar, no va a haber algo que satisfaga mis ojos. Pero seguimos buscando. Algo maravilloso, algo sorprendente, algo extraordinario, algo que produzca algún tipo de asombro.

¿Saben el problema que hay en la electrónica de consumo en estos días? Que las proveedoras de electrónica de consumo grandes a nivel mundial tienen usuarios que han perdido la expectativa de que una nueva versión del mismo aparato les vaya a satisfacer. Y no están renovando el aparato. Cuando pasamos de dispositivos con botones a dispositivos con pantallas, de una versión a la otra, todo el mundo decía «¡wow!», y después la otra dijo «¡wow!», y en las últimas versiones la gente ve la última versión y dice: «Bueno, ¿y cuál es la diferencia?» El problema en la electrónica de consumo en estos días es que la gente no está renovando los dispositivos porque perdió la esperanza de que la nueva versión vaya a poder producir en ellos un wow.

Hermano, estoy levantando un argumento respecto de que el único wow que va a satisfacer permanentemente es cuando tú digas: «Espera, oh Israel, en Jehová.» El único wow que permanece desde ahora y para siempre es el wow que sale del alma del hombre cuando se impresiona con el Creador de su alma. Tú no necesitas el nuevo iPhone; tú necesitas a Cristo. O el Samsung. Ay, hermano, yo vengo de ese mundo, de la electrónica de consumo, cuando la gente todavía decía wow. Y el problema es que ya uno ve los eventos y dice: como que se le fue el brillito. ¿Qué fue lo que pasó? Nos creaste para ti.

Dice: «Ni en cosas demasiado sublimes para mí.» El sibaritismo, las personas sensibles, los delicados. Llega un momento en que tú puedes hacerte un foodie y dices: «Yo quiero un restaurante ahora que me explote el paladar.» No he tenido todavía la experiencia, hermano, pero sé que no funciona. Las estrellas Michelin. Te voy a llevar a un sitio donde cocinan eso, y tú vas a decir: ya yo lo he probado, lo he probado así, lo he probado asá. Al final es comida, y desde que probé el primer bocado ya yo vi lo que era. Y vamos al siguiente.

La arquitectura. El deleite en el sexo opuesto. Todas son cosas buenas, hermano. Pero la realidad es que en este mundo se miente, y las personas se muestran como que están más satisfechas de lo que realmente están. Los tragos no satisfacen tanto, sin importar los años que tenga el pote. «Y ahora prueba este, y ahora prueba el otro», y llega un momento en que la misma persona te dice: ya yo probé todos los tragos y no encuentro nada en los tragos.

La naturaleza —dice Salomón en Eclesiastés 2 que él sembró—. Y yo me vi ayer regando mi matica, y la veo echando sus flores y todas las cosas. Eso es un tipo de placer. Veo el arte, y cuando veo el arte digo: bien; llega un momento en que es interesante, pero es más de lo mismo. Mi alma fue creada para Dios, y un reclamo piadoso es saber que lo único que va a llenar plenamente la necesidad de tu alma es Cristo.

De forma tal que tú puedes probar la naturaleza, tú puedes probar una profesión, puedes probar la realización, puedes probar el poder, puedes probar la influencia, puedes probar todas las cosas, y vas a decir: «Jehová, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron, ni anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí.» Y así es como uno llega a satisfacerse.

Yo quiero desencantarte. Y yo sé que el argumento que tengo es un argumento complicado, porque todo el mundo quiere probar. Generación va y generación viene, mas la tierra siempre permanece. Y si generación va y generación viene y la tierra siempre es la misma, ¿de verdad que tú eres el innovador que va a lograr encontrarle el tapón a tu alma? ¿Realmente tú eres la persona que va a decir: yo fui el hombre que estuve en esta tierra y salí satisfecho sin Dios? Nadie ha logrado ese proyecto. Si nadie ha logrado ese proyecto, ¿lo va a lograr Rafael? ¿Lo vas a lograr tú? Nadie logra ese proyecto. Nuestra satisfacción está en Jehová.

En verdad me he comportado

El versículo 2 dice el resultado: «En verdad que me he comportado y he acallado mi alma; como un niño destetado de su madre, como un niño destetado está mi alma.» «En verdad me he comportado» —me gusta cómo lo traduce una traducción más contemporánea: «me he calmado»—. Y en el original tiene que ver con nivelar, con ordenar, con corregir. Es una persona que encuentra que hay una falla en su corazón y dice: la filtración se resolvió. El problema que había en mi corazón lo resolví. Él está diciendo: «Señor, yo encontré dónde estaba la falla. Me he calmado.»

El resultado del orgullo, de la altivez y de la ambición desmedida es el desasosiego. Santiago 4 lo muestra como un pleito: dice que sus miembros combaten dentro de ustedes por sus pasiones desordenadas. O sea que cuando uno llega a tener control de esas cosas internas y se lo ofrece al Señor como una ofrenda, el resultado es que uno llega a comportarse, uno llega a calmarse, uno llega a nivelarse.

Después dice: «He acallado mi alma.» El problema que nosotros tenemos no es este pecado o el otro; es que nuestra alma está inquieta. Y cuando tu alma está inquieta, tú andas buscando una cosa o la otra. Es como la ansiedad: a veces yo voy a la nevera y reconozco que no tengo hambre, y yo digo: «¿Qué es lo que busco?» Me siguen el pensamiento. Hay cosas que tú estás buscando y piensas que eso es lo que tú necesitas. El problema no está ahí: es que tu alma está inquieta, es que tu alma está insatisfecha. Tú no tienes un problema de alimentación, tú no tienes en este momento un problema de posesión, tú no tienes problemas con tus bienes: tú tienes problemas con tu alma.

Como un niño destetado

Y dice que en su alma ha aprendido a comportarse, que ha acallado su alma, y después lo ilustra como un niño destetado de su madre. Es el destete. Es esa edad entre seis meses y tres años —a algunos se les hace un chin más tarde— donde un niño tiene que dejar el seno. Y eso es doloroso, pero es un rasgo de madurez, porque al principio piensa que se va a morir. Recuerden que tengo un bebé pequeño. Cuando a un niño le quitan el seno, él piensa que sin eso no vive. Y después entiende que aunque ya no le den el seno, su mamá todavía está ahí, que existen otros alimentos y que no se muere.

Hermano, cuando tú dejas de buscar tu satisfacción en las cosas de este mundo, eres como un niño que está siendo destetado: tú vas a reclamar, tú vas a llorar, tú vas a sentir que te vas a morir, tú vas a sentir ansiedad, pero tarde o temprano tú le vas a decir: «Señor, maduré. Ya entendí.» Y después te salen los dientes, y después aprendes a hablar, y después aprendes a caminar. Y eso es lo que es vivir. Un creyente inmaduro es un creyente que está aferrado a ese tipo de cosas como si fuera el seno de la madre. Es un creyente que entiende que en eso está su vida, que en eso está su subsistencia. Y lo que está diciendo el salmista es: mi subsistencia está en ti.

No asuman que él logró esto de un día para el otro. Esta es la lucha de la vida del creyente. Tengo mucho cuidado al respecto, porque uno habla de estas cosas con mucha confianza y la gente piensa: «Mira, eso es como un botón que yo lo subo y lo bajo.» El proyecto de la vida del creyente es encontrar su satisfacción en Cristo y desmeritar otras fuentes de satisfacción. Y en esto a veces parece muy contradictorio, porque desmeritamos esa fuente y después la agarramos de nuevo.

Lo que me pasa a mí con los carbohidratos: yo sé que no dan una satisfacción permanente, pero son buenos y son fáciles. Es lo mismo que pasa con la lucha de un creyente. Un creyente está buscando en Cristo su satisfacción, pero al mismo tiempo está luchando mientras lo busca, y a veces repite. Y después que repite dice: «Yo sabía que no funcionaba. Yo sabía que no traía satisfacción. Yo sabía que ahí no había deleite.» Hermano, tú puedes mirar tus pecados hacia atrás. Busca tus pecados más recientes y te darás cuenta de que volvieron a dejarte insatisfecho. Y tú volviste a participar de tu pecado y tu alma volvió a sentirse más vacía que antes. Y tú dices: «¿Por qué repito?» Ese es el dilema de un creyente. Y no es fácil, porque una cosa es entenderlo y otra cosa es vivirlo. Este hombre parece que, aunque sea durante ese paréntesis de su vida, lo interiorizó, y dijo: «En verdad me he comportado y he acallado mi alma, como un niño destetado de su madre. Así está mi alma. Maduré, Señor.»

Aquí hay un dilema de interpretación. Algunos comentaristas piensan que cuando él dice «como un niño destetado» está pensando en su fuente de sustento anterior, que era la vanidad, el orgullo y demás. Y otros piensan que está pensando en la seguridad de la provisión del Señor. Yo le diría, hermano, que ahí van los dos correctos: usted se desencanta del mundo y comienza a madurar, y al mismo tiempo asume que Jehová es su sustento y se siente agradecido.

Espera, oh Israel, en Jehová

Él termina en el versículo 3 hablando de la esperanza. Aquí está la clave de la vida piadosa, hermano. La clave de la vida piadosa está en esperar. Oye, qué versículo más corto, hermano, pero qué difícil es vivir eso. «Espera», es lo que te están diciendo. «Espera, oh Israel, en Jehová.» Un versículo corto, pero la clave está ahí: espera.

Cualquier forma de pecado es un intento del hombre de adelantarse a la provisión de Dios, de forma tal que te podemos decir, hermano: espera. Hermano, no te vas a morir. Yo sé que tú te sientes como el niño destetado al que le acaban de quitar esa fuente de sustento y tú piensas que te vas a morir. No te mueres. ¡Ey, Israel, espera! Es lo que te está diciendo.

Se llama la esperanza, y es un testimonio que resuena de manera comunitaria. Él dice: «Yo esperé y Jehová me satisfizo.» Entonces te dicen a ti: «¡Ey, espera!» No todos nosotros estamos buscando reemplazar a Dios con las mismas cosas, pero en todas las cosas donde estamos intentando reemplazar a Dios la receta es la misma: espera. Yo sé que tú estás tentado, hermano, a hacer un shock y tratar de buscar tu satisfacción con tus propios medios. La respuesta es la misma: espera.

Recuerda: cualquier forma de pecado es un adelanto. Esa es la diferencia, hermano, entre el foul y el jonrón en el béisbol: el momento en el que sale el bate. Se puede ir de foul por el left o se puede ir de foul por el right. Y para que haya un jonrón hace falta un espera.

Ese «oh» es una interjección de preocupación al ver que alguien está caminando hacia un peligro, que está caminando hacia la vanidad, que está caminando hacia donde no hay nada, y te están diciendo: «Espérate un ratico.» Que Dios cuida más de ti de lo que te cuidas tú, y aunque tú pienses que te vas a morir, el Señor te va a sostener.

Es «desde ahora y para siempre». La convicción es, hermano, que tú no te vas a morir ahora y tampoco te vas a morir mañana. Y que Jehová no defrauda. Y que el único bien permanente que hay para tu alma es esperar en Jehová. Esperar para lo temporal y esperar también para lo eterno. Espera, hermano. Si te vas a llevar algo de esta mañana, llévate esto: yo sé que ahí tú tienes la tentación de adelantarte. Espera. ¿Esperar en quién? Espera en Jehová, desde ahora y para siempre.

Cómo se ve el evangelio

Hermano, si nosotros hemos recibido el evangelio realmente —y el evangelio es la buena noticia de que en Cristo hemos sido salvados, enriquecidos y llamados a una esperanza gloriosa—, entonces nuestra alma puede dejar de contender, de buscar valor fuera de Dios, de buscar identidad o de buscar satisfacción fuera de Él. Así como por las promesas de Jehová Israel tuvo esperanza desde ahora y para siempre, nuestra salvación en Cristo nos satisface hoy y nos seguirá satisfaciendo mañana.

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes, y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.

— Romanos 5:1-2

Tú estás firme hoy y te estás esperando en la esperanza de la gloria de Dios. Quiero orar por ti, hermano, para que el Señor traiga esta confianza a tu corazón: que realmente tú no te vas a morir si te apartas de la vanidad, de la altivez, de los deseos de grandeza y de las cosas sublimes. Espera en Jehová, hermano, que Jehová puede satisfacerte.

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